lARBORl
Presented to the
UBRARYofthe
UNIVERSITY OF TORONTO
by
PROFESSOR ALAN M.
GORDON
DICCIONARIO DE VOCES ARAGONESAS
DICCIONAEIO
DE
VOCES ARAGONESAS
PRECEDIDO DE UNA INTRDDÜCCIÓN FILOLÓGICO-HISTÍRIOA
POR
DON JERÓNIMO BORAO
PUBLICADO POR LA EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE ZARAGOZA
PRÓLOGO Y NOTAS DE DON FAUSTINO SANCHO Y GIL
SEIOUISJDA E: D I C I Ó IM
AUMENTADA QON LAS
COLECCIONES DE VOCES USADAS EN LA COMARCA DE LA LITERA
AUTOR DON BENITO COLL Y ALTABAS
Y LAS DE uso EN ARAGÓN
POR DON LUIS V. LÓPEZ PUYÓLES Y DON JOSÉ VALENZUELA LA ROSA
ZARAGOZA — 1908
IMPRENTA DEL HOSPICIO PROVINCIAL
m 3 11997
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PRÓLOGO
HOMENAJE Á ARAGÓN
a
.AGE ya algunos años, exclamaba en una solemnidad
académica el más grave y persuasivo de los oradores y ju-
risconsultos modernos, — honra y prez del foro, de las cien-
cias, de las letras y de las artes en España: — «doy gracias
á Dios de haber puesto mi cuna á la sombra de aquellos
naranjos y bajo la bóveda espléndida de aquel cielo». Acor-
dábase, al pronunciar estas palabras, el cantor insigne del
héroe de las gargantas dramáticas de Roncesvalles, del
azahar que da deleite al sentido en las ermitas cordobesas
ó en las cercanías del monte de la Novia y perfuma los co-
llados en que fabrican panales olorosos, abejas de la familia
de las que rodeaban la cuna del Épico del Imperio, ávidas
de recoger la miel que destilaban los labios del niño, entre-
abiertos por la angelical sonrisa de la inocencia. Acordá-
base de las auroras y ocasos que tan puro rosicler y cam-
biantes tan bellos ofrecen en los nevados picos de Veleta y
Mulhacen; de la poesía singular sentida en el Patio de los
Leones, eu esas noches de Mayo en que el astro predilecto
del ruiseñor irradia su luz suave y melancólica, en medio
de miríadas de estrellas, que relucen en el azul más limpio
y bello de los celestes; del hechizo incomparable de un
amanecer en las riberas descritas por Becquer y cantadas
por Arguijo ó de una caída de la tarde entre los laureles
rosa del Jeneralife, de cuyos troncos, si colgásemos paisajes
del Poussin, resultaría el arte dando una lección á la natu-
raleza, á cambio de las muchas que á la naturaleza tiene
dadas el Pintor de los árboles. Pensaba el Sr. Pacheco, sin
VI
duda, en el sol que llameó un día en las granadas de oro y
plata del alminar de Abderrhamán y en el que resplande-
ciendo sobre tejas — de oro y plata también — después de
esparcir todos los encantos de la belleza, en las espléndidas
vistas de la azotea de la quinta palacio de Medina AzZahra,
penetraba en 'el Salón del Califato; daba á beber luz á 'la
perla que en él testificaba la pompa de Bizancio, y que
pendía del esmaltado techo sobre un cisne de la labor mas
exquisita; cegaba los ojos al reflejar sus rayos en los jaspes,
en los metales riquísimos de las paredes ó de las columnas
taraceadas de piedras preciosas, en el cristal y pórfidos de
los pilares de la célebre arquería polígona trazada por ocho
arcos de herradura, y en las joyas que aumentaban el mé-
rito de las puertas de marfil y ébano que sobre estos pilares
descansaban; en el trono del Sultán, al parecer tallado, en
un astro de más brillo que el que nace, en la fresca albo-
rada, en un cielo de rosa y se pierde en golfos de líquida
púrpura en el poniente; en los brocados, en los rubíes, de
los escudos, espadas y cimitarras que se lucían en ceremo-
nias tan solemnes como la jura de Alhaken, la recepción de
Orduñr xV de Galicia ó la del enviado de Constantino... (i);
estancia mágica, en la que causaba vértigos el estanque de
azogue al moverse; encantaban el oído los arpegios de las
aves encerradas en redes de seda, en los vecinos boscajes
de laurel y almendros, los ruidos misteriosos de la enrama-
da, que acá y acullá proyectaba grutas sombras, y los ar-
gentinos del agua que bajando de la sierra por artísticos
acueductos, ora deslizábase entre matas de adelfas, forman-
do estanques rodeados de un seto de arrayán ó de granados
que esfumaban el suave contorno de las márgenes con sus
hojas y con sus ñores de carbunclo y topacio, ora derra-
mándose por canales de blanco mármol, empinábase des-
pués en corimbos y juegos que, con frecuencia, aparecían
como teñidos de los matices del iris, embelesando con sus
cambiantes, el murmullo del aire, al atravesar las arboledas
del cerro que servia de fondo al cuadro, los bosquecillos de
rosales de Chipre y Damasco y las arcadas que formaban
(1) Al Makkari ha descrito á maravilla esta embajada. Ben Hayyan
dice que la carta imperial tenía un sello de oro con la efigie del Mesías
de un lado y las de Constantino y su hijo en otro; estaba escrita en vitela
azul celeste con letras de oro, acompañándola una lista de los regalos en
caracteres de plata; iba encerrada, metida en una bolsa de hilo de plata,
dentro de una caja de oro, que entre otros primores ostentaba un retra-
to del Emperador en esmalte; todo esto lo contenía un soberbio estuche
con funda de seda.
VII
los plátanos y palmas, ó al rozar en las pitas, al mover los
sicómoros, y todo el verde océano, en fin, que rodeaba la
ciudad flor; y recreaban el olfato perfumes que las hurles
hubiesen recogido en sus cajas de nácar, en las horas en
que las estrellas se reflejaban en los lagos de los jardines y
simulaban un pensil de margaritas de luz; velase en la onda
pura la vía láctea; aroma de ámbar embalsamaba la brisa,
que agitando los mirtos y los cálices, sorprendía los secre-
tos de las corolas para difundirlos por doquier; y algún
adufe sonando en los hadados pabellones ó algún laúd en el
poético cenador ó en la deliciosa umbría, simulaban el al-
borozo de los genios de la Arabia, del genio tutelar de la
maravilla de la arquitectura morisca, del monumento en
que, con mayor riqueza, nunca se ha transformado el
Oriente.
En frase que no ha de vivir lo que la del Quintiliano del
pei'iodismo patrio, doy gracias á Dios de haber nacido en
este país; amado de quien dé culto á las ideas y sentimien-
tos que ennoblecen la vida, temido de las tiranías é invoca-
do en todos los sublimes martirios; que no en bnMe, ya se
le ve, en los pergaminos de las más viejas crónicí ., tenien-
do por características, el entusiasmo, el valor, la generosi-
dad, la lealtad, la intransigencia en los ataques á su dere-
cho, la fidelidad á la palabra empeñada, la honrada confian-
za que nace de la fe, las bellezas todas de un perfecto ca-
rácter. No busquéis aquí, el esmalte en el cielo, la dulzura
en las notas del bosque, ni en las florestas las esencias que
en el país donde, á la luz de los astros, al son de la cuerda
triste y de amorosas canciones, danza la gitana bajo la pa-
rra, y la poesía es tan espontánea, tan natural, cómelas
adelfas y nopales que nacen entre los peñascos de los to-
rrentes, como la numerosa familia de aquella Eva de las
palmeras transplantada por Abderrhamán, tan rica en sus
adornos como el interior de los edificios árabes..., como lo
fuesen, la sala de Almunia y la alcoba del Califa, en la que
vertían agua sobre una taza verde de imponderable valor,
un león, una gacela, un águila, un elefante, una serpiente,
una paloma, un halcón, un pavo real, un cocodrilo, un gallo,
una gallina y un buitre de oro; no busquéis aquí en el inge-
nio, la amable pompa, la armonía, que en la atmósfera de
átomos de topacio en que todo estimula á la vida, y los acen-
tos elegiacos tienen el sonido de un cántico de sirena, esca-
pado de un sepulcro de hojas de rosa, y los atavíos de la musa
recuerdan más que el ceñidor de Venus el collar de Tarub;
no busquéis aquí, en fin, los Gutierre de Cetina y Murillos
de la patria del madrigal, de la oda, del cuento y del romance
VIH
morisco. — primorosa muestra éste de la savia oriental que
circula por el árbol de nuestra literatura. .; tal vez desde el
fastuoso Séneca!, tal vez desde el volcánico genio que el
Dante coloca en la magnifica constelación en que se hallan
Ovidio, Horacio y el viejo Homero! Lo que encontraréis, si,
la originalidad primitiva de la naturaleza, los contrastes
mayores: jardines que serían la delicia de un Delille ó de un
Selgas, y las más agrestes espesuras; grandes desfiladeros
y prados que traen á la memoria las garcilasescas églogas;
barrancos en los que entretéjense el espino, la ortiga, la al-
cachofera puntiaguda, planicies pedregosas que apenas si
humedece el roció de la noche, y vergeles sin número, co-
llados en los que ostentan sus gracias las familias privile-
giadas de la ñora silvestre y mesetas en las que nacen, en-
tre juncos,riachuelos de purísima vena, que regalan á nues-
tros labradores los tesoros y encantos de las cuatro estacio-
nes, en los climas más pródigos en beneficios, la animación
más alegre y la soledad más melancólica; ciudades de vene-
rable aspecto y aldeas agrícolas, albergue de la paz de Dios;
en aquel escombro, el cardo que cubre las ruinas de Córdo-
ba la vieja descritas por Díaz de Rivas y Ambrosio Morales
óeljaramago que crece en q\ despedazado anfiteatro áQ
Itálica; en esta pared, la hiedra que engalana los viejos mu-
ros de los antiguos monumentos; acá la perpetua, indican-
do que una sombra augusta realza el suelo ó el paraje; allá
el lirio azul llorando ausencias tan dignas de la elegía, cual
las ausencias recordadas por el ciprés de Yuste; en el Nor-
te, montañas verdes en su falda, umbrosas más arriba, po-
bladas de árboles, coronadas de nieve en sus cumbres, que
simulan rotos obeliscos, pirámides, almenas, separadas por
grandes hendiduras, y en el Sur, abundantísimas en bálsa-
mos ó cubiertas de jarales que en primavera parecen neva-
das; en este punto, sierras, en las que entrelazan sus ramas
el chaparro, el nogal y la higuera salvajes, y en aquél, otras,
desnudas, que ora empinándose bruscamente, forjan, con
fantástica aspereza, desmochadas torres, ora alzándose, con
blandas líneas, ofrecen marcada variedad de contornos. Lo
que encontraréis, sí, valles abundantísimos en pesca ó en
frutos, en una región, regados por fríos riachuelos ó impe-
netrables á la luz ó engañadores con sus ecos, en otra; és-
tos, á propósito para satisfacer los deseos de un herboriza-
dor, los de la comarca más lejana, capaces de enloquecer á
un artista, con el concierto con que en él saludan ó despi-
den al día las plantas, los animales y los torrentes, que ya
mueven las ruedas de sonoros molinos, ya ofrecen orillas,
de imponderable amenidad, al observador que detiénese á
IX
mirarlas, desde los rústicos puentecillos volteados sobre los
planos inclinados por los que el agua se despeña. Lo que
encontraréis, si, cataratas tan dignas de los honores del pin-
cel, como la catarata de la Sibila y abismos de la sublimi-
dad del tajo de Ronda; grandiosas decoraciones de negras y
fantásticas rocas, que parecen una traducción, en imágenes
vivas, de un canto dantesco y decoraciones de idílicas rocas,
festoneadas de tomillo y romero, en las que sestean las abe-
jas para producir su dorado azúcar; picachos sólo accesibles
al águila y á la cabra silvestre, y lagos vírgenes y puros,
cuyo cristal nunca desfloraron ni una hoja de violeta, ni un
ganado; bosques agrestes á lo que da singular interés la
fiera que los puebla, bosques ricos en frutos, bosques de
hayas, robles, bojes, pinos, encinas, ricos en caza, y dehesas
en las que se alimentan, pastan ó triscan, el toro y la muía,
la oveja y la vaca, que animan y entonan nuestros paisajes
montañeses, soberbios, cual los de las zonas destinadas á
guerrear por la independencia, á crear el carácter de un
pueblo, á fundar la nacionalidad; y si lo dudáis, recorred
las cordilleras que arrancan del Pirineo y el Pirineo mis-
mo, cuya poesía conservan la matracada y la pastorada, tan
propias de él, como de la Campaña antigua la zampona de
Virgilio y de los encantados espacios de la Suiza, la cítara
de Gesner, el Teócrito y Anacreonte de los Alpes ; reco-
rred las estribaciones del Moncayo y el Moncayo mismo,
que imitando una frase de Echegaray, más que un monte,
es un globo roto caído de la inmensidad, en el que un colo-
sal Miguel Ángel esbozó los primeros delineamientos de la
cúpula de un grandioso templo subterráneo.
Lo que encontraréis, si, horizontes tan cálidos, cual en
la región extendida entre los peñascos del Rojo y el Eufra-
tes, entre la Siria, célebre por sus palomas y la playa de
incienso del Yemen, — en cuya región la arena tiene el co-
lor del fuego, la atmósfera asfixia y sólo en raros sitios, en
los que deshilase un poco de agua, crece hierba ó algún ar-
busto balsámico, — horizontes que dan una idea aproxi-
mada de lo que es el desierto, cuando los rayos del medio-
día pintan mágicas y leves imágenes en el aire, ó cuando
en poética noche resplandecen verticalmente las pléyades
y brilla con su hermosa luz rubí la estrella de Canope, ó
cuando abruma la calma de un tiempo abrasador, ó cuando
las nubes se apiñan y se deshacen en lluvia, ó cuando el
huracán, tan temido de las gacelas, troncha las palmas y
barre los montes, ó cuando el silencio es tal que sólo se
oye la pisada del camello, el relincho del corcel, quizás las
risas de algún árabe que bajo la tienda distráese en dulces
juegos con hechicera muchacha, quizás la patética cantu-
ria, en que tras un largo día de sol, la caravana recuerda á
su familia en el oasis ó bendice á Dios, por haber colocado
junto al fresco pozo, espigas de azucarados dátiles. Y si
descendéis por la inmensa escalinata de rocas que comu-
nica la cordillera pirenaica con el más majestuoso de
nuestros ríos, y paseáis por las riberas de sus afluentes
que brindan enramadas, que traen á la memoria aquellas
de Provenza, en las que ve la fantasía, la poética figura, de
rostro juvenil y bello, de algún trovador, que en actitud
elegantísima, ataviado con bizarro traje, el laúd de marfil
en el pecho, el puñal de plata en el cinto, así ganaba la
violeta de oro en los juegos florales, como cantaba el amor
y la gloria al pie del torreón de los castillos! Y si trocáis el
vericueto por esas campiñas que os ofrecen, en el barranco
la zarza cantada por la poesía bucólica; en las laderas el
olmo amigo de la tórtola, el espliego, el árnica, el acónito,
y otras plantas medicinales; en el altozano, la vid; la col-
mena y la amapola en la majada; la caña al borde de las
fuentes; en el valle, fertilizado por anchas acequias, el
olivo, la higuera, el almendro, el peral, todos los árboles
que producen sabrosos frutos..., el melocotonero, tan fron-
doso como la madreselva que cubre la tapia de las hereda-
des, el cerezo dando envidia con su coral á las florecillas
silvestres que le rodean; y en los puntos en que empieza á
tornarse áspero el suelo, norias que vierten el agua en
abundancia!... Seguid el curso del Ebro, el río de los glo-
riosísimos anales de Aragón y Cataluña, que después de
recordarnos nuestras libertades, nuestra vieja bandera, la
cruz de Sobrarbe, herida por los rayos del sol, en los más
épicos combates, entra en el mar de las teorías, de Citheres,
de las sirenas, del gondolero; en el mar cuyas brisas roza-
ron las homéricas cuerdas, cuyos reflejos esparcieron la
magia sobre los cuadros de Apeles, cuyas azules y transpa-
rentes olas prestaron fondo al teatro griego, y en cuyas
doradas riberas enseñó el gran Poeta de la Filosofía la
unidad de Dios y Pitágoras la ciencia de los orbes; en el
mar de la Odisea, de la égloga de Teócrito, de la Eneida, de
los Apóstoles, de San Juan, de las ciudades egipcias que
unieron el alma de los antiguos pueblos, de los Cruzados,
del Romanticismo, del trovador provenzal, del Tasso, de
Sannázaro; en el mar, que consoló á Petrarca en su ausen-
cia de Laura, y en sus horizontes presentó al más sublime
de los amadores, el rostro ideal de Beatriz, virgen-madre
en el arte, de la madona del Sanzio; en el mar de las colo-
nias, de las grandes expediciones, de las batallas más so-
XI
lemnes de la historia, sin el que serian desconocidos entre
sí, el mundo occidental, el África y la venerable Asia; en el
mar de la paleta y de la lira en suma, tanto en el admirable
intercolumnio de las islas del Archipiélago como en el
amoroso Adriático, en el Tirreno ó en las playas de Sicilia,
en las que, cual en los versos del cantor de Mantua, se
mezclan, el grito de la gaviota, la voz dulce de la alondra y
■el gorjeo del ruiseñor, el chirrido de la cigarra, el arrullo
de la paloma y el choque del remo, las algas y los mirtos,
las emanaciones salinas y el perfume de las florestas: se-
guid el curso del bravio Cinca, que si no es un Eurotas, el
de los melodiosos cisnes, ni un Arno, el de Psiquis bauti-
zada, ni un Rhin, el de las leyendas, ni un Ródano, el de la
fe y el amor, ni un Turia, el de las flores, copia temblando
orillas no pocas veces poéticas: seguid la marcha del Flu-
raen, del Alcanadre y la corriente que conduce al lugar en
•que D. Gaufrido Rocaberti y sus camaradas fundaron mo-
nasterio, y en el que hay cataratas como la Cola de Caballo,
digna de estar en los Alpes, grutas que no desdeñaría Es-
-cocia, trozos de vegetación espléndida y salvaje: y artísticos
muros, augustas ruinas, os testificarán el carácter, emi-
nentemente aristocrático, de este país, en el que hubo an-
tes que cetro, código; no existió abolengo más antiguo que
«I de la ley y fué el monarca el primero entre los iguales,
un caudillo que sólo tenía en el botín más parte, si había
sido el mejor en la batalla; de este país, en el que la sobe-
ranía real procedía de un pacto y todos los derechos de
una constitución primitiva; de este país, que nos presenta
en sus más antiguos monumentos jurídicos, el vasallaje de
los reyes al precepto legal, el Justicia, las Cortes, la liber-
tad que, viva en las costumbres, aspiró á ser lo que logró
en el Privilegio general de Pedro III, porque, cuando de
cosa tan santa se trataba, no había en Aragón separación
de clases..., la libertad! que de tal modo era aquí la vida,
que la corona, la nobleza y el pueblo formaban una serie
armónica de libertades.
Seguid por otra parte el curso del Jalón, comparable al
Nilo por sus virtudes, y veréis realidades tan bellas como
«1 Cuadro del Vado; salidas y puestas de sol que declararía
incopiables el Lorenés, el mejor traductor de la naturaleza
á la lengua de los colores, el creador del Narciso, la mara-
villa más exquisita del pincel, el autor de la Mañana, el
Mediodía, la Tarde y la Noche, que son las Geórgicas de la
pintura, las Geórgicas pintadas por Virgilio mismo que,
renaciendo, trueca la trompa por la paleta; y escenas cam-
pestres bulliciosas ó mudas, á las que prestan singular
XII
hechizo, cuando no un carro, una cabana, los mulos que
ayudan al lugareño en sus faenas de la siega ó de la vendi-
mia y el paciente borriquillo que va al mercado; el apre-
tado rebano que busca balando, entre una nube de dorado
polvo, fresca sombra y los aperos de la labranza, los utensi-
lios que caracterizan los lienzos en que Bassano reprodujo
embellecidas las fértiles comarcas del Vicentino, en las
benignas y pintorescas márgenes del Brenta.
¡Oh qué suelo tan vario, el suelo aragonés y el paisaje!
Diversos climas, diversas plantas, diversas flores, la
montaña y el llano, el valle y el erial, el pedregal y la selva,
todo esto tenéis, en los riscos en que añlaron su hierro los
que ayudaron al héroe de Covadonga y á Fernán González
á fundar la independencia española; en el hermoso Monca-
yo; en las sierras que trazan el anfiteatro que rodea en
ancho cerco la planicie de la ciudad oséense; en las soleda-
des de Teruel; en el Aragón cuya fisonomía exprésanos
con tal verdad la jota; brusca, enérgica, apasionada, como
los pueblos idómitos y valientes.
Y la misma variedad existe, en las joyas arquitectónicas
que poseemos. Dentro de Zaragoza, páginas magníficas de
todas las épocas del arte, que conservan la huella de ras-
gos sublimes, de instituciones venerandas, de maravillosas
conquistas, de sucesos y derechos que acreditan nuestra
grandeza; en esta falda el Veruela inmortalizado por Bec-
quer; en aquella altura San Juan; en un estribo de la cordi-
llera pirenaica, los venerables despojos de la fábrica que
fué la apoteosis de piedra, la transfiguración monumental
de nuestra historia, aquel Monte-Aragón, que vio salir á
pelear valerosos infanzones capitaneados por sus amados
reyes, que dio sepultura á muchos caudillos ilustres y que
vio combatir en Alcoraz, con el ardor de los celtíberos, con
el heroísmo de los godos y con la fe de los mártires cristia-
nos, al soldado de la Cruz; frente, en la población á cuya
campana deben García Gutiérrez y Casado áureo laurel, en
la sertoriana Huesca, austerísima catedral y viejo claustro,
superior al Panteón escurialense, porque está su grande-
za, no en que sean los pilares de mármol, ni de metal las
urnas, sino en los nombres que se leen en sus sencillas
lápidas sepulcrales; en Sijena, el monasterio vetusto en
que fué armado caballero el protector de la juglaría, y
están enterrados el más plañido de los monarcas, D.» San-
cha de Castilla, D.» Dulce, D." Leonor de Tolosa, la Condesa
de Barcelos y D.« Beatriz Coronel^ el monasterio, que tiene
en su Sala Capitular, uno de los tesoros artísticos de la
Edad Media y que con el ajiictis te spessimica, que se lee al
XIII
pie del Altar mayor de su oscuro templo, recuerda el es-
tandarte de la Virgen de los Dolores que ondeaba en la
capitana del gran maestre de la Orden de San Juan, cuando
arrojado de Rodas entró en Mesina con su escuadra; en las
riberas del Jalón la más gentil de nuestras torres, la bilbi-
litana de Santa María; acá recuerdos de un Antipapa, allá
en aquel valle, que por su vigor y lozanía parece tropical,
pues la hiedra tapiza los peñascos ó decora ios troncos de
los robustos plátanos y fresnos, construcciones que dan
una idea de las primitivas, y que siendo ellas magnificas
no lo parecen tanto, porque allí el hombre está vencido por
la naturaleza, que humilla al pincel, entre los saúcos de
las márgenes del lago encantador de la Peña del Diablo,
y que en su gruta, ya célebre, demuéstranos que la gota de
agua es superior á Fidias y capaz de producir joyas de más
mérito, que la mesa de Salomón, el Psalterio de David del
Alcázar de Toledo, el árbol de Moctador, el reloj enviado
á Garlo-Magno por Harum y la pala de oro cuajada de pe-
drería, y cubierta de esmaltes finísimos, que posee el
San Marcos de Venecia. Y he aquí que existen entre nos-
otros, el románico, la ojiva, el bizantino, el greco-romano,
y para que de nada carezcamos el estilo mudejar, es decir,
el arte andaluz adhiriéndose á la vida y costumbres cristia-
nas; la ñor del loto y el tulipán trocándose en viñetas del
libro-Evangelio; el África de hinojos ante Covadonga; el
Calvario perdonando al Atlas y el Atlas reconciliándose
con el Calvario.
Y, como un resumen de las varias zonas del planeta y de
los géneros arquitectónicos, tenemos otro de todos los he-
roísmos. El genio de Aníbal renace en el Batallador incan-
sable, cuya tumba debiera estar en el Torreón de Azuda ó
en los altos picos de Sierra Morena; el de Scipión en el
compañero de armas de Alfonso VIII en las Navas; el de
Filipo en D. Pedro IV; el de Alejandro y Leónidas á un
tiempo, en el vencedor del Pontífice, de Italia y Francia, en
el héroe del sangriento Collado de las Panizas; el de Pén-
eles, á la vez que el de Platón y el de Marco Tullio, en el
prisionero de Milán, en el cautivo de Ponza, que inspiró su
inmortal comedieta al Marqués de Santillana, en el huésped
de los Médicis, dueño de cinco coronas y á la vez príncipe
feudal, que ordena cese agradable música por escuchar la
lectura de un autor clásico, que distrae sus ocios traducien-
do á Séneca, que cura de grave dolencia escuchando pági-
nas de Quinto Curcio, que suspende un combate y firma
paces por haberle mandado su adversario un códice de Tito
Livio, y que teniendo por favoritos en su corte á Filelfo y
XIV
Lorenzo Valla, al ciceroniano Picolomini, á Jorge de Trebi-
zonda el restaurador de los textos aristotélicos, al Poggio,
traductor de la Ciropedia, reúne tres literaturas y esculpe
su nombre y el nombre de España en la obra maravillosísi-
ma del Renacimiento; y el de César, en Jaime I, dotado de
la ambición de lo maravilloso que posee á las grandes almas,
guiado siempre por altísimas ideas, ávido de tomar parte
en la vida universal de las naciones, de inquebrantable vo-
luntad, magnánimo, brioso, sufrido, avisado, fascinador, con
todas las virtudes del héroe; educado entre el choque de las
armas, acostumbrado á la malla y á la victoria desde niño,
conquistador de cetros con la espada y de corazones con su
gentileza, temido del moro y arbitro obligado en las discor-
dias reales, prudentísimo consejero del Papa y potestad
agasajada hasta por el Kan tártaro y el sultán de Babilonia,
que tiene tiempo para conversar con los trovadores y sabios
que le rodean, para fundar estudios y universidades en Lé-
rida, Montpelíier, Valencia, Palma y Perpiñán, para escri-
bir su sencilla y encantadora Crónica y el Libre de la Sa-
biesa, para discutir en los Parlamentóse en los Concilios,
para conversar con los mercaderes, á fin de asociarlos á la
empresa de asegurar á su patria la posesión del Mediterrá-
neo, apoderándose de Mallorca, ó á la de colocar para siem-
pre la enseña del Gólgota en las torres en que momentá-
neamente ondearon los pendones del Cid, para reformar é
instituir sobre indestructibles bases el Consejo de Ciento,
para crear la lengua que usó en sus escritos, en sus trata-
dos; y que, audaz en la pelea, sereno en el peligro, pruden-
te en el triunfo, el mejor soldado y el mejor jinete de su
hueste, tan hábil al formar un plan como al ejecutarlo, justo,
galán, dadivoso, es un excelente cronista, un excelente le-
gislador, un gran capitán, un clásico, el hombre más digno
de ocupar un trono que jamás ha existido, un ser extra-
ordinario, al cual no llamaré invicto, porque lo único que
no pudo domeñar fueron sus pasiones, que sólo siendo
suyas era posible que rindiesen á tan portentosísimo co-
loso (1). Ah! nunca, jamás ha habido reyes como los reyes de
Aragón.
Ninguno de los que vistieron la púrpura, durante tres
(1) D. Víctor Balaguer en su oración académica acerca de la Literatu-
ra Catalana, y el Sr. Castelar, en su admirable discurso contestando en
la Academia Española el pronunciado por el ilustre historiador de los
Trovadores, sobre las Literaturas regionales, cuyos trabajos tengo á la
vista, retrataron de mano maestra á D. Jaime I y D. Alfonso V, respecti-
vamente. Cúmpleme consignarlo así.
XV
siglos, aventajó en prendas á los que la honraron en el país
que baña el Ebro; lo cual débese sin duda, á la primacía de
la ley, sobre la corona, en nuestro suelo; al pacto solemne,
con altivez recordado siempre á los monarcas por nosotros,
en las lides por la libertad y el derecho; á que el cetro era
aquí la insignia de un soberano de soberanos y el sucesor
al solio real, gobernador del reino; disposición sapientísima
que acostumbraba, desde su edad más temprana, á los lla-
mados á heredar las riendas del Estado, á las dificultades
del mando, á estimar las instituciones, á someterse á la ley,
á conocer y amar al pueblo encomendado á su custodia. Y
no solamente fué ninguno más grande; ninguno obtúvolas
adoraciones que ellos. Al pueblo y á los monarcas aragone-
ses unió siempre la amistad más sincera, por lo que jamás
han templado aceros regicidas las aguas de nuestros ríos;
que no hay apoyo más firme, ni más segura defensa, que la
libertad. Bien lo sabían nuestros monarcas conquistadores
y aquellos otros, que pródigos de su propia sangre con la
patria, temerarios en el peligro, sólo cobardes para desobe-
decer el fuero, corrían, no á presenciar combates, sino á
acaudillar ejércitos, á morir con honra; que los reyes en
esta tierra clásica de las virtudes cívicas, llevaban escrito
en su corona, con piedras preciosas, que eran los primeros
en los honores, en la hoja de su espada, con caracteres de
sangre, que sabían ser los primeros en el peligro, y por esto,
sentada á la grupa de su corcel de batalla, veíase la segu-
ridad de la paz interior del reino, pues daban guardia de
honor á ésta, en presencia y en ausencia de aquéllos, las
libertades populares. Y de esta suerte necesitaba ser el
trono, pues nuestra aristocracia, la más ilustrada y heroica
de todas las aristocracias, no encontraba más medio de ata-
jar la autoridad regia que tocando á rebato la campana de
las rebeliones, si como dice un historiador elocuentísimo, <la
ley había de sustituir á la arbitrariedad, la fuerza del dere-
cho al derecho de la fuerza, el tribunal, las Cortes, al campo
de batalla, y á una organización asentada en medio de des-
encadenados huracanes, una organización cimentada en el
precepto legal, sin más amparo que la custodia de la liber-
tad y la égida protectora de la justicia».
SI, así necesitaba ser el monarca en esta tierra, vasallo
de las antiguas libertades aragonesas, el primero del reino
y el primero también en acatar y defender las leyes y cos-
tumbres que debía hacer guardar, por cuya senda llegóse
á la perfección de aquel Estado, en que nadie estaba al ar-
bitrio del poder, las esferas en que éste giraba distinguíanse
de un modo admirable y la resposabilidad acompañaba á
XVI
todo acto, cual la sombra al cuerpo. SI, así necesitaba ser
por último, si no habla de rompérsele el cetro como frágil
caña, dada la índole de este pueblo inspirado siempre por
un sentimiento vivo en su corazón, enseñoreado de su con-
ciencia, por el numen divino de su sacrosanta libertad,
custodiada por él con tal cariño que apresuróse á vigori-
zarla cuando la vio amenazada, y de aquí que en cada trans-
formación no pudiese menos de salir más luminosa, porque
jay de la mano que hubiese intentado el evitarlo! Dijo muy
bien el Sr. Romero Ortriz, en el novilísimo Gimnasio de la
historia patria: — «los anales de las prosperidades de Ara-
gón son los de la monarquía aragonesa; los de la monarquía
de cuyas glorias nos hablan, la nieve de Jaca y la brecha
de la muralla mallorquína, las armaduras rotas por los ma-
rinos de Lauria, la lava del Etna y del Vesubio, y los bron-
ceados peñascos del Pirineo en los que esculpiéronse leyes
antes de ser coronados los héroes; los de la monarquía que
no bien nace, baja del risco al llano, de Sobrarbe á Huesca,
clava en Zaragoza el estandarte cristiano y hazaña tras ha-
zaña, trueca en la vega de Granada el tosco sayal del la-
briego montañés por los brocados y armiños del rey polí-
tico, símbolos del dote de poderío aportado por Aragón en
sus nupcias con Castilla; los de la monarquía que unida á
Cataluña formó nacionalidad tan admirable, y envió á Al-
fonso II al sitio de Cuenca, fué á las Navas, luchó por el
derecho ultrajado en Muret, castigó á los aventureros An-
jóu, sojuzgó el Bosforo, grabó las barras en la cima del
Olimpo y en la Acrópolis de Atenas, abrió de un golpe con
el pomo de su espada las hieráticas puertas de la madre
Asia y obedeció la orden secreta de Dios que escribe el Ebro
en su curso, con la fidelidad que siguió Castilla el plan de
campaña que le trazase el Altísimo con líneas que se llaman
Duero, Tajo y Guadiana. Fuerte Aragón con sus monarcas
y sus libertades, pudo conservar la feliz tranquilidad en el
interior, ensanchar los límites del territorio, obedecer las
inspiraciones del espíritu de civilización palpitante en su
seno y producir doquiera milagros y maravillas; — en el
Bosforo y en Palermo, en la cumbre del Tauro y á la sombra
de los africanos nopales, en el valle en que tejió Proserpina
primorosas guirnaldas y en el golfo de la sirena Partenope.
Suyo es el mérito de haber comprendido, que la ley que
preside á la historia preceptúa á la tierra del Romancero,
el llevar la libertad y la salud á las razas encadenadas en el
Caucase terrible del fatalismo; el infundir las ideas dere-
cho, humanidad y justicia, en el abrasado cerebro del África.
Nuestro carácter emprendedor y audaz, que nace del pre-
XVII
dominio ejercido en el español por la fantasía, la sensibili-
dad, la elevación del pensamiento^ el espíritu asimilador,
las notas todas que nos distinguen, el sitio mismo que ocu-
pamos en el planeta, hácennos, los más aptos para educar
y enaltecer á un pueblo inculto; para convertirlo en traba-
jador en la magna obra de la civilización universal; para ir
á las orillas del río que en el mapa de la historia divide los
tiempos primitivos y los clásicos; para entrar en el conti-
nente «que une las premisas de la civilización asiática con
las conclusiones de la europea», á llamar á la vida, al hom-
bre del desierto.
Esta necesidad de sembrar la semilla del bien en las so-
ledades de la Libia, sintióla Aragón antes que nadie, y dio
con su ejemplo á la España cristiana, hermosísima ense-
ñanza. Apenas el conquistador inmortal de Zaragoza, siente
en su rostro, allá en apartadas cumbres, las suaves brisas
de las dulces playas andaluzas, apenas abre la cruz sus
brazos en los muros de Valencia y se liquida la media luna
sobre el perfumado mar de Mallorca, aguijonea al más
bravo de los batalladores, al más grande de los Pedros y al
más magnánimo de los Alfonsos, la ambición misma que
al héroe cantado por Herrera, San Fernando, el día en que
bebió el caballo de éste las aguas del Guadalquivir en la
ribera de Sevilla, y que al vencedor en el Salado, después
de tan maravilloso encuentro; la noble ambición que dic-
tase una de las cláusulas testamentarias de Isabel I; la que
llevó á Oran al más español de los españoles, Cisneros, y al
Emperador á Túnez; la que aconsejó la expedición afortu-
nada de Felipe V y la desgraciadísima del tercero de los
Carlos. Es justo, humano, patriótico, providencial; es cum-
plir una ley geográfica é histórica, y uno de nuestros des-
tinos, el procurar que sea un templo del hombre el país,
predilecto de la Iglesia de Cristo, en el que creía la Grecia
que manaba la fuente de su civilización, y fundó Alejandro
la ciudad que debía ser anillo y tálamo nupciales del
Oriente y Europa; el país cuya luz inspiró al único épico
nacional moderno sus Lwisiadas^ obra que descuella sobre
las de Ariosto, el Tasso y Balbuena, sobre la fría Henriada
y los poemas rudos y bárbaros, el Cidj los Níebelungen y los
cantos de Gesta, «porque contiene el espíritu, el corazón,
los recuerdos^ la gloria y las esperanzas de un pueblo»; el
país en que el infante D. Enrique y los marinos de Sagres
descubrieron un cielo hermosísimo y cristalizaron en rea-
lidad preciosa las estrellas dantescas, soñadas por una pri-
vilegiada fantasía en un poético arrobo; el país en cuyos
arenales perdió la vida y su ejército el romancesco D. Se-
XVIII
bastión, convertido después en otro rey Arturo, por un
melancólico amor de la patria; el país en suma, en el que
está, según dice un sabio publicista, el principio del impe-
rio que deben llevar y dilatar hasta más allá del Atlas, los
descendientes de los vencidos por Tarik y Muza. Y he aquí
á Aragón adelantándose á las revelaciones de los siglos,
entreviendo é intentando lo que hoy es una exigencia de la
verdad enseñoreada del ánimo de todos, con la genialidad
que intentó el Dante y entrevieron Virgilio y el filósofo
que habló en lenguaje digno de los dioses en el jardín de
Academus, lo que había de hacer más tarde el divino Ra-
fael...; á Aragón!, al que corresponde parte principal en el
mejor lauro de la Edad Media, la Reconquista y en el úl-
timo y más admirable poema caballeresco, la guerra gra-
nadina; á Aragón!, que tantos rasgos propios ha llevado á
nuestra historia; el más laborioso obrero en el cumpli-
miento de los altos fines de la Providencia. A él cupo en
suerte la tarea de comunicarnos con Europa y la de asegu-
rar la tranquilidad del Mediterráneo; con los florines de su
Tesoro, con los florines adelantados por Luis Santánjel,
aparejáronse la Santa María, la Pinta y la Niña, que salie-
ron con Colón del puerto de Palos; sus principes, dando
materia con sus hazañas y virtudes á que varones clarísi-
mos las escribiesen, prestaron inapreciables servicios á las
buenas letras; y sus juegos florales, el cultivo de la Gaya
ciencia fomentado y protegido por nuestros reyes, tuvieron
superior influjo en la civilización de España. Es verdad
que la aparición de un nuevo pueblo llamado, en un por-
venir próximo, á conmover el mundo, con sus sabios, sus
héroes, sus navegantes y sus artistas, se halla, en el Poema
del Cid y en el Libro de los Jueces, en las Querellas y en las
Partidas, en los rudos versos del Arcipreste de Hita y en
las páginas del coronista Ayala, en Juan Lorenzo Segura
de Astorga y en los escritos de Gonzalo de Berceo, cuyo
carácter iguala, como diría Castelar,'al candor de las Fio-
recillas de San Francisco, «á la inocencia de una pintura
de Cimabue, al dibujo de una viñeta de breviario, al eco de
una salmodia gregoriana, al Stabat Mater en su no apren-
dida sencillez», pero lo es asimismo, que no á estos viejos
monumentos y sí, á Aragón se debe, el haber introducido
la cultura y el gusto en las costumbres y en las letras de la
Península, en ciclo cuyo contorno no se descubre, ni aun
recogiendo la vista, al volver la cabeza para mirar el pa-
sado. Es imponderable, observa un castizo escritor d), «el
(1) El Conde de Quinto.
XIX
servicio que los Reyes trovadores D. Pedro II y D. Pedro III,
el Amador de la gentilesa y D. Martín, hicieron á los ade-
lantamientos intelectuales de la España, con la protección
dada por ellos á los ingenios de su época y con el estimulo
generoso que los torneos de la poesía suscitaron»; y la in-
fluencia de la espiritual corte del hijo de D. Fernando de
Antequera en el Renacimiento español, la influencia de
aquel rey magnánimo emparentado con el de Navarra, con
el Príncipe de Viana, con el gran sabedor de Castilla. Y es
muy ilustrado el impulso que la literatura española recibió
en aquel período, del descendiente de los montañeses que
bajaron corriendo los riscos de Sobrarbe, lanzando al árabe
con su empuje á la parte oriental, y que después de haber
amagado el poder del moro en el África, asentaron la do-
minación ibérica en las armoniosas playas é islas de Italia;
pasearon las rojas barras por el Asia, produciendo tan uni-
versal asombro, que ante ellas,
muda de espanto se postró la tierra ;
y dibujaron la sagrada encina de los blasones aragoneses,
en la Santa Sofía de Constantino, con la punta del acero del
personaje inmortalizado por Moneada en su obra, dechado
de fluidez, lisura y naturalidad y en la que hay trozos «tra-
bajados con mucha maestría» (i) que acreditan al Conde de
Osona de notable artífice, tanto como la expedición á Sicilia
á Tucídides, como la batalla de Cunaxa á Jenofonte, como
las Horcas Caudinas, á Tito Livio; á Tácito el tumulto de los
legionarios del Rhin, y á Maquiavelo la muerte de Julián de
Médicis. Si el idioma se perfeccionó de superior modo, en
las delicadas manos de Cervantes y Rioja, del Cisne de Se-
villa y del soldado más gentil de Carlos I; si llegó á ser el
del Quijote y el de Noche serena el en que se lamentó Sali-
cio, habló Sigüenza y fueron cantadas la arrebolera y la ro-
sa; si lució un día en que confundiéndose el arte erudito y
la poesia popular abriéronse las magníficas puertas de un
siglo de oro, á tan feliz cima, en la que los laureles forman
espesura, llegóse por el camino de Aragón; y si á progresos
tan rápidos y fecundos contribuyeron en primer término,
nuestros grandes humanistas y latinos; si Antonio de Le-
brija y Luis Vives, inauguraron la áurea edad del habla pa-
trio, Antonio Agustín, Blancas^ Zurita, «historiador insigne
entre los mejores» (2)^ subiéronlo á su cénit, no menos que
(1) Ticknor.
(2) Fernández y González.
XX
Ambrosio Morales, ilustre sobrino del Maestro Pérez de
Oliva (1), traductor de La Tabla del filósofo de Tebas, Ce-
bes, discípulo de Sócrates, y continuador del más crédulo de
los cronistas, el zamorano Florián de Ocampo; que el Bró-
cense, gran filólogo, sabio entre los sabios, hábil restaura-
dor de los estudios clásicos, poeta antiguo y moderno, el
mejor critico de sus días, al que ¡mucho!, ¡mucho!, debe el
Tytiro del Tajo; y que aquel noble, virtuoso y docto hijo de
Fregenal de la Sierra, el de la Biblia Poliglota, laureado en
Alcalá, ariete conti'a la herejia en Flandes é Inglaterra, pas-
mo de Trento, Capellán y Confesor de su amigo Felipe II,
Prior del Capítulo de Santiaguistas, autor de magnas obras
de Teología, que renunció mitras de pingüe renta por ocu-
parse en interpretar las Sagradas Escrituras y complacer
su modestia en el dulce retiro de la Peña de Aracena, taja-
da por la naturaleza en altísima y solitaria cumbre, en la
que el hermoso cuadro de las huertas de Alajar constituían
el honesto recreo^ del que la ciencia divina, las Huraanida-
(1) Gran observador de la sociedad y del corazón humano, hombre
de pensamiento é hijo del autor de Imagen del mundo, obra que á pesar
de no haberse dado á la estampa conquistó á su autor un nombre envi-
diable. Pérez de Oliva estudió las artes liberales en la Florencia del Re-
nacimiento español, perfeccionóse en el latín en Alcalá y en la antigua
Lutecia, continuó sus estudios de Filosofía y Letras humanas en Roma,
obtuvo honroso puesto al lado de León X, que renunció por satisfacer
su sed de sabiduría, trasladóse á París donde instruyóse en nuevas ma-
terias, y restituido á su patria fué nombrado, sucesivamente, catedrático
de la Universidad de Salamanca, Rector de ésta y Maestro de D. Feli-
Ee II, entonces niño, cuyo cargo no pudo desempeñar porque le arre-
ató la muerte, poco tiempo después de su elección. La lengua castellana
le bendice por su anhelo generoso en darle vigor, nobleza y energía y el
tesoro de la república de las letras le debe riquezas, como las represen-
tadas por sus obras morales y políticas. Es autor de un diálogo intere-
santísimo en elogio de la Aritmética, escrito para ser colocado al frente
de la de Silíceo, más tarde instructor de Felipe II y Arzobispo de Toledo;
de refundiciones afortunadas de una comedia de Planto, de una tragedia
de Sófocles y de uua traducción libre y poco feliz de la Héciiba Triste.
Llevan su nombre varios trabajos breves, en los que se refleja un juicio
el más recto, talento profundidísimo y un erudito de escogida lectura.
Su mejor página es el Diálogo de la dignidad del Hombre, sobria y discreta
en el pensamiento, grave y culta en el estilo, nada variada en los giros y
la frase. Pocos moralistas, dice muy bien el Sr. Fernández Espino, han
desentrañado mejor las causas del mal y del bien y dirigido la voluntad
del hombre por camino tan seguro para la virtud y la gloria; y es lásti-
ma que bajase al sepulcro dejando sin terminar los tratados La Castidad
y Del uso de las riquezas. Escribió también algunas poesías de escaso
mérito. La obra maestra de Oliva es el haber contribuido á formar á
Ambrosio Morales, que publicó las producciones de aquél, añadiendo
quince discursos sobre asuntos morales. Según el último, su ilustre tío
escribió en latín un tratado sobre la piedra imán, en el que parece des-
cubrió y vislumbró en ésta, la propiedad de poder comunicar á dos au-
sentes. No llegó á terminarse ni á publicarse.
XXI
des y las Musas consideran como su Benjamín querido.
Siempre influyeron, jsiempre!, en la historia de España, los
ingenios insignes del Ebro. Ciertamente! La riqueza y ar-
monía de la lengua española llegó á su apogeo en el si-
glo XVI, tan fértil para las letras y las artes, y en cuya cen-
turia encontramos, numen vigoroso, tradiciones inspirado-
ras, de tan rico contenido de belleza, como la sociedad de
entonces, cuyo aire de familia con la de los tiempos medios
es visible, por la índole de sus "virtudes; las ñores más pre-
ciosas y los más exquisitos frutos del ingenio; una nación
que por rasgo de ingenua vitalidad, por germen de prodi-
giosos hechos (1) nos ofrece la fe y el heroísmo, y que sién-
tese acicateada por la galantería caballeresca que había
dulcificado sus costumbres, en época pasada..., una nación,
en la que «contribuyendo á labrar su poderío y caminando
á lograr los mismos fines cada cual en su esfera y auxilián-
dose las clases del Estado», con actividad para mover y con-
vertir en bulliciosos dos mundos; armada de su triple égida,
grabó su sello en la frente de los pueblos todos con sus
Gonzalos y sus Leivas, con los conquistadores de imperios
desconocidos; con Pizarro y Nüñez de Balboa, con Almagro
y el gran guerrero y político de Medellín que repitió en las
aguas de remoto océano, el hecho de Agatocles en África,
de los muladíes de Córdoba en Creta, de los almogávares
en Galípoli. La historia, dice el Duque de Frías, es una par-
te muy esencial de las buenas letras, de las artes; y las ar-
tes, las buenas letras, llegaron á ser por la causa apuntada,
plantas espontáneas en nuestro suelo, que formaron el más
hermoso de los vergeles, porque preparada ya la tierra con
la labor de los siglos xiii, xiv y xv, recibió el abono de los
despojos de la erudición del Renacimiento, que excavando
las Pompeyas espirituales, buscaba en la enterrada anti-
güedad clásica, enseñanzas y modelos. Fuentes de inspira-
ción abundantísimas brotaron; muchos de sus caudales per-
diéronse, «por causa del ligero valor de las teorías críticas
aparecidas en el campo literario, encaminadas á gobernar
y servir de guía al numen; de la escasa autoridad para ha-
cer amable el precepto en los que lo defendían; por no ser
(1) No puedo continuar sin declarar, que me sirven de norte en estos
estudios, las ideas recogidas en la cátedra del malogrado y eminentísimo
Profesor D. Francisco de Paula Canalejas y en los libros de mi maestro
f)redilecto D. Francisco Fernández y González, catedrático insigne entre
os mejores que haya tenido España, mi consejero y amigo cariñoso.
Complázcome en tributar á éste, mi admiración y á la memoria de
aquél, mi respeto.
XXII
suficientes aquéllas á evitar extravíos; por no estar prepa-
rados los ánimos á recibirlas; y los que aprovecháronse de-
bióse á lo que endoctrinó el ejemplo»; el ejemplo! que hizo
prodigios. En efecto; el petrarquismo, que tanto significa,
como la venida de la poesía subjetiva á la Edad Moderna, y
que extendido por Europa, al modo de las ideas emancipa-
doras del estado llano, cerrando las gestas feudales, había
cruzado en España sus armas con Micer Francisco Impe-
rial, habíase enseñoreado de la corte literaria de D. Juan 11
y entrado en los romanceros por asalto, ganóse al lado del
trono de Carlos V un apóstol dulcísimo, que confiado en su
genio y en la verdad de sus sentimientos, sin otro guia que
su propia emociónj dio al aire sus esperanzas ó sus quejas,
en poemas cuya espontaneidad obedecía á las conclusiones
del fundador del libre examen, y con los que creó la lírica;
llegando á tremolar sus estandartes diría en la Torre de
la Vela de la literatura si Castillejo hubiese sido un Boabdil!
Estos estandartes nunca han sido arrancados de su lugar de
gloria, siquier la creación artística del tierno y delicado
cantor se encerrase con él, en la tumba de la toledanji iglesia
de San Pedro Mártir. Ahora bien, el ejemplo extiende por
nuestra patria los poetas italo-españoles, de hermosa ento-
nación clásica y colorido petrarquista; construye el atrio
del San Pedro del arte nacional, de la basílica edificada por
Lope en una encantadora confluencia, y por él coronada con
gigantesca cúpula en la que domina la inspiración á la
forma:— el ejemplo llena de cisnes el Guadalquivir y pro-
duce cánticos, cuyas notas revelan liras en las que hay
cabellos de la antigua musa y áureos cabellos de Laura por
cuerdas; riquísima fantasía é idealidad artística:— elejemplo
pone el harpa coronada de hiedra y laurel, en las manos de
fray Luis..., el de Belmonte!, el más lírico de su siglo después
de Garcilaso!...., en las manos del vate «cuyo primor eran
sus aficiones á la vida del campo»: y el ejemplo consagra
sacerdotes de Apolo á dos aragoneses ilustres caracterizados
por su clasicismo, más latino que griego, y por sus tenden-
cias filosóficas, para que prestasen á la historia señaladísimo
servicio.
Encerrado Carlos V en Yuste y en el sepulcro más tarde,
^entristecido el genio nacional y enconado por las luchas
con los luteranos, y el luteranismo», renació la exaltación
épica de los días del Romancero, de los días en que los con-
quistadores clavaban lanzas en los muros de Murcia y de
Granada; penetró en el teatro y en la poesía el espíritu de
San Fernando, de Don Jaime, del Cid, de Pelayo; creyóse el
pueblo, destinado á empresa superior á la del indómito de
XXIII
la Reconquista; y los líricos del siglo xvi, excepto algunos
religiosos, pulsaron el harpa, al modo de los hebraicos, de
los de Grecia y de los de Roma, influidos por el renacimiento
y por la duda de la propia inspiración (i). La lírica en la
centuria décimasexta y en las dos que le siguen, presén-
tanos una rica variedad; mas en ella el sentimiento y el
concepto, observa un escritor ilustre, «quedan, como queda
la personalidad humana bajo los tristes días de los Felipes
y los primeros de la Casa de Borbon»; apareciendo más
tarde, en la décimanona, que es la de las revoluciones, como
fruta suya; y es frase del malogrado Revilla. Sería imposible
el que nuestra lírica resultara en línea recta con la del
herido glorioso de Frejus, sin un período intermedio, sin
las sátiras de los Argensolas, que nuevos Moisés, allanando
las dificultades de la peregrinación, voltearon el puentecillo
que une la ribera en que cimbréase el sauce de un ideal en
su ocaso y la ribera en que florece el árbol de un ideal
naciente, con su gravedad filosófica, su moral apacible, su
depurado gusto; y con sus poesías construyeron el arca
salvadora de grandes destinos y tradiciones literarias.
La ponzoña que germinaba bajo la púrpura de nuestras
grandezas inficionó la atmósfera; presentimientos, cual los
que entristecieron á Luciano, á Tácito, á Plutarco, y al Poeta
de Córdoba y al Poeta de Aquino y al Poeta de Venusa, em-
pezaron á expresar los espíritus superiores, — un Rodrigo
Caro, en las Ruinas de Itálica, un Quirós en el más célebre
de sus sonetos, cada una de cuyas letras es una lágrima: —
decayó entre nosotros todo, armas, política, ciencia, pobla-
ción, industria; las astillas de las lanzas de nuestras glo-
riosas milicias municipales sirvieron para atizar las hogue-
ras en que fueron quemados hombres y manuscritos; hun-
dióse nuestro poderío; tornóse cabalística, conceptuosa, la
sencilla literatura del Laberinto, del Quijote, de la Estrella
de Sevilla, en rebuscada y aguda la elocuencia de Avila y
del P. Granada»; juguete de los conceptos y retruécanos la
lengua, la virgen de los siglos xiii y xiv, la adulta que con
tanto cariño educara el sig!o xv, la rica y cultísima ma-
trona del siglo XVI, vino á sucumbir, despojada de su be-
lleza impura y profanada, bajo la repugnante degradación
y el vilipendio de aquéllos tiempos miserables» (2), en los
que alcanzaron franquía, sólo las artes, que nos dieron
nuestro primer pintor, Velázquez, al comenzar el eclipse de
(1) Canalejas.
(2) Conde de Quinto.
XXIV
la centuria decimoséptima y nuestro primer poeta, Calderón
de la Barca, que vivió hasta los primeros años del Hechizado;
pues España, su raza, habían sido tan sublimes, (f\ie al esca-
párseles la vida y reconcentrarse ésta en un punto, tenía
que lanzar fulgores tan magníficos, como ese admirable
poema del terror, que el más perfecto de los realistas nos
legase, en su Cristo y esos poemas de la muerte que se
llaman, La Devoción de la Cruz, El Medico de su honra, El
Purgatorio de S. Patricio, La Vida es Sueño. Estragado el
gusto; perdida la maestría del estilo; el aragonés salvó la
hermosa tradición literaria española; mostró la buena senda
á la extraviada época; conservó á Castilla su hermosa habla,
enviando á ella con la'Gramática debajo el brazo al sesudo
Rector de Villahermosa y á Lupercio, tan desnaturalizado
con sus obras como el Cisne de Mantua para con su Eneida;
— Horacios ambos de las letras que echaron la simiente de
una critica razonada y seria, apartada de las voluntarieda-
des y caprichos del vulgo, y cuyos esfuerzos detuvieron el
mal, siquier no lo evitaran, pues á pesar de ellos, á pesar de
los trabajos críticos y traducciones de Aristóteles en que
entendiesen un día, el Príncipe de Viana, Lebrija, Luis
Vives, Sepúlveda, Pérez de Castro y el Brócense; á pesar del
libro de Pinciano (D y de las Tablas de Cáscales; á pesar de
las páginas retóricas en sentido clásico, del solitario de
Alajar y de Matamoros; á pesar de la traslación castellana de
la Epístola á los Pisones por Luis Zapata y la del rondeño
Espinel, autor de la más hermosa novela del género pica-
resco y del cuadro El Incendio y Rebato de Granada, que
recuérdanos por su energía, la pintura en que Rafael
perpetúa los destrozos de las llamas en el Borgo; á pesar del
ensayo de versión de la Poética del maestro de Alejandro que
lleva el nombre de Alonso Ordóñez y de las páginas en que
el erudito González Salas expuso los principios del que fué
la base de las escuelas teológicas, ídolo del árabe y de la
poesía del Renacimiento, y que para ser destronado en el
arte, en la ciencia, necesitáronse un Bacon, un Descartes y
un Lope; á pesar de empresas tan gallardas y de los preser-
vativos de los Argensolas, ingenios útiles entre los más
útiles de España, en el siglo xviii invadió ésta, toda la co-
rrupción producida por los extravíos con que se torció el
ideal purísimo de la lira del Guadalquivir y el tono avulga-
rado de los últimos secuaces del Fénix (2).
(1) Philosophia antigua poética.
(2) El epítome de elocuencia de D. Francisco Artigas reproduce per-
fectamente el espectáculo aludido.
I
XXV
El mal agravóse de tal suerte, que sus estragos fueron
más terribles que los estragos de la peste de Florencia,
entre cuyos horrores, la prosa de Italia salió perfecta de la
satírica pluma del Bocaccio. Hacía falta una reforma, y la
reforma vino. ¿De dónde? De donde la prudencia y la sensa-
tez de juicio son virtudes características. Si, la señal para
que comenzase el movimiento clásico, que había de alterar
las teorías críticas en toda la Península (D, la dio un hijo
de la ciudad Augusta. Tarea de indisputable mérito la suya,
que dio por resultado una obra en la que, si no brillan por
su ausencia los conceptos inexactos, las aplicaciones falsas,
los horrores y las doctrinas temerarias, hay fecundísimos
aciertos! Empresa noble la del Aragonés ilustre (2) que, á
despecho de las contrariedades que se le opusieron, con-
quistó el favor de muchos doctos; y que llevando brisas,
cristal, olas, espumas, al Mar Muerto de la inspiración y
arena de oro á sus playas, trocólo en un Mediterráneo, ca-
paz de dar voz á la elocuencia; pincel, buril y lira á los
artistas y poetas. Si la crítica novísima está formada, agra-
decedlo, á quien cavó los cimientos de este Alcázar. Y si
queréis ver las fases por que ha pasado aquélla; la comuni-
cación artística de las cristalizaciones parciales que han
precedido á la total de hoy, encontraréis, cerca, á Lista y Gil
y Zarate, antes la escuela romántica y la histórica, más allá
á Quintana, Jovellanos y Sánchez, más lejos, á Ríos y Camp-
many, y dando origen á estos desarrollos, — ideal el uno,
esencial el otro, armónico esotro, naturalista aquél, ó esté-
tico ó discursivo; — la construcción filosófica de nuestro in-
mortal paisano; á quien bendecirá la historia, siempre que
recuerde el siglo de Carlos III; cuando contemple la gran-
deza de los Moratines; cuando se fije en las tentativas pa-
trióticas de los que quisieron resucitar el entusiasmo por
la antigua literatura española; cuando admire la iglesia que
formaron en Salamanca, Meléndez Valdés y Cienfuegos,
Fr. Diego González, Iglesias y el segundo Brócense, y la que
eH Sevilla hizo palpitar de gozo los restos de Herrera en el
fondo de su tumba; cuando recuerde los nombres de los
críticos y poetas granadinos, dispersados por las cureñas
francesas en 1808, alguno de los que ciñó laureles tan in-
marcesibles, como los laureles de Martínez de la Rosa, ó el
(1) El epítome de Elocuencia, de D. Francisco Artigas, reproduce
perfectamente el espectáculo aludido.
(2) Barcelona disputa á Zaragoza la maternidad de Luzán, cuyo hijo
ha acreditado la opinión de que el autor de la Poética fué bautizado en
La Seo.
XXVI
nombre de un Quintana, de un Jovellanos, de un Burgos,
de un Gallego; cuando se recree con las hermosuras y
bienandanzas conseguidas por la belleza en la época de que
somos hijos (D.
Delicias de la historia merece llamarse el país que dio al
Imperio á aquel bilbilitano amargo y despechado, sostene-
dor de la tradición homérica y cultivador de la lengua de
Virgilio en la romana margen del Tiber, grave y profundo
al pensar como filósofo, incisivo y punzante al empuñar los
harpones de la sátira; el país en cuya sede sentáronse, entre
otros prelados insignes, un San Braulio, el discípulo pre-
dilecto de San Isidoro, que mereció el honor de poner sus
manos en las Etimologías; un Tajón, el sabio, el inmortal
Tajón, que enseñó á muchos y confortó á los que vacilaban.
Delicias de la historia merece llamarse el país que dio cuna
á Antonio Agustín, y al que con más exactitud nos presen-
ta una idea de la Constitución aragonesa, á Jerónimo de
Zurita, «que conocedor del mundo, perspicaz en los nego-
cios de Estado, sereno, reflexivo, exento de todo apasiona-
do espíritu nacional, busca la verdad y la halla, anima los
hechos con sagaz inteligencia, los explica con nimiedad,
decide después de haber pesado imparcialmente las razo-
nes»... (2); á Jerónimo de Zurita!, que de haber engalanado
sus nobles prendas con el primor de Mariana, merecería el
epíteto de Tito Livio de Zaragoza.
Delicias de la historia le llamaran los que conozcan
nuestros esmaltes y las joyas que salieron del taller de los
escultores en esta patria de Tudelilla; la sillería de coro de
la catedral de Tarragona, de Gomar, ó el San Bruno de la
Cartuja de Aula Dei de Gregorio de Mesa; el Cristo muerto
de Prado ó el San Pedro Arbués de Ramírez; nombres tan
ilustres como el del autor de los pulpitos de Santiago (3) y
el del rejero que tan admirable parece en la basílica del
Pilar: y delicias de la historia apellidaran á la tierra que
amamantó en los días de D. Ramiro el Monje á Jordán y
produjo el mejor arquitecto de comienzos de este siglo, don
Silvestre Pérez, quienes lean los anales de la arquitectura
escritos en suntuosos templos y soberbios edificios públi-
(1) Siento no tener más autoridad, para que la alabanza sea más dig-
na de ella. Encontrará grandes enseñanzas quien medite, leyendo, la
Historia de la Crítica literaria en España desde Luzán hasta nuestros días,
con exclusión de los autores que aun viven, por el sabio profesor señor
Fernández González.
(2) Fernández Espín, honra y prez de la Universidad de Sevilla.
(3) Celma.
XXVII
eos, en primorosas torres y bellísimos cimborrios, en minas
<iual la de Daroca, en acueductos cual el de Teruel, en obras
de hidráulica cual la de Grisén, que es la primera de Euro-
pa, en portadas cual la de Santa Engracia, en la Gasa Lonja
y la Aljaferia; — los que conozcan las glorias de la impren-
ta, donde funcionaron las prensas de Mateo Flandro, y las
glorias del pincel, donde hubo maestros ya en el siglo xivy
tiene su país natal, en el xix, el arte moderno. Porque ara-
gonés fué Aponte, el pintor de D. Juan II, y aragoneses
fueron Cuevas, que ayudó á Pelegrin en sus trabajos de la
sacristía de la catedral oscense, y Ezpeleta, que iluminó li-
bros de coro á maravilla; aragonés Jerónimo de Mora, que
luce en sus blasones la paleta, el laúd y la espada, aquel
buen discípulo de Sánchez Coello, camarada de los Cardu-
chos y Caxes, tan ensalzado por Cervantes, Uztarroz y Lope,
y aragonés Francisco Plano, pintor al temple de la talla^
según Palomino, de los Colonna y Mitelli que Velázquez
encontró en Bolonia; aragonés José Leonardo, el dulce José
Leonardo, el autor de las Llaves de Breda y la Toma de
Acqui por D. Gómez Suárez de Figueroa; aragonés Jusepe
Martínez, que á semejanza de Vinci y Vasari, ciñe los lau-
reles del escritor y los del artista; aragonés Cabeza de Va-
ca, paje de D. Juan de Austria; aragonés Josef Luzán, ara-
gonés Bayeu y aragonés Goya, — la quinta estrella del cielo
espiritual de España, según mi insigne y malogrado amigo
Suárez Llanos, el demoledor ilustre que burlóse del fana-
tismo religioso, con la risa de Bocaccio y extendió la pali-
dez cadavérica sobre el rostro de instituciones barridas por
los vendavales revolucionarios, el Apeles de las ideas de su
época, el hijo de la Enciclopedia, el precursor del romanti-
cismo, un genio original, universal, el más español de los
españoles, amargo, escéptico, múltiple, que tuvo la natura-
leza por madre, la sociedad por inspiración, soñador y rea-
lista, parecido á Velázquez y á Rembrandt á un tiempo, una
faceta principalísima del pasado siglo, el símbolo más per-
fecto del advenimiento del pueblo á la vida social, la apo-
teosis de nuestra brusca independencia, el cantor de nues-
tros hermosos horizontes.
Y el que se detenga á considerar ese arte nobilísimo, que
es la imprenta de la Pintura, gracias al que, son conocidos
en el orbe las Parcas ó las Sibilas de Miguel Ángel y las
Diosas de Rubéns, el Baile de los Amorcillos y la Beatriz
de Ary Scheffer, el Diluvio, y la media naranja de la Es-
cuela de Bellas Artes de Delaroche, la travesura de Jesús
niño y la alegría del jilguera) en su dulce prisión, que he-
chizo tan singular ponen en dos Sacr a-Familias de Rafael;
XXVIII
pueden adornar las paredes de los palacios, las paredes de
los museos, y las paredes más humildes, la Psiquis de Julia
y la Aurora de Reni, las Concepciones de Murillo y la Cena
de Leonardo de Vinci, el Avestruz de Boucher y el Aguador
de Sevilla; han llegado á las más pobres aldeas los caballos
de Velázquez y le es posible al marinero el colgar el ex voto
de una artística estampa de la Virgen del PcSy en el ara de
la ermita de la costa, que con la luz de su lámpara de
bronce, en negra noche de tempestad, inspiróle una invo-
cación á la que es estrella de los mares! ¡Oh, y qué recuer-
dos se agitarán en su memoria en esta ciudad, donde grabó
D. Juan de Austria curiosa lámina! Se agitarán los recuer-
dos de una época que merece ser envidiada por la misma
Italia de los Médicis. ¡Qué días aquellos! El noble arte de
Gutenberg (ya queda indicado) rayaba á prodigiosa altura.
Son llevadas á las prensas de la ciudad cesárea y augusta
la obra decretada á Zurita por las Cortes de Monzón en 1547
y la del Doctor Juan Francisco Andrés de Uztarroz, y encár-
ganse de ejecutar las portadas, el Maestro Diego, — que
embelleció aquel monumento clásico con un pórtico admi-
rable, con una tan magistral como la dibujada por Salas
para el Ensayo sobre el Teatro español de Latre, — Jusepe
Martínez y el grabador Valles, el mismo que puso un pri-
mor al frente del Bartolomé Argensola; escribe el P. Pablo
Albiñana Las Lágrimas de Zaragoza, é ilústrala con tres
estampas tan notables, como los mascaroncillos y figuras
de Vinglez en su Ortografía práctica; tratan de publicar,
Lastanosa su libro sobre la moneda jaquesa, Zayas sus
Anales, el Conde de Sástago su Historia del Canal Imperial
y Fr. L. Benito Martón la suya del subterráneo santuario
del Real Monasterio de Sta. Engracia^ y encuentran, el
buril de Artiga, — autor del agua fuerte de la fachada de la
catedral de Huesca, — el de Renedo, el de Dorbal, que per-
petuó las severas facciones de Pignatelli, el de Mateo Gon-
zález, á quien se debe el sello de nuestra Sociedad Econó-
mica de Amigos del País, y el de Fr. Ángel, á la vez que el
lápiz de Raviella.
Y no son sólo estos los triunfos que nos ufanan, puesto
que podemos también recordar que un Dolivar honró á su
patria en París, lo que hoy honra á la suya Pradilla, en la
ciudad de los Pontífices; que un Brieva cantó, sí, pues un
poema forman sus estampas del combate de Tolón, — asun-
to no menos épico que el incendio de las naves de Cortés y
las hazañas de Gonzalo de Córdoba en Ceriñola, en aquel
día en que los ribadoquines-mosquetes de Diego de Vera
adquirieron celebridad mayor que los truenos y bombardas
XXIX
de que nos hablan los escritores árabes y la Crónica de
Pedro IV, que las cerbatanas de Toro, que la Artillería de
Bailen... (1) y ¿qué mucho? el dibujo y la lámina en que se
expiden los diplomas de la Económica de Amigos del País,
testifican hasta qué punto se ha vivido en el arte y con el
arte, en este antiguo reino, en el que trabajaron ó se for-
maron los Morlanes, los Forment, los Salas y otros que
con justicia se hallan en los augustos Areópagos de la in-
mortalidad.
Ah! Cuan grande es la tierra en que los Salanovas ejer-
cieron aquella magistratura insigne, que los aragoneses
jamás se resignaron á que estuviese vacante ni una hora,
ellos! tan habituados á ver sin inquietudes, vacío el trono;
aquella magistratura que por su naturaleza, autoridad é
inmunidades, por lo excepcional de su jurisdicción, inter-
venida por un famosísimo Consejo que podía procesar á este
magistrado y sentenciarlo á sufrir una pena, por su magní-
fica y ejemplar historia, descuella sobre nuestras institu-
ciones más venerandas; aquella magistratura en fin «cele-
brada, original, nuestra, sólo nuestra, y de tan conspicua
significación que constituye y determina una forma pecu-
liar de gobierno!» Cuan grande, la tierra de las franquicias,
y leyes excelsísimas, en la que estuvo mucho tiempo la
Constitución encarnada en las necesidades y en los medios
que teníamos para remediarlas; los fueros en los usos, — có-
digo de los municipios — y en las costumbres, — código de
todos;— y las libertades, base y fundamento de la Constitu-
ción, del uso y de la costumbre, eran derechos facultativos...;
la tierra! en la que rasgó con su puñal el célebre Privilegio,
un monarca iracundo, calculador en sus odios y en sus en-
tusiasmos, parecido á Fernando el Católico por el talento, á
Luis XI por la astucia, y un liberal Alfonso escribió en los
jirones del ejemplar profanado, el serás nuestro rey si cum-
ples lo pactado y si no, no, y el seré vuestro rey en tanto
cuanto cumpla lo pactado y si no, no, ya que podréis alzar
nuevo rey entonces, tomándolo cual queráis y de donde que-
ráis Más grande nos lo pareciese aún, si poseyésemos los
archivos y códices destruidos por las llamas y por la ira
del Ceremonioso; y si la bruma que envuelve el alba de la
dominación musulmana no hubiérase hecho más densa, á
(1) Dirigida por el Sainetero, hijo del célebre D. Ramón de la Cruz.
Véase el erudito artículo publicado en el Memorial de Artillería por el
Capitán Arantegui, uno de los individuos más ilustrados del Cuerpo á
que pertenecen personas como Plasencia y la Sala. El Sr. Arantegui es
autor de unos Apuntes históiñcos sobre la Artillería en los siglos xiv y xv,
que esperan con impaciencia los estudiosos ver publicados.
XXX
medida que han aumentado las modernas investigaciones.
Por lo que de ella conocemos, es un poema caballeresco,
pues la verdad resulta poesía; es una página de los anales
de la humanidad, parecida á la de la Ciudad de los Césares,
pues si en la Ciudad de los Césares las ideas todas conflu-
yen en el majestuoso rio que recoge los caudales de la an-
tigüedad y se llama Derecho Romano, en Aragón los cauda-
les de su vida confluyen en el Derecho; aquí tan amado que
jamás se toleró su mengua; de lo cual procede el poder de
nuestras instituciones nacionales, «cimentadas en el respeto
de los ciudadanos y sobrepuestas á la tornadiza voluntad
de los hombres...»; aquí tan amado!, que si un día lega su
corona al Temple, el héroe cuyo espectro ve la imaginación
en los memorables campos de Fraga, el nieto de los que tu-
vieron cuna de peña en las fragosidades de Uruel, protesta
contra la voluntad de D. Alfonso y rescátase á si mismo; y
si Pedro II, da en feudo al Pontíflce su reino, el reino dice
á Roma que no es él un patrimonio del monarca y que los
aragoneses se deben ante todo y sobre todo, á sus sacratísi-
mas leyes. Aragón posee un espíritu recto y justiciero; está
dotado de bondadosísima tolerancia; es el país de la discre-
ción y la agudeza, de las colectividades 'robustas; sus hijos
saben obedecer, son dignos en su modestia, y abnegados
siempre; de todo lo que procede su aptitud para la Jurispru-
dencia. Él objetivó su vida, en las creaciones jurídicas más
originales, en máximas consuetudinarias amparadas por
una codificación tutelar y expansiva d) cuyo criterio es el
standum est charlee y cuyos principios capitales constituyen
el ideal de hoy; y por esto la en que vivimos, es la tierra de
la libertad civil y de la costumbre formulada en preceptos.
Nos aventajan en muchas ciencias. Salamanca, la ciudad
del Renacimiento español; Córdoba, que, en la época teo-
crática, nos reveló la química y el aristotelismo, y Alcalá,
nombre no menos insigne que el de Oxford; nos aventajan
en el arte la ribera en que nacieron Hurtado de Mendoza y
Alonso Cano, y aquella á la que escapáronse, atraídos por
sus maravillas, los ángeles que Bartolomé devolvió al em-
píreo, encarcelados en sus pinturas: — nadie nos superó ja-
más en el Derecho, ni ejecutó obra de sentido superior á la
de D. Vidal de Canellas. Nunca, un pueblo fué más contra-
rio á los pleitos que el aragonés, ni más entusiasta del
Acto de conciliación, del Juicio de Amigables Componedo-
res y del Consejo de familia. El Registro de la Propiedad lo
(1) Costa.
XXXI
encontraréis, ya desde el siglo xv, en la zona en que el de-
recho popular tiene su órgano en el casamentero, no se co-
nocen las palabras expropiación y confiscación, y no hubo ni
hay más fuentes jurídicas que la charta, el fuero, las cos-
tumbres y la equidad; en la zona en que cada familia es le-
gisladora, ejecutora é intérprete de las leyes que la rigen, y
juzga en virtud de ellas; y en que todos los individuos son li-
bres en el hogar doméstico, sin que la amorosa unidad de
los seres que el sentimiento ha reunido bajo el mismo techo
esté pei'turbada. Y en lo que se refiere á su Constitución
política! Estudiad los preceptos de nuestro código; compa-
rad el Estado aquí y fuera de aqui, entonces; y deduciréis
un gran contraste, entre el atraso de las instituciones vi-
gentes en los demás países y la superioridad de las que
entre nosotros contenían principios tan cabios, cual los
que tiene por mejores la ciencia novísima. «Antes que
nadie, escribe un notable publicista, antes que Inglaterra,
antes que Castilla, antes que Francia, el aragonés com-
pletó sus Cortes con la entrada del brazo popular: — con el
equilibrio y ponderación de sus poderes públicos, se anti-
cipó á las teorías constitucionales de hoy: — la conducta li-
beral, sensata y patriótica de sus Estamentos es un ideal
para la España moderna: — su asamblea de Caspe fué una
originalidad en la historia: — y otra originalidad, que la
ciencia del derecho no ha acertado todavía á definir, el jus-
ticiazgo», que pasó inadvertido hasta la reconquista de Za-
ragoza, en 1115, y que no se ejerció plena y libremente,
sino á partir de aquel día de sol rojizo, de sol de color de
sangre, en que fué enterrado en los campos de Epila el
poder de los ricohomes. En parte alguna ha sido un ma-
gistrado tan digno de llamarse, como la más bella de las
virtudes! Los anales del singular, vitalicio é inamovible
ministerio del Justicia, en todas sus páginas, preséntannos
ejemplos de imparcialidad y viril independencia:— en una,
la firma de derecho expedida por el juez popular, á causa
de los célebres tributos impuestos por Alonso V para casar
dos hijas suyas ilegítimas, — en otra, el fallo de Jiménez de
Cerdán con motivo de la exoneración del primogénito del
vencedor en Epila; en ésta, el que anuló el nombramiento
del Conde de Prades para el virreinato, — en aquélla, el dic-
tado por Salanova, que condenó á los oligarcas y salvó á
Jaime II. Así servía el justiciazgo á la corona, pues mejor
se la sirve «conteniéndola con energía, dentro de los lími-
tes de su autoridad legal, que estimulándola á la perpetra-
ción de abusos y demasías: — en el primer caso se vela por
el prestigio de la dignidad regia, y en el segundo se labra
XXXII
su descrédito» (1). Y por si no parecieren bastantes las altas
cualidades políticas del aragonés, recuérdese que aceptó el
Jurado y no el tormento; consagró el principio de la invio-
labilidad del hogar; escribió el fuero de la Manifestación,
«ley general hoy, en las de enjuiciamiento y en las consti-
tuciones de las democracias»; juzgando tan esenciales á la
cualidad de ciudadano los beneficios que garantizaban la
persona y los bienes, que se reputaban aquéllos anteriores
y superiores á la voluntad; á la voluntad!, que no podía re-
nunciarlos», Parécese Aragón al pueblo inglés (é igual se-
mejanza tienen entre si Aragón, el pueblo inglés y el roma-
no...), parécese Aragón al pueblo inglés en lo dados que
fueron uno y otro á ungir con el óleo del tiempo sus dere-
chos novísimos, y en su amor á las formas de la ley. Parécen-
se en que sus personalidades en letras y ciencias son conta-
das, y eminentísimas en alto grado, numerosas, las de cierto
género. — Inglaterra no ha tejido las coronas de laurel y en-
cina que Grecia, Italia y España; mas sus héroes han sido
el Príncipe Megro y Nelson; sus anticuarios y sus químicos
Campden y Humphry-Davy; sus sabios Bacon y Newton,
que arrancó al universo los secretos que con más solicitud
éste guardaba para la complacencia de su amor propio;
Wat, W. Scot, Dikens, Reynolds, Wilkie, Hogarth, se han
llamado sus inventos, sus plumas y sus pinceles; sus ora-
dores Fox y O'Connell, y sus poetas Chaucer, que vale un
Ennio, Milton, el sublime Milton, el sin rival Shakespeare,
y Byron, cuyo nombre recuérdase en Cintra, en los jardi-
nes del Alcázar, en la cúpula de Santa Sofía, en el lago de
Ginebra y en Missolonghi tan naturalmente, como al pie
del plátano próximo á Bujugdere y del tejo de la Motte
Feuilly y del haya de Binfleld y de la hiedra de Feuillan-
court, el de Godofredo, el de la esposa desventurada de
César Borgia, el de Pope y el de Rousseau.
En cambio los hombres de Estado son más abundantes
que en nación alguna, en la gran patria de Macaulay, pues
hijos de ella fueron los cancilleres ilustres de los Tudor
y Estuardos; el insigne Stanope; Mansfield, que duerme
el sueño eterno en un sepulcro dibujado por Flaxman;
Chatham, el orador lírico; Pitt, el incomparable Pitt, cuya
titánica mano empujó enorme roca al otro hemisferio y de
ella hizo la isla de Santa Elena; Grattan, y Canning y Ro-
berto Peel y Sheridan, que pudiendo tener su estatua entre
la de estos personajes, ha preferido descansar, cerca del
mármol de Guillermo, en la Abadía de Westminter.
(1) Romero Orli/.
XXXIIl
En Aragón asinriismo, los sacerdotes de Minerva y los sa-
cerdotes de Apolo son menos que en otras comarcas de Es-
paña, siquier hayamos dado cuna á los mejores vates di-
dácticos y satíricos de los tiempos; y exceptuando á Goya,
no tenemos un pintor, cual los que respiraron en la atmós-
fera dulce, dorada, espléndida de Sevilla; en la margen feliz
que produce rosas para la paleta de sus Murillos y en la que
recibieron los efluvios de la inspiración la Roldana y Mon-
tañés; lloró Rodrigo Caro; concibió Zurbaran su obra más
acabada; Cervantes los incopiables tipos de sus Novelas
ejemplares; y templaron Arguijo y Jáuregui las cuerdas de
plata de sus liras, talladas en dos limpios topacios. La colec-
tividad aragonesa, en cambio, está adornada de las cualida-
des que colectividad alguna: el sentido jurídico es en ella
superior; regular la vida civil y modelo la política; y sus ju-
risconsultos sólo pueden compararse á aquel de las céle-
bres respuestas y de las sentencias célebres, — oráculo en
los tribunales y en las escuelas, y símbolo de la edad en que
el alma predicada por el estoicismo replegóse en el Derecho,
— y al que representa la conjunción de que son obra, los có-
digos de Justiniano. La Jurisprudencia quiere, con cariño
filial, á la isla de Creta, porque allí transformóse al salir del
Oriente; á las playas inspiradoras del Egeo, porque allí tro-
cóse en más social con el grave Licurgo é hízose humana
con Solón; al Tíber, porque allí, con Numa y Servio Tullio,
unió dos mundos y á la vez las penínsulas de Alejandro y
César, — considera como uno de sus alcázares las Partidas;
mas juzga que el otro son los munumentos legales aragone-
ses; piedras miliarias que en el camino de la humanidad
conducen á los tiempos inaugurados por Grocio!, y enlace
de espíritus y genios diversos, sublime! que escribiendo un
ideal de paz y de justicia, levantaron á su tribunal ésta;
anularon el feudalismo entre nosotros y educaron al estado
llano para la libertad, aquí tan adorada, que por exceso de
solicitud, cual si llevaran en sí un peligro para aquélla, ja-
más nos deslumhraron las conquistas; para la libertad!, res-
pecto á la que era una la voluntad de todos, que cuando ella
feneciese, se acabase el reino y unánime parecer, que el que
muriese por defenderla, drechamente se yria á paradiso é
seria en gloria con los santos. Dice muy bien el eruditísimo
Sr. Costa: — «como un desastre, debe ser contada la anula-
ción de aquel Estado», — cuyas instituciones, constituciones
y leyes escogen como modelo las repúblicas; cuyas Cortes
y municipios son tan renombrados; cuyas empresas están
memoradas en crónicas militares, y cuya cultura será siem-
pre de imprescindible memoria...; la anulación de aquel Es-
XXXIV
tado, cuya físonomio es la misma, si lo miráis desde el atrio
de la Seo, que desde la ciudad que trocó en reyes sus con-
des-reyes; desde la capilla en que coronáronse tantos monar-
cas que rodeados de las artes, oficios, industria, comercio,
institutos gremiales de Cataluña, en los puertos donde en-
contró el nauta un código marítimo único en el orbe; ora se
le contemple en el Comjjromiso de Caspe, ora en la lengua
que como literaria cultivaron, varones esclarecidos y en la
literatura que creció en esplendor, sobre todo, en los días
del guerrero caballeresco, amador de las hermosuras, que
descuella sobre los que le precedieron en el trono y le here-
daron éste, como diz que sobresalía su talla sobre la de sus
contemporáneos; y eso que entre los que le precedieron
hubo un Alfonso el Batallador y entre los que le heredaron
un Pedro III, que venció á los angevinos, y conquistó á Si-
cilia; que aliado de Bizancio, temido en el mar, temido en
tierra, por el Papa y por la Europa, hizo el collado de las
Panizas tan dramático, cual dramáticos serán siempre, los
desfiladeros de las Termopilas y de Roncesvalles. Como un
desastre, repito, sirviéndome de las hermosas frases de
aquel admirable publicista, debemos tener, la anulación de
aquella «cátedra permanente de política liberal y previsora
que se consumó en el siglo xvii»; en el que ¡oh dolor!, sue-
nan, la hora hipócrita, en que Felipe II jura guardar nues-
tros venerandos fueros, con el mal disimulado propósito de
abolirlos, y la hora nefanda, en que, del enlutado cadalso de
la plaza del Mercado, cae, como espiga al corte de la hoz del
segador, la ju\enil cabeza de Lanuza; muere la libertad; es
atropellada toda ley; la abyección se encumbra; é inaugúra-
se un lúgubre período, en el que despuéblase España; son
destruidos nuestros ejércitos; despréndense de la monarquía
de los Austrias, Portugal y Flandes; cubren el océano las
pavesas de nuestras escuadras invencibles; engéndrase en
las colonias la revolución que las emancipará; á un tonto
melancólico sucede un fatuo y á un fatuo un imbécil; el re-
gio alcázar conviértese en el primer centro de mendicidad
del país; y en calles y plazas sólo se ven, rostros macilentos,
pobres que no pueden pedir limosna, pues no hay á quien
demandarla: período aquel!, en el que la ruina avanza por
todas partes, haciéndose más avasalladora cada día; el mu-
nicipio muere; se eclipsa el genio nacional; degrádanse las
Cortes que habían asistido al Rey, con la moneda del pe-
chero, desde el sitio de Cuenca, hasta la mañana en que, al
ver en una de las torres del palacio-fortaleza de encaje, la
histórica cruz de plata, relumbrando herida por el sol na-
ciente, el ejército acampado en los llanos de la Armilla, sus
XXXV
capitanes, los Monarcas caudillos, caen de hinojos y ento-
nando un Te Deum, al Dios de Simancas y de las Navas, al
Dios que entregó á Santiago un caballo blanco para que co-
rriese á pelear junto á los cristianos, y á cuyo caballo subió
el guerrero celeste, siempre que el redoble del alambor
árabe turbóle el sueño, en su sepulcro de' Galicia. ¡Oh des-
dicha!, descendimos desde la paz de Cambray al Congreso de
Verona; desde Pescara cuyo rostro tan bellas y honradas
cicatrices agraciaban, desde Urbiela que parece un héroe
homérico, desde Antonio de Leiva, hasta las humillaciones
de Valencey.
Cuáles pudieron haber sido los resultados de tan admira-
ble escuela, dedúcese de la página de historia de España
que se refiere, al periodo de renacimiento político en que
vivimos. En 1873, Aragón acreditó, que era digno de lo que
concederse debe á los pueblos libres; y en 1808 enseñó á
salvar la patria en las tapias de tierra de Zaragoza; allí
donde se declaró la Virgen del Pilar capitana de nuestras
tropas, ante un trofeo formado con el sombrero de Palafox
y la faja de Cuadros, con la canana del tío Cerezo y la mecha
de Agustina, con fusiles oxidados y escopetas de chispa, con
el crucifijo del monje y las vendas de la ínclita Bureta. Y
como dice un escritor contemporáneo, mientras la guerra
eivil ardió en Cataluña y en los montes vascongados, y las
comarcas del mediodía gimieron bajo la granizada de las
bombas de una desenfrenada demagogia, nuestro país natal
hizo milagros de prudencia; colocó en sus carros la cruz
roja; convirtióse en hospital y en campo de Marte, dio sol-
dados para combatir tres insurrecciones; ofreció ejemplo de
sacrificios no menos heroicos, aunque estériles, que los es-
tériles sacrificios de Tapso, en defensa de una democracia
que tuvo sus verdugos, en los insensatos que desoyeron los
consejos de la razón; é impidió que viviésemos incomuni-
cados con Europa, por el sitio que da nombre á una halaga-
dísima esperanza, que no tardaremos en ver convertida en
realidad feliz, porque su bondad la defiende, porque nace de
un sentimiento espontáneo, porque la galantería de la jus-
ticia es virtud tan francesa como española.
La patria de Fenelón y la patria de Cervantes, — unidas
siempre por los vínculos de cariño,— no han de interrumpir
la antigua y gallarda costumbre de cambiar entre si, con
frecuencia, prendas de amor. Porque la espada de Fran-
cisco I que poseímos y la copia de la auténtica que guarda-
mos, recuerda sólo las locas aventuras caballerescas de un
rey; la columna de Almansa, nada más ha hablado que de
la ambición despótica de Luis XIV, — ¡aquel sátiro con púr-
XXXVI
pura, al que tantas razones tenemos para execrar!; — y el
Obelisco del Dos de Mayo, lo dice todo contra Napoleón ;
es la protesta de un pueblo contra un tirano; la protesta de
un pueblo que defendió su honra, bautizando sus deseos...
no he de escribir jcómo!; porque se enrojecería de vergüenza
esta página.
Las amistades de ambos países no pueden desmentirlas,
ni aquel acero ni estos sillares, porque perpetuadas están
en monumentos, en los que se ven naciones y no hombres.
Sí, el Cid es la figura predilecta del teatro francés:— éste nos
Tegü\6 La Escuela de los Maridos y nosotros le regalamos
La Verdad Sospechosa: en las riberas poéticas del Carona
reciben hospitalidad las cenizas del Apeles de Fuendetodos,
y en España hállanse en el sancta sanctorum de nuestro
Museo los paisajes virgilianos del Lorenés y el Pussino:
Martínez de la Rosa debe á Racine y á la Poética de Boileau
su jEdipo y mucho al Menandro de Francia, el Moratin autor
de las cinco comedias
de luz tan pura
de juventud tan fresca y tan lozana,
que vivirán, cuanto en la edad futura
viva la hermosa lengua castellana (1):
nosotros tenemos que agradecer á David, el habernos ense-
ñado la ciencia del dibujo, y á apreciar el mérito de los
grandes maestros españoles; el haber abierto los horizontes
cerrados, desde la hora en que recibió un déspota, por la vo-
luntad de un imbécil, el cetro en que hallábase engarzado el
sol, como rica perla; tenemos que agradacer al Robes-
pierre y Napoleón de la Pintura, el decoro recuperado por
los pinceles patrios; el que renaciese el sobrio y severo na-
turalismo de Velázquez; nuestros vecinos tienen que agra-
decernos Orfllas y Aragos, los favores dispensados á Cor-
neílle. Moliere, Dumas y Scribe por el Cisne del modesto
Manzanares, con el que Víctor Hugo tiene deudas tan gran-
des, como con el Romancero, el Rico-Home y García del
Castañar: el cielo azul y purísimo de nuestra literatura es
la mitad de la dulce Provenza; y la otra mitad, de las regio-
nes regadas por el Ebro, por el Tajo, por el Guadalquivir;
por las aguas que, cerca de las ruinas que perpetúan la fama
del heroísmo saguntino y la crueldad de Aníbal, refrescan
los bosques de naranjos, tachonados de azahar y pomas de
oro, que sombrea la poética barraca donde hila el gusano
(1) Ventura de la Vega.
XXXVII
de seda su capullo (1), y en los que tan incopiable es la fina
claridad de la aurora, como la majestad del sol; y por las
que reflejan en el Genil, paisajes más bellos, que los que re-
tratan la apacible ría de Pontevedra y las lagunas de Ho-
landa; y ¡qué mucho! si en el siglo xv tremoláronse los
estandartes santísimos de la cruz en la Alhambra, fué por-
que Pelayo salió con la bandera de la Reconquista de la
gruta de Covadonga, y al otro lado del Pirineo hubo picas y
mazas, cual las de Garlos Martel, en un día más terrible que
el terrible día de los Campos Cataláunicos.
Hago votos, porque el sueño dorado, que, de antiguo,
acaricia tan noble tierra se cumpla: porque muy luego,
Francia y España puedan comunicarse por una puerta digna
de ambos alcázares de la historia: porque en breve, veamos
dibujada en el granito pirenaico, la curva del túnel que ha
de permitir á la locomotora saludar los riscos de donde ba-
jaron nuestros padres, con el ímpetu de los ríos aragoneses,
á formar en el llano nuestra nacionalidad á saludarlos!,
con el respeto que en Egipto saluda, los alminares del Cairo
y las pirámides de los Faraones. Y hago votos, que han de
verse cumplidos, porque nunca fué vencida la justicia en
estas nobles batallas de la civilización; y la justicia está de
nuestra parte en la actual; en la que se ha probado al mun-
do, que los hijos de aquel pueblo libre, bravo por naturaleza,
amantisimo hasta el delirio de sus fueros, conocedor de las
instituciones en que estribaba su fuerza, muévense por una
idea, siempre.
Hoy la autonomía de Aragón, su nacionalidad, están amal-
gamadas con la autonomía y nacionalidad de Castilla; pero
aquél no ya conserva las hermosas páginas de sus augustos
anales, sino que las ha duplicado. Cifra su majestad en los
Berengueres y en Sancho IV, que recibió en el sitio de
Huesca muerte tan heroica, como Epaminondas en Manti-
nea; y en Pelayo, en el Cid, en Fernán-González: igualmente
San Pedro de Cárdena que Monte-Aragón, las Huelgas que
San Millón, son los Santos Lugares de su historia: se jacta
de sus trovadores, de su Lupercio ó de su Bartolomé; y de
Garcilaso, de los Luises, de Herrera: anda orgulloso de su
Jaime el Conquistador; y también de San Fernando, de Al-
fonso el de Toledo, de los fuertes reyes de Navarra y de los
bravos leoneses; junto á las épicas naves de Roger pone las
atrevidas de D. Juan Tovar; Lizana al lado de Pedro Niño y
del Marqués de Santa Cruz: cree que la amantísima y espi-
(1) Marqués de Molíns.
XXXVIII
ritual Segura coronada de una inmortalidad tan bella, cual
la bella inmortalidad de Beatriz, es uno de sus símbolos; y,
que lo son de igual suerte, Leonor de Castilla y María Co-
ronel: honra á sus ínclitas reinas, á sus heroinas ilustres^
á sus mujeres nobles por la inteligencia, á la madre de San
Luis, y á la gran Berenguela, á la Roldan, á la Latina, á la
Badajoz, á la Medrano, á la Duquesa de Béjar, y á la santa,
sabia y poetisa, autora de libros que por su perfume, pare-
cen escritos en pétalos de azucena: le envanece el que riva-
lizaran con la morada del protector de Virgilio, la de los
Villahermosas, la de los Duques de Alba, la de los Bazanes
y Vélaseos; y siente la alegría mayor recordando los méritos
del magnánimo Alonso, que axi nos ha despertat é mostrat
cami de aprendre sabré é conseguir tant de be y tresor es-
pecialment d' art oratoria é poesía, las escuelas de Gaya-
ciencia que hubo en la margen del Ebro en que vivimos, los
laudes que sonaron en la Aljafería, la fiesta en que certó
Cervantes, y la en que lució Argensola: salta de gozo al pen-
sar en que Avila y Zúñiga en Plasencia, los Silvas en Bui-
trago, en Denia los Sandovales, los Beltrán de la Cueva en
Cuéllar, los Pimenteles en Benavente, el Secretario Cobos
en Ubeda, emularon el fausto artístico y el esplendor de los
Médicis, Orsinis y Colonnas; y en que superáronlos los Ri-
bera en su Casa de Pilatos; construcción peregrina que
debemos á una fantasía semioriental!; construcción fasci-
nadora, por su extraño y pintoresco consorcio de tres esti-
los, y en cuyos jardines «perfumados por los limoneros,
arrayanes y adelfas, — grato asilo á los ruiseñores, — las
estatuas sonríen plácidas al dulce murmullo de las fuen-
tes»; como en su interior, el anciano maestro Luis Fernán-
dez y el erudito Pacheco, el sabio panegirista de Herrera y
del Teócrito del Tajo (i), y el autor del Cuadro de la Ca-
labaza (2), el adolescente Zurbarán y el insigne Rioja, el
casi niño Salinas y el casi senil Arguijo, encontraron cuanto
puede dar deleite al pintor, al escultor, al arquitecto, al nu-
mismático, al poeta; — pinturas al temple, del primor, de
la fábula de Dédalo é Icaro, los clásicos todos conocidos
desde el ciego sublime, de nevada barba y arrugado rostro^
que cantó la ira del represQjitante en su perfectísima her-
(1) El maestro Francisco de Medina, célebre humanista de Sevilla, no-
table poeta castellano y latino, escribió un notable prólogo, en las anota-
ciones á las obras de Garcilaso y Herrera; en cuyo prólogo luce su erudi-
ción, su buen gusto y la maestría con que expone. Es autor de una
composición magnífica en elogio de estos grandes poetas.
(2) Nombre vulgar del cuadro El agua de la Peña del Clérigo Roelas.
XXXIX
mosura, del heroísmo juvenil de la Grecia. Y es que á partir
de la fecha memorable en que Fernando II conviértese, en
la toma de Baza, en la de Málaga, y en la de Granada, en
Fernando V de España; de España son las conquistas de
los Cortés y los Pizarros, las jornadas de Pavía y San Quin-
tín y el combate naval que impidió se extinguiese, en el Me-
diterráneo, la civilización cristiana y trocárase San Pedro
en Santa Sofía; el teatro de Lope es nuestro teatro; los cua-
dros rafaélicos de Juanes, nos pertenecen como Los Capri-
choSj La Tauromaquia y Los Desastres de la Guerra del
genio de Fuendetodos; y de la nación entera son la gloria
de nuestros grandes teólogos tridentinos, los laureles de
Bailen y los laureles de esta Zaragoza insigne, que, ara de
sacrificio y altar de triunfo, su nombre, épico, como el de
Numancia, santísimo, como el de Roma, sagrado^ como el
de Jerusalén, invocáronlo los oprimidos entre los hielos
del Norte y sobre el sepulcro de Leónidas.
Pero si todo esto es verdad, lo es asimismo, que fueron
una desgracia irreparable los sucesos acaecidos en la última
mañana, del justiciago; cuyos sucesos serán bien conocidos,
el día en que la ilustre Academia de la Historia publique
los interesantísimos documentos que posee; satisfaciendo
asi, la necesidad de que nos hablan Martínez de la Rosa,
Olózaga y Romero Ortiz, en magníficos discursos. Constitu-
ción alguna ha tenido preceptos más sabios que la nuestra.
fEn ninguna parte, dice un escritor, como en la monarquía
de Pedro el Grande, estaban las prerrogativas de la Corona
tan previsoramente limitadas, ni con tal firmeza garantidas
las libertades públicas: ningún otro pueblo intervenía, con
igual eficacia, los actos de todos los poderes: y así, ejercien-
do pacífica, ordenada y constantemente esos amplios y tra-
dicionales derechos, se formó el carácter aragonés; en el
que la lealtad es proverbial, y el valor raya tan alto, que no
bastando para enervarle dos siglos de servidumbre», Zara-
goza, hizo en la Guerra de la Independencia, ante los héroes
de las Pirámides, de Arcóle, de Rívoli, del Beresina..., (re-
petiré lo escrito en otra parte)... W lo que si se leyera en la
Iliada, parecería una hipérbole del mendigo de Smirna. Yo
bendigo la unión de las dos coronas, en las sienes de los
Reyes Católicos, verificada merced á un conjunto de cir-
cunstancias dichosas, dispuestas por Dios; pero me duele
que la noble España no cosechase las prosperidades que
pudo, dadas sus condiciones. Porque es indudable; si el mis-
il) Diario de Avisos de Zaragoza,— 3 y 4 de Febrero de 1881.
XL
mo Fernando V, si el Emperador, si el sombrío Felipe,
hubiesen llevado á los sitios en que la victoria coronó de
laurel sus tercios, el hermoso y regenerador espíritu de
las libres instituciones aragonesas, esta patria, conser-
vando su preponderancia diplomática, según dice un au-
tor moderno, y dirigiendo el movimiento intelectual que
agitaba el mundo, hubiera sido la más considerada entre
las grandes potencias; no habría pasado por la vergüenza
del reinado de Carlos II y del tiempo de Godoy y María
Luisa; en el que, sin Daoiz, Veiarde, Mina, el alcalde de
Mentellano, y otros héroes, hubiérase juzgado muerto el in-
domable espíritu que llevó á los almogávares al Bosforo y
lanzó sobre el puente de barcas del Guadalquivir, á los si-
tiadores de Sevilla.
Aunque en un mismo blasón las barras y los castillos, la
encina sagrada y los leones; no está perdida nuestra histo-
ria; no está perdida nuestra fisonomía; no está perdido
nuestro carácter. Hoy como antes, no es el suelo aragonés
fértil en personalidades insignes, por razones parecidas á
las que han privado á España de tener una civilización pro-
pia, tan fecunda, tan acabada, tan influyente en el resto del
linaje humano, cual la capitolina ó la griega. España no ha
producido una civilización déla elegancia que nos cautiva
en la artística patria de Hesíodo y Fidias, por la intoleran-
cia nativa de su raza; causa de «un fanatismo religioso ar-
dentísimo, que aguijado por nuestro genio, en extremo ni-
velador y democrático, apenas ha consentido que nadie
salga del camino trillado, ni que se levanten enérgicas in-
dividualidades y una aristocracia libre en las esferas del
saber» d). Los Almansur y los Cisneros,el cruel almoravide
y el inquisidor sin entrañas, halagaron esta propensión; y
encerrado el pensamiento en celdas más espantables, que
las espantables celdas de la panóptica imaginada por Ben-
than, vino á caer en el ergoUsmo y en los más pueriles dis-
creteos.
Dice con verdad el mejor de nuestros prosistas: — «Dado
que en nuestra historia no abundan los Haken II y los Al-
fonso X, es una maravilla que el árbol de la civilización no
esté aquí caído». Agradezcámoslo, «á que es natural en
nuestro suelo y en él tiene tan hondas raíces, que aunque
se corte, retoña y reverdece». Ahora bien, en nuestro país
natal, hay una razón más poderosa que en otro alguno,
que impide el desarrollo de las elevadas personalidades, en
<1) Valera.
XLI
abundancia; siquier en él sea el ingenio, aunque algo
tardo, digno del mayor elogio, y el aparejo y disposiciones
de sus moradores para aventajarse en las letras y en las
artes, cual testifican, Marcos Zapata, que es un Zorrilla en
la leyenda; Unceta, que pinta el caballo, con el arte que
han pintado, Troyón el toro, Greuze la paloma, R. Bonbeur
la cabra; Montañés, que en Badajoz, en el siglo xvi, ha-
bríose ganado la voluntad de Morales; Olleta, que hacién-
donos creer en la resurrección de Palestrina, con su admi-
rable Miserere^ da á las bóvedas de nuestras iglesias la
magnitud del San Pedro de Roma; y Pradilla, que honra á
su patria, cerca del sepulcro de Rafael, lo que un día honró
á la suya el Españoleto Ribera; aquel Espaíioleto Ribera!,
«mendigo y opulento, libertino y virtuoso, enamorado y
escéptico, que lo intentó y avasalló todo; la crudeza de la
suerte, los halagos de la fortuna, la penalidad de los viajes,
los tiros de la envidia, la variedad de los estudios, los teso-
ros de la naturaleza; y que tierno como el Corregió, áspero
como Caravagio, anatómico como Miguel Ángel, idealista
como Sanzio, recordando unas veces al dulce Murillo y
otras á Rubéns (1), contaba entre sus timbres, su silla en
la Academia de San Lucas; el hábito de Cristo con que le
distinguiese el Papa, y la amistad del triunfador é invenci-
ble que inmortalizó á sus amigos, á los principes, cortesa-
nos y magnates con quienes conversaba; á los bufones cu-
yas gracias reía; el torno de la hilandera y los caballos y
lebreles que más le apasionaban en los ojeos del Pardo; la
munificencia de su regio padrino, pagada con usura; la
bondad de Spínola...; y que rey del arte tuvo por dinastía,
al Tiziano, que Carlos V trataba como camarada, y el Arios-
to honró en su inmortal poema; al Greco y al Mudo, que
pertenecen á los tiempos del tétrico sucesor del solitario
de Yuste, y al honrado y piadoso Tristán, cuya paleta es la
joya de la época de Felipe III.
Esa razón más poderosa censiste, en que nuestro genio
es el más democrático y nivelador de la Península, y tal
circunstancia, unida al individualismo engendrado por
nuestra característica altivez, y otras causas, hacen que las
personalidades insignes en ciencias, en letras, en gobierno,
no abunden aquí lo que en otras partes; que no tengamos
el número de artistas, de poetas, de oradores, que la patria
en que nacieron, el Duque de Rivas, el cantor de las Cortes
de Córdoba y Burgos; García Gutiérrez, el inimitable G. Gu-
(1) El Marqués de Molíns.
XLIl
tiérrez; Villegas, el autor del Bautizo; y Castelar, la figura
mas grande de la historia universal de la palabra. Esta na-
turaleza, no es la amenísima naturaleza que sonríe y em-
balsama el céfiro apacible, llenando el corazón de senti-
mientos, en las orillas en que Zurbarán poetizó el dolor y
la resignación iV; ó en que nació el arte agraciada y pura
de Juanes, ó en que se cultivó la seda para los ornamentos
de la antigua Basílica de Recaredo; ó en que Garcilaso re-
medó en su lira de cristal y oro, los modos del Poeta de Ve-
nusa y del Poeta de Mantua: este sol, no es aquel brillan-
tísimo, que quiebra sus rayos en mil suertes de luces, en
las olas que se rompen, contra el adusto, aterrador y estéril
peñasco, desengonzado de la tierra firme , entre el Medite-
rráneo y el Atlántico ^^y, el mundo que nos es visible, no
excita la imaginación y pone en los labios, el copioso raudal
de poesía, que la aérea, delicada y fascinadora Alhambra; —
bellísimo recuerdo de los que, primeramente, propagaron
en Europa la astronomía, la alquimia, la pólvora, la arti-
llería, la brújula, el péndulo, el papel y los números; de los
rivales de Bizancio, Persia, Damasco y la India, en la tapi-
cería, en la argentería, en los alfanjes y telas de algodón;
de los que hicieron suyas las obras de Ptolomeo y Euclides,
de Galeno é Hipócrates, del Jefe de la Academia y de Aris-
tóteles el Stagirista; de los que erigiendo numerosas escue-
las, acreditaron que los progresos humanos les eran con
quista más preciada, que la de los países sometidos á su
dominio; de los que apasionados de lo grande y suntuoso,
sin renunciar á su genio inventor, hiciéronse, con el auxilio
de éste, los imitadores modelo, en la historia de la huma-
nidad (3). La riscosa montaña aragonesa y la grave melan-
colía de este cielo, estimúlannos á meditar, á ser reflexivos;
el apego á la idea de autoridad, nos induce á la imitación
literaria; y sobria y austera la patria de Marcial y de los
Horacios españoles, estas virtudes hacen, que viva siempre
bajo la fronda del Árbol de Guernica de la Literatura; bajo
el Árbol de los fueros del buen gusto.
El ingenio ibérico, en toda época, ha presentado los mis-
mos caracteres; y si queréis convenceros, leed á Columela
y á Rioja; la pintura del bosque druídico marsellés y la de
la campiña de Florencia de Castelar, el cuadro de los Al-
pes, ó el de los desiertos del África por Silio Itálico y las
(1) Gozlán.
(2) Duque de Rivas.
(3) Originalidad de la Agricultura árabe, por D. Francisco Enríquez.
XLIII
descripciones de Valbuena; la Batalla de Lepanto del Pin-
daro andaluz y la Batalla de Guadalete de Espronceda. Y
de igual modo, los mismos caracteres resplandecen en el
ingenio aragonés, en la corte de los Césares, en la de los
Felipes, y en la edad moderna; pues tanto podéis llamar á
Marcial, Lupercio del Imperio y á Lupercio, Marcial del
siglo XVII, como á Goya, Marcial y Lupercio de la Pintura:
y... más aún!; si observáis el color blanco, en los lienzos del
maligno cronista de las romerías y el color blanco en el
lienzo de la Loca, creeréis que la paleta que hoy empuña
el inmortal hijo de Villanueva de Gallego, es la que colgó
la muerte, en la hospitalaria tumba de los Goicoecheas. Sí;
los mismos caracteres adornan el ingenio de Aragón en
los tiempos que corren, que en los que rodaron, cual hoja
seca, á los abismos del pasado.
La nota satírica nos distinge:— aquella vocación especial
para la Jurisprudencia; aquel sentido jurídico de nuestro
antiguo pueblo vive aún, donde acaba de celebrarse un
Congreso, que merece una página orlada, en la historia de
las Asambleas científicas; donde se escribe sobre el Dere-
cho, cual tienen acreditado jurisconsultos respetables (i), y
hay hombres de foro que pueden contarse entre los buenos
de España (2): fuimos el país de los poetas didácticos, pre-
ceptistas, historiadores y críticos insignes; y Andréu, La-
gasca, Lera; como el Conde de Quinto y Lasala, á quienes
deben las antigüedades de Aragón no menos que á Baggia
y á la dramática pluma del primer Marqués de Pidal; como
Príncipe, que forma con Samaniego é Iriarte, la trinidad
de los Lafontaine españoles; como Julio Monreal que culti-
va con fruto la sátira urbana, la sátira de los Argensola;
como Olivan, uno de los espíritus analíticos más precisos
y claros de su época; como D. Mariano Nougués Secall, el
erudito portentoso, que contó entre sus timbres la aten-
ción con que le escuchaba, el que mejor conoce las jorna-
das de nuestras artes, las estatuas y los cuadros que posee-
mos, el que por la novedad de sus ideas, por el encanto
singularísimo de su culto y atildado estilo, de natural ele-
gancia, ocupa un lugar de honor, entre los que han dado
(1) Franco, Guillen, Savall, Penen, Hartón Moner.
(2) Herederos muy dignos de la toga y de la pluma de los Villalba, La-
claustra, Nogués y Lorbés, son los señores Gil Berges y Franco, los que
mejor conocen sin duda el Derecho Aragonés en la Península; los señores
Martón, Isábal y Espondaburu que con tal justicia han alcanzado una
envidiable reputación, y por qué no contarle en el número, á pesar de su
partida de bautismo?, el Sr. Escosura, que se encuentra á la altura de su
apellido.
XLIV
más prez á la literatura moderna (i); como D. Valentín Car*
derera, el autor de la Inconografia, el coleccionista de pri-
morosas estampas, el biógrafo de Jusepe Martínez, el ano-
tador de los Discursos practicables; como Lafuenle, el na-
rrador de las glorias de la Iglesia patria; como Codera, dig-
no de figurar entre los arabistas Moreno Nieto, Alcántara,
Fernández y González, Simonet, Guillen Robles; como Costa,
testimonio vivo de que es posible en la juventud, la más
sólida universalidad de conocimientos; y como otros mil que
no nombro, para no hacer más enojoso de lo que ya es im-
posible evitar este trabajo, en el que, — valiéndome de una
frase del Cardenal de Luca, resulta pagado en cobre lo que
debía haber dado en plata, — prueban que no están des-
castadas las razas ni perdidas las cepas de proceres del in-
genio, de otros días.
Entre los que más brillo han dado con su pluma á las le-
tras, en la ciudad en que enseñaron Pedro S. Abril y Malón
de Chaide, y más honra con su nombre á la tierra en que
vivimos, sobresale un personaje que lo fué todo, en la Or-
den sagrada de las letras y vivió para el goce espiritual
de las grandes creaciones poéticas; pues jamás tuvo devoto
más apasionado la poesía, la divina poesía; sublime de lo
sublime!, donde emancípase de la materia, el alma; la pa-
labra, es pincel, buril, y diapasón, y espiritualizándose, se
armoniza con la idea; y están congregadas, bajo el imperio
de las Musas y en la plenitud de su hermosura, todas las
artes, constituyendo un bienaventurado universo estético.
De la naturaleza y el espacio necesitan las obras en que la
vida es uniforme; el Perseo de Benvenuto, la Ariadna de
Dannecker, el Cristo de la Lus, miniatura de la aljama cor-
dobesa, las maravillosísimas catedrales, cuyas naves ador-
nan las banderas ganadas en los combates por la fe y en
cuyas sillerías de coro, un Berruguete ó un Siloe esculpie-
ron pasajes de la Biblia ó episodios de la guerra de Grana-
da: del tiempo y de la sumisión del pensamiento á la caden-
cia necesitan, las armonías de Beethoven, la música de
Donnizetti, de Meyerbeer, de Chopín, del Cisne de Pésaro,
«que habla sin lengua, pinta sin colores y llora sin lágri-
mas»: es plástico el arte que creó, las Nupcias de Alejandro
con Rosana {2)^ y al que debemos, la amable majestad divi-
(1) D. Pedro Madrazo, á quien envío un saludo de admiración.
(2) Este ingenioso cuadro alegórico del pintor de Cos, lo ha descrito
detalladamente, Luciano. Teniendo á la vista la descripción de éste, in-
tentaron reproducirlo Rafael y otros maestros, quienes hubieron de de-
sistir de tal empresa.
XLV
na del Salvador de Juanes, las Gracias de Rubens, la Oda-
lisca de Ingres, el Novillo del Haya de Potter..., el arte
que embelleció los claustros del Paular, con la imagina-
tiva del Carducho y con la de Peregrín, la biblioteca en
que se guardan códices, como las Cantigas y e\ Apocalipsis:
— la poesía, reproduce el mundo exterior y el mundo moral:
esculpe lo que pensamos; míralo todo en su esencialidad;
«abraza las leyes generales de la creación, de la historia y
del espíritu, enalteciéndolo totalmente»; f^ube hasta Dios; y
allí, arrobada, extasíase, en la azul é infinita planicie de los
cielos.
La naturaleza tiene su arqueología, en los paisajes histó-
rico-monumentales de Pusino, que, mientras se conserven,
habrá arquitectura griega y romana, aunque se pierdan los
restos de la arquitectura griega y romana que poseemos:
tiene su poema, en los cuadros del que apoderóse de las du-
dosas tintas con que baña la tierra el sol, cuando nace; de
la claridad del mediodía y de los matices de una serena y
apacible caída de la tarde: tiene su novela, en las obras de
Berghem; su lirismo, en las de Ruysdael; su poesía subje-
tivo-objetiva, en las de Salvador Rosa; su poesía venatoria,
en alguna de Velázquez: y tiene su arqueología, su poema,
su novela, su lirismo, su poesía subjetivo-objetiva, su poesía
venatoria, en Hesíodo y Lucrecio, en las Geórgicas y las Lui-
siadas, en la Diana de Gil Polo y en las Églogas del cantor
de Elisa, en Moratín y el Tasso. Comparad los rebaños, los
campos, los bosques de aquéllos, ó los pastos de Dujardín,
los Kermesses de Teniers, los efectos de luna de Vander
Neer, las escenas románticas que recibieron vida de la vio-
lácea paleta de Villa-amil, la Siega del heno de Rosa Bon-
heur y la Mañana de otoño de Gastan, con las sencillas
descripciones del Tytiro de Toledo y las magnas del pintor
del Océano, el Épico de la raza ibera, el desgraciado subli-
me, en cuyos versos se ve á Dios más grande, que en el
mendigo de Smirna: y eso que en el mendigo de Smirna,
se ve á Dios más grande, que en el astro de los astros, se-
gún Víctor Hugo!— Acercaos al molino de la galería Do-
ria...: respiraréis el aire plácido y oiréis el fragor de la cas-
cada, que el lorenés trasladó á su lienzo; al Arco-iris de
Rubens; que mueve á envidia al natural; á los Bueyes que
marchan a la labor de Troyon, página de poesía pastoril
de las más bellas debidas al numen del hombre y que con
su cielo y sol tan hermosos, su diáfana brisa y sus plantas,
esmaltadas de rocío, da la lección más acabada á la reali-
dad... y sólo encontraréis expresada, una idea, un instante:
como encontraréis sólo, una idea intilterable, un instante
XLVI
perenne, en esas odas místicas, pintadas por un serafín,
con un rayo de estrella, en un retazo del tisú celeste, en
las Vírgenes del que saludó Jovellanos diciendo: — Yo he
creído en tus obras los milagros del arte; yo lie visto en
ellas la atmósfera, los átomos, el aire, el polvo, el vapor de
las aguas y hasta el trémulo resplandor de la luz del alba.
«La Arquitectura simboliza un beneficio á la humanidad;
la Estatuaria recuerda una hazaña; y la Pintura habla á la
imaginación, á los sentidos y al entusiasmo»: la Poesía, cuyo
campo es el de lo bello y su fondo la verdad; que, sin pro-
ponérselo, moraliza é instruye y convierte, en creencias y
sentimientos generales, los principios científicos que el sa-
bio formula, desprendiéndose de los hechos; que espirituali-
za la materia y da casta carne al espíritu; que reproduce em-
bellecido el mundo real, y conserva en sus creaciones, el ca-
rácter nativo de ellas, sin que pierdan la universalidad; la
Poesía! no puede presentarnos un conjunto de objetos, por
yuxtaposición, en el espacio, que impresionen, á la vez, mas
si, una riqueza de pormenores, que haga percibir al alma, la
unidad del todo: recorre el tiempo; describe el movimiento;
invade los dominios de la música; sírvese de la armonía
imitativa; y ora simula el ruido de la lima y el rastrillo; ora
nos hace visible la lanza, estremeciéndose al clavarse en el
caballo de Troya y produciendo en el vientre de éste metá-
lica resonancia; ora nos recrea con los acordes de la cítara
de Apolo. Gros os representará á Bonaparte, en el campo
tristísimo de Eylau, en determinado instante y en determi-
nado instante del Paso del Gránico ó de la entrada en Babi-
lonia, Lebrun á Alejandro. Un poeta os describirá de tal
modo, el conñicto de Muret, que veréis la llanura que re-
luce cual si fuese de cristal, cubierta de yelmos y espadas;
y al Obispo Folquet bendiciendo á los suyos; y oiréis las le-
vantadas frases, en que el héroe de las Navas, da la señal
de combate á sus soldados y la arenga de Monfort, al des-
plegar al aire su bandera: veréis al conde de Foix, á la ca-
beza de la vanguardia; al de Tolosa, á la cabeza de la re-
taguardia; y al rey, ardoroso y temerario, transfigurado
y fascinador, relampagueando la mirada, contraído el ros-
tro, agitados sus músculos todos, en el centro de la línea,
después de haber cambiado sus armas para que no le re-
conociesen; picando espuelas á su corcel, en dirección al
sitio en que Roncy y de Ville asestan terribles golpes sobre
el que creen sea D. Pedro; derribando de un golpe de maza
turca, al primer jinete francés, que se le opone al paso, y
ejecutando prodigios de valor, en lo más crudo de la batalla;
la terrible embestida del ilustre padre de D. Jaime; á los
LXVIl
cruzados cejando, reanimándose luego, arrollando después,
á los bravos que se hartan de acuchillar, junto á su señor;
y oiréis las animosas palabras que salen de los labios de
éste, el gutural acento con que grita Aragón! Aragón!: ve-
réis la prisa que se da el más cariñoso de los Mecenas, en
herir, en matar, acá, allá, acullá, en todas partes; el aturdi-
miento de los enemigos; la bizarría con que el trovador co-
ronado opónese al reflujo de la derrota y pelea solo contra
un ejército, pUes todos sus caballeros están heridos ó son
cadáveres; y oiréis también, el reto del mejor entre los va-
lientes, á mi!, yo soy el monarca; la gritería de la desban-
dada, en la que los unos perecen al filo de los aceros, los
otros al cruzar el río, y el choque del cuerpo real, al caer,
bañado en sangre propia y ajena, sobre aquel suelo malde-
cido en el que, fiel á la divisa de su linaje, supo morir si no
vencer, el católico, el noble, el liberal hijo de Alfonso II, á
cuyo sepulcro dan guardia de honor, el de los infanzones y
caudillos enterrados en la orilla del Alcanadre (i), en la
forma que quedaron tendidos, en los campos de la Pro-
venza.
Mas, hablemos, que ya es hora, del autor insigne de este
Diccionario; del catedrático eminente; del poeta que cantó,
con entusiasmo el Aragón que mi laureado amigo V. Marín
ha saludado, en estos versos:
Justicia fueron tus leyes,
Siervos de la ley tus reyes,
Esclava tuya la gloria.
' (1) Tienen su sepulcro en el Monasterio de Sigena, á la vez que D. Pe-
dro II, D. Aznar y D. Pedro Pardo, D. Miguel de Luenco, D. Miguel de
Rada, D. Gómez de Luna, D, Blasco de Aragón y D. Rodrigo de Lizaua.
XLVIII
II
D. JERÓNIMO BORAO Y CLEMENTE
A,
.UNQUE de los museos de la historia desapareciesen las
cunas de oro de sus idolatrados Benjamines, sabríamos,
pues lo dirían sus obras, la patria de los Andrés del Sarto
y Calderón de la Barca; y aunque la testigo de los tiempos,
callase el carácter de las edades conocidas ó el origen de
los pueblos, que más han influido en la humanidad, cono-
ceríamos el carácter y el origen, conservándose La Ciu-
dad de Dios y la Summa, el Derecho Romano y las Partidas,
el Decamerón y el Quijote, la Divina Comedia y el Antar; ó
estando en pie, las creaciones artísticas que admiramos en
Atenas y en Egipto; allí donde las aguas del Arno copian
temblando, á causa de su asombro, la aérea rotonda de Bru-
nelleschi y en las márgenes del Rhin, que da un Niágara á
Europa y tiene islas encantadoras, pobladas de recuerdos
«le Schiller y los Niebelungen; decoraciones como la de las
siete montañas; paisajes de hermosa gradación de términos,
que poetizan, solitarios castillos, desnudos ó acariciados
por la hiedra, ermitas, abadías, arruinadas torres, viñedos
sin número, árboles de espeso follaje, y entonan, el ave que
juguetea, acariciando con el ala la corriente; el barquichue-
lo que se adormece al suave columpio de ésta; el corderillo
que mama; la cabra que roe el pámpano de las vides; el pe-
rro que custodia con gravedad el rebaño; el rayo de luz que
se pierde en las soledades de la selva; el aire que finge en-
tre las hojas, risas, besos y lloros: del Rhin, que acá, mués-
tranos la sombra de César; allí la de Hoche; allá la de Bee-
thoven; más allá la de Gustavo Adolfo vigilada por la de
Spinola ó la de los bravos vencedores de Napoleón; y en su
superficie, la estela de la barca en que Durero fué copian-
do, un día, lo que tan agradable naturaleza hablaba á su
espíritu: del Rhin, que en un sitio recuérdanos á Southey
y en otro las doncellas convertidas en rocas, en castigo de
su fría insensibilidad, ó la ondina que atrae con su cántico,
al remolino de Gwir: del Rhin de madame Stael, en una pa-
XLIX
labra, al que debe lord Byron, las fantasías que á Constan-
tinopla y á Venecia. Es innegable! La pompa de Lucano, la
delicada ternura de Gutierre de Cetina, las silvas del Pe-
trarca de la rosa, la poesía de Arguijo, veinticuatro del Se-
villa y Apolo según Rodrigo Caro... (Adonis diría yo) de los
vates de su época, el colorido del Racionero pintor, escul-
tor, arquitecto y espedachín, enséñannos, que tan claros
varones nacieron, en las alegres campiñas del país de son-
rosada atmósfera, en que Granada, — la de las mil torres,
erguidos alminares y soberbios palacios , emporio un tiem-
po de los comerciantes de todo el mundo, — dio al árabe el
encantado cielo de Damasco, el suave clima de la Arabia
Feliz, los frutos del Hejiaz, las esencias de la India, las mi-
nas del Catay; asombró al conquistador cristiano con sus
aliceres, sus telares y su alcaiceria; y en que Córdoba encan-
ta, con su mihra, en el que, envuelto en un paño de seda,
sobre una silla de áloe, se guardaba el Mushaf (i) de oro y
piedras preciosas, alumbrado por una lámpara de la labor
más exquisita.
Las vegas de Mantua, reprodúcense embellecidas en las
églogas virgilianas y el terror de Roma de los días en que
naciesen Horacio, Ovidio y Tíbulo, expresado está, en la
tristeza que caracteriza el genio del cantor de la vid, del
Desterrado en Tobos, y del noble, sencillo y dulce protegi-
do de Mésala:— es imposible mirar las estalactitas de un
techo morisco, ó la suave claridad que penetra, en los edi-
ficios árabes, por los calados atauriques, teñidos de azul,
púrpura y oro, que prestan á los rayos los cambiantes
del iris, ó la Alhambra, apoteosis la más bella de la tienda;
sin acordarse de las cuevas y grutas del Yemen, del fres-
co pozo y racimos de dátiles del oasis, del mar de bronce
del templo salomónico, de la sublime melancolía de los
monumentos que retratan las aguas del Nilo y de los es-
pectros solares de la India; ni los haces de columnas, que
cual la doncella de Beocia, sostienen costillas de flores, sin
volver los ojos á los sauces del Eufrates y á las palmeras que
entrelazan sus ramas, en Palestina: Grecia, que con su armo-
niosísima costa, su empíreo inspirador, sus montes perfu-
mados, y sus bruñidos mármoles, nos dice, que fué el taller
y la vivienda en que el Buonarroti, el Milton y Mozart del
Universo, pensó é hizo una obra de arte más sublime, que
las artes mismas,— pues las esculturas, los templos, los
cuadros, las danzas, el paisaje, los valles de la península.
(1)
Códice escrito por Olman, según Maccari.
en que el ruiseñor coloneo puede contar en la adelfa de
Apolo y arrullan en el olivo de Minerva, las hijas de las
palomas que llevaban la ambrosía al dueño del Olimpo, son
bocetos de las maravillas que en la naturaleza han dejado
el buril y los pinceles de Dios, de la orquesta sublime del
espacio, en la que son notas las estrellas, de las melodías
de la luz, entre las que es el alba la más pura, — Grecia!,
está viva en los versos del Poeta Natural, en la oda de Pín-
daro, cual lo estaría, sin las impiedades de los siglos, en la
Venus del amable Velázquez de Cos, en la Helena de Zeuxis
y en la Minerva del Homero y Hesiodo del cincel, cuyo Jú-
piter inspiró á Séneca, non vidit Phidias Yoven,fecit tamen
velut íonanteni: y el Ramayana, Biblia poética oriental, te-
soro de la inspiración religiosa y heroica de Valmiki, código
de la belleza en la literatura sánscrita, epopeya narrativa,
al lado de la cual parecen la Iliada y la Eneida, lo que una
estatuilla de Pradier junto al David, convence, de que fué
creada en un mundo de continentes tan vastos, que perde-
riase en ellos la patria de Aquiles «como la hoja en el bos-
que»; en el mundo de las religiones «que reducen á la pro-
porción de un juego infantil las mitologías occidentales»,
y de la lengua que, «rota en mil trozos, ha dado origen á las
que enorgullecen á los pobladores de esta última Thule del
orbe»; en el mundo de una muchedumbre de razas, entre la
que podrían marchar, sin ser percibidos, el ejército que
triunfó en Ysso y el que venció en Farsalia; en el mundo
de los misterios, de las pagodas, de las puranas, de los
sacerdotes, sabios, astrólogos y guerreros que llenaron
con sus nombres, los más viejos anales; en el mundo, en fin,
de los ríos sagrados y de los árboles contemporáneos del
globo, que tiene en sus playas el nardo y el incienso; en sus
golfos, la perla y la concha nacarada; el canelero en sus
jardines; y en su interior, un cielo, sembrado de astros,
pues pedazos de cielo y de sol, son los zafiros y diamantes,
encontrados en sus entrañas.
É igual puede decirse del libro que las razas del desierto
reconocieron asombradas, como revelación divina y cuyas
máximas sabía de memoria el muslín, desde su niñez; del
libro que las tribus tenían por un dechado de elocuencia y
que si no transformó, influyó muy mucho en las letras ará-
bigas, y sobrepujó á las Muallakat; del libro, en fin, que,
pobre er su pensamiento, deslumhró con sus imágenes, en-
cantó y arrebató á una parte del linaje humano con la magia
de su retórica; y que, clarín bélico, el más electrizador, que
ha sonado nunca, base de una civilización célebre, fué lle-
vado por el árabe, en la pica de su lanza, á todas las regio-
LI
nes que el azahar perfuma:— al Corán aludo. Leed las pá-
ginas, en que Mahoma describe, un paraíso, cuyo suelo
cubre un tapiz de alazor y musgo; embellecen bosques por
los quecirculancéflros embalsamados y alegran fuentecillas
y ríos del cristal más puro: ó las que contienen el cuadro
del tremendo día, en que estremecida la tierra; deshechas
en polvo las cumbres; disipado el mar en llamas; rotos los
peñascos; arrollados los cielos; temblorosos los ángeles; sin
aliento los hombres, en su ansia por convertirse; encane-
cidas las cabelleras infantiles; ábrese el libro del destino;
suenan las trompetas espantables y los enemigos de Dios
caen encadenados, en un abismo de fuego: — ó las en que
represéntasenos al justo, adornado con ricos brazaletes y
ropas de seda, sobre almohadones de brocado, en las pra-
deras de la bienaventuranza; donde el plátano frondo-
so y el loto sin espinas le regalan plácida sombra peren-
ne, y deliciosa fruta, árboles de cuyas relees brotan arro-
yicos de blanca leche y dulce miel, y le recrean la vista,
palacios que resplandecen con el oro y la plata de sus mu-
ros; y en tiendas de púrpura, bordadas de pedrería, in-
mortales mancebos le escancian vinos, que hacen perlas,
en copas cinceladas en hermosos diamantes, á la vez que
vírgenes de negros ojos le ofrecen enloquecedoras gra-
cias, dulces sonrisas y miradas de amor! ¿Verdad que
no pudo ser otra la creencia, del que tuvo, templos como
el de la Kaaba, próximo al pozo de Zenzen; edificios como
los de Medina; diques como el de Mareb(l); quintas de re-
creo como el Jeneralife, ciudades como la Meca y como
la construida por las hadas, cerca del lugar que sombreó
el plátano de César, celebrado por Valerio: del que hizo fér-
tiles nuestras vegas; mejoró la vía romana; construyó acue-
ductos, puentes, aljibes, castillos, palacios, y atalayas como
la de Alcalá la Real; dio á la España de la Cruz quienes le
fabricasen telas, joyas, porcelanas, objetos de marfil y de
maderas ricas; del que inñuyó de tal suerte en las costum-
bres, usos, trajes, artes y ciencias del cristiano, que éste
aceptó el idioma y la escritura del invasor alarbe, en sus
contratos con él: del que prestó á sus enemigos, artífices,
para que les fabricasen fortalezas, espadas, monasterios y
basílicas; y escantillones y plantillas, para que labrasen la
torre del Carpió, las Salas de la Galera, de las Pinas, del
Solio y de los Reyes en Segovia, la Cartuja del Paular, la
morada del Justiciero-Cruel en la que es visible el molde de
(1) Su rompimiento causó la destrucción de una tribu.
LII
las yeserías de la Casa Real de Granada, las sinagogas, hoy
iglesias de Sta. María la Blanca y el Tránsito de Toledo, en
cuyos edificios la inscripción hebrea alternaba con otras de
caracteres vulgares y aun cúficos arábigos: del que sabio
ayer, vive hoy en la mayor barbarie y sólo conserva de An-
dalucía una tradición confusa, por la que, en el desierto,
trasmítense de padres á hijos, las llaves de sus antiguas
moradas (D, para cuando en las almenas bañadas, con amor-
tiguado fulgor por la estrella de Soheil, que aun se levanta
sobre las espumas del mar en el mediodía (2), se enarbole
segunda vez, el estandarte que, defendido por soldados que
llevaban la malla en el pecho, el arco á la espalda, el tur-
bante á la cabeza, el alfanje al cinto y en la mano desco-
munal lanza, asustaron al Augústulo visigodo? Si, las líri-
cas improvisaciones del Profeta, únicamente poseyó la ma-
gia de inspirarlas, el ígneo zafiro del cielo, en que fué
fundida la media luna que, en las llanuras de Sidonia,
contempló atónita, una litera de marfil, llevada por dos mu-
las blancas, en la que, bajo una cúpula de piedras preciosas,
temblaba Rodrigo por su vida y sus tesoros, á pesar del in-
menso ejército, del enorme aparato de pertrechos y provi-
siones que le rodease; y entre la laguna de la Janda y Jerez,
oyó la arenga célebre de Tarick, interrumpida por los gri-
tos de júbilo y entusiasmo de la hueste á quien se dirigía;
vio primero rasgos de valor digno de los tiempos de Ataúl-
fo, Walia y Wamba y una resistencia obstinadísima; des-
pués desordenada fuga, en la que, entre una muchedumbre
de apiñados turbantes, cascos, pendoncillos, estandartes y
banderas, flotaba la basterna que no tardó en desaparecer,
cual nave que taladrada por el rayo, pierde el equilibrio y
se sumerge; y más tarde un campo que resplandecía, como
si hubiera sido de rico metal, ¡tantos eran los cadáveres con
anillo!; por doquier la solemne y misteriosa pareja del do-
lor y el silencio; hundido en el fango del Guadalete, según
la crónica, Orelia (3) con silla de oro y rubíes; á su lado
una sandalia de esmeraldas; y más allá, una sombra ence-
rrando en el misterio el sepulcro del último vastago de la
(1) A. F. de Schack.
(2) Es creencia popular en Oriente, que el poderío de los árabes fué
obra de la estrella Soheil ó Canopo, en movimiento hoy hacia el Sur.
Cuando por la procesión de los equinoccios la estrella se pierda para Eu-
ropa, no será el palacio árabe un montón de ruinas, como cree el ilustre
Schack. Eso no sucederá, viviendo D. Rafael Contreras; y mientras la
raza de este útil español no se extinga, tendremos Alhambra.
(3) Nombre del caballo del rey D. Rodrigo, según D. Rodrigo.
Lili
monarquía, que, poseyó una civilización la más grande que
habíase conocido, desde la hora tremenda en que crujió el
Capílolio y subió á su cima el bárbaro con la tea incendia-
ria, preludiando un diluvio de fuego y de sangre; ¡civiliza-
ción! de la que salváronse nada más, en el naufragio de la
España vencida por los tostados hijos de la Arabia, la urna
que conservaba el óleo de Recaredo, el Fuero Juzgo y los
libros de S. Isidoro el hispalense.
Y el árabe de fantasía apasionada de lo maravilloso; tra-
ductor de las presas del saber y del numen de la antigüe-
dad; que ávido de hermanar las hermosuras faraónicas y sa-
sanidas con la severidad ateniense y corintia, el fausto de
Bizancio y la opulencia monumental visigoda, fusionó el
arte de la tierra donde el sol tiene su cuna y el arte de la
tierra donde el sol se pone: el árabe que en Medina Az-zahra
eclipsó la fama de los edificios de Al-Raschid, y de los pala-
cios de Cosroes, y que juzgando la suntuosidad y el lujo, la
gracia de las virtudes, brilló en galantes fiestas, en deslum-
bradoras zambras y ejercicios caballerescos; sirvióse de la
argentería de Bizancio para sus festines, de las telas de la
India para sus tiendas, de la púrpura do Tiro, recamada de
oro, pura combinarla con sus mallas de acero, de los perfu-
mes orientales para aumentar la voluptuosidad de sus ba-
ños: el árabe caballeresco y generoso en su heroísmo, deli-
cado é indomable, hospitalario, esclavo de su esclava; que
juzga un deber sacratísimo el cumplir la palabra empeñada,
una inspiración celeste la filantropía: el árabe, cortesano en
sus victorias, que da albergue, en sus alcázares, á una co-
horte de poetas, que ya inmortalizan en sus versos, las vic-
torias de Omar y Abubeker, la trajedia de los Omniadas, las
épicas conquistas de El-Mansur, la sabiduría de Alhakem,
ya cantan los hechizos de Zahara ó las lágrimas lloradas
por Cinda sobre el regio tálamo nupcial de un enemigo de
la fe de sus padres; y que guerrero y bardo, tiene por admi-
rador un pueblo y femeniles ternuras por recompensas; el
árabe heroico y sensible, que vive para el amor, los comba-
tes y la galantería; de fe profunda; ciego en su entusiasmo;
frivolo en sus placeres; grande en sus empresas; magnífico
en el modo de ejecutarlas; y en el que ejerce la misma fasci-
nación el harem que el campo de batalla, la transparente
randa que el tambor, el añafil y el atabal: el árabe amanti-
simo del cuento, de la música; y en cuyas moradas fueron
el mejor adorno mandolinas, tiorbas, harpas de cuerdas de
plata y laúdes cuajados de pedrería: el árabe que erigió el
templo máximo de Mohammad III, el alcázar de Said en Má-
laga...; sí!, está vivo!, existe!, y estará vivo y existirá siem-
LIV
pre, en la aljama en que aún creemos oir las sentidas que-
rellas de Abderrhaman, y en la Alhambra, que fué cons-
truida de las perlas y adornada con los encajes de la más
bella de las hadas...; en la Alhambra!, la mejor joya de la ar-
quitectura que tuvo su cénit, en el siglo xni, «edad viril
del mundo de la Cruz» y jardín de las Hespérides de las lite-
raturas nacionales, pues es el siglo de los Niebelungos y de
los peregrinos de la Viola de amor, de los trovadores y tro-
veras, de Juan Lorenzo Segura de Astorga y Gonzalo de
Berceo, el Jacob de la poesía española; el siglo que abre la
escuela de Jurisprudencia de Bolonia, las Universidades de
Coimbra, París, Viena y Ñapóles, la que en Oxford inmorta-
liza el nombre de Alfredo el Grande y en Salamanca el de
Alfonso el Noble; el siglo que plantea la libertad de instruc-
ción, que crea una estatuaria, una pintura y la catedral, y
educa á Alberto Magno, á Sto. Domingo, á Sto. Tomás, á
S. Buenaventura y al generoso príncipe, conquistador de
Murcia, arbitro hidalgo de las capitulaciones de Sevilla,
que, legislador, filósofo, historiador, vafee, Mecenas de los
sabios, patrocinador de hebreos y mudejares y legitimador
de su existencia, lleva á Toledo las Academias de Córdoba
y las funde en las de los maestros y doctores de su Corte;
establece la Era Alfonsi; recoge en su Grande et General
Historial-as tradiciones judias y sarracenas; une con cari-
ñosos vínculos las letras y ciencias orientales y cristianas, y
dos genios separados por antigua ojeriza.
Oh! y con cuánta razón ha dicho uno de los hombres que
más bellamente han sentido: — El mundo que nos rodea en
la alborada de la existencia, imprime su mismo tono, su
propio ser á nuestro espíritu y á nuestro carácter, creando
en el individuo lo que se llama la índole y el acento nativos!
Hijos somos de la tierra, ha escrito Lamartine: la misma
vida corre en su savia y en nuestra sangre; y todo lo que la
naturaleza siente y dice en sus formas, en su aspecto vario,
en su fisonomía, en su esplendor ó en su tristeza, tiene su
repercusión en nosotros. La rosada luz, los cambiantes del
horizonte, el apacible ultramar de las castas y sencillas ta-
blas de Fr. Angellico, las nobles y elegantísimas líneas de
Rafael; el claro-oscuro de Leonardo, los argentinos torna-
soles del Corregió, el esplendor del colorido de Vecelli, Ve-
rones y Robusti, están en los horizontes de Italia: en los
matices de las lagunas de Venecia; en los crepúsculos de
hechizo indescriptible de la ribera del Arno; en la ciudad
misma en que, al toque en el lienzo de un pincel suave, em-
pastado y acariciador, brotó la Leda de plateada sombra,
que en Berlín respira aire dorado, en una atmósfera de feli-
LV
cidad; y en el apenino..., en las dudosas bellas tintas de sus
albas; en la claridad de su sol en el alto meridiano; en sus
dulces días de primavera; en su cielo canicular; en la me-
lancolía de sus ocasos; en sus serenas tardes de otoño; en
sus efectos de luna incomparables; en sus lontananzas; en
el contorno de sus cúspides vecinas de las nubes; en el de
sus faldas, en la que álzase silenciosa la cabana: en el Ape-
nino!^ donde sentís la tristeza inspirada por los valles (y los
suyos, como sus árboles, hablan un lenguaje encantador);
la alegría que causan las campiñas, (y las que se descubren
desde sus crestas, son las más artísticas del orbe); el reposo
campestre; todos los sentimientos que produce la natura-
leza, bajo sus diferentes aspectos y cuyos sentimientos se
sienten mejor que se explican: en el Apenino!, donde tenéis
los iris, las transparencias, la poesía, los secretos que cons-
tituyen el poder de la Pintura en Italia, que en sus creacio-
nes ha reunido todos los géneros, con el singular maridaje
que reunió en sus dramas el apólogo y la oda, el epigrama
y la sátira, D. Pedro Calderón.
Paisaje andaluz, paisaje aragonés y paisaje riojano, son
los fondos de las pinturas de Murillo, del Mudo y de Goya;
Velázquez llevó á sus cuadros los azulados Guadarramas
que veía desde el regio alcázar donde pintaba; Poussín nos
reprodujo en su decaída grandeza, en su solemne y clásica
majestad, en todo su encanto, con dulce y meditabunda
poesía, las ruinas más augustas del mundo, entre las que
vivió: habrá cuadros de Orrente y del Bassanés, aunque se
quemen sus luminosas telas, mientras existan las márge-
nes del Brenta y los collados del Vicentino, y chozas y re-
baños, en la comarca que, recordándonos la vegetación de
América, ofrece en el interior de sus arboledas, brillantes
efectos de luz, que envidiaría el Vecelli: diferencia el autor
de la Virgen de la Leche, de Van Dyck, á Zurbarán, de los
florentinos, á Morales y Vargas, el Jacob de la Pintura, de
los flamencos, lo que diferencia á Toledo, á Badajoz, á Se-
villa, á la ciudad del Turia, de la pagánica Toscana, de Am-
beres, Colonia, Tréveris y Brujas, la Jerusalén de la edad
de la Caballería, que cuenta entre sus tesoros los sepulcros
de los Duques de Borgoña, y entre sus glorias la de haber
alojado á Luis Vives: sería inexplicable, sin la verdad afir-
mada, que esta tabla ría bajo el pincel de Hobbema, esa
inspire ideas graves, en esotra haya un idilio de perpetua
felicidad: la serena melancolía que en los países amados
del sol tales hechizos pone en las grandes sombras de la
tarde y en el horizonte del mar, es la misma en el Tirreno
y en Sicilia, que en los cantos pastoriles de Teócrito, en los
LVI
madrigales de Gesualdo, en Pergolesso, en Belleni: si con-
templáis los montes de Namur y Dinand, que elevan el al-
ma á la contemplación de lo infinito; que con los ilimita-
dos espacios que desde ellos se descubren y con sus selvas,
seducen la fantasía de las razas del Norte, dadas á lo mara-
villoso y á la metafísica, y que con sus nieves hacen inter-
minable el invierno en sus cumbres, diréis que allí inde-
pendizóse, el género de los Heraling y De Bles: y si reco-
rréis la patria de la gentileza, del amor, de los placeres, del
serventesio, del descort, de la precicansa, de la tcnsiórij del
planch, el país que ha escrito la pastorela y la vaquera, en
la corteza de los árboles de sus valles; de seguro, como el
agua en peces y el aire en pájaros, las auroras del Ródano,
los reflejos del sol poniente en las copas de las adelfas del
Garona, las plácidas soledades de Aix, os mueven á pensar
en la nova, en la serena, en la altada; en que si crecen en
la Provenza tantos laureles es porque hacen falta sus tron-
cos y sus ramas para construir laúdes y hacer coronas; y
confundís la música de las aves con la voz del trovador, en
quien es tan visible el influjo de la primavera, como en los
bandoleros y batallas de Salvator Rosa, las encrucijadas de
las montañas próximas á Ñapóles, y las impresiones que el
de Arenella recibiese, cuando individuo de la Compañía de
la Muerte, arrostró el plomo y el hierro de los soldados de
Felipe IV, ó como en el Combate de los Cuatro dias de Gui-
llermo Van den Velde, las horas pasadas por el pintor del
mar, en un buque de la escuadra de Holanda, mientras la
pelea que ilustró el nombre de Ruyter, lo que Salamina el
de Temístocles, lo que Trafalgar el" de Nelson, lo que el Ca-
llao el de Méndez Núñez.
Borao había nacido en esta ciudad, cuyo imperial aspecto
realzan sus innumerables torres, sus cúpulas y sus monu-
mentos y el tono recibido de Zaragoza, visible es en las
obras de aquel hombre; producto ellas, de una imaginación
de pausadas savias, como las que circulan por las plantas
del paisaje que se descubre desde el Cabezo Cortado; de una
mente clarísima; de un espíritu de brío, pulcro y no fastuo-
so. Las características del aragonés fueron las de Borao.
La cultura, la franqueza, la liberalidad, las virtudes más
bellas de todas las que ennoblecen la vida, son los rasgos
distintivos de Zaragoza y eran los del sabio Maestro.
Hijo de bendición, amigo abnegado, cariñosísimo esposo
y padre, tenía el culto de las grandes ideas y sentimientos.
Poeta, fué la justicia su numen; crítico, siempre aplaudió
el mérito con entusiasmo y censuró lo feo y lo torpe forti-
ter en re suaviter in modo; historiador, jamás mintió su
LVII
pluma; literato, filólogo, artista, el estudio fué para él una
purificación perenne; soñador, complacíase en encarnar en
la realidad sus ideas; carácter íntegro y bondadoso, ameno
en sus cartas y converriaciones familiares, llano en el trato,
afable y dulce por naturaleza, alma sencilla y entusiasta de
su país, reunía un superior sentido estético y un superior
sentido moral.
Borao era un hombre de verdadero sabei", que debió á sí
propio la conquista de su envidiable fama y uno do los es-
pañoles más útiles de los lustros que pasaron. Ahí están,
acreditándolo, sus innumerables discípulos, muchos de los
que doctísimos maestros hoy en la Holanda pacífica de las
letras, reconocen que deben sus tesoros intelectuales, más
que al barbecho de la atención propia, á la bondad de la
semilla arrojada por el aire, en la cátedra que hizo ilustre,
el historiador de nuestra Universidad. Ahí sus obras!...,: las
poéticas, en las que se ve un vate al modo de Lista ó de
Gallego, un vate académico; las de erudición, las de histo-
ria, que contienen un caudal precioso de datos y noticias;
los trabajos literarios sobre Lope y Mora tí n, sobre D. Cía-
risel de las Flores y el libro de Lesage, que prueban no era
de los que sólo saben repetir antiguos juicios, sino de los
que ofrecen novedades felices; sus producciones todas, que
justifican, en nuestros días, la razón con que en los de Bar-
tolomé, tan excelente cura de almas en el mundo de la be-
lleza como en el moral, dijo el Fénix, que de Aragón iban
á Castilla, los que mejor hablaban la lengua en la que Cer-
vantes, amalgamando según V. Hugo la epopeya, la lírica y
la dramática, produjo un bronce: el Quijote, que es Ilíada,
oda y comedia.
Una opinión mía voy á consignar. Borao poeta, literato,
publicista, filólogo para nada tenía ni más vocación, ni
más aptitudes, que para la cátedra; pues su razón metódi-
ca, su estilo castizo, su limpio lenguaje, su voz serena, su
palabra reveladora, la tranquilidad con que argüía, la faci-
lidad con que dejaba en claro las tesis, ilustraban y conven-
cían siempre; prestábanse más que á otra elocuencia, á la
enseñanza; á la que se consagró con fe sacerdotal, desde su
primera juventud. Sí; él vivió iniciando á varias generacio-
nes en el templo de la verdad y en los misterios de la be-
lleza, que sentía de superior modo, mejorando en cada hora
su doctrina y el arte de grabarla en la mente de sus alum-
nos, que embelesados le escuchaban: y es que nunca olvidó
que el magisterio es sacerdocio y apostolado; que desde la
silla profesional no se enciende en los corazones el amor á
lo bueno y á lo bello, sin un retiro en que aprender. Tan-
LVIII
to aprendió Borao en el suyo, que sus lecciones, modelo de
dicción castellana y de oratoria didáctica, eran en un todo
originales. En ellas oíanse, la prudente palabra de la her-
mosa tradición de la crítica española y los mejores precep-
tos de la estética é histórica; todas las peregrinas noveda-
des con que brindaba el porvenir: y hallábanse fallados mu-
chos pleitos de familias de las letras, con tal sabiduría, que
algunas sentencias causaron ejecutoria (1). Como Núñez
Arenas, Amador de los Ríos, Milá y Fontanals, Camus y
Fernández Espino contribuyó á la nueva faz inaugurada en
España, en los estudios literarios. Los prismas actuales de
la critica; la ley superior que terminó la querella entre clá-
sicos y románticos; la concepción histórica del arte, relacio-
nada á lugar y tiempo; el enlace del análisis filosófico con
las aspiraciones de la literatura; toda esta doctrina, que es
hoy heredad común, la popularizó Borao en su aula con la
brillantez que en las suyas, los que mejor han juzgado Ga-
nar amigos y La Verdad Sospechosa^ á Gonzalo Fernández
de Oviedo y las Coronas visigodas de Guarrazar, y á quie-
nes tanta gratitud debe la juvenil Estética, que con claridad
plantea la ecuación de lo sujetivo y lo objetivo; compenetra
la naturaleza y el espíritu, en una armonía feliz; abraza con
universalidad los mundos existentes; y entre nosotros tiene
un profesor ilustre que ha comentado, corregido y mejora-
fl) Citaré uno de esos litigios, como ejemplo. La publicación del Gil
Blas de SantiUana de Lesage produjo ¿quién lo ignora? un gran ruido en
la España docta. El haber colocado la escena en nuestra patria, el ha-
berse apropiado giros y cuadros de nuestros escritores, indujo á algunos
¿ la sospecha, de que el autor francés había tomado su libro de un ma-
nuscrito español. Hablóse de esto, más que de la originalidad de El Des-
dén con el Desdén: se conjeturó lo más extraño, inventái'onse fábulas sin
número:— quién acusó á Lesage de haber tomado á Espinel sus más in-
geniosos pasajes y citaban, el de la posada de Peñaflor, el de la Sra. Ca-
mila, el del bai'bero con la mujer del médico, el del arriero de Carcabe-
los, el del cautiverio la Cabrera; quién de haberse apropiado materias de
Rojas, de Hurtado de Mendoza, de Figueroa, de Estebanillo González,
del Conde Lucanor: el P. Isla, al traducirla magistralmente, afirmó que
la restituía á la lengua patria y la frase inereció unánimes y prolongados
aplausos. Borao, en su cátedra y en un folleto después, haciéndose cargo
de esta contienda, demostró que el Gil Blas es en parte una copia feliz
de nuestras novelas picarescas y en parle una imitación de ellas tan afor-
tunada, como lo sean la canción á la batalla de Lepanto de Herrera y la
Profecía de Fr. Luis. La cuestión está terminada en nuestros días. El Gil
Blas es una obra ingeniosa, agradable, útil, en la que no son de Lesage
los materiales fundidos y sí de él, la cohesión y unidad que tienen. La-
tour mismo lo reconoce; y la crítica enriquecida con una verdad tiene
no poco que agradecer á la diligencia de Borao, cuya perspicua mirada
veía no solo los prismas que la historia particular y la universal del arte
presenta á la generalidad de los doctos, sino muchas veces, aspectos,
conceptos y relaciones no sospechados.
LIX
<io á Vischer; que puede leer, en sus respectivas lenguas, la
Biblia, las Tusculanas, el Corán y la Ciropedia; determina-
ros el sentido de las edades, que Kaulbach reprodujo con su
pincel y deciros luego el número de cuerdas de plata, que
sujetaban la tienda, que con el rojo de su púrpura, retaba
al ejército mandado por tres reyes, que acampó en las Na-
vas; y que os embelesará lo mismo, describiéndoos el Alca-
zar de los siete colores y la Basílica de San Pablo (l), que
Prudencio presentaba á los hombres futuros
síc prata vernis floribus renident.
el retrato de Santillana de Ingles, el de los reyes Católicos
de Rincón ó las custodias de Córdoba y Sevilla, que si os
habla de los cristales, mármoles y mosaicos, en los que re-
verbero, con sus ascuas de oro, la lámpara en forma de
cruz, con puntas fiordelisadas, suspendida de una bola de
filigrana, en San Marcos (2). Si es tan insigne la juventud
educada por Canalejas, Catalina, Castelar, Fernández y Gon-
zález, Salmerón, CoU Vehi y F. Castro; la juventud que edu-
có ayer Revilla y educa hoy Menéndez Pelayo; si por causa
de haber entrado las ciencias estéticas y la ciencia
déla literatura comparada en los Ateneos, los estudios
crítico-literarios, «que más que otros influyen y labran en
la razón y en el sentimiento», tienen brújula y base; si el
genio y el gusto rechazan los exclusivismos; si el arte está
en vísperas de ver reconocida su libertad puriflcadora; si
borrados los anatemas que preocupaban la mente, y con-
turbaban la fantasía, el juicio se pronuncia, sin más inspi-
raciones que la belleza, que precede á lo bueno y marcha á
la par de la fe, agradezcámoslo á la semilla que enterraron
aquellos individuos en los surcos trazados por sus antece-
sores..., por un Lista!, por un Gallego!; agradezcámoslo en-
tre otros á Borao, — que sabia enseñar, hacer amable el libro,
crear la pasión del estudio, á lo que debió el respeto con
que se le escuchaba, el amor que hubieron de profesarle
siempre sus discípulos, de quienes fué amigo cariñoso, guia
y consejero, bien distinto de los Lanfranchi que acibaran
los días de los Guido Reni y Zampieri, y de los Santafedes,
Imperatos y Carraccinolos, que por ahí pululan, disimu-
lando malignidades, cual las que contribuyeron á afirmar á
Ribera, en la senda de sus triunfos. Su lira, su péñola, sus
trabajos históricos y filológicos, sus merecimientos como
Profesor, rodean de luminosísima aureola el nombre de
(1) Erigida en Roma por la devoción de Teodosio.
<2) Mi sabio maestro, D. Francisco Fernández y González.
LX
Borao; y sus' anhelos, devociones y esperanzas, lo hacen
venerable.
Deseaba su alma, la propagación de la cultura y la feli-
cidad de su pais; que la soledad no acongojase al mérito;
ver la verdad y la belleza en el Capitolio; y unido á los que
apetecían lo mismo, trabajaba con ellos. A este fin, él con-
sagró por entero su actividad incansable, á toda obra de
utilidad pública: él promovió certámenes, en los que pro-
baron su brío, y fiestas literarias en las que lucieron el
garbo natural de su numen, el insigne vate de La Capilla
de Lanusn, el argensolano Monreal, el castizo Mario de la
Sala, el finísimo Malheu y el que, tan á deleite del buen
decir, ha hecho justicia al honrado historiador Conde Ro-
bres (1): él inició en el templo de la poesía, á jóvenes del
buen gusto de Salinas y de Paraíso, retirado á una ociosa
Túscuio, con enojo del epigrama, habiendo nacido para so-
brepujar á Principe; él fué tan caritativo de la gloria del
prójimo, como el cantor del Dos de Mayo. Escribe Luis
S. Juan Dulces cadenas; y apresúrase Borao á estimularle á
la perseverancia. Pruduce Zapata aquel cuadro, que para
copiarlo en el lienzo, habría que servirse de los pinceles de
Velázquez y Rembrandt; y Borao desliza en el oído del nue-
vo sacerdote de Apolo, adelante! Llega Zorrilla al atrio del
Pilar, trayendo ornados su laúd y su pandereta con rosas
de Méjico, reliquias de Roma, lirios de Florencia, tulipanes
del Rhin, azahar del jardín de Lindaraja, camelias de Cintra
y conchas de nácar de la bahía de Ñapóles; y «orao le tri-
buta honores de soberano del ingenio, en una sesión acadé-
mica, en la que empezó á crearse un nombre, el filósofo dis-
tinguido que hoy regenta la cátedra de Andréu, en nuestra
Universidad. A propuesta y expensas de Olózaga, señálase
con un bronce, la casa de Quel en que naciese, «el pintor de
las costumbres de la clase media y de los caracteres festiva-
mente cómicos de su época», el que superó á Moratín é
igualó á Quevedo en sal y gracia; y Borao, en versos tan
acabados, como los de la Epístola del Capitán Quirós, cele-
bra, que el vate contemporáneo de más franca espontanei-
dad, logre en vida (2), la honra alcanzada por Cervantes y
Lope, dos siglos después de su muerte.
(1) D. Baldomero Mediano, uno de los críticos aragoneses que más
recuerdan y quizás el que más recuerda, la severidad en la doctrina
literaria, lo ático en el gusto, la asiduidad en el culto á la forma, de
Borao.
(2) En el núm. 1 de la calle del Medio, en la villa de la Rioja, célebre
por el autor de Marcela, se lee:— líZ 19 de Diciembre de 1796 nació en esta
casa el fecundo y popular poeta D. Manuel Bretón de los Herreros.
LXI
Oh! el noble maestro vivió, procurándose ocasiones de
traducir en obras sus deseos; bien dando impulsos en pri-
vado, bien sembrando ideas, en discursos elocuentísimos
que suenan, como una música de amor; que se parecen á
los rosales y jazmines por la finura de sus perfumes y co-
lores; y que en su abundante doctrina revelan, que su autor
unía á un gran sentido estético, un gran sentido moral.
Es Borao el escritor aragonés más respetable de nuestra
época. El más popular también, por el cariño que siempre
tuvo á su país.
Sin negar á Covadonga su importancia, ni á la Cruz de
los Angeles que es enseña sólo comparable á la de Cons-
tantino, el árbol y los montes, amados en el corazón de
nuestro compatriota, después del árbol del Gólgota y de los
montes Olívete y Calvario eran, la encina de Sobrarbe y las
cumbres, en cuyas rocas, en la base, escribieron nuestros
padres leyes y en la cresta alzaron rey: reconociendo el he-
roísmo de Leónidas, la grandeza de César en Farsalia y de
Aníbal en la subida á los Alpes, la muerte ejemplar de Tu-
rena y la no menos ejemplar de Dessaix, que llega al teatro
de una lid empeñada, de rápidas maniobras, de terribles
cargas de caballería y que ofrece un cuadro horroroso de
fiebre, de dispersión, en el que hay contienda entre nubes
que se buscan ó se cortan en el cielo, humo en la atmósfe-
ra, sangre en el campo llega!, se lanza, al frente de los
escuadrones que en pos de él galopan, sobre la línea aus-
tríaca y la rompe, á la vez que el resto de los soldados de
Bonaparte caen sobre las dos alas enemigas y las desbara-
tan, y saludado por el fragor con que iniciase la victoria y
por los últimos cañonazos de la batalla, muere, ocultándose
el sol para no verlo; D. Jerónimo hablaba con más calor de
D, Jaime que del Rival de Pompeyo y del demoledor de Sa-
gunto, del collado de las Panizas que de las Termopilas, del
héroe de Muret que del héroe de Egipto; como hablaba con
más entusiasmo de las rotas cadenas de Marsella que de
las cadenas rotas en las Navas, del Cancionero de Urrea que
de las Coplas de Jorge Manrique, del síncerísimo Conde de
Aranda que de Campomanes, de Asso que de Ustáriz, de
Lagasca que de Cavanilles, de José Leonardo que del Mudo:
sin rebajar el pedestal en que se hallan colocados Luis Vi-
ves, P. J. Perpignan y A. García de Matamoros, el Pinciano
á quien Marineo Sículo tenía por más docto que á Lebrija,
Foxo Morcillo, León Hebreo, el astrónomo Alfonso de Cór-
dova, el Newton español Jorge Juan, el Brócense, y Mora-
les y Suárez y Saavedra Fajardo, las predilecciones del es-
clarecido Profesor eran para Antonio Agustín, escritor ele-
LXII
gantísimo y jurisconsulto de tal alteza, que en él resucita-
ron, según Scoto, Paulo y el más sabio y puro amador de
la justicia (D; Zurita, historiador eximio, entre los más exi-
mios de España; B. y L. de Argensola que ciñeron los lau-
reles de Horacio y de Salustio, delicia el uno de la Academia
de los Ociosos y ele la Poética Imitatoria, y el otro maestro
do D. Ñuño de Mendoza, del Marqués de Cerralbo, del Prín-
cipe de Esquiladle...; y aunque no participaba de sus ideas
el biógrafo de Pignatelli, pronunciaba con orgullo los nom-
bres del sobrio, nervioso y metódico Miguel Molinos; de
Pedro Ciruelo, autor del primer tratado de Matemáticas que
se escribió en España, luminar de las Universidades del
Henares y el Sena, el más claro y limpio de los espíritus; y
del aragonés, por su nacimiento ó por su origen, reducido
á cenizas, á la vez que su libro, en la pintoresca colina de
Champel, á la vista del azul y gracioso lago de Ginebra. Bo-
rao admiraba al Alfonso VI, en cuya época, podía una ve-
je$uela caminata por todo el reino, sin peligro, llevando en
la mano abierta sus tesoros; á los nobles que poseyeron
palacios como el del Gran Canciller Pero López de Ayala y
como el que, fundado por el salvador de D. Juan I en Al-
jubarrota, ensanchó el Almirante que no tenia par, en gvan-
deció el experto caudillo e lus de discretos y enriqueció el
que se hizo Duque del Infantado, en la segunda batalla de
Olmedo; mas admiraba con mayor delicia al Conde (2) que
tradujo y comentó á Pomponio Mela, y escribió Discursos
políticos para la educación de un Príncipe y los Comenta-
rios de los sucesos de Aragón en 1591 y 1592, al procer que
ganó bandera y mosquetes en San Quintín y el sobrenom-
bre de Filósofo Aragonés en la morada del sombrío Felipe
ó á D. Alonso V, que representa el ápice político de nues-
tra nacionalidad, con la magnificencia que representa el li-
terario, el Petrarca Valentino: — él concedía coronas de lu-
ceros, á Píndaro y al Cisne de Mantua, á Racine y á Sha-
kespeare, á Herrera y á Alfleri, mas según diría Lamartine,
los Benjamines de esa familia universal é inmortal, que
uno elige, para constituirse la parentela del alma y la so-
ciedad de los pensamientos eran, un Blancas, un Martel, un
Costa, un Latassa que vale un Plutarco, el P. Murillo, que
escribía con el candor y sencillez sublime de Herodoto, el
delicado Fr. Jerónimo de S. José, Liñán de Riaza que ma-
nejó el romance á lo Góngora, López del Plano, tan queri-
do del dulce Meléndez, todas las personalidades insignes en
(1) El inmortal Papiíiiano.
(2) El de Luna.
I
LXIII
suma, de la tierra que nunca ha faltado á su fidelidad, á los
fueros del buen gusto, pues si pecó Gracián, si escribió el
Apologético de la escuela del pernicioso cordobés y cultivó
la prosa culterana, hay en su Criticón párrafos que persua-
den, de que el sabor del terruño es aquí incompatible, con
la perseverancia en el mal.
Nadie supo lo que Borao, de las cosas de Aragón. Conocía
cual su propia casa los monumentos de éste, lo mismo la igle-
sia de Alquézar y el Sepulcro de Calatayud, — plano en piedra
y ladrillo de los lugares que más inspiraron á Chateaubriand
y Lamartine,— que el palacio de lUueca y el castillo de Me-
sones, en hora bárbara destrozados; y hablaba con la emo-
ción estética que Vasari del retrato de León X, de nuestros
esmaltes y grabados antiguos, del altar mayor de la cate-
dral oséense, de las pinturas de Claudio en el templo de la
Mantería, de las de Goya, en la Basílica de la venerada Vir-
gen que fué el Santiago aragonés, al inaugurarse el siglo.
Cuanto redundó en pro de nuestra riqueza espiritual y
material, obtuvo su esfuerzo. Todo adelantamiento, toda
mejora favorable á las letras, y en especial á las letras ara-
gonesas, mereció tenerle de su parte. Fundó el primer pe-
riódico literario que han dado á luz las prensas de Zaragoza,
y fué alma y mente de sus ateneos, academias, y centros
artísticos. Literato, su nombre va unido al de la Biblioteca
de Escritores Aragoneses, de la que es digna Mecenas la
Diputación provincial; y le debemos las biografías de La-
tassa, Pignatelli, Echeandia, Casamayor y Yanguas, escritas
al modo que enseñó á narrar la vida de un personaje, el
gran Navarrete, y las páginas en que esculpiendo con má-
gico buril, la efigie de López del Plano, convirtió en fami-
liar lo que era antes, una curiosidad erudita. Crítico, ejecutó
trabajos del valor de G. Urrea y D. Clarisel de las Flores.
El amor en el Teatro de Lope y los estudios sobre Moratin,
el Quijote y el Centón Epistolario. Historiador, produjo una
historia de nuestra Universidad, La Imprenta en Zaragoza
y el Árbol de los Reyes y Principes aragoneses. Filólogo, dio
á la estampa este Diccionario, precedido de una Introduc-
ción admirable. Poeta, nos legó un Romancero, no termi-
nado por desgracia; llevó á las tablas la gran figura del más
batallador de los Alfonsos, escribió varios dramas, que son
para la lectura, más que para la representación escénica.
Escritor didáctico, enriqueció las bibliotecas con su Tesoro
de la Infancia. Vicepresidente del Jurado y Presidente de
una de las secciones de la Exposición Aragonesa, consagró
sus vigilias á aumentar la gloria alcanzada por su país, en
aquel certamen. Director del Liceo, hizo de aquella Sociedad
i
LXIV
una almáciga literaria. Alumno de la Universidad de Zara-
goza, aumentó el número de los hijos de bendición de la
madre sapientisima de Prudencio, del ilustre autor de los
Fastos del Justicia, de los Argensolas, del Dr. Andrés de
Ustarroz, de Pignatelli: catedrático, mereció un sitial, donde
lo habían tenido, Pedro el Orador, tan ensalzado por S. Je-
rónimo, Verzosa, y Sobrarías, y Malón de Chaide, y Abril, y
Juan Costa, y Hortigas y Portóles el célebre fuerista, y Ca-
rrillo y Nasarre y Guillen el sabio y angelical Obispo de
Canarias; Rector, elevó la escuela de que fué patrono Cer-
buna á la altura de las más distinguidas de España y narró
las grandezas de la docta Casa que dirigió tanto tiempo,
incansable en sus afanes por enaltecer á su país, amado
sobre todas las cosas por Borao. Ved lo que hace á éste po-
pular:—el que aragonés por su cuna, lo era asimismo por
su carácter, por sus aficiones, por sus estudios, por sus
dotes intelectuales, lo cual le privó de conquistar hojas de
laurel más frondoso aún y de encina todavía más robusta,
que la encina robusta y el laurel frondoso que posee, en el
paraíso de la fama.
De haber escuchado los consejos de Mané y Plaqué y del
ilustre bardo que nos ha descrito las cuevas de CoUbató,
otra habría sido su carrera! No aseguraré que hubiese lle-
gado á Ministro, acordándome de Moreno Nieto y de que lo
ramplón y chapucero es á veces favorito de la fortuna: sí,
que hubiese alcanzado las posiciones más altas, en la mi-
licia de las letras. Y á decir verdad, á esto es á lo que debió
aspirar, pues no había nacido para esos encarnizados com-
bates, en que el orador esgrime el arma de las pasiones,
casi siempre. Borao, que era fácil en la conversación, di-
serto en la cátedra, un prosista de elegante estilo, jamás
brilló en la cima, donde en medio de la tempestad, sonó la
palabra ruda, enérgica, salvaje de Ríos Rosas y en que
lucieron Galiano, López y Valdegamas el sublime ritmo de
las suyas; jamás alcanzó uno de esos triunfos que consiguen
los que con la magia de la fantasía, con la pompa del len-
guaje, con la majestad de la entonación, convencen de que
en efecto es la elocuencia, como dijo Eurípides, la soberana
de las almas. Su modo de ser, le hacía más apto para las
investigaciones del historiador y los trabajos del erudito,
que para pisar con segura planta, la encendida arena que
casi cubre, las rojas gradas de la tribuna política; más de-
senfadado en el trato con las musas, que en el trato con los
jefes de los partidos; más ambicioso del retiro de una bi-
blioteca y de la Holanda tranquila de una cátedra, que de
lucir en otros palenques literarios.
LXV
Lástima que en aquel hombre, no hubiese sido el arte el
culto único de su vida! Lástima que por lo múltiple de sus
quehaceres, se llevase á la tumba, un Borao superior al que
resulta dibujado de cuerpo entero, en sus obras! Lástima
que ejercitase todas sus diversas facultades! El fué un hu-
manista de varia y selectísima lectura, de acendrado gusto,
aunque un tanto arqueológico por su amor á la antigua
poesía; un profesor de gran prestigio y autoridad moral,
que cuando explicaba parecía que estaba leyendo un libro,
tan admirable por la grandiosidad de sus ideas y la profun-
didad de sus pensamientos, como por el ingenio y galanu-
ra de su castizo lenguaje. Treinta y un años desempeñó su
cátedra de Literatura, con el acierto que un día la de Ma-
temáticas. Con la misma pluma que escribió su Tratado de
Avitmctica y el de Ajedrez ó la Historia de la sublevación de
Zaragoza en 1854, y el Tesoro de la Infancia, emborronó
las cuartillas de su drama Las Hijas del Cid, de la oda á la
Virgen de Covadonga, ó del estudio crítico de La Muerte de
César de Vega: terminaba un trabajo y sin darse reposo,
disponíase á leer las obras sometidas á su censura ó medi-
taba acerca del mejor medio de honrar á Echeandía, el ilus-
tre amigo del primer cultivador de la patata en la tierra
aragonesa, el químico Olano: y alma de la Comisión de
Instrucción primaria, de la de Monumentos, y de la Aca-
demia de S. Luis, le sobraba espacio, como Rector, para la
obra del Jardín Botánico, para mejorar la Biblioteca y em-
bellecer el edificio de la Universidad, para sustituir con
ventaja el libro de Gestis; como hombre de estudio, para
enriquecer cada día más su inteligencia; como colaborador
de los periódicos más acreditados, para ennoblecerlos con
sus trabajos; como poeta, para cortar; como literato, para
fundar Revistas literarias; como consejero de la Diputa-
ción, para ilustrarla en los asuntos históricos que hubo de
consultarle. Así vivió, el hombre que por desgracia, dirigió
sólo breves días la Enseñanza española, desde el elevado
sitial en que tantos servicios prestó Gil y Zarate á su pa-
tria; y así vivió con grave daño de sí mismo, pues adorna-
ban á Borao, además de sus dotes de catedrático, otras, exi-
mias para el género en que sobre las demás provincias
españolas ha descollado la patria de Blancas y Zurita tan
visiblemente, como descuellan en el bosquecillo de Mam-
mu th los altos cedros de California y en los jardines de la
Orotava, el dragonero famoso, tan venerado de los guan-
ches, cual lo fuese de la Lidia, el plátano de Jerjes. Todas
las prendas morales é intelectuales en el historiador exi-
gibles, le adornaban: — reunía en sí profundidad de ideas.
LXVI
serenidad en el juicio^ belleza en el lenguaje, maestría para
unir el principio abstracto con el hecho, el desarrollo de
éste con el de la literatura: y su pluma pintaba, como el
picel más empapado en luz, esculpia como el mejor buril.
El pudo haber producido una historia que, siendo una obra
de arte bella, fuese admirable, considerada en sus reglas
criticas y método de investigación, enriqueciendo de esta
suerte el joyero de la época de que somos hijos y que es
tan gloriosa en el linaje de estudios, á que deben un rayo
de inmortalidad, los Niebuhr, los Savigny, los Gervinus,
los hombres que han obligado á hablar á la esfinge egipcia
y al ladrillo caldeo; que «interpretando las raices aryas nos
han dado á conocer al Patriarca de la Bactriana»; que en
las márgenes del Hifaso, del Ganges, del Eufrates, de los
cinco ríos que regalan sus aguas al Indo, y sobre las rui-
nas del templo del Sol de Palmira, han reconstruido el
Oriente, con sus ciencias, sus artes, sus sacerdotes, sus sa-
bios, sus astrólogos, sus guerreros y sus portentosas é in-
mensas civilizaciones.
Sí; él pudo haber escrito la historia de Aragón al modo
de un Zurita con estilo, satisfaciendo así una necesidad,
más imperiosa, á medida que la civilización avanza, y el
mundo clásico, la Edad Media y la España que fué, remozan
en un Jordán de juventud y resultan más bellas, que las
que aprendimos á ver en las aulas. Son muchos los gran-
des días aragoneses, que no se conservan en el recuerdo
humano, con la luz que doró ó plateó su ambiente: son mu-
chas las figuras nuestras que resultan empequeñecidas, al
lado de las castellanas: abundan por ahí errores tan crasos,
como el que supone, en la canastilla de boda de Isabel I^ las
joyas con que se compró al Océano, el secreto de América.
Hace falta que no resulte humillado por una hembra en
las historias, el más grande de los reyes políticos y que
conste lo pingüe de la dote aportada por las Barras, al es-
cudo en que uniéronse, á los Leones y Castillos. Yo bien
sé que en su obra, habría sido tan visible la pasión arago-
nesa, como la de venganza en Tiicidides, la de soberbia pa-
tricia en Tácito, la de unidad italiana en Maquiavelo, la
de portugués separatista en el autor de La Guerra de Ca-
taluña, mas hubiese hecho el bien inapreciable de añadir
un peldaño á la escalinata por la que subiremos, cuando
esté terminada, á un ideal que acariciamos. El historiador
perfecto no ha existido aún. No lo fué Tucídides; no lo fué
Salustio; no lo fué Tito Livio; no lo fué el más grande de
los artífices creadores de hombres, el Shakespeare de la
historia; no lo han sido Maquiavelo, ni Hurtado de Mendo-
LXVII
za, ni Mariana, ni Voltaire, ni Thierry, ni Macaulay. Lle-
gará sin embargo un día, en que se haga la historia por la
historia^ y sin más pasión que la verdad, y la hermosura^
reteja y desenrolle la tela de la vida; y esto acontecerá,
cuando termine la tarea de investigación en que el siglo xix
está empeñado. He aquí el por qué los hombres favorecidos
por Dios con sus dones, deben aumentar el número de los
que trabajan en el campo, fertilizando con su hábil cultivo,
por los Momsem y los Gibbon. Además, aunque preciosas
las conquistas de esa crítica, de esa filología, especie de me-
diadora de la eternidad y de inclinación secreta que nos
conduce á adivinar lo que ya no existe, la historia no ha
de limitarse á ser «una pura esencia conservada en libros
sin estilo, acotada por notas y testimonios», y si ha de con-
vertirse en algo semejante á aquella ninfa eslava, aérea
al principio c invisible, hija de la tierra después y de pre-
sencia manifiesta sólo por una larga mirada de vida y
amor, es preciso, que cada vez, sean menos raras las pági-
nas, en que las virtudes poéticas estén en el grado, que en
la batalla de Cunaxa de Xenophonte, en las Horcas de Cau-
dium de Livio, en el asesinato de Roger de Flor de Moneada,
en el ataque de Monjuich de Meló y en la entrada de los
bárbaros en Roma, de Emilio Castelar.
Borao podía haber sido útil colaborador, en la empresa
de acercarnos á los tiempos en que un Tácito, superior á
Tácito mismo, componga é interprete, los elementos dis-
persos de la realidad, dando cabida á toda la estética que
admite el arte maravilloso de los Horodoto y Mariana, que
es superior á la elocuencia, en jerarquía. Cómo habría des-
crito al Batallador en Fraga, á D. Jaime en Mallorca, á don
Alfonso el Magnánimo en el Puerto de Marsella, el Com-
promiso de Caspe y las hazañas grabadas en el Tauro y el
Bosforo, el que nos retrató al almogávar, con pluma que
Panloja habría aceptado por pincel!
Ah! mucho, muy mucho perjudicó á Borao el que no hu-
biese sido la historia el centro único de sus afanes; y al
poeta (tan parecido á Hartzenbusch, en que en ambos el
ingenio y la erudición, aventajaban al estro) el haberse
empeñado en cultivar la lírica, la épica y la dramática; en
escribir lo mismo sátiras que leyendas, epístolas que ro-
mances; en vivir tomando un día la copa de Anacreonte
ornada de pámpanos y otro pulsando la cuerda profana ó
abrazándose al salterio religioso; pues no era posible que
tuviese todas las facultades exigidas para entrar, pisando
flores, en el Alcázar de Hojeda, de Calderón^ de Rioja y de
S. Juan de la Cruz. Así es que sus poesías, incluso su Ro-
LXVIIl
mancero, que es su diamante más limpio, por las altas
cualidades de historiador que á su autor adornaban, son
nada más, gallarda muestra de lo que Borao pudo haber
sido, si hubiese aspirado á merecer tan sólo, una de las
tres coronas que constituyen, el atributo de la literatura.
Lo creo firmemente. Si D. Jerónimo Borao hubiérase li-
mitado á cruzar su pecho con la estola de oro de la didác-
tica, convencido de sus nativas aptitudes para el más arago-
nés de los géneros literarios, habría aumentado los joyeles
que testifican, que si nuestro siglo, nada ha imaginado más
bello que la Alhambra, ni más sublime que la catedral de
Burgos, ni de hermosura más perfecta que el Apolo de
Belvedere, la Virgen de la Palmera y las Concepciones de
Bai-tolomé, su lírica en cambio, vence á la antigua, por lo
vasto de sus dominios, por lo delicado de la gamma de sus
variedades, por la riqueza de su métrica, de su ritmo y de
versificación, por la superioridad de sus Manzonis, Leo-
pardis y Foseólos; de sus Lamartine, Víctor Hugo y Musset;
de sus Esproncedas, Quintanas y Zorrillas; de sus Goethe,
Heine y Schiller; de sus Tenison y Byron.
Y he aquí que á Borao pei'judicó muy mucho, una de sus
más bizarras cualidades. Nadie ha empleado jamás el tiem-
po mejor, ni ha dado menos descanso y paz al espíritu y á
la péñola. Nadie le aventajó en practicar con exactitud, el
proverbio nulla dies sine linea, que esculpió en su paleta,
el pintor ilustre á quien honró Alejando, concediéndole su
esclava Cam paspes por modelo.
Fué el mayor enemigo que la ociosidad tuvo nunca; el
tipo más acabado del laborioso, del hombre útil. Más aficio-
nado á lo mejor que á lo bueno, alcanzó siempre lo mejor,
que es el obsequio con que la Providencia demuestra su
cariño, al que trabaja.
Es más necesario éste que el genio á los fines providen-
ciales de la historia. Las imaginaciones privilegiadas con-
quistan la inmortalidad en el tiempo; el trabajador, las pal-
mas de la eternidad. No, no son los siglos en que florecen
la adelfa y el mirto, los más fértiles en bienes. El áureo de
Hoi'acio no salvó á Roma; la centuria de Velázquez y de
Quevedo es una centuria de decadencia: — en cambio, han
hecho feliz á la humanidad, los que, con su perseverancia,
raspando la roca del castillo, hicieron el grano de pólvora,
que habla de destruir á éste; encontraron en el cristal una
retina superior á la retina del hombre; construyéronnos el
émbolo de la máquina de vapor, la retorta en que se des-
compone el agua y el aire, la palanqueta del telégrafo, la
prensa de Gutenberg, ^a lámpara de Davy, el ancla de la
LXIX
Niña ó las cuerdas de la nave que dobló el Cabo de las Tor-
mentas...; los que han colocado en la fachada del alcázar de
su gloria, blasones que lucen en sus cuarteles, la hoz, el
escoplo, el nivel y en su manto de armiño, las manchas del
sudor que cae de un rostro inclinado al suelo, entre las es-
pigas del trigo ó entre los racimos de la viña. No son el
pueblo y el hombre más grandes los más sabios, si tienen
dañado el corazón; ni los más heroicos, si su aureola tiene
color de sangre; ni los más poderosos, si el puño de su es-
pada es una argolla y opresor su imperio.
Hoy que no existen más clases que las definidas por las
buenas obras y por la honra y que la ociosidad es vil, el
pueblo y el hombre más grandes son los más trabajadores.
Vivir es trabajar: no es otra cosa la vida. Magnifica es la
entrada de un ejército vencedor en una ciudad: — hojas de
laurel cubren el suelo; gallardetes y arcos triunfales sin
número, se ven por todas partes; millares de cabezas apí-
ñanse en los balcones y ventanas de los edificios; y en las
calles y plazas, un gentío inmenso apriétase, cada instante
más. Generales hermoseados por las victorias caracolean
con su corcel, al frente de sus soldados ennegrecidos por
el humo de la pólvora; una lluvia de coronas y de flores cae
sobre las banderas, acribilladas por las balas; deslumhran
los reflejos del sol en las bayonetas y en el acero de las lan-
zas; millares de pañuelos se agitan; y casi apaga el ruido
que producen la infantería y artillería que pasan, los ca-
ballos que trotan ó piafan, las cornetas y músicas de los
regimientos, los carros de la cruz roja, el estridor de las
cadenas de los pontones, las armas que chocan en las es-
puelas y estribos, los burras de una muchedumbre, que
^agítase, ebria de entusiasmo. Ante espectáculo tan deslum-
brador, creéis estar en la confluencia de todos los ríos que
arrastran los caudales, en que se distribuye la existencia:
y sin embargo lo que veis son atributos brillantísimos de
la muerte.
En cambio al penetrar en una fábrica, en un día en que
los obreros descansan, las silenciosas máquinas no desper-
tarán el frenesí en vosotros, y sin embargo allí el acero
sirve al amor y no al odio, pues crea vínculos de gratitud
y lazos fraternales, entre el pobre que transforma el algo-
dón y el rico para quien es la tela. Al pensar en esto, aqui
está la vida! decís sin duda: como los que tenéis sensacio-
nes rurales, al ver en los pueblos, la ausencia de ese fasti-
dio, de esa melancolía, que proyectan los vicios sobre las
grandes ciudades, al ver la paz que existe, en la choza que
humea al caer la tarde ó en la casa cuyo vestíbulo adornan,
6*
LXX
trofeos de agricultura y en cuyas estancias os hieren el oido,
piar de golondrinas, arrullos de palomas ó percibís las
emanaciones de la alcazarra, olor á mosto, á luminoso
aceite, á higos de mieles, á sabrosísimas frutas, á vaca de
pezones ubérrimos, se os ocurre exclamar; Es cierto, como
dijo Cooper, que Dios hizo los campos y es cierto, porque
son los talleres en los que el trabajo, acerca la naturaleza
cada día más, á ser digna morada del espíritu. Los guerreros
son los protagonistas de la historia pasada, porque la his-
toria pasada, es la historia de la guerra: los trabajadores lo
son de la novísima, porque esta es ía historia del trabajo.
Y en verdad que los unos arrebatan más que los otros. Su-
blime, muy sublime es Bonaparte, haciendo lo que jamás
pudo el simoün del desierto, haciendo estremecer las Pirá-
mides y convirtiendo al Egipto monumental en adulador
suyo; y sublime, cuando asustadas las naciones de su misma
victoria, empujaron un mar hacia el Mediodía, amarraron
á una peña de él, al arbitro de las batallas, y separadas de
éste por un océano, por un cielo, por la invisible muralla
de la zona tórrida, temblaban como las olas y las escuadras
que guardaban al que tuvo su Lisipo en Canova y su
Apeles en David, al que mereció que Byron le cantase, que
Bellini le cubriese de siemprevivas la tumba y que le ad-
mirase Manzoni, especie de Rafael poeta, que condensando
en cuerdas sonoras, los rayos más dorados del sol meridio-
nal y los más dulces del sol del Norte, reconcilió en sus
versos, la encina druídica y la higuera latina: sublime la
hazaña escrita en Puente-Sampayo y en las lomas del
Bruch, y sublime Nelson el marino de táctica osada, rápida,
terrible, conocedor de todos los misterios de las aguas, en
el instante en que vestido de gran uniforme, atravesado
por un tiro del Formidable, á la vista de la escuadra aliada
en derrota y de los buques españoles hundiéndose en un
Atlántico de sangre, exclama, cerrando los ojos, gracias.
Dios miOj he cumplido con mi deber: sublime Mooltke sa-
biendo, antes de calzarse las botas de montar, que su corcel
relincharía bajo el Arco de la Estrella, y sublime Méndez-
Núñez en el Callao; sublime Skobeleff, cubierta la blanca
casaca con sus condecoraciones todas, como quien asiste á
una gran fiesta, franqueando los Balkanes, con intrepitez
digna de Aníbal, ansioso de convertir la media luna en es-
carpia de las caballerizas del Czar; y sublime Prim, hermo-
so, transfigurado, según le reproduce Fortuny, enardecido
por el espectáculo de las movibles tiendas, de las masas de
caballería, de los relámpagos de la infantería, del fuego de
las baterías, por la serenidad de los que avanzan, por el
I
LXXl
número de los que caen, por el valor de los que al ser he-
ridos, cüranse tan solo de infundir ánimos á sus comaradas,
por el aspecto de fiereza de los cadáveres, por la confusión
de los que se desbandan, por el magnetismo, en fin, de
aquella hora, en que denso el humo, copiosa la sangre,
magnifico el peligro, aun tiempo se oyen robustas voces
de mando, disparos de fusilería, cañonazos, ayes de muerte,
toques de enronquecidas cornetas, el ruido que producen
los sables al rozar en las piedras, las espingardas que es-
tallan, las balas al partir los aceros, los batallones al calar
bayoneta, valiendo él solo un ejército y un caudillo, atra-
viesa con la rapidez del rayo un suelo sembrado de valientes
exánimes, de armas, mochilas, cajas, instrumentos de mú-
sica, ruedas y arcones hechos pedazos, y espada en mano, á
escape su tordo, penetra por el reducto en que fué general
y soldado y donde la metralla respetó la majestad del héroe;
porque no era cobarde, cual el plomo de la noche, en que
las sombras envolvieron en el misteiúo el rostro de unos
miserables asesinos, á fin de librar á la historia de la ver-
güenza de conservar en sus páginas los más execrables, de
todos los nombres criminales.
Para mí es más sublime aún, el que voltea un puente, el
que desinfecta lagunas y pantanos, el que construye la
nave por medio de la que se cambia al nardo y las perlas
de los golfos índicos, por el tabaco de América y el tabaco
de América por la pasa de Málaga, llevando por doquier la
comunidad del espíritu; Eddison en su horno; Lesseps yendo
y viniendo á todas partes tan rápidamente, que no sé si él
va á ellas ó ellas al corrector del globo, ideando, soñando y
ejecutando trabajos, por los cuales le ha hecho Dios muy
de prisa viejo, para no ver ociosas á las generaciones que
han de venir, porque nada les dejaría por hacer en verdad,
si en el cénit de su juventud se hallase, el que ha abierto
puertas de bronce, en el istmo de África, á fin de que entren
en las aguas de la civilización las rojizas olas faraónicas,
que penetraron por las del infierno (i), para separar el Asia
del pueblo arquitecto y geómetra, del país del símbolo.
Aquéllos lucen aureola que deslumhra más; éstos son más
humanos y útiles. Y sin negar su importancia á un con-
quistador ilustre; á artistas de la talla de Van-Dyck ó De-
lacroix, á Reaumur estudiando en los bosques, los trabajos
de las orugas procesionarias ó á Beethoven inspirándose
en las melodías campestres, para escribir las Geórgicas de
I
(1) Puerta del Infierno significa Bab el Mandeb.
LXXII
la música; nada tiene que envidiar á la del que triunfó en
Walei-loo, ó produjo el Cuadro de las Llaves, la gloria de
aquel por quien hierven ahora en millares de pucheros,
patatas que alimentarán esta noche á sinnúmero de tra-
iDaj adores.
Por esto, yo aplaudo el encontraren las cumbres del Pin-
dó, en las colinas melancólicas del P. Lachaise, en la Aba-
día de Westm Ínter, en los templos y palacios de Venecia,
los bustos, las tumbas de los hijos más preclaros de Italia
y Francia, de la patria de Shakespeare y de la ciudad de los
Dux: yo aplaudo que nuestro siglo haya celebrado los cen-
tenarios del epigramático historiador Voltaire, de Rubens,
Petrarca, Calderón, Murillo, Santa Teresa y Sanzio: yo
aplaudo la apoteosis de Goethe en el castillo de Weimar, y
deseo que haya un día en Lisboa, un Alcázar, en cuyas ilu-
minadas paredes se contemple, en pinturas al frof^co, el sue-
ño de D. Manuel el Felis, á Adamastor cerniéndose sobre
el Cabo, la isla de Venus j los pasajes más primorosos de la
obra producida por aquel ilustre gloriflcador de la raza
ibera, que describió á lo Séneca el fuego de S. Telmo; que
en sus visiones del mundo y los planetas parece un Dante;
que guerreó en el Atlas, combatió en el Rojo y en el Pér-
sico; y que marino en Buena-Esperanza, soñador en la In-
dia, visitó casi toda la tierra; lo mismo el mundo ptolemaico
y los países que descubrió Magallanes, que el hoy tan ca-
lumniado Celeste Imperio, que opone el principio de uni-
dad al federalismo tártaro; que conoció la brújula, la im-
prenta, la pólvora, la filosofía y leyó en los astros antes que
nosotros; que con un pulso admirable ha descartado lo ma-
ravilloso de su credo; que ha dado un carácter práctico á
su moral y un carácter moral á su religión; y que haciendo
de la historia «un mayorazgo del espíritu», ha formado una
especie de tribunal ó de concilio con sus historiadores.
Pero si aplaudo el que Salamanca haya erigido una estatua
al fraile que superó en la Profecía del Tajo la horaciana de
Nereo; el que Espinel en Ronda, el Pintor de los Angeles en
Sevilla, Cervantes en Madrid, Elcano en Guetaria, Pignate-
lli en Zaragoza, reciban testimonios de cariño, consignados
en bronces y mármoles; deseo que igual acontezca á traba-
jadores, como Jacquard, Dollon y Ramsden á quienes debe-
mos, un telar célebre, la máquina divisoria y el acromatis-
mo del anteojo; como Fulton, Evans, y el Cellini y Antonio
Allegri de la alfarería, soñador en el tejar de su padre, en
el taller de un vidriero y en la iglesia de Chapelle Biron;
que aprendió solo, la geometría, el dibujo, la pintura y la
estatuaria elementales; que en el Pirineo se hizo pintor y
LXXIII
poeta, en los Alpes naturalista, en Flandes, en el Rhin, en
las comarcas privilegiadas de la Francia, extasiándose ante
los hechizos de los campos, al borde de las fuentecillas que
retratan invertido el paisaje en el bosque umbroso en que
se oyen los mimos de los alondras, al pie del roble á cuya
sombra descansa la oveja, ó bajo la parra que esconde el
establo de la vaca entrelazando con las mazorcas sus raci-
mos, convirtióse en teólogo, filósofo, político y literato; que
Platón, Virgilio, Fidias y Rubens de los obreros, un frag-
mento de Lucas Robbia le reveló un arte sublime, merced
al que nos reprodujo, la culebra dormida, el niño maman-
do, los juegos de Venus y los amores, una joven que, con
el propósito de ensenarlos á las gentes, lleva en el delantal
unos perritos que ha sorprendido en una cama y que asus-
tados sacan la cabeza, á la vez que la madre muerde el ves-
tido de la muchacha que apresúrase á tranquilizarla con
una sonrisa, é innumerables vendimias de una sencillez
encantadora, que discípulo de la naturaleza, sabio, genio de
corazón, redentor de la tierra vil, es el patriarca del taller,
el numen del trabajo manual novísimo, el alfarero de la
Odisea, de la Biblia y del Evangelio, que luchando con su
hambre, y con la incredulidad epigramática del ignorante,
invencible á los obstáculos, ebrio de esperanza con sed de
gloria y de belleza, quema su casa en su último horno, ava-
salla la musa de la inventiva, triunfa^ y símbolo de la la-
boriosidad, inventor-tipo, mártir, rival de Rousseau en sus
Confesiones, — de más precio aún que sus vasijas,— dulce,
pío, virtuoso, convierte á Bernardo de Palissy en patrono
de los artesanos y los libros de Bernardo de Palissy en Ca-
tecismo de la profesión que tiene por patriarcas á Coroí-
bus y Dibutades, su Jerusalén en la Etruria, su Atenas
en la China y su Florencia en la Arabia. Por esto, si hago
votos, para que luego, nuestra Basílica guarde, con el cari-
ño que San Sebastián de Venecia las del Verones, las ceni-
zas de Goya, á quien debe esta ciudad, entre mil beneficios,
el retrato del Duque de San Carlos, segundo milagro del ar-
te, al decir de un joven escritor (i), acordándose de que es
el primero la Infanta Margarita de Velázquez, que Jordán
llamaba el dogma de la pintura y de la que no sabía Mengs
apartar los ojos; si bendeciré el día en que reciban home-
naje B. Argensola en la Plaza de La Seo, Josef Luzán en la
de San Miguel, el Justiciazgo en la del Mercado y en el Pa-
tio de la Universidad, Zurita; apetezco que la patria por él
I
(1) El Conde de la Vinaza, en su libro inédito sobre Goya.
LXXIV
tan amada, testifique su gratitud á Borao, en un monumen-
to. Sea éste el de la colección de sus obras!; en la que co-
rresponden los sitios de honor, á las lecciones pronuncia-
das en la cátedra por el docto maestro y que alguien con-
serva manuscritas; y á una novela, no publicada aún, y que
es un venero de lenguaje, la joya de un gran narrador, de
un gran pintor, de un gran observador, de un escritor sin
mancha, capaz de cautivar á los que leen en torno de los
dorados veladores, y en torno de las camillas de tosco
pino (1).
Tanto merece aquel varón extraordinario!...
Nadie admira más que yo á la inmortal Zaragoza. Sus
hombres de foro y su claustro universitario son muy res-
petables: con las oraciones pronunciadas, en la asamblea
de jurisconsultos, que presidió el gran dialéctico Gil Ber-
ges, podría formarse un libro monumental: en sus Ateneos
y Academias, la juventud discute las tesis más graves ó se
ensaya con fortuna, en el género de Campoamor, Zorrilla y
Príncipe: las redacciones de sus periódicos, son viveros tan
excelentes, como cuando en ellas alentaba al escritor novel,
Carreras y González; empezó Cavia á mostrarnos su donaire
y geniales agudezas; Pablo Ordás su corrección; y nos re-
veló sus aptitudes prodigiosas Arnáu, orador de palabra fá-
cil, galana y florida, filósofo profundo y literato tan docto,
que conoce las literaturas eslavas no menos bien que la pa-
tria, y no menos bien que Rambaud la poesía moscovita, y
no menos bien que el Espíritu de las leijes ó la Critica de la
Razón pura los trabjos de Murray y Vaílace sobre la nación
de Pedro el Grande, y no menos bien que las de Pérez Gal-
dós ó Dickens, las novelas de Tourguenef, Pisemslky y Dis-
toyewski, por cuyas páginas circula el aire frío de las már-
genes del Volga, en las que anima el paisaje el burlaki ti-
rando de las maromas atadas á las barcazas de hielo: de las
imprentas de la capital han salido obras notables de medi-
cina, de filosofía, de arqueología, de arte, de derecho: al lado
del erudito (2), que ha rectificado los errores de los analis-
tas, sobre los orígenes de nuestro antiguo reino, encuén-
trase el que mejor escribe el cuento aragonés (3): y próximo
(1) Debo la noticia de la existencia de esta novela inédita de Borao, á
un deudo de éste, el Sr. Villahermosa, persona ilustradísima, capaz de
quilatar la producción en su verdadero precio.
(2) D. Tomás X. de Embún, autor de los Orígenes del reino de Aragón,
obra de un mérito indiscutible, que consultan los doctos y que es una
manifestación luminosa de la crítica moderna de los Dozy y Schack.
(3; D. Agustín Peiro, quien prestaría un gran servicio ú la literatura,
LXXV
al banco en que á veces estudia el anciano venerable (i), que
ha hecho de su vida una profesión de la ciencia, veis co-
piando manuscritos al joven militar (2), historiador de la
Artilleria, española en los siglos XIV y XV, Y sin embargo el
hueco que Borao dejó entre nosotros, de tal suerte no se ha
llenado aún, que á semejanza del Conde de Castiglione á la
muerte del Pintor de las Gracias, bien podría decirse:— Des-
de que está ausente del mundo el esclarecido maestro, ya
no parece que vivimos en Zaragoza.
Merece la frase el autor laureado de Los Fueros de la
Unión! El hombre de letras tiene ya carta de ciudadanía en
tierras de la fama; y el nombre del Profesor será pronun-
ciado siempre en nuestras aulas universitarias, con el res-
peto que en París, el de los doctores españoles que allí en-
señaron; en Salamanca el del Brócense; el de Lebrija en
Alcalá; el de Virués en Viena; el de Vega en Wilnia y el de
Laguna en la margen del Rhin en que se alza, una de las
más hermosas maravillas del siglo de San Fernando, San
Luis é Inocencio III, el Dante, Santo Tomás y el Giotto; del
siglo de las Partidas y de las catedrales de Toledo y Bur-
gos, sólo comparables en sublimidad á la aludida de Colo-
nia, en la que nuestro Enrique Gil, deslumhrado por la ilu-
sión de bienaventuranza que prodúcela luz penetrando por
las rasgadas vidrieras del terminado ábside, encontraba en
toda su perfección, el fausto sencillo y la solidez gallarda,
la fragilidad y la firmeza, la armonía y la variedad, la auda-
cia y el reposo.
haciendo con los muchos y buenos cuentos aragoneses conocidos, lo que
hicieron los hermanos Grimn de los alemanes.
(1) Moner.
(2) Aranlegui.
LXXVI
III
DICCIONARIO DE VOCES ARAGONESAS
D,
'oN Clarisel de las Flores, es la obra maestra de
Borao. Asi dice un joven, á quien admiro mucho, á pesar
de las diferencias que de él me separan; pues en la lite-
ratura.
Si el Rey de mi facción es enemigo,
Yo lo soy de la suya y no por eso,
Dejaré de cumplirle los oficios
Que por justicia y por honor le debo (1).
No discutiré con el Sr. Menéndez Pelayo, acerca de la
exactitud de su frase. Cómo? Gracias si comprendo lo que
escribe, el que nos persuade con su universalidad y su ros-
tro casi imberbe, de que no fué un privilegio otorgado á
otro siglo, la cuna de Pico de la Mirándola. Lo que si diré,
que este Diccionario es la obra más popular de D. Je-
rónimo.
Por una de las muchas bendiciones que la Divinidad ha
dejado caer sobre nuestra España, ciñe ésta cinco coronas,
que son el atributo de su Imperio artístico. Cinco son sus
literaturas y cinco sus lenguas, de las que hay recuerdos,
en la literatura de Castilla y en la lengua en que se gritó
tierra! tierra! j en la nave de Colón y Granada por los Reyes
Católicos, en la más célebre torre nasarita. Estas literatu-
ras agítanse hoy y viven, obedeciendo á una ley de la histo-
ria, que no contradice la que impulsa á la unidad las socie-
dades. Es muy útil excavar en las Pompeyas del pasado, en
busca de las perdidas glorias: es justo que el éuscaro pro-
cure que salga del olvido su Altabiscar y el idioma que
sirvió á Humbold para investigar nuestros aborígenes y al
que está reservado el verter luz, sobre el gran periodo de
(1) Cienfuegos.
LXXVII
las rozas hispanas, vecinas á las prehistóricas: es justo que
el gallego recuerde, el habla en que el Rey Sabio cantó loo-
res á la Virgen; se querelló Maclas; escribió Rimbaldo de
Vaqueiras; el habla que cultivaron los trovadores del Can-
cionero del Vaticano, y la poesía, que perpetúa la inocencia
infantil de la española, que vivió de niña en aquellos roble-
dales, donde la enredadera crece y las flores abundan y se
confunden en un himno, el cántico de las aves, las excla-
maciones de alegría de las danzas, los aires de la albada, de
la gaita y de la zampona, el piar triste de las golondrinas,
el arrullo de la tórtola, el sonido de la esquila del aprisco,
el murmurar de los arroyos, de las fuentes y de los folla-
jes: es justo que el astur ame el dialecto más á propósito,
para que un Meléndez empuñe la caña pastoril y celebre
las dulzuras de la vida del campo: es justo que el erudito,
en las orillas del Llobregat y del Ebro, al pie del Miguele-
te, siguiendo las aficiones de este siglo, indague el valor de
sus Jordis, Masdovelles y Ausias March, y consagre sus vi-
gilias al estudio de la lengua con que el arqueólogo dice
en Poblet y RipoU sus entusiasmos, el piadoso reza en el
templo de la Moreneta de las montañas, el artista pro-
rrumpe en cánticos, al borde del torrente de Fay ó en las
blancas cumbres del Monseny, donde acuérdasenos en la
memoria la tristeza osiánica, como acuérdasenos en la me-
moria el romance morisco, junto á la alabastrina taza de
un patio árabe ó bajo el techo de alerce, ébano, marfil, oro
y lapis-lázuli del que pendían lámparas de plata, nácar y
concha^ en la Alhambra...; al estudio de la lengua en que
el historiador, bendice á los conselleres, diputados, ciuda-
danos-guerreros, comerciantes-estadistas del país, que tuvo
sabios, cual Francisco Ximénez, LuU y el vate-peregrino,
fraile-mago, misionero en Túnez y Bujia, propagador de
una cruzada, solitario y palaciego, que se llamó Arnaldo
de Vilanova...; al estudio de la lengua que se habló en el mar
de Homero y de Teócrito, en Ñapóles, en Milán, en Cons-
tantinopla, en las aguas de Almería, en la nave de Corbera,
en las Navas, en el sitio de Granada, en Lepanto... Sí!, es
muy justo!, á fin de que recuerden la civilización y la liber-
tad, lo que deben á la Casa de los Jaimes y de los Alfonsos.
Si!; muy justo..., tan justo, como el respeto de las nacio-
nes á un pasado de gloria; á lo que le recuerde jornadas cé-
lebres de su vida; hijos suyos preclaros; sucesos dignos de
que el cincel se fatigue perpetuándolos;— á las armaduras
del Cid y Hernán Cortés; al estoque real (i), á la Barandal
(1) Así se llama la espada del Gran Capitán y sirve en las juras reales.
LXXVIll
de Rolnndo y á la espada de Pelayo ó de Suero de Quiñones;
al montante de García Paredes; á la Borgoñota W de Car-
los de V; al casco de D. Jaime el Conquistador; al manus-
crito de un sabio; á la seca paleta de un Goya; á la clave de
un Mozart; al cincel de un Cánova; al anteojo de Nelson; el
héroe de S. Vicente y Aboukir; al cuerno de caza de Carlo-
magno formado de un colmillo de elefante; á la casa de Ra-
fael en la Contrada del Monte (2); á la Peña del Amador de
Beatrice en el Adriático. Mas si tal creo, el aspirar á re-
construir literaturas, á que reverdezcan viejos laureles, á
que retoñen remozadas, aspiraciones poderosas un día, es
una utopia; pues ni los antiguos espíritus pueden renovar-
se; ni el ribereño del Miño y el Auseba. los paisanos de la
mil veces insigne Pardo Bazan y del esclarecido Aribáu,
tienen una civilización ó una idea que expresar; ni la poe-
sía brota viva y animada sino de las fibras del que siente,
llora y piensa, lo que siente y llora su pueblo y piensa su
siglo; ni se logra lo deseado por los que acuden á los Juegos
florales á ganar una rosa de jardín ó las tres englantinas y
parafraseando á los trovadores del siglo xv, lamentando el
desastre de un pasado con el propósito de restaurarlo, que-
jándose, afligiéndose sobre un recuerdo, — luto del alma,
siempreviva de algún sepulcro que esté en el corazón, altar
de adoraciones del que son incienso las lágrimas, — solici-
tando en fin, las caricias de una musa candida, melancólica,
pensativa, hermosa en medio de su dolor, coronada de flo-
res silvestres, como la Ofelia de Shakespeare. Porque el
llanto, la esperanza dulce que dibuja en el labio la más apa-
cible sonrisa, son manantiales que fluyen la leche nutritiva
y la miel dorada de la inspiración; pero un arte elegiaco,
nada más que elegiaco, es imposible. La idea de lo que fué,
jamás ha engendrado un renacimiento: si no va unida á una
gran confianza en lo actual, es estéril y aun perniciosa.
Si; jamás, jamás ha existido un arte, teniendo por única
fuente de inspiración, el dolor.
No me citéis los Trenos, páginas arrobadoras, dechados
de la ternura y la melancolía, en su belleza completa y per-
fección absoluta! Jeremías era su pueblo transformado en
hombre. No me arguyáis en contrario, recordándome los
cantos de Hungría, Polonia y Bohemia, porque la cárcel en
que éstas gimen, guardadas por cerrojos, que son imperia-
les cetros y las heridas que les causan sus grillos y el chacal
(1) Casco labrado por Benvenuto Cellini para Carlos V.
(2) Nombre de una calle de Urbino.
LXXIX
coronado, que tiene un látigo de oro por atributo de sobera-
nía, en las heladas márgenes del Neva y á la sombra de los
cimborrios de topacio de Moscou, convierten en un grito de
libertad, la memoria de lo que fueron las tres naciones es-
clavas, y sobre todo la que, madre ayer de Sobieski, llora hoy
al que poetizó sus amarguras, á Chopín el músico Benja-
mín de los desterrados. Pero entre nosotros no acontece lo
mismo. Ni Navarra, ni Asturias, ni Galicia, ni Cataluña, han
sido víctimas de crímenes, cual el crimen de que lo es la
nación Briseida, — gran maestra en el arte de morir, — que
despedazada por las uñas de tres águilas, fué un día la más
poderosa de la Europa Central y vio el estandarte blanco de
Prusia, inclinado ante su bandera en ceremonias, cual la
conmemorada en el Homenaje de Alberto de Brandemburgo
á Segismundo íl). Y no; no se encuentra en el estado de la
perspicaz raza judía, que influyó de un modo tan enérgico,
en el progreso humano, el país de los Berengueres, y que
en la F^dad Media «fué el primer Parlamento y la más alta
cúspide de la la libertad que habíase hasta entonces cono-
cidoí>; ni el sucesor de los bravos de Covadonga; ni el nieto
del vasallo de Sancho el Fuerte, biznieto del héroe de Ron-
cesvalles; ni el devoto del que simboliza la unidad espiri-
tual de España, y dio su nombre, al peregrino de Compos-
tela para que cristianizase la vía-láctea, á los que lucharon
por el Evangelio en la Reconquista, para crearles un lazo
de unión y al soldado de Alfonso VIII y Pedro II, á los Da-
vid que derribaron á Almanzor, á los sitiadores de Murcia,
Sevilla y Granada, para que su grito de combate fuese un
talismán, que les diese el privilegio del triunfo.
Todas las monarquías, — personajes de la epopeya que
tiene su inicial en la Ci^uz de la Victoria (2), — atraíanse en-
tre sí; y sucesivamente dejaron de ser, convirtiéndose en Es-
paña, en el altar en cuya presencia celebráronse las nupcias
de los Reyes Católicos. Para que alboree un Renacimiento,
para florecer una pascua literaria, necesarios son inteli-
gencias que adivinen, genios dotados del don de profecía;
Ariostos y no Petrarcas ó Tassos que escriban poemas á
Scipión y al África ó tallen un lucero vespertino, como La
Jerusalén Libertada. Lo que fué, «jamás despierta los afec-
(1) Cuadro de Matejko, premiado en la última Exposición de Bellas
Artes de Roma y que está en la Galería Nacional de Cracovia, al lado de
Las Hogueras de Nerón, magnífico lienzo del gran Siemiradski.
(2) La cruz románica de la Reconquista, forrada en oro y guarnecida
de pedrería por Alfonso III el Magno, se guarda en el relicario de la Cá-
mara santa de la catedral ovetense.
LXXX
tos que vienen á ser, como los hilos misteriosos con los
que se teje la urdimbre de la vida y se prepara á la inicia-
ción del progreso, las generaciones por venir». Histórica-
mente hablando, las nacionalidades perdidas en la antigua
Iberia, no son un dolor justo. Más aún, el trabajar por re-
construirlas es, declararse rebelde contra la historia, pues
equivale á desobedecer el código fundamental de ésta. Si
tales sentimientos existen en alguno, entienda que no pue-
den constituir un manantial del arte, pues el arte no es
hijo de lo individual y sí, en cambio, vehementisima aspira-
ción a lo general de la naturaleza del hombre, á lo futuro,
á la bienaventuradla, y por esto sus sacerdotes más legí-
timos se llaman Goya, más bien que David.
No quiero, no, el cultivo de las literaturas regionales, si
los móviles que lo impulsan, son tendencias que la crítica
considera bastardas, ó el vano empeño de continuar la tra-
dición poética del siglo de oro, de la que carecen muchas
de aquéllas, faltándoles en su virtud el arte. La literatura
catalana, por ejemplo, palaciega, erudita y raras veces po-
pular, antes de D, Jaime; con inspiración suya, mirada á
través del espíritu de las reformas del Conquistador; sin
pensamiento nacional, aunque originalisima, en Lull y
Muntaner; imitadora hasta la segunda mitad del siglo xv,
en que recibe los efluvios de la musa de Castilla; no tiene
savias, sino para producir épocas que, cual las de los Con-
sistoiHos y el Gay Saber, dejen tras sí máximas de retó-
rica... «Los Quintilianos nunca han sido anuncio de gran-
des períodos en la Literatura».
Todas las poesías regionales uniéronse; las obras escri-
tas en el habla de Serveri de Gerona y Guillermo de Berga,
en que fueron traducidos los amadores de Laura y Beatriz,
en que cantaron los que obedecían las Leys de amor de
Moliner, enriquecieron el tesoro literario de España, que
empezó á considerar tan hijos suyos, al que le legase el Ri-
mado de Palacio y á Juan de Mena, como al triste Rodrí-
guez del Padrón, y ál esclarecido numen (i) Benjamín de
aquel mo:so dignísimo de mejor fortuna y de padre más
manso (2); y desde el siglo xvi, el arte de Castilla, no ex-
presa una particular cultura, sino la del país que aprisionó
al monarca más caballeresco de su época; que limpió de
piratas las olas mediterráneas, eclipsando con este triunfo
(1) El Marqués de^ Santillana llama á Ausias March, gran trovador g
varón de esclarecido ingenio.
(2) El P. Mariana, refiriéndose al Príncipe de Viana.
LXXXI
la fama del rival de César; que luchó en Mulberg; que fa-
tigó los tornos, labrando fajas para sus caudillos.
Pero si asi pienso, aplaudo el que por otros motivos, se
cultive la lengua de las Cantigas y sobre todo la lengua de
la Corona de Aragón. Una lágrima que sonríe placentera
produce siempre, la memoria del hogar bajo cuyas vigas
resonóla voz de nuestros padres y hermanos: irresistible
impulso induce á las familias á recordar su casa solariega,
con altivez ó con la modestia que Quevedo, en su célebre
epigrama (i); á las entidades á no olvidar sus pragmáticas;
á los países á celebrar sus fechas memorables; á los indivi-
duos (2) á amar la lengua de su niñez, y sobre todo si es la
de los que formaron con sus picas, después de Guadalete,
el Ararat de acero en que salvóse el arca de nuestra liber-
tad, de las leyes, culto, y literatura cristianos, ó la del Al-
tabiskarco cantúa, ó la que escuchaba el peregrino en sus
noclies de vela, junto al sepulcro de Santiago. Y si á esto
se añade, la justicia con que, nacionalidades enemigas de
la uniformidad y de la centralización, buscan por el camino
de oro de las letras, lo que otras corrientes no les procu-
ran, el vivir bajo el imperio de la ley de unidad y de la ley
de independencia, se comprenderá cuan nobles son los afa-
nes del compatriota de Rosalía Castro y de los que, en la
falda del Tibidabo, se consagran á salvar el habla de sus
abuelos, de la triste suerte, que ha cabido á muchos dialec-
tos de la Edad Media.
Pero, ni el que escribe Espinas, Follas e Frores, ni el
discípulo de Aribáu, alcen pendón para derogar la ley sa-
pientísima, que crea y destruye en provecho de los hombres;
no esperen resurrecciones que no sucederán, al borde de
los sepulcros en que yacen sus literaturas amadas; que el
restaurador, á lo sumo puede producir, un instante litera-
rio. Sin vida pública, el catalán y el gallego no han recibido
la influencia que los hechos generales y la marcha de la
civilización ejercen en las lenguas, amoldándolas á nuevas
tendencias é imprimiéndoles novísimos caracteres. El es-
(1) Es mi casa solariega,
más solariega que otras,
pues por no tener tejado
le da el sol á todas horas,
escribía Quevedo, recordando la suya, en el delicioso valle de Toranzo.
(2) De guía me sirve, el magnífico discurso leído en la Academia es-
pañola por el Sr. Balaguer, ilustre hermano en las letras, de Federico
Mistral. Aprovecho esta coj^untara para ofrecer el testimonio de mi ad-
miración cariñosa, al gran historiador y poeta.
LXXXII
critor moderno no puede hablar como el del siglo de oro,
cuyo dialecto perdióse para siempre: la musa de aquel Par-
naso, no es la de la centuria actual, porque no es posible el
emanciparse del gusto de la época de que somos hijos; ni
más allá de sus fronteras hay fuente de inspiración al al-
cance del genio. El hombre de letras, el erudito, el sacerdote
de Apolo, trabajen enhorabuena por conservar todas las
glorias de las literaturas. Que no haya en España lengua
señora y lenguas esclavas! Que el que pulsa su harpa en la
margen de la ría de Pontevedra ó del Turia, y escribe en
bable, el dialecto más rico para expresar los placeres de la
vida que han descrito, pintado y reproducido mejor que na-
die, el Cisne de Mantua, Watteau y Bellini; — que el triun-
fador en el moderno Consistorio, especie de Compostela
catalán literario, cuyos santiaguistas se nombran Aribáu y
Bofarull, Clavé y Balaguer, Forteza y Llórente, Permanyer
y Querol, Rosselló y Blanch, Milá y Cortada, F. Soler y Pe-
layo Briz; que el vate regional, en suma, inspirándose en lo
que fué y será, cante la historia, la bondad y la belleza, pre-
séntenos al hombre más digno de Dios cada día, «pueble los
corazones de esperanzas, la inteligencia de presentimientos
y de propósitos la voluntad», aceptando á este fin todos los
materiales necesarios al arte para cumplir su misión altí-
sima! Sea asi el guardador del canto de Lelo ó de las pasto-
relas y vaqueiras de la tierra de Payo Gómez Chavino y
exprésese en la lengua «del Poema del Cid refrendado por
Cervantes, en la de la Crónica de Jaime el Conquistador
legalizada por Ausias March, en la de las Cantigas visadas
por Camoens», que son los breviarios con que entrar pode-
mos, en la Iglesia de las letras españolas. Y el vate y el pro-
sista trabajen sólo por conservar la lengua de sus padres,
aprendiendo la lección que Bofarull ha dado, en su Crónica
de Mun tañer. Y procediendo de tal suerte, procederán como
buenos, porque útil es el guardar el habla de Saavedra Fa-
jardo y Hurtado de Mendoza, y asimismo todas las varieda-
des engendradas por el eterno y múltiple desarrollo de la
vida, pues lo contrario sería rebelarse contra las leyes so-
ciales. «El querer suprimir lo vario porque lo uno existe,
equivaldría á suprimir las naciones, porque existe la huma-
nidad; y es imposible un elemento tan idéntico á si, que en
su desarrollo no produzca lo diferente»; que vasallos son el
el Universo y la historia de la unidad y la variedad; y como
el Universo y la historia, las lenguas. La de la ciencia sub-
dividióse en innumerables dialectos, en la dorada mañana
de la perenne juventud del alegre país, que perfumaban la
miel del Hibla y el tomillo del Himeto: Roma no pudo con-
1
LXXXIII
seguir la unidad en el orbe délas letras, pues según obser-
va nuestro TuUio(l), Tertuliano trasciende á África, Sé-
neca á cordobés y en los epigramas de Valerio, se ve un
hijo de la ciudad segada á flor de tierra por los siglos, en el
collado Bámbola y un patavino, en el suave, honesto, y elo-
cuente historiador, que escribió sus narraciones, con le-
che pura y candorosa. Dice con acierto D. Víctor Bala-
guer: — Es ley natural que las sociedades humanas estén
sometidas á la de unidad y á la de independencia; mas no se
olvide que la unidad, no evitando el Scyla de lo uniforme,
conduce á la servidumbre hierática y la independencia, si
no huye el peligro de las profanaciones del derecho, cierra
entre sus brazos,
llamas, dolores, guerras,
muertes, asolamientos, fieros males.
Si esto es innegable; y la armonía como la variedad, un
precepto necesario de vida; si forman la personalidad Es-
lado las personalidades provincias; éstas desaparecen, al
caer en el señorío de aquélla; y literariamente, si su habla
nativo es objeto de bruscos atentados en su dignidad. El
herir la de las lenguas regionales, es sangrar la lengua pa-
tria, que será más eximia y de salud más firme, cuanto más
eximia y más en salud estén aquéllas, á semejanza de lo
acontecido en otras órbitas, en las que el poderío y el amor
patrios, hállanse en razón directa, del amor local y del po-
derío provincial. Lo confirma la historia. España dio ejem-
plo de un delirio sublime, cuando Cataluña renovaba en
los collados del Bruch la hazaña de Leónidas inmortalizada
por el Tito Livio de la Pintura francesa,- el gran David;
cuando Aragón eclipsaba en las tapias de Zaragoza la fama
de Sagunto y de Cartago; cuando Bailen y los Arapiles
daban su nombre á batallas tan célebres, como la de Mara-
tho en los anales griegos, la de Farsalia en los de Roma,
las de Poitiers y Simancas en la Edad Media y en días más
próximos á nosotros, las del Careliano, Pavía y Waterloo.
A las lenguas locales, es adonde ha de ir la oficial, en
busca del modismo que necesite para agraciarse ó embe-
llecerse. En modo alguno á las extrañas; á las de genio di-
verso! En modo alguno á la que hablaron Boileau y Balzac,
como es costumbre; pues si la lengua de Boileau y Balzac,
al decir de Voltaire, es una pobre orgullosa que lleva á mal
la socorran con la dádiva más humilde, tiene que ser muy
(1) Emilio Castelar.
LXXXIV
avara en las suyas! El ilustre Jovellanos, que pensaba de
este modo, ideó el formar un Diccionario bable y aun trazó
el plan de él, ávido de acaudalar el idioma en que escri-
biese, el Delincuente Honrado, el Pelayo y el Informe sobre
la Ley Agraria. Y con idénticos anhelos produjo Borao este
libro. Propúsose en él, dar á Castilla, aquello en que Ara-
gón la supera. Propúsose, el alejar de todo impulso á ha-
cerse tributaria del extranjero, al habla de Lope, Tirso, Gra-
nada y Solís, obsequiándolo con vocablos que, siendo pro-
pios, fuesen nacionales. La donación no podia resultar ofen-
siva, pues la procedencia de un agasajo, en nada disminuye
el mérito de la grandeza que contribuye á aumentar ó á for-
mar, como en nada disminuye la grandeza de la corona de
Francia, Inglaterra y Austria ó el cetro de Rusia, el que el
Montaña de Luz, el Regente, el Orlovv, la Estrella Polar ó
el Gran Duque de Toscana, fuesen hallados lejos de París,
del Támesis, del Dniéper y del Danubio.
No, no se desdora la lengua de Cervantes, porque reciba
de Aragón palabras que carecen de traducción castellana:
de no aceptarlas, se priva de poder expresar muchos con-
ceptos, como los contenidos en atreudar, ceprenar, esterna,
y encalzar (i)^ redolino, ultranza (2) y zunzir (3).
Y no sólo no se desdora, sino que le aconsejan la acepta-
ción del tributo, el sentimiento de nacionalidad y el pa-
triotismo, con tan varoniles caracteres revelados entre
nosotros, pues el mismo móvil, la misma inspiración hay
en la lengua del L¿6ro de trovas del Rey D. Dionis, de las
Cantigas, del Cancionero de Baena, de las obras del Rabi
D. Santo, de las Luisiadas de Camoens, que en la de los
hermosos romanceros, y de la poesía cortesana y popular
de Castilla.
No se olvide que en la lengua y literatura de ésta influ-
yeron la lengua y la literatura regionales y singularmente
las de Cataluña y las del país que tiene su Pelayo en Al-
fonso Enríquez.
No se olvide que las producciones del donoso y travieso
Arcipreste de Hita, las estrofas de Alfonso Alvarez de Vi-
llasandino, los dezires de Micer Francisco Imperial, los
versos célebres del Condestable D. Alvaro de Luna, El Des-
dén con el Desdén y El Examen de Maridos, piedras son del
(1) Ambas se leen, en los Privilegios de la Unión.
(2) Úsala nuestro Zurita, frecuentemente.
(3) Véanse las Notas del discurso de recepción, en la Academia Espa-
ñola, del elegante historiador de los Trovadores.
LXXXV
alcázar de las letras españolas y que en tales monumentos,
visible es la huella del numen de la región, que fué centro
de júbilo y de prez y de cultura.
No se olvide que Castilla adoptó por hija á la poesía pro-
venzal y se sirvió de las cuerdas lemosinas para levantar
el espíritu público; que antes del libro de los Reys d' Oriente
suena en la patria del Cid el laúd venido del Ródano, cuyo
laúd gozó de gran privanza en las cortes leonesa y caste-
llana; que un Trovador provocó el estusiasmo á favor del
sitio de Almería y dio en la Piscina origen al sirventesio,
que otro trovador saludó á Sancho III, no bien éste se
hubo sentado en el trono^ y otro lloró la rota de Alarcos y
otro predijo el triunfo de las Navas; que Alfonso VIII y
S. Fernando vivieron rodeados de cantores y el Rey Sabio
tensionó con ellos en su habla, les llamó a sus consejos,
les otorgó la más hidalga hospitalidad.
No se olvide el carácter de la poesía castellana en su
niñez, que justifícanos, el que haya en el Diccionario de la
Academia muchos vocablos de Provenza y muchos castiza-
mente catalanes.
Y, por último, no se olvide lo que las letras y la lengua
de Castilla deben á la Casa de Aragón. Y si esto es así; si
los ideales á que responde y traduce la lengua nacional
son los ideales á que responde y traduce la éuskara ó la
gallega, á la eufonía, á la propiedad del idioma conviene,
el que trate de enriquecerse, buscando medio de expresar
con concisión, los conceptos para los que le falta palabra.
¿No las tiene, comprensivas de dar en enfiteusiSy caer el
rocío, recibir un golpe en la cara con herida? Pida á Ara-
gón, á Galicia y á Asturias sus verbos atreudar, orballar y
afrellarse, de purísima fuente y de fisonomía castellana.
La vida provincial favorece á la nacional, porque no es
negación del carácter de los individuos la unidad política.
Riquísima en oposiciones y diferencias, en virtud de su
mismo principio, armonízanse éstas.
Ahora bien, del mismo modo que la vida provincial y
aun la municipal es de justicia disfru-ten de todos sus de-
rechos, bajo las leyes de la armonía y dentro de la unidad
en que viven, si hemos de tener poesía, lo es, el conservar
las preciosas variedades del habla español. Más aún; si han
de ser perennes las privilegiadas cualidades de éste, es
preciso que no pierdan las suyas los en que se quejó Ma-
clas y gritó desperta ferro el almogávar sacudiendo sus
armas en las rocas al dar la señal del degüello, pues el
gallego tan tierno, el bable tan dulce, el valenciano tan
músico, el catalán tan vigoroso y onomatopéyico, el éuskaro
LXXXVI
ton primitivo al proporcionar al idioma de CasLilla los vo-
cablos que le falten, le comunicará sus particulares virtu-
des, aumentando así las que á éste caracterizan, inclusa
su majestad histórica. Cuidando el ingenio laureado en
Vigo ó en Barcelona su lengua, se favorece d la en que
escribió Valora Pepita Jiménez ó el Drama Nuevo Tamayo,
el Andrés del Sarto de los poetas del día, pues senaa errori
pudiera llamársele, y á la en que Castelar, el hombre de
letras más grande de los modernos tiempos, pronuncia
discursos en los que el castellano vence en flexibilidad y
riqueza al Edipo y á los Diálogos de Platón.
En catalán hablaba Capmany, cuando nos hizo el pre-
sente regio del Teatro critico y Aribáu cuando fundaba la
Biblioteca de Autores Españoles, que adornó con prólogos
elegantísimos y correctos; en gallego^ hablaba Pastor Díaz
cuando leía sus admirables lecciones "sobre el socialismo,
y en gallego habla la escritora (i), que tiene en la república
de las letras, la jerarquía de la Arenal en las ciencias so-
ciales; el éuskaro habla el autor de páginas de color de
cíelo y con olor á rosa, y el bable hablaron el cantor del
Pelayo y Martínez Marina y Caveda y D. Pedro J. Pidal;
como en valenciano habló siempre Aparisi,el orador dulcí-
simo, cuya fantasía denunciaba que nacido era bajo un
empíreo más azul que el más azul del Dominiquino, que es
el pintor de los empíreos hermosos; en la floresta de Espa-
ña, que estimula al lirismo y á la armonía; cual estimulan
á la poesía espiritualista las márgenes de las lagunas de
Escocia ó los canales de Holanda, y á inspirarse en los
hechizos de la naturaleza, el valle del Yúmuri, en el que la
tierra es azúcar, la catarata del Niágara inmortalizada por
Heredia, los países en que brotan la flor de la pina y la flor
del café, que han tenido en Plácido su Rioja. Decidme ¿á
quiénes deben más gratitud que á los enumerados, la sin-
taxis y analogía espaíiolas? Algo parecido interrogaría, si
me refiriese á Olivan, recordando su admirable discurso
sobre el uso del pronombre el, ella, ello; á Carrascón, re-
cordando su Loca drl Vaticano, que vale lo que el mejor
Lorensana; á Valentín Gómez, recordando sus castizas pá-
ginas y ¿por qué no contarle en el número, si por tradi-
cional derecho nos pertenece? al Duque de Villahermosa,
recordando su versión del poema sublime de la Agricultu-
ra, las Geórgicas de Virgilio.
Los cuatro se han servido en las conversaciones familia-
(1) Pardo Bazán.
LXXXVII
res (y ved si han prestado servicios alas letras) del modis-
mo aragonés; en el que hay la complexión y la contextura
intima de la madre, que en el modismo nacional;— del mo-
dismo aragonés puro, que en buen hora recogió Borao.
Y llegado es el momento de preguntar; ¿las peregrinas
originalidades lingüísticas que D. Jerónimo reselló en el
cuno moderno, merecen prestigio y ser erigidas en pala-
bras españolas? Veámoslo...
Antiguo y natural es el deseo de conocer los orígenes de
la lengua del que esparcía los ánimos con las sales de Bre-
tón; del que manejaba mazo y escoplo, á la vez que pluma
de primorosísimo corte; de Echegaray; del biógrafo de Jo-
vellanos, y del orador insigne por quien ha eclipsado la
fama de los Rostros, la tribuna de López y Olózaga. Los ce-
rebros de centros y ejes más admirables, se han afanado en
su busca; y desde que el canónigo Aldrete dio á la estampa
su notabilísima obra, ningún filólogo, ningún literato na-
cional ó extranjero, ha dejado de consagrarse, á hallar las
fuentes de los idiomas de este país, y sobre todo las del ro-
mance castellano, con el ardor que los exploradores del si-
glo XIX trabajan por sorprender, en las áridas montanas de
la Luna, ó en las calcinadas márgenes del Niger, los miste-
rios del gran geroglífico del planeta, los misterios de la
Libia.
Este ya viejo anhelo, responde á la necesidad más impe-
riosa, pues en España, es tal el vínculo que une la lengua
y la historia, que el sabio, en esas peregrinaciones por los
campos de la investigación que se llaman estudio, en esas
ascensiones de la mente á las cumbres de la verdad, no
puede moverse, sin que le sirvan de Beatriz la una ó la
otra.
País hay, según observa el ilustre Fernández Espino, en
que el idioma salió perfecto de las manos de sus Dantos y
Bocaccios, mas el romance, cercado en su espíritu de gra-
ves perturbaciones, resintióse de las contrariedades de su
origen y tuvo muy accidentado desarrollo.
Múltiples teorías, que contradícense entre si, ha produci-
do el indicado afán. El admirador de las fe9undas é influ-
yentes civilizaciones de Grecia y Roma, vio en el castellano
el sello de la lengua de Píndaro y Tito Livio, y el arabista,
el hebraizante, vestigios orientales: quién como Huerta,
Salcedo, Larramendi, y el traductor de La Divina Comedia
en el siglo xv, ciegos á la luz de la razón y de la historia,
otorgaron la maternidad á la vascuence; y quién á las teu-
tónicas, como Munarriz y Sismondi. Ninguno de estos es-
critores ha dado en el blanco; ya porque al formar sus jui-
LXXXVIII
cios, olvidáronse del carácter del latín ó del árabe, ya por-
que no entrai'on en el laberinto de los idiomas á que per-
tenecen las múltiples huellas que descubrimos en el nues-
tro, con el hilo de Ariadna que sólo es posible hacer, citan-
do de comparecencia á los pueblos propietarios de aquéllos.
Y tampoco han dado Valdés, Morales y Cobarrubias, ni el
mismo Aldretc, ni ninguno de los que, en las últimas cen-
turias, buscaron las fuentes de ese Nilo de la ciencia filoló-
gica que se llama romanee de Castilla, siquier les deba-
mos rayos de luz tan preciosos que parecen soles; por ha-
berse olvidado también, de las dificultades con que hubo de
luchar para formar su lengua, la nación más hermosa del
mediodía, y de comparar los elementos que formaron la
cultura que lleva el nombre de ella. En los romances de Es-
paña, según creen muchas celebridades, hay memorias de
todos nuestr-os primitivos pobladores, sin que hayase po-
dido determinar, con exactitud matemática, qué parte se
debe á quién. Sígase la opinión del Humbold de la antigüe-
dad ó la de Antonio Agustín, Lastanosa, Franco, Ustarroz,
Dormer, Albiano de Roias, Huerta; la de los doctos, que en
las monedas autónomas encontraron preciosas revelacio-
nes, es innegable, que en los tiempos que caen del lado de
allá de las colonias griegas y sirofenicias, existían en el país
ibero, todos los idiomas que en él se necesitaban; cuyos
idiomas, de Índole y caracteres desconocidos, adulteráron-
se, al sentir la influencia del de las gentes, que fueron lle-
gando á nuestras playas. Cuál de los primitivos preponderó,
no es fácil terminarlo. Juan de Valdés, Mayánsy Velázquez,
fijándose en la estructura léxica de los antiguos nombres
de algunas ciudades y comarcas, ríos y cabos, dicen que el
griego, olvidándose de que la soberanía de éste, no pudo ser
la que se supone, ni aun siendo verdad, lo que afirman Es-
trabon (1) y Ausonio (2); porque los milesios, zacyntos y fo-
censes, tuvieron en el interior de España, rivales poderosos
que modificaron con su habla, el del territorio por ellos ocu-
pado; y porque en el trozo del litoral, en que extendióse su
dominación, ejerció predominio la tiria, vigorizada después
por la cartaginesa, que vino á enriquecer el elemento orien-
tal, ya iniciado en la Península.
Convertida en provincia latina la venerable madre de Vi-
(1) Según Estrabon, tuvo escuela en la ilustre patria de los Séneca y
Lucanos, Longevo Domicio y Esquilino.
(2) Según Ausonio, estableciéronse en Espuña muchos retóricos grie-
gos, que difundieron por doquier, las aficiones literarias.
LXXXIX
riato, tras una lucha cuya grandeza cansaría la mano de
cien Horneros que intentasen cantarla, la religión, las cos-
tumbres, las leyes, las artes, las letras, pasaron á ser pa-
trimonio de los vencidos y la magna obra que en éstos pro-
dujo Roma con su cultura, pregónanla, las inscripciones,
monedas y epitafios que hasta nosotros han llegado; y ade-
más, un F^orcio Latron!, maestro de Floro y Ovidio; un Junio
Galion!, el dulce entre los cordobeses ilustres, al decir de
Estacio; un Hyginio!, que mereció el epíteto de PoUhistor (D;
un Séneca!; un Quintiliano!; hombres como el autor De re
rústica, ó como el poeta de la Farsalia. Natural parece, que
se reflejase también en el habla de los moradores del país
más épico de la historia, la influencia de la augusta ciudad
del Capitolio.
Los doctos antiguos compruébannos, las observaciones
que arrancan de los hechos. Estrabon añrma, que cuando
visitó las Españas, encontró en ellas las costumbres de
Roma; que casi todos los pueblos que las formaban habla-
ban el latin, resistiéndose á darle hospedaje en sus breñas,
algunos del Norte, César, en una Asamblea que hubo de ce-
lebrar en Córdoba, habló y fué comprendido por los hijos de
la Bética; cuyo aserto (2) confirma Aulo Hircio Pansa (3), el
cual nos dice, que el héroe de Munda, si sirvióse siempre
de intérpretes, para sus arengas (4) de las Gallas, no los ne-
cesitaba en la Península, donde habíanse quebrantado
conscientemente, las leyes de la Ciudad de las Siete Colinas.
Y si á estos testimonios se añade, el de la carta de Pollion
á Marco TuUio, el bosquejo de Amiano Marcelino de las
costumbres en el suelo santificado por las cenizas de Nu-
mancia y lo aseverado por el Livio de Talavera en una de
sus páginas, creeremos por mil motivos, lo que la filosofía,
la literatura, la arqueología y la historia, atestiguan con
sus especulaciones y monumentos, á saber: — «Que al esta-
blecerse el Imperio, era hablada aquí por la generalidad la
lengua del Lacio»; — lo cual no debe maravillarnos, porque
según observa un escritor insigne, dadas las relaciones es-
(1) Discípulo de Cornelio Alejandrino, mereció el sobrenombre mis-
mo que éste. •
(2) Libro II, De Bello Civilu
(3) Lugarteniente y continuador de César. Parte de la arenga de éste
á jos sevillanos reprendiéndoles por sus excesos, la conocemos por ha-
bérnosla conservado aquél.
(4) César nos manifiesta en sus Comentarios, que no podía hablar sin
intérpretes en las Gallas.
tablecidas entre el Capitolio y la Iberia, partícipe ésta de
los honores y derechos de aquél, llamándose ciudadano ro-
mano el hijo de Itálica desde Marco Aurelio, obligando la
dominadora lüel orbe á sus magistrados de España á que
nunca hablasen ni permitiesen instrumento público sino
en latín, natural es que se generalizase éste, donde se alzan
las columnas de Hércules y estuvo el límite de la tierra. Sí,
la lengua del Lacio hablábase en este país general y no
universalmente, según piensan muchos y entre ellos un
sabio académico, pues como dice Amador do los Ríos, el
considerar por una parte las frecuentes alusiones que
hacen, ya los poetas, ya los tribunos, ora los historiadores,
ora los geógrafos, á ciertos lenguajes de la Iberia y el re-
parar por otra en la imposibilidad de erradicar absoluta-
mente con la fuerza de las armas y la tiranía de la polí-
tica, los idiomas, antiguos en tan vastas regiones, inducen
á contradecir al docto Martínez Marina.
En Silio Itálico, se lee,
Misit dives Gallcecia piibem,
Barbara nunc patriis ululantem carmina lingiüs:
Éstrabon dice, que el turdetano hablaba á su manera y que
los españoles tenían la suya, aunque no todos la misma:
Tácito nos refiere, que un rústico de la España citerior,
gritó en el tormento, en lengua patria, que jamás descu-
briría á sus cómplices: Plinio, al clasificar las piedras ricas
empleadas en los anillos esci'ibe, Hispania vocat, Hispanice
appellant: de Ennio son aquellas palabras. Híspeme non
Romane niemoretis loqui me y Corduhce natis poetis pingue
quiddan sonantibus atque peregrium, de Cicerón; el orador
forense, académico y político, de fama más universal; el
primer escritor de los siglos, después del jefe de la Acade-
mia; el que en el libro II de Divinatione, aludiendo al tono
y á la pronunciación de las palabras que constituían en la
Península sinnúmero de especies de dialectoé, observa que
los nacidos á este lado del Pirineo serían incomprensibles,
si en el Senado hablasen sin intérpretes; induciéndonos á
creerlo Marcial en su epigrama.
Nos celtis genitos, et ex Iberis,
Nostrce nomina, duriora térra;,
Grato non pudeat, referre versa.
Estas autoridades; monumentos arqueológicos, entre los
que figuran tres bronces de Tiberio, acuñados en Emérita
Augusta y los Vasos Apolinares; y el vascuence; nos atesti-
guan que hubo distintos lenguajes en la Iberia, aun en la
XCI
época imperial. Además la razón comprende, según dice el
docto Fernández Espino, «que las Españas, por más que el
idioma oficial fuese en ellas el latín, no habían de perder el
nativo; que esto tenía que ser obra del influjo de las cien-
cias y letras y del transcurso de los años». Y si Roma, den-
tro de sus sagrados muros no logró la unidad que en el si-
glo actual es aun un sueño, ¿había de conseguirla en las
comarcas más apartadas del Tíber? Siguiendo la opinión de
Marina, creo que el latín, «fué hablado por la generalidad
de los moradores de la Iberia y empleado en los documen-
tos que se referían á la administración y al gobierno, á la
religión y á la política», mientras cubrió este suelo, la som-
bra de la higuera de Rómulo; y siguiendo la de Amador de
los Ríos, que ni fué universal, ni popular en las Españas,
aquella lengua; tan olímpica en las Oraciones del rival de
Hortensio; tan casta, tan candorosa, en las églogas del can-
tor casi cristiano, que mereció tener de rodillas sobre su
sepulcro á San Jerónimo, ser invocado por el Dante y dor-
mir bajo las ramas de un laurel plantado por Petrarca.
Y es acaso la madre de la del Romancero, el Laberinto, el
Quijote, El Mejor Alcalde el Rey, y El si de las Niñas? Difí-
cil es la contestación, pues no siendo matrices ninguna de
las que concurrieron á formarla, si deseamos ver las prime-
ras ondas, ola á ola y vallado tras vallado, hay que subir las
largas sinuosidades del rio de los tiempos, hasta los conti-
nentes en que crece la flor del loto y tiene sus alcázares,
una lengua que, hermana mayor de las indo-germánicas, es
la llave que abre la puerta del viejo templo del arte antiguo:
la Sánscrita, en la que tenéis obras que, encerrando una
faz del pensamiento del hombre, no valen menos que la
Riada; que las Teogonias de aquel Hesiodo, cuya cuna ro-
deaban las abejas atraídas por la miel que destilaban los
labios del niñoU); que la epopeya que resume con esplen-
didez, la moderna literatura y desposa con anillo de dia-
mante celeste, la musa clásica y el espíritu cristiano.
Si, la sánscrita, sin la que no es posible el estudio críti-
co y comparado de las europeas: la sánscrita, elevada á la
jerarquía á que de derecho le corresponde, desde que obtu-
vieron la de ciencia, la filología y la lingüística: la sánscrita,
con la que, exceptuando la misteriosísima del monumental
Altabiskarco cantúa, tienen semejanzas de vocabulario y or-
ganización todas las de Europa y principalmente, según el
^ (1) Los primeros comendadores de Hesiodo relatan este prodigio poé-
tico. Lo mismo refieren los de Lucano, del autor de la Farsalia; y lo mis-
mo se ha dicho del Dante y de otros muchos.
XCII
inolvidable Canalejas, el griego, el gótico, el slavo, el celta,
los dialectos teutónicos: la sánscrita, de la que nacieron el
púnico, la arábiga, la hebrea, las hablas indo-scitas, pues el
filólogo y la etnografía han confirmado las declaraciones de
Josefo, Meleagro, Gadareo, S. Agustín, Prisciano y del rabi-
no español Moseh-ben-Mayemon, el Águila de los doctores:
la sánscrita, como indica de un modo vago y creen resuel-
tamente Khalproth, Saint-Bartelemy, Calmííerg, Fauriel y
otros. Tal es la madre del latín, al que transmitió voces,
construcciones gramaticales y desinencias, como le trans-
mitió el ario directamente y por medio de la lengua de Si-
mónides, Saffo y Eurípides, raíces y espíritu. El sánscrito,
no el celta, según cree Funcio, ni la hebraica, según dice
Ogelio, engendró la del Lacio; que no es mixta, cual asevera
la doctrina abanderada en Nieburh. He aquí la abuela vene-
rable del habla del Romancero y del Alcalde de Zalamea,
toda vez que ésta, según acreditan todos los léxicos, proce-
de del latín y el latín del sánscrito. Sí, la lengua de Castilla
procede de la en que se escribió la Eneida: ved su árbol ge-
nealógico. Es innegable la existencia del sermo rusticus y
del urbanus y la del provincial y eclesiástico, los cuales, por
diverso impulso, modificaron el idioma en que Lucrecio
describió la Sicilia, el Herodoto patavino produjo páginas
que destilan abundantísima leche pura y candorosa y Ho-
racio, el jovial Horacio, el poeta predilecto de la vejez, rióse
de los vicios de los demás con delicada gracia. Y es que el
poderío de Roma no pudo impedir en sus vastos dominios
los cambios en la pronunciación y la sintaxis.
Que existían las clases de latín indicadas, ahí están di-
ciéndolo las producciones escénicas de Planto y las palabras
rústicas citadas por Suetonio: ahí. Cicerón, al quejarse de
los muchos que en la Ciudad hablaban tan incorrectamente,
que parecía la suya, diversa de la lengua docta. Es por
demás sabido: el pueblo no siempre comprendía en Roma el
latín literario. El Cardenal Bembo, señala á maravilla, las
alteraciones de vocales y consonantes, en la pronunciación
del campesino y provincial de Italia. Sólo doce letras con-
servan el aire original en nuestro alfabeto, según Lebrija.
En las ordenanzas dadas á Coimbra por Alboacem y en las
Etimologías, existe la prueba de cómo el viejo y rudo sermo
rusticus, iba absorbiendo al clásico. Mas, no adelantemos
ideas.
La latina, primitiva en el ciclo moderno, y sintética, es
fastuosa, de una variedad de flexiones inagotable; de una
comprensión que pasma; de un artificio en su sintaxis, me-
recedor de estudio. Su declinación, la más delicada; sus
XCIII
conjugaciones, la envidia de las demás; y su hipérbaton ma-
ravilloso, concede al escritor libertad amplia.
A medida que sucédense las edades se transforma; se
introducen cambios en sus letras y la confusión en sus
tiempos; se vulgarizan las termin-aciones; — en una época,
dibújanse en ella, al lado de los propios, los caracteres na-
cidos de la lucha entre patricios y plebeyos; en otra se la ve
vivir, obedeciendo á una ley suya é influida por el idioma
de Demóstenes; en el Siglo de oro adquiere canon y en el
Imperio ve descomponerse los signos representativos de las
ideas, cual si fuese una verdad, como Tiraboschi ha dicho,
que en el propio ser del habla que tuvo su cénit en las
Geórgicas y el último de sus hombres en Rutilio, está el
germen de su decadencia. Que en Roma, donde la separa-
ción de clases la determinaban distancias tan visibles, como
la que media entre la cumbre del Capitolio y la cumbre del
Aven tino, hubo sernio rusticas es evidente;— y cuando se
lee á Plauto y á Terencio; cuando se recuerda el sinnúmero
de palabras castrenses que alojáronse en la lengua popular
del Tiber, al avencindarse en las orillas de éste los vetera-
nos, que habíanlas traído, cree uno ver idiomas diversos
dentro de las sacras murallas romúleas. El vencedor de Ac-
tium, en sus aspiraciones á la unidad, á la vez que reúne á
todos los dioses en el Panteón que Miguel Ángel, levantara
más tarde á los aires, convirtiéndolo, allí, en corona del tem-
plo universal y eterno del culto de Cristo, apetece que to-
dos le comprendan; y multiplica el uso de las partículas,
convierte en más clara y jovial la lengua de los arvales,
preparándola á recibir el espíritu analítico de las moder-
nas. Sí, había el latín rudo de la casa del plebeyo, de los
campamentos, de la ergástula; en cuyo latín, la pronuncia-
ción, la conjugación, la declinación y las desinencias esta-
ban atormentadas; sufrían las alteraciones que denuncian,
las voces que ha conservado Aulo Gelio.
Vasallo aquél de la ley de la transformación, modificóse
por particulares motivos, en cada uno de los países que con-
quistó ó colonizó Roma. Esta, al difundir por doquiera su
cultura, según dice muy bien Humbold, impuso lo que siem-
pre fué, «el vehículo y el símbolo de la civilización»; y es
frase de Borao. Mas la política indicada no se generalizó,
hasta los días del Imperio; y el Senado ni logró siempre
romper la tradición lingüística en los pueblos sojuzgados,
ni al apoderarse de un país le arrebató su índole y aire na-
tivos. «Lo que sí en cambio hizo fué, aumentar con sus le-
gionarios y colonias militares, las causas de corrupción de
la lengua».
XCIV
Ahora bien; por irrecusables autoridades sabemos, como
recuerda Canalejas, que los hispano-latinos eran objeto de
punzantes sátiras por sus voces provinciales; que los bar-
iDarismos galos ó célticos movían á hilaridad; que el len-
guaje culto hallábase en estado mísero al otro lado de los
Alpes; que á Cumas, tan próxima á la ciudad de los Césares,
no se le concedió el latín, hasta tiempos en que ya tiritaba en
el éter la amarillenta estrella vespertina del antiguo mundo:
y no olvidando que existían el ibero, el púnico, el galo, el
celta, en las comarcas aprisionadas por las águilas del Tí-
ber, se creerá con S. Jerónimo, que en las Españas, en las
Galius, en África, la pronunciación y la expresión del Lacio
recibían el cuño de los hábitos y tradiciones del suelo que
hubieron de regar con su sangre los héroes más sublimes;
del que sombrearon los druídicos bosques talados por las
hachas de César; y del de encendidas arenas sobre el que
nació San Agustín y meditó Plotino; se descubrirán, to-
mando por guia á Ampere y Cantú, galicismos é italianis-
mos en los autores de los días imperiales; se dirá con Cas-
telar que los versos de Lucano huelen á Abril de la sierra
de Córdoba y los de Marcial á Calatayud.
Si las leyes fonéticas varían del Septentrión al Mediodía,
del punto cardinal en que nace el sol, simulando una rosa
de luz, al en que se pone, simulando un ígneo carbunclo; si
el carácter de la raza influye en las creaciones de los pue-
blos y díganlo si no el Orlando y los N¿ebelu7igen, los cuadros
de ziirbarán y los de Teniers, el S. Isaac de Moscou y el
Campanile florentino, las puertas de Guiberti, e\ plato del
lagarto de Palissy ó las estampas de Rembrandt; si la índole
de la inspiración española es la misma en todas las edades;
en la que Lucano describió el bosque Marsellésyen la que
Góngora produjo la canción á S. Hermenegildo; en la que
Marco Valerio pintó la felicidad de la vida con los iris de
una moral consoladora y apacible y en la que Argensola
censuró los vicios de la Corte; en la que Columela escribió
su Huertecillo y en la que Rioja inmortalizó la rosa y la
arrebolera en sus silvas; ¿cómo el latín no había de modifi-
carse, según los caprichos de la lengua, genio y raza del
país, que dio al Imperio, el emperador más grande, el retó-
rico más insigne, el filósofo más profundo, el vate más ver-
dadero, el más amargo de los satíricos, el epigramático sin
par? El grado en que este cambio se verificó, se sabrá, el día
en que la crítica gane la confianza de los monumentos ar-
queológicos; el día en que salgan de su mudez, medallas que
son un misterio todavía; y se conviertan en descifrados, in-
descifrables alfabetos primitivos.
xcv
Porque hoy, ignórase qué es, el sello que cierra esos ma-
nantiales de la antigua historia; no tienen aún la categoría
de doctrina de fe, las investigaciones geográflco-ibéricas
de Humbold; los libros de Fauriel están sometidos á un
análisis, que ha de decirnos, si lo que supone de los iberos
y ligurios es una verdad; el vascuence sigue siendo un
enigma; la lengua y la literatura eúskaras, aunque con
personalidad en el mundo, merced á los lauros conquista-
dos por sus vates y á las tareas de un Moncault, de un Lu-
chaire, de un Hubbard, de un Luciano Bonaparte, de un
Larramendi, no han cumplido, no han podido cumplir á
esta hora, las promesas que nos hiciese el sabio P. Fita,
al disertar sobre el monumento palpitante é indestructible
de la i'aza occidental más perfecta; más allá de \a influen-
cia púnica y de la influencia del noble país, en que canta-
ban con inimitable dulzura los ruiseñores, sobre el sepul-
cro de Orfeo, no se ve bañada por la luz del mediodía, toda
la Península; las frases de los escritores citados no son tan
dogmáticas que excluyan la discusión; y los estudios de los
celtas, y de nuestros aborígenes, no han granado, en la es-
tación en que nos encontramos.
Fáltanos, pues, lente seguro para mirar el encarnizado
duelo entre la lengua de Boma y las hispánicas, mientras
la ciudad de los Scipiones pugnó por domeñar al país de
hijos de hierro y entrañas de plata. Y fáltanos medio de
saber la pronunciación, las inflexiones, la sintaxis á que
tuvo que someterse y que tuvo que aceptar el Lacio. Lo
que sí se reconoce es, la influencia semítica, efecto sin
duda de la vida que esta lengua alcanzó en las Españas se-
gún Heeren; — influencia que es visible con claridad, en el
territorio comprendido entre el Anas y el estrecho de Ca-
des, por los estudios de Bartelemy, Duteus, Gesenio, Hoppe,
Renán, Swinton; de españoles como Bayer, Marina y Conde;
de portugueses como Sousa; los cuales (y lo mismo puede
decirse de los Herder y los Dozy) son los patriarcas de la
filología moderna. Lo que sí se reconoce es, la influencia
helénica y basta para ello con ir de Marsella á Sagunto. Lo
que sí se afirma es, que la estela púnica, no estaba borrada
en el tercer siglo, por dos razones que da un eiBpañol res-
petable, y que arrastran el ánimo al convencimiento. Ul-
piano (1) enumera varios actos que el hijo de África y las
Calías podía redactar en galo y en púnico; y que éste exis-
tia en la quinta centuria, en el continente de los desiertos,
(1) Lib. XXXII, Digesto.
XCVI
lo prueba un sermón del primer luminar de la Iglesia
latina, el sublime San Agustín. Si el púnico existía en
África, en la época del Obispo de Hipona, no es de presu-
mir que estuviesen borradas sus huellas, en las Españas
de los siglos I, II y iii (i).
El latín eclesiástico convirtió en analítica la lengua lati-
na. El ajó los hechizos de la prosodia y sintaxis de César;
él destruyó el arte del Cisne de Mantua; él descastó la frase
elíptica y destruyó el hipérbaton maravilloso de las pági-
nas pensadas á la sombra de los limoneros de Túsculo.
La claridad, impuesta como un deber sagrado á los San-
tos Padres, dice un escritor insigne, trocó en naturalidad
la elegancia cortesana del período construido, al modo pre-
dilecto de Quintiliano; y el léxico cristianizóse, por las
necesidades de la nueva religión y del nuevo culto.
Y he aquí, que si á la averiguación del origen del ro.-
mance castellano no será fácil llegar, mientras con enojo
de la lingüística, de la historia, de la filosofía y del arte,
esté caído de la gracia entre nosotros, el estudio de Sans-
crit, no sucede lo mismo, respecto á la causa próxima de la
formación de aquél, después de los trabajos de San do val,
Aldrete, Sarmiento, Velázquez, Vargas Ponce, Mayáns, Pe-
llicer, Nicolás Antonio, Amador*de los Ríos, Monláu, Ville-
maín, Sismondi, Puibusque, Dozy, Ticknor, Fauriel, Cir-
court, Puymaigre y cien doctos más, que nos han dado (no
juzgaré si con acierto ó sin él) la filiación de cada uno de
nuestros giros, de cada una de nuestras frases y aun de
cada una de nuestras palabras.
Antes que las águilas del Tíber anidasen en las Españas,
en días cuyo sol anubla el sonrosado celaje de la fábula,
gentes diversas arribaron á la Península. Ni la venida de
Tubal, en que creen Florían de Ocampo, Mariana, Masdéu,
y otros; ni la de Tarsis que supone la Biblia; ni el reinado
de los Geriones; ni los hechos de Tearcon y Sesac; ni las
hazañas de Hércules; ni la expedición de Nabucodonosor,
pregonada en la Edad Media por árabes y rabínicos, que
creyeron bajo la fe de su palabra á Megásthenes, citado por
Josefo y Estrabon; tienen los quilates de la verdad incues-
tionable, en la balanza de la crítica. A pesar de la sabiduría
de los Mohedanos, los estudios acerca de las primeras co-
lonias, no corresponden á la nobleza del afán de los filólo-
gos y etnógrafos, que se han fatigado, preguntando á los
silenciosos y remotos tiempos por su vida.
(1) Canalejas.
XCVII
Sábese, sí, ya por Boscho y Plinio, ya por Avieno y Es-
trabon; ya por los que, como Velázquez, han arrancado de
las antiguas medallas, alfabetos de signos desconocidos; ya
por los que, como Mendoza, han ilustrado dólmenes pre-
ciosos...; sábese, si!, que á la Península regada por el aurí-
fero Tajo y el diamantino Ebro, llegaron celtas, sármatas,
asirlos, zacyntios, los de Samos, los messanenses, los fo-
censes, los rodios, los gálatas, l>os curutes, los iberos orien-
tales, los persas, los lacedemonios, los tirios y los de Car-
tago. Ignórase en qué comarcas se establecieron; qué ciu-
dades fundaron; qué religión, qué leyes, qué lenguas eran
las suyas. Sin duda no llegaron á ser pueblo las tales gen-
tes, pues para constituirlo, necesaria era la unidad en lo
que tan diversos aparecían: cada uno trajo sus creencias,
sus hábitos y costumbres y el idioma de su país natal;
transparentándose, á través de las sombras de la época en
que se enterró la raíz de nuestra civilización, dos elemen-
tos que predominaban sobre todos: — el oriental, represen-
tado por los que hablaban «los elípticos dialectos de la len-
gua de Moisés y Jeremías»; y el occidental, por los que se
expresaban en indo-scita y en el habla fastuosísima del
país en que cimbréanse aún, en el Eurotas, las cañas de
Eurípides y arrullan en las adelfas las palomas blancas que
tiraban del carro de oro de Venus y llevaban la ambrosía
de Júpiter, al verso de AnacreonLe. Sin negar el poder de
la doble influencia, bajo la que nace nuestra cultura, en
virtud de una ley racional, como la que decretó el duelo á
muerte de las dos razas rivales que cruzaron sus aceros en
Zama, los españoles que, desde la época más remota, te-
nían distintos lenguajes y venían mereciendo el título de
doctos, «sin abandonar su lengua materna, guardaron las
costumbres de sus padres»; y el túrdulo, según Estrabon
refiere, venerando sus ritos, continuó consagrado á la cría
de rebaños; el morador de Tartéside conservó sus sacrifi-
cios nocturnos, el lacedemonio y el lusitano perpetuaron
sus bárbaras y supersticiosas ceremonias; y el montañés
septentrional rechazó todo lo que proceder pudiese de aque-
llas primitivas colonias, que si proporcionáronnos la si-
miente que fructificó, en el proceso de los siglos, ni crea-
ron la unidad, ni produjeron más obra que la de modificar
y amansar un tantico, las costumbres de los rudos natura-
les de la Península
La transformación fué más trascendental, ya que no
completa, cuando desprendióse al abismo en el cielo de
Zama, la estrella de color de sangre, del primer genio es-
tratégico que nunca ha peleado; del que abriéndose paso,
XCVIII
por entre las nieves, los hielos, los torrentes, los precipi-
cios de los Alpes, envuelto en densísimas nieblas que cega-
ban á sus ojos el día, rodeado de privaciones, horrores y
muertes, gana la altura, baja al llano, vencedor de peligros
tan sin número, que á pico hubo necesidad de abrir vere-
das para que marchasen los elefantes, siega en Trebia, Tra-
simeno y Cannas la flor de los patricios, y abandonado, sin
otro sosten que su propia alma, rodeado de los enemigos
más poderosos de la tierra, vive en Italia dieciséis años
derrotando ejércitos, y sólo la abandona cuando por salvar
á su patria tiene que trasladarse á África, á reñir, en una
hábil batalla, de importancia militar, por una causa ente-
rrada ya, en una batalla histórica, en los campos de Me-
tauro, donde en la cabeza de Asdrúbal, quedó decapitada la
esperanza del que se suicidó en la Bythinia, por haber sido
más grande que Cartago.
La transformación fué más trascendental, repito, cuando
los hijos de Japhet vencieron á los de Sen en las Españas
renovando el cuadro, al que sirvieron de fondo los dramá-
ticos muros de Troya.
Si ninguna de las lenguas de los pobladores aludidos,
ganó el derecho de conquista en la Península, de todas ellas
quedaron palabras, frases y modismos, visibles en nuestros
días. Porque las indígenas es innegable «que superaron á la
victoria de las águilas del Tiber y coexistieron siempre con
la dominación derivada de esta victoria». El geógrafo más
grande de la antigüedad nos dice, que en su tiempo, tribus
enteras de Etruria se expresaban en etrusco y que seis len-
guas se hablaban en la Iberia: en oseo representáronse las
farsas atelanas para divertimiento y solaz de los jóvenes
patricios, hasta la época de aquel emperador que saluda
Rodrigo Caro con los epítetos de pío, felice y triunfador:
bilingüe apellida á un pueblo de la Apulia, el inmortal
autor de la Epístola ad Pisones y trilingües á los marselle-
ses S. Jerónimo: y la historia, en muchas de sus páginas
tiene referencias á esos idiomas indígenas ó á los que resul-
taron de las naturales alteraciones con que el labio rústico y
provincial pronunciaba el latín...; el latín!, con el que tiene
aire de familia tan conocido el castellano, como entre sí, el
válaco de la antigua Dacia y el habla en que escribió Bocac-
cio, el libro; tan gracioso como verdadero, según una frase
pontificia, en que dio sepultura á la mitad teocrática de la
Edad Media; el habla en que inmortalizó á Laura, aquel so-
litario de Vallclusa que lo fué todo, amigo de los Collonnas,
abad de muchas iglesias, Canónigo de Santa María de Avig-
non, y lo que vale más, primer Pontífice de la lírica.
XCIX
Si, porque interrogando á la mente, después de leer á
Humbold, el Prólogo al Diccionario de Larramendi; á Erro,
los catálogos de Aldrele, lo investigado por Mayáns, se de-
duce, que en nuestra lengua, hay palabras de todos los pue-
blos, que hospedáronse en la Península, dominando la la-
tina por las causas apuntadas y por la amistad literaria y
religiosa que desde el siglo del autor eximio de la ciudad
de Dios unió á los Obispos de la Iglesia española con los
de África; pues ésta, que era entonces un vergel frondoso
de cultura, transmitía á nuestros padres su amor á los Ho-
racios y Tibulos, y de la eficacia de sus tareas son inmorta-
les testimonios los nombres de los Latronianos, Orosios y
Dámasos; el de un Yuvenco, autor del venerable libro His-
toria evangélica; el de un Osio, el Padre de los Concilios;
el de un Prudencio, vate tan sublime, que Villemaín le
pone por cima de todos los líricos que floreciesen, hasta la
centuria del Dante. Y como si España se romanizó, por las
razones que Borao patrocina, y en el grado dicho, el habla
de los pueblos conquistados no se perdió, ni quedó ente-
rrado, cual sucediese al mármol de Laocon; al ver el sernio
rusticus, el provincial y el cristiano, descomponiendo el
idioma sintético, haciéndolo analítico y dando margen á los
vulgares; señalando á la románica española decimos, ved
una hija del latín y de la lengua natural de los vencidos;
del latín y del espíritu de raza. Aquél y ésta lucharon con
el encarnizamiento que el numantino y Scipión; en cuya
lucha ganó el pueblo y fué su idioma el de los grandes li-
bertos del imperio, un idioma cristiano. Mas no pisemos
fuera de la senda por la que el latín llegó á ser romance
indeclinable, sin voz pasiva, necesitado del artículo, rudo,
tosco, sin armonía.
No ha faltado quien, olvidándose de la ley apuntada, ha
supuesto que la razón del fenómeno está, en que las neo-
latinas se derivan de la mezcla de la gótica y la romana,
pero les desmiente el trozo del Evangelio traducido por Ul-
filas que poseemos, pues supera al latín, en hipérbaton y
declinaciones. Tampoco ha faltado quien suponga, que es
el español rama del tronco provenzal, olvidándose de que
hay quien asegura, que la lengua de los trovadores, no se
habló hasta el siglo xiv y que Carlo-magno, cuando nece-
sitó maestros para sus escuelas, tuvo que buscarlos en Ita-
lia. Muchos con Muratori han creído, que el cambio fué
obra de las irrupciones del Norte; cuya teoría rechazan hoy
los críticos, ya porque la lengua de los bárbaros carecía de
vigor para troquelar, ya porque la heráldica no ve en los
bl asones de la civilización moderna que sea la encina de la
Germania lo que está en el centro...., la encina de la Ger-
mania!, que por otra parte ocupa un sitio principal. El bár-
baro no es eljiot lux de la cultura moderna, según dice un
hombre de grande autoridad, en los estudios crítico-históri-
cos. Recorrió las hermosas campiñas de la Italia; penetró
en Roma; subió á lo alto del Capitolio á esparcir por el
orbe, el resplandor siniestro de su incendiaria tea; mas
avasallado por la superioridad espiritual y por el saber de
los vencidos, abandonó sus dioses y sus costumbres; em-
pezó á hablar el latín y alguno de ellos á escribirlo, como
Jornández, y de la herrumbre de su origen, sólo quedaron
para memoria,' los nombres de los caudillos y los gritos
guerreros de la irrupción, conservados en la lengua vul-
gar. Donde se despeñaron cien torrentes de sangre huna,
todo fué posible á Carlomagno, menos el formar una gra-
mática teutónica; y en España, el Visigodo no logró siquie-
ra, la unidad nacional.
Si la Iglesia fué un cielo de mil soles, recuérdese que tal
aconteció, cuando la mitra y el báculo eran hispano-roma-
nos. En cambio degradóse bajo la dirección visigoda. He
aquí la historia dando un mentís á Muratori. Y por no ser
menos la ciencia, hace lo mismo. Cada pueblo bárbaro tenía
su habla, tan peculiar suya, como sus tradiciones:— ¿bajo
qué canon, interroga con oportunidad un docto, había de
efectuarse la transformación del latin y qué lengua fué la
corruptora? — Es indiscutible; el espíritu romano destruyó
la influencia germánica, desde el primer instante, como la
Iglesia llamó á sí las almas y las almas acudieron; y la raza
latina dio visceras á la civilización y á la historia moder-
nas. Hojead y os convenceréis, á Idacio, Amiano-Marcelino,
Casiodoro, Boecio y Gregorio Turonense. Y por otra parte,
dejad á un lado la teoría de los que creen en lenguas euro-
peas intermedias: observad el parecido de familia entre el
léxico de las latinas y el léxico de la de Roma; la semejanza
de la gramática de España con la del Lacio; y concluiréis
por decir, que la tradición lingüistica conservada en nues-
tro suelo y la ley general que le obliga á pasar de sintético
á analítico, son los únicos elementos transformadores del
idioma, que huele á salvia y á rosal de Psestum, en las
Geórgicas.
He indicado antes que el Visigodo, casi no dejó huella de
su dominación en nuestra patria. Es ley universal en la his-
toria, que si á un conquistador supera en cultura el que es
vencido, ríndele éste, con las armas de su ilustración, por
lo que el pueblo de los Suintila y Leovigildo, tenía que ser
moral é intelectualmente subyugado, á pesar del muro de
CI
bronce de la ley de raza y de la ley de propiedad, consigna-
das en el código escrito á imitación del de Teodosio, en mu-
chas de sus páginas, y en el que se retrata con fidelidad, la
conciencia y el espíritu del vencedor de Vándalos, Alanos
y Suevos. Ley de raza!; ¡ley de propiedad! En su fondo se ve
una sombra; y es, el alfanje que ha de triturar y conver-
tir en arena del Guadalete, la pedrería de la corona de
Ataúlfo...
A la venida de éste, desaparecen las artes; las ciencias y
las musas toman asilo en sagrado; poco á poco, los oprimi-
dos, con sus historiadores, teólogos, filósofos y literatos,
asombran al triunfador, le esclarecen y suavizan el espí-
ritu, le seducen con su grandeza; y convirtiéndose, por su
misma superioridad, en firmes columnas de la España visi-
goda, consiguen su primer triunfo en el tercer concilio to-
ledano; en el que, proclamada la nueya fe, el óleo de Reca-
redo debilitó las costumbres septentrionales y convirtió en
monumentos, las ruinas clásicas. San Leandro, á quien
pertenece la gloria de haber preparado la proscripción del
arrian ismo, proclamó la unidad del lenguaje de la Iglesia;
San Isidoro, fijó en éste las reliquias de la cultura antigua;
y desde entonces, «todo testimonio público, religioso ó ci-
vil, breviarios, libros litúrgicos, dogmáticos, místicos, de
polémica, códigos eclesiásticos, rituales, himnos, inscrip-
ciones, epitafios, leyes militares, aparece, se formula y se
redacta en el idioma que, aunque decadente, conservaba
los esmaltes de la literatura de Propercio y Ovidio.
Al abjurar el visigodo la herejía de Arrio, hablaba una
lengua, bien diversa de la hispano-latina, anatematizada
en el concilio; y que dejó de ser escrita, porque las llamas
devoraron todos los libros contaminados con el error, en
hora tan bárbara, cual las déla intolerancia de Almansury
Cisneros y la en que el árabe cegó el canal del Nilo abierto
por Adriano: y... no digo, incendió la biblioteca de Alejan-
dría, porque el hecho no está de todo punto comprobado.
El visigodo convertido, así como conservó la dominación
política, continuó hablando la lengua de Ulfllas, deposita-
ría de las Sagradas Escrituras y de las tradiciones guerre-
ras del invasor escandinavo... del Ulfllas! que sustituyó los
idólatras caracteres rúnicos con los de su nombre y que
compuso el célebre alfabeto, cuyos signos son parte grie-
gos, parte latinos, parte greco-latinos y parte originales.
En la Janda fué, donde por serlo todo el monarca, des-
apareció un pueblo: en la Janda fué, donde se borró la ley
de la propiedad y de la raza: en la Janda fué, donde al per-
der Rodrigo la vida, el cetro, el caballo y la herradura de
8*
cu
plata (le éste, perdióse una lengua tan distinta del latín,
como la letra ulfilana y la isidoriana.
Siendo una verdad la separación entre vencedores y ven-
cidos y que al asentar aquéllos su dominación en la Penín-
sula, había en ésla despojos de las lenguas indígenas, es
natural, como dice Amador de los Ríos, que el latín no pu-
diera ser hablado por visigodos y romanos cual en los días
del Imperio. Desde la confesión de nueva fe de Recaredo, el
sacerdote católico aficionóse al estudio de la antigüedad, y
aflciónanse, asimismo, un Bulgarano; un Sisebuto, de decir
elegante, protector de las letras, doctísimo y que si no de
la Vida de S. Desiderio Mártir, según creyó Mariana y ne-
garon Nicolás Antonio, Fabricio y Ambrosio Morales, fué
autor de las ocho cartas publicadas por Flórez; y un Chin-
dasvinto, el primero de los Mecenas, quien por la escogida
biblioteca que formase, ocupa un solio de oro en el Alcázar
de nuestra civilización.
Sí, el primero de los Mecenas; porque si Augusto lo fué
del Cisne de Mantua, Luis XIV de Boileau, Julio II de Ra-
fael, María Teresa, de aquel Metastasio que recorrió, im-
provisando versos, las calles de Roma, á fin de ganar pan;
Chindasvinto lo es del más glorioso de los episcopados y de
los que personifican la ciencia de la Iglesia, después del
autor de las Etimologías, — Tajón, Eugenio y el ilustre San
Braulio. Ved lo que contribuye á que sea tan brillante el
ocaso de la lengua latina, en el que es visible el contorno
del antiguo españolismo y el del goticismo moderno.
Con el libro monumental de S. Isidoro, se demuestra que
había en España idiomas que, aun sin ser escritos, influ-
yeron en la corrupción de la lengua romana, á pesar de los
esfuerzos de la Iglesia y de los sabios. Idólatras del senti-
miento de la libertad, y de la personalidad los conquista-
dores, rasgaron las leyes de la Gramática: si en sus cos-
tumbres romanizáronse y con alegría de las artes e?céni-
cas consagraron, al parecer, la lengua del Lacio, la pureza
de ésta desfloráronla sobre el tálamo en que había muerto,
la señora de las gentes. Triunfadoras las tradiciones clá-
sicas, el latín absorbió los restos celtíberos; «hablóse en los
los concilios y escuelas clericales y monásticas»; fué el
único idioma escrito en la Península; influyó soberana-
mente en el hablado; mas si buscáis la integridad y nitidez,
que tuvo en los hexámetros de la Eneida.... desistid de con-
seguirlo. En resumen:— poco sensibles á las elegancias y
bellezas de la cláusula ciceroniana los bárbaros, más lógi-
cos que artistas, destruyeron el hipérbaton, en el que es-
triba el secreto de la energía que admiramos, en la más cé-
I
ClII
lebre de las CaUlinarias y en la descripción del Incendio
de Sagunto de Tilo Livio. Y no quedó en esto, el daño cau-
sado á la lengua de Polibio y de Tácito, pues suprimidas
las declinaciones, el uso más frecuente de la preposición y
el nr líenlo, produjeron embarazo en la frase y sequedad en
los sonidos. Poco dio en verdad el visigodo á los españoles;
ningún timbre indeleble pudo imprimir, en el genio de
nuestra lengua. Y el Oriente? Los que no ven en la Tabla
Redonda y en Sto. Grial, sino una copia servil del ciclo
de Kai Cosroes y de la copa de Yemsid, contestan que le
debemos todo; y nada, muchos escritores de la época mo-
derna.
Si hojeáis las páginas cristianas de los ciclos medios, ó
las en que Tupin habla del rico ídolo del Profeta que se
guardaba en Cádiz; el Román de Mahomet; la canción de Ro-
lando; las leyendas fabulosas que nos pintan á Gerbet y á
Silvestre II, descubriendo, por un conjuro, un áureo palacio
alumbrado con luz fascinadora por un carbunclo; os asom-
brará la larga ignorancia en que la Europa ha vivido, res-
pecto á la religión y costumbres del vencedor de aquena
España visigoda, cuyo fausto en palacios y templos prego-
nan, el libro de S. Isidoro y la Perla de las maravillas (i),
Almaccari y Bayan-Almogreb, Ebn-Hayan, y Aben-Adhari;
del que entró á saco en el Alcázar de Toledo; apoderóse de
la mesa de Salomón, de ciento setenta coronas y diademas,
de un Psalterio de David, escrito en hojas de oro, con letras
yunanies y agua de rubí disuelto; y envió al Califa treinta
carros de plata y todo linaje de pedrería. La ciencia de la
actual centuria ha probado, que la lengua castellana, hija
de varias influencias y de entronque latino, tiene deudas de
gratitud con la semítica, y que ningún sello de este nom-
bre y sí enlaces indo-germánicos se advierten en ella, antes
de los cartagineses.
Son los semíticos, idiomas de las razas monoteístas y los
indo- germánicos, de carácter más subjetivo aún, de los
pueblos que llenan de divinidades el cielo, la tierra y lo
profundo, como aquel cuyos atributos de gloria son, la vieja
lira homérica, el pincel de Apeles, los cinceles de Fidias y
los libros de Platón ó de Xenophonte.
Aquéllos tienen una sencillez perfecta; éstos la fastuosi-
dad, la complicación necesarias, para expresar la riqueza de
la fantasía humana, lo más recóndito clel espíritu, las más
abstractas y profundas percepciones del entendimiento. La
(1) Ebn Alvvardi
CIV
influencia semítica apuntada, se debe al púnico, traído por
Cartago; á la lengua del que dio el alfabeto á la Grecia y
que es hija de la que, en su alefato simbólico, encerró una
serie de ideas profundas con su principio lógico; á la que en
fin contribuyó á que la romana, no fuese universal en la Ibe-
ria. Mas, la causa formal del semitismo español, está, en que
dieciséis centurias fué nuestro huésped el judío; el judío!,
cuya historia social y literaria, es por fortuna, conocida hoy.
Si recordáis lo preceptuado en Iliberisy en Toledo, á par-
tir del tercer concilio; las persecuciones decretadas per Si-
sebuto, Wamba y Egica; el papel que los errantes hijos de
Jerusalén desempeñaron en la conquista musulmana; las
hogueras á que se les arrojó por nigrománticos, en 845; la
inhumanidad de las leyes, que en el siglo xi no considera-
ban crimen, el asesinato de un hebreo; las escenas san-
grientas, inauguradas en 1108, que espantan, lo que la no-
che lúgubre de S. Bartolomé y las Vísperas Sicilianas; si
recordáis que tras los días del sabio Conquistador de Mur-
cia, en que lograron merecer respeto y los de Alfonso el del
Si'iado y Pedro el Cruel, en que figuraron en la corte y en
la política, vinieron las matanzas decretadas por la Casa
bastarda y fi'atricida; convendréis en que el judío, reducido
á condición servil, blanco del odio, no ejerció poder social,
ni literario tampoco, pues no produjo creaciones popula-
res:— cultivó entre los árabes orientales y los ulemas cordo-
beses los estudios misnáticos y talmúdicos^ cuya vocación
siguió manifestándose en las Academias de Toledo, de la
centuria decimotercia. Inmortal será siempre, sin embar-
go, la literatura rabino-castellana, de carácter científico
principalmente; pues sus páginas astronómicas, teológicas
y médicas son en ella las de mayor mérito: la literatura cu-
yas glorias se nombran Isaaque, Maimonides ó como el que
por su Kusari mereció una rama de encina, y por sus ver-
sos, que escribiese Heine, «si tuviese el Nartecio que halló
Alejandro entre los despojos de Darío y donde encerró la
Iliada, no pondría allí la epopeya homérica, sino las perlas
que Jehudaben Halevi de Toledo lloró por la destrucción de
Jerusalén; perlas de llanto que engarzadas en el áureo hilo
de la rima, en la fragua sonora de la poesía, resplandecen
en un himno»: la literatura de Josef-ben-Abitur, Isaac-ben-
Giat, Abraham y Moisés-ben-Esrá, Moisés-ben-Na-chman
y Gabirol, que es á la vez, un filósofo más castizo que Séne-
ca y tan grande como Plotino; un sabio en quien mucho
aprendieron Alejo Venegas y el Dante; una de las honras
que más deben envanecer á la capital de Aragón, si lo que
Moser asegura, es cierto.
cv
Ah! y qué hermosa es la florescencia de la cultura rabí-
nica en la Edad Media, ensalzada por Munk, Franck, Sachs,
Geiger, Cassel y Amador de los Ríos!.... Pero circunscribá-
monos á los siglos XII y xiii y sentemos, que exceptuando
la de la Astrologia de Aben Hezra, están en latín todas las
traducciones de las obras judaicas de aquellas centurias;
y que en la época de Alfonso X, el rabino «no pretendió
avezar á los cristianos, á los giros y maneras orientales:?>.
Volviendo los ojos ahora á tiempos que quedan muy atrás,
reconozcamos que el semitismo que latía bajo la armadura
de oro y hierro romano-gótica, favoreció la propagación de
la lengua arábiga, la cual encontró dos obstáculos: — el
cristiano sometido, y el que afilaba sus espadas en las peñas
de las cumbres septentrionales. Por espacio de algún tiem-
po, el erudito cordobés y el que moraba en la benigna ribera
de Sevilla, consagráronse al estudio de los idiomas del
Oriente; pero álzase el calvario, que el mozárabe tiñó de
color rojo con su sangre y «se apaga aquella artificial cul-
tura». Esto de un lado, y de otro, el odio mutuo entre el
astur y el sarraceno y los elementos indígenas, depositados
en las cuevas de Asturias, hacen que en las letras latino-
eclesiásticas, que en la que entonces era capullo de la cas-
tellana ó castellana en la niñez, existan muy contadas se-
ñales del influjo oriental.
Sí, porque el soldado de la Cruz, en los albores de la Re-
conquista, aborrecía la civilización infiel, sólo por serlo,
pues ni la conocía ni lo deseaba. Empezaron á verla los cau-
tivos y rehenes, llevados á la corte de los Califas; y ocasio-
nes de que aconteciese lo mismo á otros cristianos presen-
táronse, cuando D. Sancho de León, en 960, fué á Córdoba,
en busca de Médicos, ó cuando Alfonso el Grande de Astu-
rias, llamó á su corte á dos sabios muslines y les encomendó
la educación de su hijo; todo lo cual no fué bastante, á lle-
var el polen de la ciencia del Mediodía al Norte, pues lo su-
cedido con Gobmar (i) fué una excepción.
A partir de la centuria undécima, debieron estrecharse
las relaciones entre la España del Evangelio y la España del
Corán, pues el conquistador, al convertir en templos de su
fe las mezquitas, trasplantaba, sin darse de ello cuenta, á
su campo, raíces de la cultura arábigo-española. Los mu-
sulmanes que no huían de las ciudades desalojadas por las
huestes de Santiago, y el muzárabe, doctísimo en letras
(1) Este Obispo de Gerona, escribió en árabe, una historia de los fran-
cos, que dedicó á Haken II, cuando era príncipe.
CVI
orientales, que la Cruz encontroba en los baluartes enemi-
gos que hacía suyos, contribuyeron á extender la cultura
meridional por \us fajas frontei^isas, teatro de las más en-
camisadas luchas que sostuvieron los soldados de Cristo y
los soldados de Mahoma, y en la indicada tarea tomaron no
escasa parte los judíos de las tierras de la media luna. ... los
judíos! de rica vida intelectual, que poseían tan á maravilla
la lengua del Yemen, como los rotores más célebres del
Asia; que en sus escritos la preferían á su idioma; y que co-
nocían á la perfección, el latín y el romance. Sin embargo,
en general, eran guerreras en el siglo xii, las relaciones
entre el fiel al Gólgota y su enemigo. Lo dicen los vocablos
árabes que se leen en el Poema del Cid, y en las más vene-
rables y viejas páginas de la literatura española; expresivos
todos ellos de armas y costumbres militares.
Es indiscutible; la influencia oriental fué siempre corte-
sana: brilló en el reducido cenáculo de los sabios y eruditos,
Y el mostrarlo no es difícil. En Toledo, en la inmortal To-
ledo, el Asia y el Occidente diéronse la mano con cariño,
por vez primera, poco después de aquel día, en que clavó la
cruz, en los adarves de la ciudad de la ciencia y el arte ará-
bigos, el muy glorioso Alfonso VI. Mientras el monasterio
miraba con terror, desde el Norte, la que juzgaba capital de
la nigromancia, los seres ávidos de conocer los secretos de
la sabiduría, encerrada dentro de los toledanos muros, sin
acordarse de que pudiera ser pecaminoso el \er la cara de
los doctores en mágina negra, dirigiéronse hacia la margen
del Tajo; unos, como Gerai-do de Gremona y Miguel Scotto
á estudiar á Averroes, á Avicena y á Aristóteles arabisado,
otros á aprender en la Escuela de traductores, en la que so-
bresalían los judíos.
La misma actividad que el Tajo presenció el Turia, donde
el rabino ayudó, después de la reconquista, á llevar tesoros,
de la riqueza de los toledanos (no he de decir si á Provenza),
á la corte del gran caudillo, historiador y clásico catalán,
que represéntanos Muntaner, entrando con Ampurias, por
la brecha de Mallorca, para mesar, flel á su juramento, las
luengas barbas del rey moro. No; no fué popular la influen-
cia del Oriente. Al ceñir la corona de San Fernando su hijo,
por las célebres academias de Córdoba y Toledo, por las ver-
siones de Jehuda Mosca, por los libros de Isaaque; ya por-
que el palacio real convirtióse en centro de los muslines y
judíos doctos, que por obedecer al rey tradujeron del he-
breo, del caldeo y de la lengua del Yemen, muchas obras de
filosofía, medicina y matemáticas; ya porque la avidez del
monarca, por aprovecharse de la vida intelectual que circu-
CVII
laba por las arterias de las ciudades predilectas del Omnia-
da y Abbadida, fué insaciable y profundo el amor que le
inspirase, el establecer una escuela de árabe en Sevilla; es
lo cierto, que en el reinado de D. Alfonso, empiezan en Cas-
tilla á influir los idiomas orientales, cual acusan las obras
del desventurado autor de las Querellas y las del procer
ilustre, que legase á la novela y al teatro futuros, un ma-
nantial purísimo de leche en su Conde Lucanor; libro pe-
regrino, á cuya popularidad han consagrado sus desvelos,
entre otros, Argote de Molina, Volf, Clarus, Puibusque y
D. Pascual Gayangos. Que en época que vino en pos, empe-
zó á descender tristemente de su cénit la estrella de los
judíos; y que hubo empeño en que desapareciese todo tim-
bre oriental, después de aquella pascua florida de la histo-
ria, que personifica quizás mejor que nadie, el gentil y á la
vez cristiano Ariosto, no puede negarse. El caso no es raro,
pues estas oposiciones, con idénticos elementos se presen-
tan, de igual manera, en la vida de la humanidad. Díganlo
las ruinas de Troya, los versos de Bembo y los cuadros de
Rafael, que lo son, respecto al Asia y á la Edad Media.
Dedúcese de lo manifestado, que la influencia hebraico-
española, no se dejó sentir, hasta la mayor edad de nuestra
lengua, declarada en las Partidas. Y nótese que el hebreo,
cuya excelsitud intelectual conócese por los eruditos traba-
jos de García Blanco, Amador de los Ríos y Catalina; y el
árabe español que, poeta llamóse Wallada, médico Avicena,
el Hipócrates de los tiempos medios, botánico Ibn-Beithar,
matemático y astrónomo Omaiya ben Abd el Aziz ben Abi
'I Saltz, gramático Abd-Alah, ben Malik, filósofo Aberrees
y Avempace (i), maestro de éste, sabio comentador del de
Alejandro, y autor del Régimen del solitario, que tan lim-
pios rayos de luz llevó á la escuela de Alberto el Gran-
de; el árabe, que influyó en el escolasticismo de tal suerte,
que no es posible escribir la historia de él, sin conocer la
filosofía arábiga, á la que Renán ha erigido un monumento
imperecedero,...; el hebreo y el árabe, no ofrecen, en su
vida literaria, formas ni géneros, que puedan influir per-
manentemente en nuestro idioma; cuyo caudal léxico en-
grosaron-; en lo que imitóles el mudejar, mas sin convertir
en semítico el genio de aquél. La influencia oriental, escri-
be un historiador, tiene un período marcado y una esfera
circunscrita en la historia, pues para que una soberanía
(1) Así llaman los escolásticos á Abu beed Mahomed ben Jahya Iba
Babja.
CVIII
política y liternrio dure y trascienda, hasta las últimas raici-
llas del árbol de la nacionalidad, es preciso que aquélla se
posesione de la inteligencia ó de las sociedades y ofrezca
dechados que enamoren y se hallen siempre presentes, en
la memoria del pueblo y de los artistas influidos. Reconoz-
co que las letras arábigas fueron conocidas del cristiano;
lo cual debióse en gran parte al muzárabe, que cuando pul-
só lira, llamóse ibul-Margari y al judío que, familiarizado
con todos los idiomas, ya imitaba los primores de Hariri en
las macamas, ya mezclaba con sus poesías hebraicas, ver-
sos en lengua de Castilla y en siete diversas, alguna vez:
reconozco que no vivió en balde un Aurelio, tan docto en
literatura muslímica; y que poseemos una aljamiada muy
curiosa: mas reconozco también con Canalejas,que en nues-
tro arte popular, rimas, metros, géneros literarios, formas
poéticas, todo es latino; en el juglar piadosísimo del mo-
nasterio de S. Millán, tan parecido á Fra. Angellico, que
diría se sacó del arpa del uno el pincel del otro y en Segu-
ra de Astorga; en el Romancero y en D. Santo de Carrión;
en el Canciller Ayala, en Alfonso Alvarez de Villasandino
ó en el Arcipreste de Hita, que compuso, según él, canta-
res de danzas y troteras, para las cantadoras moriscas.
Quince siglos, exclama un orador elocuentísimo, han per-
manecido entre nosotros los judíos y como memoria de ellos
solo han quedado, algunas palabras que el odio español
al pueblo de que proceden, las ha marcado con estigma de
vileza.
No; no tiene el castellano carácter oriental. No creáis en
él al observar lo que es necesario para la existencia del hi-
pérbaton, en las lenguas neo-latinas:— acordaos de que
tiene explicación fácil, el fenómeno de que se haya encar-
nado en ésta el régimen directo, al destruirse la gramática
del retórico greco-romano. Encontraréis, sí, concordancias,
y nada más que concordancias. Ah! es peligroso entrar por
las veredas de la indagación en estos estudios, olvidándose
de su canon científico. La lengua todavía no ha tenido el
Tucídides, el Mariana que espera; todavía no ha tenido
su historiador. Y así resulta, que si comparáis el Libro de
Apolonio con la Eneida, la sintaxis de ambos idiomas re-
sultan distintas; con diferencias menos radicales si la com-
paración se hace, entre los códigos del Rey Sabio y Paulo
Orosio; y sin diferencia alguna, leyendo á los viejos cronis-
tas de la Edad Media, en pos del Lucidario ó del Conde Lii-
canor. Es innegable: quien compare las obras de la lengua
eminentemente literaria y erudita de Marco TuUio, con la
prosa admirable de Granada, de Cervantes y de Quevedo;
CIX
el cuadro de, Germánico á la vista de los cadáveres de las
legiones de Varo; que debemos á Tácito y el cuadro que
Hurtado Mendoza hace contemplar, allá en Sierra Berme-
ja, al Duque de Arcos y á los que le seguían al fuerte de
Calalin; las descripciones, arengas y retratos de Tito Livio,
con la conjuración de Juan de Prócida, el Alvaro de Luna y
el discurso del condestable Davales, de Mariana; dirá, que
son idénticas las sintaxis de Castilla y del Lacio: como ni
rastro árabe alguno encontrará en el habla, si penetra por
las grandiosísimas puertas de concha y oro del Renaci-
miento. Distingue témpora!.... Sí, distinguid siglos, épocas
literarias y aun escuelas. Y distinguiendo con escrupulo-
sidad, los caudales legados por el judío del período roma-
no y visigodo; contando con el elemento gótico septentrio-
nal é idiomas, libres en las asperezas del Norte, durante se
escribió con sangre el gran poema, que en la viñeta de su
inicial tiene un peñasco y una palma, en hi de su letra úl-
tima; recogiendo con discreción, los estudios mozárabes y
los que á nuestra raza y á nuestro cielo debe la cultura
arábigo-hispana, que si no tuvo los caracteres de indígena
y nacional que la desarrollada en Persia, bajo el imperio
de la media luna, fué, por causas que no son del momento;
señalando lo que distingue el habla popular de la erudita
y la erudita de la cancilleresca; fijando bien, en la época de
Alfonso X, las influencias orientales y señalando sus efec-
tos; mostrando el influjo provenzal y el de Italia en el siglo
de Juan II, el greco-latino en el xv y en el alba del xvi; se
colocan en el camino de la filología moderna, las piedras
miliarias que nos conducen, á la miranda en que, libres de
las preocupaciones del humanista, que se afana por borrar
las inipurc;2as árabes y pugna por transformar en sus gra-
máticas y diccionarios, en sintasis y léxico-latinos, la sinta-
xis y léxico-castellanos; sin el frenesí de los enamorados de
la raza que, en la Edad Media, nos reveló la antigua filosofía
y las nuevas verdades; de los que, en la soberbia fábrica cor-
dobesa, toda su admiración es para la capilla del Zancarrón
y ni dirigen una mirada á la sillería del coro ó á la lámpara
de plata del noble templo cristiano; vemos con claridad, que
es analítico, respecto al sánscrito, al griego y al latín, mas de
valor suyo y fisonomía peculiar, la lengua que dimos, á la
vez que la Cruz de Cristo, á la virgen América.
Después de estas afirmaciones que caen dentro de la re-
gión de las ideas, descendamos á los hechos. Enterrada en
el barro de las orillas del Guadalete, una maldecida ley de
castas y verificada la conquista sarracena, los visigodos y
romanos, unidos por la igualdad de su fe y por la comuni-
ex
dad del enemigo, formaron un pueblo, allí donde anidan
las águilas; en cuyas alturas el amor á las costumbres y á
la lengua de sus abuelos, despertado por la tiernísima idea
de la perdida patria, añadió bríos al brazo de los que, en
frente del árabe, pactaron con la muerte si no con la victo-
ria, y sintieron que no les desplacían, las tradiciones fas-
tuosas de la raza despojada de los tesoros que allegase en
basílicas, atrios y aulas regias, por el soldado de Muza-ben-
Nosayt.
La lengua hispano-latina sobrevivió, pues, al Imperio
arruinado en las márgenes de la laguna de la Janda; y des-
tinada á ser, el arca santísima de la historia de la Iglesia,
fué cultivada por los eruditos: los monarcas astures con-
virtiéronla en órgano de la potestad real y de la propiedad
religiosa y la muchedumbre la aceptó para sus transac-
ciones. En la monarquia de Asturias, el altar de la patria
fué el trono y al lado de él, el cristiano libre, orgulloso de
su origen latino, erigió un ara á la edad clásica, arrojando
al rostro del infiel el nombre de bárbaro, cual lo habría
hecho un hijo del Tíber, desde el Capitolio. Comparando
los cronicones y los documentos cancelarios de aquella
época, advierten los historiadores, el germen de la fusión,
que había de producir los romances.
Existían en la Península, además de los cristianos que
militaban bajo la bandera de Pelayo, otros que sojuzgados
por el alfange, vivieron en la España islámica conservando
su fe, por razones harto conocidas, sin que tardasen mucho
tiempo á ser violentados por los Califas. Estos, es decir, los
mozárabes, como el soldado de Asturias, guardaron con so-
licitud, el idioma depositario de sus tradiciones y creencias;
cuyo idioma no pudieron menos de admitirlo los amires,
para su comercio intelectual con los vencidos, para su in-
teligencia con los reyes de la España de la Cruz, para
acuñar las monedas que testificasen su dominación, en los
paraísos españoles. Monedas arábico- latinas poseemos,
que convencen de que, en el año 98 de la Hégira, la lengua
del cristiano sometido, era y tenía que serlo, respetada del
vencedor. Hixen II, fué quien intentó proscribirla, vedando
su uso; y su célebre mandato, produjo una reacción en el
sacerdocio, en la que, la sangre de los mártires regó y
fertilizó los estudios latinos, hasta el punto de que la
lengua del Lacio, cultivóse con más acierto, entre los mo-
zárabes, que en las comarcas libres. Y sin embargo hay
que reconocer, la justicia con que el Abad Samson asaeteó
á Hostegesis; y que ya entrado el siglo x, el latín fué objeto
del menosprecio, á que Borao alude y que nos certifican la
CXI
queja de Alvaro y el hecho, de que hubiese obispos que
compusieran elegantes Kasidas, referido en una traducción
admirable de Gayangos. Que en España concurrió podero-
samente el pueblo vencido, a la cultura del árabe, que, bajo
el inspirador cielo de Andalucía, fué más fecundo que en
otras regiones,— dice bien el Sr. Valera, — acredítalo la ra-
pidez con que el cristiano aprendió á hablar, como los hijos
del Yemen. Alvaro de Córdoba, dice en su Indiculo luminoso:
— Muchos de mis correligionarios leen las poesías y cuentos
de los árabes y estudian los escritos de los teólogos y Jilo -
so/os mahometanos, no para refutarlos, sino para aprender
como han de expresarse en lengua arábiga, con mus co-
rrección y elegancia. ¿Dónde se hallará hoy un lego, que
sepa leer, los comentarios latinos sobre las Santas Escri-
turas? ¿Quién entre ellos estudia los evangelios, los profetas
y los apóstoles? Ay! Todos los jóvenes cristianos que se
hacen notables por su talento, sólo saben la lengua y la li-
teratura de los árabes, leen y estudian celosamente libros
arábigos: á costa de enormes sumas forman de ellos gran-
des bibliotecas y por donde quiera, proclaman en alta vos,
que es digna de admiración esta literatura. Si se les habla
de libros cristianos, responden con desprecio que no merecen
su atención dichos libros. Oh!, dolor! Los cristianos han olvi-
dado hasta su lengua y apenas se encuentra uno, entre mil,
que acierte á escribir a un amigo una carta latina pasable.
En cambio son infinitos, los que saben expresarse en ará-
bigo, del modo más elegante y hacen versos en dicho idioma,
con mayor primor y artificio que los árabes mismos i^).
El célebre Obispo, en presencia del cuadro que ofrecen,
los convertidos á la superioridad científica del hombre de
la media luna y al atractivo de su poesía exclama: estiman
menos los abundantes arroyos de la Iglesia que corren del
Paraíso.
Makkari nos ha conservado versos de un poeta de Sevilla
del siglo XI, que persuaden de que su autor conocía bien
la lengua y métrica arábigas; Mariana nos dice, que el
presbítero Daniel, tradujo al árabe los antiguos cánones
de la Iglesia; el Abad Samson, ya citado, S. Eulogio y otros
doctores, en el siglo ix, dieron exposiciones de las Sagradas
Escrituras en el habla de los conquistadores; y para pre-
venir la ignorancia de su clero, según el Arzobispo D. Ro-
drigo y también por atender á la necesidad religiosa y situa-
ción difícil de las tribus cristianas, Juan Hispalense, expuso
(1) Traducción de Valera.
CXII
la Biblia en el idioma del Corán. Dedúcese de esto que desde
el siglo VIH, el latín ni se hablaba, ni se entendía? Dozy,
Reinaud y A. F. de Schack nos dicen, que sólo se arabizó
una parte de la grey sometida; que siempre el latín ó mejor
el romance, quedó en general, como idioma del valgo; que
habla entre los árabes, quienes lo hablaban ó entendían,
si bien con más frecuencia, por el conocimiento de ambas
lenguas, latinas y arábiga, solían servirse los mahometanos
de los cristianos, como intérpretes y negociadores con los
francos. No desapareció el latín; antes al contrario, cultivóse
con singular esmero por los doctos, que consagraron sus
vigilias, á que se perpetuasen, en todos los idiomas, los
tesoros literarios del cristianismo.
Lo que si aconteció es, que empezaron á enturbiarlo pa-
labras arábigas. Luitprando afirma, en el siglo x, que en el
octavo, las lenguas que había en España eran: — el español
primitivo, el cántabro, el latín, el griego, el caldeo, el ára-
be, el hebreo, el celtibero, el valenciano y el catalán. Sin
entrar á discutir la nomenclatura, concíbese, cuál podía ser
la plaza del habla en que se escribiese, con lágrimas de
amorcillo y en pétalos de rosa, el epitafio de Adonis. El uso
del hebreo y del caldeo, lo abona la presencia de los judíos
en España. El español, el cántabro y el celtíbero, habían
sobrevivido á la conquista de Roma y confundiéndose con
el latín, formaron el romance vulgar. El árabe invadió par-
te del territorio. He tomado á Villemaín estos párrafos,
para llegar á la conclusión de Amador de los Ríos, á saber:
— «quédelo expuesto se deduce, que en la época en que
Alvaro se quejaba y lanzaba Samson sus cáusticas frases,
debilitado el mozárabe, la lengua cultivada con cariño, por
los discípulos de Esperaindeo, empezó á perder la salud y
más enferma cada día, llegó de esta suerte al año 1124, en
que verificóse el casi universal destierro de aquella infe-
liz raza.
Desaparecida en Córdoba, la lengua que naciese de la
mezcla del latín y el árabe, la España cristiana libre, cuyos
atributos son, la yunta del colono y la espada del guerrero,
según la frase de Lista, cuando se sintió fuerte, cuando
creyó consolidada la magna obra inaugurada por Pelayo,
cuando los romances, si no á la juventud, llegaron al menos
á la adolescencia, los romances!, vivos desde el alba de la
Reconquista, y de ello nos persuaden muchos documentos
diplomáticos y los cronicones; cuando se consideró más
fuerte que la morisma, dio treguas á su rencor y admitió la
mudejar en sus villas y ciudades.
En la inscripción de Santa Cruz de Cangas, en privile-
CXIII
gios y escrituras que Borao tan perfectamente conocía, ad-
viértese la huella popular, estampada en solecismos é idio-
tismos y que el habla de la muchedumbre, tenia el vigor ne-
cesario para romperla sintaxis y la forma déla dicción y para
llevar á todas partes, el espíritu de rebeldía contra la gramá-
tica. Por cierto, que uno de los documentos á que aludo es, el
que se refiere á la fundación del monasterio de Obona por
Adelgastro, y en él es visible, que el romance procede de
más antiguo que del siglo viii. En éste y en los dos suce-
sivos, pesesiónase de la escritura oficial y de la docta, con la
altivez que el guerrero cristiano clava la cruz en los adarves
moriscos; vence á la tradición clásica y consentida y reco-
nocida su hegemonía, el habla vulgar; conviértese en escrita.
Aquellos lenguajes, indomables á la República y al Impe-
rio más poderosos de la historia; que respetó el eximio Isi-
doro, que enriqueciéronse, desde el instante en que, caídas
las barreras del Danubio, el bárbaro cambió por la púrpu-
ra, la piel defiera que vestía; no bien sonó en los aires, el gri-
to inmortal de Covadonga, empezaron á fundirse en el mol-
de que les diese la línea fisonómica del romance. Este es el
nombre de la obra, construida con los materiales hacinados
en tierra española, por espacio de siglos. Los autores prin-
cipales de ella, el arquitecto, el Brunelleschi, son los pue-
blos antiguos; mas no neguéis á la presencia de los orien-
tales en España, la parte que tuvo en el perfeccionamiento
de creación tan magnifica.
Desde la alborada de la iglesia, moraban entre nosotros
los hebreos, tan inteligentes, como la nación más privile-
giada entre las de raza indogermánica, en las que siempre
han florecido grandes civilizaciones. Digalo si no la penín-
sula, que tuvo en la antigüedad una Roma y en el Renaci-
miento una Florencia; y la que fué patria de la hermosura,
como destinada por Dios á ser la musa del arte; pues al
construir el Universo su artifece sublime, cortó una rama en
el laurel del cielo, tendióla en la onda más pura de los mares,
la sujetó á Europa y he aqui la Grecia, exclamó. Industrial
y comerciante en la España de Ataúlfo, Recaredo y Wamba,
inofensivo para el cristiano, en la época que inaugura la llu-
via de sangre del día de Guadalete; el judío fué amigo del leo-
nés, del navarro, del hijo de Castilla, del que lucía las barras
del Batallador en sus pendones guerreros, hasta tal punto,
que las artes de aquél, hiciéronse necesarias en las monar-
quías que luchaban con el moro por la causa de la Cruz.
La lengua hebrea, inmaculada en Aben Hezras y en Mai-
monides, en el Kusavi del numen que Heine compara con
Homero y en El manantial de la vida del profundo pan-
CXIV
teísta, que antecedió á Spinosa y trazó veredas que ensan-
chó y prolongó el místico Jacobo Bohemen..., la poética
lengua hebrea, de una sencillez que ha inducido á muchos
filólogos, á considerarla como embrionaria, ya se ha indi-
cado el favor de que gozase, cuando D. Alfonso X agrandó
el idioma de Castilla, al hacerlo heraldo y servidor de las
ciencias. Y respecto al árabe, también se ha manifestado
qué influjo ejerció en el romance, por medio de los cristia-
nos sometidos y de la aljamia del mudejar; del que dio vida
á un género arquitectónico bellísimo, al que perteneció el
Alcázar de Scgovia y pertenecen el Palacio de los Ayalas en
Toledo y el de los Mendozas en Guadalajara. Los orientales
acaudalaron los romances, cuyo tesoro era latino en parte;
y lejos de lograr desnaturalizarlos, sufrió quebranto el
judío en su idioma. Dichos romances, invadiendo las co-
marcas de la morisma, fueron entendidos y aun hablados
por ésta; como la del Yemen lo fué por hombres cual el del
Condestable Davales y salpicó de voces suyas las páginas
del monarca insigne, que lo mismo lucía sabiduría en las
academias, que gentileza, cuando montaba el bravo tordo
que caracoleó en el centro de un ejército sitiador, en la rica
vega de Murcia. De modo que los hijos del desierto y los de
la Cruz, entendían y hablaban el árabe y el romance.
Del siglo VIII al x, únicamente, en los escritores eclesiás-
ticos y en el lenguaje chanciller esco, encuéntranse los des-
ñgurados despojos latinos, inaugurándose la transforma-
ción que bajo las influencias locales, crea índole y fisono-
mía, á los idiomas españoles.
Iniciada la Reconquista, en las inexpugnables montañas
pobladas de hombres de acero, que de seguro, no habrían
sido acuchillados en un Guadalete, si Tarick hubiese des-
embarcado en el Septentrión, en vez de haberlo hecho en
el Mediodía, — tres son los baluartes, en que se defiende la
Cruz de Cristo.
Cataluña, en cuyos horizontes resplandecía la densa luz
de las escuelas isidorianas; arrebatada al Islam por un
brazo de hierro; vecina de Provenza, donde los Condes ejer-
cen autoridad, no bien independízase ésta; Cataluña!, únese,
por estrecho vínculo, á la región que tenía caracteres his-
tóricos análogos á los suyos; la semejanza que el ibero y el
aquitano. En Provenza, como en el país del Velloso, las co-
lonias griegas sobrepónense á los aborígenes y fundan,
allá á Marsella, acá á Rosas y á Ampurias: en una y otro,
implántase la dominación de Roma, que á una y otro admi-
nistra de igual manera y da á sus ciudades el carácter de
cultas: en una y otro hay pedazos del Imperio visigodo, ya
cxv
encabezado por la capitalidad de Tolosa, ó ya encabezado
por la capitalidad de Barcelona: en una y otro, es podero-
sísima la influencia de la Iglesia católica, de la gente niO'
nacal y de las conquistas carlovingias: en una y otro, el
triunfo del estandarte del Profeta es anulado por idéntico
esfuerzo: entre una y otro existen, desde la niñez, «relacio-
nes de navegación y de comercio, al par de las políti-
cas, provinientes de las bodas entre condes soberanos y
princesas provenzales, como la de Ramón Berenguer con
Dulce» (1).
Estas afinidades; este aire de semejanza, producido por la
naturaleza y la historia; este consorcio del señorío de am-
bos países, en la ilustre Casa condal barcelonesa; tenían
que producir, los mismos resultados, respecto de la cultura
y de la lengua, en los pueblos que constituyeron una na-
cionalidad literaria. Si; porque, aunque fundamental la
unidad de la lengua, en oc, diferenciase del catalán, según
han demostrado, Diez, en su monumental Gramática; y
Milá y Fontanals en su admirable Libro de los trovadores.
Emilio Castelar, que cada día es más grande, en la tiibu-
na y en las Asambleas de sabios, y cuyo es el privilegio de
reproducir embellecida la ciencia, diserte sobre filología ó
describa el Languedoc en la duodécima centuria, aludien-
do á la distinción que crean entre el catalán y el prooen-
zal, la distancia que separa á los Estados independientes y
la rica variedad, propia de la Edad Media, dice, y sus pala-
bras, son sin tilde é innegables: — «En la metamorfosis del
latín al romance, toma formas opuestas á la provenzal, la
lengua catalana: el sistema ortográfico apártase en ambas
y esta separación descubre dos centros de cultura diver-
sos; y en el verbo sustantivo, en las conjugaciones, en las
partículas, en los diptongos, en el cambio de las vocales,
esencialísimas resultan las diferencias, entre el lemosín
de allende y el lemosín de aquende el Pirineo». Y tenemos
ya formado el glorioso romance, que había de oirse bajo el
cielo inspirador de la Magna Grecia y en la cúpula de la
[Santa Sofía de Constantino
Creado el reinc^pirenaico y nacido el aragonés, al calor
le la tradición isnioriana, mientras los vascos montañeses
lablaban su primitivo lenguaje, aparece en las riberas, un
Vromance lleno, amplio, abierto, más rico quizás que el cas-
¡tellano, é idéntico á éste, desde la cuna, según Borao. Y en
ártud de una ley parecida á la que apuntada queda, de la
lezcla de su agreste idioma y del hablado por los fugitivos
(1) Castelar.
CXVI
de la laguna de la Jaiida, al borde de los despeñaderos de
Asturias, brota el bable. «Silla cristiana más tarde, produ-
ce León, en sus cumbres y en sus llanuras, un idioma que
refleja en si todos los elementos, de antiguo atesorados
en el suelo ibérico; cuyo idioma, hermanándose en breve
con el de Castilla, grave y sonoro, ya en sus balbuceos in-
fantiles quasi tympano tuba, le reconoce cierta supre-
macía».
También allá lejos, en el país de las vaqueiras y pastore-
las, en el que amamantara trovadores, como Men Rodríguez
Tenorio y Fernán de Lugo; en el de las verdes montañas é
inspiradoras márgenes, aparece un dialecto enfático, ele-
giaco, dulce, que aun hoy, es el más propio para expresar
los afectos puros , el rubor con que la doncella, oculta
el sentimiento de su corazón enamorado, que torna en pá-
lidas sus frescas mejillas; ó los emociones del joven, que
habiéndose ausentado por vez primera de su hogar, vuelve
á su casa, seguido de su fiel criado y en dócil cabalgadura,
y al divisar su pueblo, desde la cuesta que domina el valle,
y junto á la ermita de las afueras, á sus padres y herma-
nos que le aguardan ansiosos, los saluda estremecido de
alegría.
He aquí los capitales romances (exceptuando el éuscaro)
con que termina la maravillosa gestación histórica, de que
se ha hablado. Los tres tienen casi la misma edad: los tres
se vigorizan desde el siglo xi, por el poder que adquieren
los estados de la Cruz y por la conquista de Toledo, que
cambia la faz de la política cristiana y pone en combustión,
fundiéndolos con otros extraños, todos los elementos de cul-
tura abrigados de antiguo en nuestro suelo. Y se vigorizan
de tal suerte; que el uno procrea el mallorquín; el otro ab-
sorbe los dialectos astures, los leoneses, el aragonés, tan
bien estudiado por Borao, el navarro, cuya fisonomía de-
terminó En Pere Moles, en un curioso libro del siglo xv y
el gallego el gallego!, que tuvo literatura, antes que el
castellano; dio paternidad á la lengua del país en que na-
cerían los Camoens y Ferreira; y que había de regalarnos
perlas de Saa de Miranda, de Gil Vicente, de Meló, de Gre-
gorio Silvestre, tan ensalzado por Barahoha, de Soto y Lope,
y de Jorge Montemayor, músico palaciego, poeta, y autor
de la Diana, elogiada por Cervantes y superior por su na-
turalidad y ternura, por sus afectos é interés, á la Ar-
cadia i^) de Jacobo Sannazaro.
(1) La Arcadia, fué traducida á nuestra lengua en 1547, por D. Diego
López de Ayala.
I
CXVII
En lo más florido de su juventud estos romances, cansa-
dos de la patria potestad del caduco latín, empeñado en
conservar la hegemonía antigua, luchan con él y empie-
zan aquéllos á tomar color literario, en creaciones que, por
desgracia, no se conservan, por haberles negado hospedaje
la escritura, que era docta; y por último, logran sus aspira-
ciones, á pesar de los obstáculos políticos que les combaten,
de los cambios introducidos en la Iglesia de España por la
curia de Roma, y de la desgracia á que se ve condenada la
letra gótica.
Y he aquí que hemos llegado al siglo x, en el que no era
cosa peregrina el romance castellano. La lengua nueva,
entonces oral, hablada, no alcanzó la dicha de que la reco-
giese el monumento, por falta de manos que la escribiesen;
mas poseemos peregrinas páginas bilingües, que acredí-
tannos la vida de aquélla. Una de ellas es el Fuero de Avi-
les. «Escrito por los cancilleres del Conquistador toledano,
casi en la misma forma que hoy tiene, para gentes de índo-
le distinta y oriundas de apartados territorios, hízose ne-
cesario buscar una lengua que fuese de todos ellos compren-
dida, y ninguna como la sabia, podía llenar su cometido».
Apoyan esta opinión de Hartzenbusch, los documentos coe-
táneos, de un latín acomodaticio, y otros anteriores, en los
que obsérvase, que palabras que tienen forma bárbara en
el Fuero, aparecían en castellano, como si de propósito hu-
biesen sido alteradas. Ambas indicaciones pueden compro-
barse, hojeando la Colección de Muñoz, y fijándose entre
otros, en el Fuero de Burgos, otorgado en 1073 y en el de
Valle, concedido en 1094 por el Conde Raimundo, esposo de
D.a Urraca. Dedúcese de lo expresado, que existían enton-
ces, una lengua ó lenguas distintas de la escrita; y si de tal
convencen las indicadas páginas diplomáticas, ¿cómo en el
Fuero de Aviles de Alfonso VI y en el confirmado por el
VII en 1155, no hemos de ver el romance de Castilla triun-
fante?
En los documentos del siglo x, á roso y velloso, encon-
traréis, palabras expresivas de las necesidades de la clase
ínfima del pueblo: y en los cancelarios del viii, del ix y del
X, ya indicado, es perceptible la influencia activa y directa
del romance vulgar; y de igual modo en Aragón y Navarra.
En la centuria novena, obsérvase un cambio de canon gra-
matical, en la construcción, conjugación y declinación, en
presencia de lo que, discurre Canalejas con lógica, al decir,
que las voces extrañas al léxico del Lacio que existían en
el siglo VIII y aun en días más remotos, pertenecían á una
lengua, viva entonces. Ducange ha probado, que la suceso-
9*
ra de lo latina penetró en los alcázares, subió al pulpito y
se llamó romana (l), la cual fué en la Península, un latín
informe, mezclado con ibero y púnico y griego y hebreo; —
más ibero en el Norte, más púnico al Sur y más griego
al Este,
De modo que desde el siglo x, es el romance, una lengua
formada, que crece y se desarrolla en el xi, teniendo su
Torre de la Vela, por decirlo así, en el reinado de D. Alfonso
el de Almería y aun mejor en el de las Navas...: Torre de la
Vela bendita!, pues en ella, terminó la cristalización déla
cultura antigua, producida por las fuerzas nuevas de la his-
toria, en las formas propias del espíritu, generador enton-
ces, de la Edad moderna; y tremoló sus estandartes victo-
riosos el habla hispano.
Así es que fija la vista en el modismo del romance y en
la ley gramatical de la lengua que funde á la antigua; com-
parando el Diccionario clásico con el de Ducange, que es
un pomposo monumento elevado á la filología, interroga
un literato español, ¿podréis negar ante estas páginas, que
es ya añeja la energía con que el genio moderno pugna por
romper la cárcel del idioma artístico latino, para producir
voces que no cabían en el mundo greco-romano? Quién lo
dudará! Y porque no es posible, en el léxico de los roman-
ces vulgares, no veáis sólo, flores brotadas del sepulcro en
que se corrompió el latín, sino una obra, en parte formada
por novísima creación. Considerando pues el número res-
petable de palabras castellanas que encontramos, en las cen-
turias délos monumentos bilingües; y que á pesar de la
enemiga de los doctos y de las influencias de la pasada cul-
tura, «aquellos vocablos permanecen intactos, aquellos so-
lecismos, sus cánones gramaticales y aquel continuado
barbarismo es una lengua»; hay que creer, que los fenóme-
nos observados en los siglos viii y ix, reconocen por causa,
la existencia de un idioma oral, hijo del pueblo, que se im-
puso á los mismos que procuraban alejsrlo de sus labios.
Acaba de sonar en el reloj de los tiempos, la hora triun-
fal del rico romance castellano; en el que resplandece el
genio de la lengua latina descompuesta por las indígenas,
desde antigüedad remota; y reconócese, más ó menos borra-
do, un sello hebraico, arábigo, extranjero y de diferentes
lenguajes. En las obras escritas más viejas que poseemos,
(1) Dicen los maestros, que el epíteto de vulgar, aplicado á la lengua,
tiene una significación retórica, que >se refiere al lenguaje docto de los
escritores de los siglos vi, vii y vni; y que lengua romana, en contrapo-
sición á la latina, es, lengua popular.
CXIX
hállanse voces recibidas del godo, del aventurero germáni-
co, del vascuence (de éste muy pocas) y del griego, si bien
la mayor parte del caudal de esta especie 'nuestro, procede
de los estudios clásicos del siglo xví. El idioma del Lacio
fué, pues, el núcleo principal del que, áspero, enérgico y vi-
goroso, como hablado por guerreros; sencillo y vago, como
hablado por gente de una candidez adorable y de una inex-
periencia sin límites; á pesar de los desdenes, del obstina-
do en detener el sol de las letras eclesiásticas ya en su oca-
so, adquiere la púrpura del arte y logra por fin ahuyentar
aquella sombra, que en las chancillerías y entre los semi-
doctos, se llamaba latín, con cuyo nombre recibía un ho-
menaje parecido, al tributado á Inés de Castro después de
muerta. La que Amador de los Ríos llama corrompida jer-
ga, concluyó en el reinado del santo monarca, que hizo
ondear el pendón de la Cruz, en los adarves de Sevilla. San
Fernando, convencido de que crea vínculos y estrecha la-
zos la unidad del idioma, y que sólo ésta podría conducir
á la del derecho, hizo oficial la lengua del vulgo, converti-
da ya en literaria y aceptada por los cancilleres de Alfon-
so VL El bárbaro latín de la curia quedó reservado para los
documentos eclesiásticos; y para todos los demás empleóse
el lenguaje vulgar. Este empezó á desarrollarse con la pre-
cocidad, revelada en la traducción del Fuero Juzgo de aquel
tiempo. Alfonso X, que vino en pos del rápido conquistador
de las ciudades andaluzas continuando la obra de su padre,
lo trocó en idioma culto de las ciencias heredadas de la Igle-
sia, aprendidas del árabe y del judío; y lo enriqueció con las
voces y fórmulas científicas de los sabios y naturalistas que
le rodeaban, enderezándolas por si, según nos dice en el li-
bro de la Esphera, el monarca que tan respetuoso fué con
la lengua nacional castellana, y tan considerado con la de
la Religión, en las Partidas.
Hemos llegado á la cumbre hermosa del siglo xiii. Ved
el habla de Castilla caracterizado ya, por la propiedad enér-
gica, la sencillez, la gracia, la majestad y la fuerza iX); ved-
le tan apto para la historia, como para la filosofía, para
describir como para enseñar, y con el carácter simbólico
y didáctico que distingue, uno de los ciclos de nuestra his-
toria literaria. He aquí la multitud de elementos, que fue-
ron dando vida á los romances y creando la lengua españo-
la; la que, constituida bajo seguros cánones, mereció que
Marineo Sículo la saludase, en el siglo xv, como la másele-
U) Nebrija.
cxx
gante y fecunda, y Hernando de Herrera, como la más re-
catada, la más casta, la más culta, la más admirable de las
modernas.
Bainouard, en su Gramcdica comparada, ha estudiado
las vicisitudes del latin, en varios idiomas del mediodía y
afirma, que habiéndose mezclado á los dialectos bárbaros,
produjo una lengua universal, que usóse en todas las co-
marcas, en que el Lacio había dominado, y que duró, hasta
el año mil; que de improviso, sin causas visibles, debió al-
terarse, dividirse y dar vida al francés, al catalán, etc.; con-
servándose tan sólo casi inmaculada en Provenza. Tan
errónea doctrina, victoriosamente la ha refutado Puimai-
gre. El P. Sarmiento calcula, que de cien palabras españo-
las, sesenta son latinas, diez griegas, diez góticas, diez ára-
bes, y que las demás pertenecen á los idiomas de las Indias
Orientales y Occidentales ó al dialecto de los Gitanos. El
cálculo no parece exacto, pues el legado de la árabe al cas-
tellano, fué mayor que el de la goda y también su influen-
cia, en la formación de él.
El autor de Antigüedad y Universalidad del Vascuence en
España, afirma que de las 13.365 palabras radicales en nues-
tro idioma del primitivo Diccionario de la Academia son,
555 arábigas, 973 griegas, latinas 5.385, hebreas 90, vascon-
gadas 1.951, de origen desconocido 2.786, y que las demás,
salvo un pequeño grupo, las formó por sí mismo y de sus
propias raíces, el habla inmortal de Quevedo y Saavedra
Fajardo.
El P. Burriel sostiene, que la octava parte de nuestro len-
guaje en la Edad Media es arábiga y que la influencia de
este nombre duró, aun en el período decadente del muslim;
de cuya influencia, son vestigios, las inscripciones de las
monedas de los Alfonsos VI y VIII, el privilegio otorgado
por Fernando IV á los religiosos de Toledo y escrito con
caracteres árabes, y la arquitectura mudejar. Renuncio á
depurar el contenido de estas aseveraciones; y fljándome
en el romance, que si es inferior al latín en palabras, frases
y giros, y por su carencia de voz pasiva, y menos maravi-
lloso, por la pérdida del hipérbaton, en cambio su alfabeto
es más rico que el de Roma, su cláusula, expresiva de las
ideas abstractas, tiene una claridad admirable, posee la y
griega y una acentuación que pone en el lenguaje una
armonía y una variedad sin límites...; fljándome, repito, en
el romance, cuyas calidades ha apuntado Vargas Ponce
con gallarda pluma; adviértense en él, sinnúmero de pa-
labras que proceden de la lengua de Cicerón y Ovidio y que
las hay celtas, godas, algunas que quizás pertenecen á idio-
I
OKXI
mas perdidos, aumentativos, pronombres y tiempos de con-
jugación que nos recuerdan el sanscrit y quién sabe si
algo más, que descubrirá nuestro siglo. Las indagaciones
lingüísticas se verifican hoy en la esfera más amplia, con
un espíritu crítico y filosófico los más exquisitos y la razón
de ser de fenómenos, misteriosos antes, es conocida. Así
es que tan arqueológicas, como la opinión de que el éuskaro
hablós'^ en la torre de Babel y que el celta es una lengua
primitiv.., de cuyas entrañas han salido las europeas; se
juzga la teoría de Raynouard y la del traductor del Poema
del CidW, que sostiene es el castellano, hijo del francés.
La luz ha sustituido á las tinieblas, en la filología: — el
lenguaje de Castilla es oriundo del Oriente, aunque su
genio no sea semítico, y palabras tiene de este sabor, en no
escaso número. Las razones de este hecho, no hay para
qué repetirlas. Deben completarse, sin embargo, con una
indicación.
Circula por el cuerpo de nuestro idioma, sangre de la
sangre del Lacio. Ahora bien, el sánscrito trasmitió termi-
naciones al latín; y son muchas las voces que, como juvenis
y mortuus, se derivan de aquél. Esto de un lado, y de otro
la estrechísima relación que guardan las neo-latinas con
la de Valmiki, inducen á lo aseverado, respecto al linaje
del idioma, en que están escritos el Canto del Cosaco, el Rey
Monje, la Ultima lamentación de Bijron de Núfiez de Arce,
los Pequeños Poemas de Campoamor, el San Francisco de
Castelar ó las páginas en que Larra y Mesonero Romanos
dieron á la prosa, su castiza hermosui'a.
De este largo viaje, con rumbo á los origines del habla
inmortal del Romancero y el Quijote, dedúcese que las pa-
labras, que acopió Borao, por proceder de las fuentes que
dieron carácter al castellano, son asimilables por él. Y son
además propias, concisas y aun irreemplazables, si se han
de traducir ciertos conceptos. En ellas como en las creacio-
nes jurídicas de Aragón, hállase objetivado nuestro propio
ser, tanto, que voz hay en este Diccionario, en la que es cla-
ra la grave vis satírica que ha caracterizado siempre, á los
ingenios de la patria de Marcial y los Argensolas. Yo creo
que de igual suerte, que ha amanecido ya el día de que el
expansivo código aragonés y el castellano se abracen, al
pie del árbol de la libertad civil, y de que el standum est
charlee que informa el derecho feral entre, á guisa de
triunfador en tierras de las Partidas; yo creo que de igual
(1) Damas-Hinard.
CXXII
suerte que ha amanecido el día, de que todo lo que del
monumento de D. Vidal de Canellas resista el troquel de
las nuevas ideas, debe ser erigido en ley; es llegada la hora
de que reciba el Diccionario, vocablos de la índole de los
contenidos en éste. Porque ni la unidad del derecho, ni la
unidad del lenguaje, se forman con soberbias imposiciones
y sobre los escombros de los códigos é idiomas provinciales.
Ni la unidad del derecho, ni la unidad del lenguaje se
forman, recogiendo, sin sentido de justicia, lo que agrade,
ó herborizando caprichosamente en la Jurisprudencia, en
el Parnaso, en el mundo de su constitución interna, de esta
y de aquella comarca. — Y si la unidad del derecho nacional
lio existe hoy, lo propio acontece con la del idioma. La obra
inaugurada con las nupcias de los Reyes Católicos, está
sin terminar: —la cúpula, con que sólo el amor puede coro-
narla, tiene que ser construida, con un código y una len-
gua, que sean verdaderamente españoles, A empresa tan
gallarda, consagró Borao la hermosa centella de su talento
y recogió un gran caudal de vocablos; primores que nunca
debió haber abandonado Castilla. El insigne escritor no
quiso que se perdiesen, como en otro tiempo la libertad po-
lítica y los venerandos fueros, palabras expresivas, de la ín-
dole, de la vitalidad, de la originalidad, de las característi-
cas aragonesas, que en el siglo xv injertáronse en la índo-
le, vitalidad, originalidad y características castellanas; si-
quier aquella conjunción no esté tan acabada, como la que
tiene sus símbolos, en la madonna áe Rafael ó en el Moi-
sés de Miguel Ángel. Merece pues bien déla patria, el autor
de este Diccionario, cuyas voces, todas son netamente ara-
gonesas, por ser Aragón su país natal y donde han estado
en uso, siempre.
Su legitimidad acredítenla, los títulos de la más docta
procedencia y los labios del pueblo; el cual, si con su legis-
lación consignada en hechos y suscostumbres, es interesan-
te factor, para reconstruir la vida del pasado, penetrando
en lo más íntimo de su ser, lo es para reconstruir la litera-
tura, con sus poesías y leyendas no escritas y para conser-
var la hermosura y abundancia del idioma, con sus pala-
bras plebeyas, incorrectísimas á veces; que él es el mejor
maestro de lengua, según Platón y por haberlo creído así
Malherbe y Lafontaine, muchos plácemes debe darse el ha-
bla de Balzac y Lamartine. Que las voces de este Dicciona-
rio, pueden ser, no ya adquiridas por aluvión, sino recono-
cidas como españolas, en el de la patria, pues no están des-
acordes en su carácter, con el carácter de la lengua de
Castilla, lo dicen las derivaciones de aquéllas. En sus pági-
I
CXXIII
ñas las hay, de raza helénica, v. gi\, panéasma; y las hay
como bonavero y cisterno, que no sólo arrancan directa-
mente del Lacio, sino que conservan la estructura latina.
Por las razones que Borao nos da, las hay árabes; por
ejemplo, alfarda y algorín: las hay catalanas, provenzales y
aragonesas puras: — ahí está suplicaciones, entre otras
Provenzales!... Provenza!... Grande entusiasmo me inspira
la tierra de floridos campos, azules cielos, plácidos mares y
esplendorosa luz, que Emilio Alfaro canta en su Lira rota;
é inspírame grande entusiasmo, pues posee Venus, como la
hechicera de Arles; circos como el de Nimes; trae á la me-
moria, en sus ciudades, escuelas rabínicas, sabios ó cortes
de amor, de imperecedero renombre; y recréanos la fanta-
sía, ora con sus ciclópeas rocas, tan queridas del Dante,
ora en el Van tur, en el que cada violeta recuérdanos un
suspiro, del que tejió las mantillas de la lírica, con los her-
mosos cabellos de Laura.
Si; á mí me encanta la Provenza con su historia, tan
poética en el ciclo religioso ó en el carlovingio, como en el
caballeresco y en el asiático; con su literatura, que tiene su
monumento más vetusto en una versión de Boecio; con
sus mercados, sus Puijs y sus galantes fiestas; con sus can-
ciones, sus serenas y sus baladas, sus rondeles y discordes,
sus sextinas, sus cuentos, sus pastorelas, sus serventesios:
me embelesa el paraíso, en el que, el laúd sonó en el campo
de batalla, en la enramada de los laureles, en sitios, cual
los parques enloquecedores de la Reóle y ornó las mágicas
estancias de los castillos y las celdas de los monasterios:
me atrae la comarca dichosa en que la poesía, la música y
el canto, han vivido siempre unidos, de tal modo, que ser
trovador, significa en ella, el ser sacerdote de las tres artes:
y estos hechizos que para mí tiene la noble patria, en que
el racimo de moscatel de Bauma endulza y refresca el labio
de Mistral, obran con la misma simpatía, en todos los cora-
zones aragoneses; que en el país de los Pedros, es herencia
forzosa el cariño al de los Marcabrú, desde que le dimos la
vida de aquel hévoQ.fior de los reyes, grano de buena espi-
ga, espejo de cortesía, esplendor y adorno del mundo; en las
cuerdas rotas de cuya ensangrentada harpa, quedaron cor-
tadas, al serlo las suyas, las fibras de la libertad, donde can-
taron \ñ fe, \a patria y el amor, labios que destilaban miel
más dulce, que la miel del Hibla.
Amador de los Ríos, en el terreno de la historia y del arte
y dentro la órbita de la filosofía, ha probado, que no es la li-
teratura castellana hija de la provenzal, ni menos antigua;
y que aun reconocida la identidad de orígenes en la latino-
CXXIV
eclesiástica, los medios de expresión en ambas, son diver-
sos. Y dice bien aquel Profesor de fama europea. La poesía,
flor es del árbol arraigado en los torreones de los castillos
ó en los riscos de Sobrarbe y brotada al grito de libertad é
independencia, para Siintiflcar á la vez, el triunfo de la Cruz
y de la patriu. La influencia provenzal existió en Castilla,
cuando en el solio de Alfonso X, rica ya nuestra cultura,
pudo poseer tesoros extraños, sin mengua de la legitimidad
de todos los elementos constitutivos de la primitiva poética
castellana. Si todo esto es verdad, lo es de igual modo, que
la literatura de Provenza vivió confundida con la de Cata-
luña, hasta el siglo xiii; que en éste y en el inmediato, la
catalana adquiere un carácter propio, crea las maravillas
de su lírica y de su historia y escribe páginas sublimes de
filosofía y de ciencias naturales y exactas; que en el cre-
púsculo vespertino del decimocuarto y al rayar el alba del
quince, los Consistorios barceloneses remedan á los tolo-
sanos; mas impónese Italia, abanderada del Renacimiento,
y en tan humana obra, «que se personifica en Valencia,
trabajan en las verdes márgenes del Turia, desde Jordi de
San Jordi hasta Ansias March y desde Ramón Ferrer hasta
Luis Vives», con el empeño, que en pro de la unidad y de
las potras nacionales ha trabajado el ingenio lemosín, en
las últimas centurias.
Habiendo formado parte de Aragón, Cataluña y tenido
ésta una literatura de caracteres propios, ¿cómo no dejar
huella en el idioma de aquél? Cómol si á la tal literatura,
cuya poesía objetiva y cuasi épica tiene por nota dominan-
te, la político-social, para ser grande bástanle cuatro nom-
bres:— D. Jaime el Conquistador, Muntaner, Arnaldo Villa-
nueva y Raimundo Lulio? Sí; porque las historias catalanas
superan á todas las historias de su época; Tirante el Blanco
dio á la literatura caballeresca de Cataluña el matiz de la
verosimilitud que la distingue; y el libro de la Sauiesa,
merece ser colocado en un Nartecio. Y si se considera que,
en tan privilegiada región, la poesía ostentó carácter social
y un admirable sentido práctico la ciencia, se convendrá
en que, la tierra que preparó el advenimiento de la lírica
con Ansias March y Roscan é hizo el andamio que utilizó
Lope para colocur la rotonda del Teatro, con Tárrega y Ricar-
do del Turia, había de acaudalar los tesoros del idioma de
Aragón. Esto, en lo que se refiere á Cataluña. En lo que se
refiere á Provenza, el influjo de los pueblos que constituyen
una nacionalidad literaria, á la que pertenecen lo mismo
Riquier que Vaqueiras, Vidal de Tolosa que Raimundo de
Jordán de la Gascuña, fué tal, que lo portentoso es, que no
I
cxxv
resultase en Aragón un dialecto; y pregona aquél, el nú-
mero de voces que hay en este Diccionario.
La legitimidad de las propiamente aragonesas, la testi-
fica la historia. Los más antiguos documentos escritos que
poseemos y los bilingües, de época anterior, acreditan la
supremacía que fueron alcanzando, en remotos siglos, las
nuevas lenguas, en Navarra, Castilla y Aragón; y respecto
á los orígenes del idioma, nos persuaden de que cosa idén-
tica aconteció, en los tres reinos. Borao sostiene, de acuerdo
con Escosura, nuestra superioridad sobre Castilla, en la
ciencia política y en la Legislación, lo cual no niega Marina
y en cambio apoyan la tesis, hechos innegables, citados por
D. Jerónimo, cuales son: — que a Jaca acudía el castellano
á estudiar los fueros para trasladarlos á su patria; que el
matrimonio de los clérigos, la ley sálica y la representación
en las Cortes del brazo de las Universidades, importáronse
de nuestro país, en aquel otro al que dio leyes y en el que
fundó una gran monarquía, el primer Emperador de Es-
paña, Sancho el Mayor;~íigura grandiosa, digna de un
Plutarco.
Y afirma algo más Borao. Cree que la superioridad de
Aragón alcanzó al idioma; á lo que asiente Monláu, sin
duda, porque hubo para ésta, las causas que determinaron
las otras superioridades. El romance., hermano cariñoso del
castellano, en el suelo de los Jaimes, conserva desde la cuna
el acento de sus antiguas tradiciones y el sabor de los cau-
dales que confluyesen para enriquecerlo. Pasó ya á ser ar-
queológica, tan arqueológica como la hipótesis de Newton
acerca del lumínico y el sistema de Ptolomeo en Astrono-
mía, la creencia de los que con Viilemain defienden, que en
Aragón y Navarra, fué nativo el catalán ó provenzal. Los
críticos han probado que el romance, nacido á la sombra
de las Barras Rojas, independientemente de Castilla, per-
feccionado con lentitud y con alguna intervención de ésta,
aunque con mejores elementos, derrochados en parte, ofre-
ce idéntico desarrollo al que preséntanos en Asturias, en
la tierra leonesa y en la que fué monarquía de San Fernan-
do; y que existió antes de la época de D.» Petronila. Lo
acreditan, la última voluntad de D. Ramiro I, expresada en
1061, la de D.^ Sancha de Rueda de 1225 y varios documen-
tos, de índole privada, que pertenecieron al monasterio de
Monte-Aragón y al de Santa Cristina de Jaca, escritos en
la época de la Casa de Barcelona y en los que medió gente
de cleresia. Estas páginas bilingües, de los días en que fué
declarada oficial y cancelaría la lengua de Castilla, aplica-
da á documentos públicos, nos enseñan que el aragonés al
10*
CXXVI
escribir, vacilaba entre si aceptar el habla vulgar ó el cor-
tesano;— irresolución que se insinúa al pasar á los Condes
el solio del Batallador y que arraigó al servirse D. Jaime
del catalán, en su Chrónica. Interesante libro éste!; regular,
adorable por su vigorosa sencillez; en el que la narración
tiene un aire de verdad, que agrada mticho, la frase es pro-
pia y selecta, el lenguaje pintoresco é ingenuo y el aroma
poético tan delicado, cual en las páginas en que Muntaner
nos reproduce, á D. Pedro recogiendo el guante de Coradi-
no ó la emboscada de Besalú.
El Conquistador nos convence con su historia, de que era
maestreen el idioma de Castilla, usual en un buen número
de sus subditos, y si os fijáis en las palabras que el rey es-
cribe le dirigieron los moros latinados de Peñíscola, al ren-
dirse la villa y el castillo, cuyas palabras recuérdannos la
antiquísima leyenda de Apolonio U), vertida del latín con
libertad y buen*^ gusto; si os fijáis en lo que habla la ñor y
nata de Teruel, al ser invitada á la reconquista de Murcia,
y en la índole de las frases, que D. Jaime atribuye á otras
ciudades aragonesas, convendréis en que existía en Aragón
un idioma, tan universal, cual lo fuese el lemosin en Cata-
luña.
Lo Glorios En Jaume, acredítanos también en su Comen-
tari, que en sus años maduros juzgaba dignos intérpretes
de la historia, á los romances españoles; confesándolo así,
con actos y con la hidalga franqueza que dictase la prohi-
bición de 1233, en homenaje al poder erudito eclesiástico.
Y á fe que, á versiones aragonesas se refiere también sin
duda, el celebre Statuitur.
Cualesquiera que fuesen los intentos de la Casa de Bar-
celona; sea ó no verdad que D. Jaime se propusiese en fa-
vor del catalán, una reforma parecida á la que, en favor del
romance hiciese el sabio hijo de S. Fernando, amigo y con-
fidente del que postró «con la energía de granado varón,
la soberbia, la arrogancia, el fiero espíritu de los Abones,
Mendozas y Cabreras»; es lo cierto, que no fué la lemo-
sina, la lengua del país de las Barras. Lo que hubo fué, se-
gún Borao dice, «un comercio recíproco entre aragoneses
y catalanes, luego de unirse ambos estados, aceptándose
aquí vocablos, desinencias y una parte de las letras catala-
(1) Fué escrita en griego primitivamente y luego vertida al latín, cu-
yo códice encontró Marcos Valsero en Augsburgo. Dícese que el original
griego está en Constautinopla; que su título es Vida de Apolonio de Tiana
y el nombre de su autor Filostrato. Figura en Confessio amantis de Go-
wer y en una colección, conocida por el título de Gesta Romanorum.
CXXVII
ñas»; comercio que debemos bendecir, porque cuanto pro-
cede de las literaturas sucesoras de las monásticas, ha co-
locado átomos de luz, en la vía láctea del progreso.
Que el lemosín difundióse por la Corona de Aragón; que
fué real y palaciego; que se usó en escrituras, cartas- pue-
blas, procesos, libros de cuenta y razón y actos del reino;
que el legislador, el historiador y el poeta, sirviéronse mu-
cho de él; que hasta el siglo xv, encontramos fueros redac-
tados en impuro idioma latino; que el provenzal, generali-
zado en ciertos círculos por obra de D. Jaime, empezó á de-
caer en la decimocuarta centuria, á pesar del Consistorio
de Zaragoza y quedó herido de muerte, cuando el Marqués
de Villena «insinuó á un tiempo, el gusto aragonés en Gas-
tilla y la lengua de Castilla en donde venerábase la cruz
de Sobrarbe»; que hasta la centuria decimocuarta aludida,
sirvióse nuestro pais natal del latín y del lenguaje de las
páginas que Borao enumera, todo esto es obvio.
Sí, obvio es, que el catalán fué el idioma de la poesía, del
palacio real y de algunos documentos oficiales; de lo que
no se deduce que aquél fuese el literario, ni el popular, ni
que Mayáns esté en lo firme, al aseverar lo que nos recuer-
da Borao. Este, escudándose con documentos y con autori-
dades acatadas por los doctos é infalibles en buen número,
demuéstranos, que antes de que el sol llamease en el alfan-
je alzado á lo alto en Guadalete, tuvo lugar en Aragón una
crisis lingüística, como en el resto de la Península; y que
á semejanza de lo ocurrido al borde de los precipicios astu-
res, se conservó y pulió la nueva lengua entre las hayas de
Sobrarbe, en los nevados peñascos que sirviesen de cimien-
to al alcázar de la monarquía en que el ser rey significaba,
loque un escritor respetable (i), expresó en unos versos.
(1) Me refiero al ilustre D. Manuel Lasala; y la composición inédita
s, un soneto que dice así:
FUEROS DE SOBRARBE
E si non, non.
Pidan á Sennyor Rej', si vén pretende
A entuertos é desmanes dar holgura,
Que traj'ga á su deber la su cordura,
Cá ansí por fuero el imperar se entiende.
E si esta ley de somision no atiende,
Muéstrenle que el regnar, non siempre dura,
E que se membre de la sancta Jura,
Que al regno so el Justicia fizo allende.
E si en libianos stropiezos se anda
E s' afinca saez en roin tirano,
Cá con torpes traheres se desmanda,
CXXVIII
inéditos hasta hoy. Demuéstranos, que no bien el estan-
darte de la Cruz ondeó en el llano, el guerrero montañés
extendió, á compás de su reconquista, su infantil idioma,
en el que hospedáronse multitud de palabras árabes; que
la unión del solio de los Ramiros con el de los Condes, y el
influjo del país de las cortes de amor, dio al habla de nues-
tros antepasados timbre provenzal; que sobre todo esto con-
servóse un lenguaje aragonés, que no necesitó uniformar-
se, ni al advenimiento de D. Fernando de Antequera ni al
recibir el Rey Católico la blanca mano de D.» Isabel; y que
este dialecto, casi castellano, debió su semblante al carác-
ter y al vigoroso espíritu de la tierra de las Barras, á las
reminiscencias de la en que quedó tendido, entre laúdes
rotos, el cuerpo ensangrentado del más liberal de los anti-
guos monarcas, y al roce con aquellos hijos del Yemen,
cuya dominación dejó en la Península, la estela que forman,
el alicatado revestido de aljófares del palacio morisco, las
albercas rodeadas de arrayanes, en las que suena el surti-
dor como liquida guzla, los encajes, alharacas, crestería y
bordados que creéis de hilo de oro y piedras preciosas, en
el mirha cordobés. Si; Aragón tuvo lengua, poesía y rima,
desde el siglo viii; una lengua que contribuyó á dar á la de
Castilla los esmaltes de culta; una lengua en la que escri-
biéronse peregrinas páginas. Y demuéstranos con docu-
mentos, que por ser innecesario, ni enumero, ni analizo,
que el lenguaje español fué, desde antigüedad muy remota,
el hablado en este país.
De mano maestra traza Barao, el cuadro de la formación
y progreso del idioma aragonés; lujo de pruebas documen-
tales nos ofrece en apoyo de su tesis, sacadas del arsenal
de los siglos; y tan persuasivas todas ellas, como por ejem-
plo, las célebres cartas de Juan II y Jiménez de Cerdán, la
proposición -^juramento de Fernando I, las páginas del tra-
ductor del Isopete historyado U) y las obras del Principe de
Viana, al que con buen acuerdo, naturaliza D. Jerónimo, en
Quiten de siella á rey tan mal cristiano,
E tornen dotro reye á la demanda
Maguer lo ferien por algún pagano.
Debo esta poesía, á la amabilidad de mi ilustrado compañero D. Mar-
cial Lorbés de Aragón, que la encontró entre los papeles de su deudo,
el insigne escritor. ínterin llega el día en que se coleccionen las produc-
ciones poéticas del Sr. Lasala, ningún hogar más cariñoso puede darse
á ésta, que la página de un libro de Borao, á quien vivió aquél unido
por la amistad más dulce.
(1) El infante D. Enrique de Aragón.
CXXIX
Aragón. El Principe de Viana! Qué gran figura! Tiene la
alteza que en la república del saber y del arte un Pero Ló-
pez de Ayaia, un Marqués de Santillana, un Villena; la alte-
za que el autor del Laberinto ó que Prudencio, cuyos him-
nos son, el incienso, el oro y la mirra de la poesía religiosa.
De afable condición; hermoso y gentil; dado al estudio;
vencedor en lides poéticas y morales; tan amigo de Alfon-
so V, como de Alfonso la Torre, el de la Visión deleitable;
tan honrador de Ausias March y de Mossen Juan Roiz, como
de Juan Poeta, el infortunado hijo de un pregonero d); dan-
zador garboso; trovador ingeniosísimo; gran dialéctico; afi-
cionado á los libros clásicos; sin desdeñar los de Italia; de-
voto de las Letras Sagradas, á fuer de cristiano; de las fic-
ciones caballerescas, á fuer de caballero; de la Historia y las
Leyes, á fuer de príncipe de elevadas miras; D. Carlos de
Viana vivió, sufriendo, leyendo y escribiendo libros impor-
tantes y recites z!as que producían agudas disputas en los
ingenios de más renombre; á los que trataba con ingenuidad
y sencillez. Él asonó canciones que cantaba al son del laúd
ó la vihuela. Sus poesías tuvieron suerte desventurada. Él
tradujo las Etílicas de Aristóteles de Leonardo Arezzo, acre-
ditándose de fiel intérprete del gran observador, de porten-
toso erudito, de moralista, de entendido filósofo, de cono-
cedor del latín y del romance, de cultivador esmerado de
la frase de éste: — por cierto que si no dio cima á la ardua
empresa de limpiar de errores la magna obra del maestro
de Alejandro, fué, por las amarguras con que afligió al Prin-
cipe, su padre. Él estudió á Eusebio, Orosio, Leandro, Isido-
ro de Sevilla, Ildefonso, al Pacense, á Sulpicio de Compos-
tela, á D. Rodrigo, á Lucas de Túy, á Vicente Bauvais; con-
sultó los escritos de Fr. García de Enguí, obispo de Bayona;
las crónicas todas de Castilla, Aragón y Francia; penetró
en los Archivos; y ávido de lavar en las cristalinas aguas
de las verdaderas fuentes históricas, las narraciones de la
Edad Media; bajo el influjo de Italia; escribió su célebre
Crónica; notable por el método, la claridad y la pasión por
la exactitud, que en ella resplandecen; por ser entre sus
libros, el de estilo más natural y lenguaje más suelto. Él en
fin, fué autor de Epístolas y Lamentaciones, que vivirán
siempre: y poeta, filósofo, orador y cronista, nutriendo su
espíritu con la doctrina de otras épocas y literaturas, me-
reció la palma de oro de la inmortalidad. Pues bien, el
Príncipe de Viana puede ser naturalizado en este país, con
(1) El de Valladolid.
i
cxxx
más justicia que en España, Doria ó Alejandro Farnesio, y
que en Italia el gran Ribera; no ya por el interés que en
Aragón despertaron las desgracias de D. Carlos; por la so-
licitud con que aquél las socorrió; por el parentesco que á
éste unía con el héroe de Aversa; por haber sido el hijo
infelice de D.^ Blanca primogénito y heredero del solio
tallado en el tronco de la encina de Sobrarbe; sino porque
el traductor de las ¿"í/iicas^ apartóse de los que pugnaban
por latinizar nuestra sintaxis; asocióse al movimiento li-
terario de los ingenios catalanes y aragoneses y escribió
en romance navarro, á maravilla : en romance navarro!,
interesantísimo para nosotros, por las grandes analogías
históricas y jurídicas que entre sí tienen, el reino de Don
Pedro II y el de Sancho el Fuerte; por las afinidades que en
ambos creó la geografía; por su comunidad de origen mo-
nárquico y de reyes en tiempos; por todas las sólidas razo-
nes en fin que Borao alega en su Introducción; de las que
dedúcese la conformidad acabada del lenguaje, en Jas re-
giones aludidas. Es verdad que el vascuence hablóse en
muchas villas y aldeas de Navarra; mas el Archivo de la
Cámara de Comptos y el de la Diputación, nada contienen,
en contra de haber sido el castellano lengua oficial, en la mo-
narquía cuyos hijos fueron nuestros compañeros de armas
en las Navas. Lo fué, un degenerado latín, hasta que logra-
ron omnímodo triunfo las hablas vulgares, bajo el que germi-
nó el romance navarro; del mismo tronco y de la misma raíz,
que el de la España Central y análogo en las circunstancias
políticas y sociales, que determinaron su aparición.
En los fueros, otorgados por mano aragonesa, á importan-
tes poblaciones del país de Sancho el Tembloso, hay voces,
giros y cláusulas en que, bajo el tosco ropaje de un latín bár-
baro, escóndese, en estado de crisálida, una lengua nacional.
Si examináis los documentos diplomáticos, que en muy
docto sitio se guardan y en los que resultan interesados,
ya el abad y monjes de Fitero, ya el Prior de S. Esteban ó
el de Jesa, os convenceréis de que existió en Navarra un
romance, parecido al leonés y al castellano. Navarra sintió
la influencia aragonesa siempre. Los Fueros Municipales,
coleccionados por Muñoz, convencen de que ningún docu-
mento, que no sea latino, hay en aquélla, hasta la tarde
del siglo XII. en que el romance puro, posesiónase de la
chancillería. Sancho el Sabio, en el último tercio de dicha
centuria, otorga el Fuero de Arguedas, en navarro, que era
ya el habla de la muchedumbre; presentándonos en el siglo
XIII el Fuero general, un lenguaje casi formado y con bríos
para acabar de vencer, los obstáculos que se le oponían.
J
CXXXI
Es evidente que el habla nacional en Navarra, lo fué,
como en Aragón, un lenguaje parecido al leonés y al de
Castilla; siquier en el de Navarra, cual en el de Aragón,
adviértanse matices que determinan fisonomías particula-
res. Convéncennos ambos de que era simultáneo y general,
en la Península, el predominio alcanzado sobre el latín
cancilleresco, por los idiomas vulgares; cada uno de los que
reflejaba elementos de cultura.
Es asimismo evidente, que en las donaciones, privilegios
y demás escrituras de Navarra, hubo analogía con «las
prácticas y el lenguaje de Aragón, hasta en las rúbricas
curiales», lo cual acontecía en las merindades próximas á
nosotros y en las que estaban cerca de Francia ó del risco
vascongado; que la lengua familiar, idéntica en los aludidos
reinos, en ambos estuvo unida por intimo parentesco, con
el castellono. Sí; idéntica y de no menor fuerza vital, que
todas las hablas vulgares. Porque si el catalán propagóse
á Mallorca y Valencia, merced á las hazañas que relató Don
Jaime, con candor sublime y en frases tan dulces, como el
piar de la golondrina que anidase en la tienda de campaña
del ilustre guerrero, en el sitio de la ciudad del Turia; el
romance aragonés se enseñoreó de las poblaciones arran-
cadas por el Conquistador al moro, en las comarcas del
mediodía; en que el azahar perfuma la atmósfera y la palma
con sus espigas de dátiles y el limonero con su fruto de
oro y el granado con su ñor de púrpura, prestan hechizos
indefinibles al paisaje....; en aquellos deliciosos campos, en
los que al lado del ciprés, cuyo color verdinegro destaca
la nieve de la paloma, está el mirto, que es el árbol del se-
pulcro de los niños, ó la higuera que, por habe rocultado á
Jesús y María, fugitivos de Herodes, da tres veces un fruto
que destila miel; y en que las fiorestas vierten perfumes
más suaves, que los jazmineros de Alejandría, que los bos-
quecillos de rosales de Chipre y de Damasco.
Resulta, pues, que la historia enseña, que en Aragón y
Navarra, tuvo la lengua española las mismas vicisitudes
que en Castilla, á la que superó aquél bajo más de un aspec-
to; sin que jamás hayan existido, sino diferencias naturales,
y modismos, en los que se conserva lo tradicional del ca-
rácter, en el Norte, y en los elíseos de Andalucía. De aquí,
los vocablos propios y maneras de decir de que nos habla,
el célebre Juan de Valdés.
Y con lo dicho basta para demostrar, cómo las palabras
contenidas en esta magnífica obra, pueden naturalizarse en
el Diccionario de la Academia. Más aún; deben naturalizar-
se en él, las bellezas provinciales, recogidas por el docto
CXXXII
profesor, en el honrado hogar de este libro. Haciéndolo,
ganará mucho la sintaxis española. Vocablos y desinencias
hay en estas páginas, que aumentarían la gracia de la len-
gua de Quevedo y perfeccionarían el sentido de ciertas
voces, imprimiéndoles más propiedad: los hay, más con-
formes que sus respectivos, con la etimología y con el genio
del idioma que rebosa sales y donaires, en Cervantes y
Góngora: los hay, más concretos y claros, que muchos que
tienen la calidad de castizos.
El Vocabulario de Borao, contiene, pues, dádivas, cuya
aceptación interesa al fausto, al número, á la poesía, del
habla de los Luises y de Argensola; del habla que, ante la
Virgen de Bartolomé, oír creemos en los labios de los her-
mosos ángeles niños, que ostentan vastagos de oliva, palma,
rosas y azucenas, en torno de la Madre de Dios.
D. Jerónimo Borao prestó un gran servicio á su patria,
con esta obra. Quizás no se encuentren en ella, todas las
palabras que tienen derecho á ocupar un lugar parecido al
de las acopiadas: tal vez brillen por su ausencia, frases pro-
pias de este país, alguna de las que conozco por un ilustra-
do y querido amigo (i) y encierra la inocente hermosura del
Pirineo y del hombre que lo habita. Yo no dudo, que leyen-
do con cuidado á nuestros escritores, ó las páginas de nues-
tros jurisconsultos y estudiando el derecho consuetudina-
rio en boca del pueblo; yo no dudo que, llevando la critica
á nuestra historia, á sus fuentes, á nuestro Parnaso popu-
lar, al lenguaje de la aldea, á las joyas literarias y científi-
cas que poseemos, encontraríamos oro de ley, como el reco-
gido por Borao. En faena tan ardua sorprendió la muerte
al ilustre autor, según pregona el Apéndice que nos legase
para enriquecer la segunda edición de su Diccionario; y
quién sabe si preparando los materiales, para reunir en un
libro, las frases y refranes aragoneses. Es riquísimo, nues-
tro tesoro de frases! Y el de refranes! Poseemos muchos,
muy antiguos, en los que están representados el carácter,
la índole y la tendencia del pueblo que grabó las barras en
el cielo de Italia y de Sicilia, sobre las puertas del Oriente
y sobre las plateadas escamas de los peces del Mediterrá-
neo. Unos refiérense á faenas agrícolas, á circunstancias
de los oficios fabriles y otros á la vida del pueblo, ó á las
ocupaciones del pastor. Unos respiran la sencillez inspira-
da por el surco ó la montaña; otros fe religiosa y sagacidad:
abundan los elegiacos: no faltan los expresivos de ideas
audaces; ni los en que se ensalzan nobles rasgos del alma
(1) El Sr. D. Antonio García Gil.
CXXXIII
ó se perpetúan los nombres de distinguidas personalidades.
Los mejores son, los que encierran un pensamiento, ya
agudo, ya grave y fotografían el espíritu de la patria de los
grandes satíricos. Lástima que Borao descendiese al valle
de las tumbas, sin legarnos la colección apetecida! Y más
aún que la Parca se apresurase á cortarle el hilo de la exis-
tencia, en la época en que más hábiles trabajos pudo haber
ejecutado en su Diccionario!
El sitio que D. Jerónimo ocupó en la Holanda zaragozana
de las letras, continúa aún vacío. No se me alcanza quién
entre nosotros tenga empuje para desempeñar los oficios
de sucesor suyo. Que cuando alguno nazca con ellos, pro-
cure continuar la obra inaugurada, que á fuer de grande,
necesita del esfuerzo sucesivo de varios hombres! Los mag-
nos libros parécense mucho, á las magnas creaciones de la
arquitectura. Sin concluir están aún, las catedrales de Se-
villa y Colonia: el historiador de las Navas puso la primera
piedra de la toledana, que se comenzó bajo el amparo de
San Fernando; se consagró en los días de Alfonso VI; debe
mucho al VIII; tiene por adornos el sepulcro de Mendoza y
el de D. Alvaro, el de D. Enrique el Bastardo y D. Juan I,
las esculturas del genial Berruguete y del clásico Borgoña:
y del esfuerzo de muchos príncipes necesitóse, para cons-
truir, la mezquita cordobesa; selva sagrada de tobas de
mármol; encantado laberinto que si con sus lámparas simu-
laba un sistema solar, alguno de sus alminares, amortigua-
ba con el brillo de sus granadas de plata y oro, el respian-
dor purísimo del sol andaluz. Pocos Palacios del Té fueron
ideados, delineados, construidos y pintados por un solo ge-
nio, cual la maravillosa quinta de los Duques de Mantua en
que resplandece, el numen creador, poderoso, inarmónico
de Julio; que más inclinado á los conñictos terrenales, que
á ejecutar con cariño una Sacra Familia; más amante de
la idea de fuerza, que de la sencillez y naturalidad majes-
tuosas; sin la idealidad, sin la gracia, sin los sentimientos
castos, sin el bello lápiz y la suave paleta, sin la tranquila
armonía, la profunda calma, la serenidad celeste y la perfec-
ción de su •hielodioso maestro; desenfadado, atrevido, sen-
sual; Ovidio del pincel; dio nombre á maravillas sublimes y
cometió pecados, cual el de la gata y el enano que coloca-
se, en una Virgen rafaelesca y en la batalla de Constantino
y Maxencio. En cambio, desde la Eneida á acá, son muchas
las obras que están sin concluir: mas lo que de ellas existe
constituye un monumento. Negadme que lo sean, el Diablo
Mundo y el Alcázar de Carlos el Emperador, en Granada.
Juzgúese terminado ó sin terminar este Diccionario, es
CXXXIV
un diamante. Por tal se le tiene, en libro de la importancia
y severidad de la Historia critica de la Literatura española;
como tal ha sido saludado, en discursos admirables de Ba-
laguer y en artículos del insigne Milá y Fontanals. Convc-
7iinios, escribe éste, efectivamente, en casi todas las opinio-
nes, manifestadas en su obra, por el Sr. Borao y de que
habíamos ya antes formado juicio, al paso que nada tenemos
que oponer, antes lo tenemos por muy aceptable, á todo
aquello de que por primera vez nos instruye. Después de
consideraciones preliminares sobre la influencia de los go-
dos en la lengua y los árabes en las costumbres, trata en su
nutrida y bien trabajada Introducción, de la época del
nacimiento de la lengua castellana, que con alguna reserva
bien fundada (pues en vendad hubo más bien continuas
transformaciones que nacimiento), consiente en que se atri-
buya al siglo VIII. Cita los primeros documentos castellanos,
que corresponden al siglo XII, precedidos de otros de las
tres anteriores centurias, en que entre el latín bárbaro y
convencional de las escrituras, van asomando palabras
castellanas, asi como más tarde se ofrecen otras, donde el
fondo castellano se halla alterado por resabios latinos;
lucha de los idiomas, propio de las escrituras, que sólo in-
directamente pudieron influir, en el ya formado lenguaje
del pueblo. Entre los últimos documentos citados, los hay ya
aragoneses, es decir, escritos en Aragón, en la lengua que
ya entonces les era común ó poco menos con Navarra y con
Castilla, á pesar de que la lengua sabia y cortesana y hasta
en ciertos casos diplomática, fuese desde la unión con Cata-
luña, la que después ha recibido el nombre impropio de le-
mosina, y á pesar de que el aragonés fuese, como es todavía,
más catalanizado, mientras algunas de las primeras mues-
tras que como de verdadero castellano nos presentan, con-
servan formas asturianas ó gallegas. Que los aragoneses
hablaron desde el origen de su reino, lo que después se ha
llamado castellano, ya lo evidencia el hecho de que desde
muchos siglos lo estén hablando, sin que hubiese mediado
un cataclismo histórico, á bien que los documentos no dan
lugar á razonada oposición. El extracto de interesantes
documentos aragoneses, empezando por uno de H78, ocupa,
como es debido, un buen número de páginas del trabajo que
examinamos y cuya primera parte, que es la historia, ter-
mina con una oportuna excursión al reino de Navarra. La
segunda parte de la Introducción, más especialmente des-
tinada al examen del Diccionario y de los modismos ara-
goneses, nos muestra el tiento y la imparcialidad con que
fia procedido el Sr. Borao en la admisión de voces, sin que
cxxxv
esto haya obstado para que su Vocabulario, se^íin advierte
en el Prólogo, contenga 1675 artículos nuevos, sobre 784
indicados por la Academia y 500 recogidos por Peralta.
La obra del Sr. Borao, ha exigido un paciente trabajo y
estudios lingüísticos, científicos y forenses; y se recomienda
además, por un cierto perfume literario, que no siempre
despiden las obras especiales. Citaremos para concluir,
como puntos de lectura curiosa é instructiva, el pasaje sobre
el diminutivo en ico de la Introducción y la Nota relativa
á los aragonesismos, del poco comedido rival de Cervantes.
La pluma se cae de las manos, por ser imposible una
critica más sana, acerca del Vocabulario de Borao y de su
Introducción magistral, que escrita en 1859, está, en la ge-
neralidad de sus conceptos, á la altura de la última palabra
de la historia, que ha progresado lo que es sabido, desde
aquella fecha. ¡Loor, pues, á tan grande hombre, por quien
podemos decir al orbe literario, que las razas del genio que
tanto brillo diéronnos en otros dias, no se han descastado
en Arngón; que ésta es aún la tienda de los preceptistas é
historiadores sesudos, de los poetas didácticos inimitables,
de los satíricos modelo!
Cuando los siglos comparezcan en el juicio universal de
la historia, una vez terminadas las providenciales tareas de
la humanidad, allí estarán: el que con la lira de sus vates,
enseñó el castellano á Castilla; los que asombraron al mun-
do, con reyes que así manejaban la espada como la péñola;
los que endulzaron los pinceles de José Leonardo; los que
dieron cuna á Antonio Agustín ó á Zurita ó á Jusepe Mar-
tínez ó á Luzán; los que con sus prensas Gutenberg, con
el cincel de sus estatuarios, con el yunque de sus rejeros,
con los libros de sus jurisconsultos, maestros entre los
maestros de derecho; aumentaron la resonancia del nombre
de Aragón, por los ámbitos del planeta.
La centuria decimonona, encarándose á las aludidas,
podrá exclamar: — Ciño laureles tan inmarcesibles como los
vuestros, pues mis Goyas han pintado el héroe con canana,
escopeta de chispa, calzón, faja y pañuelo, el héroe popular,
y mis Pradillas el cuadro histórico con el pincel de Veláz-
quez y de Claudio de Lorena; mis historiadores Lasala y
Quinto fueron honra de la patria; mis jurisconsultos con-
servaron las tradiciones de los que, en pasadas edades, con-
quistaron imperecedera fama (i); mi fabulista Principe, cul-
(1) Al referirme á los jurisconsultos de nuestra historia, no puedo me-
nos de hacer votos, porque alguno de mis paisanos, entendidos en la
materia, saque de la penumbra en que se hallan, las magníficas obras
CXXXVI
tivaiido el género que ilustraron Samaniego é Iriarte, aven-
tajóse lo que la Mothe en Francia, Roberti y Bertola en
Italia y míis que Gay ó Dryden en Inglaterra; y nais precep-
tistas han escrito, han juzgado y han enseñado con la sabi-
duría de Borao, cantor de las glorias de este país, cuyo ce-
tro fué, de ágata pirenaica, palma granadina y oro del mun-
do, que Dios colocase entre las olas de cristal más puro y
más finas perlas de los mares, en el que late una alma don-
cella, que será madre de la civilización futura, lo cual reco-
nócese, mirando su naturaleza privilegiada, como en la
imagen de Virgilio, reconocíase en el majestuoso andar, la
divinidad de la diosa.
Borao es, pues, digno del respeto que acompaña á su me-
moria, por su inteligencia radiante y porque consagró su
vida á la educación de la juventud, á la cultura de la patria,
al bien de todos.
Por esto entre sus timbres, cuenta los muy envidiables
del hombre benéfico. Sí; los muy envidiables, porque si las
Gracias deshojan palmas y flores sobre la senda de los ge-
nios, sobre la senda de los seres benéficos, las deshojan los
ángeles de Dios. Y si mucho arrebata Napoleón á caballo,
al decidirse por él, la victoria en Austerlitz; Byron soñando
en los canales de Venecia; Rossini ó García Gutiérrez enlo-
queciendo los públicos; Víctor Hugo despidiendo por los
cráteres de su numen la lava revolucionaria de su siglo;
Castelar en la tribuna ó Fortuny firmando la Vicaria; des-
piertan ideas más dulces, el nombre del que descubrió la va-
cuna, del que importó la patata en Europa, del que nos trajo
el gusano de seda, del que armó el telar de Jacquart, y dio
al minero la lámpara de Davy...; un Pignatelli sangrando
el Ebro; ó un José de Calasanz, ¡figura de las más bellas de
la historia!, enseñando á deletrear al niño pobre y deshere-
dado y dotándole de la riqueza de la cultura y de la virtud.
Faustino Sancho y Gil.
Zaragoza, Diciembre, 1884.
que constituyen los tesoros de la ciencia jurídica aragonesa. Me consta
que muy aprovechadas vigilias ha consagrado á su estudio el Sr. D. San-
tiago Penen, uno de los aragoneses contemporáneos más modestos y de
más mérito que conozco y que D. Joaquín Martón, honra del foro, se
ocupa en la actualidad en un trabajo, en el que propónese popularizar,
libros que no están al alcance de todo el que desea poseerlos. El notable
jurisconsulto hará un gran bien á la cultura general; y de desear es que
el publicista que ganó ya merecido galardón en la empresa, á que con
el Sr. Savall diese cima, se acuerde de sus antiguos bríos; que confíe ú la
pluma el encargo de conservarnos lo mucho que sabe el Sr. D. Luis Fran-
co, jurisconsulto de la talla de los antiguos, gran sabedor de las Cosas
aragonesas; y que á la misma empresa consagre D. José Nadal su gran
talento y el suyo clarísimo el Sr. Gil Berges.
ADVERT-E: INICIA
En 1859, encabezaba D. J. Borao la primera edición de este
Diccionario:
Decidido amigo de la instrucción primaria, á quien me lisonjeo de
haber prestado más de un útil servicio, he tomado parte tal cual vez, en
los periódicos que le están dedicados en España. Hícelo, en 1856, para
tratar ligeramente de los diminutivos y principalmente del terminado
en ico; y aplazando el examen de otras maneras aragonesas de decir,
para algunos artículos próximos, logré encariñarme á tal punto con la
materia, y fueron extendiéndose de tal suerte mis estudios, que al cabo
produjeron el Diccionario aragonés y la Introducción sintética, que hoy
someto al juicio del público y recomiendo á su indulgencia.
Parecióme muy difícil, al principio, la originalidad, ya por el gran
número de voces aragonesas, que en calidad de tales, definía con su
acostumbrado acierto la Academia, ya por las nuevas que incluía en su
Ensayo de un Diccionario aragonés-castellano (Zaragoza Imp. real. 1836,
67 'páginas 8.o) el distinguido abogado entonces, hoy dignísimo magis-
trado, D. Mariano Peralta, cuya larga residencia en el alto Aragón, le
permitía dejar muy poco asunto á sus sucesores, á pesar de la modestia
con que tituló su muy apreciable trabajo, que yo he respetado con ex-
tremo; pero observando las disculpables omisiones de ambos Dicciona-
rios, decidíme á mejorarlos en cuanto pudiese, sobre la base inevitable
que ellos me ofrecían.
Si lo ha conseguido ó no mi diligencia, el público es quien ha de re-
solverlo, teniendo en cuenta la variedad de estudios, así lingüísticos como
cientíñcos y forenses, que mi obra ha exigido; la paciente espectación
que ha requerido, como quiera que se ha apelado al pueblo mismo, para
sorprenderle su lenguaje; y, en fin, el crecido número de vocablos nue-
vos que he conseguido allegar, cuando parecía casi agotada la materia,
aunque adviertiendo que, sobre las voces que hayan podido escapar á
mi cuidado, se echarán de menos algunas puramente locales, suprimi-
das de propósito, por separarse en cierto modo, del habla común ara-
gonesa.
La Academia, si no hay error en el cómputo que he practicado, incluye
quinientas sesenta y una voces, como provinciales de Aragón y ochenta y
una, como provinciales en general, pero seguramente de uso aragonés:
Peralta unas quinientas nuevas sobre las doscientas aragonesas, cuarenta
y cinco provinciales y ciento cuarenta y dos castellanas, que toma de la
CXXXVIII
Academia: el Diccionario que ofrezco ahora al público contiene, sobre
las 784 de la Academia y las 500 de Peralta, 1675 nuevas, que constituyen
un total de 2959 voces, esto es, 2175 más que la Academia y 2070 más que
el Vocabulario de Peralta.
Ampliadas, concordadas y modificadas á veces, las definiciones de
ambos Diccionarios, he creído del caso sin embargo, conservar la propie-
dad ó digamos, pertenencia de cada palabra, para mejor conocimiento
del lector; y á este fin he designado con una c, las voces castellanas que
Peralta (indudablemente con buenos fundamentos) incluyó como ara-
gonesas en su Ensayo, con una p las provinciales, con una a las aragonesas
de la Academia, con una d las exclusivas de Peralta, y con una n las que
en su totalidad me pertenecen. Esto he preferido para cargo y descargo
de mi responsabilidad, y no las indicaciones gramaticales que doy por
conocidas, y que no me parecen propias de un trabajo especial como
este, sobre el cual ha de suponerse el conocimiento de otros Diccionarios.
La obra del eminente catedrático fué recibida por los doc-
tos, con el cariño que se recibe una buena nueva; fatigóse
en su elogio la Prensa de España; y Borao, que no era de los
que se sientan á la sombra de los laureles sino el tiempo
preciso para refrescar la frente abrasada por el pensamien-
to, continuó trabajando en su heredad literaria, á fin de
mejorar su obra, á semejanza del hábil jardinero que des-
pués de producir un hermoso vastago, sigue cultivándolo.
La muerte privó en Aragón á las letras, de su delicia más
grata, cuando el docto Profesor proyectaba dar á la estam-
pa el resultado de sus nuevas tareas, según se desprende
de estas palabras, escritas, para colocarlas á continuación,
de las que encabezaron la edición primera del Diccionario:
El éxito literario que tuvo la obra, fué lisonjero por todo extremo;
pero no seré yo quien indique siquiera las numerosas pruebas que de
ello tengo en mi poder. En cuanto al éxito mercantil, que con frecuencia
está en razón inversa, ese fué como mío: verdad es, que ni lo serio de la
obra, especialmente la Introducción, ni el país en que se publicaba, ni
mi ninguna maniobra en comerciarla, eran condiciones para que sacara
de ella alguna recompensa; de suerte que los gastos de mis viajes cientí-
ficos y los de la modesta edición que hice, no fueron compensados ni
aun aproximadamente. Pero, acostumbrado como escritor á vivir en
pleno patriotismo, me di por contento con que la obra corriera, muy
bien recibida, por España y Francia, con que antes de su aparición tu-
viera en Zaragoza un número muy selecto de suscritores y con que cada
día, me hayan solicitado ejemplares personas distinguidísimas, á quienes
en mí era punto de honra, el regalarles un libro que honraban con de-
searlo.
De esta manera, y al cabo de catorce años, la edición se halla agotada.
I
CXXXIX
En la previsión de este caso, y llevado de mi impenitencia (pues yo pa-
rece que me he jurado á mí mismo no desertar de mi puesto literario,
aunque vengan sobre mí, todas las contrariedades, que hasta aquí se
han inventado) había ido haciendo lento acopio de nuevos datos; y hoy,
sacudida la pereza y en un intervalo de regular salud, he procedido á
ordenarlos, para que puedan intercalarse, en esta nueva edición. Las
ventajas que en ella ofrezco, fuera de la mejor impresión, son: 1.a, algu-
nos pasajes importantes y documentos inéditos, para enriquecer más la
Introducción; 2.a, colocación dentro del texto, de lo que por ocurrirme á
última hora, hube de poner en el Apéndice; 3.a, rnás de ochenta amplia-
ciones á las palabras, ya incluidas en la primera edición, y 4.a, bastante
más de ochocientas voces, absolutamente nuevas, que contribuyen á
formar un total de cuatro mil, superando ahora en tres mil á la Academia
y al Ensayo de Peralta.
Expuestos los datos materiales que abonan esta edición, yo no sé con-
tinuar el panegírico y me entrego con ánimo igual á la protección ó á la
frialdad de mis paisanos.
Pocos años después de 1873, en que escribiéronse estas
palabras, salió por la Puerta del Duque para el Cementerio,
su esclarecido autor, acompañado del claustro universita-
rio y de todo lo notable que Zaragoza encierra.
Con llanto en los ojos vieron las letras cerrarse el sepul-
cro de Borao; honores tributáronse á la memoria del escri-
tor insigne; la Diputación reservó para este instante el
rendirle el homenaje debido, á los que triunfan y ensanchan
los dominios de la cultura general.
Y ninguno le ha parecido mejor, que el de entregar á las
prensas este libro.
¡Flores á su tumba!; ¿á qué arrojarlas, si en ella crecen
tantas espontáneamente?
S. Y G.
Panticosa, 29 de Agosto de 1884.
INTRODUCCIÓN
E
XTENDIDA la dominación romana por toda la
península española, muy pronto se difundió entre
nosotros su cultura, entonces poderosa, é inevita-
blemente hubimos de recibir los vencidos el idioma
del Lacio; que siempre fué la lengua el vehículo
y el símbolo de la civilización. Mas cuando ya era
usual hasta en el pueblo el latín de aquellos tiem-
pos, sobrevino una irrupción no menos enérgica,
que, si no pudo desarraigar de pronto ni las cos-
tumbres ni el habla romana, todavía imprimió un
semblante nuevo al idioma, híbrido conjunto de
voces latinas y maneras godas, que por ventura
ha prevalecido hasta el presente, puesto que mo-
dificado por las muchas avenidas extranjeras que
sucesivamente contribuyeron á enriquecer á aquel
sin par idioma, en que habían de causar admira-
ción á la Europa los Cervantes, Calderones y
Quevedos.
Nuevas zozobras, nuevo espanto, nueva y más
fundamental reforma que otra alguna vino á ame-
nazarnos con la invasión árabe, á la cual justo es
decir que debemos la mayor parte de nuestra ade-
lantada ilustración en los siglos medios, así como
el desarrollo de todas las cualidades caballerescas
que constituyeron un día nuestro carácter, y que
todavía se conservan, aunque muy atenuadas, en-
tre nosotros, como se conserva el aire de familia,
ó como se distingue el tipo especial en el rostro de
cada nación y aun de cada territorio.
De la misma manera que el idioma latino, el
cual por su difusión vino á llamarse, á poco de la
invasión árabe, la lengua de los cristianos, esto es,
la lengua nacional, la lengua en que estaba escrita
la legislación ó el Forum Judicum^ de la misma
manera, decimos, se generalizó entre nosotros el
árabe, al cual (como dice el sabio Marina) hubieron
de trasladarse hasta los libros santos, que ni aun
los sacerdotes entendían, siendo cierto que en el
siglo IX no había sino uno para cada mil que com-
prendiese el idioma latino, cuando el caldeo era en
muchos puntos de España del todo familiar (^\
No en todos, sin embargo. Los alentados espa-
(1) Alvaro, amigo y biógrafo de San Eulogio, se lamenta en su Indiculo
luminoso de que los latinos dejasen por el árabe su propia lengua. Ese
irrebatible texto, aducido por Aldrete en el cap. III, P. I de su Origen g
principio de la lengua castellana (Roma, 1606) y apoyado después (P. II,
capítulo XIV) con muchos autores de gran nota, demuestra que ambos
idiomas, el latín y el árabe, nos fueron del todo vulgares y principalmen-
te el primero. Citando el erudito arabista Sr. Gayangos al morisco ara-
gonés Mohamad Rabadán, natural de Rueda de Jalón y autor de un
poema aljamiado en honor del anavi Muhamad, el cual se incluye por
primera vez en los apéndices á la Historia de la Literatura española del
sabio angloamericano Ticknor, dice de su cuenta que «en Aragón, sobre
todo, donde por causas locales comenzó antes la amalgama y fusión de
las dos lenguas (española y árabe), hubo pueblos en que se hablaba y
escribía una jerga casi ininteligible para los no versados en la lengua
arábiga.»
ñoles que, lejos de someter su cerviz al yugo mu-
sulmán, fueron á refugiarse en lo más arriscado
de las montañas para preparar desde allí la más
obstinada y vencedora defensa que han presen-
ciado los tiempos, salvaron con nuestra naciona-
lidad nuestro lenguaje. Y no fueron sólo las in-
vencibles huestes de Pelayo las que conservaron
el depósito del idioma: también los aragoneses,
reunidos en las asperezas pireaaicas bajo la con-
ducta de Garci-Jimónez w, preservaron el latía
gótico de la destrucción completa que le hubiera
cabido si, como en las ciudades florecientes y aun
en comarcas enteras de España, llegara á hacerse
general el idioma de los árabes.
Cuál fuera aquel tosco lenguaje ó qué grado de
perfección alcanzara, no es fácil decidirlo; pero
convienen los doctos en algunos puntos que nos-
otros agruparemos brevemente. Parece que los
godos no fueron poderosos á imponer ni aun á
conservar su idioma propio, y tomaron, por el
contrario, la lengua latina, aunque en el estado
mísero en que ya se hallaba, como que ya venía
decayendo desde su mismo Siglo de Oro (2). Las
(1) Recordamos haber visto indicada esta idea, por lo demás muy
obvia, en el famoso y muy apreciable Diálogo de las Lenguas, obra del
Siglo de Oío que se atribuye al protestante Juan de Valdés y que fué
publicada por Mayans en unión de sus Orígenes de la lengua española.
(2) Había, en efecto, un lenguaje que llamaban los romanos militar y
3ue ya prescindía algo de la declinación: Cornelio Tácito se conduele
e las pérdidas que había sufrido la buena latinidad; San Jerónimo
alude alguna vez el decaimiento de la lengua latina, y San Isidoro
llama latín mixto al idioma corrupto originado por las conquistas; en
cuauto á la universalidad de este latín en España, la demuestra Ber-
ganza de acuerdo (como ya lo hemos dicho) con Aldrete, aduciendo al-
gunas razones y documentos atendibles y probando que hasta las muje-
res, y por consiguiente el pueblo, oían y entendían las escrituras latinas.
pérdidas que diariamente sufría el idioma del La-
cio permitían que se infiltrase sin obstáculo tal
cual influencia gótica, y de ese mutuo decaimien*
to, favorecido después por elementos arábigos,
rabínicos y francos, resultó una verdadera é in-
forme fusión, en que sin embargo prevaleció el
elemento latino (^\ por donde los idiomas de él
engendrados se llamaron romanos ó romances,
ocasionando entre otros el castellano, que bajo
este aspecto bien pudo haber nacido en el si-
glo vm, si puede llamarse idioma nuevo el que
debió de hablarse en aquella época, de lo cual
disentimos nosotros francamente, por más que lo
hayan sostenido, pero sin documentos ni razones
de algún peso, los eruditos Aldrete, Terreros y
Andrés (2). De todas suertes, y aunque fuese idio-
ma vulgar y aun cortesano, al decir de Terreros,
no le vemos hasta el siglo xii como lenguaje es-
crito, y, por consiguiente, no podemos deducir de
él sino lo que de éste se desprende. Cónstanos,
sí, de su existencia, como quiera que la demues-
tran las mejores inducciones filológicas, la decla-
ran los mismos documentos latinos que repetidas
(1) Así como el lenguaje actual procede del latín españolizado, así
también hubo lenguaje bárbaro que era español latinizado, como lo
comprueba un documento de regular latín que Berganza vio traducida
marginalmente á otra especie de latín macarrónico, en que se decía
bracaret por amplecteretur, mataret por occideret, agat usuale lege por sit
usus et lex.
(2) Terreros en su Paleografía, atribuida al P. Burriel, divide nuestra
lengua en épocas ó temporadas, y en la segunda, que corre del siglo v
al VIII, supone su nacimiento, así como en la siguiente hasta el siglo xi
su cultura. Aldrete asienta que de la corrupción latina nació el idioma
vulgar, hasta que los árabes vinieron á modificarlo, si bien más ade-
lante establece al cap. V de la P. I, que los godos estragaron la lengua
romana, aunque sin introducir la suya; el abate Andrés, ya que no coa-
veces se refieren al idioma que llaman vulgar (ó
rústico, como Don Alonso el Batallador), y sobre
todo, la argüirían con su misma perfección rela-
tiva los primeros monumentos verdaderamente
castellanos.
Pero antes de fijar la época á que éstos se re*
fieren, conviene anticipar dos observaciones di-
plomáticas, á saber: la falibilidad de muchos docu-
mentos en orden á su lenguaje y fecha, y la abun-
dancia de documentos latinos y absoluta carencia
de castellanos hasta los tiempos críticos á que
nosotros referimos el uso del castellano escrito.
En cuanto á la primera de estas dos ideas, di-
remos que ha habido muchas piezas, latinas en áu
su origen pero vertidas más 6 menos pronto al
castellano, lo cual puede inducir á- fácil error por
la aparente conformidad pero verdadera diseñan-*
cia entre la fecha y el idioma, de lo cual (entre
muchísimas) pueden ser ejemplo los fueros de Se-
púlveda y de Arguedas, 1076 y 1092: hay también
privilegios, cuyas confirmaciones se conocen pero
no sus instituciones, habiéndose redactado aqué-
cede al siglo viii los versos compuestos en alabanza de Unos caballeros
gallegos que vencieron con ramas de higuera á los moros que cobraban
el feudo de las cien doncellas, ni el poema en octavas A la pérdida de Es-
paña que citó Faría en sus Comentarios á Camoens, supone del siglo xi
los poemas del Cid y de Fernán González é igualmente los versos del ca-
pitán portugués Gonzalo Hermíguez dirigidos á su esposa Guroana, como
también la cultura de nuestra lengua. Al mismo siglo xi y año de 1050
refiere D. Florencio Janer el primer documento catalán, y á ñnes del x
refiere la Academia de Buenas Letras de Barcelona los primeros instru-
mentos latinos con cláusulas en romance. El mismo Janer, recorriendo
algunos documentos franceses, cita un instrumento entre Carlos el Calvo
y su hermano Luis contra Lotario en 842, y el epitafio del Conde Bernar-
do en 844: añade que los concilios de Tours y de Arles en 812 y 851 man-
daron que los obispos tradujesen las homilías en lengua rústica vulgar
romana y en tudesca.
Has en idioma castellano sobre original latino: ha
habido también privilegios y fueros que sucesiva-
mente se han copiado, y modernizado á cada co-
pia, considerándose vigente la última de éstas,
entre la cual y la fecha, que es de suyo inaltera-
ble, resultaba un desacuerdo filológico no siem-
pre perceptible: ha habido, en fin, alteraciones
interesadas y por consiguiente lingüísticas en al-
gunos pasajes, lo cual ya denunció Don Alonso el
Sabio en aquellas palabras «aun aquellos libros
raien et escribien lo que les semejaba á pro de
ellos e a danno de los pueblos>.
El segundo extremo se comprueba con los mu-
chos fueros municipales redactados en idioma la-
tino durante el siglo xi, y aun con los muy nume-
rosos que se otorgaron en el mismo idioma por
toda la primera mitad del siglo xii, como lo de-
muestran, sin salir de los reinos de Aragón y Na-
varra, los de Alonso el Batallador de 1117, 1122,
1124 y 1129, concedidos á Tudela, Sangüesa, Ca-
banillas, San Cerni y otros pueblos, y lo que es
más, los concedidos por Sancho el Sabio de Na-
varra desde 1150 á 1193, cuyo rey (ni ningún otro
que sepamos) no se sirvió del castellano sino en
el fuero de Arguedas, año de 1171.
Resulta, pues, que los primeros documentos cas-
tellanos corresponden al siglo xii, pues aunque
se habla de documentos de 950 w, de una es-
(1) Los eruditos anoladores de Ticknor, Sres. Gayangos y Vedia, apun-
tan dos piezas del año 950, pero lo hacen con mucha reserva, diciendo-
que son documentos curiosos, si no están romanceados en época más mo-
derna, lo cual nos parece á nosotros incuestionable.
critura de 1066 (^\ de una anécdota de 1905 (^\ de
un privilegio de 1101 ^^\ y de algún otro docu-
mento á este tenor, la verdad es que el primero
que cita Marina es de 1140, el primero de que
habla Gayangos de 1145, el primero que vio Sar-
miento de 1150, el primero que parece que han
disfrutado Risco y Ticknor de 1155/^\ el primero
que menciona Yanguas de 1171, y el primero que
copia Berganza de 1173, advirtiendo nosotros de
paso que nienel Archivo de Comptos de Navarra ni
en el de la Corona de Aragón, no existe documen-
to anterior á aquellas fechas. También debemos
exponer respecto al P. Merino que ni alcanzó otra
cosa que lo exhibido en sus Antigüedades por Fray
Francisco Berganza, ni anduvo á nuestro parecer
muy cuerdo en la calificación de un romance del
Cid que aquél encontró en el monasterio de Cár-
dena y que estotro supuso anterior en algunos
(1) Es la restitución á Dios de un monasterio benedictino; pero aunque
el autor de la Declamación contra los abusos introducidos en el castellano lo
cita como el documento más antiguo que ha llegado á su noticia, ¿quién
que conozca la formación de nuestro idioma podrá convenir ni un mo-
mento con esa opinión ni conceder á esa escritura mayor antigüedad
que la del siglo xiv? Hable por nosotros el siguiente fragmento: «ofrece-
mos á Dios este Monasterio, e la su piedad no desdeñe este donecillo
ofrecido de las nuestras manos (maguer pequeñuelo' ansi como recibió
los dineros de la viuda del Evangelio, é sobre esto hacemos promisión
que ge la damos con todas sus pertenencias». Compárese este trozo con
cualquiera pasaje del Fuero Juzgo, obra bien conocida y cuya traducción
se mandó hacer dos siglos después, en 1241.— El manuscrito más antiguo
de España, 875, según Paluzzie; pero ¿dice en qué lengua?
(2) Citado, pero refutado por Ticknor.
(3) Citado por Marina, pero con las vehementes sospechas de ser una
traducción del siglo xiv.
(4) La conñrmación de la Carta-puebla de Aviles que Guerra y Orbe
ha probado ser falsificada en el siglo xiii, aunque esta opinión ha tenido
contradictores avileses.
años á Berceo y en un siglo á Don Alonso el Sa-
bio, siendo así que su estructura revela muy pos-
teriores tiempos, y que Berganza, á quien se debe
su hallazgo, no se atrevió á fijarle antigüedad, li-
mitándose á coronar su obra con esos (que dice
él) versos antiguos.
Los monumentos primitivos de que hablamos,
suponen realmente lo que ya hemos dicho, la exis-
tencia de un idioma vulgar, el cual hemos de con-
fesar que todavía se revela en documentos muy
anteriores. El erudito D. Tomás Muñoz incluye
tres latinos en su apreciabilísima Colección de fue-
ros y Cartas-pueblas^ que correspondientes á los
años 804, 824 y 857 contienen las voces carrera,
carnicerías, calciata, foz, defesis, ganato, ornes de
villa, pradum, porquerum, tempore verani, Ule como
artículo y no como pronombre, y otras indicacio-
nes análogas de lo que había de ser, andando el
tiempo, el idioma español ^^K Lafuente, en el to-
mo III de su Historia de España, cita para prueba
de esto mismo, la escritura de fundación del Mo-
nasterio de Obona, 780, en que se hallan las pala-
bras vacas, tocino, mida, rio y peña; una donación
de Alfonso el Católico que comprende duas cam-
panas de ferro y tres casullas de syrgo; y un docu-
mento de Orduño I con las voces verano, iberno,
ganado, carnicerías, caballo, etc. Briz Martínez, en
(1) Con estos mismos documentos, y con otras tan poderosas razones,
muy dignas de su acreditada ilustración, impugnaron los Sres. Duran y
Hartzenbusch, en carta particular que hemos tenido el gusto de ver, la
Introducción al Poema del Cid que acababa de publicar en París Mr. Da-
mas Hinard, libro que hoy es ya más conocido por los trabajos periodís-
ticos en que más tarde ha sido impugnado.
su Historia de S. Juan de la Peña^ libro II, capítu-
lo XXXVIII, inserta á la letra el testamento de Ra-
miro I de Aragón, 1061, en el cual se leen estas
palabras: «de meas autem armas qui ad varones, et
caualleros pertinent, sellas de argento, et frenos et
brunias, et espalas, et adarcas, et gelmos, et testinias,
et cinctorios, et sporas, et cauallos, et mulos, et eqiias
et vacas et oues dimitto ad Sanctium... et vassos
de a uro et de argento, et de girca, et cristalo, et
macano, et meos vestitos, et acitaras, et collectras,
et alniucellas, et seruitium de mea mensa, totum va-
dat cum corpore meo ad Sanctum Joannem... et
illos vassos quos Sanctius filius meus comparaue-
rit et redemerit; peso per peso de plata, aut de Ca-
zeni, illos prendat... et in castellos de fronteras de
Mauros qui sunt pro faceré^; cuyo contenido, aun-
que su traducción tiene harta dificultad por algunos
términos incógnitos, romancea de este modo Briz
Martínez: Otro sí, ordeno que mis armas pertene-
cientes á varones y caualleros, como son sillas y
frenos de plata, espadas, adargas, yelmos, caua-
llos, mulos, yeguas, vacas y ovejas, todo sea y lo
herede mi hijo Don Sancho... que todos mis bienes
muebles como son vasos de oro y de plata, de ala-
bastro, de cristal y de macano, mis vestidos y aci-
taras ó camas colectos y almuzas con todo el ser-
uicio de mi mesa, todo se lleue y entregue, junta-
mente con mi cuerpo, al monasterio de S. Juan...
que todos los vasos que mi hijo quisiere redimir y
comprar, aquellos redima peso por peso por otra
tanta plata ó cazeno... (y todo se dé) para obras de
10
castillos que están en las fronteras de moros y no
acabados de concluir ^^K
En los primeros tiempos documentales no es
mucho que se advierta esto mismo con toda la
claridad posible, y así, en una escritura de 1157
á favor del monasterio de Veruela, se lee: «nullus
homo sit ausus casas uestras uel grangias uel ca-
banas... violente intrare»; en la de fundación del
monasterio de Aza «do etiam prefato monaste-
rio.. . centum caphices (calces vulgo dicimus)
quincuaginta tritici; en el fuero de Valformoso
1189 se dice de tribus arriba y mulleren putam;
en el de Santander non vendat á detal. Los docu-
mentos aragoneses ofrecen igual comprobación
y dan además á entender desde su cuna su to-
tal identidad con la formación del castellano, y
así en una escritura de 1152 (Biblioteca Salazar)
se dan «500 solidos et III kauallos... et illas kassas
que forunt de sennior Ennego Sanz... et CCC soli-
dos et una muía»; en otra de 1155, que también
hemos visto original, se lee: «et recipiant eum
sano et infirmo et donant illos fratres in caritate
ad sua mulier de D. Julián que ad suos filios XX
morabetinos, per tale que illos no clamen magis
de ista hereditate... et fuit factum hoc donatiuum
in presentía de magister D. Freol»; en otra de
1162: «Hec est carta de una vinéa quam compa-
rauit Petro Tizón magist. de Nouellis pagato
pretio et alíala»; en otra de 1173: «Dono uobís
(1) Algo, como se ve, deja de traducir sin duda por serle incógnito,
y algo traduce literalmente que nosotros no entendemos.
1
n
fidanzas de saluetate affuer de térra... alihala
paccata>; en otra de 1202: «Hec est carta de com-
para quan comparauerunt fratres milicie Templi
Salomonis»; en otra de 1223: «suos domos videli-
cet et corrallos de coelo usque in abissum>.
Obsérvase al golpe que los primeros documen-
tos, supuesto el desarrollo del embrión llamado
romance, durante tres siglos á lo menos, nada tie-
nen todavía de perfectos; y á la verdad, sobre
sus frases totalmente latinas que eran de rúbrica
entre los notarios de aquel tiempo como en los de
hoy mismo, hay documentos, no ya de los prime-
ros sino del siglo xiii, que son mezclados de latín
y romance; y aun los que se llaman castellanos ó
escritos en el idioma vulgar, tienen el corte que
va á verse, y son tales que permiten hacer fácil-
mente, no la operación que hemos ahora practica-
do, sino la contraria de entresacar las voces y gi-
ros latinos de entre el vulgar informe que les es
predominante. En una donación hecha á favor del
¡monasterio de Cárdena, se lee al fin: «Quiquier
>que de nostro linage ó de otra cualquier aqueste
nostro fecho et aquesta nostra donación quisiere
quebrantar, toda ó parte de ella, primeramien-
>tre aya la ira de Dios, et con Judas el trai-
;»dor, et con Datan, et Abiron que vivos la térra
los sorbió, en Enferno sea atormentado. Amen.
>Et sobre esto peche al Rey de la térra mille mrs.
►et al Monesterio et al Hospital sobredichos la he-
» redad doblada». En otra escritura relativa al
lismo Monasterio, y la más antigua que en él se
12
conservaba, año 1180, se dice: «E judgo Don Lop:
»que ninguno de los non fuesse pescar en aque-
»llas defessas menos del otro que fuese en la villa
»y qualquequiere que fuesse pescar, que diese las
> cinco partes al abbat, y las tres á los Infanzones.
»Hoc judicium fuit datum in era MCCXViii regnan-
>te rege Allefonso cum uxore sua Alionore>. En
otra de 1193 se lee: «Notum sit presentibus et
isciant posteri: quia ego Guisabel Garciaz fija de
>Garci-Ruiz catando pro de mi ánima hi enten-
»diendo que sea á servicio de Dios, do et otorgo á
»vos Don Martin siervo de Dios et abbat del mo-
»nasterio de San Pedro de Cárdena, et al convien-
»to del mismo logar in perpetuum las mis casas
> propias que yo he en Burgos» ^^K
Y para que se vea todavía más clara la lucha
latente entre los idiomas latino y castellano, para
que se vea cuan laborioso fué aquel parto de don-
de había de resultar que la lengua latina diese á
luz los idiomas gemelos que se denominan neo-la-
tinos, véase el siguiente trozo castellano del fuero
de Cáceres, en 1229, en donde predominan á su
turno ambos idiomas: <^Mulier que viduetaten volue-
rü tener e accipiat unam casam (latín) con XII ca-
briadas et una tierra de dos caffices sefnibradura
(castellano) úbicumque volaerit (latín)... et una bes-
tia asnar et una mora ó un moro (castellano) et Jioc
accipiat de aver dambos (latín y castellano)»; y el si-
(1) Estos documentos están tomados del abundantísimo Apéndice á las
Antigüedades de Berganza, en el cual se copian doscientas y una escritu-
ras, diez Cronicones, y en diez y ocho capítulos multitud de formularios
relativos al ritual y ceremonias de la Iglesia.
13
guíente latino de Tafalla, confirmado en 1167, en
1255 y en 1355: «Si dúo homines habuerint pleito
Ínter se et se alzaren ad regem, ambos pasen Ara-
gón sí ad ambos placuit, et si non placuerit uno
non debet eum seguir usque rex passe Aragón».
De intento nos hemos detenido en dar á cono-
cer la antigüedad y lenguaje de los primeros do-
cumentos castellanos, para que se vea que ha de
renunciarse á citar ejemplos anteriores al siglo xi,
y para que resulte conocida la estructura del pri-
mitivo lenguaje español, con el cual podrá ya con-
trastarse el que se usó en los documentos públi-
cos del reino de Aragón, de que más tarde habla-
remos. Por ahora adelantaremos que Aragón
ostentó á veces cierta superioridad sobre Castilla
en la esfera política, en la legal y aun en la lingüís-
tica, verdad que ya confesó el profundo Marina en
su notohilísimo Ensayo, exponiendo «cuánto influ-
yeron los usos y costumbres de Aragón y Nava-
rra en los de Castilla» ^^\ Sancho el Mayor dio en
efecto á ese reino algunas leyes navarro-aragone-
sas: se sabe de los castellanos, que iban á Jaca á
estudiar aquellos célebres fueros para trasladar-
los á su país: también es notorio que el matrimo-
nio de los clérigos, así como la famosa ley sálica
é igualmente la representación en Cortes del bra-
zo de las Universidades, fueron importados de
(1) La constitución aragonesa (dice el Sr, Escosura Hevia en su En-
sayo sobre el feudalismo) fué mejor que la castellana, la reconquista más
rápida y ordenada, la restauración de las poblaciones con más medios
y bajo mejores auspicios, la civilización penetró antes y fué más precoz, y
hasta los reyes aragoneses fueron en general superiores, y en las Cortes,
la nobleza se unía más al brazo popular que en las Cortes de Castilla».
14
Aragón en Castilla; y en cuanto al lenguaje, como
que hubo, sobre todas éstas, las mismas causas de-
terminantes, no puede dudarse que se habló en Ara-
gón un idioma del todo conforme cuando no más
rico que el castellano, pudiendo ^^^ asegurarse,
como después veremos, que, sobre ser un error
filológico, es muy gratuita la suposición de que
los aragoneses usasen el romance lemosín hasta
que recibieron el castellano al advenimiento de
Don Fernando de Antequera, á quien, con más
razones de conveniencia que de justicia, declaró
monarca de Aragón el Parlamento de Caspe.
Lo que sí hubo es un comercio recíproco de
voces y giros entre aragoneses y catalanes, luego
de unirse ambos estados, aceptándose en Aragón
algunos vocablos, algunas desinencias, y sobre
todo una gran parte de la literatura catalana ó
provenzal, que en cierto modo eran un solo idioma
y una misma poesía, desde que los Berengueres
poseyeron la Provenza y exaltaron su cultura.
Mas no sólo había entonces desdoro en este gé-
nero de imitaciones, como quiera que á ellas se ha
debido en todas partes la formación de los idiomas;
no sólo no era vergonzoso entonces, como ahora
lo sería, el admitir voces extrañas, sobre todo
cuando el idioma era en todas partes informe,
balbuciente, necesitado é inconstituído, sino que
el idioma lemosín ó provenzal era á la sazón el
instrumento de la más bella poesía, y extendía su
(1) Monláu, en su reciento Diccionario etimológico, dice acertadamen-
te que Aragón contribuyó á pulir el romance castellano.
15
influencia, no ya sólo á la corona de Aragón, pero
aun á la Francia toda, y, lo que es más, á la mis-
ma Italia, sin que por eso pretendamos, como al-
gunos, que el Petrarca nos imitase ó nos copiase.
El idioma lemosín, que algunos, con poca vero-
similitud, suponen nacido del francés antiguo
combinado con el lenguaje que llevaron á la Pro-
venza los españoles allí refugiados á la invasión
árabe; ese idioma que otros suponen (coetáneo
del catalán) formado en el siglo x por el borgoñés
y el latín corrupto, modificado por la casa arago-
nesa en el siglo xii, decaído y transfigurado en
el XIII; no hay duda que se difundió por casi toda
la corona aragonesa casi al mismo tiempo en que
nacía verdaderamente el castellano, viniendo á
formar en cierto modo los dialectos ó romances
catalán y valenciano; entre los cuales y el proven-
zal y lemosín, de quienes dice D. Tomás Antonio
Sánchez que fueron una sola lengua, establecen
algunas diferencias los filólogos, pero convinien-
do generalmente en que el lemosín puro fué modi-
ficado por el catalán, cuyo nombre tomó en la
corona de Aragón, en que el valenciano procede
del catalán, y ambos del lemosín, habiéndose cas-
tellanizado el primero y afrancesado el segundo
andando al tiempo, y en que el catalán tuvo cierto
aire castellano (sin duda influido por Aragón) que
le diferenciaba lo bastante del lemosín puro, el
cual procedía del latín y el francés primitivo. Ese
idioma, y más bien que él su gusto y poesía, pa-
saron rápidamente los Pirineos desde que, en el
• 16
decurso de pocos años, los Berengueres reinaron
en Provenza y Aragón, á la primera mitad del
siglo XII; fueron también llevados á Sicilia por
Federico y á Ñapóles por Carlos de Anjóu ^^\ y
después influyeron hasta en la poesía castellana
durante el siglo xiii con Alfonso XI, si bien ésta
modificó á su vez el genio provenzal desde la co-
ronación de Don Fernando el de Antequera.
Algunos reyes de Aragón, prescindiendo de que
sus conquistas sobre las Baleares, Sicilia y Ñapó-
les, y aun sus empresas, primero sobre la misma
Valencia, después sobre el S. del Mediterráneo^
unas veces por cuenta propia, otras en combina-
ción con Castilla, les hiciesen más conveniente su
residencia en los pueblos marítimos; preciso es
confesar que por muy otras razones tuvieron ha-
cia Barcelona y Valencia una predilección que
negaron constantemente á Zaragoza, tal vez por-
que en esta capital, cabeza natural del reino, se
conservaban más puras las libertades de Sobrar-
be, que con frecuencia humillaban á los más al-
tivos monarcas, haciéndoles duro de soportar el
freno con que se reprimían sus demasías ó sus
naturales ímpetus de mando. Rey hubo, y á la
verdad no de los que menos trabajaron en pro
de las libertades públicas, si bien después que las
Cortes le destruyeron el privilegio de la Unión,
(1) Hay, no obstante, quien atribuye á Alonso V de Aragón y á Fer-
nando el Católico la influencia castellana sobre Ñapóles que llegó (dicen)
hasta el punto de hacer allí vulgar la lengua castellana: más tarde ya sa-
bemos que otro hombre ilustre de raza aragonesa, Antonio Pérez, hizo
familiar el idioma español entre las personas cultas de la Corte de Fran-
cia con provecho de aquella literatura.
17
que salió hacia Cataluña, maldiciendo la tierra de
Aragón y «era ésta (como dice Zurita) general afl-
ción de los reyes, porque desde que sucedieron
al conde de Barcelona, siempre tuvieron por su
naturaleza y antiquísima patria á Cataluña, y en
todo conformaron con sus leyes y costumbres, y
la lengua de que usaban era la catalana, y della
fué toda la cortesanía de que se preciaban en
aquellos tiempos>.
Los monarcas, pues, no hay que negarlo, usa-
ban con frecuencia en lo que á ellos tocaba, el
idioma lemosín ó catalán ^'^K Este lenguaje pala-
tino, que por imitación hablarían también los cor-
tesanos, como hoy se habla el francés en algunas
Cortes de Europa, en donde es, para explicarnos á
la moderna, lenguaje oficial; era el que nuestros
monarcas empleaban, aunque no siempre, como es-
critores, como ordenadores de su casa, como prín-
cipes y aun como particulares; á lo cual contri-
buía, según ya hemos insinuado, el vigor con que^
(1^ Este nos parece el lugar oportuno para citar un breve pero apre-
ciable trabajo que no hemos leído sino después de preparado el nuestro
para la impresión. Nos referimos al Discurso sobre el origen, uso y cul-
tura de la lengua española en Aragón, impreso en el Memorial literario de
Febrero y Marzo de 1788, en el cual se desarrollan en general las propias
ideas que en esta Introducción, aduciéndose tal cual vez argumentos
idénticos, como el que más adelante presentamos acerca de los vocablos
aragoneses declarados por Blancas. Enuncia, comúnmente sin correc-
tivo, las ideas de Masdéu, que considera á los idiomas catalán y valen-
ciano como padres del provenzal y castellano; de Bastero, que tiene á la
poesía vulgar por hija de la literatura provenzal; de Nasarre, que supone
la inmigración de ésta en Castilla, y de Terreros, que atribuye por el con-
trario á la influencia castellana de los tiempos de Fernando el Magno la
entrada del idioma general en Aragón; pero supone que no existen do-
cumentos castellanos anteriores al siglo xiii contra lo qne llevamos de-
mostrado, explica la colección legislativa del obispo Canellas, como
prueba de que el catalán era una de tantas lenguas como en Aragón se
usaban, y asegura, en fin, que de los instrumentos consta haber hablado
siempre el español los reyes aragoneses, que es lo que en el texto á que
se refiere esta nota no nos atrevemos á asegurar por nuestra parte.
18
florecía la poesía provenzal y el constante apoyo
que recibió de nuestros reyes el arte de bien de-
cir, en el cual fueron algunos extremados, y otros
muy dignos de mención, como se prueba con los
nombres de Ramón Berenguer V, Alfonso II, Pe-
dro II, Jaime I, Pedro III, Pedro IV, y el infante
Don Fadrique que reinó en Sicilia.
Todavía pudiéramos añadir que no sólo en aque-
llo á que llegaba, para expresarnos así, la acción
privada del Rey, sino aun en las escrituras de
fundación, en algunas Oartas-pueblas, en libros
de cuenta y razón ^^\ en los procesos ^^\ y en los
actos del reino, se usó por algún tiempo el idio-
ma lemosín, en prueba de lo cual nos cita el se-
ñor Torres Amat los fueros de Don Jaime el
Conquistador, las proposiciones ó discursos de la
Corona en la apertura de las Cortes, las Orde-
nanzas y otros documentos oficiales. Aquel idio-
ma (digámoslo de paso) es el que algunos desig-
nan con el nombre de romance, aunque en la
común inteligencia sea éste el verdadero idioma
castellano; y es que, derivados del latín todos los
idiomas y dialectos neo-latinos, en cuyo número
hay que contar al provezal y sus derivados, lla-
máronse todos romans 6 romances, esto es, hijos del
romano, siendo más natural esta etimología que la
(1) En 1848 se publicó, con otros documentos sobre la segunda expe-
dición de Alonso V en 1432, un «Libre ordinari de dates, fetes per en Ber-
nat Sirvent tesorer general desde maig de 1432 fins lo derrer dic de de-
cembre apres seguent».
(2) Sirva de ejemplo el que se formó para justificar en 1363 la muerte
<iel infante Don Fernando, hermano de Pedro el Ceremonioso.
19
árabe de al-rom% enunciada aunque no apoyada
por Marina.
Y ya que hemos hablado de los fueros y del
idioma en que parece haber sido algunos redac-
tados, no será inoportuno el indicar que mucha
parte de ellos, y desde luego los de Don Jaime I,
fueron sucesivamente traducidos del romanz en
latín, como lo afirma el Justicia mosén Juan Ji-
ménez Oerdán en su célebre carta á Diez d' Aux,
por los famosos letrados Jiménez Pérez de Sala-
nova, Galacián de Tarba y Juan López de Sessé.
En la colección general que de ellos corre impre-
sa nótase que hasta los primeros años del si-
glo XV, esto es, hasta los decretados en las Cortes
de 1414, todos se hallan redactados en idioma lati-
no ^'^\ empezando á leerse en castellano los de las
Cortes de Maella de 1423, así como los de Alfon-
so III, inclusos en los de Pedro III que los dio en
1283, pero que desde luego tienen un lenguaje más
moderno que el de su tiempo.
Volviendo á insistir sobre la introducción del
idioma provenzal, quien más contribuyó á ella,
después de los primeros condes catalanes de la
Provenza, fué Don Jaime el Conquistador, el cual,
hasta donde esto es posible, declaró lengua de
íl) Pero ese latín era en muchos fueros tan impuro como lo fué gene-
ralmente en la Edad Media; y porque de él mismo se puede fácilmente
deducir el que en Aragón había de usarse como vulgar, copiaremos un
trozo correspondiente á 1247, que dice: «Villana debet habere per suas
dotes unam domum coopertan in qua sint duodecim bigae et unam aren-
zatam vincarum et unum campum in quo possit seminare unam arro-
ban tritici in voce linaris, et suas vestes integré et suas joyas et unum
lectum bené paratum de melioribus pannis qui sint in domo et duas
meliores bestias de domo aptas ad laborandum cun ómnibus suis appa-
ramentis».
corte el lemosín, que merced á varias causas llegó
á hacerse popular, aunque no, como se ha su-
puesto, en todo el reino. Pero debe^ sin embargo,
notarse que al cabo de un siglo decayó la pureza
de la nueva habla y la nueva literatura, pues si
bien hacia el fin del siglo xiv (1390) se fundó en
Barcelona, y luego en Zaragoza, un Consistorio de
la Gaya Ciencia á imitación del que años antes
(1324) se había fundado en Tolosa, ya es punto
bastante averiguado en la Historia de las letras y
las artes, que las Academias suelen fundarse para
detener la decadencia, pero sin poder atajarla por
completo si otras causas no comunican nuevo im-
pulso al ingenio, de suyo libre y aventurero.
También contribuyó á esa decadencia el elemento
castellano, gradualmente introducido en la Co-
rona de Aragón, ya por el advenimiento de Fer-
nando I en 1414 w, ya por el ejemplo del Marqués
de Villena que á un tiempo insinuaba el gusto
aragonés en Castilla y el idioma castellano en
Aragón.
De entre los escritores que prefirieron el idioma
lemosín, son muchos y muy ilustres los que pue-
den citarse, pero nosotros nos contentaremos con
recordar á Alfonso II que fué el primer trovador
conocido, y floreció hasta el fin del siglo xii; Pe-
dro II, cuyas trovas se conservaron en una colec-
ción de ciento veinte trovadores; Jaime I, que es-
(1) Ticknor cita un certamen celebrado en Valencia el año 1474, en que
se presentaron cuatro poesías castellanas: Milá dice en sus curiosísimas
Observaciones sobre la poesía popular que los romances castellanos se hi-
cieron tradicionales ya en el siglo xv.
21
cribió una Crónica lemosina (^^ anterior á la de
Alfonso el Sabio é impresa en 1557 y en 1848,
además de otras obras, como Lo libre de la saviesa;
Pedro III, conocido como trovador; el infante Don
Pedro, que en la coronación de su hermano Al-
fonso IV, ocurrida en 1328, lució sus dotes poéti-
cas, siendo los cantores ó juglares de sus poemas
los afamados Romaset y Novellet; Juan Francés,
que describió aquella coronación en idioma le-
mosín; Pedro Lastanosa, que floreció en 1348; Pe-
dro IV, autor de una Historia de su reinado, de
un Libro de los oficios, de su casa, y de algunas
poesías; Juan I, conocido como poeta; Fray Juan
Monzón, que floreció en la primera mitad del si-
glo XV; mosén Pedro Navarro, Rodrigo Diez, Juan
Dueñas, Santa Fe y Martín García, todos cinco
poetas lemosines de la misma época; y Juan To-
rres, que lo fué también y floreció hacia el fin del
siglo XV.
Estos, sin otros que cita Latassa en su Bibliote-
ca antigua, en donde por lo demás abundan en
mayor número los escritores en latín (por no de-
cir latinos), prueban de un modo evidente que en
Aragón (2) se hizo mucho uso del idioma lemosín
para la Poesía, la Historia y la Legislación, y de
(1) Algunos ponen en duda la autenticidad de esa Crónica.
(2) En lo que realmente se llama Aragón, que es el objeto principal de
nuestra tarea, sobre todo desde este párrafo, pues por lo demás ya sabe-
mos que la Corona aragonesa se ha designado muchas veces con el nom-
bre común de Aragón, como se ve en aquellos versos de Bernardo de
Auriac, trovador del siglo xiii, en que dice de los catalanes:
Et auziran diré por Aragó
OH et neuil en luec d' oc e de no.
22
eso mismo dan testimonio aquellas palabras del
Marqués de Santillana en su famoso Proemio: «los
catalanes, valencianos, y algunos del reino de
Aragón, fueron ó son grandes oficiales de este
arto, esto es, de la de trovar, llamada Gaya cien-
cia. Compruébalo también la noticia que dan mu-
chos historiadores sobre haberse abierto en Zara-
goza un Consistorio del gay saber al modelo del
que se había fundado en Barcelona con maestros
ó mantenedores de Tolosa; y también nos lo acre-
dita, entre otros autores de buena nota, el diligen-
te Zurita, el cual pinta en esta manera el reinada
de Juan I, que floreció en el siglo xiv: «y en lu-
gar de las armas y ejercicios de guerra, que eran
los ordinarios pasatiempos de los príncipes pasa-
dos, sucedieron las trovas y poesía vulgar y el ar-
te de ella que llamaban la gaya ciencia, de la cual
se comenzaron á instituir escuelas públicas; y lo
que en tiempos pasados había sido un muy hones-
to ejercicio, y que era alivio de los trabajos de la
guerra, en que de antiguo se señalaron en la len-
gua lemosina muchos ingenios muy excelentes de
caballeros de Rosellón y del Ampurdán que imi-
taron las trovas de los provenzales, vino á en-
vilecerse en tanto grado que todos parecían ju-
glares >.
De lo expuesto hasta aquí habrá quien pueda
verosímilmente inferir, y tampoco no le faltarán
autoridades en que apoyarse, que Aragón se sir-
vió hasta el siglo xiv inclusive del idioma latino y
del provenzal y no de ningún otro, cuya opinión
I
28
robustecen los fueros de Jaca escritos en lemosín
y conservados en un códice del Escorial; una Cró-
nica manuscrita de los reyes de Aragón escrita en
catalán y citada en el libro de las Coronaciones
de Blancas; una colección de fueros, que fué la
primera compilación y se hizo en catalán, ha-
biendo sido disfrutada por Diego Moríanos; el ho-
menaje rendido en catalán á Pedro el Grande por
Jaime II de Mallorca, que corre con algunas pie-
zas latinas al fin de la crónica de Don Pedro el Ce-
remonioso, publicada en nuestros días; y muchos
otros documentos que comprobarían el uso gene-
ral de ese idioma en nuestro reino, habiéndose de
contar entre ellos algunos libros que se dicen es-
critos en romance, pero entendiéndose que son
en provenzal, el cual se denominaba también con
aquel nombre.
Mas aun concediendo nosotros que el idioma
lemosín ó el catalán fueran el lenguaje de la
poesía, el de la casa real y el de cierto género de
documentos oficiales que no se redactaran en la-
tín, nunca deduciríamos la absoluta de que aquél
fuera el idioma literario, cuando á eso se oponen,
no ya algunos escritores imparciales como Terre-
ros y Aldrete, sino los importantes documentos
que se nos ofrecen, siglo por siglo, desde el pri-
mero documental, que es el duodécimo, ni mucho
menos incurriríamos en el manifiesto error de su-
poner que aquella lengua sabia hubiera sido el
idioma del pueblo como lo afirma Viardot, á cuya
autoridad ha cedido un laborioso escritor arago-
24
nés(i), así como tampoco no podemos convenir con
Mayans para quien «la antigua lengua aragonesa
se conformaba más con la valenciana, ó por mejor
decir, era lemosina.^
Creemos nosotros, muy al revés, que en Aragón
hubo antes de la conquista árabe una crisis lin-
güística totalmente igual á la que padeció el resto
de España; que en las montañas de Sobrarbe se
conservó y pulió en lo posible el nuevo idioma
como en las de Asturias; que una vez desahogados
los cristianos, y pudiendo descender ya á las llanu-
ras, extendieron su idioma como su reconquista;
que los árabes, con su tolerancia y su cultura, no
menos que con sus victorias y alianzas, hicieron
triunfar sobre nuestro infantil idioma un crecido
número de palabras todavía conservadas en gran
parte; que en adelante la unión de la corona real
aragonesa con la condal de Barcelona, y sobre
todo, la influencia que nos vino de la Provenza
cuando enteraron á gobernarla los Berengueres,
se dejo sentir muy perceptiblemente en el idioma
aragonés, dándole un tinte lemosín é invadiendo
casi por completo la poesía, el palacio de nues-
tros reyes y en algún modo las transacciones fo-
renses; que sobre todo esto se mantuvo bastante
viva desde los siglos xiii y xiv la comunicación
^ntre aragoneses y castellanos protegiendo la con-
(1) D. Mariano Nougués, en su obra histórica sobre la Aljafería, en
auien sospechamos que haya influido el recuerdo que hace el abate An-
rés del Sr. de la Curne, colector diligente de poesías provenzales, á
■quien una poesía francesa antigua hizo deducir ante la Academia de Ins-
cripciones y Bellas letras que los catalanes y aragoneses hablaron la len-
-gua de Oc.
25
servación de aquel idioma casi común, el cual no
necesitó uniformarse con la elección de un prín-
cipe castellano para el trono aragonés, ni menos
posteriormente con la reunión definitiva de am-
bas coronas; y en una palabra, que el roce con
los árabes, las reminiscencias de la época proven-
zal (^) y el carácter particular del país, unido al
espíritu fuertemente provincial que todavía se
deja sentir en algunas de España, han conserva-
do un cierto semblante al dialecto aragonés (si
así puede llamarse) que es el que le diferencia,
aunque en poco, del habla castellana, según que
en breve procuraremos demostrarlo.
He ahí muy en resumen la oponión que hemos
formado en esa difícil cuestión de los orígenes
del idioma aragonés; y para ello, si no tuviéra-
mos mejores y más indestructibles pruebas que
pronto aduciremos, nos apoyaríamos en las pala-
bras mismas de Mayans, el cual, no sólo emite su
parecer de la manera muy dudosa que se ha vis-
to, sino aun confiesa allí mismo la antigüedad de
un lenguaje aragonés independiente de los que
en adelante le afectaron; y si después asevera la
identidad del aragonés y lemosín, lo hace con tan
mala prueba, que no aduce sino el breve catálo-
go de vocablos aragoneses declarados por Blan-
cas en sus Coronaciones, catálogo que sólo contie-
ne unas doscientas, de entre las cuales la mitad
(Ij Cuyo idioma, según dice Latassa, estaba influido aquí «de muchos
otros que entonces se usaban según la mezcla de las naciones que en las
ordinarias guerras contra moros concurrían de gascones, bretones, na-
varros, narbonenses, proenzales y otras gentes».
26
son de purísimo castellano antiguo ^^\ 6 totalmen-
te latinas (esto es, castellanas también), y las res-
tantes, ya pocas en número, son tomadas en ge-
neral de documentos antiguos, los cuales no eran
al cabo el habla del pueblo, sobre que nosotros
ya hemos concedido haberse redactado con fre-
cuencia el lenguaje palaciano.
En cambio, de las vacilaciones con que luchó
Mayans y de la afirmación de Terreros, en cuyo
concepto recibió Aragón el idioma castellano des-
de los tiempos de Fernando el Magno hasta el si-
glo XII, hay otros que confiesan la influencia ara-
gonesa aun sobre el mismo idioma de Castilla,
entre los cuales nos limitaremos á citar al P. Me-
rino. Este diligente investigador, que no debe ser
sospechoso de parcialidad, cuando, por el contra-
rio, afecta despreciar todo lo que no sea Castilla,
omite hablar de documentos aragoneses, atribuye
en cierto modo á la Coronilla el desmejoro de la
caligrafía y no tiene por verdaderos reyes de Es-
paña sino á los de Castilla; se ve forzado á conce-
der que el Aragón tuvo sus rimas ó su poesía
propia (aunque no dice si castellana) desde el si-
glo vin y á confesar que el vulgo, á quien atri-
buye exclusivamente la formación del lenguaje ^^\
(1) Adocir por traer, agenoUarse por arrodillarse, afeitado por adere-
zado, costado por lado, cojines por almohadones, en guisa por á manera
de, en torno por alrededor, extraños por extranjeros, fillos por hijos,
home por hombre, non por no, prender por tomar, trovar por hallar, ve-
fmdas por veces, y viello por viejo, ¿no son castellanas ó por lo menos no
o han sido?
(2) «Muchos, dice, le nombran con vilipendio la vil plebe, el igno-
rante vulgo; pero bien le pueden tratar como quieran, que al cabo el
I
27
mejoró su idioma con el trato de los aragoneses y
otras gentes é hizo culta su lengua, de suerte que
ya pudo andar en las escrituras; opinión que en
nuestros días ha reproducido Monlau en su Dic-
cionario etimológico.
También comprobarían nuestro parecer varios
escritores biografiados por Latassa, el cual, con
respecto á ellos, no dice, como expresamente de
otros, que escribieron en lemosín, sino en ro-
mance vulgar; y, sobre todo, no debieron escribir
sino en aragonés, tal como él fuera, pero segura-
mente de otro modo que el lemosín, los Anónimos
del siglo XIV, á quienes da cabida en su Biblioteca
antigua, fundado en que deberían ser aragoneses y
á juzgar por el dialecto, observación que repite
en el siglo xv, hablando de Fr. Bernardo Boyl,
traductor del libro intitulado Isac de Beligione^
cuya versión dice que se halla escrita en lengua
aragonesa, añadiendo que deduce que el autor lo
era por la calidad del idioma aragonés en que hizo
la citada versión ^'^\
Los Sres. Flotats y Bofarull, editores de la Cró-
nica del Bey Don Jaims, dicen, por otra parte, que
vulgo ha de ser el que forme la lengua y el que arrastre á los doctos y
los envuelva en su lenguaje... el vulgo los redujo á hablar bárbaramente
y les hizo admitir á pesar suyo el romance.»
(1) En la sección de mss. de la Biblioteca Nacional existía, según el
índice que formaron los Iriartes, una Crónica de los reyes de Aragón en
lengua aragonesa, y el reciente decreto de Archivos y Bibliotecas (17 de
Julio de 1858; dispone que se reúnan en edificio cercano á la Corte los
archivos de las órdenes militares en sus dos lenguas de Castilla y Aragón;
Sero indudablemente que se refiere, sin bastante propiedad, á la lengua
e la Corona de Aragón.— Actualmente, en la baronía de Arenoso, en al-
gunos pueblos del río Mijares, como Villahermosa, se habla el español
que allí llaman el aragonés, según lo indica el diligente escritor D. Brau-
28
la lengua lemosina es la que «estaba en tal tiempo
más en boga en la corte de Aragón, y que se ha-
blaba en casi todos sus dominios, á excepción de
la parte que correspondía al primitivo reino de
este nombre», con lo cual manifiestan que el le-
mosín estaba en boga y no más, se entiende que
entre cortesanos y poetas, y que era lengua vul-
gar, en Cataluña y las Baleares por ejemplo, pero
no en el Aragón anterior á Doña Petronila, esto
es, no en el Aragón verdadero.
Transportando ahora la cuestión del terreno de
las autoridades al mucho más firme de los docu-
mentos, no es posible resistir á tanta prueba como
ofrecen los más antiguos de nuestros fueros, cuyo
lenguaje, cuando no bastaran los indicios de su
verdadera fecha, pondría de manifiesto al más in-
crédulo la verdad de lo que estamos sustentando.
En la detenida Historia que publicó el abad Briz
Martínez sobre el monasterio de San Juan de la
Peña y á un mismo tiempo sobre los orígenes del
reino aragonés, ingiere con motivo de la corona-
ción de nuestros reyes alguna parte de las vene-
randas leyes de Sobrarbe en su propio lenguaje
antiguo que conviene dar á conocer: «Que oya su
»Missa en la iglesia e que ofrezca porpora et dé
»su moneda, e que después comulgue. Que al le-
>vantar suba sobre su escudo, teniéndolo los ri-
lio Foz en el tomo V de su Historia de Aragón. Por lo demás, en Aragón
hay tal anarquía en el idioma, que existen pueblos muy próximos entre
sí, pero muy apartados de lenguaje, por ejemplo, Castelserás, Valdeal-
§orfa y Codoñera, en la provincia de Teruel, partido de Alcañiz: en los
os primeros se habla castellano, en el último cierta informe mezcla de
modismos aragoneses, catalanes y valencianos.
1
29
>cos oms et clamando todos tres vezes Real, Real,
>Real. Estonz, se panda su moneda sobre las gens
> entra á cien sueldos. Que por entender que nin-
>gun otro Rey terrenal no aya poder sobre eyll,
»cíngase eyll mismo su espada, que es á semblan-
>te de Cruz».
Los códices del fuero de Sobrarbe, que á la ver-
dad nunca han escaseado ^^\ por más que sean
muy pocas las huellas que de su conocimiento nos
hayan dejado los historiadores aragoneses del si-
glo de oro, son ahora bastante numerosos y sobre
todo mejor estudiados, no en verdad del público
para quien permanecen inéditos, pero á lo menos
de las personas diligentes que todavía aspiran con
gusto el polvo de nuestros archivos y bibliotecas.
Quien más y mejores noticias ha producido, que
nosotros sepamos, sobre aquellos preciosos restos
de la Historia y la Legislación, ha sido el señor
don Javier de Quinto en su magistral discurso ó
tratado sobre el juramento político de nuestros
reyes, y sobre todo en su posterior obra en refu-
tación de cierto Opúsculo polémico del Sr. Mora-
les Santisteban. De entre los varios códices que
cita, cuatro de ellos pertenecientes á la Acade-
mia de la Historia (por cada día más rica en exce-
lentes manuscritos), uno al Sr. Gayangos y dos
al mismo Sr. Quinto, tomaremos una cláusula en
comprobación de nuestro aserto y la presentare-
mos con las dos versiones que tiene en el más an-
(1) Latassa enumera ocho diversos códices, sin los que existían fuera
de España.
so
tiguo códice de la Academia y en el muy antiguo
también del anotador insigne de Ticknor: «Que si
»por aventura muere el que regna sin fijos de leal
>coniugio, que herede el regno el mayor dellos
>hermanos que fuere de leal coniugio et si
> muere el rrey sen creaturas, ho sin hermanos de
>pareylla (de pareia dice un códice de Quinto),
>deben levantar por rrey los rrichos omes et los
»ynffanzones, cavaylleros, et el pueblo de la tie-
>rra». «Et si por ventura muere el que regna
>sines fillos de leal coniugio, que herede el regno
>el maor de los hermanos que fuere de leal co-
>niugio etsi muere el rey sen creaturas, ó sen
> hermanos de pareylla, deven levantar Rey los
> ricos omes, y et los infanzones, ca valleros, et el
> pueblo de la tierra».
Pudiéramos reproducir á ese tenor algunos más
fragmentos del fuero de Sobrarbe; pero bastando
ya á nuestro propósito, citaremos ahora la Prefa-
ción con que, según Pellicer, apoyado por Larri-
pa, le encabezó en el siglo xi el Rey Don Sancho
Ramírez cuando dio fueros á los infanzones de
Sobrarbe: «Quando moros conquirieron á España
»sub era DCCL ovo hy grant matanza de cristia-
>nos; e estonce perdióse España de mar á mar
> entro á los puertos; sino en Caliza, et las Astu-
>rias, et daca Álava et Vizcaya, dotra part Bastan,
>et la Berrueza, et Deyerri; et en Anso, et en so-
>bre Yaqua, et en cara en Roncal, et en Sarazaz,
>et en Sobre Arbe, et en Ainsa. Et en estas mon-
>tanyas se alzaron muy pocas gentes, et dieronse
I
31
>á pie, ficiendo cavalgadas; et prisieronse cava-
»llos et partien los bienes á los plus esforza-
»dos, etc.»
Los anteriores textos y la noticia de que el
fuero de Sobrarbe se mandó traducir á la lengua
española en 1071 por el mismo Don Sancho Ra-
mírez, que floreció muy antes que el autor del
Poema del Cid, uno de los primeros monumentos
castellanos, y á la verdad harto informe, conven-
cen de que el lenguaje español era desde muy an-
tiguo el que se usaba por los aragoneses (i), su-
puesto era el de su legislación, la cual, inclinada
en los primeros tiempos á servirse del idioma la-
tino, sólo se trasladó al vulgar cuando éste había
alcanzado cierta robustez, como sucedió á la pu-
blicación de las Partidas y un poco antes con la
traducción del Fuero Juzgo, posterior, sin em-
bargo, á la codificación del Rey Sancho Ramírez.
Y por si se alegaran razones contra la autentici-
dad de los códices á que nos hemos referido, esto
es, por si se dudara de que el lenguaje en que
aparecen escritos correspondiese de hecho ni á
la época de su formación (que esto tampoco no lo
pretendemos), ni á la de Don Sancho Ramírez, ni
aun á las posteriores hasta el gran codificador
Jaime I; por si se insistiera en la opinión que al-
(1) Si el Príncipe de Viana, por lo demás sujeto de muchas letras,
fuese autoridad en la materia, citaríamos aquel pasaje de su revuelta
Crónica en que, refiriendo la jornada de Alcoraz (1096), cuenta que á la
grupa de San Jorge vino un caballero alemán á la batalla, «e por cuanto
entendía gramática entendiéronle algunos é fablaronle en latín», lo cual
probaría, no precisamente que hubiese tal caballero alemán, que esto ya
no lo creyó Zurita, sino que el Príncipe de Viana suponía raro el latín y
común el romance en aquella época.
S2
gunos profesan de que el Prefacio atribuido á
Don Sancho Ramírez es obra de Teobaldo de
Navarra en el año de 1237; por si, confrontados
los textos de los varios códices que existen, se
dedujera la imposibilidad de fijar su verdadera
importancia; por si se hiciera caudal con la res-
pectiva modernidad paleográfica que todos ellos
tienen comparados con la época en que decimos
haberse redactado, todavía podríamos oponer á
esos reparos algunas consideraciones que nos pa-
recen concluyentes, cuales son la corta discre-
pancia que entre sí tienen los códices conocidos,
según puede inferirse del trozo que más atrás
hemos copiado; la antigüedad que trescientos y
más años hace, concedieron al texto y al habla de
esos fueros cuantos autores aragoneses ó extra-
ños los hubieron á las manos í^^; la estructura de
su mismo lenguaje que no puede corresponder
sino á los primitivos tiempos del idioma; las con-
testes noticias de los más graves historiadores
que han usado con toda confianza y consentido
en toda la antigüedad que nosotros concedemos
al lenguaje de los fueros de Sobrarbe, y final-
mente, la casi imposibilidad de que fuera otro
que el español, toda vez que ni debió ser el la-
tín, de donde se sabe que fueron trasladados en
(1) Briz Martínez ya hemos visto que traslada los fueros en su propio
lenguaje antiguo; Larripa se refiere con Pellicer á manuscritos de grande
antigüedad; Moríanes dice que el códice que poseía era copia de un libro
muy antiguo; Quinto, resolviendo en cierto modo la cuestión, aunque no
la trataba de propósito, dice que las leyes de Sobrarbe compiladas por
el concilio y cortes de Jaca en el siglo xi se hicieron en la lengua española
de la época.
I
83
muy remota época, y al cual, por el contrario, se^
vertieron en adelante muchos otros fueros anti-
guos (^\ ni menos el lemosín, cuya influencia no
era entonces ni había de ser en muchos años co-
nocida.
Y á la verdad, en el supuesto, casi imposible de^
negar, de que los aragoneses no hablasen el idio-^
ma latino en pleno siglo xii, la discusión anterior,
casi inútil bajo el aspecto polémico, debe trasla-
darse á los posteriores tiempos en que, por el en-^
tronque de las casas aragonesa y catalana y las
otras causas que ya hemos señalado, pudo modifi-
carse el lenguaje hispano-aragonés hasta el punto
de desnaturalizarse y extinguirse.
Pero contra esta sospecha, que para algunos ha
pasado de conjetura inductiva á verdadera evi-
dencia, no hay que oponer sino dos observaciones,-
que, prescindiendo de las pruebas documentales
en que todavía insistiremos, resuelven á nuestro
parecer de un modo victorioso esta cuestión. La
primera se funda en el hecho indestructible de que
la organización aragonesa se mantuvo perfecta-
mente intacta y sin que en nada la afectase la re-
I unión de ambas coronas; y si la estructura política
no padeció influencia alguna, siendo de suyo tan
ocasionada y fácil á los cambios repentinos, cal-
(1) Y conservando, por cierto, algunas palabras españolas, como ami-
gas por mancebas, que tiene la traducción de Salanova. Añadamos aquí,.
por más que no sea el lugar muy oportuno, que de algunas palabras, al
parecer aisladas, se infiere rectamente el uso del lenguaje español, como
en efecto se desprende de muchos antiguos apellidos, por ejemplo, Maza
de Lizana, Castellezuelo, Pedro Medalla y los muchísimos más que sería
impertinencia enumerar.
34
cúlese cómo había de padecerla el idioma, que de
suyo es rebelde y lento en sus transformaciones.
La segunda estriba en el principio filológico-his-
tórico de que el idioma no se altera á voluntad de
nadie, no se pierde ni aun con un largo número de
años, no se cambia como las dinastías por un pac-
to de familia ni por la influencia de nuevas cos-
tumbres, y diremos más, ni aun al impulso de las
revoluciones por grandes que ellas sean: es pre-
ciso que sobrevenga una transformación completa
en la sociedad, una irrupción avasalladora, una
de esas grandes crisis que alteran profundamente
los imperios; y aun entonces ha de acompañar á
todo esto una especie de parálisis en los miembros
todos de la sociedad vencida y, después de todo,
aun sucederá que el idioma antiguo se irá per-
diendo lentamente, que el nuevo irá triunfando
por grados y sin estrépito, que ambos, en fin, con-
servarán y perderán mucho de su naturaleza.
Y como todo eso haya estado muy distante de
suceder en la época del predominio lemosín, la
verdad es que éste no causó más novedad en el
lenguaje aragonés que la impresión producida en
general por el contacto ó contraste frecuente de
dos lenguas afines, cuyo práctico ejemplo nos ofre-
cen las lenguas española y francesa, como puede
verse en el reciente y curioso diccionario de gali-
cismos con que el Sr. Baralt acaba de enriquecer
nuestra filología.
Pasando ahora á la prueba documental que he-
mos ofrecido continuar, concurren asimismo en
I
35
favor de nuestro propósito las noticias que sumi-
nistra la crónica auténtica del rey Don Jaime, en la
■cual, si bien los diálogos y las contestaciones sue-
len reducirse al idioma lemosín en que está escri-
ta, pero á veces se conservan textuales según se
pronunciaron, ya en boca de un sarraceno de Pe-
ñíscola: <í Señor, quereslo tu axi? é nos lo queremos é
nos fiaremos en tu, he donarte hemos lo castello en la
tua fe», ya en boca de uno de los representantes
ó comisionados de Teruel: ^Decimusvos que vos
emprestaremos tres mil cargas de pan, e mil de trigo
e dos mil dordio, e veinte mil carneros, e dos mil va-
ques: e si queredes más, prendet de 7íos». — Sin salir
de las crónicas lemosinas, la de Pedro IV nos pro-
porciona otro testimonio con las cartas que inclu-
ye, de las cuales abandonando el orden cronológi-
co, trasladaremos un trozo para que sirva al paso
como una muestra del lenguaje de su siglo. La
carta está escrita al rey de Castilla, por Don Pedro
el Ceremonioso en 1356, y dice: «E sabedes bien
»que cuando vos por vuestra cuenta nos embias-
tes rogar que quisiésemos prender á nuestra ma-
;»no todo lo que han en nuestros regnos et térras,
■ non lo quiziemos fer, porque si ellos ho vos por
ellos nos demandades más de razón, no somos
|>seruidos de ferio. A las otras cosas que nos fey-
l^tes saber en vuestra carta, en que es feyta men-
[»cion de las paces qae eran entre Nos et vos, sabe
Dios qui está en meo de Nos et de vos et vee tota
[»la verdad, que siempre aquellas paces, las cua-
i^les entre nos y vos son firmadas con jura et
>homenatge, vos habernos complidament tenidas,
>assí por buena amor como por posturas. E si al-
>guna cosa vos feziestes saber, siempre en aque-
>lla compliemos lo que cumplir haviamos et era-
>mos tenidos». A la misma época corresponde la
notable respuesta que dio á los unidos de Valen-
cia Don Pedro de Exerica, debiendo notarse que
los jurados de aquella ciudad se le habían dirigido
en lenguaje lemosín, contestándoles él entre otras
cosas, según nos lo ha dado á conocer por vez
primera el erudito Sr. Quinto, lo siguiente: «A la
>qual letra bien entendida vos respondo que me
>semexa que es bueno que requirades al Sr. Rey
»e supliquedes que vos serve fueros, e privilegios,
>e libertades, e buenos usos, e que si alguna cosa
>ha feitto contra aquéllos, que lo quiera tornar á
> testamento devido, assí como aquestas cosas se
» deven demandar e requerir á Señor más no por
* manera de unión >. Más castellana es todavía la
respuesta que en 1385 dio á los jurados de Zara-
goza el rey Juan I y que ya ha citado antes que
nosotros otro laborioso escritor para combatir la
idea del Marqués de Mondejar de que el castella-
no fué importado en Aragón por Fernando I:
cOmes buenos, bien creemos que habedes sopido
»como en el principado de Cataluña no hay aque-
>lla abundancia de pan que sería menester».
Retrocediendo ahora al punto de donde nos han
separado las crónicas de Jaime I y Pedro IV, y
sin disimular, como imparciales, las no muy gra-
ves alteraciones que de copia en copia han podida
3T
pulir y mejorar el fuero de Sobrarbe, emprende-
remos de nuevo la documentación castellana de
Aragón. En una escritura de partición de un
campo, fechada en 1148, leemos la siguiente cláu-
sula latino-hispana: «Venit nobis in voluptate et
>vendimus vobis Donna Ponza, mulier qui fuit de
*Don Bonet de Barbastro, uno nostro campo, qui
»est in término de Cocollata (Suponemos que Co-
»gullada en las cercanías de Zaragoza) et est se-
>minatura 11 guartals de trigo; et sunt afronta-
aciones, de Oriente campo de Doña Ponza de
»vobis, et de Occidente campo de nobis vendi-
»tóribus, et per capud illo brazal: sic istas afron-
»taciones includunt, sic vendimus vobis cum exiis
>et regressibus suis et in facie de vicinos in illo
>rancurran te de Damus vobis fidanzas de sal-
» vétate ad foro de Saracoza Don Martín Calvo
» corrector et Don Román Cavalcator, et est pre-
»cium placabile inter nos et vos V solidos moneta
»jaccensis de IIII dineros, et dedistis illos nobis
»semper ad manum. Ego Domingo germano de
^Zabalmedina et usor mea Boneta. Sumus testes
>venditores Arnal de Luzán germano de Doña
>Ponza mulier de Bonet sito suprascrito campo. —
» Testes sunt visores et auditores Don Domingo
»Azarolle et Don Pedro de Barbastro et Exemeno
» Germano de Doña Boneta».
Otro documento nos parece del caso producir
ante el lector, y es la fundación de una Iglesia
consagrada á San Esteban y la adscripción de
unos terrenos circunstantes, acto que tuvo lugar
38
en 958 ante Roncio, obispo de Barbastro y que
se halla copiado en unos incompletos Anales del
Condado de Eibagorza que, escritos por D. Martín
Duque de Villahermosa y por su archivero Juan
Mongay, posee mss. la Biblioteca universitaria y
provincial de Zaragoza. Este instrumento se halla
extendido en un latín sumamente aceptable; pero,
al llegar á lo relativo á lindes ó confrontaciones,
se trasparenta el idioma vulgar y asoman los so-
lecismos, todo con el objeto sin duda de sostener
la claridad mayor en lo principal de esa escritura.
Véase cómo están marcados los límites: «Scilicet
>in caput turboni á la fonte Roga, et á cohornilla
>al rivio de la Murria, et á la portella de Gabas
»et á la font de Avi, et á la croz de Sant Salvador
>de Avi, et á la porcina et obaga de la corta de
»Lert, et á la Val de Xenices en la garona al turmo
» molar et ¿cerbui? al coll del fora, et perpesadias
>al turmo del Castellar et per la Serra deis jubianz
>de la serra del Castel de exin, et ¿apinxe? cabi-
» diosa en caput de la Sierra de Merli de Lena, et
»al prodo cabrero et al pax Bailarín, et á la es-
>pada del Castillelo de Alvi, et al cuello de lo
» turmo logrero apart, de mesne et á la croz del
» caput de serra estaca, et al prado bachez de ca-
»put serra estaca et á la pedra pica, é torna á la
»font Roga sicut predictis locis ambiunt, includunt
»dictam ecclesiam.>
También llamamos la atención hacia el fuero de
Calatayud, que ya no podemos trasladar (pero se
halla impreso), en el cual se lee: «Gracia Dei Ego
39
jquidem Alfonsus Rox fació hanc cartam dona-
»tioni et confirmationi ad vos totos populatores de
» Calatayubio qui ihi estis popúlalo et m antea rene-
iritis populare et donent cuarto ad Eclesia de
*pane vino et corderos et de alia causa (cosa) non
» donent cuarto >: y en efecto se continuó pagando
por diezmo ó la cuartación según D. Vicente La-
fuente.
Con gusto trasladaríamos también la Carta-pue-
bla de Alcañiz, otorgada en 1157, y la donación de
esta villa á la Orden de Calatrava en 1179; pero,
en primer lugar, puede leerlos cualquiera en la
interesante, y á veces erudita y crítica Descripción
que de aquella ciudad ha publicado en 1860 D. Ni-
colás Sancho, y en segundo, ambos son documen-
tos latinos, aunque en ellos transpire fuertemente
el aragonés. Sin embargo, siempre es curioso ver
en un instrumento que se precia de latino frases
multilingües como esta: et quomodo vadit illa serra
in cap de vivo de las truitas^ que en buen castellano
se traduce: «y siguiendo aquella sierra desde el
nacimiento del río de las Truchas*, pero que en
aragonés vulgar todavía se ciñe más al original,
pues aquí diríamos: «y conforme marcha la sie-
rra, etc.>
Trasladaremos, de entre los muchos y muy cu-
riosos documentos que hemos estudiado en el co-
pioso archivo ^^^ de la Academia de la Historia, el
siguiente que es de los partidos por A B C y co-
(1) Hállase perfectamente servido por el ilustrado paleógrafo y filólo-
go D. Manuel Goicoechea.
40
Tresponde al año 1178. «Notum sit ómnibus homi-
nibus tam presentibus quam futuris quod ego frai
Pedro dono á García de Lecadin una peza per
cambi, en t (¿termino?). Moiana de sobre el prado,
per aquella que auie Garcia en Poio arredondo,
et abet frontaciones ex parte horiente la petza de
Bernart fornero, ex parte achilone la peza D' Urra-
ca Alaues, ex parte meridiano la zezia, ex parte
hoccidente la peza de Ramón de Ponzan: todas
istas frontaciones includunt instam pezam». Si no
se concede que esto sea español, con el dejo latino
imprescindible en aquella época y sobre todo en
aquellos documentos, ha de confesarse que de esa
mezcla estaba próximo á nacer el idioma de Cas-
tilla; que estaba ya rompiendo la envoltura de esa
crisálida latina el romance vulgar que hoy cono-
cemos.
Aun no corrido medio siglo, vemos otra escri-
tura perteneciente como la anterior á la Biblioteca
de Salazar, en la cual el idioma aparece mucho
más formado. «Esta es carta de destin que fago yo
>D.* Sancha de Rueda, estando en mi seso e en mi
>memoria. Primeramientre lexo por mi alma el
»orto, quen sea tonuda lampada de noit e a las
> horas deuant el altar de Sancta Maria de Piluet
>por todos tiempos... que sean cantadas todos los
>años XXX misas por mi alma, e todo esto lexo-lo
»en poder de mi filio D. Martin, que él que lo
> cumpla en sos dias, e después sos dias que lo lexe
>á qui el querrá que sea del linnage e que cum-
>pala esto... e lexo á mi filia D.* Toda e á D. Garcia
41
»so marido el campo de la carrera de Tudela en
• paga de XVI cauces de trigo que me empresta-
»ron, e lo al que finen quiten mis debdas e par-
tíanlo mis fillos. Esto fue feito en presencia de
»D.* Sancha Tarin e D. Seutan el capellán e de
»otros buenos ommes, e fueron cabezaleros don
>Johan de la Tienda é D. Fortuino Navarro».
Después de este bien trabajado documento, fe-
chado en 1225, encontramos otro muy poco más
moderno, que si no nos permitimos incluir en el
cuerpo de este discurso, por parecemos en sus
dimensiones desproporcionado á nuestro objeto,
tampoco no queremos omitirlo, porque muestra
bien el progreso lento del idioma y aun ofrece
algún interés en su contenido í^^: pertenece tam-
il) Sepan todos los ommes que agora son e los que an de uenir que
aulan grand contienda entre los raonges de Berola é los ommes de
Transmonz sobre el término de Beruela e de Trasmonz. Ond los mon-
ges de Berola sobre esta contienda e sobre grandes fuerzas que les fazien
ommes de Trasmonz no lo podieron sofrir é ouieron se arrencurar al
sennor Rey, e el sennor Rey quando ovo oido la rancura de los monges,
mandó á D. Pedro Cornel so mayordomo e á D. Pedro Pérez so justicia
que uiniesen ambos á Veruela e que uidiesen sobre que eran estas ren-
curas que auian los monges de los ommes de Strasmoz, e oidas to-
das las razones de cada unos, que diessen á cada uno sos drettos. Et Don
Pedro Cornel é la justicia D. Pedro Pérez binieron por mandamiento del
Rey en Beruela e ellos por amor que mas dretturerament podiessen est
pleyto determinar, embiaron por el Bispe é pos ommes buenos de Tara-
zona, scilicet por D. J. Pérez justicia de Tarazona que tiene el castillo é
la uilla de Trasmoz e por D. Xemen Pérez de Tarazona e por D. Mar-
tín Pérez so ermano e por D. Rodrigo ermano de la justicia e por otros
ommes buenos. E fueron de los monges en aquel logar presentes scilicet
el prior de Beruela D. Ferrando de Tarazona é el cellerer maior D. Gui-
llem Dengans é D. J. Maza e D. Sanz de Tudela monges de Berola é
D. Fr. Sanz de Campan. E de los vecinos de Trasmonz fueron D. Martin
de Trasmonz caualero e D. Lop el capellán, de los lauradox*es D. Mateu
D. Eneco Nanairs e D. Blasco Morana. E de los moros Mahomat Lom-
bacho é Zahéyt de la Puerta e muytos otros siquiere de los monges de
Berola siquiere de los ommes de Trasmonz e todos ensemble plegados,
D. Pedro Cornel e D. Pedro Pérez la justicia demandai'on á los monges
de Berola e á los ommes de Trasmonz á la una e á la otra parte si auian
cartas algunas ó algunos instrumentos de desterminamiento de questos
términos. En esto respondieron los monges é los ommes de Trasmoz é
dixieron que non, é assi lo trobaron en pesquisa por uerdat que ni los
42
bien este documento á la Academia de la Historia
y procede de un Cartoral del monasterio de Be-
ruela, ó sea «Libro clamado la Privilegia donde
están insertos y continuados los privilegios papa-
les y reales y otros actos y scripturas facientes
por el monasterio y conuento de ntra. senyora de
Beruela».
Nuestras investigaciones sobre las bibliotecas y
archivos de la capital de Aragón nos han mani-
festado sensiblemente la poca importancia en ge-
neral, de estos depósitos de nuestras antigüeda-
des. Y en efecto: la Biblioteca de la Universidad
no contiene riqueza alguna á nuestro objeto ni
otros mss. de verdadero valor literario, sino un
Cancionero lemosín con sólo seis poesías castella-
nas de Pedro Torrellas y algún otro, y aun esas
ommes de Trasmonz ni los monges no tenían recapdo nenguno de
desterminamiento. Ond D. Pedro Cornel é la justicia D. Pedro Pérez
odiendo esto e trobandolo en berdat que ni los naonges ni los ommes de
Trasmoz no tenian recapdo nenguno ouieron so consello con el Bispe
D. Garcia Frontín e con los otros buenos ommes que de susso son escriptos;
e andando los términos todos en semble e uidiendo daron por término á
Bera del camino que va de Beruela á Tarazona enta juso todo. Et del
camino que es dito enta suso daron por término á Trasmonz. Salvas las
heredades que á y Beruela. Et asi desterminados los términos de Bera é
de Trasmonz daron sos dre5'tos á cada uno plaziendo al sennor Rey.
Esto todo acabado, demandaron de cabo D. Pedro Cornel é D. Pedro
Pérez la justicia en presencia de todos los que de suso son nomnados
demandaron é pesquisieron si auieu nengun desterminamiento nuncha
feyto entre Beruela e Trasmonz e trobaron que si, e ellos demandaron
en uerdat que qui lo sauie esto; e fue aduyto un omme de Trasmonz por
nomne D, Eñego Nauarro que auiabien C annos en testimonio é dixo que
él era estado en desterminamiento de Beruela e de Trasmonz, é mandá-
ronle de parte del Rey e coniuraron lo sobre periglo de so alma que el
que dixiere verdat. E respuso el e dixo: «jo digo á Dios uerdat e á los que
aqui sodes por mandamiento del Rey mi sennor que io fu en determi-
namiento de Beruela e de Trüsmonz. E pudiemosnos á determinar suso
en el cerro sobre la estancha de D. Matheu alli ose parte el término de
Trasmonz e de Leytago e uiniemos por el cerro á suso e alli quomo
aquas vierten enta Trasmonz diemos á Trasmonz por término. E alli
gnomo aquas vierten enta Berola diemos á Beruela por término é acha
juso al fondón diemos todo el cabezo de Otunna á Berola». Et quando
esto ouieron oido. D. Pedro Cornel e D. Pedro Pérez la justicia manda-
43
por lo modernas (siglo xv) inútiles á nuestro ob-
jeto, cuyo Cancionero han descrito imperfecta y
no muy fielmente los anotadores de Ticknor: la
del Seminario sacerdotal, cerrada al público y á
los curiosos, no conserva al parecer ni aun códice
que poseyó de los fueros de Sobrarbe: el archivo
de la Diputación, que contuvo raras curiosidades,
no guarda papeles anteriores al siglo xv en lo
que permitía ser examinado cuando nosotros lo
intentamos; el de la Catedral de Seo tiene muy
poco de accesible y aun menos de conocido.
Pero en el del Pilar, perfectamente organizado
y regisft*ado, sobre estar servido con aptitud y
cortesía por el Sr. D. Diego Chinestra, después de
haber visto con gusto algunas de sus numero-
sas escrituras en pergamino, y con admiración el
ejemplar de los Morales de San Gregorio, man-
dado escribir en vitela á gran folio por el obispo
ron por partes del Rey que assi quomo hauian trobado en pesquisa e en
uerdat que assi fuese tenudo por siempre entre el desterminamiento de
Beruela e de Trasmonz. Esto todo aposado quomo de suso es escripto á
Blazimiento de ambas las partidas, mandaron de mas D. Pedro Corneí é
K Pedro Pérez la justicia con consello del Bispe e de todos los otros bo-
nos omines que en el logar eran que si bestiar ó ganado de los monges
entrase en el regadio del término de los de Trasmonz, que los omes de
Trasmonz podiesen pendrar á los monges por so calonia assi quomo es
fuero de tierra á los ommes de Trasmoz de este desterminamiento que fo
feyto fueron pagados los unos y los otros ambas las partidas E fueron de
estos desterminamientos testimonias en cuya presentía fueron feytos Don
Garcia Frontín bispe de Tarazona e D. Blascho Pérez é D. Martin Pérez é
D. Garcia Ximenez filio D. Xemen Pérez canonicus é D. Guillen Abbat
de Firto e D. Domingo Arzez prior del dito logar e D. Lop Cellarer de
Fito. E de los caualleros e de los bonos ommes de Tarazona D. Juan
Pérez justicia de Tarazona e D. Xemen Pérez e D. Martin Pérez so er-
mano e D. Rodrigo ermano de D. Juan Pérez justicia de Tarazona. Esto fo
feyto en el mes de Septembre pridie Kalendas Octobris era MCGLXXIIII.
Nos D. Jaime por la gracia de Deus Rey daragon e de mayorchas e de
Valentía comte de Barzalona e de Urgel e sennor de Montpesler otorga-
mos la present carta e tenérnosla por firme.— Signum t Jacobi Del gratia
Regis Arag et mayoricar, et Valencie commes Barch et Urgel et dux
montisp. — Raymundus notarius publicus et juratus Tirasen praeceplo
domini regis scripsit per alfabetum divisit.
44
Tajón, hemos acertado á encontrar una pieza de
gran valor, códice incompleto pero estimable,
marcado con las indicaciones Al. 2, cax, 5, %. 2,
suh. número 28. — Consta de ocho hojas en per-
gamino y caracteres góticos, con las rúbricas de
vermellón, buenas márgenes, letra al parecer del
siglo XIV, encabezamiento más moderno que dice:
Quaderno de libro de fueros antiguos, y un conte-
nido de cerca de veinte distintos fueros, los cuales
se hallan encadenados después de cada rúbrica
con la conjuntiva ítem, y tratan de fianzas, compra
de cosa hurtada, construcción de castillos, adul-
terio, homicidio, salario de los sirviente^, pres-
cripción, prenda, posesión, testamento, retracto,
hijos naturales, prole de los clérigos y otros pun-
tos de interés.
No podemos pensar otra cosa de ese códice sino
que es copia de los fueros del rey Don Jaime,
tales cuales se redactaron en 1247, esto es, en cas-
tellano, y original por consiguiente (no el ms. sino
el lenguaje) del texto latino á que en 1352 se re-
dujeron muchos de ellos, según aparecen en la
colección cinco veces impresa de nuestros fueros.
Muévenos á esta opinión, antes que todo, la con-
formidad absoluta entre el texto del códice y el
latino de los fueros impresos; y para que pueda
juzgarse de ella y del códice mismo, confrontare-
mos dos trozos, que son los siguientes:
45
DE OME QUE TIENE E POS-
SEDEX POR XXX ANNOS
ET UN ANNO ET UN DÍA.
DE PR^SCRIPTIONIBÜS
ítem. Qualque Infan-
zón ó otro orne que tor-
nan alguna heredat
por XXX annos et un
anno et un día, passado
aquest término et algún
otro orne verra querrá
meter mala voz en
aquella heredat, si aqel
qui la posseder podrá
provar que aqel qui la
demanda entrava et
exiva en aquella villa
ont es la heredat, aqel
qui la demanda non la
puede conseguir por
nenguna razón por fue-
ro Daragon. Empero si
el possedidor podrá
monstrar su actoritat
por scriptura valedora
et quod ei sufficere et
abundare sibi possit se-
gunt el fuero...
Quicumque Infantio
vel alius tenuerit ali-
quam hereditatem paci-
fico per triginta annos
et unum diera, et post
transactum istum ter-
minura alius homo qui-
cumque sit miserit in
illam malam vocem,
demandando illan here-
ditatem, si ille qui possi-
det poterit probare suf-
ficienter, quod ille qui
eam demandat ingre-
diebatur et agredieba-
tur in villa illa ubi est
hereditas antedicta, qui
eam demandat non po-
test nec debet eam con-
sequi ratione qualiqum-
que secundum Forum
Aragonium. Si tamen
possessor poterit pro-
bare aut monstrare
suam auctoritatem per
scripturam sibi valitu-
ram et quod ei sufficere
possit secumdum forum
salvo anno et die in suis
casibus sicut continetur
in foro anni et diei.
46
DE TOT SIRVIENT QUE DE-
MANDA SO SOLDADA ET
EL SENNOR NEGARÁ,
QUOMO DEVE SEDER.
DE MERCENARIIS
ítem. Tot orne ser-
vient qui será á servicio
dalcum orne et deman-
dara la soldada qiial
convinie con él por el
servicio quel avra fei-
to, et el sennor negara
quel nol deve tanto
quanto demanda; el sir-
vient jurando sobre li-
bro et cruz, el sennor
devel dar entre gament
toda su soldada.
Serviens conductitius
qui non completo servi-
tio petit á domino sala-
rium; si dominus tan-
tum se deberé negave-
rit quantum petit juran-
te servo super librum
et crucem quantitatem
salarii quae reman sit,
solvet ei dominus sala-
rium remanens que
quod petivit.
Otro de nuestros fundamentos es la grande
analogía entre el lenguaje del referido códice y
el que se usaba individualmente, no ya en tiempo
del Rey Don Jaime, sino aun por el mismo redac-
tor de los fueros de Huesca, el obispo Canellas,
de quien cita un diligentísimo jurisconsulto í^^ es-
tas palabras: «donques al rey conviene ordenar
alcaldes y lusticias, et revocar quanto á eyll plo-
guiere, et poner á eyllos perdurablement, ó aqui-
(1) D. Luis Exea y Talaj'ero en su muy erudito Discurso histó rico-Ju-
rídico sobre la instauración de la Santa Iglesia cesaraugustana en el templo
máximo de San Salvador, 1674, nota 442, en la cual incluye también tex-
tuales dos trozos del fuero antiguo de Sobrarbe.
47
líos entre los qoalls alcaldes siempre es establido
un Iiisticia principal en el Regno, el qual pues
que fuere establido una vegada del seyñor no es
acostumbrado de toyller tal lusticia sin razón ó
sin gran culpa».
Pareciéndonos de gran peso ambas razones, y
no pudiendo suponer que sean los fueros de dicho
códice ni una inexplicable traducción sobre el tex-
to latino, cuando su lenguaje denota mayor anti-
güedad que la del tiempo de Pérez Salanova y
López de Sessó (siglo xiv), ni un Manual trabajado
por algún curioso, aunque éste no dañaría á nues-
tro objeto filológico; deducimos que bien pudo ser
aquél el texto primitivo de los fueros célebres de
Huesca, y bajo este aspecto lo hemos presentado
como muestra del lenguaje aragonés en la prime-
ra mitad del siglo xiii.
Al mismo intento trasladáramos, si nuestra dili-
gencia nos los hubiese procurado, los muy anti-
guos romances aragoneses con que parece que
piensa enriquecer su monumental Historia de la
Literatura española el profundo literato Don José
Amador de los Ríos; pero sin haberlos alcanzado
porque no hemos querido apelar á los vínculos (•ol
comprofesorado y la amistad que con aquél nos
unen, y eso por no usurparle la primacía de exa-
men ni privar al público de la superioridad de su
crítica; nos parece que, aunque más remotos sean
aquellos restos de nuestra antigua poesía, nunca
han de serlo tanto como el códice que acabamos
de citar. Y es que, á nuestro parecer, existió, en
48
efecto, una antiquísima poesía popular anterior
ciertamente al Foeina del Cid, y tal vez, como otros
dicen (aunque nosotros lo dudamos) historia poé-
tica de que hubo de servirse el autor de la Cróni-
ca general de España; pero los romances escritos y
coleccionados, esto es, los que han podido llegar
hasta nosotros, no pueden ser anteriores al si-
glo XIV, en la forma en que aparecen escritos,
pues ni su lenguaje nos da siquiera esa antigüe-
dad, ni aun racionalmente pueden tenerla, si se
considera que, trasmitidos por la tradición, habían
de modernizarse constantemente (salvo en alguna
expresión gráfica, proverbial ó inolvidable), y si
se atiende á que el primer Romancero ^^^ y aun al-
gunos otros hubieron de recoger y reducir á pu-
blicidad la misma tradición oral, que ya sabemos
cuan infiel suele ser aun en los hechos, y cuánto
es forzoso que lo sea en el lenguaje.
Dando punto á esta digresión, en que nos detu-
viéramos con gusto si nos lo consintiera la natu-
raleza particular de este trabajo, recordaremos al
lector la concordia, prohijación ó afillamiento de
Don Jaime de Aragón y Don Sancho de Navarra,
dt)cumento que Zurita incluye para dar una mues-
tra del lenguaje de aquellos tiempos (2); un ins-
trumento de permuta que copia Villanueva en su
(1) Tuvo Zaragoza la gloria de imprimirlo en 1550.
(2) Está en el libro III, cap. II de sus Anales y dice así: «Conocida cosa
sea ad todos los que son e son por venir, que yo Don Jaime por la gracia
de Dios rey de Aragón desafillo ad todo home et afilio á vos Don Sancho
rey de Navarra de todos mios regnos et de mias térras et de todos mis
señoríos que oue, ni he ni deuo auer, et de castiellos et de villas et de to-
dos mios señoríos. Et si por auenlura deuiniesse de mi rey de Aragón
49
Viaje literario á las iglesias de España y es el
IX en el apéndice del tomo 3.^, correspondien-
do al año 1255 íi>; y, dejando á un lado el testa-
mento de Jaime I (cuyo lenguaje, por lo mismo
de ser tan acabado, podría parecer sospechoso
de modernidad), el mismo Privilegio general, es-
pecie de compendio de los antiguos mal cum-
plidos fueros, redactado por las cortes de Za-
ragoza (2) en 1283, otorgado y publicado á la letra
con encabezamiento y pie latinos por Pedro III,
declarado como en preguntas y respuestas por
Jaime II en 1325, incluido con esa declaración en
el cuerpo forense desde 1348, comentado ó expli-
cado de oficio por el Justicia Martín Diez Daux
en sus Observancias y costumbres, y del cual, aun-
que todo es interesante, copiaremos el último ar-
tículo, que es como sigue: «Protiestan los sobre-
»ditos richos hombres, mesnaderos, caualleros,
>infanciones, ciudadanos e los otros hombres de
»las villas, de los villeros e toda la Universidad
»de todo el Regno de Aragón que salvo finque á
antes que de vos rey de Nauarra, uos rey de Navarra que herededes toda
lo mió assi como de suso es escrito, sines coutradizimiento ni contraria
de nul home del mundo. Et por mayor firmeza de est feyto et de esta
auinenza, quiero et mando que todos mios ricos liomes et mios vassallos
et mios pueblos juren á vos señoría rey de Nauarra que vos atiendan leal-
mente como escrito es de suso. Et si non lo ficiesen que fincassenportray-
dores et que nos pudiesen sainar en ningún logar». (Año 1231, aunque
dice in era 1209, que debe leerse 1269.)
(1) ...«Las quales dichas salinas hyo D. Remir González vos vendo á
vos, señor obispo, de dia et non de noch, assi fuero de Sancta Maria
manda, con sus entradas et con sus essidas, et con sus pertinencias, et
con aguas dulces, et con saladas, et con heras, et con casas, et con pozos,
et con fueros aquellos que han las salinas por su derecho et deban aver».
(2) Universi prsedicti nobis humiliter intimarunl... et... petienint cum
humilitate instanter.
50
> ellos, e a cada uno de ellos, e á cada una de las
>villas é de los villeros de Aragón toda demanda
>ó demandas que ellos ó cualquiere dellos pueden
>e deuen fer, asi en especial como en general con
>priuilegios ó con cartas de donaciones ó de cam-
»bios, ó con cartas ó menos de cartas, cuando á
> ellos ó a cualquiere dellos bien visto será que lo
> puedan al Señor Rey demandar en su tiempo é
>en su lugar>.
En lo que hemos, sí, de detenernos, no sólo por
lo que hace á nuestro intento, pero aun por la im-
portancia historial y política de su contenido y
sobre todo de su hallazgo, es en los Privilegios de
la Unión, que otorgados por Alonso III en las cor-
tes de Zaragoza el año 1287 y conservados dicho-
samente en el antiguo monasterio de Poblet, pa-
saron de él á la Biblioteca nacional y después á la
de Cortes y fueros del Congreso, habiendo entra-
do por fin, va para unos seis años, en el dominio
de la Academia de la Historia.
Dichos Privilegios existen, con otros documen-
tos relativos al mismo asunto, en un códice en
folio menor, letra del siglo xiii, sobre papel in-
consistente y grueso con anchas márgenes escri-
tas á trechos por Zurita, rotulado exteriormente:
Escrituras de los reyes de Aragón Don Pedro III y
Don Alonso III y de las Uniones de Aragón y Va-
lencia y señalado con T. CL. M. 139; habiendo
venido afortunadamente en comprobación do su
siempre apreciable texto los Comentarios autógra-
tos de Blancas, escritos según el primer pensa-
51
miento del autor y bajo del primitivo título: In
fastos de Justiciis Aragonum Comentarius. — Por-
que es de advertir que, entre el autógrafo y la
edición que conocemos impresa, existen algunas
curiosas variantes, ó mejor, algunas diferencias
nacidas de la poca libertad con que pudo proce-
der el autor á la publicación de su trabajo; siendo
uno de los pasajes suprimidos el que corre por
las márgenes del manuscrito, relativo á la fórmu-
la del juramento de nuestros reyes, el cual nos
fué dado á conocer la vez primera por el Sr. La-
sala en su impugnación á la citada obra de Quin-
to ^1) y fué después aprovechado por el Sr. Foz en
su Gobierno y fueros de Aragón (1850); y siendo
otro el que se refiere á los Privilegios de la Unión,
de los cuales dice en la obra impresa que se con-
servaban en la biblioteca del Arzobispo (Don Fer-
nando), pero que él no insiste en exponerlos, toda
vez que nuestros mayores decretaron únicamente
el que no se hiciera más memoria de ellos, no ya
como leyes del reino, non ex patrio more atque
institutis solum, sino aun como obra literaria, sed
exprivatis etiam litterarum monumentis delendam,
lo cual no le retrajo sin embargo de trasladarlos
cuidadosamente á su manuscrito, comunicados
que le fueron por Zurita.
El códice contiene todo el texto íntegro de
cuantos documentos oficiales se extendieron y
cuantas diligencias se practicaron en el asunto
<1) Diario de Zaragoza, año 1849.
52
de tan famoso privilegio; y bajo este aspecto pa-
rece una acta, proceso ó protocolo contempo-
ráneo, aunque sin autorización de firma, rúbrica,
sello ni signo alguno; pero con la severidad do
formas, la igualdad de lenguaje, la textualidad
de documentos, el enlace completamente curial
entre cada uno de éstos, y la imparcial, fría y mo-
nótona marcha de un registro oficial, y no de una
relación literaria verificada con presencia de la
documentación.
Confiándonos á la indulgencia del lector, que
no puede faltarnos cuando se trata de darle á co-
nocer un importantísimo códice hasta hoy inédito,
vamos á permitirnos un extracto algún tanto de*
tenido, que ponga de manifiesto toda la tramita-
ción de este ruidoso acontecimiento, así como el
lenguaje usado en aquella época, el cual, por per-
tenecer á tiempos demasiado provenzales, adolece
de algunos resabios de este idioma y puede servir
para dar á entender toda la influencia catalana
sobre la lengua de Aragón.
Ábrese el códice con el extracto de las cortes
de Tarazona en que se dijo al rey que tratase con
ellas de la guerra de Francia y demás asuntos de
Estado, á lo cual contestó desenfadadamente en
1.® de Septiembre de 1283 que entro ad aquella ora
por si auia feito sus faciendas^ e que agora no M
quería ni hi auia mester lur conseillo: replicáronle
que les confirmase sus privilegios, y les satisfizo
diciendo que no era tiempo de facer tal demanda,
qtie ell entendia dar batailla á los franceses^ e, pas-
53
sado aquél feyto, que ell que faria lo que deuiese
contra ellos, y estos, entendientes et vidientes el gran
jperiglo al que el sohredito senyor Bey quería sponer
assi (á sí) e á ellos, vedientes e encara entendientes
que todos, grandes e chicos, sedian con crébantados
corazones, é vidientes que omme senes fuero é desa-
furado non puede auer hon corazón de seruir aquéll
senyor, et considerantes las non contables opresiones
e desafforamientos que recébidos auian e que recibien
cada dia por el dito senyor rey e por sus officiales
judíos e judgues dotras lenguas e naciones, e aten-
diendo que reyal piadanza endrezasse e millorasse
las sobreditas cosas mal feytas cada dia peor auan e
uenían de mal en peior absorvíendo la sague e la
substancia de las gentes, parziendo tan poco al mayor
cmno al menor; coítsiderantes que f airan muy gran
crueldat sípíedat non auian de ssi mismos gracia
despirítu sancto vino sobre los nobles riccos-ommes e
sobre todos los otros auant ditos e enflamoles todos
los corazons en I hora e en I moment que todos en-
semble jurasen detnandassen e que mantuuiesen fue-
tos, costumpnes, usos, priuilegios, franquezas, liber-
tades é cartas de donaciones e de camíos, aquellas
que auian auidas con su padre él Sr, rey don Jayme
e con los otros sus antecessores e deuen aun: e todos
ensemble juráronse en la forma que seguexe.—lSin
esta jura se dice que el traidor á la Unión sea
destruido en su cuerpo y bienes, salua la fe de
senyor rey, e de todos sus dreytos, e de todas sus re-
galías; que si por esta jura él procede sin juicio
contra alguno le defiendan todos; que si manda
54
prenderlo ó matarlo sin sentencia del Justicia, los
de la jura no lo tengan por rey, llamen á su hijo
Alonso, et él dito don Alfonso con ellos ensemble en-
calcen e geten de la tierra al sohredito rey,
Preséntanse en las cortes de Zaragoza varias
quejas, una de los nobles despojados de sus dere-
chos (en treinta capítulos entre ellos el de las cor-
tes anuales), otras por parte de los jurados y pro-
curadores de la ciudad de Zaragoza, otras por los
de Huesca, Jaca, Alcañiz, etc.; y en vista de ellas
él dito senyor rey con grant piedat, queriendo contor-
nar su cara contra su poblé e ohedir las sus justas e
digjias pregarias e demandas, confirmó fueros,
usos y costumbres y expidió el Privilegio gene-
ral, el cual va seguido del otorgado á Valencia
(ciudad que cuando fué ganada, se mantuvo algún
tiempo á fuero de Aragón) y de los de Ribagorza
y Teruel.
Reunidos todos en la Iglesia de San Salvador
(catedral de Zaragoza) innováronse en Octubre
las juras hechas en Tarazona, diéronse algunos
castillos en rehenes, eligiéronse conservadores
que mantuviesen la tierra en buen estado, é hízo-
se un ordenamiento de la Unión que fué reformado
en 8 de Diciembre; después de lo cual se manda-
ron al rey dos embajadas, á las cuales contestó
por escrito desde Barcelona y Lérida ofreciéndo-
se á venir pasada la Pascua á Zaragoza; mas, como
no lo ejecutara, remitiósele una lista de peticiones,
mientras se enviaba á Roma una embajada com-
puesta, entre otras personas, de dos jurisconsultos.
55
Después de algunas peticiones y de la confir-
mación del fuero general, rogó y mandó el rey á
los unidos que concurriesen para el día de San
Juan de 1284 á Tarazona, y porque el rey no ha-
bía cumplido con lo que les tenía ofrecido, ni res-
tituido las spoliaciones feytas ^'^\ ellos expusieron
por escrito su negativa (á la cual contestó el rey)
y se reunieron en San Salvador el 31 de Enero
de 1285, pasando en Marzo á Huesca y después á
Zuera, en donde, por contumascia del dito senyor
rey, dio el Justicia sentencia sobre las querellas
presentadas, y esto fué á 3 de Abril de 1285. Y dió-
la también sobre las que en adelante se fueron
presentando, que fueron muchas, ya de ciudades
ya de particulares, algunas hasta para averar in-
fanzonías.
Murió el rey á la sazón, mientras su hijo Alfon-
so se hallaba en la conquista de Mallorca, y ha-
biéndose sabido que éste se titulaba rey, y hacía
como tal donaciones y otras cosas, se reunieron
cortes en Zaragoza el día de San Valero de 1286,
(ya las hubo antes en Diciembre, pero sólo trata-
ron de contener á los ladrones y malhechores que
molestaban el reino), y acordaron decirle que vi-
niese á jurar á Zaragoza, y para esto enviaron
mandaderos que se lo expusieran de palabra, y
(1) La fuerza de esa palabra nos recuerda una anécdota relativa al
célebre diccionarista francés Mr. Boiste. Era hombre inofensivo y labo-
rioso, y, no obstante, fué conducido á una prisión en donde pasó algún
tiempo sin que adivinase los motivos: cuando sus amigos se interesaron
f)or él, pudo al fin averiguarse que había llamado expoliador á Napo-
eón; acudióse al cuerpo del delito, que era su gran Diccionario en
donde se vio que decía SPOLIATEUR, bonaparte, ¡Boiste no hacía sino
declarar á Bonaparte el inventor de esa palabra!
56
non leuassen carta de criencia ni otra carta ho es-
cripto en que ell fuese clamado por el regno rey ni
infant: el rey contestó que el arzobispo de Tarra-
gona y los nobles de Cataluña le llamaban rey en
sus cartas, e pues ellos clamauan á él rey, non se-
meyllába que él se deuies clamar Bey Infant, pero
ofreció jurar en Zaragoza y lo hizo en un domin-
go á 15 de Abril. El siguiente día, para evitar los
muytos desordenamientos de la casa del rey, e al pro
suyo e del regno catar, solicitóse la reforma de ella,
á lo cual negóse el rey y se partió para Alagón.
En vano fué que se le requiriera para que volvie-
se á Zaragoza y enmendase todos los daños causa-
dos á los fueros y á las personas, en vano que ex-
pidieran tras él las cortes de Zaragoza (fol. 171)
los consejeros que hubieran de seguir al rey has-
ta que concediera las demandas; todo lo que se
adelantó después de dos mandaderias 6 embajadas,
fué que desde Valencia citase á cortes para Hues-
ca, después de lo cual todavía se repitieron cuatro
mandaderias í^^ una de ellas sobre las vistas que
Don Alfonso había tenido fuera del reino con el rey
de Inglaterra; y, por fin, temiendo la mala volun-
tad del de Aragón, enviaron embajadas para de-
mandar alianza á la Eglesia de Boma, al rey de
Francia, al de Castilla y aun á los moros (fol. 95);
pero el rey se dirigió á Tarazona en Septiembre de
1287, prendió á unos, ahorcó á otros y movió una
guerra desastrosa, que por su mismo mal carác-
(1) Algunas de ellas van firmadas por Sancho Pérez de Biota que
-aquesto escriuie.
57
ter excitó á unos y otros la avenencia. El rey de-
putó al Prior de la orden de predicadores en el
convento de Zaragoza para tratar con los unidos
que estaban convocados en el fosal de Santa María
y le dio una credencial en que decía que siempre
quiso et quiere paz (e) concordia entre si e sos gentes
sobre todas las cosas del mundo, pero que los no-
bles ficiéronle muytas demandas e pidiéronle muy-
tos donos, los quales si el otorgado los ouiesse seria
muyt gran danyo e minguamiento del regno (fol. 98).
Así empezaron los tratos, y los unidos nombraron
personas que pidieron enmienda de los castigos
de Tarazona y de los males de la guerra que el
rey mouio á su cuelpa e á su torto, que reclamasen
la restitución de su vispado al de Zaragoza, el pago
de atrasos á los mesnaderos y la admisión en su
consejo de las personas nombradas por la Unión,
y que le hiciesen entender, que si procedía contra
alguno de la jura, de aquella ora adélan no lo tien-
gan ni lo ayanpor rey ni por senyor... ¿puedan fer
otro rey e senyor cual querrán sines blasmo e sines
mala fama.
Con todo esto condescendió el rey, y entonces
fué cuando otorgó el famoso privilegio de la Unión
cuyo texto es á la letra el siguiente (fol. 101 v.*° ):
«Sepan todos que nos Don Alfonso, por la gra-
>cia de Dios rey de Aragón, de Mayorchas, de
> Valencia, compte de Barcelona, por nos e por
> nuestros sucessores que por tiempo regnaran en
» Aragón, damos e otorgamos á uos nobles don
»Fortunyno por aquella misma gracia vispe de
58
> Zaragoza, D. Pedro Seynnor d Ayerbe tio nues-
>tro, D. Exeme d Urreya, D. Blasco de Alagon,
»D. Pedro Jurdan de Penna seynnor de Arenoso,
>D. Amor Dionis, D. G. de Alcalá de Quinto, don
» Pedro Ladrón de Vidaure, D. Pedro Ferriz de
>Sessó, Fortun de Vergua Sr. de Penna, D. Gil de
» Vidaure, D. Corbaran Daunes, D. Gabriel Dionis,
>Pero Ferrandez de Vergua sennyor de Pueyo,
>D. Xemen Pérez de Pina, D. Martin Roiz de Fo-
>ces, Fortun de Vergua de Ossera e á los otros
>mesnaderos, caualleros, infanzones de los Regns
>de Aragón e de Valencia e de Ribagorza agora
> ajustados en la ciudad de Zaragoza, e á los pro-
» curadores e a toda la Universidad de la dita ciu-
>dad de Zaragoza, assi á los clérigos como á los
>legos, presentes e auenidores. — Que nos ni los
> nuestros sucesores que en el dito regno de
»Aragon por tiempo regnaran, ni otri por man-
»damiento nuestros matemos ni estemos (debe decir
>estetnemos)y ni matar estemar mandemos ni faga-
»mos, ni preso ó presos sobre fianza de dreyto
> detengamos ni detener fagamos, agora ni en al-
»gún tiempo, (á) alguno ó algunos de uos sobre-
> ditos ricos omes, mesnaderos, caualleros, infan-
>zons, procuradores e universidat de la dita ciudad
>de Zaragoza, así clérigos como legos, presentes
»e auinideros: ni encara alguno ó algunos de los
> otros ricos ommes, mes.-, ca., inf. del regno de
> Aragón, del regno de Valencia, e de Ribagorza,
»ni de sus sucessores, sines de sentencia dada por
>la Justicia de Aragón dentro en la ciudad de
I
59
> Zaragoza, con conseyllo e atorgamiento de la
>cort d Aragón ó de la mayor partida clamada e
> ajustada en la dita ciudad de Zaragoza.— ítem
> damos e otorgamos á los ommes de las otras
>ciutades, villas, e villeros, e logares de los ditos
»regnos de Aragón e de Ribagorza, e a sus suc-
>cessores, que non sian muertos, ni estemados, ni
> detenidos sobre fianza de dreyto sines sentencia
>dada por los justicias de aquellos logares por
»que deuan seer jutgados segunt fuero si doñeas
»no será ladrón ó ropador manifiesto qui será tro-
»bado con fuerto e con roparia, ó traidor mani-
>fiesto. Si por auentura algún justicia ó official
> contra aquesto fara, sia del feyta justicia corpo-
>ral. Et a obseruar, tener, cumplir e seguir el
>present priuilegio, e todos los sobreditos capi-
> toles ó articlos, e cada uno dellos, e todas las
> cosas, e cada una en ella e end cada uno dellos
> contenidos, e non contrauenre por nos ni por
>otri por nuestro mandamiento, en toda ó en
> partida, agora ni algún tiempo; obligamos e pe-
inamos en tenencia e en rahenas á uos e a los
> vuestros sucessores aquestos castiellos que se
> siguen (son diez y siete, entre ellos Uncastillo, Ma-
>Wn, Rueda, Daroca, Huesca y Mor ella), jus tal
>condition que si nos ó los nuestros sucessores
>que por tiempo regnarán en Aragón faremos ho
»veniremos en todo ó en partida contra el dito
> priuilegio e contra los sobreditos capítoles ó ar-
>ticlos e las cosas en ellos e en cada uno dellos
» contenidas, que daquella hora adelant nos e los
60
» nuestros ayamos perdudo por á todos tiempos to-
ldos los ditos castiellos, de los quales castiellos
>uos e los uuestros podades facer e fagades á to-
ldas nuestras propias voluntades assi como de
>uuestra propia cosa, e dar e liurar aquellos cas-
>tiellos si querredes á otro rey e seynnor, por
>esto, por que si, lo que Dieus non quiera, nos ó
»los nuestros sucessores con (tra) uiniessemos á
>las cosas sobreditas en todo ó en partida, quere-
»mos e otorgamos e expressament de certa scien-
»cia asi la ora como agora consentimos que daque-
»lla ora a nos ni á los sucessores ni (en) el dito
»Regno de Aragón non tengades ni ayades por
>Reyos ni por seynnores en algún tiempo, ante
>sines algún blasmo de fe e de leyaldat podades
> facer e fagades otro Rey e Seynnor qual querre-
»des e don querredes, e dar e liurarle los ditos
» castiellos e a uos mismos en uasallos suyos, et
>nos ni los nuestros sucessores nunca en algún
> tiempo á vos ni á los sucessores demanda ni
»question alguna uos en fagam, ni facer fagamos,
>ni end podamos forzar, ante luego de present
»por nos e por nuestros sucessores soldamos dif-
>finidament e quanta a vos e á uuestros sucessores
»de fe, de jura, de naturaleza, de fieldat, de seyn-
>norio, de vassallerio e de todo otro cualquiere
» deudo de vassayllo ó natural deue, e y es tenido
>á seynnor en qualquiera manera o razón. E todos
>los sobreditos articlos ó capiteles, e cada uno
»dellos, todas las cosas e cada una en ellos e en el
>dito priuilegio contenidos, atender, e complir, e
> seguir e obseruar á todos tiempos e en alguno
>no contrauenir por nos e los nuestros sucessores
>juramos á uos por Dios e la cruz e los sanctos
>euangelios delante nos puestos e corporalment
> tocados. — Actum est Cesaraugusta V Kal. jan.
»anno domini MCCLXXX séptimo. = Signum
»Alfonsi dei gracia reg. Aragonum, Mayoric. et
>Valenc. ác Comes Barchin. — Testes sunt Artal
>Rogerii Comes Pallyariensis, P. Ferdinandi do-
»minus de Ixar patruus predicti domini Regis,
>G. de Anglaria, Br. de Podio viridi, Petrus Sesse.
> — Signum Jacobi de Cabannis scriptoris da, do-
>mini Regis, et de mandato ipsius hoc scribit,
»fecit et clausit loco, die et anno prefixis».
Del otro Privilegio que también se otorgó, con-
forme con el anterior en su lenguaje y en casi
todo su contenido formulario, y por lo demás ex-
tractado también en el cap. 97 del libro IV de los
Anales de Zurita, sólo copiaremos el principio,
porque en él se dan á conocer las libertades que
allí se consignaron: «...Que daqui adelant nos e
>los sucessores nuestros á todos tiempos clame-
>mos e fagamos a justar en la dita ciudad de Za-
>ragoza una negada en cada un año en la fiesta
>de todos sanctos del mes de noviembre cort ge-
>neral de aragoneses, e aquellos que á la dita
>cort se ajustaran ayan poder de esleyr, dar e as-
> signar, e eslian, den e assignen conseylleros a
»nos e a los nuestros sucessores, et nos e los
> nuestro sucessores ayamos e recibamos por con-
>seylleros aquellos que la dita cort, o la part della
62
>concordant a aquesto, con los jurados o procu-
>radores de la dita ciudad esleyran, darán e asig-
>narán a nos e a los nuestros sucessores, con
>cuyo conseyllo nos e los nuestros sucessores go-
> uernemos e aministremos los regnos de Aragón,
>de Valencia e de Ribagorza... los quales consey-
>lleros sian camiados todos o partida de ellos
>quando a la cort uisto será o a aquella part de
>la cort con la qual acordarán los procuradores o
> los jurados de Zaragoza. ítem damos, queremos
>e otorgamos a uos que nos ni los nuestros su-
>cessores, ni otri por nuestro mandamiento, non
» detengamos prisos, embargados ni emparados
> sobre fianza de dreyto heredamientos ni qua-
»lesquiere otros bienes de vos sobre ditos no-
>bles etc., sines de sentencia dada por la Justicia
>de Aragón dentro en la ciudat de Zaragoza, con
» conseyllo expresso ó otorgamiento de la cort de
» Aragón clamada e ajustada en la dita ciudat de
> Zaragoza. >
El códice continúa documentando la entrega
del príncipe de Salerno, como en rehenes, mien-
tras se hacía la de los castillos; la entrega de és-
tos; la obligación de los rehenes; la embajada que
se dirigió al rey (por no haber concurrido para
el día de San Matías de 1288) diciéndole que, si
no venía para el de Ramos, aurian a demandar e
cerquar conseyllo e ajuda de qui quiera e en qual-
quiera manera que antes e meyllor tróbar lo puedan.»,
la qual cosa si an de facer les pesara muyto de cora-
zón, porque non querrian, si Deus e el Sennor rey
63
quissies, tener ni seguir otra carrera que la suya;
las cortes que celebraron los unidos en Zaragoza
en 1289 y la mandadería que de ellas resultó; el
ordenamiento que hicieron, en fuerza de no haber
cumplido el rey con lo pactado, juramentándose
para entregar los castillos á otro señor ó señores,
pero reservándose el derecho de volver á la obe-
diencia del rey, si éste segunt la forma del privile-
gio enmendara e cumplirá todas las sobreditas cosas
que por él fallecidas son, et fará todo aquello que a
facer; las quejas dadas al rey en la iglesia de San
Salvador; el juramento que prestó; los consejeros
y oficiales de su casa que le señalaron y las deli-
beraciones que tuvo su consejo; con lo cual, al
folio 126 explicit líber constitutionum tocius Begni
Aragonum et Begni Valentie et Ripacurtie ^^\
Después de tan fuertes pruebas como hemos
dado acerca de la formación y progreso del idio-
ma español en Aragón, principalmente en aque-
llos siglos en que pudo ser dudoso lo que á nos-
otros se nos presenta de todo en todo incontestable,
(1) Todavía contiene el códice, pero sobrepuestos y de otra letra y
carácter, algunos otros documentos (hasta el folio 160 en que termina),
siendo todos ellos referentes al reinado de Pedro IV, del cual hay una
carta autógrafa de Cabrera, dirigida al infante D. Pedro conde de Riba-
gorza, y un bello documento fechado á 24 de Octubre de 1347 en que li-
cencia las Cortes para atender á muyt grandes e peligrosos afferes... et,
sin toda tarda prouedir á los ditos pei'iglos lo que non podemos sino en
Cathahinya cerca la marítima, pero comprometiéndose á tenerlas á los
aragoneses para el primer día de Mayo ó lo más tarde para San Miguel.
—En la misma biblioteca de la Academia de la Historia hay un volumen
(Est. 4, g. 3, D. n. 93) en el cual se hallan, por extracto y á veces por
copia, recogidas las noticias del códice que hemos descrito, y entre otros
documentos de los varios que incluye (todos reunidos en el siglo pasado)
una carta del Duque de Alburquerque al Regente del supremo Consejo
(28 Febrero 1594) diciéndole que «el negocio de la Unión se ha acallado
en conformidad de lo que S. M. deseaba y que ha sido bien menester
las diligencias y cuidado que he puesto para atraer tantas voluntades y
tan desconformes oomo las que habia.»
64
ya no pueden tener interés los documentos con
que arrastremos lánguidamente nuestro examen
hasta la reunión de las coronas aragonesa y cas-
tellana.
Pudiéramos citar una escritura en favor del mo-
nasterio de Piedra 1260, un mandato oficial de
Tarazona para cobro de décimas 1290, y otros pa-
peles de 1303, 1304 y 1305 que hemos visto ori-
ginales; una escritura de la misma década que se
halla en el archivo del Pilar en que se lee: «do a
treudo á vos D. Pedro Sessa todo el heredamiento
yermo e poblado que la dita cambra ha e auer
debe por cualquiere manera ó razón en la uilla de
Lompiache e en término de Rueda, y es á saber,
un casal en términos de Rueda que afruenta con
la talliada de Lompiache, e con campo de Santa
María»; las Ordinaciones expedidas en 1320 á fa-
vor de los Notarios del número de Zaragoza, á
cuyo archivo pertenece el apreciable códice que
hemos visto '^^; las Ordinaciones para la coronación
de nuestros reyes que, trasladando un códice de
la mitad del siglo xiv, incluyeron los Sres. Salva y
Baranda en el tomo XIV de su Colección; las Cartas-
pueblas de 1360, 67 y 69 que, con otras en latín y
en lemosín, publicaron los mismos editores en el
tomo XVIII; las piezas que lleva publicadas la
(1) Ofrecemos de él esta muestra á nuestros lectores: «Porque así como
honeroso es á los notarios el officio sobredicto, les deua seyer proveyto-
so, lo que non seria si infinida de notarios fuess en la dita ciudat; atten-
dientes en cara que fuero de Aragón ordena que en las ciudades e en las
villas del dito regno sea stablido et feito cierto número de notarios por
los Jurados et por aquellos que antigamente costumbraron de crear no-
tarios; establimos et ordenamos perpetuo que en la dita ciudad sea nú-
mero de Quaranta notarios e no mas».
65
Academia de la Historia en su Memorial histórico;
la institución testamentaria de un beneficiado en
la parroquia de S. Miguel (1352), las treguas ajus-
tadas en 1357) entre Pedro IV y Albohacen ^^\ y
la declaración sobre el compromís de D. Juan Fer-
nández de Heredia (1368), cuyos documentos se
hallan en el archivo de la Audiencia de Zaragoza,
escaso en general de los anteriores al siglo xv; la
nota escrita al frente de un libro compuesto antes
de 1382 por D. Juan Pérez de Mugreta y copiada
por Latassa en el tomo 11 de su Biblioteca antigua;
las palabras que de D. Juan I nos traslada Blan-
cas en sus Coinentarios y el discurso de la corona
pronunciado por D. Martín en 1398.
Entrado el siglo xv, ya el punto que debatimos
ofrecería toda la evidencia imaginable, y á la ver-
dad ni aun lo traeríamos á cuento si no fuera por
continuar la materia hasta la definitiva reunión de
las coronas; pues por lo demás, es ya muy poco lo
que hacen á nuestro intento, así la proposición y
el juramento de Fernando I que se conservan ín-
tegros, como la hermosa carta de Juan II escrita
en la víspera de su muerte á su hijo D. Fernando
(1) Están en castellano y árabe y tuvieron por objeto ocurrir á los pe-
ligros de la guerra que movió á Aragón Don Pedro el Cruel y que duró
todo un decenio desde 1356 hasta 1366, tres años antes de la muerte de
aquel monarca. Dicen entre otras cosas: «por razón e ocassion de la gue-
rra la cual el rey de Castiella sin toda justa razón, no guardando ni ca-
tando paz ni tregua que fuesse entre nos e el feyta e firmada mientre a
nos e al dito rey lie Castiella fure la vida del cuerpo campanj-ona, nos
havia e ha mov'ido, por la cual razón el dicho rey de Castiella habia e
ha feyto liganzas muytas e diuersas unidades et confederaciones contra
nuestros regnos e subditos nuestros, e no solament con reyes e otras per-
sonas e comunas poderosas de cristianos, mas en cara con reyes de mo-
ros e otras personas contrarias á la nuestra ley, como por otras muytas
razones, queriendo salir á carrera al su maluado, inico e desordenado
ppuesto etc.
66
el Católico, como la mucho más famosa del Justi-
cia Jiménez Cerdán, como las obras del Infante
D. Enrique de Aragón, autor ó digamos traductor
del Isopete hystoriado, como las del Príncipe de
Viana á quien debemos naturalizar en Aragón pa-
ra nuestro objeto, como las del poeta Pedro To-
rrellas y el famoso Pedro -Marcuello, de cuyo pro-
saico, pero muy curioso poeta, se conserva el
ejemplar manuscrito de un libro de devociones?
todo en coplas de arte menor, que dedicó y entre-
gó á los Keyes Católicos en 1482 ^^\
Para terminar ésta, que es la primera parte de
las dos en que dividimos nuestro trabajo, no será
inútil añadir algunas líneas acerca del reino de
Navarra, cuyas analogías con el de Aragón son
bajo más de un aspecto reparables. Los origines
de la reconquista fueron á la verdad idénticos en
ambas comarcas, habiendo lidiado unos y otros
en las montañas, que los árabes llamaban indis-
tintamente tierra de Afranc, y habiendo contri-
buido de consuno á la creación de la nueva mo-
narquía con las limitaciones que ya son de todos
eonocidas. Viniendo á más claros tiempos, se sabe
que Alonso el Batallador dio fueros aragoneses
á un gran número de pueblos de Navarra, con-
cediendo á Tudela el privilegio zaragozano de
Tortum per tortum, que consistía en la facultad
(1) Hemos tenido el gusto de haberle á las manos y merece, como
obra artística, los elogios que le tributa Latassa: está escrito en vitela y
letra gótica y tiene muchísimas y muy bellas miniaturas, pero en su
texto hay harto menos que admirar, y á veces se entremezclan en las
devociones los intereses particulares del autor, por ejemplo el de mejo-
rar de alcaidía.
67
de desagraviarse cada uno á sí propio, y otor-
gando á la misma villa y á todo lo que hoy es su
merindad el fuero de Sobrarbe que más tarde se
convirtió en fuero general de Navarra. También
es cierto que aunque éste no pertenezca en su
lenguaje á la época de Don Ramiro, á quien al-
gunos refieren su confección, fué por lo menos
arreglado en castellano para los navarros en el
siglo XIII, copiado por la reina el año 1346 con
los de Jaca y Estella en idioma de Navarra, con-
firmado repetidas veces á algunos pueblos aun
en el siglo xvi, impreso en 1686 y 1815, con su-
presión de ciertas penas y pruebas demasiado
bárbaras ó indecentes, y observado en mucha
parte w hasta nuestros días, siendo todavía fre-
cuente en los escribanos el extender los contratos
matrimoniales á fuero de Sobrarbe (2). Igualmente
se dio á algunos pueblos, pero en latín, el famo-
sísimo de Jaca, concediéndose ya en 1129 á los
francos que poblasen el Burgo de San Saturnino
en Pamplona y todavía en 1497 á Santisteban de
Lerín.
Y si á todo esto agregamos las afinidades que
habían de imprimir entre alto-aragoneses y na-
varros sus mismas montañas al norte y su misma
ribera al mediodía; sus hermandades establecidas
(1) En la Prefación de los fueros de Aragón, 1624, se dice que con los
de Sobrarbe vivieron por mucho tiempo los navarros.
(2) De Sobrarbe de Tudela, como dice siempre Yanguas, á quien se debe
en parte la primera copia que los navarros han tenido de él, pues les ha
sido desconocido muchos siglos hasta que en 1833 se sacó un traslado
Eara el archivo de Pamplona por el académico, hoy obispo en Palma,
I. Miguel Salva, y otra de ésta por D. José Yanguas para el de Tudela.
68
en los siglos xin, xiv y xv; su casi idéntica legis-
lación; sus iguales condiciones é intereses duran-
te la reconquista; su común origen monárquico,
cuando no (como aconteció también) sus mismos
reyes; su compañerismo en las más notables em-
presas, como en las batallas de las Navas y Alco-
raz, y finalmente su mutuo comercio, en que se
sabe que Zaragoza surtía á Navarra (como consta
de documentos pertenecientes al siglo xiv) de ar-
tífices, físicos, medicamentos y aun toreadores;
fácilmente se convendrá en la perfecta conformi-
dad de su lenguaje, respecto el cual podrían ser
comunes todas las observaciones que llevamos
hechas, debiendo añadir solamente que, á pesar
de hablarse el vascuence en muchos pueblos, el
lenguaje oficial fué sin embargo el castellano, sin
que de aquel idioma primitivo exista un solo mo-
numento ni en el archivo de la Cámara de Comp-
tos ni en el de la Diputación de Navarra.
Pues bien: si se concede á este reino la analo-
gía que de hecho tiene con el de Aragón í^), y si
partiendo de ahí son lícitas las pruebas que de él
emanen para confirmar las que llevamos expues-
tas, entonces podemos asegurar que, aparte las
obras poéticas del gusto é idioma lemosín^^), en
(1) En la Memoria sobre el feudalismo que, premiada por la Academia
de la Historia, ha sido publicada en 1856 por su autor D. Antonio de la
Escosura y Hevia, se entiende por Coronilla de Aragón la reunión de
Navarra, Aragón, Cataluña y Valencia, y respecto de los dos primeros
reinos se dice muy bien que fué uno mismo el origen y causa de ambas
monarquías, simultáneo su desarrollo político, idéntica su legislación
civil, y su progreso y marcha social de un mismo carácter con poco sen-
sibles diferencias (págs. 40 y 49).
(2) En 1847 publicó D. Pablo de Ilárregui un poema lemosín sobre la
i
69
lo demás todo conduce á demostrar que Navarra
sintió la influencia aragonesa y que allí no se
usaron los idiomas latino, lemosín, francés ni vas-
cuence, sino sólo el castellano desde que tuvo
nacimiento. Cuantos documentos hemos exami-
nado nos han conducido á esa misma conclusión:
hemos observado que hasta la mitad del siglo xii
no hay un solo documento que no sea latino; que
desde entonces se ha usado con preferencia al
latín y con exclusión de otros el romance puro;
que el fuero general de Navarra, el cual tiene
pasajes tomados á la letra del de Sobrarbe, entre
ellos el prólogo y el artículo I sobre la elección
de rey, ofrece una muestra del lenguaje ya bas-
tante formado que se usaba en la primera mitad
del siglo XIII; que en las donaciones, privilegios y
demás instrumentos públicos hay absoluta ana-
logía con las prácticas y el lenguaje de Aragón
hasta en las fórmulas ó rúbricas curiales; que
esto no se verifica sólo en los pueblos comarcanos
al reino de Aragón, como Tudela, Cascante (^^ y
otros de esa merindad, sino aun en los más ave-
Guerra civil de Pamplona (sig. xiii) compuesto por el francés Guillermo
Aneliers: esto, como se ve, no es literatura navarra, pero se cita porque
en el prólogo contiene algunas observaciones, conformes con las nues-
tras, relativas al uso, pero no uso vulgar, del idioma lemosín.
(1) Véase una muestra de lenguaje que suponemos inédita, tomada de
■ un documento que, con otros varios del siglo xiv, hemos visto en el ar-
chivo municipal de aquella ciudad. Es un Ordenamiento sobre distri-
bución de aguas, su fecha, 1254: «Memoria sea para todo tiempo ad in
perpetuum como auemos las aguas de Tarazona... los de Tudela todos los
doce meses del annyo en cada mes... e deuen ir el alamin cristiano e el
alamin moro con lures cauacequias guardas, et deuen ir á Tarazona
el XXI del mes, por la almoceda e deuen citar á los zabacequias del rio
mayor de Magallon et a todos los otros zabacequias de los otros rios de
Tarazona, e a otro dia de la manyana, que es XXU dias, que sean todos
«n la presa de Magallon al sol salido, etc.»
70
cindados al Pirineo, y por consiguiente más so-
metidos á la influencia francesa ó vascongada;
que es finalmente en casi todos ellos tan idéntico
con el de Aragón el dialecto familiar, como que
apenas hay palabra ó frase que no les sea per-
fectamente común, observación que hemos hecho
prácticamente recorriendo el reino de Navarra
antes y después de formar nuestro Vocabulario,
pero que no puede hacerse sobre el Diccionario
de las palabras anticuadas que contienen los docu-
mentos de Navarra (por D. José Yangüas 1854),
en donde, si bien se hallan explicadas cerca de
mil quinientas voces, son simplemente anticuadas
á nuestro entender (esto es, corrientes en los do-
cumentos de Castilla) muy cerca de mil de ellas,
siendo curiosas y dignas de estudio (algunas por
su origen francés) unas cuatrocientas, y no lle-
gando á cuarenta (^^ las que como verdaderamen-
te aragonesas, habíamos incluido ya nosotros en
nuestro Vocabulario.
Queda pues demostrado con la historia de Ara-
gón, y comprobado con la de Navarra, que en es-
tos reinos tuvo el idioma español las mismas vici-
situdes y épocas que en Castilla, á quien venció
bajo más de un aspecto, sin que nunca hayan exis-
tido ni existan hoy mismo sino aquellas diferencias
naturales entre provincias que cultivaron diver-
I
(1) Tales son adala, atrebudar (atreudar), aturar, colonia, cena, coman-
da, cuitre, doñeas (duncas), dula, encalzar (engalzar), emparama, encara,
escaliar, ganancia (hijos de), goaitar (aguaitar), greu (greuge), honor, jube-
TO, lecxa (leja), lezda, mala-voz, meitadenco, parar, pareilla, rabal, vis-
traer, zabazequia y zalmedina.
i
71
sas relaciones, que mantuvieron entre sí por más
6 menos tiempo cierto forzado aislamiento, y que
en algún modo conservaron su carácter tradicio-
nal y con él algunos resabios y modismos, pues,
como dice el anónimo autor del Diálogo de las len-
guas, «cada provincia tiene sus vocablos propios
y sus maneras propias de decir, y es así que el
aragonés tiene unos vocablos propios y unas ma-
neras propias de decir y el andaluz tiene otros y
otras».
Pero sólo hablando con impropiedad se puede
considerar á la aragonesa como tal lengua, por
más que un autor moderno diga que «hasta la mis-
ma Andalucía y el Aragón no se han emancipado
aún completamente de sus primitivos idiomas», y
por más que en la comedia Tesorina de Jaime
Huete se diga: <pero, si por ser su natural lengua
aragonesa, no fuese por muy cendrados términos,
cuanto á esto merece perdón >. Otra cosa es, que
en los autores aragoneses se note tal cual locución
ó modismo provincial, como los notó en Zurita,
aunque en él son rarísimos, el crítico Sepúlveda»
ó como se vislumbran en Avellaneda en quien a
posteriori han podido advertirse desde que Cer-
vantes, que debió de conocerle, lo declaró arago-
nés en varios pasajes del Quijote.
Esto es lo que nosotros creemos, pero no que el
aragonés fuera lemosín ni tampoco que formara
un idioma aparte, como ya hemos dicho que algu-
nos lo han creído: no quieren decir más, aunque
parece que lo dicen, los que, como Zurita, Hartón
72
y otros, se refieren á un lenguaje aragonés con
honores de idioma.
Zurita, en una de sus muy razonadas cartas al
sabio arzobispo D. Antonio Agustín, á quien com-
bate con una solapada ironía que no todos han
notado, dice las siguientes palabras: «En las ora-
aciones (arengas) que se pudieran poner, yo con-
»fío muy poco de mi retórica, y, demás desto, soy
»muy enemigo dellas y me desagradan en extre-
>rao las de Guichardino, aunque sean muy elegan-
>tes, y las de Hernando del Pulgar; y nosotros los
> aragoneses en esta parte. Señor limo., tenemos
> algún reparo y voces propias de nuestra tierra*.
— El P. León Benito Hartón dice á su turno:
«Uso de algunos términos de Aragón rigurosos,
> aunque parezcan diferenciarse de los de la Corte
>ó modo de hablar español que juzgan más elo-
> cuente: Demóstenes y Platón escribieron en len-
»gua ática, Hipócrates en jónica, Teócrito en dó-
>rica y en eólica Safo. Alceo y otros autores
»hasta persuadirse era el de sus ciudades el pro-
>pio y mejor ó más limado de la lengua griega: lo
»mismo les sucede á las regiones de España, al
» creer varios pueblos es su estilo el más espa-
>ñol, entre los cuales no sobresale poco Zarago-
>za». — Mucho antes D. Jerónimo de Urrea, en
su Diálogo de la verdadera honra militar^ hacía de-
cir á uno de sus interlocutores: «Huélgome de ver
cómo voy haciendo fruto en vos^; y el otro contes-
taba: «Gracias á mi entendimiento y no á vuestro
romance aragonés retórico y grosero». En núes-
1
73
tros días ha publicado el erudito Sr. Gayaugos las
Consolaciones del Antipapa Luna, traducidas (dice)
por él ó algún aragonés, «como lo muestran cla-
ramente el giro de la frase y el estilo», cuya obra
da al público para ejemplo del estilo y lenguaje
castellano usado en Aragón en el siglo xv; pero
ese estilo y lenguaje discrepan tan poco de lo que
se usaba en Castilla, que no sabemos cómo citar
alguna cosa que se parezca á aragonesa, á no ser
que se tengan por tales ^aquel muy tierno llorante
en tiempo de frio^; *en Dios haber as consolación*;
<oyeá San Gregorio á ti consejante*; «Job derechero,
é teniente á Dios, é partiente del mal, en el cielo lo
cobraras perpetual» ; <muchas de veces»] «porque non
hayades f aligación en nuestros corazones»; «non será
dada corona de gloria si non al peleante lejitimamen-
te*; *á las ánimas espinan»; «non han menester mu-
cha sabiduría de cocineros nin de arte de cocinar».
En el Museo Universal se publicó una poesía ca-
balleresca que decía ser imitación de la poesía y
lenguaje aragonés de principio del siglo xiii, y no
hay nada de tal cosa, por más que su autor (don
Rafael Boira) hubiese nacido en Aragón y aun,
según hemos oído, tuviese inédito un pequeño
diccionario aragonés y por consiguiente debiese
saber lo que decía en este punto; pero nosotros no
acertamos á encontrar más aragonesismos que los
del verso: «El laúd mosen Luesias apresta et ado-
va». Y, para concluir esto, en el Siglo de oro de
la poesía aragonesa hacían tanto alarde del espa-
ñolismo nuestros poetas, y sobre todo nuestros
74
críticos, que á uno de ellos se privó de premio en
un certamen, porque en vez de haz había escrito
fajo.
Sobre el fingido Avellaneda, á quien hemos ci-
tado no ha mucho y cuyo lenguaje se ha exami-
nado muy poco, nos permitiremos una ligera di-
gresión, por lo que tiene de interesante á nuestro
objeto y por la celebridad que alcanza todo lo que
se roza con el Príncipe de nuestros ingenios.
Cervantes publicó en 1605 y después en 1608,
las cuatro Partes de Don Quijote, que después qui-
so que se llamaran una sola y primera Parte, á la
cual dio cima con el encantamiento del héroe
manchego, razonablemente maltratado por el ca-
brero y los disciplinantes y restituido con aquella
industria á su aldea, en donde el autor le dejó tan
finado, como que habló de lo poco que lai tradi-
ción conservaba acerca de sus posteriores aven-
turas en Zaragoza y concluyó con los versos que
á su muerte se escribieron, pero dejando, no obs-
tante, al lector con esperanza de la tercera salida
de Don Quijote. Al cabo de algunos años y cuando
ya Cervantes tenía adelantada la nueva parte de
su inmortal novela hasta el capítulo LIX, que es
donde empieza á ocuparse de Avellaneda, publi-
có éste en Tarragona el año 1614 una continua-
ción, que Lesage tradujo al cabo de un siglo, en
1704, y que después se ha reimpreso en 1732, en
1805 y por Rivadeneira en nuestros días, habien-
do merecido á todos en general fuertes dicterios,
pero habiendo sido calificada por Montiano y Blas
75
Nasarre como superior á la del mismo Cervantes
Saavedra.
Bueno es que éste contestara, en el suyo delica-
dísimo, al torpe prólogo de Avellaneda; bueno es
que continuara su Quijote con la decencia y el
donaire que tantas veces hubieron de faltar á su
competidor; bueno es que pusiera la inimitable
segunda parte suya muy por encima (que lo está
mucho en efecto) de la del atrevido ingenio tor-
desillesco; bueno es que le hiciera las repetidas y
chispeantes alusiones que se leen en varios luga-
res, que le motejara por haber abandonado como
ingrata á Dulcinea del Toboso, que lo deseara que-
mado y hecho polvos por impertinente^ y aunque
trajera hacia el fin de la historia á D. Alonso Tar-
fe, grandísimo amigo del otro Don Quijote, para
que se sacara testimonio por ante un Alcalde y
un Escribano sobre la autenticidad del verdadero
hidalgo de la Mancha: pero no anduvo tan cuer-
do el gran Cervantes en aquel juego de pelotear
los diablos ante Altisidora con el libro de Avella-
neda, ni en inquietarse porque éste llamara comi-
lón á Sancho, ni en privar á Zaragoza del honor
que en recibir á Don Quijote le había dado ya la
tradición (en el último capítulo de la primera par-
te); ni en tener por cosas dignas de reprehensión..,
que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin
artículos.,, y que yerra y se desvia de la verdad en
la mas principal de la historia, porque aquí dice que
la mujer de S, Panza mi escudero se llama Mari- Gu-
tiérrez y no se llama tal sino Teresa Paw2?a (cap. LIX).
76
Dejando esto último como menos importante, si
bien prueba una vez más la distracción con que
Cervantes escribía, cuando no recordó aquellas
sus palabras del capítulo Vil, aunque lloviese diez
reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien sobre
la cabeza de Mari- Gutiérrez; vengamos á lo del
lenguaje aragonés.
Que el autor tuviera esa patria no es para nos-
otros dudoso desde que Cervantes, que le habría
muy bien conocido, nos lo aseguró varias veces,
ya no con aire de sospecha, sino con toda la reso-
lución de quien hablaba sobre seguro: que el tal
aragonés fuera inquisidor está punto menos que
resuelto, si como creemos se ha interpretado bien
una frase de Cervantes: que fuera además religio-
so de la Orden de Predicadores se tiene hoy por
muy probable, aunque más lo dudara Clemencín,
fundado en los cuadros y expresiones lúbricas é
indecentes del segundo Don Quijote, pero olvidan-
do un momento la mayor procacidad con que, res-
pecto á nuestros tiempos, en aquellos dorados se
escribía: que fuera, en fin, el inquisidor general
Fr. Luis de Aliaga, ó el dominico Joaquín Blanco
de Paz con quien se enemistó Cervantes en Argel,
ó un autor de comedias criticadas en la primera
parte del Quijote, como afirma resueltamente don
Vicente de los Ríos, es una cuestión literaria que
permanece todavía sub judice. En favor de la pri-
mera opinión ha aducido tan buenas conjeturas
el laborioso y perspicaz escritor D. Cayetano Ro-
sell que á muchos ya ha rendido á su opinión,
77
no porque el episodio de los Felices Amantes re-
vele un tan gran conocimiento de los conventos
de religiosas que no lo pudiera tener quien no
los hubiera menudamente visitado, sino por las
analogías de estilo entre el Quijote de Avellaneda
y la Venganza de la lengua española de Aliaga, y
por la coincidencia de haber denostado á Aliaga
el Conde de Villamediana, en una décima satírica,
con el nombre de Sancho Panza, mientras se de-
signaba con el mismo á Avellanada en un veja-
men de Zaragoza; no siendo por otra parte muy
descaminada, aunque desde luego gratuita, la sos-
pecha que ha expuesto Rosell de que, conocido
Aliaga en la Corte con el nombre de Sancho
Panza ^ tomara Cervantes ese apodo para po-
pularizarlo en su simple escudero, de que re-
sultara la venganza literaria del supuesto Ave-
llaneda.
Para nosotros es todo ello indiferente sino la
patria de este autor, y ese es por otra parte el
único dato averiguado; pero lo difícil de concebir
es, cómo encontró Cervantes digno de reprehensión
el lenguaje aragonés, que sólo conoció porque tal
vez escribe sin artículos. Lo ligero y tenue de esta
indicación, que luego declararemos ser también
poco justa, prueba á lo menos la ninguna diferen-
cia que había entre el lenguaje aragonés y el
castellano; y, aunque nuestro Diccionario, en que
hemos llegado á reunir un número bastante consi-
derable de voces, parece que está probando lo con-
trario, convéngase en que el lenguaje no es en sí
78
desemejante y que el de los escritores es absoluta-
mente común cuando no idéntico.
Hemos leído con algún cuidado la obra de Ave-
llaneda, cuyo lenguaje han elogiado aun sus im-
pugnadores; y, deseando que suministrase alguna
materia á nuestro Vocabulario, ya que no la hemos
obtenido de otros escritores positivamente arago-
neses, pero siempre escritores en muy buen cas-
tellano, no ha podido logrársenos el deseo sino en
un reducidísimo número de voces y locuciones.
Las únicas palabras que hemos sorprendido son
zorriar, repapo, malvasía, repostona, mala-gana y
buen recado, de cuyas cuatro primeras (quizá no
todas aragonesas) ya hemos dado cuenta en nues-
tro Diccionario, habiendo de decir de las otras
que la una se halla en el capítulo XXXI en aquel
pasaje «á quien, por aguardar que convaleciese
»de una mala-gana que le había sobrevenido en
>Zaragoza, no quiso dejar Don Carlos>, y la otra
en el XXXV: — «Mal se puede cerrar, replicó Don
> Carlos, carta sin firma, y así decid de qué suerte
> soléis firmar. ¡Buen recado se tiene! respondió
> Sancho: sepa que no es Mari-Gutierrez amiga
>de tantas retóricas».
También leemos en los capítulos XXVI y XXIX
«echemos pelillos en la mar y con esto tan amigos
como de antes dése por las entrañas de Dios
ptír vencido, como mi amo le suplica y, tan amigo
como de antes»; en el XXVII «la primera cosa que
hizo en despertar >, locución que Rosell corrige
con las de al despertar 6 en despertando; y en
79
el XVII y otros muchos (porque ésta es en él mane-
ra de decir muy de su gusto) «á la que llegó (cuan-
do llego) delante de ella, se hincó de rodillas >.
Pellicer, diligente escritor aragonés y uno de
los que mejor han biografiado á Cervantes y co-
mentado y corregido el Quijote, dice de Avellaneda:
«aunque en Aragón se habla generalmente la len-
gua Castellana y algunos aragoneses son maestros
consumados de ella, pero este autor no supo evitar
ciertas voces y modismos propios de aquel reino»
así como otros lo son de otras provincias de Cas-
tilla», y luego añade que Cervantes podía haber
alegado otras pruebas de aragonesía no menos
convincentes y copiosas que la de escribir sin
artículos, como son las locuciones en salir, á la
que volvió, el señal, la escudilla, en las brasas,
hincar, carteles, le pegaré, menudo 6 mondongo,
malagana, mire, oiga, etc.; pero Pellicer, que escri-
bía esto en 1797, debía saber que sesenta años
antes ya estaban definidas como españolas algu-
nas de estas palabras, v. g., escudilla, menudo y pe-
gar, y que la locución impersonal de mire, perdo-
ne, etc. siempre se tuvo como esencialmente frai-
lesca y no aragonesa, aunque para nosotros era
totalmente española.
No anotamos zorrinloquios por circunloquios por-
que en boca de Sancho Panza no puede ser eso
sino un barbarismo dispuesto graciosamente y de
propósito; ni hendo cruel penitencia por haciendo»
porque nos parece del mismo carácter, aunque
hay pueblos en Aragón que dicen vinon por vi-
80
nieron, tuvon por tuvieron^ etc., mas respecto de
omisiones, todo lo que hemos advertido ha sido
haberse callado por dos veces la preprosición de,
lo cual se verifica en aquellas locuciones de los
capítulos XVII y XIX «cerca (de) los muros de
una Ciudad de las buenas de España... pero lie-
gando á pasar por delante (de) su monasterio»,
las cuales son á uso latino y de uso catalán; y
haberse suprimido otras tantas el artículo en el
capítulo VII en donde dice «ello es verdad que
no todas (las) veces nos salían las aventuras como
nosotros queríamos... y con esto hacía toda (la)
resistencia que podía para soltarse», á cuyas dos
frases no es lícito agregar aquella otra «á falta de
colcha no es mala (la) manta».
He ahí, pues, á qué proporciones queda reducido
el reparo de Cervantes, aun más diminuto para el
que recuerde aquel pasaje de P. de Mejía en su
Coloquio del porfiado: «porque en invierno no es
menester fresco, y en verano no lo hay todas
veces», ó aquel de Que vedo en Casa de locos de
amor: «no podían ejecutar las temas de sus locu-
ras todas veces*.
Por todo lo expuesto, insistimos en que no hay
tal idioma, pero sí una perceptible desviación; una
una si se quiere más energía; una conservación
más tenaz del arcaísmo común, y de ahí el ser
acá tan frecuentes agora, mesmo, trujo, dende, y
muchos otros vocablos de que ya no hacen gala
sino los poetas; y, en fin, un cierto caudal de
voces que dan amplia materia á algún estudio.
1
81
II
A este examen vamos á dedicar el resto de
nuestra tarea, procurando señalar la procedencia
de algunas palabras, legitimando en lo posible su
uso, probando que á su invención ha precedido
instintivamente el mejor juicio y manifestando que
no son barbarismos de gente inculta, sino á veces
primores que el idioma castellano debiera pro-
hijar (1^ ó no haber abandonado. Entiéndase que
para la formación de este discurso, así como para
la del Diccionario que le sigue, hemos de servir-
nos, en cuanto nos sea dable, de escritores arago-
neses, de anuncios ó inscripciones oficiales, de
avisos impresos, de la conversación de personas
cultas, y sólo en donde todo esto no alcance, del
habla común de los aragoneses. No abultaremos,
pues, el Vocabulario ni la crítica con palabras de
las que frecuentemente se improvisan pero no se
extienden ni se hacen permanentes: tampoco no
lo haremos con las locuciones latinas, usadas por
nuestros foristas, como, ne pendente apellationef ar-
ticulo de toliforciam, sentencia de lite pendente, neu-
tram y otras, pues aunque sabemos que la Acade-
(1) «Yo en caso de haber formado algún vocablo nuevo, dice Mayans
en sus Orígenes, antes le tomaría de las provincias de España que de las
extrañas; antes de la lengua latina, como más conocida, que de otra
muerta».
82
mia incluye algunas locuciones latinas, de antiguo
castellanizadas, no lo hace, y esto con su habitual
prudencia, sino cuando son del dominio general y
no del tecnicismo de una ciencia; ni tenemos por
verdaderamente aragonesas, aunque de uso par-
ticular de nuestros escritores, algunas libertades
derivadas del idioma castellano, como tierra laja,
para denotar cierta comarca de la derecha del
Ebro y alto Aragón para denotar la de la izquierda,
turbante en sentido del que turba, comisante por el
que comisa y adminiculado de adminicular, voces
usadas por Larripa; adrezar que dice Blancas;
catedrero que consignan los Gestis de la Universi-
dad de Zaragoza; consimile por semejante; reforme
por reforma y tisiquez por tisis, que hemos leído
en otra parte; caminos circunstantes que también
hemos visto usado; acolitar d laudes y azulejar el
pavimento que dice Martón; condiputado que escribe
Sayas; membranáceo que dice no mal, en lugar de
membranoso, el racionero Latassa; comisarios ^^\
cer cenador es , lugar tenientes y otros cargos que no
puede especificar el Diccionario de la lengua y
que sin embargo son corrientes en los tratados de
legislación aragonesa.
Procedemos en este punto con tal cautela y tan
desapasionadamente, que ni damos cabida á algu-
nas palabras ^2) por el solo hecho de hallarse en
(1) Aludimos á los comisarios forales, los de viedas, los de transeún-
tes, los de la sal, los de los bienes aprehensos y otros.
(2) Como latidavn y angostodavo que usa Cuenca, pero que proceden
directamente del latín y se hallan adoptadas por los franceses y aun cas-
tellanizadas en algunos diccionarios de ambas lenguas.
83
nuestros autores y no en el Diccionario de la Aca-
demia, ni incluimos otras que son explicadas como
aragonesas por algunos escritores, pero que en el
Diccionario oficial figuran como castellanas, tales
son universidades, gramalla, pedreñal y otras va-
rias; ni acrecemos mucho nuestro Vocabulario con
otras cuya definición académica no tiene el alcan-
ce de los textos aragoneses como en aquellas her-
mosas palabras de la Unión «porque non querrían,
si Deus e el seynor rey quissies, tener ni seguir
otra carrera que la suya»; ni aun reputamos como
aragonesa la palabra dosel usada en las Corona-
ciones de Blancas y calificada como esencialmente
aragonesa por él y su comentador el cronista An-
drés, el cual para su mejor inteligencia se refiere,
bien inoportunamente por cierto, al Tesoro de Co-
varrubias y al Comento del PolifemOf escrito por
García Coronel, cuyos autores no le dejah muy
airoso con sus declaraciones.
Lo mismo hemos practicado con algunas pala-
bras puramente lemosinas ó catalanas como ma-
teix, res^ tantos t, apres, nueyt, muyto, destrenyer,
(acosar), los adverbios en meiit 6 mientre; y con
mucha más razón cercar por buscar que usa el Có-
dice de los Privilegios de la Unión y environar por
cercar que dijo el rey Don Martín en la famosa
oración con que abrió las Cortes de 1398. Hemos
también omitido algunos de los muchos tributos ó
pechas que en documentos latinos aparecen, pero
que no creemos del todo aragoneses, como plan-
íáticum que se pagaba por echar el ancla, plateati-
84
cum por pasar las plazas, porcagium por los cerdos,
salinaticum por la sal, poríulaiicum y tavitáticum
por las naves, etc.; y también algunos de los oñ-
cios de la casa real, como suhhotellerius, suhforna- .
rius, sobrecoch (jefe de la cocina) y otros varios, si
bien con esta ocasión enumeraremos los que se
hallan discernidos en las Ordinaciones de la Real
Casa de Aragóriy compiladas por Pedro IV en idio-
ma lemosín el año 1344, traducidas al castellano en
1562 por el protonario D. Miguel Gilmente de or-
den del príncipe D. Carlos y dadas á la estampa
en Zaragoza, año de 1853 por D. Manuel Lasala,
cuyos oficios (que decíamos) son, dejando á un
lado los de uso y nombre más conocidos, los de
botilleros mayores y comunes, aguador de la boti-
llería, panaderos mayores y comunes, escuderos-
trinchantes j argentarios 6 ayudantes de cocina, me-
nucier 6 repartidor, escuderos que traen los manja-
res, comprador^ cazadores ó perreros^ solreacemilero
y sotacemilero, tañedores^ escuderos y ayudantes de cá-
mara^ guarda de las tiendas, costurera y su ayudan-
te, especiero, barrendero y lavador de la plata, hombres^
del oficio del alguacil (jusmetidos á él para aprehen-
der criminosos), mensageros de vara 6 vergueros^ esca-
Untador de la cera para los sellos pendientes, ^e-
lladores de la escribanía, promovedores , enderezadores
de la conciencia, sotaporteros^ servidor de la limosna y
escribano de ración que era á manera de contador ó
tenedor de libros.
Con igual economía hemos obrado al examinar
el Índice donde se declaran algunos vocablos aragone^
85
Ms antiguos^ el cual, aunque trabajado por el in-
signe Blancas, si bien contiene doscientas nueve
voces, pero trae muy pocas rigurosamente arago-
nesas; y aun por esto no hemos incluido de entre
ellas sino diez, habiendo despreciado las que nos
han parecido castellanas antiguas, que son las más,
y habiendo renunciado no sin pena á algunas
otras que no dejan de tener semblante aragonés,
como son aconsegüexca alcance, bellos ricos, boíi-
cayx bofetada, camisol alba, caxo mejilla, descone-
xenza ingratitud, esguarl cuenta, guarda-corps sayo,
las oras^ entonces, lunense apártense, meyancera me-
dianía, ont por esto, periesca parta ó tome, períaña
toma, rengas riendas, sines sin, vaxiellos vasos,
umplie llenó, izca salga.
Algunas más palabras se han omitido en el
Vocabulario; unas porque, si bien se encuentran
^n documentos aragoneses, se hallan también en
otros castellanos de la Edad Media, escritos en
el mal latín de aquellos tiempos; otras porque
no tienen para nosotros un valor conocido. Sean
ejemplo alyala ó alíala, esto es ^prastatio qum
pro investidura et laudemiis fundi alicujus recens
comparan datur, scilicet dúo morabaüni et septem
denarii>, cuyo pago solía expresarse en las escri-
turas con la frase aliala paccata; apacon, cuya
voz hemos oído sin que conozcamos á punto fijo
su significado; brunias^ que ya hemos trasladado
á un documanto citado por Briz Martínez; cazeno,
que puede ser roble ó encina, pero que no hemos
visto en ningún Diccionario, aunque Briz en el
86
citado documento lo escribe, como en latín, de
esa manera y sin explicación alguna ^^^; macano,
que se encuentra en el mismo caso y que escrito
con cedilla pudiera ser manzano, leyéndose por
lo demás en un documento lusitano citado por Da-
cange: ^unam copam deauratam in Maganis et circa
hihitorium et circa pedem>; marcizacion, que se nos
ha comunicado como palabra alguna vez leída,
pero que nosotros no hemos alcanzado á conocer
en ningún documento, ni podido por consiguien-
te interpretarla; mazarechos, que hemos visto usa-
do en escrituras aragonesas sin entenderlo, aun-
que de persona doctísima sabemos que significaba
en la Edad Media una especie de copa traída de
Egipto.
Esa misma parsimonia, pero mucho más funda-
da, nos ha guiado en cuanto á las palabras caste-
llanas que Ducange deñne en su Glosario (2) apo-
yado en documentos aragoneses, cuales son entre
otras: acémila, albarda, alodial, arada, armador, az-
cona, bandosidad, cabezalero, caJiiz, corredor, escom-
brar, espera, fincar, jurista, malatia, maleta, mayo-
(1) Posteriormente á nuestro Diccionario se publicó el Glosario de En-
gelmann, ampliado más tarde por Dozj' en 1869, y allí se sospecha que
cazeno sería algún metal, como zinc, ó una mezcla de estaño y bismut.
(2) Glossarium medice et infimce latinitatis, por Carlos Dufresne, señor
de Ducange, aumentado por los monges de San Benito y por Carpen-
tier, religioso de la congregación de San Mauro.— Nos hemos servido de
la edición de Didot (1840 y siguientes), que es en seis volúmenes y con-
tiene un prefacio de Ducange, otro de los benedictinos, para una nueva
edición; una epístola de Baluzio sobre la vida de Ducange (fué belga,
nació en 1610 y murió de 87 años después de haber honrado como abo-
gado el foro de París); un prefacio de Carpentier, á quien se facilitó en
1738 para la continuación del Glosario el Tesoro de Cartas, y cerca de
diez y seis mil columnas de lectura compacta en que se deñnen con
abundantes autoridades las palabras que se hallan en los documentos
de la baja latinidad.
87
raly mezclarse, parral, pérdida^ perdidoso, quilate,
quitación, rastro, realengo, renegado, saca, salva,
sesmero, sobreseimiento, soldada, sollo, tapial, taza,
timbre, tornadizo y trepado ^^\
Las leyes de la crítica son muy estrechas, y las
leyes del gusto, aunque mucho más amplias, tie-
nen también su órbita que no han de traspasar.
Nuestra conciencia literaria es algún tanto seve-
ra, aunque no temática, y nos obliga á excluir de
nuestro Vocabulario hasta palabras que le abulta-
rían y darían más valor y que á nosotros no nos
costarían más trabajo. Hay quienes nos han faci-
litado listas de voces que reputaban aragonesas,
y la máxima parte eran españolas; hay quienes
han echado de menos otras en nuestro Dicciona-
rio, y casi todas habían sido ya examinadas y,
con buenas razones, rechazadas por nosotros; hay
quienes creen que el barbarismo ó solecismo cons-
tituyen siempre (cuando solamente lo constituyen
en muy dados casos) palabra nueva; hay quienes,
si en una tilde discrepan la voz corriente y pura
y la que ven usada en Aragón, tienen á ésta por
sujeta á la legislación provincial. Nosotros no po-
demos conceder con todo esto, y en general tene-
mos que rechazarlo todo; y, si algo se salva de
esta común exclusión, es por la vía estrecha de
(1) Tampoco hemos querido traducir , para incorporarlas en nuestro
Diccionario, algunas palabras no castellanas y tomadas de documentos
aragoneses, como conteribusterius pechero, cubilaris predio rústico, em-
bola caballería de carga, encanum subasta, enfrachescere hacer franco ó
libre de pago, flaquería panadería, juvenis homo plebeyo y pasante de
escribano, testiiiia armadura para la cabeza.
88
las excepciones: el por qué de cada una de éstas
va bajo nuestro criterio y responsabilidad.
No aludimos en estas censuras á los Sres. Savall
y Penen, cuyas personas y obras apreciamos, y á
quienes en el Vocabulario nos referimos en algu-
nas ocasiones; pero respetando el sistema por
ellos seguido en el Glosario con que ilustraron la
edición de los Fueros y Observancias de Aragón, nos-
otros no podemos seguir el suyo por la diferen-
cia misma que hay entre su objeto y el nuestro, ó
entre su plan y el nuestro, y vamos á decir lo que
ellos incluyen y nosotros excluimos. Pero antes
debemos notar la inconsecuencia en que caen,
pues en las advertencias con que encabezan el
Glosario se declaran muy restrictivos (en lo cual
andamos con ellos de acuerdo), y ofrecen omitir
muchas series de palabras, entre ellas las inclui-
das como españolas por la Academia, las apoco-
padas como fnert\ las de s líquida como sciencia,
las terminadas en scer, las de letra doble como
atiender, las de alteración de una letra como ob-
jecto, las desviadas ligeramente por causa de la or-
tografía ó pronunciación como irehudo, las de sig-
nificación clara, los adjetivos verbales en ero como
estimadero, los participios activos como arrandante,
los verbos compuestos como sobreseyera las voces
que tienen en su composición la % antigua ó la ny
como anyo y las que llamasen agregadas como
dolmacen: mas, al llegar luego al Glosario, dan ca-
bida á muchas de estas mismas voces, en cuyo ca-
mino ya no les seguimos. Nosotros no podemos
89
incluir en nuestro catálogo palabras como las si-
guientes, que ponemos para ejemplo.
tinas no tienen sino cambios ortográficos , ver-
bigracia, abito, derecho, henero^ acaballo, evilla, Tin-
vas, vas lárdelo^ vestía, tovalla, darzones (de arzones),
laurar (labrar), senyor.
Otras son puramente latinas, de esas que no
quedan en el fondo del iáiovndi'. pos side, moneta^psal-
moy genollarse,fuso, fulla, alieno, closo (cerrado),
exiliar, fava, allio (ajo), Jíeto^ filio, computo (pre-
sencia), deciso, fruir, dempto (quitado), expremir,
exeludir, concepto (concebido), exida, deshitar.
Otras son extranjeras corruptas, principalmen-
te provenzales, y no naturalizadas tampoco: ade-
vani adelante, efer negocio, ara ora, argent plata,
atan tan, avant adelante, hlat trigo, hlau azul, breu
breve, hueyto vacío, hueytar vaciar, cendra ceniza,
clau clavo, comhatrá combatirá, comhra comerá,
cuentra contra, cueyto cocido, cuytellaria cuchille-
ría, dejus y dius debajo y bajo, dereyto derecho, dir
decir, dit dicho, esguarte miramiento, fer hacer,
feito hecho; fil hilo, fins hasta, formage queso, fro-
mentes granos, ge se, guañar ganar, güey hoy, guey-
to y hueyto ocho, lur y lures suyo y suyos, medge
médico, proveyto provecho, deposar depositar, cre-
var quebrantar, composar componer.
Otras padecen una simple alteración fundada
en la preferencia de ciertas letras sobre otras,
como la u sobre la j, la b sobre la p, la t sobre la
d ais. catalana, la e sobre la i y viceversa la /por
la n, evolución tan española como aragonesa; por
so
ejemplo: ahella abeja, aparellado aparejado, avallar
abajar, bermello bermejo, canela canela, consello
consejo, conello conejo, allos ajos, cerralla cerraja,
illada ijada, navalla navaja, millor mejor, tr aballo
trabajo, arcehisbe arzobispo, raboso raposo, cabazo
capazo, sabiese supiese, abai abad, almut almud,
costumat acostumbrado, ceruella ciruela, destricto
distrito, melad mitad, encéns incienso, intrego en-
trego, alfondega alfóndiga, admeter admitir, caxeta
cajita, vueytre buitre, civada cebada, didal dedal,
epidimia epidemia, pior peor, reútorio refectorio,
lichera lechera, alfeña alheña, cajíz cahiz, foces \iO-
dQSj ferradura herradura, gucTiillero cuchillero, con-
té conde, espital hospital, gleda greda, paper papel,
acercon azercon ó minio, caxafistola cañafistula, co-
noxer conocer, carabazas calabazas, axada azada,
exo eso, axi así, antedito antedicho, Anglaterra In-
glaterra, cupa copa, curaza coraza, enguila angui-
la, ganar ganar, jodio judío, ruciar rociar, ser ten
sartén, tenallas tenazas, tiseras tijeras, mantega
manteca, inseciilar insacular, premática pragmática.
Otras, poco disímiles de las admitidas como de
buen cuño, ofrecen la leve diferencia de sílaba ó
letra adicionada al principio, al medio ó al fin,
por prótesis, epéntesis y paragoge, ó sustraída
por aféresis, síncope y apócope: acontar (contar),
destorbo^ adjutgar, advenidero^ alcanyela (canela),
almarrega^ abollar (bollar ó sellar), aniello, vaxie-
lla^ castiella, orticcCno (orégano), cárrega (carga),
mega, cayer, cascavellies^ cucMello, infanción, seer,
seido;... roz (arroz), roba (arroba), scusa^ escamina-
91
do, espachar; ambres (ámbares), defalcar, dicernir,
docie7itoSy estame (estambre), realgar (rejalgar), al-
crehit, archín, canamas, bufón (buhonero), capítol,
compromis, merluz, tafetá, indi (índigo ó añil).
Otras se desemejan por diferentes conceptos, y
salta á la vista que no pueden considerarse como
verdaderos aragonesismos; tales son: compesar ^
contumaciar, adiiación, de contimen (in continenti),
corrompíent, desajiant, lardíza (barda), alcJiub (al-
jibe), íllera (glera), mielca (mielga), urmo (olmo),
desamitanza^ encreedor^ exhíbexe,fraix (fresno, como
en catalán), chiva (giba), desvasallarse, ganda (gual-
da), eraba (cabra), exposar, 'pr emitir, pretienda^ su-
bornación, probé y ciertas onomatopeyas como tita,
misino, chucho, etc., y desde luego todos los barba-
rismos de iuvíendo, hícíendo, indo (yendo), háblese,
dase, sallird, estío (estuvo), habieron, etc.
Otras, en fin, tienen lo mejor de las excepcio-
nes, la de ser españolas, definidas por la Acade-
mia: adjuneto, aver monedado, calendas, de gran ma-
ñana, dende, egual, empués, home, á escusa (con di-
simulo), sacrament, sanyoso, sempiterno, acaptar
(mendigar), toronja, adocir, cullidor^ alcotón, min-
grana, verdete, tesueto, fuste^ zaguero, encuesta^ sanio,
enta (hacia y hasta), entro y escudilla.
Por españolas unas, por extranjeras otras, por
bárbaras otras, por indecisas otras, ninguna de
las citadas puede tener campo en nuestro Diccio-
nario; á pesar de que, tal cuaí vez nos ha bastado
una simple aliteración para considerar transfor-
mada la palabra, como se lo ha bastado á la Acá-
92
demia, la cual incluye (por ejemplo) regatear y r^
catear^ rastrojo y restrojo^ caray y carey y otras pa-
recidas, en lo cual habrá procedido muy cuerda-
mente pero no muy á nuestro gusto.
Otras palabras hemos también desdeñado que
tal vez una crítica más benigna se hubiera com-
placido en aceptar, siquiera por venir de un autor
y de un libro en general desconocidos. Persona
muy entendida de toda nuestra confianza, el ara-
bista D. Francisco Codera, catedrático de esa len-
gua, nos ha comunicado un breve catálogo de
voces tomadas de Ebn Buclarix en su libro Al-
mostaini, escrito en Zaragoza hacia el año 1110,
esto es, en las postrimerías de la monarquía árabe
de Aragón y en los albores del idioma español
escrito, libro del cual existen tres códices diferen-
temente puntuados, el uno llamado de Leydem, el
otro de Ñapóles, y el otro que fué de Toledo y
hoy pertenece á la Biblioteca nacional. En ese ca-
tálogo vienen algunas voces que difieren de las
españolas en sentido aragonés; pero nosotros
hemos aprovechado solamente media docena de
ellas, descartando, como levemente diferentes, las
que sólo discrepaban en la ortografía, y dese-
chando también por los mismos ú otros motivos
las siguientes: xiruelas ciruelas, esponcha esponja,
salviya salvia, poma de chene bellota, panicli panizo,
q^uexo jformache queso, espárricos espárragos, nes-
poros nísperos, porko -pneroo, foncos hongos, oricano
oréga no, /coí higos, jo¿;?m^í pepinos, y xebo cher-
vuno sebo de ciervo.
93
Nosotros encontramos en los tiempos primitivos
y aun mucho más tarde, una constante movilidad
en las voces, que las hace tomar todas las permu-
taciones y combinaciones imaginables; una des-
aprensión completa para aceptar voces extranjeras
6 para modificarlas á capricho; una naturalidad
inculta en los curiales, y aun en los escritores,
que los hace escribir como se habla, y hablar como
habla el pueblo; una falta casi absoluta de freno
autoritario ó siquiera convencional, que consiente
mantener á un tiempo en el idioma un gran nú-
mero de palabras sinónimas y poco menos que
iguales en su eufonía. De ellas, unas quedan en el
caudal del idioma, otras pueden á duras penas
conservarse, otras no son en manera alguna per-
manentes y quizá muchas no son sino verdaderos
descuidos de los copiantes ó malas lecciones de
los paleógrafos. Entre lantierno, lanterno^ lantieno
y lanciemoy ¿quién no ve que hay que elegir y
quién no sospecha que hay verdaderas erratas en
lugar de verdaderas variantes? Lo mismo decimos
de minglanay mingrana^ malgrana^ melgrana y man-
grana para significar la granada, y lo mismo de
las veinte versiones que hallarán nuestros lectores
en la voz morabatin.
Nuestro trabajo, ya que no aspire á dar esplendor
al habla aragonesa, debe tender á limpiarla afijar-
Uy y para esto se requiere un sistema concertado
de exclusiones; pero si esto no acomoda á los que
ante todo quieren que todo se conserve, y á los
que prefieren una obra voluminosa sobre una
94
obra metódica, tómense el trabajo (que nunca
será tan grande como el nuestro) de combinar la
lectura del Vocabulario con la de esta Introduccióny
y en ésta hallarán hasta cierto punto el comple-
mento de aquél, y podrán acariciar el gran nú-
mero de palabras que aquí vamos citando, unas
para apoyarlas y otras para combatirlas y excluir-
las. Más veces dice el pueblo (y el no pueblo)
zeica^ cierno, Tiancia, gnnwpera, mandurria^ molocoto^
neSf muñueloSj bujeroj eslegir^peceías, dengunay goler^
dempués, mosolina^ capataz^ devantarse, enruena, desa-
mÍ7iar, ande (adonde), hertura, falo, carrucfia, en-
gima, cartagón, cercillos, escuadria, prencipal, caram-
lelo^ vacivo (vacío), á lafinitiva^ alelises, ahentestaie,
sincel, abellota^ jarmiento y anguila^ que sus corres-
pondientes españolas ó aragonesas. Y de estas
palabras, ú otras parecidas, son muchas las que
han empleado en sus obras los autores castellanos
de más nota, lo cual probaremos más adelante;
pero como usadas por ellos, aunque ya desusadas
por las personas cultas, no se apellidan barbaris-
mos, sino que tienen la honrosa jubilación de an-
ticuadas.
En el mismo caso se hallan las irregularidades
de los verbos, la colocación de las voces y todos
los solecismos. En las clases populares, más fre-
cuente que el hablar bien es el decir (muchas
veces á la antigua): «ayer nos levantemos á punto
de día>; ^estábamos comiendo cuando llegó el
correo de Madrid >; «nosotros sernos probes pero
honrados >; <mi marido nos trujió dos conejos»; «á
95
la oración nos volvimus al pueblo >; «no sé por qué
sus queris tan mal»; «no me se da un bledo»; «no te
se escapará si le apuntas bien»; «para casarte con
yo>, como dice una copla castellana remedándonos
en son de burla; «¿es tú que llegó en dos horas?»,
locución de sabor francés; ^en salir de la cárcel
nos veremos»; «i la que volvió la cabeza se halló
con su enemigo»; tenían de un todo en casa»;
^vagar le puede casarse con ella siendo tan rica»;
«agua á estos lagares*-, «dos meses al arreo»; «de
noches no hay que contar con él»; <.pusiendo de mi
parte lo que pueda»; «no por querer sen mucho han
de estar juntos todo el día»; <-en puesto de ir á tra-
bajar, se fué á la taberna»; *en igual de ir á Ma-
drid, se quedó en Calatayud»; ^se lo dé V. y calla-
rá»; «teniendo que llegasen á las manos, se fué de
allí antes con antes* ,
También se dice ir viaje , estar viaje ^ hasta de
ahora, ¿lo qué?, no le hace, conducir por (el) Ehro,
jugar d la pelota, parar fuerte, hacer duelo (por dar
lástima)^ campar por sus respetos, sin parar (por al
momento), el Juan (aunque esto es también usual
en Castilla), de baldes, y otros plurales como éste
por sus singulares: los chinches^ las herpes, las alfi-
leres, y otros cambios de género usados hasta por
buenos escritores, como La Oüerba en vez de El
Huerva que dice Argensola en su Isabela.
Desviaciones un poco más acentuadas ofrecen
las maneras particulares de hablar de algunas
comarcas; mas por lo mismo de formar una espe-
cie de subdialecto, no nos han parecido de precisa
96
inclusión en nuestro catálogo, aunque sí de digna
mención en este discurso; tales son algunas del
llamado dialecto de Fonz, presunto cabeza de Ri-
bagorza, en donde se dice nusatros, vusatros, lien-
gua, chen (gente), miro, eva (era), tenida, sinor,
marchazr qiieriz, quan, hahin, (habido), toz (todos),
con otras muchas usadas por todo el alto Aragón
é irreducibles casi al aragonés general. Y, sin em-
bargo, ciertas de esas maneras son vulgares aun
allí en donde se habla más puro: en Salamanca,
por ejemplo, dicen los labriegos hizon, trajon, tu-
von y vino7i, por hicieron, trajeron, tuvieron y vi-
nieron, y D. Vicente Lafuente, que fué allí cate-
drático, nos decía que había anotado más de cien
voces que calificaba de estupendas: en Toledo,
ciudad muy preciada de la pureza de su habla
(nos añadía), hay mala pronunciación y una jerga
manchego-madrileña: en Soria se habla como en
Calatayud y Tarazona, y eso que se propone com-
petir con Burgos y Salamanca: en el dialecto del
Vierzo se dice desmediao, escachar^ enfurruñarse, es-
patarrao.por mor, troncho, etc., como en Aragón.
Oyendo, preguntando y estudiando se llegaban
á sorprender otras palabras, que no se sabe si ad-
mitir de plano como aragonesas, toda vez que no
son castellanas y en Aragón se ven alguna vez
usadas, ó si rechazarlas por extravagantes ó por
puramente individuales. Algo de arbitrario habrá
habido en nosotros para incluir unas y excluir
otras; pero con esta salvedad, y dejando la reso-
lución á los lectores, los cuales quizá tampoco se
97
pondrían de acuerdo, nosotros hemos omitido vo-
ces como estas: plegar por coger la peonza en la
mano, holvegón por grano despajado pero todavía
sucio, hrenca por nada, cocho por perro, engaraviu
por oropéndola, escamallarse por cansarse de an-
dar sin utilidad ni objeto, escamocho por pretexto
ó excusa, pe7iachera por cuidado ó empeño, esmeli-
carse de reir por perecerse de risa, garranchazo
por golpe último con la peonza sobre el dinero ó
hito, holligar por mejorar un enfermo ó una co-
secha, rebulición por agitación pública (se halla
en documento del siglo xiii), padrüo y madrita^ do-
lorinos y chiquinos como diminutivos, lampeda por
lámpara, holoto por alboroto (se usa en los Fue-
ros), retuerca por retuerza (contra toda eufonía),
brutaña por abrutado, zampuñas por torpe y des-
mañado, pesadizo por hombre incómodo, demba por
fergenal ó ferrinal que definimos en nuestro Vo-
cabulario, fogarata por fogarada, esturrufiado por
descompuesto, y las muchas palabras que en su
primera sílaba des suprimen la letra inicial, si
bien la Academia lo hace en escomerse y otras.
Abramos otro párrafo para decir que la Acade-
mia, aunque no es infalible y aunque algo yerra,
nos merece tal respeto y tal aprecio, no sabemos
si por nuestro amor al principio de autoridad, ó
porque somos en ella miembros correspondien-
tes, que tenemos por ley la que ella consigna en
su Diccionario, y que, casi abdicando nuestros
fueros críticos, nos conformamos con lo que ella
dice ex cáthedra, aunque veamos que, de sus indi-
98
viduos numerarios, cada uno escribe Ubérrima-
mente á su manera. Omitimos, pues, en nuestro
Vocabulario lo que ella define como español en el
suyo; y por cierto que hay palabras de tal aire
aragonés, que engañan cuando se oyen, y nos hu-
bieran á nosotros sorprendido, como muchas han
sorprendido á otros, si no viviéramos en este par-
ticular tan sobre aviso. Citaremos algunas.
Regostado, aficionado, engolosinado.
Amanar, preparar ó tener á mano.
Pando, flojo, desmayado.
Turar, durar, preservar: el aragonés Urrea dice
en su Orlando:
Y porque más ture,
los Evangelios juran.
Perigallo^ honda de cuerda.
Puncha, púa, espina.
Tedero, pie para recibir la tea, que en Aragón
llaman algunos teda.
Grano, de uvas.
Seso, apoyo para las vasijas en el hogar.
Amorrarse, encorvarse sobre algo.
Cansado, el que molesta.
Averiguarse con uno, reducirle á la razón.
Morro, boca, hocico, etc.
Riba, arriba.
Amanta, mucho.
Empañar, fajar.
Envión, empujón.
Lagotero, zalamero.
Refirmar, asegurar, afianzar.
99
Zangarriana^ melancolía, accidente de calentura^
Cequia, acequia.
Dia de hacienda, de trabajo.
Pejiguera, cosa difícil y sin provecho.
Cosque, coscorrón.
Rieles, barras metálicas: en Monzón 1547 se
prohibieron exportar para Francia.
Atosigar, ahogar con prisas.
Ambrolla, embrollo ó embrolla.
Glera, cascajal.
Juntas, empalmes.
Por el consiguiente, lo usaArgensolaen sm Isabela:
Mira que soy tu siervo, que soy viejo,
y por el consiguiente quien te ama.
Modrego, desmañado.
Atacar, abrochar.
Atacado, irresoluto, embarazado.
Estringue, maroma de esparto.
Pardal, aldeano, bellaco y astuto.
Despueblo, despoblación, despoblado.
Cañamiza, desperdicio del cáñamo.
Moña, muñeca.
Apaño, disposición para alguna cosa.
Tartera, tortera.
Sesmero, encargado de sesmo ó distrito.
Conque, condición.
Barga, lo más pendiente de una subida.
Izaga, lugar de muchos juncos.
Enta, hacia.
Llanas, planas de escrituras, cartapacios.
Bolado, panal ó azucarillo.
100
Candar, cerrar la puerta.
Cutir, golpear, combatir.
Librelico y librecicOy castellanos, aunque no los
trae la Academia.
Palmo, que en Madrid se tiene por aragonés, re-
putando como castellano su equivalente de cuarta.
Pegar, castigar, aunque Pellicerlo nota como
aragonesismo de Avellaneda.
Escudilla, vasija para sopa ó cualquier caldo.
¡Señal, sino que en Aragón es femenino y se dice
ni un señal, lo cual notó Pellicer.
Menudo, mondongo.
Ansina, así.
Toda hora y todo el dia, siempre.
Y si contra nuestro sistema de conceder á Cas-
tilla cuanto la Academia le atribuye (sea cual fue-
re el verdadero origen de las voces) damos cabida
á las ciento ó algunas más académicas que Peral-
ta incluye en su Ensayo de un Diccionario aragonés
castellano, es, no tanto por ser ellas de más uso,
si ya no de procedencia aragonesa, cuanto por
respetar como base de nuestro Vocabulario, el pri-
mer trabajo que se hizo en ese género; mas así
y todo las señalamos para descargo de nuestra
responsabilidad literaria, con una letra particular
que las distinga, y esto nos permite marcar asi-
mismo las que como aragonesas ó provinciales
incluye la Academia y las que se deben exclusi-
vamente á nuestra tal cual diligencia.
Pero no hacemos tanto, antes las excluimos por
completo, con muchas de las voces que en sus res-
101
pectivas obras de Historia Natural escribieron dos
insignes botánicos, Bernardo Cienfuegos en los
primeros años del siglo xvii y D. Ignacio de Asso
(zaragozano) en los últimos del xviii. Este, sobre
todo, á quien se deben muy curiosos y eruditos
tratados sobre las producciones, las ciencias, las
leyes, la Economía política y aun la Literatura de
Aragón, tuvo la advertencia de consignar, lo mis-
mo en su Sinopsis stirpium indigenarum Ar agonice
(1779), que en su Introductio ad OryctograpJiian et
zoologiam Ar agonice (1784), las voces puramente
aragonesas con que se designaban y todavía se
designan en el país (que recorrió herborizando y
estudiando su suelo y los animales que le pueblan)
los objetos sometidos á su descripción.' En conse-
cuencia de su plan, calificó unas veces con la pa-
labra vernaculé 6 provincial de Aragón, otras con
la más expresiva de nostratihus, las palabras que
tenía por exclusivamente aragonesas, distinguién-
dolas de todas las restantes con la anteposición de
la palabra hispanis; y por si pudiera dudarse de
que designaba con aquellos antepuestos los voca-
blos aragoneses, él mismo lo declara, ora en el
Prólogo diciendo: Adjunxi etiam vernácula provin-
tianostra nomina, ora en el índice que titula Nomina
Jdspanica et vernácula Aragonia.
Y decimos todo esto, porque parece después
muy extraño que persona tan competente en todo
aquello que emprendía, calificara de aragonesas
palabras que pasan por castellanas, como asnalloy
balsamina j cadillo ^ camomila, cebadilla, ginesta, mar^
102
garita, regaliz, sosa, tuca, anadón, andarrío, década,
calandria, chorlito, dogo, gavilán, lechnza, pajarel^
perdiguero , picaraza, polla de agua, pulgón, sahoya,
tordo, triguero, verderol y otras. Colocónos esto en
la difícil alternativa, ó de aceptar por aragonesas
bajo la fe de quien, puesto que filólogo, al cabo no
se distinguió como etimologista, palabras que no
sólo la Academia pero aun los hablistas castella-
nos han considerado de uso general entre los es-
pañoles, ó de desairar, si no, el voto calificado de
un literato dedicado con ardor á las ciencias natu-
rales y conocedor por sí mismo de los nombres
con que la ciencia y el vulgo designan cada cual
los objetos de la naturaleza. Pero nuestra impar-
cial elección ha estado en favor del habla común
española, no sólo por el mayor crédito que nos
merecen las muchas y buenas autoridades que
contradicen la absoluta de Asso, sino por otra con-
sideración que, favorable como lo es á Aragón, no
podemos excusarnos de aducirla.
De esas voces, hoy todas castellanas, supuesto
el admitirlas como tales la Academia, las hay,
como balsamina, cadillo, calandria, cebadilla, chorli-
to, dogo, gavilán, ginesta, perdiguero, pulgón, regaliz,
saboya y sosa, que ya se hallaban incluidas en la
edición príncipe del Diccionario publicada en 1726
por aquella Corporación literaria, y no se concibe
cómo pudo desentenderse de esta autoridad el na-
turalista de Asso: pero hay otras, y á fe muy bellas,
como andarrío, asnallo, camomila, margarita, pajel,
picaraza, polla de agua, tordo, tuca y verderol, que no
•I
103
tenían cabida en aquella edición (i), que en Aragón
eran ya muy usuales, y que hoy han pasado al
fondo común de la Academia, sin que de nuestra
parte quepa contra esto reclamación alguna, como
quiera que todos los idiomas viven de esos cambios
mutuos, principalmente cuando la lengua de una
nación prevalece (como su política) sobre los dia-
lectos de las provincias que vienen á constituirla.
Pero hay que considerar como aragonesas al-
nas palabras que, si bien incluidas como castella-
nas en el Diccionario general de la Lengua, no
puede negarse que son de uso constante, popular,
y, por decirlo así, privilegiado en Aragón, mien-
tras lo tienen muy raro ó ninguno fuera de él, pu-
diendo asegurarse desde ahora que, pasado algún
tiempo, y cuando ya la Academia forme la con-
vicción en que nosotros nos hallamos, habrá de
conservarlas en su Diccionario con el carácter
exclusivo de provinciales de Aragón ^^K Aquí, en
efecto, se dice stiplicaciones por barquillos, como
en El Desdén con el desdén; no marra por no falla,
como en las farsas de Lucas Fernández; aturar.
(1) Terreros, cuyo Diccionario se publicó en 1786, incluyó las pala-
bras andarrío, cama-mira, margarita, pajarel y tordo: la primera de estas
voces fué incluida en varias ediciones de la Academia y en el Dicciona-
rio de Valbuena, pero dejó de serlo desde 1832.
(2) En la edición de 1822 la palabra buró no se halla, abadía está como
provincial, cocote como aragonesa, apellido y arguellado como castella-
nas: en la de 1843 y 1852 buró y apellido están como aragonesas, abadía y
cocote como castellanas, alguinio y arguellado de ninguna manera. En la
edición de 1726 hay palabras calificadas como aragonesas, que después
han quedado fuera de las ediciones sucesivas; otras que allí no se hallan,
como amanta y amprar y que después vemos como castellanas; otras,
como becada, que allí se indican como aragonesas y después han sido
naturalizadas en Castilla. En la edición última (1852) abejera está como
castellana: alirón y azarollo no se hallan sino en las últimas ediciones.
104
como en Berceo «Abrán con el diablo siempre á
aturar», y como en Lorenzo de Segura, «Anda
cuemo ruda que no quiere aturar»; amanta, am-
prar, arguello, arramblar, cano, malmeter, masar ^
paridera, punchar, rematado, vencejo, y otras va-
rias í^) que se usan frecuentemente entre nos-
otros, y de las cuales y otras ya notó Capmany
que algunas, como aturar, cal, dita, malmeter, ostal
y pudor, eran á un tiempo de Cataluña y de Cas-
tilla.
De entre las palabras verdaderamente aragone-
sas aunque de apariencia castellana, de entre las
palabras que, á cambio de otras citadas y consen-
tidas como castellanas, tenemos que reivindicar
como nuestras y sólo nuestras, citaremos más de-
tenidamente, por ser de las más vulgares en nues-
tro pueblo llano y sólo en él, la famosa expresión
impersonal no me cal (no te cal, no le cal) en sig-
nificación de no me importa, no me conviene, no me
es menester, no me cumple, no tengo qué, etc., cuya
frase, que no traen ni Covarrubias, ni la Acade-
mia en su Diccionario grande, ni el jesuíta Terre-
ros, ni Bosal en su Diccionario manuscrito, se
halla autorizada en nuestros días como castellana
por la Academia de la Lengua, pero usada como
aragonesa por sólo nuestros labriegos. — En el
Poema del Cid, hablando éste de los Infantes sus
(1) Entre ellas casi todas las que D. Mariano Peralta incluye en su
Ensayo de un Diccionario aragonés-castellano, suponiéndolas verdadera-
mente aragonesas, y que nosotros acogemos en el nuestro señalándolas
con una indicación particular, mas sin habernos atrevido á igual licen-
cia, como quiera que respetamos la autoridad legislativa de la Academia.
105
yernos, dice, Curiellos quiquier ca dellos poco min*
cal, y más atrás, Si el rey me lo quisiere tomar á mi
non minchal (Damas Hinard traduce al francés il
ne m^ en chaut): ^^^ en el Poema de Alejandro se lee,
non te cal ca se vencires
non te menguarán vasallos^
y en otra parte,
Mas quequier que él diga
á mi poco me cala:
en las poesías atribuidas á D. Alonso el Sabio ^2)
también encontramos,
E si vos veis este fuego
non vos otras cosas calen:
en el Libro de Patronio,
Ruégovos que me consejedes
lo que viéredes que me cale más de facer:
en el Laberinto de Juan de Mena,
Mas al presente hablar no me cale
Verdad lo permite, temor lo deyieda:
en las poesías de A. Alvarez Villasandino,
Ya no me cal
pensar en al:
en las farsas ó cuasi comedias de Lucas Fernán-
dez rC os cale desemular: en la Lozana andaluza,
libro obsceno de Delicado, «no os cale burlar que
(1) Si le roi me veut prende mon bien il ne m'en chaut! 230 Veuille
sur eux qui voudra car d' eux peu m'en chaut. Trad. de Damas Hinard.
(2) Su lenguaje no tiene ciertamente todo el aire de antigüedad que
corresponde á su época, y de otra parte son muchos los que han puesto
en duda la autenticidad de algunas obras del rey Sabio, entre las cualeí
recordamos á Berganza, D. Tomás Antonio Sánchez, Moratín y Quin-
tana.
106
castigan á los locos»: en los Menemnos de Lope
de Kueda: «no me cale hacer señas que calle»: y,
lo que es mucho más notable, en las epístolas del
obispo Guevara, predicador de Carlos V, *no le
cale vivir en Italia el que no tiene privanza de rey-
para se defender».
Pero aunque las autoridades que llevamos ci-
tadas han podido influir en la Academia para la
admisión de esa voz, que sin embargo no vemos
incluida en el gran Diccionario de autoridades
de aquella Corporación, ni tampoco en el de Te-
rreros publicado en 1786, debemos advertir que
quienes la han conservado sin interrupción son
los aragoneses, desde que (á nuestro parecer) la
tomaron de los provenzales, en cuya poesía se
halla usada repetidas veces, así como la tienen el
idioma italiano en caleré^ el francés antiguo en
chaloir, el catalán en caldrer, y, aun forzando un
poco la analogía, el latín en calescere, agitarse,
moverse, pudiéndose decir, no me mueve^ no me
agita, no me domina, no me da cuidado, no me im-
porta. Del uso lemosín no puede dudarse al leer
en una canción de Pedro III, no m' calgra, no me
sería nexíesario, y en un poema anterior í^) per-
teneciente á los primeros años del siglo xiii y pu-
blicado y traducido recientemente por Fauriel.
Per Díeu, tC Ugs, dits lo coms, nons clametx que nous cal.
Por Dios D. Hugo, dijo el Conde^ no os quejéis, que no os
[conviene,
(1) Tiene por objeto la Cruzada contra los alhigenses, que empezó en
1204 y acabó en 1219: fué escrito en el mismo tiempo de los sucesos: se
atribuye á Guillermo de Tudela, y se ha publicado oficialmente en París
en 1837.
107
y más adelante al verso 4844,
A la meridiana quel soleilhs pren lombral
el baro de la vila están á no men cal;
esto es, «al medio día, cuando el sol penetra en
todo sombrío y los defensores de la ciudad están
descuidados» ó «no están sobre las armas >, como
viene á decir Fauriel, ó «están en un no me im-
porta* ^ si fuera posible traducir así aquella ex-
presión que de todos modos indica el abandono;
y finalmente, verso 4913,
Mas non aia Belcaires temensa que nolh cal,
que Fauriel traduce, «Mais que Beaucaire, n' ait
plus de crainte; il n^ en doit pas avoir> y que en
castellano se puede expresar diciendo, «Pero no
tema Beaucaire, pues no debe, pues no le co-
rresponde, pues no tiene motivo, pues no tiene
por qué».
Haciendo punto en esta digresión, ya dema-
siado extensa pero no inútil á nuestro propósito,
y anudando el pensamiento de donde ha partido,
tócanos manifestar que, señaladas las palabras
usadas por autores aragoneses, mas no por eso
aragonesas, é indicadas también las que á toda
luz son de Aragón, aunque todavía calificadas
como castellanas, pudieran añadirse ciertas otras
generalmente usadas en Aragón y que, á pesar de
serlo en Castilla por escritores de nota, no tienen
cabida como castellanas en el Diccionario de la
lengua: tales son haldeta que usa Moratín en aquel
verso de sus Naves de Cortés:
108
de azul y negro las haldetas de ante;
esmangamazos^ que, sin el prepuesto privativo, lee-
mos en aquellos versos del cancionero de Baena,
A ty mangamazo syn otra tonsura,
por mí será dada muy gran penitencia;
(Págs. 447 y 481).
laminero, que tanto divierte á los castellanos cuan-
do lo oyen á algún aragonés y que, sin embargo,
no sólo es muy natural derivado de lamer, y muy
parecido á lamistero y lamiscado, sino que se ve
usado en el Arcipreste de Hita,
La golosina tienes goloso laminero;
á placer j que vemos en aquel romance:
en corte del rey Alfonso
Bernardo á placer vivía;
pintar, que usan nuestros pastores por tallar, aun-
que justo es decir que la Academia lo hace sinó-
nimo de escribir, explicando bien ambas versio-
nes aquellos versos encantadores de Gil Polo:
mas serate cosa triste
ver tu nombre allí pintado (señalado en mil robles)
no creo yo que te asombre
tanto el verte aWi pintada, etc.;
mueso, 6 bocado, que derivado de morsus (de donde
después almuerzo) se halla como provincial de
Aragón y, no obstante, lo encontramos en el
Poema del Cid:
Nol' pueden facer comer un mueso de pan,
y en el de Alejandro aunque con varia lección, y
en los poetas del Cancionero de Baena:
i
109
E luego será de todo vengado
el mueso podrido que dio el escorpión
Mas freno sin mueso é chapa
vos daría aun emprestado;
péñora y caritatero que explican Berganza y Me-
rino, dando á pennora el significado de multa y
prenda, y á caritas el de refección de bebida tras
la colación y lección espiritual; tastar, que si
bien se halla en sentido de tocar, derivado de
tactus^ también tiene en Berceo el de probar ó
morder en aquel verso,
Que de meior boceado non podriedes tastar;
macelo, cuyo derivado macelario no incluye la Aca-
demia, pero sí en sus vocabularios los eruditos
PP. Berganza y Merino; vencejo, de vinculum, que
aunque admitido por la Academia en significación
de ligadura, sobre todo para atar las haces de las
mieses, lo declara D. Tomás Antonio Sánchez pri-
vativo de Aragón al explicar el verso de Berceo,
Alzáronlo de tierra con un duro venceio;
cutio, que de Aragón significa constante, diario,
no interrumpido, conforme con su etimología,
quotidie, quotidianus, y que la Academia escribe y
explica de otro modo, poniendo cutio ^ trabajo ma-
terial ^1) , y omitiendo absolutamente en su Diccio-
(1) Vestida de color de primavera
en los días de cutio y los de fiesta;
dice Cervantes en el cap. IV de su Yiaje al Parnaso, y en este sentido la
Academia admite día de cutio como día de labor.
lio
nario el adjetivo cutiano (quotidiano) que leemos
en el poema de Alejandro,
Un pasari ello que echaba un grant grito
andaba cutiano redor de la tienda fito,
y en Berceo,
facie Dios por los ornes mirados cutianOy
y en el célebre Villa sandino,
Pues memento mey cutiano disanto;
de, partícula expletiva que se usa en la frase me
dijo de antes su parecer, y en otras parecidas, y que
también usan nuestros clásicos como Cervantes
«tan bien barbado y tan sano como de antes», y el
obispo Guevara «y sus pueblos quedaron como de
antes perdidos».
Añadiríamos á estas algunas otras palabras y
frases que, siendo muy familiares en Aragón, y
no teniendo nada de exóticas ni nuevas, están
excluidas no obstante del Diccionario de la Aca-
demia, por donde oficialmente resultan no ser
castellanas, mientras son positivamente, ya que
no aragonesas, de uso aragonés; pero atribuyendo
este silencio, no á decisión magistral sino á des-
cuido inevitable de aquel sabio Cuerpo literario,
no adicionaremos el anterior catálogo ni aun con
las dos que por ahora nos ocurren. Es la una
llevar la corriente, frase que hemos oído á caste-
llanos puros y que usa el Duque de Rivas (poeta
cordobés) en el romance último de su Moro Ex-
pósito,
«le acaricia, le lleva la corriente».
111
La otra es la voz medicina que no se define por
la Academia sino como «ciencia de precaver y cu-
rar las enfermedades del cuerpo humano >, y que
en sentido de medicamento^^^ es en Aragón vulgarí-
ma, se usa mucho por los facultativos y se lee con
frecuencia en las Ordinaciones del Hospital de
Zaragoza, 1656, siendo además común á la lengua
italiana y al dialecto catalán, pero que no puede
formar parte de nuestro Diccionario cuando la
vemos usada en todos los más distinguidos escri-
tores castellanos desde Cervantes á Espronceda,
desde Quevedo hasta el poeta popular Trueba, y
lo mismo en fr. Luis de Granada que dice, sin los
tormentos de los médicos y las medicinas, en Mexía,
como el buen médico sus medicinas, en Guevara, y lo
poco que las medicinas le kan aprovechado y en Rhúa,
^ue sana la herida con medicinas lenitivas.
Pasando ahora á uno de los más notables gru-
pos en que pueden dividirse las palabras arago-
nesas, digamos en honor suyo que este pueblo ha
conservado un gran número de las que constitu-
yeron el habla antigua castellana, siendo ya con-
sideradas como arcaísmos, fuera de uso algunas,
y no pocas que acá nos son del todo familiares, y
que en parte componen el más usual vocabulario
de la gente inculta, cuyos modismos excitan hasta
cierto punto la compasión de quien los oye, igno-
(1) En ese sentido la usa la misma Academia en la voz medicinar, pero
repetimos que no define y por tanto no admite á medicina en sentido de
medicamento; mejor lo hace Covarrubias que dice: «Medicina, la facultad
que el médico profesa y los remedios que aplica al enfermo».
112
rándose, aun por nosotros mismos, que así habla-
ron los padres del común idioma castellano.
Sería, en efecto, un trabajo muy curioso el de
reunir las voces, incorrectísimas hoy, de las cla-
ses últimas del pueblo, y observar su perfecta
identidad, no ya con las que se emplearon en los
siglos primeros del habla, sino aun con muchas
de los escritores que florecieron en el siglo xvi^^l
Llegarían esas semejanzas hasta el punto de ser
fácil componer todo un discurso, y aun todo un
libro, con palabras tomadas del antiguo castella-
no, que sin embargo serían exactamente las que
usa con predilección el pueblo aragonés; bien que
muchas de ellas no dejan de ser comunes con el
ya bárbaro dialecto que todavía conserva el esta-
do llano en toda España. Sean ejemplo de esta ob-
servación, sin que por eso abultemos con ellas
nuestro Diccionario, las palabras niervo, omecida,
gomitar, huticario, reconvinió, jproluengan, Jilicidad,
iuviendo, enireviniendo, abellota^ qiiisiendo, previden-
cia^ risistir, pidir, dicir, recehir, vieda (veda), sigui-
dilla, ambrolla^ crocodilo (latino puro), virijlcar,
ojepción, asasinar, etc. Séanlo también mesmo, irn-
jo^'^\ agora^ escuro^ enantes, dende, que los poetas
(1) A fines de él, en 1593, se formaron é imprimieron los Estatutos y
Ordinaciones de los Montes y Güertas de Zaragoza que se reimprimieron
en 1672 «sin alterar ni mudar sustancia, sino algunos vocablos antiguos
que se han puesto al lenguaje de ahora»; y sin embargo, en esa última
edición se ven! usadas las palabras nietad, tuviendo, hubiendo, imbiar,
ciesped, estase, rábano y otras parecidas, así como en las Ordinaciones del
Hospital de Zaragoza, 1775, se habla de rudillas limpias, y en el Memorial
de todo un catedrático de teología (D. Manuel Cavós, 1755) de que la Uni-
versidad podía resultar alguna trageria.
(2) Es muy curiosa, sobre este vocablo, la opinión del autor del Diálo-
go de las lenguas: dice que es más suave írua;o que traxo, aunque en latín
113
dicen con frecuencia. Séanlo igualmente esteniinos^
malmeter y ranear que usa Juan Lorenzo de Segu-
ra; emparar que se lee en Berceo; huirá, estoria^ es-
truir y mandurria que emplea el arcipreste de
Hita; churizo (^>, previlegio y rétulo que nos dice Co-
varrubias; r alano y aspárrago que forman más con
la etimología hebrea y latina; pedricado que dice
el rabí D. Santob; cantado, estentino y otras mu-
chas que se ven en el Cancionero de Baena; em-
piles que dice Marcuello (pero también Berceo);
agüelo y cudicia Aldrete; acontentar el autor del Diá-
logo de las lenguas; inconvinientes, encorporar y
muchas otras Zurita; riguridad Tirso de Molina;
mesmamente el P. Isla; aguacil, asperar, ceminterio,
concencia, conocencia, dormiendo, entrodución irnos
(vamos), inorancia, jalara, saho y saha (sé ó sepa),
estroperar y forihundo el dramático Lucas Fernán-
dez; deciemhre los Estatutos de Zaragoza en 1564;
regueijo, cúmplelas, mochachos, rediculo y salvaje
unas Relaciones de Fiestas; perjuiciales, desanchar
y pedestralillos el P. Martón; cuenta y ojelto el ana-
lista Sayas; catredal el Conde de Villahermosa don
Martín; argulloso, is (vais), devantar y atorgar don
Jerónimo Urrea en su novela inédita D. Clarisel
de las Flores; prohes, niervos, traducio y destruido^
nes el famoso poeta Herrera en su defensa propia
es traxit y que «por la misma razón que ellos (los cortesanos, caballeros
y señores) escriben su traxo, escribo yo mi triixo», y añade que escribe
saliré y no saldré p.orque viene de salir.
(1) Rosal pone en su Vocabulario churizo y no chorizo, é incluye algu-
nas palabras de las primeras que llevamos citadas.
H4
contra el ataque del Preste Jacopín á propósito
de las Anotaciones de Garcilaso.
Pero estas palabras no son otra cosa, aunque
saludadas con el nombre de barbarismos, sino li-
geras desviaciones eufónicas de otras verdadera-
mente castellanas: las hay que siendo notadas en
Castilla como arcaísmos, son en Aragón bastante
corrientes y de ellas citaremos (aunque no ha-
gamos uso de todas en el Diccionario)-, abejera^
aconsolar, afigir^ afirmar^ almuestas, aplegar^ apoti-
cario, árcazy asin^ asisia, asumir^ azarolla, hahurre-
o'Oj bati/ulla, hatimiento, hogeta^ buco^ cadillo, calen-
data, cablieva^ canso, capacear, casada, cocote^ coda^
espedo^fajo^ fendilla, ferial, fosal, interese, marza-
pán, mayor domlria^ mida^ mueso, nano, ostaleros,
otri, pasturar, peñorar, tardano, tributación, etc., de
cuyo catálogo, que pudiéramos no sin dificultad
engrandecer, se deduce lo que ya hemos indicado;
es á saber, la religiosidad con que el pueblo ha
guardado la antigua manera de hablar, haciendo
en él la ignorancia las veces del respeto.
No son menos recomendables, pues son igual-
mente puras y perfectamente conformes con la
índole ó genio del idioma, las palabras compuestas
que ostenta el aragonés. No hay para qué decir la
belleza y el número que de los compuestos resul-
ta; ni la facilidad con que la lengua española los
admite, merced á sus terminaciones vocales y á la
buena proporción en que entran estas letras; ni
la condensación que producen, economizando cir-
cunloquios y partículas; ni el uso que de ellos
115
hicieron las lenguas antiguas, principalmente la
griega: todo es demasiado conocido para necesitar
explanarlo, y mucho menos aquí en donde por otra
parte no tiene su principal asiento. Pues bien: de
estas composiciones que deben tomarse, si no es
en las ciencias, del fondo que ofrece el propio
idioma (según lo insinuó Mayans con acierto, to-
mando cabalmente por ejemplo una voz aragone-
sa), hay algunas, entre las muchas, que á cada paso
inventa la conversación, como aguacibera, agualle-
vado^ aguatiello, ajoarriero, ajoliOy alicáncano, alicor-
tado^ antecoger, antipoca, apañacuencos, arquimesa^
arrancasiega^ hahazorro^ hotinjlado^cabecequia^ carasol,
casamuda, cazamoscas^ contrayeria, entrecavar, escon-
decucas^ gallipuente^ haharroz^ hurtadineros^ malbusca^
matacabra, matacán, miramar, paniquesa, rabiojo,
sobrebueno^ sobrecielo^ tragacantos^ zabazequias,
Y si de los compuestos pasamos á los derivados,
que son una parte tan principal, y por ventura la
más numerosa de los idiomas, ¿cuántos nos encon-
traremos en Aragón, cuya mayor parte debieran
adoptarse por la Academia? Permítasenos ofrecer
de ellos una muestra, la cual, contribuyendo á
esclarecer este punto, dejará también probado
que en la conservación tenaz de sus modos de
hablar, generalmente proceden los aragonés con
una lógica instintiva, muy ajena de la especie de
extrañeza depresiva con que son saludados sus
provincialismos. Véanse si no las palabras aceitero,
adinerar^ afascalar, agramar ^ aguachinar, agüera,
ahojar^ aladrada, alaica, anzólelo, añero, apabilado^
lie
apenar, aquehrazarse, arrancadero, arrohero, asolarse^
azutero, bajero, hoalage, bolsear, brazal^ cabecero ^ cabe^
zudo, cabreo^ calorina, callizo, canalera, cantal, capO'
lado^ capucete, casera, comprero, collete, cresarse, cru-
jida, cuaternado, culturar^ cunar, chorrada, defenecer^
dentera, desbravar^ descodar^ desgana, encerrona^ en-
gafetar, enzurizar^ esbafar^ escorchón^ escorredero^
estribera^ frontinazo^ galgueado, Jielera^ Jiuevatero^
jetazo, juguesca, lavado^ manifacero^ mañanada^ má-
sela^ matacía, mitadenco, motada, oc/ieno, oleaza, pa-
rejo, pastenco, peduco, picoleta, plantero, pulgarillas,
racimar, repaso, saquera, simoso, sondormir, sudade-
ro, tardada, ternasco, vendería, volandero.
Hay otras muchas palabras que difieren muy
poco de las correspondientes castellanas, resulta-
do necesario de la varia eufonía de las provincias,
á veces de la mayor ó menor fidelidad etimológi-
ca, y no pocas del simple decurso de los tiempos,
que refinan ó adulteran, pero no para todos, el
idioma. Vocablos hay que varían la terminación,
como abejero por abejaruco, ancheza por anchura,
apuñadar por apuñear, azanoriate por zanahoria,
balsete por balsilla, blanquero por blanqueador, ca-
paza por capacho, cargadal por cargazón, corrinche
por corrincho, chaparrazo por chaparrón, dalla
por dalle, exigidero por exigible, friolenco por frio-
lento, perera por peral, pescatero por pescadero,
picor por picazón, rocador por rocadero. Unos se
han sincopado en Aragón, como ahrio por averío,
albada por alborada, cartuario por cartulario, cen-
salista por censualista, cobar por cobijar, chapear
117
por chapotear, mida por medida, zanguiUn por
zangarullón: otros, al contrario, se han alargado
por epéntesis, como alirón por alón, hienza por
binza, cadiera por cadira, carrada por carraca, em-
pedrear por empedrar, hilarza por hilaza, jarapo-
tear por jaropear, marrega por marga, panso por
paso, valentor por valor. Unos suprimen por afé-
resis la sílaba inicial, como caparra por alcaparar,
dula por adula, jada por azada, jambrar por em-
jambrar, pedrada por apedreada, zafrán por aza-
frán: otros la toman por prótesis, como amerar por
merar, asesteadero por sesteadero, atrazar por tra-
zar. Unos pierden la final por apócope, como
alum, hrócul^ caparros^ espinái, por alumbre, bró-
culi, caparrosa y espinaca: otros la toman, como
rondalla por ronda. Algunos duplican una letra,
como acerollay sarrampién^ por acerola, sarampión:
otros son anagramáticos, como amorgonar y arra-
clán^ por amugronar y alacrán: otros obedecen
más al origen latino, como lufoneria^ calonia, con-
cello, curto y gramen por buhonería, caloña, concejo,
corto, grama: otros padecen la leve alteración que
algunos gramáticos llaman antítesis, como sucede
en achacar se, alhellón, alcorzar, almadia, alg anillas,
aradro, bofo, boteja, cogullada, ensundia, furrufalla,
garufoj gayata, jijallo, lezna, mandurria, panolla,
restrojera, rujiada, tamborinazo y vendema, cuyas
equivalencias castellanas no es necesario enume-
rar. Otros, finalmente, se distinguen por su sílaba
inicial es, que en Aragón suele preceder como pri-
vativa en lugar del antepuesto des, y aun aumen-
H8
tarse á la voz castellana, como se ve en eshafar^
escañarsej escrismar, esgarrar, espatarrarse, estraly
estrévedes (^^ y esvarar, bien que la lengua castella-
na es también abundante en esas voces, la mayor
parte anticuada (y esto prueba nuevamente en
favor de Aragón lo que llevamos dicho), como es-
caTÍar, esfogar, esfriar, espabilar, espalmar, espavo-
rido, espedirse, espejar, espeluzar, esperezarse, espol-
vorear, esposado y estajo»
También son de citar, y merecerían una intere-
sante explicación individual, algunas palabras y
modismos, que, sin separarse del idioma común,
tienen valor nuevo en Aragón, por estar tomados
graciosamente en sentido figurado ó translaticio,
cuya manera de hablar es uno de los más altos
primores de una lengua. Notaremos como ejem-
plo, acantalear^ ajustarse^ albarrano, andaderas^ anie-
blado^ armarse^ fandango^ asnillo, tandearse, bar-
baridad^ brazo de San Valero ^2), caballón^ cárcavo,
carmenar, crujida, cliaparrudo^ echar la barrede-
(1) Estrévedes, Tlarza y Ahujeros son los nombres de sendas calles en
Zaragoza, según sus azulejos, que para nosotros son documento soficia-
les, como dirigidos por el Ayuntamiento, y cabalmente colocados en
1770, cuando estaba en toda su plenitud la influencia castellana, y cuan-
do ya se conocía la buena ortografía, de que cuidaron poco nuestros
mayores. Verdad es que, si bien presidió en la nomenclatura de las
calles un espíritu por decirlo así moderno, pues hay sobre treinta que
recuerdan á otros tantos personajes de las épocas romana, árabe y cris-
tiana, como Cineja, Benaire, Conde de Alpefche, Don Juan de Aragón,
los Urreas y otros; en cuanto á ortografía, dejan mucho que desear, no-
tándose á veces que para una sola calle hay dos azulejos, con b y con u,
lo cual también se observa en ambos costados á la puerta de la Univer-
sidad literaria.
(2) San Valero es patrón de Zaragoza y su arzobispado, y entre los
oradores del pulpito era llamado antonomásticamente el brazo fuerte:
así lo hemos oído en más de una ocasión, además de haberlo leído en
una lista manuscrita de antonomasias, escrita en el siglo pasado con
varios otros papeles de materia predicable.
119
Td íi\ echar la ley^ encabezado, encanarse^ dar carre-
te^ florecer la almendrera, garras^ gorrino, guitón,
gusanera^ lierejia^ indignarse la llaga^ julepe, juse-
pico, lucero, lucidario, macerar, mazada, morir d lo-
seta, mostacilla, nazareno, pinganetas, salida de pa-
vana^ tiorba y otras.
A este grupo corresponden igualmente la pa-
labra tocino en que los aragoneses toman la parte
por el todo; las palabras azulejo, elástico y espon-
jado, que toman pie de la cualidad sobresaliente
del objeto para darle nombre; también talegazo y
litada, cuya analogía con costalada y monería no
deja de ser curiosa; igualmente bigardo, que apli-
cándose primeramente á unos frailes de la orden
de San Francisco, condenados por herejes en Ale-
mania é Italia, se extendió después á los de mala
vida, concluyendo por significar en Aragón el
mancebo de grandes medros y de buena aparien-
cia para el trabajo, pero que hace vida inútil y
ociosa; y finalmente, las antonomásticas^/^orm, que
así se llamó por ser usual en Florencia, según
^Qvmo; frederical, con motivo del manto que usa-
ron algunos Fadriques de Sicilia, según la expli-
cación de Blancas; zaforas, voz moderna, supone-
mos que ocasionada por el longista Zaforas, en
cuya casa se dice que sirvió como criado el famoso
Cabarrús; piculin, en recuerdo de un famoso vol-
teador de aquel nombre que procedente de Cas-
(1) Léese en el arcipreste de Hita:
Tenie buen abogado, ligero é sotil era;
galgo que de la raposa es gran abarredera.
120 .
tellón de la Plana, trabajó en Zaragoza muy á
gusto de todos desde 1803 á 1815, según Casama-
yorW, bien así como en Castilla ejecutó sus ha-
bilidades en el siglo xvi el italiano Buratin, de
donde tomaron ese nombre los volatines en ge-
neral, según lo hemos leído en algún trabajo
etimológico y aun nos parece recordar que en al-
guna comedia de Lope, por más que en el Diccio-
nario de la Academia no hayamos hallado esa
palabra.
Viniendo ahora á las etimologías, por demás
está que repitamos lo que ya hemos indicado en
este punto; ocioso es que digamos de nuevo lo
que por otra parte de todos es sabido: las lenguas
se forman por aluvión y por derivación, de lo
cual nace su división en familias, el parentesco
estrecho que á muchas liga entre sí, la riqueza
misma que ostentan, como se ve en la griega con
la acumulación de sus dialectos, en la latina con
su imitación griega, en las germánicas y neo-la-
tinas con la asimilación de sus afines y con el con-
tacto de los pueblos conquistados y conquistado-
res, aliados y enemigos. Pero sí es un gran mérito
filial, como lo es á nuestros ojos, la conservación
cariñosa de las raíces ó voces matrices, supuesta
la necesaria y aun oportuna reforma de la sin-
(1) D. Faustino Casamayor escribió y dejó manuscritos unos Años po-
líticos é históricos de Zaragoza, que en 48 tomos comprenden todos los su-
cesos ocurridos en la capital de Aragón, desde 1782 á 1833: hoy posee esta
obra, si bien con la falta de dos tomos, la Biblioteca de la Universidad de
Zaragoza, cuyo Rector, que era el autor de este trabajo, encontró nueve
de aquellos que no poseía ni tenía registrados la Biblioteca, y escribió
además la biografía de Casamayor y el juicio crítico de sus Años políticos.
1
. 121
taxis, en Aragón hay por qué envanecerse en este
punto, pues son muchas las voces provinciales que
derivan inmediatamente del idioma del Lacio ^^K
Unas han conservado toda su estructura latina,
como lumeii-domus , arliculata, calendata, portata^
tesííficata^ exJiibita^ cancélala, exlracla^ inlamarinOy ul-
tramarino y cisterno^ forideclinatorio, paciscente y ho-
navero que, aunque tiene por su terminación aire
español, procede de la frase antigua, Bona vero
quce demandanlnr sunt hcec^ y expresa hoy como en-
tonces la lista de los bienes á que se refiere la de-
manda. Otras son idénticas, ó no han variado sino
la desinencia ó la ortografía, como apoca, apotica-
Ho, ordio, cicureSf brisa, lipona, uva, lucidario, san-
sa, comanda, excrew, convenido, pigre y motilar. Otras,
aunque un poco más desemejantes, copservan muy
visible su procedencia, como cuaderna, adimple-
mento, la Seo, coda,falenciales, oleaya. Meras, fiemo,
macelo, farinelas^ hatifulla, fahear, zaborra j faboli-
nes. Otras, en fin, aunque no de tan incuestionable
etimología, la tienen bastante lógica, y desde lue-
go mucho menos violenta de lo que suelen bus-
carla muchos etimólogos, á quienes, por lo mismo
de no poseer nosotros su caudal, no los imitaremos
ciertamente en disiparlo: tales son geta, gitar y je-
tar, áQ getare (y no áejacere, como otros suponen);
(1) Algunas son á la vez griegas, pero lo verosímil es que, pues eran
ya caudal de la lengua latina, se tomasen de ésta y no de aquéllas, tales
son: apoticario, boalar, falordia, taca, tajo, tata y algunas más; siendo pu-
ramente griegas muy pocas, como brasmar, camena, masía, fantasma, y
según un muy competente helenista, caloyo y aturar, si bien esta última
es de origen árabe en opinión del sabio Marina, y del indurare latino se-
gún la primera, pero no las últimas ediciones de la Academia.
122
lesque de viscus, fajo (y aun fascal) de fax, origen
de haz, hacinar, etc.; Jmehra derivado de opera,
que debió pasar por opra, obra y uehra, acabando
por recibir entre nosotros un sentido genérico ó
trópico; aturar, que Rosal <^í deriva de oUurare; em-
herar acaso de ver, primavera, por empezar á colo-
rear entonces algunas frutas, como se dice agostar
al marchitarse de las plantas; exárico de exaro;
concieto, de conceptus^ deseo concebido; muñido, de
monere^ avisar, citar, obligar á comparecer; vellute-
To, de vellus^ lana; trincar de trincare^ beber, dar
muestras de regocijo; encante, de in cantu; amosta,
de amia manu hausta, según Monláu; tastar de tac-
tns; mtcesOj de morsus; vencejo, de vi7iculus; rufo, tal
vez de rufus, rubio; teruelo acaso de textula^ tejuela
con que en lo antiguo se votaba; caritatero, proba-
blemente de cJiaritas^ á juzgar por el objeto de
aquel cargo, que suponemos equivalente al de li-
mosnero; haste^ quizá de lastaga^ transporte, ó de
lasterna, litera; calamonar, no muy extraño á cala-
menthum^ hierba; bando, que puede provenir de pan-
do, siendo tan conformes las dos letras labiales en
que se diferencian ambas voces; luquete, á luce, co-
cí) El Dr. Francisco del Rosal, médico, nació en Córdoba, estudió en
Salamanca y escribió varias obras, entre ellas Origen y etimología de la
lengua castellana que dividió en cuatro alfabetos: el l.o de vocablos
castellanos, el 2.o de nombres propios de lugares y personas, el 3. o de re-
franes y fórmulas y el 4. o razón y causa de algunas costumbres y opinio-
nes recibidas. La licencia para imprimir esta obra se expidió por diez
años en 26 de Octubre de 1601, pero no habiéndose impreso la obra, el
autor pudo añadirla con los datos de la de Aldrete 1606 y la de Covarru-
bias 1610. Fray Miguel Zurita, cronista general de. Agustinos recoletos y
Académico correspondiente déla Historia, emprendió, con destino á esta
Corporación sabia, la copia de los Alfabetos y la biografía de Rosal, en
cuyo trabajo, que hoy guarda inédito la Academia, le alentaron Campo-
manes, Rayer, Masdéu, Abad y Lasierra, Rodríguez de Castro y D. Renito
Gayoso.
123
mo dice Rosal, aunque esa palabra no la incluye la
Academa como aragonesa, sino como castellana.
Otra de las más copiosas fuentes de donde el
idioma español ha tomado un gran número de
palabras, es la lengua árabe, que, correspon-
diendo á una civilización muy adelantada sobre
todas las de Europa, hubo de forzarnos á admi-
tir, con sus raros conocimientos ei^las ciencias y
artes, las voces que servían á desarrollarlos. No
se habló en Aragón aquel idioma como en otras
provincias, y es que tampoco no fué tan larga
la dominación árabe, reconquistada Zaragoza
en 1118 y Valencia (por Don Jaime) en 1238; pero
fuélo todavía lo bastante para imprimirnos su in-
fluencia; y sobre todo nos impusieron los árabes
en adelante, aun después de sometidos, ese suave
yugo que, por lo mismo de no ser impuesto á la
violencia, sino en el seno de la paz, es, no sólo más
duradero, pero aun tan honroso á los conquista-
dos como á los conquistadores. Todavía subsis-
ten, sobre todo en Valencia, pero también en Ara-
gón y aun en Navarra, y claro es que en muchos
otros puntos de España aun sin contar la Anda-
lucía, prácticas agrícolas, costumbres indelebles,
restos del traje, calles y barrios, y principalmente
muchos vocablos de la lengua árabe con que la
nuestra ha venido á enriquecerse.
Sobre las voces que son generales á toda Espa-
ña, y que Marina enumera cuidadosamente hasta
formar un catálogo de cerca de mil quinientas, si
bien algunas de origen griego ú oriental, pero
124
siempre transmitidas á nosotros por los árabes,
tiene Aragón otras propias, de las cuales citaremos
ajada^ ajadóriy alamin, alberge, albarán, alcohol^ al-
farda^ algorín, almenara, almud, almudi, amelgar,
antibo (de anteba, hincharse), arcaz, arguello, ama,
a¿urar^^\ badal, bailio, barreño, bocal, boto, bucarán,
er aje, gaya, gafete, jauto y jebe, jeto ^ jimenzar ^ lapo,
márfega, márraga, mossén, rafalla, rafe, sirga y za-
frán; á las cuales no dudamos en agregar las in-
vestigadas á ruego nuestro por un competente
amigo (2), de entre los cuales son incuestionable-
mente árabes, según sus informes razonados, al-
guaza, alquinioy antosta, badina, bahurrero, cabidar,
capleta, charada, fardacho y fizón, maigar, tabarda,
tria, zaborra y zalear-, muy verosímiles alfarrazar,
alacet, arcén, buega, cija, libón y liza, y algún tanto
dudosas, abollón, aribol, batueco, bistreta, boira, cara-
mullo, cibiaca, cocón, cospillo, cudujón,fejudo, fres,
güellas, jasco, lillas, par dina y pocho.
En cuanto á la influencia provenzal, con decir
que se sintió más ó menos aun en Castilla, no
puede sorprender que en Aragón fuese extraor-
dinaria, y lo admirable es, pero no menos cierto,
que aquí no resultase un dialecto como el catalán
ó valenciano, y que alcanzara á conservarse el
idioma español, nacido como en Castilla pero in-
(1) Así como axobar, que según el mismo Marina en su posterior y
eruditísimo Ensayo histórico crítico sobre la legislación antigua, se escri-
be ajovar en los Usatges de Barcelona y assuvar en el fuero de Alcalá,
que es quien conservó en su integridad la etimología árabe.
(2) D. Mariano Viscasillas, persona que en sus pocos años posee co-
nocimientos no comunes en los idiomas sabios y orientales.
125
dependientemente de Castilla, y perfeccionado
lentamente, no sin alguna intervención castellana,
pero desde luego con más y mejores aunque no
muy aprovechados elementos.
El profesor D. Braulio Foz escribía en la Revis-
ta de Cataluña que el catalán literario era el de al-
gunos pueblos entre el Cinca y el Segre, especial-
mente en Tamarite, y aun el de pueblos de la Tie-
rra-baja entre Cataluña y Valencia, habiendo sido
sus pobladores (después de la Reconquista) ara-
goneses de llanos y montañas, catalanes de las ri-
beras del Segre y aun del centro de Cataluña y
algunos antiguos pobladores.
El mismo Sr. Foz publicó con algunas adiciones
un compendio de la Historia de Aragón, hecho con
esmero por A. S. (D. Antonio Sas), y en él, al tra-
tar de la conquista de Valencia por el gran rey
Don Jaime, se consigna que éste dio fueros en su
lengua materna, que era la lemosina, por creer
que aquel lenguaje llano aunque grosero sería del
vulgo mejor entendido que la extrañeza y varie-
dad de las otras lenguas de España, á pesar de
que los aragoneses auxiliares de aquella memora-
ble empresa habían reclamado que aquellas leyes
se redactasen en la lengua aragonesa, «porque ésta,
además de ser común á todas las de España don-
de los romanos introdujeron su lenguaje, como
para los aragoneses pusieron escuelas en la ciu-
dad de Huesca, la habían aprendido con mucha
curiosidad y conservádola menos incorrecta».
El Sr. Pers y Ramona, que se ha ocupado bas-
126
tante en este punto, y que preparaba una Historia
de la lengua y literatura catalana, nos escribía que
él había de presentar ochocientas voces que, sin
ser latinas, pertenecieron á un tiempo á seis de
las lenguas neolatinas, y que, siguiendo á Rey-
nouard, había de probar que quizá los idiomas vul-
gares fueron anteriores al latín mismo: añadía que
una cuarta parte de las voces aragonesas eran
puramente catalanas, para lo cual citaba emhafar^
embastar^ empenta^ bresca, esparver, esma, esmuñirse,
espartar, espatarrarse, esquirol, estalonar, dot, brisa,
brocaly barraly alberge, á las horas ^ censal, encant, en-
cantar, escañarse, esclafar, escopetada, escorxar escu-
pinada, tria, gitar y fregadera. En todo nos pare-
ce que hay algo de exageración, nacida de amor
patrio: nosotros, más parcos, diremos que, hacien-
do fondo común de las voces puramente lemosi-
nas y de las catalanas, tenemos principalmente de
éstas buen número, siéndonos perfectamente co-
munes amosta, baga, banova, barral, botiga, braga,
bresca, corear, embafar, empentar, escálfela, escali-
bar, esclafar, esgarrifarse, falca, fuina, gallofa, gar-
ba, garraspa, ginjol, gosar, greuge, madrilla, mas,
mascara, por guesas, pudor, puma, quera, á ran, sir-
ga, taca, iastar, tongada, trena, trucar, veguero, veta,
y, según puede verse en Raynouard ^^^ adobar, atu-
(1) En su Lexique román, París 1836 á 1844, seis volúmenes, el primero
de los cuales contiene, después de unas Investigaciones filosóficas, una
Gramniaire romaine y varias poesías provenzales; los siguientes, un Dic-
tíonaire de la langue des troubadours comparée avec les autres langues de
V Europe latine, y el últimojun vocabulario alfabético délas mismas voces,
para poder encontrar las del Diccionario de autoridades que se encuen-
tran calificadas por familias.
127
rar^ horda^ geiar^ rosigar^ tetar, y alguna otra; y
también son comunes al aragonés y al catalán,
aunque aquél les ha dado desinencia ó pronuncia-
ción castellanas, ajordar, calage, calibo, fiter o, güito,
manifacero, masohero, tinelo, trespontin, etc., y lo son
también, ó por su raíz ó por su semejanza, argadi-
llo, cuquera, espenjador,fosqueta, garra mpa, milocJia,
y alguna otra.
Algunas de estas palabras pertenecen también
á los otros idiomas neo-latinos, no siendo fácil
decidir si fueron elaboradas á un mismo tiempo,
ni en caso contrario de qué parte estuvo la pre-
cedencia; pero de todos modos es lo cierto que
tastar, por ejemplo, es común á los idiomas ara-
gonés, catalán, francés é italiano, que hotiga y
gingol, traspontín y aun falordia lo son á los tres
primeros, que fuina, muir, taca y aun escalfeta lo
son al aragonés, al catalán y al italiano. En cuanto
á las semejanzas del aragonés con el francés ó el
italiano pueden citarse, respecto á éste, gratar,
chemecar, falaguera (de follegiare), y aun hadal y
picota; y respecto á aquél, acoplar, aguaitar (de
guetterj, alberge, argent, hecardón, chápetele, empa-
char, esparvel (de épervier), fuina, guipar (de güepe
abispa), manchar, mazonero, niquitoso (de ñique
mueosi), planzón, pocha, pochada, y algunas otras
como gallón, que la Academia escribe gasón, tal
vez por aproximarla al gazon francés, y mascar ar
que, desusado hoy por ellos, mas no por nosotros,
usó sin embargo Rabelais en «(Gargantúa) se
"mascar oyt le nez>.
128
Expuesto ya, si bien concisamente y sin exten-
dernos á observaciones panegíricas, lo más pre-
ciso de saber para la inteligencia del habla ara-
gonesa en lo tocante á su historia, su etimología,
su propiedad y aun sus ventajas, seguramente
que completaría en gran parte nuestro trabajo la
exposición de los modismos, frases ó refranes pe-
culiares de Aragón; pero nos ha retraído de esta
idea, no sólo la dificultad de llevarla á cabo con
algún acierto, sino la consideración do que aque-
llas maneras usuales de decir no alteran en nada
el idioma castellano, ni difieren (si no es en los
pueblos del Somontano) (^> de la sintaxis común,
ni marcau ninguna genialidad aragonesa, ni son
otra cosa que combinaciones de las sin número
que permite un idioma, y que todos los días crea
el gusto ó la improvisación individual.
Todavía incluimos, sin embargo, en nuestro Dic-
cionario algunas maneras provinciales, escogidas
como de más corriente y general uso. Entre ellas
no pueden tener cabida las que se apoyan en
nombres propios, porque eso sería faltar á una
especie de regla lexicológica; pero, en nuestro
deseo de que nada importante se ignore, hasta
donde nosotros podamos investigarlo, agrupa-
remos aquí las no muchas pero muy curiosas
locuciones de este género que para esta ocasión y
lugar hemos apuntado: — Con Don Antón te topes,
(1) La parte oriental de Huesca y la occidental y septentrional de Bar-
bastro, que generalmente se llaman en el país Semontano de Huesca y
Semontano de Barbastro.
129
á guisa de maldición, en recuerdo de D. Antonio
de Luna que asesinó al arzobispo de Zaragoza en
los disturbios promovidos por el conde de Urgel,
pretendiente de la corona vacante en Aragón
ante el Parlamento de Caspe; Ya se murió el rey
Don Juan, frase proverbial alusiva al pródigo Don
Juan n y dirigida contra los ambiciosos de mer-
cedes; Que viene Vargas, expresión con que se
asusta á los niños, desde la jornada funesta en que
aquél mandó prender y decapitar á Lanuza, de or-
den de Felipe II; Viejo como las bragas de Fr. Pe-
dro y sabido como el chiste de Saputo, modismos
que vemos reunidos en una poesía manuscrita
recogida por Lezaún, siendo tradicional la idea
de Pedro Saputo desde el siglo xvii í^^; Más listo
que Cardona, como alusión al vizconde de este
título, que, cuando su grande amigo el infante don
Fernando fué mandado matar por el rey su her-
mano en 1363, huyó precipitadamente desde Cas-
tellón á Cardona, pasando el Ebro por Amposta;
Más feo que Tito, corrupción de Picio; Peor que
(1) Sobre él ha escrito D. B. Foz una novela al gusto clásico y pica-
resco, y los versos á que aludimos en el texto son los siguientes:
Las comedias que aquí nos representan
se hicieron en el año del diluvio;
más viejas que las bragas de Fr. Pedro,
más sabidas que el chiste de Saputo.
En cuanto á la locución que ponemos en pos de ésta, debemos decir
que en Castilla se toma á Cardona en sentido de discreto: en un escritor
hemos leído «que ni Cardona con ser tan listo, podía adivinar»; en otro
«usted es un joven más listo que el mismo Cardona y más sabio que
Briján»; en otro «el arte de hacer fortuna sabe mejor que Cardona»; pero
Hartzenbusch en El Niño desobediente dice, «para ir á obedecerla más
listo que Cardona»: Trucha ha escrito un cuento denominado £Z más listo
que Cardona, título que dejó en español Mr. Latour, porque dijo que no
sabía cómo traducirlo.
iSO
Geta, quizá degeneración de Gestas; Tiene más que
Zaporta, cuya esplendidez se conserva en Zara-
goza en el palacio monumental de su nombre, que
después se llamó de la Infanta por haberlo habi-
tado la esposa del infante D. Luis; Más malo que
Piván; Más célebre que Barceló por la mar, con
alusión al mallorquín Barceló, famoso en el siglo
pasado; Ser un Fierrahrás, tomado de Fier a hras,
personaje caballeresco; Sabe más que Briján, por
Bricán, nigromante ó hechicero como Merlín, se-
gún Milá; Más caro que el salmón de Alagan; En
donde Cristo dio las tres voces, denotando un paraje
extraviado ó lejano; Irse por Valde-Gurriana, por
desviarse del camino natural, en el juego, en la
conversación ó de otra manera; Más duro que el
pie de Cristo, lo cual se aplica á cosas materiales
como el pan, el queso, etc.; Llamar á Cachano con
dos tejas, por querer un imposible ó apelar á quien
no puede socorrernos; Llover más agua que cuando
enterraron á Zafra, en que la traducción exage-
rada dice que el ataúd iba sobrenadando; Salir de
Herrera y entrar en Carbonera, 6 ir de mal en
peor, ó caer de un peligro en otro; Grande como
el cantal de Alcorisa 6 como la bola de San Ildefon-
so, esto último cuando se refiere á alguna patraña
ó á cosa de poco tamaño absoluto; Llano como la
sala de San Jorge, con alusión al salón principal
déla antigua Diputación (i^; El secreto de Aguilar,
que la Academia dice de Anchuelo; El Tonto de
(1) Posteriormente Audiencia; después destruido por los franceses en
los sitios; y hoy Seminario Conciliar.
131
Ateca; El Bruto de Alfocea; Perdido como Carra-
cuca, en sentido de no tener salvación; Es que
empuja Ferena, con alusión al Coronel de este
nombre, que operaba hacia la parte de Huesca
durante los sitios de Zaragoza, y á quien atribuían
candidamente que empujaba á los franceses, cuan-
do éstos iban apretando el asedio; Justicia de Al-
mudévar, con que se designa la ley del embudo ó
del encaje, si bien en su origen tradicional no
tuvo ese significado, pues se cuenta la fábula
de que, condenado á muerte el herrero único del
pueblo, se sacrificó en su lugar á un tejedor,
porque en el pueblo todavía quedaba otro de su
oficio; Pinta de Juslihol, que se aplica á varias
cosas, pero quizá proceda de los melones que de
allí son famosos; Más tonto que Pichóte; Suelta
como la vaca de Boque, para motejar á la mujer
demasiado independiente ó que no va acompa-
ñada como debe; No dijo más Modrego á su amo,
que se aplica al que contesta descortés y lacónica-
mente en sentido negativo; Judio de la maza, que
se dice como punto de comparación para muchas
frases, por ejemplo, «es capaz de casarse con el
judío de la maza>; De Miguel de Arcos, que se em-
plea en sentido favorable para muchas cosas, por
ejemplo, para una jugada buena; Sol de Milán,
que hoy ya no suele aplicarse sino como parte de
ese rico vocabulario, con que las madres acari-
cian á sus hijos, pero que antes se aplicaba tam-
bién á las mujeres, y parece que tomó origen de
la marquesa de Lazan, á quien, por su sobresa-
132
líente hermosura y por su patria, se calificó á
fines del siglo pasado con aquel epíteto; La Maza
de Fraga, que se emplea muchas veces para repre-
sentar que le cayó á uno un peso insoportable; Ir
con la esquina de los caracoles, con alusión á una
calle de Zaragoza, y en significación de que un
reloj ó cualquiera otra cosa marchan mal ó no son
fidedignos; Ser de los del Gancho, refiriéndose al
de San Pablo, hoz ó cuchilla corva de su pendón
parroquial, para manifestar que uno es aragonés
legítimo en sus cualidades de testarudez y dureza;
Estar escondido como él tío Salero, esto es, en me-
dio de la plaza; la Campana Valer a, así llamada la
principal de la Seo de Zaragoza por estar dedi-
cada á San Valero, y sirve de comparación en
muchas frases en sentido de abultar una cosa ó
de tratar de celebrarla; y, en fin, dando ya punta
en esto para no hacerlo interminable, Ya viene
Martinico, para indicar que va entrando el sueño
á los niños, sobre cuya frase nos ocurre añadir
que en el Libro de Patronio, el diablo dice á uno,
que en los apuros le llame con las palabras «aco-
rredme, D. Martín»: en los Viajes de Marco
Polo, 1519, se llama Martín al diablo y en algunas
provincias de España se llama á los duendes
Martinico.
En lo que sí queremos detenernos algún tanto
es en el gracioso diminutivo en ico, que considera-
mos más bien como un modismo que como una
palabra, y que, si bien es manera de hablar muy
castellana y aun no considerada como arcaísmo
13S
por el Diccionario de la lengua, pero es desusada
y aun ridicula entre los castellanos, al paso que
muy general en todas las clases sociales de Ara-
gón y de Navarra. Y decimos que muy general,
porque hemos de confesar que un gran número de
palabras de las que hemos citado como aragone-
sas, y por ventura las más interesantes, como caly
aturar^ amprar y muchísimas otras, ya no se con-
servan sino entre las clases ínfimas del pueblo,
que también acá ha cundido entre las personas
cultas el desdén hacia nuestras bellezas provincia-
les; pero el diminutivo de que hablamos es uni-
versal, y ya no depende de la educación sino del
nacimiento.
El idioma español, rico en los diminutivos cual
ningún otro, y desde luego muchísimo más que
el hebreo, el árabe, el griego y aun el latín y el
italiano, como que reúne más de treinta diversas
terminaciones (i), habiendo palabra que permite
ella sola doce desinencias, claro es que no aplica
todas esas variantes ó aumentos de final á todas
las palabras, antes se conforma con lo que cada
una permite ^2) . mas en medio de ser esto cier-
(1) ¿Qué lengua puede, en efecto, presentar, sin sus diminutivos irre-
gulares y subderivados, que no son pocos en la española, las variadí-
simas desinencias de palmadica, vientecillo, bonito, palomino, cobertizo,
escobajo, añalejo, ballenato, viborezno, meseta, florete, islote, pobreto, Jua-
nitico ^que dice Rueda), acertijo, partija, campanil, Maruja, panoja, frai-
luco, molécula, minúsculo, trastuelo, Manolo, langostín, limpión, hilacha,
boliche, casucha, lenducho, libraco, partida, y tal vez alguna otra que sin
dificultad habrá escapado á nuestra diligencia? ¿Qué idoma presenta so-
lare un solo nombre las variantes de librico, librillo, líbrete, libretillo, libre-
tón, libraco, librin, libracho, librejo y librecillo, así como las doce que co-
múnmente se citan sobre el adjetivo chico, ya diminutivo.
(2) Hay palabras, por ejemplo demonio, que, porque han de duplicar
enfadosamente la i, no sufren también los diminutivos en ico, illo, ito
134
to, las en ico, en illo y en ito son terminaciones ge-
nerales que se aplican indistintamente á casi todos
los nombres, habiendo entre ellas una verdadera
sinonimia.
Pero el diminutivo en ico tiene dos ventajas in-
contestables, el uso preferente que de él hicieron
los padres de la lengua, y su significación especial
é intrínsecamente distinta de los de otras termina-
ciones. En los escritores de nuestros orígenes»
sobre cuyos sencillos versos parece que vagaba,
como una fresca brisa sobre las plantas silvestres,
el ambiente de la naturalidad, era el diminutivo
en ico el que dominaba en la expresión de los
afectos ó las apreciaciones, y por eso es tan gene-
ral en la poesía popular y en la familiar de poste-
riores tiempos.
¡Qué bien dicho está en una farsa de Lucas Fer-
nández,
¡Oh, pastorcico serrano!
¿viste, hermano,
un caballero pasar?;
y en un romance sobre el moro Calaínos,
Bien vengáis, el francesico,
de Francia la natural?
¡Cuan propio es de la poesía de Castillejo, último
trovador de los amores y la sátira, paladín de la
poesía nacional contra los petrarquistas, contra los
como el agraciado en ejo: hay otras que tienen diminutivos de preferen-
cia para evitar confusión con los homónimos de los otros, como hora
que admite horita y horica, pero no horilla ni horeja que, si no en la es-
critura, tienen otro significado en la pronunciación: hay, finalmente,
provincias que tienen predilección á determinados dim.inutivos, coma
las de Aragón á los terminados en ico.
135
luteranos como él decía, cuan propios son de aque-
lla poesía fácil y sentida aquellos versos, ya per-
tenecientes á una época muy adelantada, en que
se pinta con gracia inimitable á un vizcaíno borra-
cho, metamorfoseado en mosquito,
tuvo con esto á la par
una risica donosa,
las piernas se le mudaron
en unas zanquitas chicas,
los brazos en dos alicas,
dos cornecicos por cejas!
jQué bien sienta en Rodrigo de Cota ó Juan de
Mena, ó quienquiera que escribiese ^^^ la primi-
tiva Celestina (que nosotros no hemos de desatar
nuestras dudas como el editor de Barcelona que
atribuyó á aquellos dos tan admirable obra); qué
bien sienta aquella aglomeración graciosa de di-
minutivos, «nezuelo, loquito, angélico, perlica,
simplecico, lobitos en tal gestico, llégate acá, pu-
tico, etc.!» ¡Qué encanto hay en aquellas deleita-
bles fontecicas de filosofía^ que nos dice Fernando
de Rojas! ¡Qué espontaneidad tan amorosa en
Fray Luis de Granada, el pollico que nace luego, se
pone debajo de las alas de la gallina.,, y lo mismo
hace el corderico; en Mendoza, las mañanicas de
verano á refrescar y almorzar; en Santa Teresa,
al primer airecico de persecución se pierden estas
florecicas; en Guevara, ló demás que callandico me
pedístes en la oreja, etc.; en Avila, cuando aconse-
ja conservar esta centellica del celestial fuego; en
(1) Que la Celestina no es de Juan de Mena, de quien en efecto no lo
parece, lo prueba, entre otros, N. Antonio.
136
Lope, para quien la constelación de San Telmo
era una estrellica como un diamantel (^) ¡Qué difí-
ciles son de mejorar aquellas, tajadicas suhtiles de
carne de membrillo, con que se atendía á la vora-
cidad plebeya de Sancho el Gobernador, aquellos
zapaticos para sus hijos, que echaba de menos su
mujer, y entre muchos pasajes de la Gitanüla de
Madrid, aquel Preciosica, canta el romance que
aquí va porque es muy bueno!; y ¡cuan superior es
en la misma novela, aquel cabo de Romance ^2), Gi-
tánica, que de hermosa te pueden dar parabienes, so-
bre el que le sigue, Hermosita, hermosita, la de las
manos de plata! ¡Qué tono de familiaridad, en
aquella carta del Caballero de la Tenaza, ahora
es, y aun no acabo de santiguarme de la nota del
billetico de esta mañana í^); en aquello de Rueda,
ganosico vienes de burlas; en aquello de Cervantes,
haciéndose algún tanto atrás, tomó una corridica!
Y viniendo todavía más á nuestros tiempos,
(1) En un ligero Estudio que el autor de esta Memoria consagró, no
ha mucho, á los diminutivos y sobre todo al terminado en ico, citó ade-
más de estas autoridades, á Luna, Timoneda, Jáuregui, Quevedo, Calde-
rón, Moreto, Iglesias y Miñano; pudiendo ofrecerse otras muchas, sin
más dificultad que la de abrir nuestros clásicos; pero hoy difícilmente
se lee y rarísima ó ninguna vez se oye en Madrid, aunque sí en León,
Zamora, Valladolid y Falencia, pero en ninguna parte, tan de asiento
como en Aragón.
(2) Romance se llama (y romance debe llamarse) aquella agradable
composición de Cervantes, por más que se halle escrita en redondillas.
En efecto, además de su ligereza y de su aire cantable y popular, que es
lo que constituye su fondo, de donde toma nombre, no hay sino abrir el
Romancero español en donde se verán, junto al monorrimo caracte-
rístico del romance, la redondilla, la quintilla, el pie quebrado y otras
combinaciones métricas.
(3) En el P. Isla, es muy frecuente ese diminutivo, y pudieran citarse
de él muchos pasajes, sin salir de sus famosas Cartas de Juan de la Enci-
na, como el *casico curioso de aquella dama púdica» que no consiente la
última edición de la Academia.
137
cuando la lengua y la poesía tocaban el último
grado de la perfección, el principio ya de su in-
minente decadencia, léanse nuestros grandes poe-
tas dramáticos y líricos, y veremos que, cuando
el asunto les consiente cierta familiaridad, prefie-
ren el icOj para denotarla más fielmente, como en
los versos de Calderón,
La ropilla ancha de espaldas;
derribadica de hombros,
y redondica de falda;
como en Moreto, en quien todavía resulta más
terminantemente nuestro aserto, cuando entre sus
personajes de Trampa adelante pone á Jusepico
y Manuelico pages, á la manera de Quevedo que
llama Fabucos al héroe de su novela el Buscón ^^\
Tan admitido era entre los más serios escritores
aquel diminutivo, que en el testamento (verdade-
ro ó falso) del Brócense, el cual inserta é impugna
con su exquisito natural buen juicio el señor Mar-
qués de Morante, en la excelente vida de aquel
humanista publicada como apéndice al tomo V
de su Catálogo, hay una cláusula que dice: «7¿em,
Mando á Antonita mi nieta el mi lignum crucis con
su cristalico y las seis esmeraldas de que está cer-
cado >; y, lo que es más reparable, Oovarrubias,
cuyo lenguaje didáctico parece que había de ex-
cluir todo diminutivo, dice, al explicar (bien ridi-
culamente por cierto) la etimología del gavilán,
(1) Algunos personajes han pasado á la historia con ese diminutivo
de su nombre, como Artalico de Alagón, á quien dan á conocer de ese
modo, Zurita, Blancas, Carbonell y otros autores.
138
cuasi gavilán^ por la astucia y sutileza con que hace
presa en las avecicas; cuya frase le copia y prohija
la Academia en la primera y más completa impre-
sión de su Diccionario (^).
Y para que se vea con otro género de prueba,
la importancia que tuvo ese diminutivo, obsérvese
que hay palabras, de que no ha quedado, según
la Academia, sino el diminutivo en ico; por ejem-
plo: bolsico, calecico, doselico, farandulica, sonetico^
fuellecico y zamarrico, á las cuales pueden añadir-
se las locuciones y refranes veranico de San Mar-
tin, mañanicas de Abril buenas son de dormir, Ro-
mero ahito saca zatico, etc.; hay algunas que no
admiten otro que él, como Perico, borrico, gemidi-
eos y lloramicos, y sobre todo abanico, diminutivo
de abano (voz anticuada que se lee en el romance
1860 de la Colección Duran) y único usual, por
más que en El Premio del bien hablar (2) de Lope
de Vega (acto in, escena 2.*) se lea abanillo, que
según la Academia significa cosa bien distinta;
hay otras cuyo diminutivo saca aparte la Aca-
demia, como retratico, risica y relojico; y hay otras
que han venido á determinar una nueva significa-
ción, perdiendo absolutamente la diminutiva, como
acerico, pellico, vélico, villancico, farolico (en sentido
(1) Todavía en la última (1852) se ve usado, aunque escasamente, el
diminutivo de que hablamos; nosotros lo hemos sorprendido en la defi-
nición de la palabra poro, que es "agujerico ó hueco que deja la naturale-
za entre las partes de cualquier cuerpo, etc.», y en la de pierna, que «en
el arte de escribir se llama el palico que va hacia abajo y compone algu-
nas letras como en la m y la n».
(2) á cuyas flores servía
de abanillo, el manso viento.
139
de hierba), fraüecico (en el doble de ave y pieza
del torno de la seda), besicos de monja (en el de
planta), palmadica (en el de baile), y tal vez espa-
cico, sinónimo de aciago en los antiguos escritores.
La segunda ventaja que abona el uso del dimi-
nutivo en cOy es su particular significación, pues
aunque parecen sinónimos los en ico, illo é ito, que
la Academia agrupa, concediendo la elección al
buen gusto del escritor, es lo cierto que el diminu-
tivo aragonés (permítasenos esta frase) tiene dos
diferencias con aquellos otros; una que podemos
llamar gramatical y otra moral, una que se resuel-
ve como todas las cuestiones de sinónimos, otra
que tiene relación con el carácter del país, en que
principalmente se conserva generalizado, aquel
diminutivo. La diferencia gramatical, á la verdad
no muy marcada, desde que la supresión del di-
minutivo en ico ha refundido en los otros su ver-
dadero significado, consiste, en que la terminación
en illo tiende visiblemente al desprecio, al achi-
camiento voluntario de un objeto, por ejemplo,
chiquillo, capitancillo; la en ito tiene algunas veces
carácter depresivo y no pocas denota cierta re-
pugnante hipocresía, como se observa por ejem-
plo en las frases ¡tiene una risita!, ¡la mosquita
muerta!; la en ico demuestra cariño ó predilección,
siendo á lo menos un aditamento inofensivo, como
nos lo declara prácticamente el ejemplo que lle-
vamos citado de la Celestina, en el cual se ve que
prepondera aquella expresiva terminación para
la alabanza, angélico^ perlica, simplecica^ gestico, y
140
se reservan otras para lo que puede indicar de-
tracción, como nezuelo, loquito y lohitos. En cuanto
á la diferencia moral, estriba en que el diminuti-
vo en ico representa el lenguaje de la familiari-
dad, de la conversación, de la intimidad, y por
decirlo así, de la buena fe, fuera del cual apunta
en cierta manera el estudio, el disimulo, la descon-
fianza, la reserva, la falta de espontaneidad.
Hemos expuesto, sucintamente algunas veces, y
otras con mayor difusión, los caracteres esencia-
les del idioma aragonés, mal apreciado en gene-
ral, tan poco estudiado aun por los mismos ara-
goneses, pero tan digno de un examen todavía
más lato, que el que le hemos consagrado. Las
fuentes de donde procede, que son las más puras;
la respetuosa conservación de voces latinas, y
sobre todo de españolas antiguas; la asimilación
que se ha procurado, parca y atinadamente, con
las arábigas y lemosinas; la suma de las palabras
técnicas, compuestas, derivadas y aun onomató-
picas, en todo conformes con el carácter de la len-
gua española; la expresión genial, candorosa y fácil
que distingue á muchos de sus vocablos y á no
pocos de sus modismos; todo contribuye á darle
un conjunto inexplicable de belleza que, si no se
ha beneficiado todo lo posible, consiste en que la
sumisión aragonesa y la tiranía castellana, puede
decirse que han concurrido á eliminar de la litera-
tura los elementos más útiles del idioma aragonés,
que viene á ser una variante, cuando no un com-
plemento, del impropiamente llamado castellano.
141
De las ventajas que á este mismo lleva, algo es
lo que ya tenemos indicado, pero todavía pode-
mcfe añadir tal cual observación, que se compa-
dece muy bien con nuestro objeto.
D. Fermín Caballero, en un breve artículo de
periódico en que trata del lenguaje aragonés, ma-
nifestó que hasta en la eufonía y en la acción ó
ademán se revelaba el carácter resuelto y franco
de los aragoneses; elogió las locuciones desliza-
das, rápidas y casi sincopadas, citando (llevado
de sus aficiones geográficas) algunos pueblos de
nombre esdrújulo y las palabras hánova, márfega,
apoca, rónego, tápara, múrgula, tubera, márraga y
házaro (pero estas dos son españolas); y señaló
carnerario como natural y claro; botinflado, predi-
cadera y sacafuegos (éste español) como expre-
sivos; racimar, pozalear y arquimesa como buenos;
frontinazo como irreemplazable; y ternasco como
diferente de recental, pues éste sólo marca la edad
y aquél determina su naturaleza comestible. Mu-
cho hay que admirar, en efecto, en el lenguaje
aragonés.
Hay palabras como ababol, que, no desmere-
ciendo en suavidad de sus respectivas castellanas,
obedecen más á su etimología: hay otras, como
abortin, que conforman mejor con el genio de la
lengua, si bien ya sabemos que por uno de los
muchos secretos de la española, los diminutivos
tienen á veces desinencia aumentativa (á la hebrea
y griega) como sucede en anadón y liebratón, ver-
dadera antítesis de otros, como tordella, que es
U2
aumentativo; hay otras, como remoldar, que son
más concretas, pues en ese mismo ejemplo vemos
que Castilla hace sinónimos á remoldar y podar,
mientras en Aragón lo uno se refiere á los árboles
y lo otro á las vides; hay otras como cortada y
htievatera, muy superiores á sus análogas corte y
huevera, que en castellano son ambiguas y confu-
sas por sus diversas significaciones: otras que
tienen más conformidad con la lengua madre,
como uva, que responde en Cicerón y en Fedro,
como entre los aragoneses, á la idea castellana de
racimo; que en Columela todavía expresa el que
forman de sus propios cuerpos las abejas; y que
en Virgilio tiene la más general significación de
cepa ó vid, fert uva racemos: hay otras sutilísimas,
como respetudo y gobernudo, que denotan, no ya la
idea respectiva propia de esa terminación, sino
una especie de falsa importancia, pues respetudo
quiere decir el que inspira cierto infundado res-
peto, no por lo que es en sí, sino por su edad, su
figura y su entonación oraculosa, y gobernudo, no
el que es realmente metódico y ordenado, sino el
que bulle mucho y parece estar en todo, aunque
positivamente no tenga tanto gobierno, como agi-
lidad y movimiento: hay otras dotadas de gran
propiedad y de muy buenas condiciones eufóni-
cas, como agüera, alud, asnada, brisa, caloyo, era-
je, jugadero, mejana, lloradera, redolino, ternasco ^^^
(1) Esta voz fué la que dio origen al Ensayo de Peralta, único aunque
incompleto Diccionario aragonés que conocemos. Habíase provisto el
autor, contra la irreflexiva intolerancia de la corte, con un catálogo
de 150 voces vitandas, que le facilitó un celoso amigo; pero escapósele, á
143
y vulturino: hay otras de excelente composición,
como aguacibera, aguallevado^ ajoarriero, ajolio,
alicortado, hotinflado, cahecequia, malbusca, mata-
cabra y matacán, que no puede rehusar ningún
gramático: hay otras perfectamente significativas
y en igual grado concisas y aun irreemplazables,
como los verbos al f arrazar, amprar, antecoger^
atreudar, bolsear, ceprenar, chemecar, entrecavar,
favear, malvar; y otras, que son de composición
castellana, con cierta libertad francesa. A todas las
cuales, que de suyo no tienen equivalencia en
castellano, hay que añadir, porque tampoco no la
tienen exacta, las palabras alfarda, almenara^
amelgar, amosta, antipoca, antor, apercazar, apu-
radamente, atrazo, axobar, bimardo, borroso, boto,
brazal, cabecero, capacear, capleta, cenero, cerpa,
pesar de esta prevención, la palabra ternasco, y la graciosa burla con
que fué saludada, le determinó á escribir aquella obrita, que en ade-
lante utilizó Domínguez para su Diccionario, así como Mellado para su
Enciclopedia. Lo que decimos, de ser el de Peralta el único Diccionario,
merece un poco de rectificación ó ampliación. D. Francisco Escuder,
D. José Siesso de Bolea y D. Blas Antonio Nasarre, introdujeron en el
Diccionario de la Academia, con su carácter de individuos de aquel
cuerpo, los aragonesismos que en él se leen; pero, dicho sea en paz de
la Academia, poco ha mejorado ésta esa parte de su obra, en los ciento
cincuenta años que ha tenido para estudiarla, y no obstante el auxilio
que nosotros le hemos ofrecido con la primera edición de nuestro Dic-
cionario, publicada en 1850, la cual pudo aprovechar para la última del
suyo, que es de 1869: el beneficiado D. Tomás Pascual Azpeitia, también
académico, extractó autoridades de voces aragonesas tomadas de los
Fueros: D. José del Rey, natural de Jaca, escribió en 1738 Ortografía cas-
tellana y aragonesa: D. Francisco de Paula Roa escribió, según Latassa,
un Diccionario aragonés en dos tomos, formado con las palabras extra-
ñas de los Fueros, obra que no sería tan abultada como la describe La-
tassa, el cual, para calificar los libros, solía verlos con cristales de au-
mento: D. José Siesso y Bolea, autor de varias obras, que en general se
conservan manuscritas, entre ellas un Diccionario español etimológico,
escribió uno de voces provinciales de Aragón, también con destino á la
Academia (Biblioteca nacional a. 176). Pero entre tantos autores, nunca
ha llegado esa Corporación al número de seiscientas voces, y á veces ha
suprimido algunas caprichosamente, bautizándolas sin voluntad de
ellas, como españolas. Peralta, en fin, dio en Palma, el año 1853, una
reimpresión de su Ensayo, pero sin mejorar la primera, sobre la cual
no hay más diferencia, que una sola voz aumentada y otra suprimida.
144
convenido j correntia^ crujida, cudujón, chorraday
emberar, empeltre, encabezado, fádiga, hablada, lor-
za, mantornar, mañanada, márraga, masobero,
modoso, oleaza, panicero, picotear, racimo, rafe,
ruello, saso, tardada, taste, teruelo, terrón, tinglado,
vellutero, venora, zaborra y zancochar; todas ó casi
todas las cuales, y otras que aquí no citamos ni
definimos para prueba, como quiera que lo están
en nuestro Diccionario, debieran adoptarse como
propias en el idioma español, é igualmente las
que se citan en la Enciclopedia española í^) , ar-
tículo de España lingüistica, en cuya obra, que no
debe parecer sospechosa de provincialismo, se
defiende resueltamente al idioma aragonés y se
inculpa gravemente á los castellanos, por el ex-
clusivismo con que proceden en materias de len-
guaje, prefiriendo en muchos casos ostentar su
pobreza, más bien que adoptar de los dialectos
españoles, aquello en que éstos les superan.
Hemos terminado la tarea que nos habíamos
impuesto, á la cual vamos á dar cima, con una
sola observación. Puesto que se ha perdido litera-
riamente, aun en las márgenes del Ebro, el habla
aragonesa; puesto que lejos de perfeccionarse ni
aun conservarse estos dialectos, amenazan con-
fundirse poco á poco en el idioma general; bueno
fuera que la lengua conquistadora utilizara en be-
(1) Acapizarse, ador, aguacibera, agüera, alcobilla, amprar, andalocio,
baga, boira, buirador, cañero, correntiar, coso, casero, cuaderna, escalibar,
guajo, mayenco, miajero, pajuz, presa, presero, rebecar, trenzadera, za-
borra y aun acantalear, adula y riada, que son en realidad castellanas,
aunque notadas, como aragonesas, por Peralta.
145
neficio común, esos restos lingüísticos, que de
otro modo han de perderse, y entonces, ya que el
vocabulario aragonés, ni se conservara sino en
libros como éste ú otros de mejor desempeño, ni
sirviera sino como una curiosidad filológica, con-
tribuiría por lo menos, á enriquecer el acervo co-
mún de la sin par lengua española; y á cambio de
tantas glorias abdicadas en favor de la unidad
ibérica, conservaría Aragón la de haber mejorado
con su hermoso dialecto, el habla rica de Cer-
vantes.
I
Jí.
et¿^n¿^n€^ ^^cJotao-.
t>^í
10
VOCABULARIO
Ababol, p., amapola: se suele llamar así, metafórica-
mente, al simple, 6 de pocos alcances, ó infundadas
pretensiones.
abad, p., cura párroco: los Sres. Savally Penen, editores
modernos de los Fueros de Aragón, en su Glosario,
interpretan, ampliativamente, clérigo,
abadía, p., casa del cura en algunos pueblos: en las últi-
mas ediciones de la Academia está como voz castellana.
abadiado, a., territorio de la abadía.
abaratar, n., se usa en la frase d abarata canciones, para
denotar, á vil precio, á bajo precio.
abastar, n., abarcar.
abasto (dar), n., bastar; ser bastante ó suficiente á alguna
cosa, por ejemplo: tres amanuenses no daban abasto d
copiar lo que él escribió; no daba abasto d cortarle pan.
abatojar, n., agramar ó machacar alubias ú otras legum-
bres para que suelten el grano de la vaina: Ij apalear las
nueces para que caigan del árbol.
abatollar, n., la misma significación.
abdicar, a., revocar; voz forense.
abejera, a., colmenar; voz anticuada que la Academia
consigna como castellana en su última edición: úsase
también en Navarra.
abejero, a., abejaruco.
ablentar, p., aventar: en Navarra ablendar.
abogación, abogacía: se usa en los fueros.
aboj, zoquete, generalmente de madera de olmo, que entra
en el taladro de la muela y en el cual encaja éi propalo.
abolorio, c, abolengo ó retracto gentilicio.
abollón, a., botón de vides y plantas.
abollonar, a., brotar de las vides el botón.
150 A
abonico, n., bajito; con tiento.
aborrecer, n., molestar; cansar; importunar; y así se
dice: le aborreció con tantas preguntas: \\ úsase tam-
bién como reflexivo, por ejemplo: ^íz me ahorre:{co con
tanto limpiar la casa,
abortín, n., abortón; feto de las reses.
abrahonar, c, ceñir por los brahones.
abrevador, c, abrevadero. ^
abrig^o, n., abrigado; y así suele decirse estar abrigo,
por ir abrigado.
abrió, n., bestia: la Academia escribe averio, y en auto-
res aragoneses se lee avería, como también en los íueros
de Aragón.
abrojos, p., planta; centaurea calcitrapa.
abrujarse, n., componerse; llevarse uno: se usa en la
expresión abrújese usted como pueda.
acacharse, d., agacharse.
acaloro, n., acaloramiento, sofocación.
acampo, c, dehesa.
acantalear, c, caer granizo grueso: I| n., llover mucho;
diluviar.
acapizarse, d., asirse por las greñas.
acarrazarse, n., echarse sobre uno, asiéndole fuerte-
mente: tiene conexión con el verbo anterior y con el
castellano agarrafar^ auncjue es de más enérgica signi-
ficación; se usa en el participio pasivo y se aplica á las
personas y animales, y sobre todo al gato.
aceitero, n., se aplica, como adjetivo, á los molinos en
que se estruja la oliva, mientras en Castilla es sustan-
tivo, que significa el que vende aceite y el cuerno en
que lo guardan los pastores.
acerarse, n., dícese de los dientes, cuando padecen la
sensación, llamada dentera.
acere, n., planta; ácer campestre: la Academia incluyó
esta palabra, como castellana, en su edición de 1822,
en significación de árbol.
acerola, p., serba.
acerolo, p., serbal.
acerolla, n., acerola.
acetre, aguamanil: || en castellano caldereta; || en catalán
cetrill^ alcuza.
A 151
acitara, n., parece significar cama^ en la traducción que
hace Briz del testamento de Ramiro I, como puede
verse en nuestra Introducción; pero más bien es cober-
tor: en portugués significó tapete, alcatifa, paño de ra^
y aun manto de tela preciosa, según un Elucidario de
portuguesismos antiguos,
acodarse, n., clocarse.
aconsolado, el egoísta que por nada se aflige ni molesta.
aconsolar, consolar: José Navarro, poeta estimado del si-
glo XVII, escribió una poesía titulada Aconsuela á Julia,
acontentar á uno, dejarle satisfecho.
acoplar, a., uncir bestias á carro ó arado.
acortadizos, d., cortaduras ó desperdicios de papel,
guantes, etc.
acorzar, c, acortar.
acotolar, d., aniquilar; acabar con alguna cosa, especial-
mente con los animales ó frutos de la tierra.
actitar, n., llevar; seguir; tramitar ó actuar en los pro-
cesos, como notario ó escribano.
actos, n., véase autos.
actualmente, de hecho, según Savall y Penen.
acubilar, n., cubilar.^
acudidero, n. , cosa, ó atención, que exige satisfacción im-
periosa ó gasto inevitable; y así se dice: aunque tengo re-
gulares rentas^ sin embargo^ ¡son tantos los acudideros!
acurcuUarse, n., ponerse encogido como un ovillo.
achacillarse, véase engorronarse, que es más común.
adaptadores, Junta, compuesta del Regente, el oficio de
la general Gobernación, los Ministros de la Audiencia,
otros que asistían en el Real nombre y ocho Diputados
por cada brazo, que tenían la vez y voz de la corte ge-
neral. También se usa el verbo adoptar ^ ó acordar, ó
resolver, en aquello en que esta Junta entendía.
adempribriar, n., acotar ó fijar los términos de pastos
comunes. Úsalo, entre otros, Cuenca, en sus Ricos
hombres,
ademprio, d., egido ó término común de pastos.
ademprivio, ademprio.
adhibir, agregar.
adimplemento, n., cumplimiento de la condición conte-
nida en alguna escritura, sentencia, etc.
152
adinerar, n., reducir á dinero los efectos ó créditos,
hacer efectivos los valores.
adjudicatura, litigio.
adoba, n., adobe. ^ »
adobar, n., preparar; ofrecer algún objeto, en ciertos ce-
remoniales, como se ve en Blancas, hablando de la co-
ronación de Pedro IV, al menos el arzobispo le ado-
base ó adverase la corona. En castellano, aderezar ó
guisar, y aun reparar ó componer.
ador, d., turno en el riego.
adote, n, dote.
adrezos ó aderezos, aperos.
adula, c, hato de ganado mayor: I| c, terreno que no
tiene riego destinado: 1| n., cada una de las siete suertes
de tierra que riega la acequia de la Almotilla, término
de Zaragoza, en cada día de la semana; y así se dice
^se vende un campo en la adula del miércoles it: tiene
significación análoga, en algunos pueblos de Navarra,
como puede verse en el curioso Diccionario de antigüe-
dades de Navarra.
adventaja, a., mejora, que el cónyuge sobreviviente saca
de los bienes del consorcio, antes de su división.
adveración, reducción á instrumento público, con varias
solemnidades, del testamento que se hizo, verbalmente,
ó sin las que eran necesarias: la Academia da como anti-
cuada, una significación análoga, pero menos concreta.
adverar, verificar la adveración de un testamento.
adusto, n., tieso; inflexible; (antiguamente, se decía tiesse
y hoy dice la plebe, tiercoj.
afanar, gastar; robar; así en catalán.
afano, a., afán ó fatiga.
afascalar, a., formar hacinas ó fascales, de á treinta haces.
añ§ir, a., fijar; ant.
afírmamento, a., ajuste que se hacía á los criados; ant.
añrmar, a., habitar ó residir; ant.
afirmarse, d., ajustarse ó contratarse los criados.
afrecho, p., salvado: se usa en Andalucía y Extremadura,
según la Academia.
aganarse, ponerse en ganas de hacer alguna cosa.
agostía, el tiempo y el empleo del mozo agostero.
agramar, c, machacar lino, cáñamo ú otra planta.
A i 53
agramiza, n., agramadera.
agua, n., estar agua al cuello; hallarse en grande aprieto:
equivale á la frase de la Academia, estar agua á la gar-
ganta: II n., echar el agua de San Gregorio j reprender
con toda lisura y aun impertinencia: |I n., sacar polvo
del agua, fr. equivalente á sacar agua de las piedras.
aguacibera, a., tierra sembrada en seco y regada después.
aguachinar, a., enguazar ó llenar de agua las tierras: || n.,
se dice del estómago, cuando esta' descompuesto por so-
bra de líquidos no digeridos; de las patatas, cuando no
tienen carácter farináceo sino cristalino; y en general de
varios comestibles, cuando tienen propiedades análogas.
aguada, n., rocío de la mañana.
aguaitar, c, acechar: la Academia coloca esta voz entre
las que, ya anticuadas, son hoy de uso de la gente vul-
gar. En documentos antiguos de Navarra, se ve usado el
verbo goaitar y aun el sustantivo goai, vigilante. Puede
verse la voz guaytaSy en Ja obra que escribió sobre el
Fuero de Aviles el Sr. Guerra y Orbe. Leemos que en
el siglo XII, un guaité ó centinela anunciaba el alba
y el sol en la Provenza, para llamar al campo á los la-
bradores.
agua-llevado, n., limpia en los canales ó acequias, que
se practica, removiendo la tierra que ha cargado al fondo
y soltando el agua, para que la arrastre en su corriente.
aguatiello, d., abertura practicada en la pared, para des-
pedir el agua de los patios ó calles.
agüera, a., zanja para encaminar el agua llevadiza á las
heredades: || a., acequia para dirigir el agua pluvial á los
campos.
aguilarse, aplomarse; emperezarse en algún sitio, en que
uno se encuentra á gusto: se usa en el Alto Aragón.
aguilón, n., se dice del madero que pasa de 40 palmos.
aguja, d., alfiler: también se llama al alfiler, aguja de ca-
beza: II a., la púa tierna del árbol que sirve para injertar.
aguzar, a., azuzar.
ahojar, a., comer los ganados la hoja de los árboles.
ahorcado, n., tener hueso de ahorcado , significa ser muy
afortunado en toda empresa. En el juego del dominó, la
ficha doble que no puede colocarse, por haber jugado
todas las de su palo ó número.
154 A
ahorrado, n., aligerado de ropa.
ahorrarse, n., aligerarse de ropa: se acompaña con este
sustantivo.
ahorro, dícese del que camina solo: || voz de algunas loca-
lidades.
ahujerar, n., ahujerear: |I n., ahujerar los oídos^ cansar
á uno con la demasiada conversación ó bulla.
ahujero, n., agujero: 1| también bujero.
aire, se usa en la frase, ir al aire de la tierra, que signi-
fica, ir por donde piensa uno ó tiene el instinto de que
ha de llegar al pueblo que busca.
ajada, n., azada.
ajoarriero, n., guiso particular del bacalao, que consiste,
en deshacerlo á menudas rajas y servirlo con ajo y espe-
cias y sin espinas.
ajo de culebra, n., planta; allium roseum,
ajolio, a., salsa de ajos y aceite, á que se pueden agregar
yemas de huevo.
ajordar, a., esforzar la voz; gritar hasta enronquecer.
snustarse, a., arrimarse á alguna parte.
alacena, nicho en el cementerio, según Martón.
alacet, d., fundamento de un edificio.
aladmo, cierta excomunión que fulminaban los judíos.
aladrada, a., surco abierto en la tierra con el arado.
aladrar, arar la tierra, como en las montañas de Burgos,
que es, á donde lo refiere la Academia.
aladro, c, arado.
alaica, a., hormiga aluda.
alalimón, juego de muchachos, que consiste, en una dan-
za circular, acompañada de un cantar, que comienza
con aquella palabra, la cual es corrupción de Hola lirón,
A la comedia de Miguel Santos titulada, La Guardia
cuiJadosa, preceden una Loa y un baile de la Maya, y
en éste se halla, algo variado, ese juego que empieza:
Hold lirón, lirón.
De dónde venís de andaré?
y después dice, exactamente, como hoy:
— No tenemos dinero.
— Nosotros los daremos.
A 155
— De qué son los dineros?
— De cascaras de huevos, etc,
alambrado, alambrera.
alambrar, la frase, j^íz viene alambrando por los Monta-
vos, que significa, ya pasa la nube y asoma el sol por
los cerros, nos ha sido comunicada, con algunas otras,
por el distinguido escritor D. Vicente Lafuente.
alambre, c, hilo de hierro: se usa en la Gran conquista
de Ultramar, de Don Alonso el Sabio, publicada en Sa-
lamanca en i5o3, y en Madrid en i858 por Gayangos.
alambres, utensilios de metal que constituyen la espetera,
alamín, n., guarda de aguas: se usa en los pueblos limí-
trofes con Navarra, en donde es más común esa voz,
que la Academia incluye con otro significado: || n., es-
pecie de alguacil entre los sarracenos, el cual podía ter-
minar las causas mínimas, que no excedían de dos
sueldos.
alarg;adera, n., sarmiento amugronado ó que deja de po-
darse, para amugronarlo.
alarje, cierto tributo, mencionado en la escritura de com-
pra del Almudí de Zaragoza por el Marqués de Perales,
se^ún nos lo asegura un conocido abogado.
alatón, a., almez y su fruto.
alatonero, a., almez.
albada, a., alborada ó música de las aldeas: jj a., jabonera;
planta: 1| n., canto de la alborada; género de composi-
ción poética.
albahaca de monte, n., planta.
albala, término de una ciudad, según Yanguas: ü caserío
en ese término.
albaneque, albaneja; ant.
albar (tierra), n., tierra blanca ó de sembradura.
albarán, a., papel de alquiler: || a., cédula: || a., papel de
obligación privada: |i d., papeleta que acredita el cumpli-
miento de parroquia: || n., factura del peso del carbón.
albardar, en la frase no dejarse albar dar significa no
dejarse imponer.
albarrano, n., gitano: en Castilla albarrán, el que no
tiene domicilio fijo: || n., id est quod extraneus, dice
Miguel del Molino en su Repertorio,
I
156
albellón, a., arbellón ó arbollón: 1| c, albañal: || d., con-
ducto subterráneo de piedra para dar salida á las aguas
de los campos, sin perjuicio de la labor.
alberca, depósito de aguas para podrir los cáñamos: tam-
bién se usa el verbo altercar,
albergue, a., albaricoque.
albergero, a., albaricoquero.
albohol de Castilla, n., planta salsugirosa y pulverulenta.
albol§a, a., alholva; planta.
alborocera, a., madroño; arbusto.
alcacer, n., alfalfa ó alfalfe, según Cuenca: en Castilla
cebada verde en hierba.
alcahuete, n., chismoso.
alcahuetear, n., chismear; denunciar.
alcaidado, n., alcaidía ó alcaidiado: hemos visto esa pa-
labra como cargo clerical.
alcaide de la honor, el jefe de la casa de Mancebía.
alcalá, tapiz, según unos; cortinaje, según otros; pabellón
de cama y aun mosquitera, según Ducange, pues define
velamentum ad prohibendos culices: según ese autor, la
verdadera lectura de esa voz es aleara ó alearía, en
cuyo caso la voz aleavia pudiera ser una fácil errata de
copia ó impresión, y quedaba definida sin las dudas
con que á continuación la explicamos.
aleavia, Blancas dice: á las espaldas de dicho asenta-
miento estaba un rico paño (suponemos que alude al
dosel), una banda de oro é otra de tapete carmesí (las
barras de Aragón) sobre una aleavia morisca de oro é
sirgo (que sería una alfombra ó alcalá).
alcazaria, plaza- mercado de los judíos, cedificiumforum;
y según Miguel del Molino, platea parva.
alcobilla, a., chimenea para calentarse: || n., sala en que
está colocada.
alcorzar, d., acortar.
alcorce, n., atajo.
aldaca, pecho de la espalda del carnero que los moros
pagaban al Sr. de Fontellas.
aldraguero, n., chismoso; enredador; desocupado; busca-
rruidos: úsase principalmente en los pueblos limítrofes
con Navarra. Quizá de ultra gerere, meterse en negó-
cios ajenos.
A 157
alegrarse, a., gozar: en este sentido y como forense anti-
guo, lo consigna la Academia, entre las voces provincia-
les de Aragón.
alera, a., llanura en que se hallan las eras: |J d., alera fo-
RAL, pastos comunes á dos ó más pueblos, con exclusión
de viñas, huertas y sembrados: llamanse también pastos
foraleSy y son para pastar los ganados de sol á sol.
alfa, bóveda á ladrillo plano: generalmente se sobreponen
dos ó más.
alfalce, i
alfalfez, [ a., alfalfa.
alfaz, \
alfarda, a., contribución por el derecho de aguas de algún
término: la gente rústica dice á weces/arda: || n., tributo
que pagaban algunos moros y judíos á los príncipes cris-
tianos, según Ducange.
alfardero, a., el que cobra el derecho de alfarda.
alfardilla, a., pago por la limpia de acequias menores.
alfardón, a., anillo de hierro que va suelto en e! eje del
carro, entre la clavija y la caja: |j d., arandela.
alfarma, a., alhargama; planta.
alfarrazar, a., a justar por un tanto alzado el pago de
diezmo de todo fruto en verde.
alfendoz, n., regaliz.
alferraz, n., una de las variedades del halcón.
alfetna, n., sedición; guerra intestina, según Ducange,
apoyado en un documento de Sancho Ramírez de Pam-
plona, 1073, en donde se \qq aljechna.
alíbndegero, n., encargado de la alfóndiga.
alfóndiga, c, albóndiga.
alforado, caballo encubertado de cuero ó hierro; ó noble,
según Bofarull.
algarazo, n., lluvia corta (rujiazo).
algorín, a., atajadizo para colocar la aceituna, con sepa-
ración de clase ó dueño, hasta prensarla: || d., sitio para
tener á mano la harina, cebada, etc.
alguarín, a., cuarto bajo: ll a., pilón donde cae la harina
que sale de la muela.
alguaza, a., bisagra ó gozne: li (del árabe ar'ra^aJ
alguinio, a., cesto ó cesta. No se halla en las últimas edi-
ciones de la Academia.
158 A
alhema, el agua que daba Tarazona á Tudela, ciertos días.
alhobea, no vemos en Ducange, ni en Dozy, ni en otro
Glosario, esa palabra, pero la hallamos en un privilegio
aragonés de 1093^ unida siempre á las mezquitas, en esta
forma: cum mezquita et alhobeis ejus et Mezquitas
de Saraniana cum alhobeis earum, y presumimos que
significa distrito ó radio: también Ducange sospecha que
sea sinónimo de Alfo:^; según ese autor Alhob^es, sig-
nifica arces et castella.
alhodera, n., en documento citado por Briz Martínez se
lee: non ponam Ubi a:{aquia aut alhodera qua tibi te»
rram tuam tollam.
aliazira, no hemos hallado esta voz, ni en el inmenso GlO'
sario de Ducange y Carpentier, ni en el de Dozy y En-
gelmann, ni en muchos otros, pero nos inclinamos á
creer que significa almenara, ó desagüe, ó escorredero, á
juzgar por estos pasajes de un privilegio de Sancho Ra-
mírez á la Iglesia de Monte-Aragón, en 1086: cum illo
molino de Sangarren cum totas suas alia:{iras antiguas,
de subtus illo de Sangarren; — cum illo solare de illo
molino quifuit subtus illo pueyo cum totas suas alia:(i'
ras antiquas de illa vía que vadit ad osea usqueflumen
et usque ad illas alia^iras de illo molino de Abina-
beendin.
alicáncano, n., piojo aludo; voz familiar: en Castilla, cán-
cano, piojo: II n., alguna cosa incómoda de que uno se
liberta.
alicas, porciones de terreno en el monte.
alicortado, n., el que, por algún contratiempo, ya no se
halla, ni en la disposición, ni con el ánimo que antes
tenía.
alifara, a., convite ó merienda: según Dozy, fué, sobre
precio que daba el comprador; después la comida que le
sustituyó; y luego toda comida de amigos.
alirón, p., alón desplumado: sólo se halla en las últimas
ediciones de la Academia.
aliviador, trozo de madera ó hierro con que se da el tem-
ple á la muela harinera ó se ponen, á conveniente distan-
cia, la superior y la inferior.
aljecería, c, yesería.
a^ecero, a., yesero.
A 159
aljez, a., yeso: en Castilla yeso en piedra.
aljezar, c, yesar.
aljezón, c, yesón.
almadía, a., armadía 6 balsa de maderos: || d., conjunto
de ellos para transportarlos por el río: || nombre de
canoa india.
almarreg^a, n., la manta 6 piel de ínfima clase, con que
se cubre á las bestias de carga.
) a., almáciga ó almástiga; especie de resina:
almástec, í ant., almastre. La Academia también
almazaque, i incluye másticis y los Fueros aragone-
) ses mastech.
almenara, a., zanja que conduce al río, el agua sobrante
de las acequias; canal para llevar el agua á un castillo:
en Maccari, autor árabe que publicó Gayangos, signi-
fica canal ó acueducto.
almendrera (florecer i.a), a., encanecer prematura-
mente, pues ese árbol echa pronto la flor, que es blanca.
almoceda, el agua que, durante tres días al mes, disfru-
taban el río Queiles y sus regantes.
almogávares, c, tropa irregular, muy famosa en Aragón.
almucia, así se designa, en las Sinodales de García Fer-
nández de Heredia, i393, á la muceta que llevaban so-
bre los hombros los eclesiásticos de la Corona de Aragón.
almud, p., medida que consiste en la dozava parte de la
fanega aragonesa.
almudaina. Pretorio, según Ducange.
almudí, p., albóndiga: || a., medida de seis cahíces.
almudín, a., almudí; en Aragón y Murcia.
almuertas (y mejor almuestas), a., impuesto sobre los
granos vendidos en la Albóndiga.
almudaina, n., zalmedina, ó zavalmedina, ó pretor ur-
bano, ó el mismo pretorio, según Ducange.
almudatafe, n., fiel de pesos y medidas: también almo-
da:{afe, y almudaface, en latín bárbaro mostasafus y su
oficio mostasafía.
almunia, n., torre con su heredamiento.
almutacas, n., cargo ú oficio público, que, tal vez por
hallarse escrito con cedilla y s larga, venga á ser el de
almuta^af: hállase como una de las firmas, en la escri-
tura pública testificada, á principios del siglo xvii, por
160 A
el escribano Yagüe y relativa al suceso trágico de los
Amantes de Teruel.
almutafat. | ^'\ «j"\?^^^^" ^ fiel de pesos y medidas y
Almutazaf 1 (añadimos) perseguidor de las cosas hur-
' \ tadas.
almuza, n., capillo; esclavina, ó muceta que también se
designaba con el diminutivo almúcella: en catalán aU
mussa y armussa^ tienen la misma significación.
alongar, conceder moratoria.
alotón, a., almeza; fruto del almez.
alparcera, se dice de la mujer entrometida, encubridora,
ociosa y buscarruidos; pero no tiene tanta significación
como el castellano antiguo aparcera, que significa
manceba, como si se indicara que iba á la parte con
todos.
alquez, c, medida de doce cántaros de vino.
alquival, paramento de cielo ó pabellón de cama.
alud, a., caída de la nieve de los montes á los valles, en
gran cantidad y con estrépito.
aluda, piel para guantes.
alufrar, a., columbrar; ver con prontitud; proveer.
alum, a., alumbre.
alvalribiera, hierba del vidrio: quizá alvitrinira: voz
usada por Ebn Buclarix, hacia iiio, en Zaragoza: el
Códice de Ñapóles se inclina á la primera de aquellas
voces, los de Madrid y Leyden se inclinan á la segunda.
alvidriado, se aplica á la vasija vidriada ó barnizada en
sus paredes interiores, para hacerla menos porosa.
alvidriar, vidriar: la Academia incluye esta voz, como
usada en algunas provincias.
alzado, n., robo; hurto y en general, toda sustracción ma-
liciosa.
amagar, esconder.
amagatorio, escondite.
amalvezarse, d., aficionarse; cebarse.
amalladar, n., malladar.
amanta, c, mucho: la Academia escribe á manta y lo ha-
ce sinónimo de la expresión como tierra: en el Libro de
los cantares de Trueba se lee: j^o tengo novios á manta.
También se usa en los Proverbios ejemplares de Ruiz
Aguilera.
A 161
amelg^ado, a., la obra de amojonar la tierra.
aSIÍfaSto, . i "•. -"- y «f-t" ''^ «-^'g-;^
amelgar, a., amojonar, en señal de derecho ó posesión: en
Castilla abrir surcos para sembrar.
amerar, a., merar; mezclar agua con vino ú otro líquido:
dícese amerar la olla cuando se echa nuevamente agua.
amorronar, a., amugronar ó tender los sarmientos bajo
de tierra para que arraiguen.
amosta, d., adverbio que denota lo que puede cogerse ó
apararse con las dos manos juntas. ^
ampara, a., embargo de bienes muebles. Úsase también
en Navarra.
amparar, embargar bienes muebles.
amparo, n., brizna; pizca: dícese wo hay ni un amparo
de cosecha; no ha quedado ni amparo de aceite.
amprado, n., lo que se tiene ó lleva de prestado.
amprar, a., tomar prestado: la Academia y el Dicciona-
rio aragonés de Peralta añaden, que significa también,
pedir prestado. Timoneda, en su Sobremesa^ dice: para
ampararle un ducado, que tenía grandísima necesidad
de él (1). (Nótese su parentesco con el empruter francés).
ampras, quizá empréstitos ó adelantos. Muerto Fernando
el Católico hubo disturbios entre los Cerdanes, señores
de Sobrad iel y Pinseque, y ansi la una parte como la
otra facen ampras y ajustes de gentes así de á caballo
como de á pié para facerse guerra desaforada, según
informó Pedro de Cunchillos, nombrado para meter paz
entre ellos.
ampricia, n., sumaria, voz anticuada que, tomada de
los fueros de Aragón, incluyó la Academia, en la edi-
ción príncipe de su Diccionario.
amputar, n., suprimir; quitar: la Academia, en su Diccio-
nario primitivo de 1726, incluye esta voz, como arago-
nesa, en sentido figurado y cita aquellas palabras de
nuestros fueros amputando los tiempos super/luos.
ana, n., se dice en algunas localidades And que llegue, te
(1) Después hemos leído un Certamen celebrado en Benabarre, 1632, y
en él unas octavaí de doña Magdalena Calasanz de Bardají con este ver-
so: Ampró á la Caballina (fuente Hipocrene) los cristales.
11
162 A
escribiré, que es como decir, así que llegue, ó al punto
que llegue, te escribiré,
anchada, a., anchura: en Castilla la de las telas entre los
comerciantes ó mercaderes.
ancheza, a. , anchura; voz anticuada.
andada, n., el terreno en que suele pastar un ganado, ó
en que pastó algún día determinado.
andaderas, d., seca, sequilla ó hinchazón en las glándulas.
andador, c, andén; calle ó paseo en los jardines.
andalocio, d., lluvia de corta duración.
andarrío, n., ave.
aneto, aneldo ó eneldo; hierba medicinal. (E. Buclarix).
anganillas, n., angarillas ó aguaderas: I| n., angarillas ó
jamugas; en cuyo sentido emplean aquella voz los fue-
ros de Aragón.
anhelantes, n., nombre de una Academia zaragozana
del Siglo de Oro, de que nos queda como muestra el
Mausoleo que dedicó en i636 á Baltasar Andrés de
Ustarroz, discípulo predilecto de Simón Abril.
anieblado, n., entontecido; alelado; asustado; suspenso.
anieblarse, n., hallarse en cierto estado de distracción,
lelez ó aturdimiento.
annotar, secuestrar, según el Glosario de Savally Penen.
ansotano, el natural de Ansó en los Pirineos.
anteecog;er, a., coger las frutas antes de su madurez.
antibo, n., remolino de agua, á causa de detenerse en un
canal para encaminarse á otro. Véase entibo, que es
más frecuente.
antiparte, aparte de esto. Hemos oído algunas veces esta
bella locución: Antiparte y atajando á V. sus buenas
ra:(ones. . .
antipoca, a., escritura de reconocimiento de un censo y
aun de cualquiera crédito.
antipocar, a., reconocer un censo, en instrumento pú-
blico: II a., volver á hacer una cosa obligatoria que es-
tuvo en suspenso.
antor, a., vendedor al cual se compró de buena fe una
cosa hurtada: |j noticia; por ejemplo: No he tenido antor
de la riña de esta noche, (En Alpartir).
antorchera, d., velón de cobre: en Castilla candelero ó
araña en que ponían las antorchas.
A 163
antoría, a., hecho de descubrir al autor 6 primer vende-
dor de una cosa hurtada.
antosta, a., tabique: otros dicen entosta:\\n.^ estiércol
endurecido del ganado.
anzolero, a., el que fabrica ó vende anzuelos.
añero, n., el artesano que se ajusta por un año: es voz
generalmente usada entre los sastres, quienes denotan
con ella, á uno que ni es mancebo, ni aprendiz.
apabilado, n., decaído; desmerecido; alicaído.
apabilarse, n., experimentar cierta congoja, al sufrir la
impresión de miasmas pútridos ó deletéreos.
apandar, n., procurar y conseguir la posición de algo;
tiene significación, algún tanto parecida, con el accapa-
rer francés, que algunos han españolizado, indebida-
mente.
apañacuencos, n., el que se dedica á componer vasijas
de barro, para lo cual pasea las calles, anunciándose á
grandes gritos, de donde nace que al cantante de mu-
cha voz, pero de mal gusto, suela designársele con ese
nombre.
apañar, a., remendar ó componer lo que está roto: se usa
también en Murcia, como la voz siguiente.
apaño, a., remiendo; reparo ó composición.
aparador, a., vasar; algunos dicen parador.
aparatarse, n., se dice del horizonte ó de la atmósfera,
cuando anuncian inminentemente la lluvia, piedra,
nieve ó granizo; en el mismo sentido se dice, que el
cielo está aparatado; vocablo que no incluimos, ya por
ser un derivado, de los cuales solemos prescindir por
demasiado notorios, ya por incluirlo la Academia,
aunque con la definición general de preparado, dis-
pu"esto.
aparatero, n., el que pondera, con exceso, la importan-
cia de una cosa: en ocasiones es sinónimo át aparatoso]
voz castellana anticuada.
aparatos, n., grandes extremos en cosa que no merece
tanta importancia: úsase generalmente en plural.
aparejo redondo, el traje propio de nuestras labradoras.
aparicio, epifanía, según el Glosario át Savall y Penen.
aparte, a., el espacio ó hueco que se deja entre dos pa-
labras.
164 A
apatusca, n., juego que consiste en tomar número de or-
den, arrojando cada cual una moneda hacia un guijarro,
ó canto, y, apiladas aquéllas, golpearlas cada uno á su
turno, con una piedra (cualquiera que sea la posición en
que hayan quedado á cada tiro ó suerte), y hacer suyas
las que al golpe presenten el anverso: algunos dan ese
nombre á otros juegos igualmente sencillos. I| En la Fae-
tonciada, breve poema de principios del siglo xvii, se lee:
Piensas que es gobernar el carro hermoso
jugar á la jpatusca ó á la chueca?
apatusco, n., voz familiar de desprecio, principalmente,
contra los muchachos.
apellidante, n., el que presenta pedimento para incoar el
juicio de aprehensión ó inventario.
apellido, a., causa ó proceso en que, por la conveniencia
de su publicidad, pueden intervenir como testigos ó de-
clarantes, cuantos quieran: |I n., pedimento en que se so-
licitan los juicios llamados de aprehensión é inventario.
apenamiento, intimación de pena: también apenado.
apenar, a., intimar una pena, ya señalada de antemano:
II úsase, principalmente, contra los que entran ó hacen
entrar animales de pasto, en propiedad ajena. Se ha
omitido con desacierto, en la última edición de la Aca-
demia.
apeñorado, n., preso; ocupado; detenido: se aplica tam-
bién á los ganados.
apercazar, d., coger con alguna dificultad.
apero, n., se dice ¡buen apero! ^ por el que no sirve para
el objeto á que se le llama ó destina.
apestañado, n., se aplica en el lenguaje de carpintería, á
lo que monta ó acaballa para asegurar más el encaje ó
la defensa, como sucede en las puertas ó en las maderas
de los balcones.
apestañar, n., vocablo derivado ó sacado del anterior.
apetencia, c, apetito; voz que el Diccionario de Peralta
incluye como aragonesa anticuada.
apezonar, n., chocar dos carruajes por el pezón.
aplastarse, n., fijarse ó detenerse demasiado en algún
punto: es, como se ve, acepción metafórica, pero muy
general.
A 165
aplegpar, a., arrimar ó llegar una cosa á otra; congregar:
en Castilla es voz anticuada, que significa, allegar ó re-
coger.
apoca, a., recibo 6 carta de pago: Ij d., testimonio que dan
los sacerdotes por las misas de encargo que han cele-
brado.
apocilgarse, aficionarse demasiado á alguna cosa y ape-
nas salir de ella.
apoticario, a., boticario: en Castilla se decía anits apote-
cario.
aprehensión, a., juicio de los cuatro privilegiados, que
consistía, en poner bajo la jurisdicción real la cosa
aprehendida, mientras se justificaba la verdadera per-
tenencia.
apuñadar, a., apuñear; dar de puñadas.
apuñegar, apuñear: lo hemos oído en este refrán, tanto
te quiero que te apuñego: otros abuñegary molestar con
obsequios desmedidos.
apuradamente, n., cabalmente; puntualmente; casual-
mente.
apurar, n., poner á alguno en apuro, cualquiera dificultad
ó hacienda.
aquebrazarse, d., formarse herpes 6 quiebras, en pies 6
manos.
aquel, no tener ese aquel que es necesario; por carecer
del juicio ó talento conveniente.
aradro, a., arado ó aladro.
arag;onense, lo relativo á Aragón: usa esta voz Briz Mar-
tínez.
aragonito, cristalización de carbonato de sal, abundante
en Aragón; (voz científica).
arañada, n., araño; arañazo.
arañón, a., endrino, árbol y endrina, fruto; ciruelo sil-
vestre.
arbanches, garbanzos: se halla en Ebn Buclarix.
arbeja, n., planta; lathyrus aphaca.
arbellón, a., arbollón ó desaguadero de los estanques, pa-
tios, etc.
arbillos, intestinos de carnero, de unos cinco palmos, que
sirven para embutidos.
arcada, n. , arco ú ojo de puente: el mismo nombre tenía
166 A
en Navarra, como se puede ver, en el Diccionario de
sus antigüedades; art. Capar roso,
arcanduz, arcaduz.
arcanduzado, sistema de arcaduces ó simplemente, arca-
duz: esa terminación de participio, no se incluye en el
Diccionario de la Academia.
arcaz, a., andas ó caja, en que se lleva á enterrar á los di-
funtos: II estante ó anaquel, si no es que sea arcón, como
en español, según estos dos textos de D. Clarisel de las
Flores, novela caballeresca de Jerónimo Urrea, que se
conserva inédita en Zaragoza: || Fi\o meter en su apo-
sento muchos ARCACES llenos de libros; — Un grande ar-
CAZ que lleno de libros era. .
arcén, a., brocal de pozo.
arcia, derecho de tomar por nodriza á la sierva.
arciprestado, n., arciprestazgo ó arciprestadgo.
ares y mares (tener), n., poseer cuantiosos bienes; pero
generalmente, se usa irónica ©dubitativamente: también
se dice, contar ares y mares.
argadillo, a., cestón de mimbres: dícese también, arga-
dijo.
argent, a., plata; (vozant.)
argentario, n., ayudante de cocina.
arguellado, c, desmedrado físicamente.
arguellarse, a., quedar desmejorado y enfermizo: |[ d., no
blanquear la ropa lo que debiera: (| n., desmerecer la
ropa por extrema suciedad ó descuido: || n., estar car-
gada de censos alguna hacienda: esta acepción se halla,
en la primera edición del Diccionario de la Academia.
arguello, c, desmedro: || d., suciedad |I n., muchedum-
bre y carga de censos sobre una hacienda.
arguelluz, n., despectivo de arguellado.
ar|;uiño, n., espuerta de mimbres, mayor que el corvillo,
aribar, n., aspar.
aribo y aribol, d., aspa.
arienzo, a., adarme ó décima sexta parte de una onza.
armadía, c^ almadía.
arna, a., vaso de colmena: también se usan amal y ar^
ñero, en sentido de colmenar.
arnés (justas del), torneos que celebraba la Cofradía de
San Jorge de Zaragoza.
A 167
aro (echar por el), n., comer; engullir; embaular.
arquero, el guardador del archivo, y aun de las cosas de
mayor confianza: esto dice Martón, aludiendo á don
Juan Collados, monje de Santa Engracia.
arquimesa, a., papelera ó escritorio: I| armario pequeño,
que se coloca sobre una mesa y tiene varias divisiones;
todo bajo llave, adornándole, comúnmente, mucha
labor de embutidos, etc.
arquivero, archivero: así se titula el que lo fué de los Du-
ques de Villahermosa en iSyy, Juan de Mongay: pone-
mos esa palabra, por lo que aclara la etimología de ese
cargo.
arraclán, n., alacrán: en Castilla, árbol.
arramblar, c, llenar de arena los arroyos ó torrentes, la
tierra que han cubierto en una avenida: H c, llevarse
uno con codicia, muchas cosas ó todas las de una es-
pecie.
arrancadero, a., la parte más gruesa del cañón de la es-
copeta.
arrancasieg^a, a., riña ó quimera de palabras injuriosas.
arrancura, n., queja; pleito; litigio: es voz anticuada y
tomada de documentos latinos.
arre, n., caballería de monta ó de tiro.
arrear, n., andar; marchar; partir; |1 p. ej., arrea á la
escuela: (es de uso vulgar).
arrematar, n., rematar; dar término ó fin á alguna cosa:
II en la Crónica rimada del Cid, v. SyS, se lee, Cuantas
cosas comensares arrematarlas con tu mano.
arreo, se dice echar un arreo ^ por un turno ó vuelta de
beber.
arrequives, p., adornos ó atavíos.
arrimadillo, n., friso pintado en la pared, que, común-
mente, es veteado y alzado, como una vara, desde el
piso: en algunas partes es la esterilla ó friso arrimado ó
clavado á la pared.
arrobadera, ) „ ^^u^ j^^^
arrobador, i "•''°^"^"'"-
arrobar, n., se usa en la frase, arrobar la tierra, que sig-
nifica, trasladarla de un punto á otro, dentro de la obra
en que se trabaja: || igualar la tierra, después de pasada
por reja, como preparación para la siembra.
168 A
arrobero, n., cargadof ó mozo de cordel, principalmente
para conducir aceite.
arróbela, n., medida de aceite de 24 libras, á diferencia
de la arroba que es de 36.
arrudillO; arrullo: en un libro manuscrito, que posee la
Universidad de Zaragoza, se lee:
Todo el aire van poblando
con sus tiernos arrudillos.
artar, a., precisar; obligar.
artativo, n., obligatorio: se lee en los a. a. aragoneses
aretativo.
articúlala, n., el conjunto de artículos 6 proposiciones
que se asientan en la demanda, como objeto de prueba,
en la tramitación del proceso.
artiga, c, tierra recién roturada.
artiquero, el que cultiva las árticas, como dicen algunos,
ó las artigas, como se dice en castellano.
arto, c, espino.
artolas, aparejo en forma de silletas, para cabalgar.
artos, p., cambronera.
arzinto vivo, azogue.
arzolla, a., planta; pero distinta de otra conocida, con ese
nombre en Castilla.
asado, se usa en la frase, que se pasa el asado, para de-
notar que se pierde la oportunidad: comúnmente, se
emplea en sentido irónico.
asestadero, a., sesteadero ó lugar donde sestea el ga-
nado.
asestar, n., sestear el ganado.
asignados, los componentes la Junta de gobierno en la
Universidad de Zaragoza: Pedro Melero dedicó su Cont"
pendió de los números y jpro]porciones, impreso por
Cosí, en i535, al rector y asignados de la Universidad.
asignatura, Junta de Gobierno en la Universidad: en
Huesca la formaban, en 1473, el obispo, un canónigo,
el prior de los jurados y un ciudadano; y después, dos
catedráticos.
asín, a., así.
asina, n., así: (en Castilla ant.)
asisia, a., cláusula de proceso, y principalmente, laque
A 169
contiene deposición de testigos: |j a., pedimento sobre
algún incidente.
asnada, n., borricada; burrada: en unas décimas contra
el P. Isla, con motivo de la Cuaresma que predicó, en
el Hospital de Zaragoza, año 1757, se lee:
La sitiada está afrentada,
pesarosa y aburrida ,
llorosay arrepentida
de haber hecho tal asnada,
asnillo^ ¡a., instrumento de cocina para afirmar el asador.
asolarse, d., aclararse los licores, bajando al fondo las
partículas más gruesas.
asoven, con frecuencia: deriva áQSOUvent, francés: en al-
gunas localidades, recibe la significación diferente de
poco d poco; despacio.
aspeado, maltratado por la fatiga del camino: la Acade-
mia admite despearse y algunos derivados.
asquillos, n., este diminutivo que no incluye la Acade-
mia, se halla usado en la frase, hacer asquillos, que sig-
nifica, desdeñar; no dar importancia á alguna cosa.
asumir, a., traer á sí; avocar: en Castilla, tomar en sí 6
para sí; (voz ant.): || n., insacular.
asumpto, n., insaculado.
atabladera, p., tabla que, tirada por caballerías y puesta
de plano, sirve para allanar la tierra, ya sembrada.
atajo, n., rezago del ganado más endeble, á quien se con-
duce á pasto más cercano y abundante.
atar, c, liar ó asegurar el contenido de un fardo ó paque-
te: la Academia dice unir, juntar ó enlazar, una cosa
con otra.
atarantarse, aturdirse; quedar atontado ó fuera de sí.
atarugado, n., encogido, falto de soltura, en sus modales.
atarugarse, n., cortarse; perder la serenidad y el des-
embarazo.
atoque, n., adorno; aliño; y así en un memorial dirigido
al rey, por la ciudad de Zaragoza, se lee: en quien se
halló la verdad sencilla, sinjranjas ni atoques.
atrazar, a., trazar; disponer el éxito de alguna cosa.
atraznalar, a., atresnalar, que en algunas partes es, ordc-
170 A
nar las haces en tresnales ó pirámides, hasta poder lle-
varlas á la era.
atrazo, d., persona desaseada ó despreciable.
atreudar, n., dar en enfiteusis.
atularios, n., conjunto de cosas muebles: |i ajuar de una
persona: || colección de últiles de algún oficio ó profe-
sión; y así se dice: venció la tanda y tuvo que cargar
con todos los atvlarios;— -Jugóse el pintor j' dejó en des-
orden todos sus ATULARios. I| Frecuentemente, se pro-
nuncia, artularios.
aturar, d,, hacer parar ó detener las bestias: I| n., hacer
asiento en algún punto: || n., fijarse; y por eso se dice,
el que á cuarenta años no atura, á cincuenta no adivina
y á sesenta desatina: \\ n., durar; en cuyo sentido, que
es el aceptado por Rosal, leemos en un documento na-
varro, et este paramiento que ature á tanto tiempo
cuanto fuere la voluntad del sennor rey. \\ En Castilla,
sufrir el trabajo; tapar.
auchar, azuzar: parece síncope de achuchar, como apli-
cado, principalmente, á los perros: || en español achu-
char es aplastar, y ahuchar, ahorrar,
augetas, d., albricias ó gratificación que se dá á los cria-
dos óálos que traen algún presente: || d., pastel: |I d., es-
carola cocida: || c, con el nombre de augetas es voz cas-
tellana y significa, la propina que da al postillón, el que
corre la posta.
aún, escasamente; difícilmente; á duras penas: se dice,
podrá tener ella unos quince años y aún.
aurón, gallo salvaje, según una relación m. de manjares,
que copió Latassa.
autos, n., actos: se dice entierro de uno, dos ó tres autos
(ó actos), según se celebra la sola misa de entierro ó una
ó dos más de honras.
aventado, n., así los auiamos jurado el dia de nuestro
bien AUENTADO coronamiento j dice Pedro IV, en el códi-
ce de las Uniones.
aventaja, a., porción que puede sacar el cónyuge super-
viviente, antes de partir los bienes muebles.
aventeza, no te pongas en aventeza pudiéndola acusar,
dijo el de Luna á su hijo el Conde de Ribagorza, que
A 171
intentó duelo con el Conde de Olivares, según Dormer,
página 3oo de sus Anales.
averar, multar; incursar en multa: así lo declara como
provincial de Aragón, el Diccionario de Fernández
Cuesta, pero no el de la Academia.
averías, sm duda, haberes ü objetos mensurables de con-
tratación. En las Cortes de Zaragoza, 1456, se establece:
el que metra ó meter f ara drapes de lana, ó otras mer-
caderías ó averías; que á condos (codos) se acostumbran
vender, en el dito regno de Aragón, etc.
averío, a., bestia; (voz usada hoy en Aragón, según la
Academia).
avezar, c, aficionarse; cebarse.
avinar, practicar un hoyo, alrededor de la cepa.
avispado, c, agudo; vivo; entendido; activo.
avuebos, la Universidad (pueblo) de Zaragoza, pide al
Rey mil sueldos por avuebos de repartimiento de los
moros, hemos leído en una colección de Privilegios de
Aragón.
avugo, n., voz con que (por el contrario) se designa, en el
lenguaje familiar, á una persona torpe y obtusa, como
con las palabras, ababol, membrillo, y otras.
avutarda, n., para denotar que uno está distraído ó en
babia, se dice que está pensando en las avutardas.
axobar, n., la heredad que, además de su dote, recibía la
esposa por parte de su padre ó marido, y era perpetua-
mente, para ella y los suyos: llamábase, antiguamente,
excrex.
azacanado, el que va hecho un azacán.
azadeca, pecha de los moros sobre huevos y cabras.
azaleja, toalla.
azanoriate, a., zanahoria confitada: (j a., cumplimientos
y expresiones afectadas.
azarolla, a., serba ó acerola; (ant.)
azaroUo, a., serbal, árbol; voz incluida en las últimas
ediciones.
azembla, n., acémila, según el códice de los Privilegios
de la Unión: en dialecto valenciano, tropas ó bandas,
azofra, n., correa ancha, que sostiene sobre el sillín de la
caballería de varas, las del carro: I| n., zofra en los dos
sentidos de esta palabra: || n., parece ser, turno de aguas.
172 B
según hemos deducido de algunos documentos, uno que
recordamos de 1238: |i alcuza grande, para aceite: |i la-
bor de tierra.
azofrar, n., concurrir con su trabajo á las obras públicas,
que se llevan á vecinal.
azolle, n., pocilga, en las dos acepciones de la Academia:
es sustantivo masculino, y sólo usado, en algunas loca-
lidades.
azoque, léese a:^ogue^ (del árabe a:{^d), en sentido de plaza
ó mercado, según Guerra y Orbe en su Fuero de Aviles^
págs. 71 y 82. En Zaragoza se denomina del A:{oquey
una de sus calles moriscas.
azotaperros, n., perrero, ó persona destinada en las igle-
sias, á ahuyentar los perros.
azuche, madero con punta forrada, para clavarse en tierra.
azud, c, presa para sacar agua de un río.
azuda, c, noria.
azulejo, n., lápida ó losa, en que se |>inta ó imprime el
nombre de las calles ó plazas y el número de las casas:
en Castilla, ladrillo vidriado, para (risos y otros objetos.
azut, a., azud.
azutero, a., el que cuida de la azuda.
Babazorro, d., joven que se atreve á mayores empresas
de las que su edad permite: [i c, rústico; tosco.
babosa, a., cebolla añeja que, plantada, produce otra: i|
a., cebolleta.
bacía, n., gamella; artesa; 6, en general, capacidad de
madera, en forma rectangular y oblonga, cuyo destino
es el de amasar, ó lavar la ropa, ó disponer el sustento
de algunos animales: if n., letrina, retrete ó secreta, se-
gún Ducange, apoyado en Libértales barciriy ms. i283:
li n., volcar la bacías decir alguna sandez; deslucirse
con alguna ocurrencia impertinente; hacer de las suyas.
B irs
bacinilla, bacía para el agua que se da á la barba.
bachoca, n., se dice de cierta clase de judía que no se
conserva seca, y se come, comúnmente, desgranada, á
medio secar: || en Murcia bajoca,
badal, a., carne de la espalda y las costillas, hacia el pes-
cuezo, en las reses de abasto.
badallar, bostezar.
badarrón, n., véase galacho.
badina, a., balsa ó charca de agua detenida en los caminos.
badina!, lo mismo que badina.
ba§a, a., cuerda con que se asegura la carga sobre las ca-
ballerías: IJ en Navarra, treboilla,
baguera, i
baguerreta, > d., baga.
bagueta, \
bahurrero, a., cazador de aves con lazos ó rades (voz
antic.)
baile, a., juez ordinario en ciertos pueblos de señorío:
usual en la antigua Coronilla,
bailía, a., territorio en donde ejercía jurisdicción el baile.
bailío, n., bailía ó bailiazgo.
bajero, a., prenda ó pieza que suele colocarse bajo de
otra, como saya bajera, sábana bajera.
baladre, p., adelfa; planta silvestre que produce un fruto
pequeño, esférico, negro y amargo. Esta voz sirve para
término de comparación á todo lo amargo.
balagOSte, balaustre ó barandilla: aunque parece, á pri-
mera vista, un barbarismo, á los cuales no siempre da-
mos cabida, incluimos esta voz por verla usada en Frai-
lía, historiador inédito de la Universidad de Zaragoza.
balda y baldón, aldabón.
baldaqui, tela preciosa ó brocado de Bagdad.
baldar, a., descabalar ó dejar incompleta una colección.
baldorro, aldabón; en algunas localidades.
baldragas, n., persona desinteresada; de buen carácter y
de poca energía.
baldres, valdes; piel suave: L. Fernández usa, valdrás.
balsa de sangre, a., aquella en que, á fuerza de trabajo
y costa, se recoge el a^ua para ganados ó personas: si se
hace en acampo propio, es privativa del dueño; si en
montes comunes, no lo es, mientras no se cerque.
174 B
balsete, n., balsilla.
ballesta: se usa en la frase sin decir cesta ó ballesta; mo-
dismo que se lee en la Sirena métrica^ colección manus-
crita de poesías y que conviene, aunque no totalmente,
con el castellano, decir unas veces cesta y otras ballesta.
ballicO; n., planta; avena fatua; ballueca, Olivan emplea
esa voz en su Manual de Agricultura,
bailón, d., arroyo pequeño.
balluarte, n., especie de andas ó parihuelas, en que se
conduce de un punto á otro el material, y, sobre todo,
el desperdicio de las obras: || también bayarte, como
en Navarra.
ballueca, c, especie de cizaña: Asso la describe como
aragonesa, y es muy nociva al ganado vacuno.
bancada, n., sección votante de escolares, cuando éstos
conferían á votos ciertas cátedras.
banco reguío, Audiencia real, según el Glosario de Savall
y Penen.
banda, n., faja ó ceñidor que se viste alrededor del cuerpo.
bandeador, columpio.
bandear, n., tocar ó doblar las campanas.
bandearse, n., pasarlo con decencia: |j n., estar (como
generalmente se dice) entre dos aguas: \\ n., columpiar-
se: en Castilla significa, mover á una y otra banda; antic.
bando, n., comba; pandeo: se aplica, ya á los cuerpos co-
locados horizontalmente, cuya extensión y peso les da
algún pandeo, ya sobre todo, á los que están puestos
verticalmente, y que, no teniendo solidez proporcionada
á su altura, se cimbrean algún tanto: j| n., á todo bando,
expresión que se usa, comúnmente, en sentido moral,
para denotar que se hace alguna cosa descaradamente,
y arrostrando todas sus últimas consecuencias. Se usa en
la frase, echar á bando las campanas.
banova, a., colcha ó cubierta de cama: en algunas partes
banúa.
banquera, a., colmenar pequeño, sin cerca; sitio donde se
ponen en línea las colmenas, sobre bancos.
barsga, tableta de chocolate, que contiene tres onzas en
cuatro porciones: || voz de algunas localidades.
barán, se dice pasar de barán, por nivelar la muela hari-
nera.
175
barbado, c, sarmiento con raíces, dispuesto á la planta-
ción.
barbaridad, n., gran cantidad.
barcbilla, d., la duodécima parte de un caíz de granos.
bardino n., se aplica al perro ú otro animal que tiene el
pelo de un color dudoso, entre plomizo y gris: también
se dice bárdeno,
bardo, d., barro.
bardoma, a., suciedad; porquería; lodo corrompido.
bardonero, n., véase bordonero y bordonador, que son
más usados.
barlenda, polipodio; planta: úsalo Ebn Buclarix.
barlete pieza ae hierro, en figura de 7 ó de martillo, que,
atravesando el banco de carpintero, sirve para sujetar
á él las piezas que se labran.
barote, n., balaustre: también puede escribirse varóte.
barral, a., redoma grande de vidrio, capaz de una arroba
de vino, próximamente.
barranquear, no andar muy derecho en un asunto.
barranquera, n., se aplica á cualquier género de peonza
que, por tener mal limado el clavo ó la punta, da vuel-
tas con poca suavidad.
barras, n., las cuatro bandas, listas ó palos rojos en cam-
po de oro, con que blasona el reino de Aragón.
barrastra, portadera, principalmente, para piedras gran-
des, que se hace con horquillas de árboles y travesanos,
de punta á punta.
barrear, a., borrar ó cancelar lo escrito, pasando por en-
cima una línea de tinta ó lápiz.
barredera, n., se usa en la expresión echar la barredera
para denotar que se ha decidido, bruscamente, la cues-
tión; que se ha dado una salida; que ya no admite más
opiniones.
barrera, n., corral de ganado al descubierto.
barreño, c, jofaina ó aljofaina.
barriguera, n., especie de correa ó cincha.
barriscar, vender á ojo: se halla en documentos oficiales.
barros, n., lodos: ambas son castellanas, pero, tratándose
de la suciedad de las calles, en Aragón se prefiere la pri-
mera, y en Castilla (como dice la Academia) la segunda.
barza, zarza: ¿refunde á barda y :[ar{a?
176 B
basta, c, hilván.
bastárdelo, a., cuaderno borrador, en que el escribano ó
notario conservan los autos y escrituras.
baste, p., especie de albarda 6 aparejo.
batafalúa, anís.
bateaguas, c, paraguas: en la séptima edición del Dic-
cionario de la Academia todavía no se había incluido
esta palabra. *
batifuUa, a., batihoja ó batidor de oro; antic.
batimiento, a., acción y efecto de batir, sobre todo la
moneda; antic.
batir, p., verter; arrojar; desechar: |! d., derribar ó dejar
caer al suelo alguna cosa: la Academia, aunque parece
coincidir con esta significación que, como se ve, toma-
mos del Diccionario de Peralta, pero no se refiere sino
á lo que se derriba á viva fuerza; y como prueba de
que no se considera castellana aquella palabra, los co-
lectores oficiales de los trozos selectos para uso de los
Institutos del Reino la acusan de poco castiza en el verso
de Ercilla,
Que estuvo en punto de batirle al suelo;
y proponen como mas propia postrarle 6 derribarle, á
pesar de hallarse en libro no aragonés, por ejemplo, en
el Amadis de Gaula^ é Agrajes, lo batió del caballo: \\
n., labrar moneda, en cuyo sentido usan también esa
voz los Fueros de Navarra.
batollar, varear ó sacudir los árboles: la Academia con-
signa hatajar, como provincial.
batueco, d., huevo huero: se usa también en Navarra, y
existe fuera de Pamfílona una fuente medicinal llamada
el Batueco, con alusión al olor ingrato de sus aguas.
baturro, n., se dice de los jornaleros del campo y gente
menos acomodada; pero es voz familiar.
bázaro, c, escoria de algunas sustancias, como cera, pez,
etcétera.
beber !a toca, n., impacientarse; irritarse; incomodarse
fuertemente, principalmente con los niños.
bebida, a., el tiempo en que descansan los trabajadores,
principalmente en el campo, y en que toman algún bo-
cado o trago: |1 licor: es bastante usual el decir: ¿Quiere
usted vino rancio ó bebida?
B 177
becaracha, n., ave.
becardón, a., agachadiza; ave.
belén, n., nacimiento ó representación del de Jesucristo,
por medio de figuras de bulto que se destacan en el pai-
saje correspondiente: || n., desorden; confusión: |j n.,
persona insípida: || estar en Belén ^ estar en babia.
bello, bella, n., alguno, alguna; voz local: || en Ordina-
ción de Pedro IV sobre Coronaciones se lee: é allí esté
un BEL RATO mostrándose á sus gentes.
bellorta, abrazadera de hierro para sujetar el limón á la
cama del arado.
bérbero, a., agracejo; arbusto y su fruto: en Castilla es
la confección que se hace con la agracejina.
bereng'uero, n., Ducange lo incluye en su Glossarium,
pero ignorando si significa berlina ó círculo de hierro
para la cabeza de los ajusticiados.
berganto, d., cardenal; señal ó hinchazón que deja algún
golpe, sobre todo de látigo. Fuera mejor escribir ver-
ganto.
berlanco, d., berganto.
berniz, barniz: la Academia dice que hoy se usa en
Aragón.
berrugo, adusto, egoísta y escamón.
besante, n., moneda equivalente á tres reales y dos ma-
ravedises comunes: en castellano moneda turca de ora
de veinticuatro quilates: la hubo de plata de tres suel-
dos y cuatro dineros catalanes.
bescambre, n., creemos que bresca: se halla ese voz en
las Or dinaciones de Abejeros , á las páginas 27 y otras*
besque, a., liga; materia viscosa.
bestiar, n., bestia; y también ganado mular ó caballar.
beuna, a., vino de color de oro de la uva de este nombre,^
que es bermeja, pequeña y de hollejo tierno.
blasmo, n., blasmo; desdoro; vituperio; mala fama.
bienes (aprehender los), a., embargarlos.
bienza, a., binza ó tela del huevo: || telilla ó panículo del
cuerpo del animal.
big^ardón, n., el que es, desmesuradamente alto, en pro-
porción á su edad: en Castilla, el vago ú ocioso; en cuya
sentido también se usa en Aragón.
bimardo, d., novillo; buey de dos ó tres años.
12
178 B
birla, a., bolo, en el juego de ellos.
birlos, juego de los bolos.
birlón, a., el bolo grande que se coloca en el centro de los
demás. En Aragón he oído juego de los birlos; y la
Academia pone birlo (ant.), bolo para jugar.
bisalto, a., guisante: es también provincial de Navarra.
Lo interpreta, en su Glosario, A Memorial histórico de
la Academia de la Historia, tomo V, i853.
bisca, d., remusguillo; viento no muy fuerte, pero frío y
penetrante.
bistraer, d., sonsacar: || tomar á préstamo ó anticipo.
bistreta, d., cantidad que, en lo antiguo, se adelantaba á
un procurador: |1 los estiércoles, paja y abonos de una
finca de importancia, que, comprendidos en el arriendo
de ella, debe devolver el arrendatario á la conclusión del
contrato: || se usa en Tarazona y acaso deriva del ViS'
tractum, diferido; aplazado: |1 en general, todo adelanta-
miento de dinero, ó anticipación de paga, como dice la
Academia, en su Diccionario de autoridades (pues en
los modernos no incluye esta voz), el cual añade, que es
voz baja usada en Aragón y tomada de Vistret. En 1 504,
la Diputación pidió permiso al Justiciado, para tomar
de la tabla de depósitos del Reino, tres mil libras por
vía de Vistreta, con destino á la reimpresión de los Ana-
les de Zurita y que para la restitución, tomaría los pla-
zos y seguridades que convinieran con terceras personas.
biterja; n., aguamanil, según se lee en las leyes palatinas
de Jaime II.
blanco, cada una de las bandas de la barriga del cerdo
(^ue no tienen magro, y se usan generalmente en la olla
o el cocido español.
blanquero, d., blanqueador.
bleto, n., bledo; planta.
boalaje, a., tributo que se pagaba de los bueyes.
boalar, a., dehesa boyal: 1| n., herbaje: || n., porción de
terreno destinado al pasto de los ganados, del abasto pú-
blico ó al de las caballerías de labor de los vecinos.
boca (venir á), n., reventarse ó abrirse un tumor; venir á
supuración.
bocal, a., presa ó fábrica de muro, para atajar el agua de
un río.
B 179
bocha, n., planta; globularia alypum: es lo mismo que
cebollada: || rama de árbol ó arbusto que se pone á los
gusanos de seda, para que suban á elaborar el capel.
boché, pollino: en Navarra y Pertasa.
bodoUo, a., podón ó instrumento corvo de acero, para po-
dar cosas fuertes.
bofo, d., fofo.
bogeta, a., sardineta: voz ant.
bohemiano, n., gitano: en Castilla, es sinónimo de bohe-
mo ó natural de Bohemia, y para significar, entre otras
la idea de gitano, se usa de la palabra bohemio,
boira, d., niebla muy espesa.
bojardones, d., especie de setas.
bolado, p., pan de azúcar rolado: llámase también espon-
jado, azucarillo y panal.
bolchaca, a., bolsillo ó faltriquera: dícese también, bol-
chaco.
bolea, d., pelota jugada al aire: || d., mentira.
boleta, n., cierta especie de buitre.
boletero, n., encargado de distribuir las boletas de alo-
jamiento.
bolinche, n., judía redonda y no grande, de muy buen
sabor: H n., juego que se compone de un palo torneado,
que por un extremo tiene una cazoleta y por otro una
punta, y de una bola agujereada y suspendida del cen-
tro del palo por una cuerda: — consiste en elevar la bola,
pero de suerte que caiga en la cazoleta ó se introduzca
en la punta, á voluntad del jugador. Hemos visto desig-
nado alguna vez ese juego en Castilla con el nombre
análogo de boliche; pero la Academia da otras significa-
ciones á esa voz.
bolisa, p., pavesa; motilla en la ropa ó flotante en el aire.
boliseria, n., enredo; trapacería.
bolisero, n., enredador; trapacero; y también taimado y
aficionado á naderías.
bolo, a., almohadilla oblonga en que se hacen los encajes.
bolomaga, planta: arrancar la bolomaga^ expulsar á uno
trabajosamente.
bolsear, a., formar pliegues y arrugas en cualquiera tela.
hollinar, bolliciar, que como castellano antiguo define la
Academia.
180 B
boUinada, a^ua que sale con fuerza, después de represada.
bollo, c, chichón.
bollón, a., botón de la vid y otras plantas.
bombona, cántara de tierra, de cabida de algunas arrobas,
á propósito para guardar aceite.
bonavero, n., anotación ó relación de los bienes sobre que
versa una demanda: suele acompañarse, sobre todo en eí
proceso de aprehensión, á la demanda misma ó apellido.
bonetero, n., planta; evonymus europcevs.
boñiga, c, excremento del ganado vacuno.
boque, d., macho cabrío.
bor, la frase es, de bor en bor, y se usa, para indicar que
una vasija está llena de agua; así como se dice de bote en
bote, cuando un aposento, plaza, etc., están totalmente
llenos de gente.
borda, p., choza; pajar; corraliza: provincial de Navarra
en el primer sentido, según la Academia: en Cataluña
manso y también pernada.
bordón, n., bohordo.
bordonador ó bordonero, el que tiraba bordones al ta-
blado, lo cual se consideraba menos difícil, que el arro-
jar lanzas. (Véase tablajero.)
borg^il, n., la paja apiñada, en forma de cono truncado
y cubierta con un tejadillo, para libertarla de la lluvia.
bornizo, vastago reciente en los árboles.
borraz, tela de cáñamo ó paño de coger olivas.
borrico, la estrella pequeña en el torno de fabricar seda,
la cual tenía la tercera parte de los puntos de las dos es-
trellas grandes del gobierno, según Asso, en su Econo-
mía política de Aragón (228).
borroso, a., el oficial de poca habilidad.
borrufalla, a., hojarasca; fruslería; cosa de poca sus^
tancia.
bosanaya, n., moneda que duró tres años hasta elde 12ÍI,
según un Cronicón barcelonés, citado por Ducange, el
cual incluye también las voces balssonaya y bosonayá
y cita estas palabras de Pedro III en i343: concedimus
deferre monetam sive bossonoyam billonum vel balsso-
NOYAM quamlibet.
botarga, a., dominguillo, en la fiesta de toros.
boteja, n., botija.
B i81
botifuera) n., gratificación, descuento ó regalo que se
hace al comprador: || n., cierto derecho que cobra por
cántaro el medidor del vino: || n., propina á los criados.
botiga, p., tienda de mercader: la Academia trae como
castellanas las palabras botiguero y botiguilla: en ita-
liano se usa botega: \\ d., taller de artista; acepción poco
recibida.
botinfiado, d., hinchado: |i n., hombre desproporciona-
damente grueso y por algún concepto repugnante.
boto, a., pellejo para contener vino, aceite ú otro licor: ||
n,, judía bota; variedad que se distingue por ser más
tierna y estar fuera de la vaina.
bovaje^ hemos leído cjue era un tributo que se pagaba al
principio de cada remado por el reconocimiento de se-
ñorío sobre los ganados.
boxadero ó buxadero, serbal, árbol; serbal de cazado-
res: conócese con ese nombre en los Pirineos.
bozo, n., bozal ó aparato de varia invención, que se pone
á los perros en el hocico para impedir que muerdan.
bra§a, a., metedor ó lienzo que se pone á los niños bajo
el pañal.
bragueta: se usa en la frase más s^rio que bragueta de
ciego.
brama, cencerrada á los viudos-novios.
brasmar, n., en el Diccionario inédito de Rosal se lee,
*br asmar, dice el aragonés, del griego brasmos ó bras-
ma, la tempestad del mar ó la demasiada risa ó ruido»:
Aldrele lo deriva también del griego y lo hace equiva-
lente á concussio.
brazal, a., cauce ó sangría que se saca de un río ó acequia
para riego de huertas y sembrados.
brazo, n., se dice irónicamente bra:^o de San Valero (pa-
trón de Zaragoza) por aquel que tiene poco poder, poca
influencia, poca significación.
bresca, a., panal de miel: en las últimas ediciones de su
Diccionario lo incluye la Academia como castellano:
era vocablo usado por los poetas provenzales.
brescadiilo, Argensola, describiendo un traje del si-
glo ^vii, dice: bordado todo el campo de canutillo y
BREscADiLLo v hojuclas de plata.
brino, lino en hebra.
i.
182 S
brisa, p., orujo de las uvas.
brocal, d., bocal; azud, con aplicación á los canales.
brócul ó bróquil, d., bróculi; col.
bronco, nudo en la madera: voz del Pirineo.
brochina, n., vientecillo sutil y frío que viene del Guara ó
de Moncayo.como el que Madrid recibe de Guadarrama.
brosquil, a., redil.
brosta, mucho recado, especialmente de comer.
brozas, n., con este plural se designa á cualquiera persona
torpe, desmañada ©desaseada.
brozoso, n., calificativo de igual significación que el sus-
tantivo anterior.
brutaña, n., hombre abrutado; grosero; mal educado.
bucarán, a., bocací.
bucardo, macho de la cabra montes.
buco, a., boque ó macho cabrío: 1| persona abrutada.
buchona, paloma ladrona.
buega, a., mojón; linde que divide las heredades.
bufa, vejiga de cerdo fvoz local).
bufeta, coleto de piel de búfalo, conforme al couffetin
francés: esta interpretación es satisfactoria ante el pa-
saje siguiente de B. Argensola: desclavada una lan^a
del guardabra^o i:{quierdo, y aunque iba allí la bufeta,
se suspendió el combate.
bufi, a., especie de tela, como camelote de aguas.
bufón, a., buhonero; ant.
bufonería, a., buhonería.
buidador ó buirador, d., latonero; operario en objetos
de latón, azófar, etc.
bulbo-castaña, n., planta que Cienfuegos designa con
ese nombre, y es la llamada bunium bulbocastanum.
bulquetada, n., la carga de un bulquete.
bulquetazo, n., golpe; caída: se usa también en sentido
moral, como sinónimo de desgracia ó cambio de fortuna.
bulquete, n., carro ligero que gira por medio de una cla-
vija, y suelta de^golpe la carga por la zaga: suele condu-
cir escombros. Usase también en Navarra.
bulto, n., almohada, sin la funda exterior, de lienzo blan-
co: la Academia llama bulto i la funda de la almohada,
y almohada, al colchoncillo y á la funda blanca en que
se mete.
I
C 183
buUar, bollar ó sellar con plomo los tejidos en las adua-
nas: la Academia da esta voz como navarra, pero es
también aragonesa, y en Cortes de Zaragoza de 1456 se
dispone que los que introduzcan en el reino ciertas mer-
caderías, sean tenidos, bui.lar con bullas de plomo en los
primeros lugares ó puertos.
buró, a.; greda; arcilla.
burra, callosidad, generalmente en las manos, efecto de
algún trabajo de rozamiento; también burro.
burro, n., espuenda ó margen. (Véase correr burro.)
busca, d., mota.
buyador, a., latonero.
Cabal, d., peculio; pegujar de los hijos segundos.
cabalero, el hijo que no es heredero.
cabalgada, n., contribución antigua en Aragón.
caballería, a., las rentas que señalaban los ricos hombres
á los caballeros que acaudillaban: había caballerías de
honor y de mesnada y otras.
caballeros-pardos n., los que, sin ser de antemano hijo-
dalgos ó nobles, se armaban como francos por carta ó
por privilegio real, recibiendo en el hombro la pescoza-
da: en Castillalos que, sin ser nobles, no pechan y gozan
preeminencias de hijodalgos por privilegio del rey.
caballón, d., lomo de tierra que divide las eras de I05
huertos.
cabañera, n., cañada ó espacio señalado para la marcha
de los ganados trashumantes, que suele ser de 60 á 90
varas.
cabecequia, a., persona á cuyo cuidado están los riegos y
acequias: 1| n., guarda de viñas; cusios vinearum.
cabecero, n., el que tomando el arriendo de toda una
casa por un tanto alzado, recauda los alquileres de las
habitaciones y se entiende con los inquilinos.
184 C
cabezada (dar la), n., desfilar, saludando por delante de
las personas que hacen el duelo en algún entierro: 1|
n., hacer alguna visita muy corta.
cabezana, d., cabestro.
cabezudo, n., hombre de buena cabeza, esto es, de buena
organización intelectual.
cabidar, d., ahorrar; economizar.
cableta, n., véase capleta y los siguientes vocablos, que
todos se hallan, indistintamente, escritos con p y b.
cabo, a., párrafo, división ó capítulo.
cabo de guayta, el encargado de ejecutar las prisiones ó
detenciones en nombre de los jurados de Zaragoza: era,
por lo visto, el jefe de la guardia municipal ó de los
miembros de ese justicia.
cabrear, n., echar las cabras los jugadores para ver á
quién cabrá pagarlo todo, como dice Rosal.
cabreo, a., libro becerro ó de privilegios: || catálogo razo-
nado de los papeles de un archivo: || arancel.
cabrevación, a., acto y efecto de cabrevar.
cabrevar, a., apear en los terrenos realengos las fincas
sujetas al pago de los derechos del patrimonio real.
cabreve, a., apeo en las bailías de dichas fincas.
cabruna, piel de cabra: en rigor no debíamos incluir esta
voz, pues la Academia consigna como españolas corde-
runa, piel de cordero; conejuna, piel de conejo, etc.;
pero no incluyendo aquélla, la admitimos aquí para in-
dicar que es de uso general en los antiguos aranceles
aragoneses, como son también cervuna, cabrituna, bo-
quina, ca^rellina, etc.
eacha, d., envite falso en ciertos juegos de naipes.
cachilada, c, lechigada: la Academia escribe cachi-
llada.
cachirulo, n., fleco ó adorno, generalmente ordinario: H
pañuelo de color para la cabeza, según V. Laíuente: j¡
adorno felpado.
cacho, c, gacho.
cadejo, c, madeja.
cadiello, c, cadillo.
cadiera, d., escaño; banco de respaldo: la Academia es-
cribe cadira, ant., silla.
<»dillo, a., cachorro: |j c, flor del olivo cuando sale el
C 185
fruto: en la séptima edición del Diccionario de la Aca-
deima no se halla todavía esta voz.
cado, a., madriguera; huronera.
caducar, discurrir; cavilar.
caduco, caviloso.
cadufo, n., arcaduz, voz dórica y lemosina: en catalán
catúfol y cadúfol.
calazas, n., cobarde; pusilánime, ó, como dice la Aca-
demia, cagado.
caguera, n., cagalera.
caja, notaría, según los Sres. Savall y Penen, en su Glo-
sario.
cajeta, a., cepo para recoger limosna.
cajico, árbol que produce los ó las glanes.
cal, calen, c, importa; interesa: úsase siempre en tercera
persona, y se emplea universalmente entre las clases
menos acomodadas de Aragón. Entre los provenzales
no sólo era usual esa palabra, sino la de calensa, ne-
cesidad ó cuidado, y la de calier, cuidadoso, nece-
sitado.
calaje, a., cajón ó naveta.
calamonar, d., corromperse ó fermentar la hierba ú otro
vegetal.
calandria real, n., variedad de la calandria: sólo en Za-
ragoza se designa con aquel nombre, según Asso.
calcero, n., calzado.
caldereta, n., se dice de la mujer entremetida y que, co-
múnmente, disipa el día en la ociosidad y los pasatiem-
pos: igual á CANDILKTERO.
caldo de cabeza, ilusión; vana confianza; por ejemplo:
dígale usted que es caldo de cabeza eso de ganar dos
mil duros en el negocio.
caldoso, el que se ostenta mucho ó aparenta ser muy ne-
cesario en alguna parte.
calendata, a., fecha; voz forense ant., usada hoy en
Aragón.
calibo, a., rescoldo.
calmar, n., escarmentar á alguno; dejarle mal parado.
calmudo, n., calmoso.
calomanco, a., calamaco 6 tela de lana angosta, con un
torcidillo, como jerga: anlic.
fe.
186 C
calonia, n., multa: la Academia admite en este sentido,
las palabras caloniar y caloña.
calorina, n., calor fuerte y más bien seco: en Castilla
calina^ pero en significación, del vaporcillo caliente, que
enturbia la atmósfera: en idioma provenzal, calina^
calor.
caloyO; d., recental; cabritillo destinado al regalo del pa-
ladar.
callizo, a., callejuela; callejón.
carnada, n., se usa en la frase hacer 6 tener carnada, para
denotar que se madruga menos que ordinariamente.
carnaje, pago por la cama ó por pernoctar: se usa en los
documentos oficiales.
camsóuste, n,, escalera para coger oliva; que es un palo
rajado hasta cierta altura y atravesado de otros, de
suerte que ofrece base de apoyo y punta, para apoyar
en las ramas.
camal, d., rama.
camalig^a, liga ó listón para la pierna: parece tomado del
patois,
camarlengo, a., oficial de la Casa Real de Aragón, cuyas
atribuciones y dependencia eran análogas á las del Ca-
marero en Castilla.
camatón, n., (véase camero), cada manojillo de esparto
de que consta el vencejo.
camaz, tamarindo; antic.
cambalache, n., (véase combalache, que aunque menos
castellano, es más usual).
cambra, Montepío de setecientos cahíces de trigo, que
puso en Leciñena D. Juan de Arruego, según F. José
de Santo Domingo.
camena, n., cama rústica ó campestre dispuesta con paja
ó ramaje.
camero, n., especie de colchón de que se sirven los pas-
tores, y consiste en dos pellejos unidos.
camilera, camauga.
camino (de), n., al momento; en el instante: la Academia
admite esta írase, pero en sentido de al paso ^ al mismo
tiempo.
camorra, longaniza aderezada al horno dentro de un pa-
necillo.
C 187
campar, d., solazarse: || c, descollar; sobresalir: [| d., lu-
cir el garbo; pasear con vanidad ú ostentación; vivir, y
vivir holgadamente.
campico, n., diminutivo de campo, que incluimos aquí
no sólo por ser muy usual, sino aun más porque la
Academia no le da cabida, á pesar de admitir siempre
como castellana y algunas veces como exclusiva, aquella
terminación: verdad es que admite campecico.
campo, n., se dice por excelencia del de Cariñena, fa-
moso por su viñedo.
cana, p., medida de dos varas. Zurita dice, y rompieron
más de cincuenta canas de muro.
canalera, a., canal en el tejado y el agua que cae por ella
cuando llueve.
canaleta, pieza de madera unida á la tolva, por donde
pasa el grano á la muela.
canción (poner en), inducir á alguna cosa; hacer con-
sentir en algo.
canchilagua, n., planta.
cándara, a., zaranda.
candarse, candarse el rioy helarse.
candilera, n., planta.
candiletear, ir de una parte á otra visitándolo todo, por
pura curiosidad y no por precisión.
candiletero, el ocioso y curiosón que quiere estar en
todo.
candonga, n., gollería; salida intempestiva: en Castilla
zalamería.
cañero, d., salvado grueso.
cansar, n., usan de este verbo transitivo los pescadores,
para expresar la acción de dar carrete ó proteger los mo-
vimientos de un pescado prendido, á quien es preciso
fatigar, para que, perdida la fuerza, se le pueda sacar á
tierra.
canso, a., cansado; voz ant. que se lee en la Crónica del
Príncipe de Viana y que, según la Academia, usan hoy
los rústicos de Aragón y Castilla la Vieja: || d., canso,
canse ó calso de aguja, ojo de aguja.
cantal, a., canto grande.
cantalazo^ d., canto grande: || n., golpe dado con un
cantal.
188 O
cántaro, a., medida de vino de unas 28 libras.
cantero, a., parte ó pedazo de heredad.
cantilag;ua, n., planta; linum catharticum,
canto, n., bizcocho ó pan bendito: 1| p., cantero de pan:
la Academia lo incluye, como provincial, de Extrema-
dura y Andalucía, y el aragonés D. Miguel A. Prínci-
pe lo usa en sus Fábulas (117).
cantón, callejón, en Gaspe y otros puntos.
cantonada, esquina; arcaísmo usado hoy en Aragón, se-
gún la Academia.
canutillo, n., juego que consiste en colocar sobre un
tubo de caña algunas monedas, y tirar con otras, pro-
curando volcar con ellas el tubo y colocarlas cerca de
las contrarias.
cañada, a., medida de vino en Aragón y parte de As-
turias.
cañicerrada, n., res que padece enfermedad inflamatoria
en la cabeza.
caño, a., vivar: H c, cueva para enfriar y serenar el agua
y para refrescar Irutas, carne, vino ó cualquiera vianda.
En el interesante libro Calila é Dymna se lee: et la mu-
ger había Jecho un caño desde su casa fasta la calle:
en el original árabe se lee agarbe 6 mina subterránea,
según Gayangos. Por más que la Academia y el texto
citado, declaren castellana esta palabra, la verdad es,
que los castellanos no la entienden y la ríen, como ara-
gonesa.
cañón, n., el esquilón que se pone á los machos cabríos,
cuando trashuman, á la cabeza de los rebaños de ove-
jas y carneros: llévanlo á veces, estantes, en la estación
del verano.
cañuto, a., alfiletero.
capa, (véase piedra).
capacear, a., dar de capazos ó con la capa; antic.
capacidad, n., poder; y así se dice, no hay capacidad de
hacerle venir; no hay capacidad de reducirle,
caparra, a., alcaparra: || p., garrapata.
caparros, a., caparrosa.
capaza, a., capacho; espuerta para los molinos de aceite.
capazo, c, esportilla.
capel, d., capullo del gusano de seda.
C 189
capelardente, c, tumba; capilla ardiente; catafalco.
capítulo, a., cabildo.
capleta, n., fianza de bienes inventariados: tomar á ca^
pleta, tomar con fianza: entregar en cableta^ entregar
bajo fianza. Argensola dice: mandar sacar del castillo
á CAPLENTA.
caplevador, n., el fianza de bienes inventariados.
caplevadora, n., adjetivo que se aplica á la fianza que
se prestaba en los juicios y sobre los bienes inventaria-
dos: llamábase también, cahlev adora y cableta. En
Castilla, cablievdj es anticuado, con la significación de
fianza de saneamiento; y en Berceo se lee: tomaronlis
CABLiEVAS et bonos fiadores.
capolado, a., picadillo: es á la vez sustantivo y adjetivo.
capolar,, a., picar la carne.
capsueldo, d., ventaja del uno por diez, que se da al que
paga ciertas deudas, antes de vencido el plazo; dícese,
pues, ganar capsueldo ó capsveldo, al pagar anticipada-
mente.
capucete, n., el acto de meter la cabeza en el agua por
un momento, y aun también todo el cuerpo.
caracola, a., variedad de caracol, más pequeño que el co-
mún y con la concha blanca.
caracoleta, caracolilla: se aplica también ese nombre, á
la niña despejada, diminuta y traviesa.
carada, dar á alguno una carada, significa, recibirlo mal
ó presentarle mal semblante.
caramullo, d., colmo.
carasol, n., paraje abrigado y protegido por el sol.
cárcavo, n., la capacidad interior de los puentes, en los
molinos.
carchesia, n., planta: genista sagitattalis.
cardelina, d., jilguero.
cardón, c, árbol: I| d., laurel silvestre.
cardonera, cardón: se usa en las montañas de Jaca, como
sinónimo de acebo.
car§a, n., peso de tres quintales: |1 n., medida de i6 cán-
taros.
cargadal, n., cargazón de tierra y otras sustancias, al fon-
do de los ríos y acequias.
cargadas, n., se usa en la expresión llevarse las cargadas y
190 C
que significa llevarse las culpas; cargar con la responsa-
bilidad de alguna cosa.
carg^ador, n., palo para sujetar en él, con iacilidad inge-
niosa, las cuerdas que amarran una carga.
carica, a., judía careta.
carinar, d., echar de menos á una persona 6 sitio; sentir
su ausencia: en Castilla, encariñar y encariñarse,
carinarse, d., sentir tristeza por la ausencia de personas
queridas ó por la extrañeza de lugares no conocidos.
caritatería, cargo ó prebenda en la Seo, que remonta,
por lo menos, al siglo xv: también Charitateria.
caritatero, a., el que obtenía cierta antigua dignidad, en
la iglesia metropolitana de la Seo de Zaragoza. La edi-
ción del Diccionario de la Academia de 1869, la da como
española.
carian, a., cusios castri, seu illius Gubernator in/euda-
ius, los cuales, íuera del condado de Ribagorza, se co-
nocían, en otros puntos, con el nombre de castellanos.
La Academia dice, que es el que, en algunas partes de
la Corona de Aragón, tiene cierta jurisdicción y dere-
chos, en algún territorio.
carlanía, a., dignidad; territorio y jurisdicción del Carian.
carmenar, n., escarmentar á uno; haberle dado un golpe
fuerte, un pellizco, etc.: en Castilla repelar: la Acade-
mia admite la voz escarmenar,
carne, n., en el juego del marro, la presa que se hace en
los contrarios.
carnerario, a., osario.
carnerera, n., esquila que llevan los carneros.
carnero, a., piel de carnero curtida: || n., vaso carnero,
sepultura.
carnuz, carne muerta y ya corrompida, y principalmente,
el cadáver de algún animal empezado á mondar: se usa
decir, huele á carnu:[.
carpeta, a., cubierta de carta ó pliego.
carrada, n., carraca: || n., achaquiento.
carrada, d., carraza ó ristra.
carramanchones (Á), estar sobre una cosa á horcajuelas
ó perniabierto; por ejemplo: ponerse á carramanchones
sobre la lumbre: — también hemos oído la voz escarra-
manchado, que sin embargo no incluimos.
o 191
carraña, d., ira; enojo: jl d., persona propensa á estas pa-
siones.
carrañar, d., regañar.
carrañón, d., y carrañoso; n., regañón.
carraón, fruto cereal de escasa importancia, que se cría
en tierras pobres.
carrasquilla, n., planta medicinal que se cría con abun-
dancia en los montes, y comúnmente se emplea con
mucho éxito para refrescar y disminuir la sangre.
carraza, d., ristra.
carrazo, d., racimillo; principalmente de uvas.
carrazón, n., aparato para colocar y ayudar á la romana
en las grandes pesadas: || la misma romana.
carrete (dar) , n., dar pie para que se hable mucho de una
cosa, con objeto de enterarse de ella ó de comprometer
con sus explicaciones al que habla.
carretillas, n., las cuatro variedades de la estirpe, medi-
cago polymorpha,
carta de gracia, a., pacto de retrovendendo, en fuerza
del cual, el vendedor puede volver á adquirir la cosa
vendida, siempre que entregue el precio. [1 Carta de
RAFEz, la Declaración del Privilegio general dice: itenif
como las cartas de rafez se clamen falsas por ra\on
de su poca pena y que es puesta en el fuero contra
aquellos que redar guecen aquellas de falso ^ etc.
cartuario, n., cartulario ó libro becerro, úsala entre otros,
Latassa, y la cita Ducange, apoyado en Moret.
casa de labor, Granja-modelo; según se desprende de ha-
ber publicado Jerónimo Ardid en el siglo xvi i, Funda-
ción de la casa de labor que ahora se llama de Admi-
nistración y en Zaragoza.
casa y tinelo, a., antepuesto el verbo tener, significa dar
de comer á todo el que quiera ir: tener mesa franca.
casada, a., casa solar, de donde toma origen algún li-
naje; ant.
casal, p., solar; edificio de casa arruinada.
casamuda, n., el acto de cambiar de domicilio ó habita-
ción: II dícese generalmente, estar de casamuda; ocupar
mucho la casamuda. Los fueros usan esta palabra, aun
considerándola, como traslación de un pueblo á otro.
casca, p., cascara.
192 C
cascamajar, a., quebrantar una cosa, machacándola: ¡1 n.,
metafóricamente, explicar con minuciosidad una cosa;
insistir en ella más de lo necesario.
cascar, n., dedicarse con preferencia á una cosa, como se
ve en las frases cascarle al pan; cascarle al Derecho
romano^ etc.
cascucia, n., tunda; de cascar^ voz castellana.
casera, a., ama ó mujer de gobierno que sirve al hombre
solo, principalmente si es sacerdote.
casero, n., el que ocupa alguna caseta, en portazgo y pon-
tazgo.
castellán, a., castellano ó gobernador de un castillo: se
usa sólo en la orden de San Juan, en Aragón, hablando
del Castellán de Amposta.
casual, a., aplícase á las firmas ó decretos judiciales ex-
pedidos al fin de impedir algún atentado.
cataplasmero, n., el encargado en el Hospital de la con-
fección y aplicación de las cataplasmas: || n., zalamero;
hazañero.
catastro, oficina y registro de la propiedad: H en español,
contribución general.
catorcén, n., se dice, del madero que tiene veintiocho
palmos de longitud: esa palabra suele usarse compara-
tivamente, diciendo de los niños vohnslos pesa más que
un catorcén.
causar, a., hacer causa ó proceso.
cavandero, hombre del campo: 1| leemos esta palabra en
un papel inédito copiado por Latassa, y que D. Valen-
tín Garderera atribuye al deán Larrea.
caza, n., lebrillo.
cazada, n., golpe decisivo ó mortal; y así se dice, de una
ca:{ada va abajo esa puerta; ¡qué lástima de ca:{ada d
ese perverso!
cazamoscas, n., papamoscas: pertenece, entre los ani-
males invertebrados, á la clase de las aves, orden délos
pájaros, familia de los dentirrostros, genero de los pa-
pamoscas, en cuyas numerosas variedades se cuenta.
cazcarrias, véase zarrias.
cazeno, metal parecido á plata, según documento de 1061 .
cazuela, d., cacharro.
cazuelo, d., cacharro.
o 193
ceaja, cabra que aun no ha cumplido un año.
cebada-marcial, n., la que se siembra en Marzo, y se
cría, por lo mismo, en menos tiempo.
cebollada, n., planta descrita por Asso.
cebollino, a., precedido de la palabra arráncate^ significa
el juego de arráncate, nabo.
cedacillo n., planta, bri\a media,
cegallo, n., véase segallo.
cegama, n. cegato.^
celacequias, n., véase zabacequias y cabecequia.
cena del rey, a., tributo para la mesa del rey, equiva-
lente en Aragón y Navarra al de yantar, conocido en
Castilla: en Navarra se llamaba cena de salvedat y se
daba también á los ricos-hombres, cuando llegaban á
sus gobiernos. También se llama cenas reales.
cencivera, cierta clase de uva menuda y temprana. Suele
decirse, cuando la mora envera, cerca está la cencivera.
cenero, d., terreno no pacido.
centenar y centenero, d., cuenda de madejas.
censal, a., censual: {| a., censo.
censalista, a., censualista.
ceñar, d., guiñar; hacer señas: se halla en documentos
aragoneses, que inserta el Memorial de la Academia de
la Historia.
cepilladizo, cepilladuras: lo hemos visto en algunos anun-
cios; fSaldubense 21 de Noviembre de 1860).
ceprén, d., palanca.
ceprenar, d., mover ó sostener algo, con cualquiera pa-
lanca ó cuña.
cequiario, n., el oficial encargado del cuidado de las
cequias.
cerámico, n., escrupuloso; irresoluto; persona para poco.
cercarse, acercarse: pudiera suprimirse aquí esta voz,
por ser, al parecer, un barbarismo y excluirse en gene-
ral éstos, pero hay alguna razón para incluirla: aquí se
verifica una aféresis, como en acontentar, aconsoladOy
etcétera, se comete una prótesis.
cercillo, c, zardillo.
ceremeña, n., avugo, en algunas localidades.
ceremeño, n., avuguero.
cereño, fuerte; (voz que se nos ha comunicado).
13
194 C
cerchear, n., ceder las vigas que sustentan algún peso.
cerpa, d., con aplicación á la lana, se dice de la que puede
cogerse con los dedos.
cerrado, n., se aplica á la res que, pasando de los cinco
años, ya ha dentado y no da á conocer la edad, por el
número de sus dientes.
cerrar, n., echar una res todos los dientes: la Academia
limita esta significación á las caballerías.
cerro, n., remate; tejadillo ó vertedero que corona las
tapias ó paredes, expuestas á la intemperie.
cía, d., silo.
cibiaca, d., andas; parihuelas.
ciclón, n., ciclan: |I n.; la res que tiene un testículo interno
y otro externo, ó ambos internos: |¡ la Academia llama
rencoso^ al cordero de la primera clase.
cicures, n., mansos domesticados: || úsase por los mon-
tañeses en sentido recto y figurado, como entre los
latinos.
ciento en un pie, n., clavel menor que el ordinario, el
^cual brota en grupos y tiene el tallo más oscuro.
cierro, n., copo; en la primera acepción de esta palabra:
II n., uno de los lances en el juego del dominó (véase
encerrona).
cija, a., prisión ó calabozo angosto.
cimbel, en la frase dar cimbel significa dar guerra; bus-
car ruidos; provocar á enojo.
cing;la, cincha (voz ant.)
cintero, a., braguero.
ciquillín, gavilán ó alcotán: lo hemos oído en Leciñena.
circunducto, n., se dice de lo que queda desvanecido ó
sin efecto por transcurso de término, como el decreto
de Aprehensión si no se ejecutaba en los treinta prime-
ros días.
ciriuelo, d., libro de cerilla.
cisco (mover), n., armar pendencia ó discordia; andar al
estricote.
cisterno, n., se dice del artículo de propiedad para los
que ya litigaron íen el proceso de Aprehensión) en al-
guno de los artículos anteriores; á diferencia del ex-
terno, que es para aquellos que ó no litigaron ó deducen
después nuevo derecho.
i95
clamor, d., barranco 6 valle que, con las lluvias copiosas,
forma un grande arroyo.
claraboya, n., alabastro.
clarearse, n., tener mucho apetito.
clarizca, n., se dice de la pedrezuela lisa y brillante.
clauquillador, a., el que antiguamente sellaba los cajones
en la Aduana.
clauquillar, a., sellar los cajones ó bultos en la Aduana:
los catalanes decían cauquillador , cauquillar y cauqui-
lia: también cloquíllar.
claustrillo, n., salón destinado en la Universidad para
toda clase de ejercicios en los grados, menos para la in-
vestidura, que se da en el Teatro mayor. D. Manuel
Vicente Aramburu le llama también Sala Capitular de
la Universidad.
clavellina, a., hierba ó planta de donde nacen los claveles.
clavijera, a., abertura practicada en las tapias de los
huertos para que entre el agua.
cleriguete, n., cierta ánade, abundante en la estanca de
Alcañiz.
clocarse, n., ponerse en cuclillas.
cloquetas (en), n., en cluquillas.
cobar, d., cobijar.
coca, n., cualquiera golosina que se ofrece á los niños.
cocer (maldito de), n., se dice del muchacho perverso,
mal inclinado ó demasiado impaciente.
cocinilla, p., alcobilla 6 chimenea.
coció, d., cuenco.
cocón, n., coco, en sentido de t fantasma que se figura
para meter miedo á los niños.»
cocona, d., se denomina de ese modo á la nuez vana: ||
n. , salir la nue{ cocona; frase con que se denota que
algún negocio no ha correspondido al. deseo, á la pro-
babilidad ó á la esperanza.
cocote, a., cogote: esa palabra está ya como castellana
en las últimas ediciones: Cervantes usa del verbo aco-
cotar.
cocha, n., el perol en que se elaboran algunos efectos de
confitería.
cochamandrero, n., entremetido; oficioso; amigo de ma-
nejarlo todo.
196 C
coda, a., cola: es de uso general, en el lenguaje de la música,
codero, se aplica al labrador ó al campo, que son postre-
ros en el riego.
COdijo, se usa en la frase no tener hijo ni codijo, para in-
dicar que no se tiene descendencia, ni familia á que uno
esté obligado.
COg;er, c, caber: II n., coger el tiento 6 tomar el tiento^
frase que equivale á la de tomar el corriente, que se ex-
plica en su lugar.
cop^ullada, d., cogujada.
coizo, cogote.
cola de rata, (véase viñazuela).
coladiUa) n. , pepitoria.^
colambre, n., rasuras ó heces del vino: |i n., estar de co-
lambre ó colambrijo, estar de colada.
colaque, quizá, cerco 6 aro: es'voz que se usa en los aran-
celes antiguos.
colodro, (ant., según la Academia de i832) a., medida
para los líquidos: || n., taza ancha de poca altura y sin
asas: en español, colodra.
collete, d., alzacuello.
CoUida, n., en aquella misma cortfué feita declaración
en la collida del común jus esta forma, dice el Códice
de los Privilegios de la Unión.
collilargo, n., variedad de las ánades: anas acuta.
comanda, n., obligación ó escritura de préstamo que, so-
bre ser muy privilegiada, no tiene término contra el
acreedor.
combalache, n., confabulación ó acuerdo, generalmente
en mal sentido: |1 tiene, como se ve, alguna conexión
con el cambalache castellano.
comisario foral, n., el encargado de administrar los bie-
nes, en el juicio de Aprehensión.
compañía de alpargata, a., compañía de gente ruin, que
desampara á los demás, cuando más necesaria es su asis-
tencia. Por ampliación, se dice, familiarmente, de cual-
quiera.
compás, n., distancia; ("Ordinaciones de Zarago^aJ.
comprero, n., comprador.
compromís, n., compromiso, en su acepción vulgar y en
la forense; el plural es, compromises.
C «7
comunidades, cuerpos gubernativos (en Teruel, Daroca,
Albarracín y Calatayud) compuestos de siete ú ocho
solariegos trienales, presididos por el corregidor, para el
gobierno económico y político, con jurisdicción ordina-
ria. (Ponz, Viaje á España, tomo XIII).
COncarar, n., confrontar; carear.
concello, n., concejo.
concieto, d., apetito, semejante al de las mujeres preñadas.
cónclave ó conclavi, cámara ó aposento.
concomerse, n., (véase reconcomerse).
condenado^ n., perverso; violento; con relación al genio,
carácter, maña, voz, etc.
condenar, n., irritar; disgustar; enfadar; y así dice un
poeta anónimo, que hemos visto m. s.:
Diré yo que te condena
que se grite contra el vicio.
Herrera (edición de 1870), dice:
Y lo que más me condena
es el bien de la memoria.
conduz, se lee esta voz en los Cabreos y parece significar
cierto género de tela ó tejido.
confítado, n., conserva de fruta en almíbar; confitura: ||
creído ó confiado en algún suceso favorable: es muy co-
mún decir, por ej., estaba muy confitado en heredar á
un tío y pero se llevó chasco.
confitar, n., cocer las frutas en almíbar.
conformidad, modo ó manera: hágame V. un sombrero
de esta conformidad; de esa conformidad y habiendo he-
redado tanto f ya pueden gastar lujo.
congreñe, aparato de madera (también se hace ya de hie-
rro) de dos cuairones ó listones paralelos, entre los cua-
les se ponen piezas que se han encolado para que, suje-
tas allí por tornillos, lleguen á trabarse con fuerza.
conservación, n., distrito y fuerzas de que disponía cada
uno de los Conservadores de la Unión.
conservadores, n., los jefes de la Unión, ó digamos, su
Junta presidencial ó directiva.
consiente, n., consencientc; el que consiente ó se hace
cómplice en alguna cosa.
W8 C
consonante (al), se usa en frases como ésta: alli todos
los gastos pan al consonante; tenía buen caballo, buena
escopeta y todo asi al consonante.
COnstrecha, apremio: también constreyta. La Academia
admite constreñir; apremiar ó compeler.
consueta, a., añalejo, que contiene el orden de rezar el
oficio divino: |I p., apuntador en las compañías teatrales.
contornar, revolver la parva para que se vaya trillando
toda por igual.
contornillo, se usa en la frase, poner d uno en un contor-
nillOf equivalente á la de ponerle en un aprieto, apuro ó
compromiso.
contra, n., cuanto; y así se dice contra más pobre más
generoso; contra más frío hace y más se agrava.
contracarta, n., escritura que limita los efectos de la co-
manda.
contrafírma, a., inhibición contraria a la de la firma.
contrafírmante, a., la parte que tiene esa inhibición.
contrafirmar, a., ganar inhibición contraria á la de fir-
ma: suele decirse contrafirmar de derecho.
contramarcar, (véase marcas).
contraparientes, parientes remotos, ó parientes de pa-
rientes.
contrayerba, n., pedimento contrario al apellido en el
proceso de Aprehensión.
COntumido, dolorido; sin bastante acción en los miembros
á causa de algún golpe ó fatiga.
convenido, n,, emplazado ó citado de una manera obli-
gatoria: en Castilla se usó la frase parecida convenir á
alguno en juicio; ponerle demanda judicial.
COnvenienciudo, el poltrón, amigo de demasiadas como-
didades: se dice generalmente, convenenciudo .
convenir, acusar ó demandar.
convolar (Á segundo matrimonio), d., contraer segundo
matrimonio.
coqueta, a., palmeta ó golpe que dan los maestros con el
plano déla férula ó palmeta en la palma de la mano: =
a., panecillo de cierta hechura: I| n., asegurar la co-
queta, adquirir un buen pasar seguro (antes, meterse
fraile).
coral, n., se dice fino como un coral ^ del que es muy tes-
C 599
tarudo ó muy suyo: la Academia lo refiere á la persona
astuta y sagaz: el poeta aragonés Pedro Torrella dice:
Car en mon sor
Vosjport amor tan Jiña é tan corall.
(Cancionero inédito, pág. 201.)
Puede significar aquí tan del corazón; pero Lope dice
en los 7 ellos de Meneses:
¡Oh! buen nieto; ¡vive Dios!
Que es fino como el coral.
coralina, n., pimiento rojo y picante; guindilla.
corea, n., carcoma.
corearse, d., se dice de la madera cuando la roe el gusano.
cordel, n., se dice cordel valenciano y cordel de punta de
a^ote, con alusión á dos géneros de cuerda, que por su
buena elaboración tienen, proporcionalmente, más re-
sistencia que diámetro: || n., cañada ó cabañera.
COrderetas (en), á horcajadas, una persona sobre otra.
cordoncillo, el picado fino que se hace en la muela para
que dé muy pulverizada la harina.
coritatis (en), n., en carnes; en cueros.
corneta, n., guindilla; pimiento de Indias.
COrralizar, n., encerrar ganado en los corrales.
corredor, a., pregonero.
corregüela, n., enredadera; planta.
correnciar, n., filtrarse el agua de un campo en otro.
correndero, n., se dice del que muestra diligencia cuando
no es preciso.
correntia, a., inundación artificial cuando, después de
segar y antes de la primera labor, se llena el campo de
agua para que, pudriéndose con el rastrojo y raíces,
sirva de abono. — En italiano corriente del agna.
correntiar, a., hacer correntías. Hay ríos que, como el
Nilo, se desbordan, produciendo correntías naturales.
correr-burro, n., extraviarse; perderse una cosa, gene-
ralmente por malicia de alguien. — Hemos visto esa
frase en un artículo deZa América^ firmado por J. Ra-
mírez.
corrible, n., corriente: se aplica á la moneda, según lo
hemos visto en documentos manuscritos.
200 C
corriente, n., arroyo ó centro de la calle: es sustantivo
masculino: || n., se dice tomar el corriente ó tener to-
mado el corriente para denotar que se toma el tiento á
alguna cosa, ó que ya se comprende la marcha de los
negocios en algún oficio.
corrinche, d., corrincho; círculo de gente.
corro, c, corrincho: Un., trecho ó trozo de tierra con
destino al cultivo.
corromper, n., aburrir; importunar; disgustar; por ejem-
pío: tne corrompe para que le venda la casa; me co-
rrompe haciéndome vestir: II n., CORROMPERSE, asustarse;
es VOZ local.
COrrotilla, hierba.
cortada, n., rebanada; corte de pan, melón, sandía, etc.
corte, n., se llamaba Corte del Justicia á su Tribunal,
compuesto de sus Lugartenientes y Asesores.
corva, n., una de las partes de que se compone el arado.
corvatiella, n., una de las variedades del cuervo.
corvillo, n., espuerta de mimbres.
coscarana, a., torta muy delgada y seca, que se quiebra
y cruje al mascarse.
coscón, n., hombre entrado en días; viejo marrullero.
COSCuUo, hueso de la fruta: se usa en las montañas del
Pirineo.
cosero, d., arroyo para regar los campos.
cosirar, buscar.
coso, d., calle que, por su anchura y extensión, suele ser
la principal en algunas ciudades.
cospillo, a., orujo de la aceituna, después de molida y
prensada: se usa en la frase más bruto que el cospillo,
cosquijo, n., cosquillo, en algunas localidades.
costumbre, n., en Aragón se usa frecuentísimamente
como masculino: en italiano se usa costume como mas-
culino, y costuma y costuman^a como femenino.
cotonas (en), (véase en corderetas).
coti, n., mallo; juego.
cotildeque (de), d., clase ínfima, en un mismo título, de
nombre, autoridad, dignidad, etc.
coto, n., número de partidas estipulado en algunos jue-
gos, como límite ó como tipo, para las pérdidas y ga-
nancias: se dice coto de tres y dos; de cinco y tres, etc.
201
cotorrero, cotorrera, n., se dice del que ó de la que
asiste á toda diversión y quiere verlo y saberlo todo.
cotorrón; cotorrona, n., la misma significación y la de
hablador desordenado.
coudear, medir: viene de coudo, codo.
cozuelo, n., género de tributo ó pecha, que hemos visto
mencionado en una carta de franqueza, otorgada á i6
de Marzo de i258.
crabonera, n., esquila que llevan los machos cabríos que
van á la cabeza de los rebaños de primales y borregos.
crebol, a., acebo; a'rbol.
cremallos, d., cadena de la cual pende la caldera puesta
al fuego.
cresarse, d., corearse; querarse ó pulverizarse la madera.
cresta, parte superior del propalo en donde entra la na-
vija.
criazón^ n., cría, según vemos en un documento de i238,
en donde dice criazones de bestiar, \o es de potro, de
polino, etc. La Academia dice que significa familia.
crío, n., niño: también se dice cria, sin diferencia de sexo.
crucera, parece ser cruz de la espada: en un cartel por el
A. B. C., de Torrellas, se pone entre las condiciones
del duelo, espada de cuatro palmos y crucera llana.
crudo, p., en algunas partes, la fruta sin sazón.
crujida, n., se da este nombre á las enfermedades graves,
que han tenido un término feliz.
crujillón, cierta variedad de la uva.
cuaderna, a., la cuarta parte de alguna cosa, especial-
rnente de pan y dinero: || d., moneda de ocho marave-
dises: II d., el prest de los presos.
cuaire, n., cuasi, en algunas localidades.
cuairón, cada una de las piezas que resultan de aserrar
un madero por la cruz, qne se traza ó se supone tra-
zada, en la sección latitudinal: concuerda con el cuar-
tóriy que incluye la Academia, y con el cabiró catalán.
cuajaleche, n., planta muy común; galium verum,
cuajada, n., composición con leche y con el cuajo añejo
del cordero mamón.
oualio, cuajo: lo usa Ebn Buclarix.
cuartación, tributación del 4 por 100, que se daba en el
Arcedianato de Calatayud al obispo por todo diezmo,
202 C
y que arrancaba desde el Fuero otorgado por AUonso
el Batallador en ii3i: todo según el erudito D. Vi-
. cente La fuente.
cuartear, d., cuartar; sacar la cuarta parte de la décima.
cuarteador, d., el encargado de esa operación.
cuartizo, n., la esquila que tiene formas rectangulares.
cuartos, n., se usa en la expresión caerse á cuartos, que
equivale á la castellana de la Academia, irse 6 caerse
cada cuarto por su lado.
cuaternado, n., lo que consta en cuadernos ó registros.
cuatrimudado, n., se dice de la res que entra en los tres
años y que ha mudado cuatro dientes: también toma
el nombre de andosco; palabra que no incluimos por
ser corrupción de la castellana adosco.
cuba; n., palabra que en son de adverbio, se emplea como
sinónimo de basta, no hay más, principalmente, alu-
diendo á lo que se come.
cuberil, n., se dice del clavo cuya marca es entre el tirado
y el át pontón; tiene un decímetro de longitud y es sen-
cillo ó doble, según su diámetro.
cubiculario, n., catedrático, en lo antiguo.
cubierta, n., al parecer, escritura ó documento cerrado,
pues en las Observancias se lee: quodfuerat pactum in
ñde vel pro cvBiERT A.
cuoiertos, n., soportales.
cubilar, n., cubil.
cubrecama, colcha de tela ó punto, que se pone sobre
los abrigos de la cama.
cucar, n., guiñar ó cerrar un ojo.
CUCO, c, cuclillo: II n., familiarmente se usa esta voz para
designar á un hombre taimado, experto, calculista y
solapado.
cuchara de pastor, n., planta; centaurea conifera.
cucharero, n., zurrón ó bolsa de piel, en que los pasto-
res llevan, no sólo las cucharas de palo que ellos mis-
mos tallan, sino también otros útiles para comer: H n.,
pequeño aparador portátil, en que se colocan los cu-
biertos de palo, las especias y almirez.
cuchareta, renacuajo; animálculo infusorio; muchacho
entremetido.
cucharetear, meterse en todo.
o 203
cuchitril, n., cuartucho; en Castilla, pocilga de cerdos,
de donde se ha tomado, metafóricamente, aquella sig-
nificación.
cudición, acuñación de la moneda. {'Fueros de Ara*
gón, 335).
cudea, Jaca pidió no dar peaje ni cudea, según leemos en
una colección de Privilegios de Aragón.
cudujo, n., voz cariñosa, con que se designa ó lisonjea á
los niños de corla edad, cuando ostentan su hermosura
y sobre todo su precocidad ó sus hechizos.
cudujón, n., el ojo ó bolsa de la manta, (que en docu-
mentos oficiales hemos visto llamarse corujónj; el de
cada lado de la alforja; y aun el esportón: en castellano,
cogujón.
cuenco, a., cuezo para colar: || a., canasta de colar.
cuenta, n., d ícese en cuenta de, por en ve:{ de 6 en lugar
de, como Zurita, mucho me duele que y teniéndoos en
CUENTA de padre^ me digáis semejantes palabras. Se
usa en frases como ésta: Le vi tan necesitado ^ que en
CUENTA (ó á cuenta) dc pedirle lo que me]debía, le di de
mi bolsillo.
cuento, n., el conjunto de treinta haces de leña floja,
principalmente, romero.
cuero, se usa en la frase, á toma cuero, dar peonada por
otro, estando á la recíproca.
CuescO) d.^ cospillo: en Castilla, la piedra redonda en
que la viga aprieta los capachos.
cuezo, d., coció ó cuenco.
cugucia, cierto derecho contra los bienes de la adúltera:
en Cataluña llámase cugur, en cut y cocut, al marido
engañado; íjue es el cocu francés de Moliere.
cuitar, d., reja para arar, cuando la tierra está seca.
cuitre, n., buey: se usa en las Ordenanzas agrarias de
Zarago:{a y en documentos navarros.
cular (morcilla), n., morcón: || n., morcilla cular á mu^
chos la ofrecen y á pocos la dan; proverbio.
culeca, n., clueca: || n., torta, en cuya tapa se suelen po-
ner huevos duros: en Valencia y Murcia mona, según
la Academia.
culera, n., la parte del pantalón correspondiente á las
aposentaderas.
204 C
culeraza, hombre descuidado, flojo, desaseado, falto de
energía.
culo psjarero (Á), se dice, para indicarle desnudo.
culturar, a., cultivar; labrar la tierra.
cullete, volteo ó volteta.
cumplido, n., la sala principal y gabinetes adyacentes
en que se recibe á las visitas, que no son de confianza:
II n., cumplimiento; y así se dice, visitas de cumplido;
relaciones de cumplido; persona de cumplido,
cunar, d., mecer.
cuquera, n., gusanera.
curcullo, n., se dice del que está doblado, encogido, ó
hecho un ovillo: || coscullo.
curcullón, n., cada punta, generalmente atada, del fondo
del saco ó talega
curcusido, zurcido ó remiendo, ejecutado torpemente: la
Academia admite en este sentido, el verbo cusir,
curro, manco de sólo la mano.
currusco, cuscurro.
cursiera, parece, mantilla del caballo, ó quizás los jaeces
ó arreos de gala, como riendas, pretal, etc.. Bartolomé
Argensola, en su descripción del torneo de i63o, usa
esta voz, así, en los siguientes pasajes: caballo rucio
con silla y CURSIERA del mismo raso; caballo cuya silla
CURSIERA r codón eran de terciopelo verde; era un caba-
llo morcillo con silla y guarniciones cvrsier as pardas,
bordadas de plata; caballo castaño adere:{ado con silla
y guarnición cursiera. Hemos aglomerado estas citas,
porque las dos primeras, no casan completamente con
las otras.
curto, a., rabón ó corto. Con la frase alábate^ curto, que
la cola te crece, se denota que no hay motivo para en-
greirse o alabarse.
cuscurro, n., mendrugo ó zoquete de pan: dícese también
cu:{curro y currusco.
cutiano, n., diario; constante; frecuente.
cutio, n., constante; sin interrupción.
CM 205
CH
Chacharas-mancharas, n., cháncharras -máncharras.
chafar, d., machucar: |J c, dejar á uno burlado, con una
salida que no esperaba.
chafarrear, d., hablar: platicar.
chalanguero, n., campechano, franco y descuidado en su
conducta; alegre y poco propio en su vestir.
chamarcal, n., laguna accidental ó temporal.
chanada, n., percance; desgracia; avería: suele usarse en
forma admirativa.
chanchullo, d., bahorrina; conjunto de cosas desprecia-
bles: II n., confusión; desorden; revoltillo (ó revoltijo j
que no incluye la Academia): tiene bastante conexión
con la voz chandrío: \\n.^ cualquiera composición ú
operación mecánica, mal ejecutada.
chandra, n., ramera: es singular, que en Navarra signifí-
case, por el contrario, mujer de buena opinión, ó, como
Yanguas dice, dueña.
chandrío, n., desbarajuste; cualquiera desgracia, ó des-
perfecto causados, principalmente, en los muebles ó
ropas: en Navarra tiene el muy diferente significado,
de hombre apto y laborioso.
chandro, d., flojo: desaseado, y nosotros añadimos que
haragán, ocioso y vago.
chaparrazo, d., chapurrón ó chubasco.
chaparrudo, n., se aplica al que es grueso, fornido y bajo
de estatura; y no deja de tener conexión, con las pala-
bras castellanas chaparra y chaparro, que significan,
la primera, coche ancho que tenía muy bajo el cielo ó
tejadillo; y la segunda, mata de encina de mucho folla-
je y poca altura.
chapear, d., chapotear.
chapelete, a., especie de sombrero ó bonete.
chapeo, signo de primogenitura; en los príncipes de Ge-
106 CH
roña, título que se daba al heredero de la corona de
Aragón.
chapido, calado; empapado en agua ú otro líquido.
chapilete, paño 6 fieltro que se adapta al propalo ^ para
conservar el sebo y suavidad que allí se necesita.
chapozalero, n., ejecutor testamentario, según lo hemos
deducido de documentos manuscritos.
chapurear, ensuciar con agua ú otro líquido: || chapo-
tear.
chapureo, una obra mal pergeñada: lo hemos oído prin-
cipalmente á los pintores.
chapurcón, lavarse á chapurcón^ echarse el agua á gol-
pe, sobre cabeza y espaldas.
charada, d., llamarada de fuego, de poca duración.
charanga, pisto; fritada: úsala el Sr. Foz, en una obra
inédita.
charapote, n., bebida repugnante ó mezcla de ingredien-
tes, que producen conjunto desagradable.
charla, n., ave; turdus pilaris.
charraire, n., hablador; jactancioso.
charrar, d., charlar; hablar con indiscreción.
chavisque, n., lodazal; y por ampliación se aplica, á
cualquiera condimento mal pergeñado y á lo que está
rebosando en agua ú otro líquido.
chemecar, d., quejarse sollozando.
chemeco, d., quejido; sollozo.
chepa, n., jorobado.
cheso, el natural de Hecho, en el Pirineo.
Cheto, n., jeto.
chía, banda de terciopelo carmesí, que llevaban los Jura-
rados de Zaragoza pendiente del hombro izquierdo,
según Murillo.
chicharro y chichorra, n., chicharrón.
chiflar, n., comer; tragar; embaular: úsase como recí-
proco, en las frases, cómo se lo ha chiflado todo^ etc.
chiflete, n., chismoso; el que con intención, generalmen-
te maligna, denuncia algún hecho, al que puede casti-
garlo: II n., chisme: y así se áice^ya ha ido con el chi-
flete á mi padre.
chifletear, n., chismear.
chifletero, n., chocha perdiz: ¡j n., chismoso: en los ma-
CH
207
nuscritos de D. Tomás Lezaún, y en un epigrama
contra los frailes, que creemos suyo, se lee:
Todos son aduladores
y de todo chifleteros.
chiba, jiba.
chil, pimiento.
chibeta, jiboso.
chilo, n., chillido; en Aragón es común, aun entre per-
sonas cultas, el uso de chilar y sus derivados.
chilladera, n;, en la laguna de Gallocanta, es designada
con aquel nombre, la ánade Penélope.
chiquirrindín, n., chiquirritín.
chiri^ol, d., pisto.
chirnete, d., chichón.
chitan, n., planta.
chocah'as, jocalías; usa esta voz el Conde de Villahermo-
sa, en carta á su Archivero; iSyy.
chocar, n., agradar; gustar; excitar la hilaridad: \\ n., sor-
prender; causar extrañeza.
choldra, zambra: voz comunicada.
chollazo, n., pescozón.
chorar, n., hurtar: parece voz rufianesca ó de germanía.
chordón, c, frambuesa; zumo de fresas: también se dice:
churdón.
chorrada, n., caída ó exceso gracioso, en la medida de
los líquidos.
chorretear, n., pendonear.
chorro tero, n., pendonero.
chorrotón, n., pendonero: H n., mancha considerable
producida por algún líquido vertido: || n., el mismo
acto de desprenderse, fortuitamente, algún líquido.
chota, d., vaca: |I p., ternera.
chotear, n., retozar, dar muestras de inquietud, travesu-
ra y alegría.
choto, n., berrinche.
chovo, zurdo: úsase en Borja.
chúñete, chiflete; chiflo ó silbato.
chulapo, pilluelo.
chulo, criado de labor, sin encargo determinado.
chulla, a., lonja de tocino.
208 D
chumoso, pegajoso; ó todo lo que despide ó suda algún
barniz, pringue ó líquido espeso.
chupacensos, n., persona industriosa, entremetida y di-
ligente, que lucra, sin aprensión, en toda dase de ne-
gocios.
chupalámparas, persona sucia 6 desaseada.
churra, ganga; ave.
churro, equivalente á aragonés entre los valencianos.
churrumpada, chorrada: voz que se nos ha comunicado,
pero que nosotros, no hemos, por nuestra parte, oído.
Dalla, d., dalle: Un., lengua de dalla ó lengua como una
dalla, equivalente á lengua viperina.
damasquino, n., cierto género de albérchigo.
dance, paloteado y danza de espadas que, afectando tra-
je pastoril ó de moros y cristianos, ejecutan los mozos
en Zaragoza y otros pueblos de Aragón, con acompa-
ñamiento de recitados en verso, para festejar al Santo
patrón del barrio ó localidad; la composición poética
que se declama en estos bailes. El que quiera conocer
su corte, puede ver un dance nuestro, escrito para Le-
ciñena é impreso en el tomo de nuestras Poesías.
dar de cara, n., en el juego del dominó se dice, dar de
cara un punto 6 ficha^ cuando se pone aquél, como ex-
tremo de línea: generalmente es, repitiendo ficha pro-
pia ó compañera, aunque á veces es jugada forzosa ó
contraproducente, á provecho de los contrarios.
dayenos, Jueces comunes á judíos, moros y cristianos,
según Foz.
daza, d., semilla parecida al trigo que está en cierne: tam-
bién se usa en el mismo sentido la palabra ada:{a.
de, n., partícula expletiva, á la manera francesa: se usa
en la locución como de antes y otras. Lope de Vega em-
pleó mucho esta partícula, á la manera aragonesa; y te~
D 209
nemos á la vista algunos textos de Querer la propia des-
dicha y de Los Tellos de Metieses. También la usó el
famoso Luis Quiñones de Benavente, en su entremés,
Elabadejillo.
debitorio, documento en que se responde de alguna
deuda.
decena, a., compañía de diez personas.
defenecer, a., dar el finiquito á una cuenta.
defenecimiento, a., ajuste ó finiquito de cuentas.
degüello, c, degolladero.
deja, n., manda testamentaria; legado.
dentera, d., apetito de comer alguna cosa, cuando es ex-
citado por su presencia.
derretido, n., manteca de puerco, que se conserva mu-
cho tiempo, después de freída y depurada de los chi-
charrones y partes gruesas.
desafiar, a., despedir el rey á un rico-hombre, ó desna-
turalizarse éste, previas ciertas formalidades.
desafídar, n., lo mismo.
desafíliación, n., la acción de desafiliar.
desafüiar, n., desafijar.
desafío, a., la carta ó recado, en que el rey manifestaba
la razón para despedir á un rico-hombre ó caballero^
privándole de sus honores y feudos.
desansado, sin asa.
desarguellarse, n., cobrar lozanía y robustez: || n., des-
empeñarse una cosa.
desasentarse, ausentarse del pueblo, corporación, etc.
desbezar, n., destetar; quitar el pecho á las criaturas: en
Castilla, desbecerrar y destetar á los becerros; desve:(ar,
desacostumbrar.
descáy, d., retal; trozo de tela: |l d., el tanto que se pagaba
en dinero cuando en los diezmos no llegaba al numera
la especie.
descajerar, angostar el cajero de una acequia.
descarcañar, n., descarcañalar.
descodar, a., desapuntar ó cortar; deshilvanar las piezas
de paño.
descornar, n. (véase escornar, que es más usual).
desencantaración, a., acción y efecto de desencantarar»
desembuñegarse, desenredarse de trampas ó deudas.
14
210 D
desemparar, n., quebrantar la empara.
desenronar, a., quitar la enrona de alguna parte.
desespero, n., desesperación.
desfachatadamente, n., desvergonzadamente: en italiano
sfacciatamente.
desfachatado, n., insolente; descarado: en italiano í/hc-
ciato.
desfachatez, n., insolencia; desvergüenza: en italiano
s/accíamento, sfacciatagine y sfacciate\'{a.
desfargallado, n., desaseado ó descompuesto en el traje;
desmazalado en la persona; extenso y mal distribuido
en las habitaciones.
desfilurchar, n., deshila char.
desgallinarse, soltarse á hablar ú obrar; perder el enco-
gimiento que antes se tenía.
desgana, a., desmayo; congoja.
desgarrabandera, persona resuelta y poco cuidadosa de
su persona.
desg^arro, n., prenda ó pieza de hilo para aprovecharla
en paños, vendas, etc.
desgáy, d., retal: || d., parte de diezmo pagada en metá-
lico: úsase también escay.
desgranadera, n. (véase judía bachoca).
desguáy, a., retal.
deshecho, n., desgobierno; desorden; calamidad; y así se
dice esa casa es un deshecho,
deshiladiz, a., filadiz ó seda que se saca del capullo roto.
desinsacular, a., sacar del cántaro ó bolsa alguno de los
nombres allí insaculados, con lo cual se le excluía de la
elección.
desjuñir, d., desuncir.
desmadejado, d., ñojo; desmazalado: son castellanas des-
madejamiento y desmadejar.
desmayo, n., sauce.
desmote, n., la acción y efecto de desmotar la lana.
desocupo, desocupación, ¡qué desocupo de hombre, estar
todo el día cortejando á las criadas!
desoUador, a., sitio para desollar reses.
despacienicar, acabar con la paciencia de uno: es muy
diferente de impacientar, y aunque no hay motivo para
que esa palabra sea puramente aragonesa, es lo cierto
D 211
que se usa aquí mucho y que no está admitida como
española por la Academia.
despartidero, n., punto de convergencia ó divergencia
de dos carreteras; encuentro de dos vías cualesquiera.
despeajado, desorientado del camino; descaminado.
despedida, d., salida; desaguadero.
despeUetar, n., despellejar; desollar.
despepitarse, n., desarrollarse; soltarse en la conversa-
ción ó en los negocios.
despedida, a., salida; desaguadero.
destsyada, n., pérdida ó extravío de alguna ó algunas
reses.
destsgar, n., deshacer el hatajo del ganado.
desterrarse, ausentarse mucha gente en busca de alguna
diversión ó espectáculo; y así se dice, Zarago:{a toda se
ha desterrado para ir á ver las maniobras.
destrados, a., tejido de lana ordinaria, que sirve para ta-
petes y alfombras.
destroza, n., destrozo: usa esta voz vulgar D. Agustín
Alcayde en su Historia de los Sitios de ZaragO!{a; ya
en su tiempo tuvo un impugnador de sus noticias y de
su lenguaje.
destrozatormos, destripaterrones: úsase aquella voz en
un pasquín que se fijó en Zaragoza el 2 de Abril de 1776,
y que ha sido publicado en la Revista de Archivos, del
3o de Junio de 1874.
desvedar, cortar los mugrones de las viñas, por la parte
que se comunican con la cepa madre.
detallo, n., número mínimo; y así se dice, y está manda-
do que no tenga acampo privativo, el que no posea de-
tallo de doscientas ovejas.
devalles, hasta donde llega el agua, en su mayor altura.
deverías, n., tributos personales, que los ricos -hombres
cobraban de cada casa de los llamados antiguamente va-
sallos de parada (Cuenca).
devorar, n., destrozar; romper.
devoro, n., destrozo: á veces se personifica á los niños
que inutilizan muy pronto la ropa, diciendo: ¡qué de-
voro de muchacho!
deciseteno, n., decimoséptimo.
dica, d., hasta.
212 D
dichoS; las coplas de los dances,
dientes, n., dar y sobre todo ofrecer con dientes una
cosay hacerlo de mala gana.
diez y sietes, eran así llamados según Argensola, los ju-
dicanles que fallaban en las causas instruidas por los in-
quisidores, contra los ministros de justicia.
diezmador, a., perceptor de diezmos,
dietas, en alguna parte hemos leído esta palabra como si-
nónimo de sesiones.
dineral, a., medida pequeña de vino 6 aceite correspon-
diente al precio de un dinero.
dinerillo, a., moneda de cobre de más de un ochavo y
menos de un cuarto.
dinero, a., ochavo || n., moneda imaginaria de dos mara-
vedises y dos tercios, ó sea la décimasexta parte de un
sueldo.
dir, decir: de uso del vulgo en algunas localidades
disante menor, n., nombre que da Gienfuegos á la planta
que Asso designa con el de arbeja.
doblero, a., panecillo en forma circular y algo aplastado.
docén, n., se dice del madero que tiene veinticuatro pal-
mos de largo: llámase también doceno.
dominicatura, a., ciertos derechos del Señor temporal.
doñeas, n., en documentos antiguos como ya se ha visto
en \osf.f. de la Unión, va precedido de la condicional
sif y entonces significa con tal que. Rosal le da los sig-
nificados de ¿V pues?; ¿pues bien?; ¿al fin, qué?; y lo
hace correspondiente al denique latino, (á nuestro pare-
cer con error), al dunque italiano, y al aonchs catalán y
valenciano. La Academia lo pone como ant. con la sig-
nificación de pues.
doncel, p., ajenjo: usado también en Murcia.
dorondón, d., boira ó niebla espesa y fría en el invierno.
drapería, paños; telas.
droguería, n., tienda de comestibles y otros objetos; aba-
cería.
dropo, d., inaplicado; haragán.
duelo, n., lástima: úsase en la expresión hacer duelo una
persona, por inspirar lástima.
dula, d., adula: |I n., despeñar la dula^ echarlo todo á ro-
dar; dar una salida brusca é inesperada algún negocio.
E: 213
dulcillóU; cierto vino de Cariñena.
duncas, n., voz ant. que parece significar con tal de; á no
ser que; en el Diccionario de Antigüedades de Navarra
se aplica del mismo modo la palabra doncas, dado caso
que; d no ser que; y tiene alguna analogía con la locu-
ción también antigua, /wer¿z5 ende,
durasnal, n., durazno ó duraznero; árbol.
durazi^lla, d., durazno; fruto.
Ebro, d., se usa la expresión no estar para echar gatos
al Bbro, como equivalente á estar miserable; pasarlo
con estrechez; no estar para derrochar: || n., comer más
que EbrOy devorar: \\n.^ ha de bajar mucha agua por
el EbrOy ha de pasar mucho tiempo.
echadazo, tendido por poltronería: || voz expresiva que
incluímos en representación de otras, como larga^Oy
seníada:{0.
edad, a., se dice estar en edad, por el tiempo en que aun
no han cerrado las bestias.
efemerón, fiebre; erupción ú otra perturbación en la sa-
lud, que generalmente dura un solo día ó poco más,
y suele acometer con especialidad á los niños.
ejecutor, d., albacea.
ejército, n., tributo que se conoció con este nombre en
Aragón, según Blancas.
elástico, n., almilla.
embadinar^ d., encharcar.
embafar, d., empalagar.
embarralar, n., meter el vino ú otro líquido en barral y
por extensión en cualquiera otra redoma.
embastar, c, hilvanar.
embelecar, llenar de estorbos. || desembelecar, qui-
tarlos.
emberar, p., empezar la sazón de las frutas; tomar color,
sobre todo las uvas.
2u e
embero, p., el color que indica sazón en las frutas; y la
misma uva ó grano.
embochar, voz de Sericultura.
embrosquillar, a., meter el ganado en el redil.
embuñego, enredo; deuda.
emolog^ar, n., confirmar; ratificar ó aprobar; según se
lee en las Ordinaciones de Abejeros^ i5o2.
empachar, n., impedir: su participio pasivo se u^ en las
Ordinaciones de Zaragoza: embargar.
empacho, n., impedimento: se usa en sentido de excep-
ción ó amparo forense.
empajada, mezcla de paja con agua y á veces un poco de
sal, para dar á las caballerías cuando están enfermas.
empandullo, d., pastel ensuciado; mala salida de un ne-
gocio: II d., embolismo; embrollo.
empañetado, labrado á paneles ó entre paños.
empanelar, labrar una pieza de carpintería á paneles: la
Academia, que admite entrepaño y entrepañado, omite
entrepañar.
empantullO) (véase empandullo).
empapuzar, empapujar.
empara, a., emparamento ó inventario.
emparamento, a.,^ acción y efecto de emparar, esto es,
de inventariar ó secuestrar; hay proceso de empara-
miento: \\ n., guidático ó protección, según declaración
en Cortes de Cataluña, i35i.
emparancia, n., emparamento, emparatoria; manda-
miento de secuestro.
emparante, el que pide ó hace el secuestro.
emparar, a., embargar ó secuestrar; y mejor, inven-
tariar.
empedrear, d., empedrar.
empeltre, a., olivo injertado.
empenta, p., empujón; empellón.
empentar, a., empujar.
empentón, empujón.
empeñorar, dar en prenda.
empilmar, poner ó aplicar una bizma: I| sacar á uno el
dinero, con astucia ó mala fe; ó comprometerle en un
negocio, de pérdida segura.
en, n., precediendo al infinitivo, como en castellano al
B 2t5
gerundio, significa, luego que; después que; p. ej.: en
refrescar departiremos; en pasar las fiestas, lo vere-
mos. \\ n., partícula relativa, usada, como en la lengua
francesa, en las expresiones m* en voy, por me voy
de aquí; m' en canso, por me canso de esto. Tiene va-
lor de después en varias locuciones, p. ej.: en que lie-'
guemos allá^ te diremos lo que haya: deshaciendo el
solecismo, se diría bien, en llegando. — Significa tam-
bién Don^ tratamiento usual en Cataluña y en los do-
cumentos lemosines, y no infrecuente en los arago-
neses.
enantamiento, actuación; procedimiento.
enantar, n., Ducange interpreta pignorare^ procederé.
El Códice de las Uniones de Aragón trae los siguientes
pasajes: E las spoliaciones que notorias no fuesen que
embiariades nuestro procurador por ES AíiTAR en aque-
llas ante la Justicia de Aragón-^ y sí enantaría ó que-
rría ENANTAR pcrsonas ó bienes de algunos^ etc.; que si
no viene el día de Ramos por enantar en las cosas so-
breditaSj etc. También hemos leído fué mandada cort
de la dita Unidad por en anta ii en los ditos feitos. \\ Al-
gunas veces parece, como, emplazar; citar; ó hacer com-
parecer. (Véase el Privilegio general).
enanto, proceso.
enarcado, mudo de estupor.
enatizo, d., desmedrado; imperfecto de nacimiento: || d.,
de ánimo apocado y ruin.
enavesar, d.. trasponer.
encabezado, n., el vino que se mezcla con aguardiente
ú otro licor: |1 n., cabecero.
encabezar y encabezarse, n., verbos de donde nace el
participio anterior; y que también son usuales en Aragón.
encalzador, n., perseguidor.
encalzar, n., perseguir; ponerse en persecución: encal-
cen e geten de la tierra al sobr edito rey^ se lee, en el
Códice de los Privilegios de la Unión.
encanarse, n., detenerse demasiado en la conversación;
eternizarse hablando: || n., pasmarse á la fuerza del
lloro ó de la risa: la Academia sólo admite el primer
afecto, que á la verdad, es el más común y adecuado.
encantar, d., vender en almoneda.
216 E
encante y encantillo, d., lugar en que se venden las co-
sas ya usadas, las viejas y las de desecho.
encañizar, n., cubrir las bovedillas ó cualquiera otra
obra con cañizos.
encarpetar, n., colocar papeles dentro de sobre ó carpeta.
encarrañarse, d., irritarse; incomodarse.
encartar, n., intentar acción criminal, contra el obligado
en instrumento, en que se juraba, pagar y no pleitear.
(Véase á Larripa en sus Procesos /orales),
encensero, incensario: se lee, en documentos medio le-
mosines, medio aragoneses.
encercar, n., inquirir; investigar: es antic. y deducido
de documentos latinos, y por consiguiente dudoso.
encerrona, n., en el juego del dominó es, dejar por am-
bas puntas, un mismo número ó palo, cuando todos
están jugados, en cuyo caso ya no pueden jugar las
fichas que se tienen en la mano: — en general, se da á
este lance el nombre de cierro^ y cuando los tantos que
se cuentan son muchos, entonces se llama encerrona.
' En Zaragoza es más usual que en otras partes y por
consiguiente, se halla muy adelantado el juego á que
aludimos, de cuyo tecnicismo incluiremos cuatro ó cin-
co vocablos.
encetar, d., decentar: || d., empezar: la Academia escribe
encentar, para la primera significación, y aunque omite
la segunda, pone la de encentador, el que encienta ó
empieza alguna cosa.
encomienda, depósito.
encordadura, n., conjunto de cuerdas de una guitarra ú
otro instrumento de cuerda.
encorrer, d., correr tras alguno para cogerle: es verbo
activo.
encortimiento, n., vale tanto como entredicho, á juzgar
por el Códice de las Uniones en qu€ se lee, que poda-
mos soltar al dito seynor rey el encortimiento de los
ditos castieyllos é que non los alienemos.
endurar, a., pasar hambre; sufrir.
enfarinada, harina disuelta ó mezclada con agua, que,
dada á las vacas, les proporciona leche pronta.
enfilar, n., dirigir un asunto: || n., ingerirse
enfurruscarse, n., enfurruñarse.
E 217
engafetar, n., enlazar los gafetes macho y hembra;
abrochar.
ensalzar, d., encorrer.
engañoso, embustero: generalmente se usa esa palabra
con benignidad, y alude á cosas de poco momento.
engarabitarse, n., encorvarse y entumecerse los dedos á
impulso del frío ó alguna causa patológica: en Castilla,
esa palabra significa, ponerse en alto, y la definición
que hemos dado conviene á la voz engarabatarse.
engardajina, d., lagartija.
encarroñarse: humillarse á tierra las mieses, por viento
ó lluvia.
engluciar, d., mirar con intensión; hacer gestos para
conseguir alguna golosina.
engolfa, buhardilla ó ^to.
enguerar, estrenar.
enguindO; así se designa cierta variedad de peras y pe-
rales, que otros llaman de Don Guindo. Sabido es que
en lemosín, el tratamiento de Don se expresa por en.
engullidor, d.» sumidero.
enjambrado, picadura que se practica, á menudo, en la
muela harinera, para hacerla más moliente.
enjaretar, n., intercalar; incluir; y aun confeccionar ó
componer.
enjaue, n., prórroga en el pago del arriendo de las gene-
ralidades ú otro tributo público, y como, á veces, se
concedía sin causa justa y producía un lucro contra los
caudales públicos ó de corporación, de ahí las frases
hacer enjaues; andar en enjaues; enriquecerse con en-
jaues, etc., equivalentes á las más vulgares de andar
en enjuagues^ etc.; en cuyo sentido admite la Academia
esa significación.
enjubar, hacer cierto género de ensambladura, en los pisos
de una casa, cuando las tramadas tienen que interrum-
pirse y ofrecer algún hueco para escalera, chimenea,
etcétera.
enjunciar, n., cubrir de juncia las calles y plazas para
algún regocijo.
enmantado, n., hombre cubierto ó embozado en la man-
ta, la cual forma parte del traje aragonés en la clase jor-
nalera y parece ser un recuerdo del albornoz árabe.
218 e:
enquesta, privilegio de castigar el rey á sus oficiales y
criados, según recordamos haber leído en algún autor.
enraberar, aplicar el tente- mozo á un carro ó galero: ||
cargar á la zaga.
enrebuñado, oxidado.
enrelig^arse, n., enredarse; entrelazarse; enmarañarse una
cosa con otra.
enrona, a., escombros; desperdicios de una obra
enroñar, a., envolver con escombros: Un., metafórica-
mente, se dice de alguno, que es tan ricOf que nos puede
enroñar á on^as de oro,
enruena, d., enrona.
enruna, p., enrona.
enrunar, p., enroñar.
ensimesmado y ensimismado, n., el que está distraído,
metido en sí mismo, y absolutamente extraño, á lo que
pasa en torno suyo.
ensisadura, légamo que deja en los campos una inun-
dación.
ensobinado, n., se dice de la res enfermiza.
ensobinarse, d., caer una caballería en postura supina,
con riesgo de perecer.
ensundia, n., enjundia ó gordura: úsase también, meta-
fóricamente, para denotar cachaza; y es todavía más fa-
miliar la palabra insundia.
entalegado, el que metido en un saco, compite con otros
en correr ó andar á saltos; diversión que, generalmente,
se prepara en las fiestas locales y que tiene algún pre-
mio señalado.
entaquá, hasta aquí.
entibar, detener el curso de las aguas para elevarlas: á
veces la detención es natural y producida por la creci-
da de otro río, en el cual aquél desagua.
entibo, remanso ó remolino de agua, que se forma en el
lecho de algún río, acequia ó brazal: || detención ó re-
troceso de una corriente por la oposición que le ofrece
para el desagüe, otra mayor: || detención y elevación
del agua, por desviación que se le hace sufrir; por ejem-
plo, para sacar de una acequia el caudal necesario á una
fábrica: || soltar el entibo^ alzar la paranza, para que el
agua cobre su curso y nivel habitual.
E: 219
entornar, d., hacer dobladillo.
entorno, n.^ dobladillo.
entrallado, el armado de trallos, generalmente de olive-
ra, para cerrar ó disminuir alguna abertura; por ejem-
plo, en los pozos negros.
entrático, d., entrada de religioso en alguna comunidad:
la Academia lo incluye, como provincial de Navarra.
entrecavar, d., limpiar de hierbas la hortaliza.
entreg^a. n., restitución in integrum.
entriparrado, n.) entripado; en ambos sentidos, recto y
figurado.
entriparrar, n., ocupar demasiado el estómago, algún
manjar indigesto ó comido en abundancia.
envasador, c, embudo: la Academia añade, que grande
y propio para pellejos y toneles, esto es, para grandes
capacidades.
enzurizar, n., enzarzar ó poner guerra entre varias per-
sonas, sembrando discordias: la Academia admite la voz
primitiva iuri\a.
equipe, equipaje; ó más bien, el conjunto de ropas y te-
las del que -se casa ó establece.
eraje, a., miel virgen.
ereta^ n., era ó plantel de tierra, para cultivo de verduras.
error de proceso, a., con que se nota que alguno es tan
hábil que, aun convencido, se liberta de la pena que le
imponen.
esbafar, d., evaporar.
esbandir, extender la ropa y agitarla en el agua, después
de haberla pasado de jabón.
esbanzar, romper el tiempo en lluvia ó aire.
esbarrancada (fila), escapado de su cauce, por rompi-
miento de éste.
esbarrar, d., asombrar; espantar la caza, caballerías, etc.
esbarrigado, desbarrigado, pero no en el sentido de es-
caso de barriga, como dice la Academia, sino en el de
herido en el vientre: usa esa palabra el rey Don Martín
en las Cortes de i388.
esbrinar, n., desbriznar ó entresacar de la flor los estam-
bres del azafrán.
escabas, desperdicio del lino como la agramiza lo es del
cáñamo
220 e:
escacear, n., desmenuzar la piedra, el yeso, la cal, etc.,
para molerlos después más fácilmente.
escacilar, d., cacarear.
escachar, d., despachurrar-, ó mejor, aplastar; machucar:
II d., chasquear; dejar burlado.
escachuflar, n., igual significación que la anterior, pero
de uso del vulgo.
escajerar, rellenar el hoyo que se abrió para alguna plan-
tación: voz local.
escalar, paso de montaña, generalmente angosto, retorci-
do y áspero sobre roca, el cual ofrece un escalonado,
unas veces puramente natural y otras empedrado, á tre-
chos, de industria,
escalera, c, peldaño; escalón.
escalera hurtada, de caracol ó de ojo, como dice la Aca-
demia.
escalfecido, florecido, esto es, empezado á perder: se
aplica á la fruta, al queso ó á cualquier comestible que
se enmohece, según la Academia.
escálfela, c, braserillo.
escaiiar, n., culturar ó poner en cultivo tierra que había
sido abandonada, y en este sentido lo usan las Obser-
vancias y el erudito Cuenca. Peralta no incluye esta
voz, pero sí la de escachar (roturar), que nosotros no
hemos incluido, por suponerla error de imprenta, que
se corrige con la voz escaliar: úsase también en anti-
guos documentos de Navarra.
escalivar, d., sacar el rescoldo ó remover el fuego: en
idioma provenzal, calivar, quemar; escalfar, calentar;
RECALiVAR, volvcr á Calentar: en catalán, escalivar, es-
carbar Y cocer al rescoldo.
escalla, cierto fruto cereal criado en tierra de poca fuerza,
y propio para alimento de animales.
escamochear, a., pavordear ó javardear ó hacer las abe-
jas segunda cría, después de la principal; separándose de
la madre, en corto número, con su maestra.
escamocho, se aplica al que es mal figurado ó desarro-
llado y, por otra parte, carece de animación y gracia.
escampar, d., tender el estiércol por la tierra: (| d., derra-
mar granos ó semillas.
escandallar, n., computar el valor de una partida de ga-
E: 221
nado, haciendo de él varios grupos con las reses más
iguales; tirando desde otro corral 6 aposento una piedra
á cada grupo; pesando las reses á quienes ha tocado cada
piedra, y calculando por el peso de cada una el de su
grupo: á veces se hace esta operación con el grupo mejor
y con el peor, y á las demás reses se les hace desfilar
una á una, marcando como tipo las que hacen un nú-
mero dado; el diez, por ejemplo. En castellano tiene
una significación análoga, pues equivale á sondear y por
ampliación jTO^ízr, examinar :tn iXdWdino^ se anda gliare,
está mejor definido, pues responde en sentido figurado
á inquirir y averiguar y etc., como en Casti (Nov. IX).
Da scandagliar gli altrui talenti afondo.
escandallo, n., operación de escandallar: || n., la res que
se saca como tipo: || n., A escandallo, modo adverbial
para expresar que se vende un ganado escandallándolo.
escañarse, d., desgañiiarse; ahogarse de una tos muy
fuerte.
escaño, d., féretro.
escaparrar, se usa en la frase, echar á uno á escapar rar,
para denotar que se le despide de mala cara ó que se le
contesta agriamente.
escarabajo pelotero, n., insecto de los coleópteros.
escarlatina, n., enfermedad que suele padecerse en la
niñez.
escarmentar, echar á las lumbres agua fría, cuando su-
ben por el hervor.
escarramanchones (Á), a., á horcajadas.
escay, retal; desgay.
esclafar, n., machucar; chafar; quebrantar: también se
dice, esclafar los huevos, por cascarlos, partirlos ó
abrirlos.
escobar, c, barrer.
escobijar, n., descubrir; alzar el velo á alguna cosa.
escocido, escarmentado.
escolano, n., ayudante del sacristán mayor, en el Hospi-
tal de Zaragoza: || n., especie de coadjutor: lo había tam-
bién, llamado de la limosna, según se ve, en las Ordi-
naciones de Pedro IV: || sacristán ó acólito: listo; avis-
pado.
222 C
escolar, agotar ó desecar una agua detenida.
escombra, n., escombro: la Academia admite esta voz
como el hecho de escombrar.
escombraduras, éstas y las almuestas 6 almuertos eran
derechos en especie que el rey cobraba del Almudí de
Zaragoza: habla de ello Jiménez de Aragüés en el tra-
tado sobre el Baile de Aragón.
escomenzar, dar principio á una cosa: se halla en Lucas
Fernández y no lo incluye la Academia.
escondecucas, a., escondite; juego de muchachos.
escopetada, d., escopetazo.
escorcar, n. (véase esmollar).
escorcha, d., túrdiga; correa de cuero ancha y sin curtir.
escorchar, c, levantar la corteza ó piel á alguna cosa;
desollar.
escorchoh'n, polluelo implume.
escorchón, n., desolladura.
escornarse, n., se usa en la hase escuérnate como pue-
das, en significación de componte como puedas: también
se dice me he descornado estudiando^ y otras locuciones
como ésta. En una colección de refranes leemos: dejar-
lo descornar; ^r¿Z5e de que se usa cuando no se quiere
meter pa^.
escorredero, n., canal por donde se facilita la salida del
agua sobrante de un riego ó del término de una acequia:
II n., el fondo de la vagina: voz de la gente inculta.
escorredizo, n., escorredero.
escorredor, n., escorredero: usa aquella voz el Conde
de Sástago en su lujosa obra sobre el Canal Imperial de
Aragón,
escotolarse, d., frotarse el cuerpo con la camisa, mo-
viéndose.
escoznete, a., instrumento con que se sacan los es-
cueznos.
escribano de ración, n., oficio de la Casa real de Ara-
gón en el siglo xiv.
escrismar, n., descrismar.
escuajerin§ado, derrengado; deshecho de fatiga.
escuatres, tributo: en un documento se lee debia por los
escuatres de la Iglesia.
escudillar, d., echar caldo en las sopas, el chocolate en
E: 223
los pocilios ó jicaras, etc.: |I vaciar el puchero en la
fuente en que ha de servirse; y así se dice: escudillar
las judías, la olla, las puches^ etc. La Academia dice
que es vaciar el caldo, pero eso no explica la frase de
Hurtado de Mendoza en su Lazarillo, me parecía más
conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar
la olla, que de lo que me pedía: \\ descubrir un secreto,
V. g., j^o le revelé mi plan, y él lo escudilló al punto
en el teatro: || escudillar la sopa, calarla 6 echar sobre
ella el caldo; acepción que hemos visto en algún Diccio-
nario.
escueznar, a., sacar los escueznos.
escueznO; a., pulpa 6 carne de la nuez tierna: úsase en
plural.
6scula-ag;ujas, epíteto que algunos aplican á los sastres,
y que usó, en un iníorme ante la Audiencia de Aragón,
un Abogado de bastante nota, que pasaba por discípulo
del famoso Almalilla.
escupinata, n., escupetina; escupitina; escupidura. Gue-
vara dice, escupecina.
esdevenidor, venidero; el notario Beneded, en i283, con-
cluía su acto público sobre la Virgen de Leciñena con
estas palabras: las sobrescitas cosas escripias é tes-
tificadas en mi protocollo, mesas en memoria del esde-
venidor.
esdevenimientos, rendimientos ó productos calcu-
lados
esfíladiz, n., filadiz; desfiladiz; usan aquella voz los f. f.
esforracinar, quitar los renuevos viciosos que salen de un
árbol ó los sarmientos de las parras, para que las guías
principales tomen la fuerza necesaria: la Academia in-
cluye, en el mismo sentido, como Navarra, la voz esfo-
rrocinar.
esíullinador, n., deshollinador.
esfuUinar, n., deshollinar.
esg-arrar, n., desgarrar.
^sgarrifar, d., el efecto que nos causa la lima, cuando da
en falso: ¡{ d., espeluznarse de horror.
esg^arrón, n,, desgarrón; rasgón.
6Sg;arrupiado, desarrapado.
eslaminarse, n., empezar á gustar de una cosa: |I ir to-
224 e:
mando el gusto á algo: [| estrenarse en ciertas diversio-
nes y placeres.
eslava, n., pendiente lisa por donde resbala el agua.
esman§amazos, n., se dice de cualquiera persona de poco
valer, principalmente del estado llano: || equivale muy
aproximadamente, al castellano echa cantos.
esmediar, n., disminuirla cantidad de algún líquido; y
se aplica, comúnmente, á los que están al fuego para
cocer: úsase también como reflexivo, y hay quienes lo
pronuncian y escriben, desmediar.
esmenición (morir de), por consunción: voz local.
esmerado, n., líquido que ha disminuido en peso y vo-
lumen por ebullición.
esmerar, n., conseguir la disminución de un líquido por
medio de la ebullición: se usa también como reflexivo.
esmo, n., tino; tiento; y así se dice perder el esmo: úsase
mucho en el Alto Aragón. En catalán se usa esma,
esmoUar, n., quitar la cascara verde á las nueces, ave-
llanas y otras frutas: || n., desmoronarse las obras de
tierra ó de construcción deleznable.
esmorriUado, n., desportillado.
esmoscarse, n., desaparecer sin ser visto; ausentarse ma-
liciosamente.
esmuirse, d., deslizarse: escurrirse; zafarse.
espadilla, n., juego de naipes; acaso el tresillo: entre los
papeles manuscritos de Lezaún, hay una carta escrita
en verso desde la Zaida, en que se lee:
Mi mayor divertimiento
es el juego de espadilla.,
en el cual gano tres reales,
en cuatrocientas partidas.
espalmar, n., quitar el polvo á la ropa, frotándola con
las manos; asilas leyes palatinas de Jaime II de Ma-
llorca, en las cuales también se halla spalmator , según
Ducange.
espanado, n., miserable; piojoso; perdido; hombre que
no tiene sobre qué caerse muerto: es voz local.
espartar, n., cubrir ó aforrar con esparto las vasijas de
vidrio: se usa también en el adjetivo ó participio pasivo.
esparvel, n., gavilán: también esparver.
B: 225
espatarrarse, n., despatarrarse: del mismo modo pierden
en Aragón la d los demás derivados; i| n.:
Si hay un Barranchán
que al mundo espatarra ,
dice, en sentido metafórico, uno de los varios copleros
que se desataron, cruelmente, contra la Sociedad Eco-
nómica Aragonesa, en lySS.
especias, perfumes.
espedera; n., espetera.
espedo, a., asador.
espenjador, n., pértiga ó vara, que tiene dientes de hie-
rro á la punta, y sirve para colgar y descolgar cualquier
objeto.
esperreque, d., niño ú hombre mal sano 6 regañón || d.,
cosa despreciable.
espeso, el que abunda mucho en alguna parte, ó se ciñe
demasiado, á una compañía ó á un negocio: tiene pa-
recido con caldoso.
espichar, d., morir.
espiella, espelta; escanda ó especie de trigo: lo hemos
leído, en documentos oficiales.
espinái, d., espinaca.
espinalbo, n., cierto árbol infructífero.
esponjado, p., azucarado; panal; azucarillo.
esportillarse, n., desportillarse.
esportón, d., serón.
espuenda, p., margen de río ó campo: úsase también en
Navarra: en otras partes espona.
espunados, emplea esta voz el Rey D. Martín, en el Dis-
curso de apertura de las Cortes de i338, como se ve por
este pasaje: ¿cuántos afollados de su cuerpo? Assa:{
¿E cuántos esvarrigados é espunados?
espuntar, n., ponerse en movimiento, los machos cabríos
ó guiones de un rebaño.
espumar, chisporrotear, ó hacer chisporrotear.
esqueje, n., se dice metafórica ó irónicamente, del niño
mal educado.
esquila, c, cencerro.
esquilada, a., cencerrada.
esquilador, se usa en la ítqíSq y ponerse como el chico del
15
226 e:
esquilador, para denotar que se ha comido, bebido 6
tenido otro goce, hasta el exceso.
esquilo, d., cencerro: 1| n., esquileo.
esquimen (sacar el), sacar todo el partido posible de un
negocio.
esquimenzar, derribar á golpe, el trigo respigado.
esquiparte, pala para la limpia de las acequias.
esquirol, a., ardilla.
estabulado, n., se dice, del ganado metido en el establo.
estabular, n., meter el ganado en el establo.
estadal, p., librilo de cerilla.
estadalera, palmatoria: esto creemos, en vista de los sig-
nificados de ESTADAL y del inventario de las joyas de la
Universidad en 1781; en que se menciona una de aque-
llas, de peso de nueve onzas y cuatro arienzos.
estajadizo, n., división que se hace, en los grandes corra-
les, para colocarlas reses,con la separación conveniente.
estalonar, n., quitar el talón á la media ú otro calzado:
se dice del zapato que va destalonado^ cuando se le
dobla el talón, para llevarlo debajo del pie.
estalviar, n., perdonar; voz aragonesa anticuada, según
el índice de Blancas: excusar; ahorrar; economizar: esto
se desprende de una Ordinación de Pedro IV que dice,
los príncipes terrenales son pilares de la Iglesia, é son
deputados á defención de aquella, no estalviando acam,"
pamiento [derramamiento) de sangre de sí ó de sus so-
meros.
estamento, a., cada estado ó brazo, de los cuatro que
concurrían á las Cortes de Aragón.
estampidor, madero que se arrima á una pared ruinosa,
formando ángulo agudo con ella y afianzando en tierra.
estanca, n., gran porción de agua estancada: es muy
famosa en Aragón la de Alcañiz, célebre por sus buenas
anguilas.
estancos, n., terrenos acotados y vedados, ya de particu-
lares, ya de propios: dehesas en que los ganados pueden
entrar ciertos meses del año.
estarel, medida de áridos: el monge Martón habla de
veinte mil estareles de trigo importados de la isla de
Cerdeña.
estatuecer, n., estatuir: se ve que se usaba ese verbo, por
E 227
las muchas veces en que se encuentra la tercera persona
del indicativo estatuece.
estatuarios, n., procesos.
estema, n., pena de mutilación; perdimiento de miembro.
estemar, n., imponer la anterior pena que tal vez se ex-
tendería á la de marcar con hierro ardiente W. Berceo
en su poema de Santo Domingo dice: Hasta que de la
lengua os haya estemado, que Janer interpreta privado,
estepilla, n., planta: llámase también estrepilla.
esterno, n. (véase cisterno).
esterza, n., cada uno de los trozos ó suertes en que se di-
viden para su arriendo ó aprovechamiento algunos
montes.
estomizarse, descalabrarse.
estopencia, se dice en algunas localidades, yo no pago
ESTOPENCiA de nada.
estornija, a., tala; juego de muchachos.
estozar, despeñar.
estral, n., destral: el diccionarista Rosal trae la palabra
destraleja ó achuela, que ya el vulgo (dice) llama estra-
leja.
estrapaluciO; n., baraúnda; ruido; desorden.
estrébedes, d., tre'bedes.
estremezo, a., estremecimiento.
estrenas, c, augetas, en sentido de gratificación.
estreñir, d., entornar ó medio cerrar una puerta: nunca
hemos oído esta acepción.
estreudes, d., trébedes.
(1) Estas dos palabras se hallan repetidas veces, con toda la posible
claridad caligráfica, en el libro de los Privilegios de la Unión, que en la
Introducción hemos extractado. La lectura indudable de ellas y aun la
desinencia ó construcción de la voz estema, nos han convencido de que
ni son las mismas palabras, ni deben representar la misma idea que las
de extenuación y extenuar, que se definen más adelante y que, por otra
parte, se hallan en varias alegaciones del Reino y otros tratados jurídicos.
En cuanto al significado, nos ha parecido que, nombrándose siempre
esa pena, después de la de muerte, y conformando tanto ambos vocablos
con los latinos de stigma y stigmare, que denotan la marca con hierro, no
era fuera de camino atribuir á estema y estemar la equivalencia que le
hemos señalado.— Escrita esta nota, hemos visto con placer que Du-
cange, en su Glossarium, incluye estema y extema, añadiendo membri, ut
videtur, abscíssio, mutilatio, interpretación del todo conforme con la
nuestra y acerca de la cual viene hasta cierto punto en comprobación, el
artículo membrum del Repertorio de Miguel del Molino, impreso en Za-
goza, 1585.
228 e:
estreyto, n., obligado, según Blancas.
estribera, n., se dice media de estribera, por las que van
sujetas al pie con una trabilla ó como estribo, á mane-
ra de los botines: equivale á la palabra peal: || medias
ó calcas de estribera son las que sólo cubren la pierna
y rodean el pie á manera de los botines, con una trabi-
lla del mismo punto.
estricallar, d., hacer pedazos.
estripacuentos, n., el que suele interrumpir importuna-
mente al que lleva la palabra: también destripacuentos.
estropicio, n., desperfecto, desorden: también estrupicio.
esturdedizo, aturdido ó desmayado á consecuencia de
caída ó golpe recibido: incluímos con poco gusto esta
palabra.
esvararse, n., resbalarse: la Academia admite desvarar^
usado en ese sentido: Peralta dice esbarar.
esvarizar, n., resbalar: se usa, principalmente, como re-
cíproco.
esvarizón, n., resbalón.
esvirar, d., bruñir.
exarico, n., colono: se emplea esta voz en los cuerpos de
derecho aragonés, y se halla también en Blancas: || te-
rreno conquistado al enemigo, según donación á Ve-
ruela en el siglo xii.
excebir, exceptuar; poner bajo excepción.
exe|^uir, ejecutar: voz forense.
excibir, n., eximir.
excrex, a., aumento ó firma de dote, que consiste en la
cesión que hace el marido de una parte de sus propios
bienes para asegurar el dote de su mujer. Asso escribe
excriex: el plural es excre'{,
excusado, n., retrete; secreta.
excusón, n., tiene el mismo significado quQjbrrón, y es
también voz local que se usa, principalmente, por la
gente rústica en algunos pueblos del alto Aragón, en
donde el lenguaje aragonés difiere del castellano mucho
más que el que comúnmente se habla en Aragón, y se
define en este Diccionario,
exhibita, a., exhibición.
exi§iderO; a., exigible.
exor§uia, derecho del señor contra la herencia del siervo
R 229
que moría sin hijos en edad hábil: vigente en Cataluña
hasta el siglo xv.
exporga, n., expurgo.
exporgar, n., expurgar: I| n., soltar los árboles y las vi-
des parte de su fruto naciente.
extenuación, n., pena de muerte por hambre, sed y frío
que los señores feudales, de potestad absoluta, podían
imponer á sus vasallos de signo servicio.
extenuar, n., imponer la pena de muerte por hambre,
sed y frío.
extracta, a., traslado fiel de cualquiera escritura ó ins-
trumento público.
extraer, a., sacar traslado de alguna escritura.
extremar, limpiar la casa; principalmente, asear los pisos.
Fabeación, a., acción y efecto de fabear.
iabeador, a., cada Consejero sacado de la bolsa de Jura-
dos de Zaragoza para votar á los qne habían de entrar
en suerte para los oficios públicos.
fabear, a., votar con habas 6 bolas blancas y negras.
fabolines, d., especie dé habas pequeñas.
fabriquera, había Casa fabriquera en 102 pueblos rea-
lengos de Aragón, y sus diezmos eran para la fábrica de
la Seo de Zaragoza, catedral todavía no concluida; pero
S. M. tenía de ello el Real Noveno. — Hemos tomado
esta noticia de un Plan de los pueblos y die^matorios
del Ar:{obisjpado de Zarago:{a, formado por D. Ignacio
Borao, padre del autor de este Diccionario.
fabueño, d., viento favonio.
fadiga, a., derecho que se paga al señor del dominio di-
recto, siempre que se enajena la cosa dada en enfiteusis.
fagüeño, fabueño.
fajar, poner á los niños la envoltura.
fajeros, envoltura para abrigar á los niños de pecho: en
español tienen estas palabras significación más concreta.
230 P"
fsgo, a., haz: es también usual en el reino de Navarra.
falaguera, d., deseo impertinente y extravagante.
falca; a., cuña.
falce, n., cierto árbol infructífero.
falcino, n., vencejo; ave.
faldeta, estar con la faldeta remangada, indica, hallarse
ó continuar en algún peligro 6 responsabilidad.
falenciales, n., excepcionales, voz forense.
falordia, a., cuento ó fábula.
falsa, a., desván; zaquizamí.
famoso, infamatorio; injurioso; según e! Glosario de Sa-
vall y Penen.
fandango, n., pendencia; riña; desorden; confusión; y así
se dice ¡se ha armado buen fandango!
fanfarria, fanfarrón.
faracha, espadilla para macerar el lino ó cáñamo: la Aca-
demia usa farachar; pero no faracha.
farachar, a., espadar el cáñamo ó lino.
farbsdás, rizos que guarnecen un traje, según una Rela-
ción de fiestas de 171 1; conforma bien con úf áralas
castellano.
fardacho, p., lagarto: también en otras partes, engar-
daixo.
farfallas, n., planta scor:{onera laciniata: tiene aquel
nombre en sólo algunas localidades.
farfalloso, a., tartamudo; balbuciente; tartajoso.
farinetas, a., puches; gachas; polenta.
farnaca, d., lebrato: |1 n., como epíteto, sirve para desig-
nar á la mujer gruesa y poco airosa.
farolero, n., se usa en las frases meterse d farolero, que
significa, lo mismo que la de meterse alguno donde no
le llaman, ó en lo que no le toca, que explica la Aca-
demia.
farullista, n., leemos esta voz, en unos versos contra el
Chichisveo^ y está tomada en tan mala parte, que viene,
para confirmarlas y exagerarlas, después de otras expre-
siones poco decentes, en que se designa al marido sufri-
do ó consentido.
farrafuUar, farfullar; en su acepción metafórica.
fascal, a., hacina de treinta haces de mieses: [| n., persona
mal vestida, y sobre todo, de mal talle.
F- 231
fasos, en sus Ilustraciones i Lucas Fernández, dice el se-
ñor Cañete (pág. 71), que algunas Catedrales de Aragón
llamaban en el siglo xiv deis fars ó Fasos, á los mai-
tines de Jueves Santo; voz que vendría de farsa^ por
las preces rimadas que cerraban estos oficios.
fatera, bobada; tontería.
fatig;a; n., voz forense, que aunque no parece sino una de
las aplicaciones de aquella palabra castellana, se ve usa-
da en nuestros ff. en la frase fatiga de derecho^ para
manifestar, dilación maliciosa, en la administración de
justicia.
fatigar, n., la misma idea.
favueño, fabueño y fagüeño.
fecejada, heces del vino, en pueblos limítrofes á Navarra.
fejudez, d., pesadez.
fejudO; d., bardo, pesado, con aplicación á las ropas: || n.,
ocupación demasiado incómoda, complicada ó ma-
terial.
femado, n., lo abonado con estiércol.
femar, n., abonar un campo con estiércol.
fematero, n., el que recoge y acarrea el estiércol.
femera, a., estercolero: y^weracfów se lee, en algún docu-
mento latino.
femeral, sitio destinado á depositar ó abandonar los es-
tiércoles.
fencejo, n., soguilla de esparto.
fendilla, d., grieta.
fenal, d., prado.
fer, hacer; en el uso del vulgo.
fergenal, d., campos que se comprenden á la redonda de
un pueblo: dícese también yér^ma/ y fregenal.
ferrete, n., se usa en la frase dar ferrete ^ para denotar la
insistencia de una cosa, y así se dice, dar ferrete á los
libros, por estudiarlos mucho.
ferruza, la hoja ó hierro de la espada. En el famoso cartel
de desafío dirigido por D. Pedro Torrellas á Jerónimo
Anca, desde Zaragoza, á 4 de Mayo de i522, que fué
el -postrer duelo de España y dio asunto á la comedia de
este título, escrita por Lope de Vega, se lee: con eS"
pada de cuatro palmos de ferruza, á medida de vara
4e Aragón.
28IÍ F"
fetilleroS; en Fueros mss. de Aragón hemos leído esta
palabra, creemos recordar que en sentido de adivinos.
feúsco, n., despectivo de feo.
fialdades, rehenes: los castillos de las fialdades de la
Unión, leemos en los Privilegios de ésta.
fianza de riedra, n., vale tanto como fianza de desisti-
miento ó desistencia y se escribe también redra. En la
compilación de nuestros ff., fol. 95, se lee, debet daré
fidantiam de redra, quod numquam demandet illum
pleitum de illa causa de illum hominem.
ficacio, cuidado, atención, y así, pon ficacio en lo que
haces: quizá viene de eficacia.
fideicomiso, n., se da nombre de fideicomiso íoral al
consorcio foral, por la semejanza de sus efectos.
fiemo, n., estiércol: da la equivalencia de esta palabra el
Glosario del Memorial histórico de la Academia de la
Historia: la de la Lengua incluye i fimo entre las pa-
labras castellanas: Jaume Roig en su Llibre de Consells
usa también aquella voz.
fierrabrás, n., travieso; desasosegado; inquieto; revoltoso.
fila, d., madero; viga: || n., rostro; semblante; en lenguaje
familiar: II n., escorredizo: || n., fila de agua; hila de
agua.
filarcho, n., filurcho.
filimpias, en las Ordenanzas del gremio de Torcedores de
seda, 1 61 1, se mencionan al capítulo 42, las tocas de
algodón y de lino delgado^ llamadas filimpúas.
filindrajo, n., andrajo; retal; retazo.
filurcho, n., hilarcha.
finesno, polluelo.
findoz, d., regaliz.
firma, a., uno de los cuatro procesos forales ó juicios pri-
vilegiados, por el cual se mantenía á alguno en la pose-
sión de los bienes ó derechos, que se creía pertenecerle:
es común, casual, simple, motivada, posesoria, titular,
etcétera: || a., despacho que expedía el Tribunal al que
se valía del juicio llamado firma: |l di, afirma tutelar, la
que se despacha en virtud de título como ley ó escritura
pública: ||n.,^rm¿z de dote ^ los bienes que el marido
señala á la mujer sobre su dote.
firmales, dueñas ó doncellas muy bien guarnecidas de
F- 233
vestido de oro é sirgo é lana brostados de oro é cintas
é FIRMALES ó cadenas de oro é de plata, dice un docu-
mento antiguo.
firmante, n., el que se acogía al privilegio de firma.
firmar, n., solicitar por sí ó por otro, el privilegio de
firma.
firmaticia, n., provisión ó providencia en que se asegura-
ba á alguno la posesión de bienes ó derechos.
fitero, d., resistero de sol.
fito, fito, n., constante, no interrumpido: equivale al
cutio cutio: II n., fito, de hito en hito.
fizado, n., se dice del animal que ha sido mordido ve-
nenosamente, y principalmente, de la oveja que ha te-
tado al morgaño.
fizar, d., clavar el aguijón la abeja ú otro animal ponzo-
ñoso.
fizón, d., aguijón.
flico, en la frase hacer ó dar flico significa, hacer mala
salida.
Aojar, n., aflojar.
flojo, n., falto de energía ó de salud; el que convalece.
florada, a., entre colmeneros, el tiempo que dura una flor.
florecido, véase escasfecido.
florín de oro, n., moneda de 20 sueldos en 1439, y de
16 en el reinado de Carlos I, según Merino: hoy equi-
valente, según Yanguas, á 34 rs. En la Universidad de
Salamanca, se calculaba la paga de los catedráticos por
florines de Aragón, según nos lo ha comunicado, el no-
table escritor D. Vicente Lafuente.
focín, focio, n., persona poco culta y de maneras
bruscas.
focha, n., gallina de agua.
fogaje, n., fuego; hogar; familia: en castilla, contribu-
ción repartida por fuegos ú hogares.
focalizar, n., marcar con fuego el ganado.
fogarear, n., quemar: se dice de la leña.
fondellón, c, vino exquisito que tiene madre en la vasija,
la Academia escribe bien Jbndil Ion.
forado, agujero; castellano antiguo.
forajidos, expatriados: el Duque de Villahermosa dice en
1 577, que los cristianos de Ribagor^a estaban forajidos
234 F
en sus casas, y esto sale muy bien del latín /ora exi-
dos (1).
forano, n., forastero: esta significación tiene también, en
el lenguaje de la Germanía.
forcacha, n., horcón.
forideclinatoria, n., excepción declinatoria de fuero.
foridicamente, á fuero; según fuero.
forig^ar, agujerear: úsase en el bajo Aragón.
fori§;ón, jabuco.
forlier, en un códice de oficios palatinos de Jaime II se
ofrecen pintados varios de ellos, entre otros e\Jbrlerius,
forlerio ó aposentador, correspondiente al traversier
francés, y origen de nuestro /Mrne/, sobre lo cual pue-
de verse á Govarrubias y á Latassa, en el tomo II de su
Biblioteca antigua.
formiguero, montoncillo de tierra, que se quema con leña
y después se tiende á más terreno, como abono: tam-
bién se llama hormiguero y fornillo.
forro, n., ahorrado de ropa y también se dice, aforrado;
pero son voces locales.
forrón, n., mezquino; avaro; miserable; ahorrador con
exceso.
fosal, a., sepulcro ó fosa: en Castilla, cementerio.
fosqueta, d., calabozo: II n., casucha.
fractor, n., se llsima. /ractor de firma, el que desobedece
algunas de las inhibiciones ó providencias, en el proceso
privilegiado de aquel nombre.
fragua, c, fresa; frambueso.
frajenco, cerdo de media credida, ni bien de los llamados
de leche, ni bien de los de cuchillo.
frao, a., fraude: úsase mucho este vocablo, en las Colec-
ciones de los fueros,
frederical: n., lo perteneciente á los Fadriques; y así se
dijo manto frederical ^ porque lo habían usado, en aque-
lla forma, algunos Fadriques de Sicilia.
freg;adera, n., fregadero.
frente, con la frase aquiétate la frente, se indica que no
se pretende ya cosa alguna.
(1) Ercilla dice en el canto XXIII de su Araucana'.
Andas de tus banderas forajido.
F" 235
fres, a., galón de plata ú oro: también se decía freso en
el siglo XVI ; voz que la Academia trae como castellana
anticuada, Blancas, en su Breve índice de vocablos ara-
goneseSy interpreta fresada de oro por llena de oro,
cuando debe de ser galoneada de oro.
fresana, n., ave; faisán-perdiz.
fresca del arzobispo, n., el tiempo de mayor calor, du-
rante el día.
firescuado, n., la res de cuatro años, fuera de cuya edad,
ya no se conoce el ganado por el diente.
fritada, c, pisto; conjunto de cosas fritas.
friolenco, d., friolento: la Academia usa además, las pa-
labras frigoriento, friolengo, frioliento y friolero.
frontalero, n., en el Códice de las Uniones de Aragón,
al folio 98, se pide enmienda de los daños que en la úl-
tima guerra hicieron á los nobles los frontaleros del
rey, de lo cual se desprende que serían algún cuerpo
de soldados de preferencia.
frontinazo, d., golpe dado en la frente contra alguna pa-
red, mueble, etc.
fuchina, escapatoria.
fuena, Jaca pidió al rey no dar peaje ni fuena, según se
lee en unos Privilegios de Aragón.
fuerista, n., forista; el comentador, compilador ó autor
exegético, acerca de los fueros de Aragón.
fuerte, n., abundante; y así se á'iCQ^ fuerte cosecha: || n.,
alto, p. ej., fuerte mo;{0 .• || n., grande, como fuerte
aguacero ha caído: \\ n., largo, y por eso se dice, estuvo
fuerte rato: || n., parar fuerte: véase parar. — Obsérvese
que siempre tiene significación abundancial y que siem-
pre se antepone al sustantivo.
fuina, p., garduña.
fulco, d., jeme: se usa también en Navarra.
fulero, n., se aplica á lo que no es de recibo, principal-
mente á la moneda defectuosa ó de baja ley: || n., asi-
mismo á la persona de malas mañas ó equívoca con-
ducta; y es más común para deprimir á la mujer: || n.,
también á las prendas de vestir que no son de buen
gusto.
fulla, mentira; impostura: de aquí deriva bien enfullar,
castellano.
286 O
furo, c, fiero; huraño; esquivo: |j d., animal coceador ó
no domado: || a., hacer fura una cosa, hurtarla.
furris, n., tramposo; embrollón: es voz familiar.
furrufalla, n., borrufalja.
fusileros, n., en Aragón, un cuerpo especial de tropas,
destinadas á la persecución de malhechores.
fusta, n., ramaje para pasto délos rebaños en las dehesas.
fustdolz, regaliz.
fuste, di. afuste cuarentén es, viga de cuarenta palmos.
fustet, campeche, según el Glosario de Savall y Penen.
futesa, n., bagatela; cosa de poca entidad; parece nacer
de fútil, y aunque no incluida en el Diccionario de la
Academia, se halla en otros, como el de Campuzano.
En la edición de 1869, ha incluido la Academia como
española, esta voz.
Gabarda, a., mosqueta silvestre; planta.
gabote, d., volante ó rehilete; juego.
gafarrón, n., ave: |) se dice del que habla mucho, princi-
palmente con alusión á los niños.
gafete, c, corchete; voz usada en Aragón, en donde tam-
bién significa perro para cazar conejos, según Dozy.
gajo, d., porción de manzana, naranja, etc.
galacho, d., hoyo ó cortadura que dejan las avenidas ó
aguas derrumbadas.
galafatón (coger en), n., coger á uno in fraganti.
galapatillo, insecto que ataca á las mieses.
galas, agallas; antic.
galce, n., marco ó aro y también rebajo.
galdrufa, a., peonza: de este juego nacen otras palabras,
aragonesas en general, que por su poca entidad no in-
cluimos, como: quique y quica:(o, cuando la peonza cae
perpendicularmente sobre el dinero: garranchada, cuan-
do lo desparrama con el clavo; tripe, cuando con la
barriga, etc.
o 237
galera, c, casa de corrección para mujeres.
galgueado, n., el animal que ha sufrido persecución de
galgos, consiguiendo superarla.
gallina ciega; n., ave; caprimulgos europceus,
gallinero, c, cazuela; localidad de teatro.
gallipuente, a., puente que, llevando una acequia, sirve
á la vez de paso.
gallofa, p., añalejo.
gallón, a., césped arrancado de los prados, para hacer
paredes, márgenes, bancos ú otras construcciones: no
se halla en las últimas ediciones de la Academia, aun-
que sí, como castellano, su derivado gallonada^ tapia
fabricada con céspedes.
gallos (Á), n., se usa en la frase, hervirá gallos^ para
expresar un hervor muy fuerte.
gambada, zancada ó paso largo ó todo el movimiento que
permite la pierna para avanzar ó para hacer montar
con ella, algún obstáculo: || vuelta; excursión.
gana, d., darle ó no darle á uno la gana^ querer ó no
querer; || a., estar de mala gana] hallarse indispuesto: ||
a., mala gana^ congoja. En este último sentido, lo usa
Avellanada en su Quijote.
gandumbas, hombre de genio blando; carácter poco
activo.
ganoso, se emplea en el proverbio, más vale hora ganosa
que díapere:{oso.
gaña, d., extremos de herradura, reja ó azada: cierta
parte dentada ó en forma de sierra, que tienen en lo
inferior de la cabeza, algunos pescados.
garapatillo, n., insecto hemíptero:\\n.^ enfermedad de
los trigos, ocasionada por aquel insecto.
garapitero, medidor oficial del vino y el aceite.
garapito, oficina de medición de vino y aceite: es cos-
tumbre en algunos pueblos, arrendar e/ garapito ó ex-
clusiva^ de la medición oficial, y esto viene á ser para
ellos un arbitrio municipal.
garba, a., gavilla de mieses.
garbar, garbear, a., formar las garbas ó recogerlas.
garbo (de), con abundancia ó prodigalidad; y así se
dice, gastó de garbo, en aquellas fiestas.
garchofa, alcachofa: así se lee, en un no despreciable
238 O
poema de J. B. Felices, dedicado al torneo celebrada
en Zaragoza el año i63o.
garg^ol, p. batueco 6 huevo huero.
garita, n., cubierto de madera, en donde se vende pesca-
do: también las hay de quincalla, juguetes, etc.
garlanda, probablemente, guirnalda ó diadema: en Or-
denación para coronación de las reinas se lee, salvo que
no lleve garnalda ni corona en la cabe:{a.
garnacha, a., uva y vino de cierta especie.
garra, en la frase estirar la garra significa, morir.
garrada, lo mismo que gambada.
garrampa, d., calambre.
garrapata, n., se dice de la sección más joven ó más
desaplicada en las escuelas de niños, y por extensión,
de la parte menos distinguida en cualquiera reunión. El
librero Cabrerizo, en sus Memorias, dice, j^^r nos espe-
raba medio pueblo y algunos soldados de garrapata.
garras, n., piernas delgadas: usa esa voz el Fuero gene-
ral de Navarra (el mss., no el impreso) para denotar
en general, las piernas.
garraspa, d., escobajo.
garrear, n., patalear, agitar y mover descompuestamente
las piernas; ó por estar impedido, ó por dolor ó coraje.
garrico, campo yermo: se lee, en antiguos documentos
aragoneses.
garrofa, p., algarroba.
garrón, a., calcañar; y así, al que lleva las medias caídas,
se le dice que las lleva al garrón: codillo de la res.
garroso, d., patituerto.
garujo, d., garifo.
garullada, n., gurullada; garulla ©conjunto desordenado
de gentes; en la Fábula de Fineoy las Harpías ^ que se
halla recogida por Lezaún, en uno de sus tomos ma-
nuscritos, se lee,
y toda la garullada
de los dioses del Olimpo .
gasón, a., césped.
gata^ ahu jetas.
gatamusa, n., mojigata; hipócrita; mujer redomada: tie-
ne alguna analogía con la voz gatatumba^ que en caste-
o 239
llano significa, simulación de obsequio, reverencia ó
dolor.
gataria, n., galera; planta: nepeta cataría,
gatatumba, n., hacer la gatatumba, hacerse el muerto:
la Academia admite esa voz con significación algo di-
ferente.
gatuñada, n., arañada.
gauda, gualda, según Glosario.
gavia, n., expresión metafórica, para motejar á uno de
loco, travieso, ó calavera: cordón de bomberos: se lo
hemos oído á un jefe de bomberos de incendios.
gaviño, d., pretil.
gay ó gayo, d., arrendajo, ave.
gaya, n., pieza triangular de tela, que se pone en las ca-
misas y en otras prendas del traje, para dar ensanche,
hacia la parte que el cuerpo lo requiere.
gayata, a., cayada ó cayado.
gaznatazo, bofetón: análogamente, admite la Academia
gaznatada.
general, d., rentas generales: |l aula, en la Universidad
de Zaragoza: suele usarse en plural y lo hemos leído, la
última vez, en un informe del Arquitecto D. Tiburcio
Delcaso, sobre el estado en que el edificio se hallaba
en i8i3, después de haberlo volado los franceses: ||
a., aduana.
generalero, a., aduanero.
generalidad, a., comunidad: || a., contribución que se
adeuda en las aduanas. Según Dormer se llama así, el
adeudo arancelario, porque generalmente lo pagan todos
y de todo lo que entra y sale de los reinos.
generalidades, a., contribuciones públicas.
genial, genio y geniazo: la Academia define sólo, como
adjetivo.
gente de la estopa, alpargateros, sogueros y talegueros.
Según D. Vicente de Lafuente.
geribeques, n., gestos; guiños; visajes; contorsiones. .
gerova (irá la), n., ejercer el oficio ó industria de ge-
ROVERO.
gerovero, n., la persona, que en los pueblos de corto ve-
cindario, se destina á acarrear de las ciudades ó pobla-
ciones más próximas, las provisiones y demás objetos
240 O
necesarios y convenientes: se usa en las localidades ra-
yanas con Navarra.
geta, a., grifo; espita: || c, labios gruesos, boca y aun me-
jillas: II d., hinchara uno la jeta, darle de mojicones.
getar, n., arrojar; lanzar: dfcese también gttar y es anti-
cuado: defínelo Rosal en su Diccionario y lo deriva de
agitare: véase Guerra y Orbe en su Fuero de AviléSy
página 71.
getazo, d., bofetón.
giguentena, d., multa ó pena, por abuso en los riegos.
gimenzar, d., sacudir á golpes, la simiente del lino ó cá-
ñamo.
ginjol, d., azofaifa.
girolitos, n., se usa en la frase, no me venga V, con gi-
rolitoSf y equivale á no me venga V. con vanas discul-
pas; no me embrome V,
glanero, el campo de árboles que producen los glanes.
glanes, bellotas de una clase inferior, que se destinan so-
lamente, á los animales. Incluimos esta voz, en plural,
como siempre se usa; tanto por ser de empleo actual y
frecuente, como por diferir en la escritura y significa-
ción, de la voz glande, que, anticuada, admite la Aca-
demia; como porque tiene sus derivados.
gobernudo, n., se dice, de la persona de mucho gobierno
ó de la que se afana en hacérselo todo.
gócete, pieza accesoria de la lanza, á veces con picos, que
se adaptaba á la manija: es voz que no incluye la Aca-
demia en este sentido, sino en el de pieza del yelmo y
sobre la cual remitimos á la palabra roquete: también
significa sobaguera ó guarda-axila.
gonela, en la Corona de Aragón, dice Quadrado, se daba
este nombre italiano á la aljuba, ó pelote, ó quezote, que
era una especie de tonelete,
gordaría, n., grosor.
gorga, p., Az., la olla ó remohno que hace el agua: (en
edición i832 y siguientes).
gorgojo, n., nombre que se aplica á los niños, para deno-
tar, ó su pequenez ó su viveza.
gorito, d., ruin.
gorrinera, a., choza en que se encierran los cerdos.
gorrinüla, n., cucaracha; insecto.
o 241
gorrino, p., puerco ó cochino: en Castilla, puerco de
aun no cuatro meses.
gorrón, n., ave muy conocida, durante el verano, en la
laguna de Gallocanta.
gorronera, cárcel en que entra el gorrón ó eje de las
puertas de calle, construidas con este giro y no con bi-
sagras.
gosar, n., atreverse; osar; decidirse á una cosa: el poeta
Leonardo de Sors dice.
No gos mostrar sua volentat
Car be no gos mostrar ne dir
Com no Goso dir lo mal que sent.
En documento de i283 leemos, no gosaba /ablar.
gotito, n., traguito: también se dice, y con más frecuen-
cia, gótico: la Academia no incluye esta palabra, ni la
de gota; pero otros diccionarios ponen gota, gotita y
gotilla.
grado, n., se llamaban grados de bóveda los que deven-
gaban la mitad de las propinas, según se ve en los Ges-
tis del siglo pasado: la mitad que no se entregaba á los
doctores, se destinaba á atenciones generales de la Es-
cuela.
grafía, fleje ó tenaza de hierro, para asegurarlas paredes.
gramalla, vestidura talar: aunque la Academia lo define
así, pero antes de que esta Corporación existiera, debía
no ser comprendida esa palabra fuera de Aragón, á juz-
gar por estas curiosas de Diego Murillo en el capítulo
3.^ de sus Excelencias: y las ropas ro^^ogantes que
visten los Jurados en los actos públicos, se llaman gra-
MALLAS, que no es ra{on dejar de poner aquí nuestros
propios términos para que consten los nombres.
gramaya, n., gramalla: se lee en Andrés de Uztarroz y
en las Ordinaciones de Zarago:{a,
gr anota, rana.
grasonera, más comúnmente rasonera.
gratar, d., rascar suavemente: Rosal lo deriva de grato,
cosa dulce y gustosa, pero no, pues es un italianismo.
greque, n., calificativo de cierta especie de uvas de color
16
242 O
dorado: se aplica á determinado vino, que se llama
también greco. Luis Benavente, en su entremés, La
Puente Segoviana^ dice:
— Vino GRECO soy precioso.
— Ningún hombre con él trate,
que hace que le hablen en griego
y le duerman en romance.
greuge, a., queja, que daba cualquiera en las Cortes, con-
tra el agravio que se hubiera hecho, á los fueros en ge-
neral ó en particular á su persona: en documentos de
la historia de Navarra hemos leído grieves.
grilla, n., mentira.
grillado, de grillarse.
grillarse, n., empezar á perderse algunos frutos vegetales:
se dice vulgarmente, se las grilló, para indicar que uno
se ausentó inesperadamente y con aire de huida: salir
hijuelos en el fruto ya cogido.
grillón, el hijuelo que brota de una simiente, del cual re-
sulta después la planta.
gripia, n., reptil: H d., mujer díscola y pendenciera.
gris, p., tiempo frío; vientecillo fresco.
grita, a., llamamiento á los interesados, en el juicio de
Aprehensión; se decía también cartel de gritas.
gritar, d., reprender, reconvenir.
griva, tordo: como una griva, borracho.
gruenza, d., tolva.
gruñón, n. gruñidor.
guajar, d., echar muchas espigas,
guajo, d., pie de trigo ó cebada, con más de una espiga.
guantazo, d., guantada; bofetón.
guara, n., viento norte, así llamado, por la sierra de Gua-
ra de donde procede.
guaran, c, garañón.
guarda, guardia, d., adula.
guayta, sin duda, el cuerpo de vigilancia, á !as órdenes
del municipio de Zaragoza; pues Murillo, si no estamos
trascordados, menciona al cabo de guayta, encargado
de hacer las prisiones,
d., ovejas.
ta 243
guerra, n., en el juego de dominó, el jugar tres ó más,
cada uno para sí.
guiar^ conceder guiaje; se usa en los Fueros*
guija, p., amosta; legumbre.
guijones, d.; especie de guisantes, ^
guilindujes, n., adornos superfinos ó impropios, en el traje
de la mujer: Rosal define dingandujes por dijes, de don-
de probablemente, se ha derivado la voz guilindujes,
guinea, tumulto; pendencia,* alboroto; generalmente se
dice, armar guinea.
guingorria (Á la), d., con descuido; de cualquiera ma-
nera: dícese sobre todo, de las prendas de vestir.
guiñóte, d., brisca real ó tute; juego de naipes.
guipar, n., atisbar: en lo antiguo avispar: también signi-
fica, divisar; brujulear; descubrir; apercibirse de algo;
por ejemplo, le he guipado una seña, le he guipado el
as de oros. En el Mundo al revés, novela de R. Aguile-
ra, se lee, ha GUIPADO, como dice ella en su jerga de
Cuartel, á los dos amigos.
guirlache, n., turrón compuesto de a?úcar y almendra,
sin machacar.
guisopo, n., hisopo: Lucas Fernández lo usa y la Acade-
mia admite, el diminutivo guisopillo.
guita (hacer la), halagar á uno.
guitarro^ n., se dice de uno que es de la marca de los
guitarros^ cuando tiene menos estatura que la que co-
rresponde á su edad.
güito, a., mulo; macho; asno; y en general, toda caballe-
ría de carga que es coceadora ó espantadiza: la Acade-
mia, conviniendo en la idea, sólo califica como falso, al
animal güito. Macho güito, mal vidriero; expresión
proverbial, con que se indica, que para empresas deli-
cadas, no conviene persona irreflexiva ó violenta: tam-
bién se dice, y tiene más claridad, macho güito, malo
para el vidriero^ esto es, para el que acarrea esta mer-
cancía.
guitón, n. , término cariñoso, equivalente al de picarillo p
pícamelo.
gurgú, n., abubilla: también gurgute, borbute y puput.
gusanado, n., lo que está dañado ó agujereado por los
gusanos.
I
244
gusanarse, n., perderse ú horadarse las frutas ó árboles^
á causa de los gusanos.
gusanera, d., herida hecha en la cabeza.
H
Habarroz, n., guiso compuesto de arroz y habas, en igual
proporción.
haberas, desperdicios de las habas, después de trilladas.
habilidoso, n., el que tiene habilidades, ó más bien maña,
para operaciones mecánicas: la Academia lo incluye
como provincial de Andalucía.
habilitadores, n., compromisarios, que en número de
diez y ocho, nueve por el rey y nueve por los brazos de
las Cortes, examinaban los poderes de los Diputados ó
las calidades de los que iban sin letras.
hablada, n., locución ó frase impropia, incorrecta ó bár-
bara.
hacer; n., hacer leña, cortarla: |I n., hacerse de pencas,
resistirse á una cosa: hacer vino, venderlo: |I n._, hacer
cebada ó trigo, cribarlos en la era.
hala, n., exclamación ó interjección, equivalente á la de
¡vamos!; ¡arriba!
baldar, n., pieza, en la falda del vestido.
haldeta, n., pieza que generalmente, rompe en la cintura
y no baja mucho de ella: en CdiSXiWdi faldilla y faldeta.
hanega, c, fanega.
hartazón, n., hartazgo.
hecha, a., tributo ó censo por el riego de tierras.
hedinos, Jueces ó zalmedinas de los judíos, según Foz.
helera, n., friolero.
hembrilla, n., se dice del pelo delgado y flojo, que la
Academia designa con el positivo hembra: ¡J n., trigo
fino y menudo, que la Academia califica de provincial,
de la Rioja.
herbada, n., jabonera; planta.
H 245
herbajante; n., el ganado que herbajea: I| n., el ganadero
que tiene herbajando á su ganado.
herbaje, a., tributo que se pagaba de los ganados, á cada
monarca, al principio de su reinado.
heredero, n., el que posee alguna heredad ó finca rús-
tica.
herejía, n., cualquiera falta, abuso, exceso de precio, 6
todo lo que se separa algo de lo razonable; y por eso es
palabra muy usual y poco ofensiva: también se usa en
el mismo sentido, la palabra hereje.
herencio, n., herencia.
hermandad, n., se llama en Aragón hermandad llana, á
la absoluta, en todos los bienes de los cónyuges.
hermanos del hospital, así se llamaba en Zaragoza, á los
que muchos llamaban Orates y todos locos^ según don
Manuel Vicente Aramburu en su Relación de Fiestas
de 1765.
herrero, n., ave, del orden de los pájaros.
hiladillo, c, cinta de algodón: la Academia dice que de
hilo ó seda.
hilarza, d., hilaza: úsase en Navarra, así como filarla é
ilar\a,
hilera, a., hueca del hueso.
hilete, c, hilo delgado
hilo, n., filo: al hilo de la espada, dice Zurita: la Aca-
demia lo pone como anticuado: || a., hilo de palomar,
bramante: j| n., hilada; y así se dice: tapia de uno, de
dos hilos, por los cuerpos ó firmes que tiene.
historiado, n., todo le que tiene mucho ornato, ya sea
mueble, prenda de vestido, etc.: la Academia apHca esta
voz á sólo la pintura.
hombre del oficio, oficial; ministro: es ant.
hombres, n., el estado llano se dividía en ciudadanos
honrados, hombres del signo del rey ó de lugares rea-
lengos y hombres de signo servicio 6 de pueblos par-
ticulares.
hombrizo, n., hombrón.
honor, n., ciudad, villa ó lugar que el rey daba, y sobre
la cual ejercía el señor jurisdicción: se decía dar en
honor: || n., el señorío y el reino del monarca, según la
traducción que hace Briz Martínez de un documento
24e M
latino de 1061: |Jn., caballerías de honor, la nobleza
que conferían los ricos-hombres: 1| n., bienes inmuebles.
honra (hacer), n., convenir; contribuir al bienestar dé
uno; redondearle en sus intereses; p. ej., ¡buena honra
le hi:{0 el dote de su mujer!; le hará mucha honra esa
herencia.
honrado, n., literalmente se usa en sigtiificacion de bue-*
no; pero empleándose constantemente en sentido con-
trario 6 irónico, equivale siempre á malo; p. ej., ¡qué
trigo tan honrado!; ¡en qué moneda tan honrada me
paga!; ¡qué función tan honrada tenemos esta noche! (^^
En Ordinación de Pedro IV se lee: sian entendidos ta-
petes et trapos mas bellos et mas honrados que aquellos
de la sala ó palacio,
honteja, pena: en el término de Calatayud, según el Co-
mendador Núñez, al explicar el refrán cuando hay nie-
blas en HONTEJAS, apareja tus tejas.
horada, n., se usa en la expresión á la hora horada para
denotar que se llega á la hora precisa y sin tiempo para
la preparación que algunos asuntos requieren.
horas mayores (véase medíodiada}.
horca pajera, a., aviento.
hormiguero, n., pájaro zancudo de plumaje negro, que
se alimenta de hormigas.
hormiguillo, n., se usa en la frase tener hormiguillo para
indicar de alguno que está en continuo movimiento, ó,
como dice la Academia, que es un azogue.
horno, n., la casa 6 establecimiento en que se amasa y
vende el pan.
hortaleS; n., huertos: || n., hortalizas que en ellos se
crían; y por eso se dice: haber llegado el tiempo de los
hortales.
hoya, d., terreno llano, dilatado, rodeado de monteé.
huebra, a., barbecho: tiene varias acepciones en lenguaje
figurado.
huega, d., buega; mojón.
huelga, robaron á un vecino de Farlete en el camino
(1) Á esté tenor pafece que escribió Qíievedo en su carta XV del Ca-
ballero de la Tenaza: ¡honrado terminillo ha tenido!, y de la misma signi-
ficación parece ser en Aragón la frase proverbial tan honrado es Martín
como su rocih.
I 247
de Zaragoza, y HVELGk de dicho pueblo y del de Per di'
güera, hemos leído en un periódico.
huerta, p., tierra de regadío: en este sentido se usa en el
Poema del Cidy v. 1181, aludiendo á Valencia.
huevatero, ra, n., el que vende huevos.
huevo en ag;ua, a., huevo pasado por agua.
huevos bobos, tortilla con pan rallado, aderezada en
caldo: || huevos en calzoncillos y huevos duros con caldo,
ajo, perejil, etc.
hurta-dineros, a., hucha; alcancía.
Ibón, a., laguna formada de manantiales ó arroyos, cau-
sados por las nieves derretidas: tiene alguna analogía con
la palabra libón, y no se ha admitido por la Academia,
sino en sus últimas ediciones.
imbursación, a., acción y efecto de imhursar ó insacular.
imhursar, a., insacular.
implaz, n., úsase en la trase de mi buen impla:^^ equiva-
lente á de mi buen grado.
impi§;noración, hipoteca.
impropiación, falta de propiedad.
indig^narse, d., enconarse las llagas ó heridas.
infante, p., corista de corta edad en las catedrales y otras
iglesias: seise.
infierno, p., pilón adonde van las aguas que se han em-
pleado en escaldar la pasta de la aceituna: es provincial
de Navarra y Aragón, y sólo se halla como tal en la
última edición de la Academia.
inflarse, morirse.
ingenio, d., fábrica donde se elabora la cera: la Acade*
mia dice, que cualquiera máquina en la mecánica ó la
guerra.
inquisidor, a., cada uno de los jueces bienales nombra-
dos por el rey, el lugarteniente ó los diputados, para in-
248 J"
quirir los contrafueros del Vicecanciller, Regente de la
Ghancillería, Asesor del Gobernador y Oidores: I| n.,
cada uno de los cuatro que instruían proceso contra el
justicia ó sus lugartenientes, reservándolo al fallo de las
Cortes, á quien lo presentaban como greuge.
insolutumdación, dación en pago.
intermedios, n., campos ó trechos que están entre otros.
intestia, cierto derecho parecido al de exorguia.
intima; d., acto de apenar.
intramarino, n., del tronco paterno: se dice bienes libres,
intramarinos ó del tronco paterno.
inventario, d., uno de los cuatro procesos forales, que
consistía en hacer la descripción ó embargo de los bie-
nes muebles y papeles para que, al amparo de toda vio-
lencia, dedujesen las partes su derecho.
irasco, d., macho cabrío: la misma significación tiene en
Navarra.
ivierno, n., invierno: conforma mejor con la etimología
latina, así como las voces castellanas anticuadas, iver-
nal é ivernar,
ixartigar, roturar de primeras arrancando la maleza.
ixe, ese: en Fonz.
ixo, eso: en Fonz también.
ixte, el comendador Núñez, en su hermosa Colección de
Refranes, trae este: no hay cabras y hay ixte. |I El
Aragonés ixte dicen lo que acá oxt cuando ojean el
ganado: es casi lo del refrán, hijo no tenemos y nombre
le ponemos.
Jábega, red gruesa de esparto, que allá la llaman jábega,
dice Pellicer, al contar (con referencia á Alvaro Martí-
nez de Toledo, capellán de Juan II) que D. Bernardo
de Cabrera fué descolgado de la cárcel por una amiga
en aquel aparato, pero quedó suspendido á la mitad, y
J 249
allí lo pasó afrentado todo el día: la Academia da una
significación muy análoga.
jábre§a, red de malla gruesa, que generalmente se usa
para portear la paja.
jabuco, n., especie de cabra montes, de pelo algo más
fino.
jaculatoria, n., se usa en el lenguaje familiar, como equi-
valente á las frases castellanas, ¡vaya una embajada!;
¡miren qué embajada!
jada, a., azada.
jadiar, a., cavar con la azada.
jadico, azadica ó azada pequeña: diminutivo de jada,
pero cambiado el sexo.
jambar, n., aplanchar y dar la última mano al pantalón,
en la parte que cubre las piernas.
jamborlier, a., camarero.
jambrar, a., enjambrar.
jaque, a., cualquiera de los lados de las alforjas: también
xeque: es árabe puro: || n., moneda de los reyes de Ara-
gón, y así dice D. Pedro, mis jaques se mezclaron con
sus torneses fLexique de Raynouard).
jaquesa (libra), n., véase libra jaquesa.
jarapote, a., jaropeo.
jarapotear, a., jaropear ó dar jaropes: la Academia in-
cluye esta voz y la anterior como provinciales, igual-
mente que de Aragón, de Andalucía.
jarbar, distribuir el agua por horas.
jarbe, el tiempo de riego que toca á un campo.
jarcia, n., jauría de perros: || n., hombre de jarcias^ per-
sona de conocimientos, de estudios, de noticias; en cuyo
sentido se dice, tener muchas jarcias: \\ red de cuerda de
malla, más espesa que la de jÁbrega.
jarmentar, sarmentar: también ixarmentar.
jarrear, n., jaharrar.
jarro, a., el que, y sobre todo, la que grita mucho, ha-
blando sin propósito: II d., medida de vino: || c, ca-
charro.
jasco, d., desabrido; áspero al paladar; falto de jugo.
jaula, aparato ó andamio portátil, de mucha solidez y ele-
vación, para trabajar en alto: difiere algo de las acepcio-
nes de la Academia.
250 J
jauto, a., insípido; sin sal: en Murcia Jando, según la
Academia.
jebe, a., alumbre.
jeta, a., véase geta.
jetar, a., desatar algo en cosa líquida; por ejemplo, un
ajo en el guisado.
jetazo, a., mojicón.
jeto, a., colmena vacía, untada de aguamiel, para que
acudan á ella los enjambres.
jijallo, a., arbusto; bueno para el ganado: se escribe tam-
bién xijallo y se pronuncia sisallo.
jimenzar, a., quitar á golpes la simiente del lino ó cáña-
mo, para llevarlo á poner en agua.
|isca, c, caña que se cría en lugares húmedos.
jitar, a., arrojar; echar fuera.
jocaliar, comprar las ropas á la novia.
¡ocalias, n., alhajas destinadas al culto divino: tiene co-
nexión, con una de las acepciones que la Academia da, é
la palabra ma:{onena. Ducange amplía la significación
é interpreta monilia^ gemmce; annuli, aliaque id genus
pretiosum. También Miguel del Molino, da esa signi-
ficación.
joparse, largarse de un punto: Jopo, largo de aquí: Jopo
que hay leva; frase.
jordi§^a, n., ortiga.
jorear, n., orear.
jota, c, sonata, canto y baile de Aragón.
jovada, a., terreno que ara en un día, un par de
muías.
jovenzano, n., jovencito.
juagar, n., enjuagar.
Juan Devana, n., Juan Lanas; marica; hombre afemi-
nado en sus inclinaciones.
jubada, a., véase jovada.
jubero, n., colono que no estaba obligado á los servicios
de huerta y cabalgada, con que se resistía á las invasio-
nes repentinas (Cuenca). En Navarra le dan sus //,
análoga significación. Mozo de carro, según documento
aragonés de 1192.
jubo, d., yugo.
judía, n., ave fría.
-I 251
Judía de sin hilO; variedad muy conocida de aquella le-
gumbre.
judiar, n., tierra sembrada de judías.
judiera, n., la planta que produce el fruto llamado
judía.
judicante, a., cada uno de los diez y siete jueces, que fa-
llaban sobre los ministros de justicia 6 los lugartenien-
tes del de Aragón, que habían sido denunciados, en sus
oficios: estos magistrados, también se llamaban die:{y
sietes.
judienco, n., despectivo de judío, que comúnmente se
usa, en sentido metafórico.
juez, jue:{ catedrerOj funcionario que residía en Madrid y
entendía en lo relativo á provisión de cátedras y sus in-
cidencias: de él tratan los Gestis, en el año 1741, si
bien esa voz era común á las demás Universidades,
como procedente del Consejo de Castilla: || n., jue^ de
la casa del rey y Canciller, según el Códice de las UniO"
nes de Aragón: || a., jue:{ de enquesta, Ministro togado
que hacía, inquisición y procedía de oficio, contra los
de justicia y contra notarios y escribanos: || n., jue:{
medioy Justicia de Aragón: jMe;{ de la Zeca^ quizás Di-
rector de la Casa de Moneda: en \osff. se trata de la
Casa de la Seca.
jug^adero, n., coyuntura en los miembros.
jugo, yugo.
juguesca, n., partida de juego; generalmente improvisa-
da y tumultuosa.
juicio, n., se dice, beberse el juicio y sorberse el juicio^
como en Castilla, tener el juicio en tos talones, con alu-
sión, no á la verdadera locura, sino á la poca reflexión
ó madurez, en algún asunto.
julepe, n., se usa en la expresión de llevar un julepe^
para significar llevar una tunda ó haber sufrido mucha
contradicción i ó haberse dado un mal rato; sea cami-
nando, sea desempeñando algún negocio.
junta, n., yunta: || n., junta de cinco, así se denomina,
la de acreedores censalistas de Zaragoza,
juñidera, d., coyunda.
juñir, d., uncir.
jurado en cap, a., primer jurado, de entre los insacula-
252 J
dos en otras bolsas de jurados, con cuarenta años cum-
plidos.
juratoria, a., lámina de plata, con el Evangelio escrito,
sobre la cual juraban los magistrados: también la había
en la Universidad.
juratorio, a., instrumento en que se hacía constar, el ju-
ramento de los magistrados.
jusano, n., inferior, según el índice de Blancas', léase
YUSANO.
jusepico, n., fraile de la orden de San José 1| n., hipó-
crita; esto es, modesto y de gran compostura en la
apariencia y por lo demás, capaz de toda travesura.
jusmeterse, n., someterse: jw^meío, sometido.
justicia, n., el presidente de la Gasa de Ganaderos de Za-
ragoza.
Justicia de Aragón, a., magistrado supremo que, con
cinco lugartenientes togados, hacía justicia, entre el
rey y sus vasallos, y entre los eclesiásticos y los secula-
res, expidiendo en nombre del rey, provisiones é inhi-
biciones y teniendo á su cuidado, la custodia de los
fueros. Aunque este nombre se usa, como masculino,
el Códice de los Privilegios de la Unión, le antepone
siempre el artículo la.
justicia de las montañas, n., justicias ó jueces creados
en Jaca y otros puntos, con jurisdicción completa para
cierta clase de delitos, sobre todo para ladrones y ase-
sinos: creáronse en las Gortes de Monzón, en i586.
justiciado, n., justiciazgo, dignidad y tribunal del Jus-
ticia de Aragón: Un., oficio del Justicia ó Presidente de
la Casa de Ganaderos.
justillo, d., corsé, ajustador en las mujeres: en algunas
partes jostillo^ chaleco.
jutar, n., enjugar.
juvillo, n., novillo: |I corrida de toro de ronda ó de esos
que, con las astas encendidas, se sueltan por la noche
en los pueblos.
253
Labor, p., simiente de los gusanos de seda: || n., labor de
agua^ lluvia que cala á la profundidad de la labor de
surco ó azada.
labores, a., precedida del verbo /í^zcer, significa esa pa-
labra tomar las medidades convenientes, para la conse-
cución de alguna cosa.
lacha, n., se usa en la expresión tener poca lacha para
manifestar, poca aprensión, poco fundamento.
laco, nogue ó fosa de piedra en que se cristaliza el capa-
rros (Asso, ¿"cow.^o/., 255).
lama, tela tejida de oro ó plata, dice la Academia: pero
Argensola en su Descripción del Torneo de i63o, con-
creta la significación de otra manera y dice, cincuenta
lacayos vestidos de tela de plata a:(ul, que dicen lama.
lambreño, lambrija.
lambroto, n., glotón; el que come desmedidamente y
con afán.
lamín, a., golosina: se usa figuradamente en sentido de
cebo ó atractivo, cuando se dice, al lamín de la dote
cayó en la trampa.
laminar, a., laminear, n., lamer, golosinear ó golosmear,
como dice la última edición de la Academia.
laminera, a., abeja suelta que se adelanta á las demás, al
olor del pasto y comida que le gusta.
laminero, a., goloso: úsase también en Murcia. Léese en
los Engaños de Lope de Rueda, y la Academia ha aca-
bado por adoptarla como española en su última edición
de 1869. Se usa también para calificar lo que excita co-
dicia ó engolosina el gusto ó convida á retenerlo, v. g.,
yo no presto novelas^ porque son libros muy lami-
neros.
lampa, n., se usa en la frase echarla de lampa ó de Vam'
pa ó quizá de la hampa, con la que tiene indudable
S54 L.
analogía, para indicar darse importancia, ponderar uno
su posición ó su fortuna; vanidad ó confianza en sus
medios, en sus riquezas ó en sus empresas.
lámpara, se usa en la frase vale más que la lámpara de
Capuchinos y era de corcho.
lampaza, n., lampazo: planta; crecer como la lampaba,
por desmesurada ó prematuramente.
lantierno, aladierna; arbusto: también lanterno y de otros
modos.
lapo, d., bofetón, mas bien que con fuerza, por venganza
ó desprecio: del latín alapa,
largueza, listón ó cuairón para travesanos ó entramados.
laston, hierba seca.
latifundo, n., parece designarse con esta palabra en al-
gunos documentos, el Patio de la Universidad: la signi^
íicación, es, como se sabe, heredad; posesión extensa en
el campo.
latonero, a., almez; árbol.
lavacio, n., lebrillo para lavar las ropas dentro de casa, á
la ligera.
laya, p., instrumento con dos puntas de hierro para la-
brar y remover la tierra.
léchala, animal que todavía mama: generalmente se usa
con aplicación al ganado caballar.
lechazo, gusano de seda que no trabaja, si bien crece y
toma color amarillento y no aspecto cristalino.
lechecino, n., cerrajas; planta.
lecherón, a., vasija en que los pastores recogen la leche: |1
a., mantilla de bayeta ú otra tela de lana en que se en-
vuelve á los niños, luego de nacidos.
legajo, comentando Pulgar las Coplas de Mingo Repul-
go, escritas por Rodrigo Cota, define la voz mestas,
ayuntamientos que facen los pastores donde han sus
consejos; y en un ejemplar de letra tortis, que tenemos
á la vista, se lee por nota marginal, m. s., en Aragón
decimos legajo.
leja, n., la tierra que descubre un río, acreciendo á la
heredad lindante, y así dicen las Ordinaciones de Zara-
go:(a, pues que pueden regar las tales lejas del río:
también le llaman deja.
lelez, n., simplicidad; tontera.
i. 255
lengna de serpiente, n., planta.
leng^udo, n., lenguaraz; largo de lengua; picudo.
leñar, a., hacer o cortar leña.
leñazo, n., garrotazo.
lequela y letola, borra de algodón, según dice dubitativa-
mente un Glosario moderno.
letras, a., certificación ó testimonio: || n., letras repetito-
rias, las que los jueces eclesiásticos dirigían al Justicia
para que les devolviese la persona á quien había sacado
de su poder, en fuerza del proceso de manifestación.
letrear, Aula de letrear se llamó en la Universidad á la
Escuela ó departamento de lectura.
levada, la fracción de riego ó caño que se pide para regar
una pieza de tierra: viene á ser de unas cuatro tejas.
levantal; n., devantal ó delantal: usa aquella palabra Go-
varrubias en la voz mandil.
levantamiento, a., ajuste y finiquito de cuentas.
ley, c, cariño; fidelidad; amor; y así se dice: tener poca
ó mucha ley: \\ d,, no tener ley al pan que se come, ser
.un descastado: || n., echar la ley, tomar algún bocado
A mitad de mañana.
lezda, n., tributo aue se pagaba en lo antiguo y que al-
gunos escritores hacen sinónimo de peaje: en Navarra
era muy conocido, si bien á veces tuvo otro significado,
que nosotros entendemos ser la oficina misma de la re-
caudación.
lezna, n., lesna.
liantón, n., soguilla, ó, como se dice en Aragón, sogueta
de esparto para sujetar andamios, etc.
libón, d., fuentes donde borbolla el agua: || d., depósito
de agua para una fuente.
libra, c, peso en los molinos de aceite: || c, /í¿>ray¿z-
quesa, moneda imaginaria de lo sueldos ó i8 rs.,
28 mrs.
libreta, n., libra de carne ó de pescado.
licénciamiento, clausura de las Cortes.
licenciar, declarar terminado el mandato de las Cortes y
cerradas sus sesiones.
ligantón, soguilla: es todavía más usado que liantón.
liestra, d., planta silvestre.
Ufara, a., alifara.
256 L.
ligallero, n., individuo en la Junta de gobierno de la
Casa-Mesta.
li§allo, a., Mesta ó Junta de ganaderos ó reunión anual
de dueños y pastores, en que antiguamente se dirimían
las controversias, sobre paso de ganados, etc.: || n., ca-
pítulo de ligallo^ la reunión general para elección de
oficios, el tercer día de Resurrección.
li§arza, n., legajo ó ligamen: usa de aquella palabra Briz
Martínez.
ligona, a., azada.
liñas, d., aguinaldos.
limaco, n., caracol sin concha.
limitáneo, n.; título de algunos señores, á diferencia de
provincial, que distinguía á otros.
liriadura; n., véase moradura y royura.
lisiado, d.; aficionado, voz ant., que creemos haber usado
Zurita alguna vez.
litón, d., almez; fruto.
litonero, d., almez; árbol.
liza, d., bramante; 1| de licium, cuerda, cordón, urdim-
bre; en Petronio se lee, de sinu licium protulit varii co-
lor is filis intortum cervicemque vinxit meam.
lo, en el modismo, á lo que, significa cuando; y aunque
esto pertenece al lenguaje del vulgo, se usa entre per-
sonas instruidas y le vemos en el apreciable poema de
D. Evaristo López La Alfonsiada, en estos pasajes de
los cantos I y VII:
Y Á LO QUE el rubio sol claro y hermoso
Más bello en el vacío resplandece
Y Á LO QUE el sol doraba en lo más alto
Las cumbres de Israel, marcha al asalto»
loación, aprobación que damos á un acto que requería y
no tuvo nuestro previo consentimiento.
loar^ prestar loación.
lobero, n., el que mata y presenta un lobo, en la Gasa de
Ganaderos.
loguero, el que ofrece ó acepta su trabajo por un precio,
en el cultivo de los campos: la Academia define como
castellanas antiguos, las palabras [logar, loguer y lo-
I- 257
güero, pero estas dos últimas, sólo, en sentido de
salario.
lomillo, c, solomillo.
lonja, d., edificio público para depositar artículos de co-
mercio.
lonjeta, antecoro, según Martón.
lorca, n., nido en donde crían los conejos.
loriga, aro de hierro para sostener los pucheros, en el
hogar.
lorza, d., pliege que se hace en los vestidos, para alargar-
los si conviene.
loseta, c, trampa de ladrillo, piedra ó losa pequeña, para
coger ratones y pájaros: || n., morir á loseta^ perecer por
el hundimiento de algún piso ó por la caída de algún
ladrillo ó teja, etc.
lucerna, lucernario, n., tragaluz.
lucero, d., libro becerro.
luciar, d., apuntar la reja ó arado.
lucidario, n., tratado en que se dilucida, explica ó enarra
algún punto, generalmente histórico.
luello, a., grama que nace entre los trigos.
lugarteniente, n., uno de los cinco asesores letrados,
que auxiliaban al Justicia Mayor de Aragón: 1| n,, el
asesor del Justicia, en la Casa-Mesta de Zaragoza.
luición, a., redención de censos.
luir, a., redimir ó quitar censos.
luísmo, a., laudemio.
luminero, d.. Mayordomo de Cofradía: ||n., Presidente
de las Juntas de parroquia.
lumen domus, d., lucero.
luna, a., patio al descubierto.
lupinos, n., nombre que se daba algunas veces, á los ma-
ravedís ó morabetinos.
luquete, c, pajuela para encender.
lurte, a., alud ó masa de nieve, desprendida á los valles,
desde la cumbre de las montañas: esta voz no se halla,
sino en las últimas ediciones.
17
258
Uaberca^ balsa.
llaga (indignarse lá), a., enconarse; irritarse.
llana, los cordoncillos, generalmente diez, de regata á re-
gata, en la muela.
Uanería, n., departamento del Hospital de Zaragoza, para
la conservación de trapos, vendajes, etc.
llanero, n., el encargado de custodiar y facilitar los ven-
dajes, trapos, etc. (^Or dinaciones, lySS).
liante, Uantero, n., el que tripula barcos de acarreo.
llatación, planta.
llavera, n., el ojo por donde entra la llave, para abrir la
cerradura.
lleg;a, a., acción y efecto de recoger, allegar ó juntar: |I
d., hacer la llega, recoger limosna, los frailes, ermita-
ños ó santeros.
lleg^ar, c, recoger.
llego, n., pliegue.
Ilirón, litón.
Uironero, litonero.
lloradera, n., especie de pasión de ánimo, que se resuel-
ve en copioso llanto, imposible de contener: el acto de
llorar desesperada é irresistiblemente: se dice, al saber
la muerte de su padre, le entró una lloradera, que lle-
gó á darnos cuidado.
M
Macarra, accesión de frío ó calor: así nos lo ha comuni-
cado un médico, refiriéndose á localidad determinada.
macatrullo, torpe; optuso.
IVI 259
macelO; d., rastro. Ducange, aunque sin apoyarse en ci-
tas aragonesas, incluye esa voz y las de macelator, ma-
cellanus^ macellare, macellariusy etc.: en italiano se
usan macellajo y macellaro^ como carnicero; macello,
como matan:{a y carnicería; macellare, como degollar,
macerar, n., sobar ó apretar la masa de que se hace el
pan.
macero, c, pertiguero; oficio de las iglesias.
macho llano, n., cabrío castrado.
madera, n., se usa en la frase tener mala madera, para
indicar el estado accidental de debilidad orgánica ó ner-
viosa, ó de displicencia y flojedad en el ánimo.
maderista, a., maderero.
madraza, d., madrona.
madrilla, a., boga; pez de río.
madrillera, a., instrumento para pescar madrillas.
maduro, pazguato.
maestre racional, a., ministro real, que tenía la razón de
la Hacienda, en cada reino.
maestro racional, a., maestre racional ó Contador Ma-
yor.
maig'ar, d., entrecavar.
mainatillo, n., apodo con que la gente vulgar denuesta
á los jóvenes de regular fortuna, clase ó apariencia: es
derivación de magnate.
majo, n., lujoso; elegante; bien puesto de traje: en Cas-
tilla se refiere principalmente, al desgarro ó libertad de
maneras.
mal, n., cuidado; zozobra: suele decirse en algunas lo-
calidades, no te dé mal por no te dé cuidado: \\ n., se usa
en la frase, por mal que se cuide, por mal que se divier*
ta y otras, como reduplicativa causal ó en equivalencia
de la palabra causa.
malag^aña, a., industria para sentar los enjambres que
salen de las colmenas.
mala-voz, opinión judicial contra la propiedad, ó pose-
sión, ó libertad de los bienes, sobre lo cual puede verse,
entre otros pasajes, el libro VII de los^^.: título de j?r¿p-
scriptionibus.
malbusca, d., mujer inquieta, sagaz y astuta.
maleta (pasar), pasar mal rato.
260 M
malfaráS) n., se dice, del muchacho travieso ó mal inten-
cionado.
mal-mandado, inobediente.
malmeter, c, malbaratar; gastar; echar á perder.
malo, mal, en sentido de adverbio; p. ej., me sabe malo
repetir dos veces las cosas.
malperder, malgastarse ó disiparse alguna cosa.
malqueda, aquel que no cumple lo que ofreció, ó lo que
había derecho á esperar de él.
mal-trabaja, n., haragán; perezoso para el trabajo.
malvar, n., adulterar, amerar ó empeorar las condiciones
de algún objeto, especialmente comestible: [| n., ma-
learse ó empezar á contraer malos hábitos alguna perso-
na: en sentido muy semejante, pero no igual, vemos
que toma aquel vocablo la Academia.
malvasía, la Academia la da como española y autores
castellanos la usan, como puede recordarse en una bella
obra de Castillejo, pero Avellanda dice, tengo en el
cuerpo tres de malvasía que llaman en esta tierra (en
Zaragoza) j^ áfe con ra^ón, porque está mal la ta^a,
cuando está vacía de ella.
mallacán, n., capa de terreno de las más superficiales,
que se compone de grava y sales calizas.
mamia, n., véase teticiega.
maná, n., grajea.
manantía, n., manantial.
manantiar, n., brotar agua; ya de manantial, ya de algu-
na filtración.
mancid, n., prestación sobre el pescado, según Ducange.
mancuso, n., moneda de oro, que valía sex septem suel-
dos de Zaragoza, esto es, 42; aunque Briz Martínez dice
que 17 ó 49.
mancha, d., fuelle.
manchador, d., el qut mueve los fuelles.
manchar, d., manejar ó dar aire á los fuelles.
manchoso, n., se dice de lo que por su color bajo ó deli-
cado ó por cualquiera otra causa, recibe con facili-
dad ó, por mejor decir, no suelta la suciedad, ni las
manchas.
mandada, n., mandadera ó recaudera, como en lo anti-
guo y en el Siglo de oro se decía.
IVI 261
mandado, n., en la frase, bien mandado^ que también
hemos oído en Castilla, significa, obediente.
mandria, n., haragán; hombre egoísta; en Castilla cobar^
de y en el lenguaje de la Germanía, tonto.
mandurria, n., bandurria. ^ ^
manefícios, n., útiles; aparejos, etc.: dícese, maneficios de
cocina; bestias de labor con sus maneficios; molino con
sus maneficios.
manganeta, red ^ara coger pájaros; quizá del griego
magganoHf engaño.
mandarra, n., persona negligente, perezosa y poco activa.
manifacero, p., entremetido: la Academia, en i832, con-
signaba esta voz, como provincial de Murcia; en la últi-
ma edición de 1869, la da como española, con la signi-
ficación de persona revoltosa y que se mete en todo: en
Aragón fué siempre usual.
manifecero, manifacero: se usa con más frecuencia que
esta palabra.
manifestación, a., uno de los cuatro procesos forales,
que consiste, en avocar al tribunal del Justicia, y mo-
dernamente á la Audiencia, la persona y proceso de
quien se halla preso por el juez incompetente ó eclesiás-
tico, hasta que examinado el punto, se ponía en liber-
tad al preso ó se le entregaba á quien tuviese derecho
de juzgarle.
manifestar, a., poner en libertad, por despacho del Justi-
cia, á los que la pidieron para ser juzgados.
manifício, manufactura; antic.
manta, n., la prenda que completa el traje del pueblo,
cubriendo todo el cuerpo, á manera de capa; viene á ser,
una tira ancha de grueso tejido, la cual tiene doblada
por igual y cosida la tira de uno de los extremos, for-
mando una bolsa.
mantell, n., ropa rozagante, según el índice de Blancas.
manteta, manto: el notario Beneded, i283, escribía, tiene
(la imagen de la Virgen de Magallón) una manteta, de
carmesí terciopelo.
mantornar, d., binar ó dar segunda labor á la tierra,
después del barbecho.
mantudo (pollo), n., persona muy sensible al frío, ó que
busca con frecuencia el abrigo.
262 M
manzana, fruta: esperiegay helada, comadre, rayada^
morro de vaca, cuero de dama, pero, y otras variedades,
unas comunes en España, y otras de nombre puramente
aragonés, que no enumeramos.
manzanita de dama, a., acerola.
manzanilla de pastor, n., planta.
maña, manojo pequeño, dice la Academia, pero lo inclui-
mos aquí, por haber visto en una Relación oficial de
1818, que en Aragón estaba marcado taxativamente,
pues había casilla de fajos y su submúltiplo mañas, y
se consignaban, por ejemplo, 10 fajos ^ 7 mañas.
mañanada, n., principio de la mañana.
maño, n., hermano; expresión cariñosa y familiar, apli-
cada algunas veces á los amigos íntimos.
maravedí, a., el tributo que de siete en siete años paga-
ban al rey los aragoneses, cuya hacienda valiese diez
maravedís de oro ó siete sueldos, que era su valor, en
tiempo de Jaime el Conquistador.
marcar, véase marcas.
marcas, ocupaciones de bienes y mercaderías, para satis-
facer de verdaderos ó supuestos agravios ó daños, á lo
cual los catalanes llamaban represalias: éstos las pro-
veyeron contra los aragoneses á todo el Principado, pa-
deciendo los mercaderes los efectos de una embara:(ost-
sima ejecución, en grave daño de ambas Generalidades^
pues era preciso contramarcar y correr recíprocas las
ocupaciones. Pedro IV y Fernando el Católico las te-
nían prohibidas y la Diputación comisionó contra ellas,
en 1 522, á Pedro Molón, cerca del Virrey, Diputados y
Concelleres de Barcelona, todo lo cual explica Sayas
detenidamente, en sus Anales.
marcelina, n., macerina ó servicio de chocolate, comun-
mente de plata, que consiste en una bandejita, á la cual
va adherido un pocilio, destinado á contener la jicara
que es de la misma especie, pero pieza aparte.
marcida, n., se dice de la oliva fermentada: es voz local.
marcil; se dice del cerdo de poco peso, como nacido en
Marzo.
marco, n., el armado de madera, en que se acondiciona
y prensa el turrón de almendra: 1| n., la cantidad de
turrón, que se elabora en cada marco.
o 263
mardano, d., morueco que se deja para padre.
márfega, a., jergón de tela tosca: el Glosario de Dozy y
Engelmann interpreta almohada.
margin, n., margen.
marguin, n., margen de ríos ó heredades: es femenino y
se ve usado en las Ordinaciones de Zaragoza.
mari, n., palabra que se antepone á otras muchas para
denotar frecuencia en alguna cosa: dícese de uno mari-
prisas, mari- enredos f mariapuros, como si se dijera el
hombre de las prisas^ el hombre de los enredos, el hom-
. bre de los apuros.
marino, n., pescador; ant.
mariquilla, n., márfega; voz local.
marítima, n., lo que non podemos sino en Cathalunya
cerca la marítima, dijo Pedro IV, licenciando á las
Cortes, en 24 de Octubre de 1347.
marmotear, n., murmurar para sí, á media voz; refun-
fuñar.
márraga, c, tela basta de estopa y pelo de cabra. Blan-
cas dice que ala muerte de Don Juan, hijo de Fernando
el Católico, vistieron los caballeros por luto márraga
negra, que antes en Castilla era de jerga blanca, llama-
da marga. Según Argensola, llamóse márraga ó má-
rrega al luto.
marrano, n., cerdo: || n., hombre zafio, abrutado: la Aca-
demia, en 1869, define como españoías^as dos acepcio-
nes de cerdo y persona sucia.
márrega, a., marga; jergón.
marrillo, p., palo corto y algo grueso.
marrón, cierta variedad de la castaña, principalmente en
Navarra: se aplica también al color: es derivado, sin al-
teración, del idioma francés.
martín-paseo, d., fritada.
martujos (pasar), pasar disgustos.
marva, cierta clase de vino.
marzear, n., se usa en la frase proverbial si Mar:{o no
mantea, Abril acantalea; y se entiende por marcear
reinar vientos fuertes y fríos.
mas, d., casa de campo en secano: i| n., tan; como se ve,
en las muchas y muy vulgares locuciones parecidas á
ésta: ¡qué pan más blanco!: \\ n., ni más ni mangas, ex-
264 M
presión de asentimiento, pero tomada generalmente en
sentido contrario.
masa, a., casa de labranza con sus tierras y aperos: || n.,
plata en masa, plata en bruto ó sin labrar, no licuada 6
derretida, que es la acepción castellana.
masada, p., masía: también se usa la palabra masadero,
por el colono ó vecino de la masada: || n., lo que se
amasa de una vez.
masar, c, amasar.
máscara, d., tizne.
mascarar, d., tiznar.^
mascarón, n., tizne ó mancha, generalmente en la cara:
II n., dibujo informe ó mal ejecutado: || n., persona ri-
diculamente ataviada: |J n., mascarón de proa, persona
de facciones exageradas.
masero, n., lienzo en que se acomodan los panes para
llevarlos á cocer.
maseta, n., engrudo ó pasteta para pegar cuerpos de fácil
adherencia.
masía, a., cortijo; masada ó casa de labor: por su etimo-
logía griega significa tierra vallada ó cerrada,
masico, diminutivo de mas y éste de masía: marcan tres
grados en la propiedad.
masobero, d., el que vive en cortijo.
mastín isleño, perro de una especial ferocidad: en iSig
mandó el rey (¡ue pena de 5o escudos, nadie llevase en
Barcelona estos perros de ayuda, sino sus alguaciles,
porque ejecutaban estragos increíbles: vinieron con los
muchos isleños (baleares), que por entonces se trasla-
daron á Barcelona.
mastique, n., plaste.
masto, a., el árbol donde se ingiere otro: animal macho;
acepción que hemos oído en la provincia de Huesca.
mastranzo nevado, n., menta silvestre; planta.
mastuerzo, n., majadero; persona inútil ó muy negada.
mata de pelo, d., crencha.
matacabra, d., granizo menudo y frío que cae en el in-
vierno.
matacán, n., cierta clase de liebres muy corredoras, las
que se distinguen por su menor volumen y por una
como estrella, que llevan en la frente.
IVI 265
matacía, a., muerte ó matanza de animales para el con-
sumo.
matafalúa, anís: también matafaluga y bata/alúa: se
halla en diversos cabreos.
inata-g^alleg;os, n., arsolla; planta.
mata-pollo, n., planta.
matapuerco, n., mondongo del cerdo, esto es, los embu-
chados que de él se hacen, como longani:(a, morcilla^
etcétera: || n., la operación ó faena del mondongo.
materias, n., papel pautado 6 cartapacio: la Academia
incluye esa voz como anticuada, en significación de
muestra que se da á los niños para que imiten la forma
dé la letra.
mayencO; d., deshielo de nieve en primavera.
mayordombre, a., prohombre; veedpr ó maestro que
preside un gremio.
mayordombría, a., oficio de prohombre.
mayordomo, n., en Zaragoza, cada uno de los tres jueces
que ejercían jurisdicción mercantil en el palacio de la
Diputación después del mediodía (M. Molino).
maza, c, pértiga.
mazacote, n., se dice de cualquiera objeto de arte no bien
concluido y en que se ha procurado más la solidez, que
la elegancia y ligereza.
mazada, n., pensamiento ó solución sin réplica, que co-
múnmente no brilla por su ingeniosidad, sino por su
exactitud; y que suele proceder de persona taciturna ó
no muy locuaz, y así se dice, fulano tiene unas ma-
:{adas!
mazarrón, n., el que defraudaba al fisco, dejando de pa-
gar el peaje ú otro derecho de pasaje: así se infiere de
los actos de Cortes en que se definía y penaba ese de-
lito, é tomábanles por mazarrones si no pagaban: non
sia ávido por mazarrón mas se sea tenido pagar el dicho
peaje: || n., la misma pena en que incurrían los defrau-
dadores, que era la pérdida de lo que transportaban y
aun todas las cosas en que se cometía el fraude, como
caballerías y barcas^ etc.: las ditas penas et mazarrones
sian divididos et divididas segund se siguen; esto es, por
cuartas partes entre el señor del territorio, el aprehen-
sor, el fisco y los funcionarios públicos.
266 * M
mazo, n., badajo.
mazonero, n., albañil.
mazorril, n., mazorral.
meadina, n., meada.
mea-perros, n., planta.
media, n., medida de granos equivalente á la fanega ara-
gonesa: en Castilla equivale á media fanega.
medial, se usa en la frase á medial^ para decir que se lleva
una finca ó un negocio entre dos, por iguales partes,
medialero, el que lleva á medias con otro una finca:
también se usan las voces terciero y á tercio.
medianil, n., tabique que divide dos casas ó habitaciones
ó departamentos: también se dice de las tapias diviso-
rias de huertos y heredades.
mediar, n., dividir por mitad: léese en las leyes jpalati'
ñas de Jaime II de Mallorca.
mediero, a., el que va á medias, en la administración de
tierras ó cría de ganados.
mediodiada, las horas próximas al mediodía: es voz que
hemos oído á algunos labradores y que hallamos muy
aceptable y muy en consonancia con las de mañanada,
tardada, etc.
meditar, n., recrear el ánimo, principalmente en la caza,
según Ducange, el cual incluye también la voz medi-
tación .
medrana, miedo; pavor: se dice, le entró una medrana^
cuando vio los alguaciles!
mejana, d., isla de río.
mejer, dar vuelta á los lagares ó removerla brisa, á J)oco
de fermentar.
melesinos, cierta clase de maravedís, que menciona
Asso.
mel§uizo, mellizo; barbarismo de algunas localidades.
melón de agua, p., sandía.
melsa, a., bazo: || n., flema; calma; poltronería.
memoria, p., se dice, caer ó dormir de memoriay para
denotar, que en posición supina ó boca arriba.
mena, mina de fierro: la Academia admite esta voz, en
sentido de mineral en bruto ó en sucio, pero la signifi-
cación no es idéntica y por eso Ponz, en su Viaje ar-
tístico, dice bien, d la i:(quierda salinas de ojos negros
IVI 267
y á la derecha minas de fierro: aquí las llaman menas,
menora, mujer menor de edad.
mensa, n., algunos escritores usan esta palabra, como
sinónima de prepositura, pero dando a ésta diferente
valor que la Academia.
mensurático, n., género de tributo, que también se lla-
maba mensuraje,
menuceles, a., los frutos de poca monta que se percibían
del diezmo, para distinguirlos de los granos, aceite y
vino: llamábaseles también minucias.
menucier, n., repartidor de las viandas, para la mesa del
rey.
menudillo, a., moyuelo; salvado menudo.
menudo, moneda submúltiplo del sueldo aragonés, que
suponemos de medio dinero ó equivalente al maravedí.
Se menciona en la cuenta del confitero de la Universi-
dad, de 1756.
meón, véase lechazo.
mera, n., marca para el ganado.
merced, aunque la Academia la define, en el mismo sen-
tido, que aquí nosotros le damos, esto es, en el de trata-
miento de cortesía, en favor de aquellos que no tienen
derecho á tratamiento superior, sin embargo, la frecuen-
cia con que hoy en Aragón se usa, en frase como esta,
su mercedme ha dado esto para V., principalmente, si
se habla de los padres ó personas de superior clase, y el
habernos excitado á incluir esta palabra el erudito don
Vicente Lafuente, añadiendo, que en su opinión, el
principio de autoridad y la cohesión de la familia,
fueron siempre mayores en Aragón que en Castilla, nos
ha decidido á adoptar como aragonesa esa palabra,
á pesar de nuestro imparcial rigor en este punto.
merendola, n., merendona.
merinos, maravedís de cierto valor, que también se con-
taban por medios.
mermar, c, disminuirse alguna sustancia al calor.
merzina, n., homicidio, según documento de Jaime I, ci-
tado por Ducange.
mesa, n., se dice mesa de sastre^ por aquella en que falta
accidentalmente el pan, como en Castilla se dice, mesa
gallega.
268 IVI
mesache, cha, n., muchacho, muchacha, mozo, moza.
meseguería, n., derecho que se pagaba por el paso de
ganados trashumantes junto á los sembrados, según se
inclinan á creerlo los ilustrados académicos de las Insti-
tuciones de Derecho aragonés Sres. Franco y Guillen ||
n., oficio del meseguero.
meseguero, a., el que guarda las viñas.
mesmamente; adverbio derivado de mesmo 6 mismOy con
igual significación; v. gr.,^o mesmamente se lo dije, por
yo mismo: significa también precisamente 6 puntual^
mente; v. gr., mesmamente aquel día no estaba yo en
casa.
mesnaderos, n., nobles de segunda clase, educados en el
palacio real, según Zurita, en índices rerum ab Arago-
nice Regibus gestarum (Zaragoza, iSyS), lib. I, pág. 52.
mestura, a., trigo mezclado con centeno.
miaja, la Academia admite esta palabra, como moneda de
valor de medio dinero y la meaja como antigua de Gas«
tilla, de Ve maravedí: pero, así y todo, la incluímos
como aragonesa, pues en este sentido la han tratado
varios autores. Guido Morel, en su Minerva Arago-
nice^ 1 536, la da el valor de Ve real ó 4 dineros jaqueses,
y la traduce Malcus peí obolus: hay también un discur-
so (i 663), sobre el óbolo aragonés, de valor de 4 di-
neros y 3 partes de plata por una de cobre.
miajas, n., la cantidad con que contribuye cada hermano
para los gastos de la cofradía.
miajero, puchero pequeño.
miajitina, diminutivo de miaja, que por lo irregular in-
cluimos.
micer, n., título de alguna distinción que se dio un tiempo
á los letrados.
micero, n., entremetido; persona que se pone en lo que
no le importa: algunos derivan de la anterior esta pa-
labra.
mida, p., medida.
mielsa, d., melsa.
miercolinas, debían de ser ejercicios literarios de los estu-
diantes de Medicina, los miércoles de cada semana, así
como se llamaban Sabatinas los ejercicios ó conclusio-
nes de las otras Facultades.
IVI 269
mil en §;rana, n., planta.
milocha^ p., cometa || n., apodo contra la persona dema-
siado alta y delgada: la Academia, en 1869, dice birlo-
cha, cometa, como castellano: en Cádiz, barrilete,
milorcha, más usual que milocha, para significar la co-
meta.
mimo, n., músico, según la interpretación de Ducange, á
las leyes palatinas de D. Jaime de Mallorca.
minchar, n., comer.
ming^lana, n., granada: es voz local y corresponde á mm-
grana; castellano antiguo.
ming^lanera,^ n., granado.
miñón, n., individuo de una compañía, que también se
titulaba de fusileros de Aragón^ y tenía por objeto la
persecución de malhechores y todo lo que hoy forma el
instituto de la Guardia civil: fué creada en 1768 y di-
suelta en 1843, siendo diferente esta fuerza de la que con
igual nombre y parecido objeto se menciona en el Dic-
cionario de la lengua, así como no le conviene la etimo-
logía que da Monláu á la palabra miñón^ derivándola de
minuo, minus, idea de pequenez.
mioja, n., migaja; miga.
mirallo, n., balcón; reja ó celosía.
miramar, n., mirador; solana; azotea; sobre todo en las
casas de campo.
misa, n., se usa en la frase proverbial, como misa de ré-
quiem con órgano (lo cual nunca sucede en Aragón),
para denotar la impropiedad, improcedencia ó falta de
gusto en una cosa.
mitadenco, d., trigo mezclado con centeno: se ve usado
también, en documentos de Navarra: |I n., se dice del
censo que se paga mitad en una clase de frutas, mitad
en otra.
mocar, n., sonar: la Academia admite los conderivados
moquero y mocador.
mócete, ta, n., muchacho de cuatro á ocho ó diez años:
dícese también moced para el masculino y es usual en
Navarra.
mochuelo, en papeles relativos á la Universidad de Zara-
goza y al año 1689, se habla del cobro de lo que ahora
llaman mochuelo.
270 NI
modoso, n., se aplica á la persona de moderación y tem-
planza, en sus acciones y palabras.
mojijo, n., salsa.
molada, d., cantidad de aceituna^ que se deshace de una
vez.
moledera, n., se dice de la persona pesada, importuna ó
gárrula.
molinada, n., la cantidad de trigo que se muele de una
vez para el consumo, en tiempo dado, y así se dice en
las Ordinaciones del Hospital de Zaragoza , las molina-
das de trigo de cada semana: \\ n., el abasto de trigo que
se hace para el consumo anual de una familia, ó el con-
trato equivalente que se hace con el tahonero, para que
surta de pan durante el año.
molsa, lo mismo que ensisadura.
molsudo, se dice del fruto jugoso, carnudo ó lleno.
moltura, a., maquila ó grano, dado en precio al moline-
ro, ó medida de maquilar.
molla, d., musgo, moho.
mollar, n., en sentido de hito ó mojón, lo hemos visto en
una escritura de narración de límites, entre Vera y Ta-
razona, 1245, con estas palabras, e mando alli fincar
MOLLAR.
mollón, carnero.
molturar, moler, especialmente, la sal; también hemos
leído molíuración, por moltura, en anuncios oficiales.
mollete, parte más carnosa del brazo ó la pierna, que
la Academia consigna como provincial: moflete en
francés.
mollisca, caspa.
mona, el gusano de seda que no continúa el capel, porque
le corta el hilo alguna tempestad; ó el que desparrama
el hilo y hay que encerrarle en una papeleta, en donde
hace el capel.
momo, d;, fisgón.
momos, n., gestos ó visajes, con que se hace burla de al-
guno.
momero, d., fisgón.
mona, n., juego de naipes que consiste, en repartir toda la
baraja, entre un número ilimitado de jugadores; descar-
tarse éstos de sus parejas; tomar cada uno, sucesivamen-
IVI 271
te, del de su izquierda, un naipe cubierto, para ver si
reúne pares al descarte; y cuando queda una sola carta
(pareja de otra, que sin ser vista de nadie, se ha quitado
de la baraja, al empezar el juego), el que la tiene resul-
ta mona y paga lo convenido: || n., maza, en sentido de
colgajo que se prende á los vestidos en Carnestolendas:
es curioso de notar que ma:(a y mona se dice, según la
Academia, por dos personas que suelen andar juntas: [|
n., mona de pascua y suele decirse, corrido; y otras ve-
ces, alegre como la mona de pascua, á semejanza, en el
primer caso, de la frase, hecho una mona, que admite
la Academia.
moncaíno, n., lo derivado de la cordillera del Moncayo,
como el viento, etc.
monda, n., mondadura; desperdicio ó piel de cualquiera
fruta, legumbres, etc.
moneda jaquesa, a., la que se labró en Jaca y juraron
los reyes mantener, la cual tenía el busto del rey y una
cruz patriarcal: en general se dice, de toda la moneda
aragonesa que es imaginaria.
monedaje, a., servicio de 12 dineros por libra jaquesa,
cerca de un 4 por 100, impuesto sobre los bienes mue-
bles y raíces por Pedro II.
monjortera, n., cada uno de los palos ó cestillas que,
descansando en los rillos, sirven para contener vertical
y paralelamente, las dos paredes de los tapiales.
monis, a., masa de huevo y azúcar.
monitorio, n., provisión que expiden los tribunales para
hacer cumplir sus decretos, contra la resistencia de los
jueces ó particulares eclesiásticos: en Castilla, monitoria
es, despacho que se obtiene del juzgado eclesiástico,
para hacer comparecer á alguno.
montamiento, n., valor; precio; estimación: y así se dice,
no he percibido montamiento de un alfiler: esa significa-
ción da la Academia, á la palabra monta.
montón (Á), n., mucho, en gran cantidad; por ejemplo,
llueve á montón; lo quiere á montón: la Academia in-
cluye á montones^ por abundante, excesivamente,
moñaco, de muñeco.
mora de zarza, n., el fruto apiñado que da la zarza
silvestre. Castelar, en Recuerdos de Italia, dice, las
272 IVI
ZARZAS con cuyas moras se teñían las cejas y las me-
pilas.
morabatín, n., moneda, usada, antiguamente, en Aragón.
Para prueba de Ja variadísima lección que tienen algu-
nas voces en los documentos antiguos, y de la dificultad
de fijar á veces la verdadera, citaremos las que trae
Ducange de esa palabra en su Glossarium. Son: mará-
batinus, marabetinus, marabitinuSy marabocinuSy ma-
rabotinus, marabutinus, marabuntinus, marapetinus,
maravedinus^ marbatinus^ marbotinus, marmotinus,
maurabotinuSf mirabutinus, morabatinuSj morabedíSy
morabetinus, morbotinus y morobatinus.
moradura, n., lividez que queda en la epidermis, á con-
secuencia de alguna contusión ó golpe: equimoce.
moravetino, n., la misma moneda ames definida, y por
otro nombre llamada, maravedí alfonsino.
morcacho, d., mestura: en Castilla morcajo.
morcal, n., intestino de carnero, vaca ó cerdo, en el cual
se ponen lOs embuchados de morcilla, longaniza, etc.
morcas, d., heces del aceite.
morg;año, n., ratón campesino, muy hocicudo, que suele
mamar de las ovejas, causándoles la muerte: su carácter
venenoso ha dado origen al proverbio, si te pica e/ mor-
gaño prevén el escaño.
morg^Ón, d., mugrón de vid.
mor^onar, d., tender los sarmientos para que arraiguen.
morgoñar, refunfuñar.
morgoñón, mal humorado; quejumbroso; descontenta-
dizo.
moriega, hoy se dice en Aragón, tierra moriega^ la que
pertenecía á los moros, dice la Academia.
moro, n., el médico Francisco del Rosal dice, que el ara-
gonés llama moros, por denuesto, á los que descienden
de moros, así como en Castilla se llaman judíos á los
que descienden de ellos, y en Andalucía moriscos á los
unos y conversos á los otros.
morquera, d., tomillo.
morreras, n., manchas ó erupción alrededor de los labios.
morro, n., enfado; berrinche.
morreodo, se dice del trigo, cuando está con tizón á la
punta ó en el embrión.
IVI 273
morrocotudo, n., grande; formidable; temible: se usa, y
sólo vulgarmente, con algunos sustantivos, como en
las frases, hajr cuatro leguas morrocotudas; es un capi-
tal morrocotudo; es un juego morrocotudo^ etc.
morrón, calificativo de cierta variedad en los pimientos.
morrudo, n., aficionado á los manjares exquisitos; prác-
tico en gustarlos; el que se apercibe pronto de un buen
ó mal condimento: es voz familiar: || n., se aplica al
que está enfadado, ó, como se dice metaíóricamente,
con hocico.
mortajar, n., amortajar.
mortela, en que en la Milicia Nacional ó ciudadana sus-
tituía habitualmente á otros por dinero en las guardias
y retenes.
mortijuelo, d., párvulo muerto.
morú§ula, d., criadilla de tierra.
mosén, a., título ó tratamiento equivalente á Don, que
antes se daba á los nobles y hoy á los clérigos: abrevia-
ción eufónica árabe de mi señor, 6 quizá compuesto del
francés mos y el lemosín en: según Gayangos, este tí-
tulo se dio en Castilla á nobles extranjeros.
mosig'Ón, n., se dice, familiarmente, del niño arisco y
torpe, que no obedece por falta de actividad y com-
prensión.
mostacilla, n., abalorio menudo para bordar.
motacén, a., almotacén ó fiel de pesos y medidas.
motilar, c, cortar el pelo.
mozlemes, n., moros, según un documento latino en que
Briz traduce mo^lesmes,
muda, mudanza de casa; no vemos en la Academia bas-
tante expresiva aquella palabra para indicar ese acto, y
por eso y por su gran uso en Aragón la incluimos aquí.
mudejares, n., moros que permanecieron en Zaragoza
después de la Reconquista, según Blancas, pág. i3o de
sus Comentarios.
muela picada, n., se usa en la frase tener la muela picada
para indicar que se tiene buen apetito.
muelles, n., \>ov flojo de muelles se entiende, no sólo el
que tiene suelto el vientre, sino el que es fácil de lengua.
muerdo, mueso ó bocado: así lo hemos leído en algún
documento.
18
274 M
muermo, n., hombre pesado é importuno.
muerras, Naval alegó que el rey les perjudicó en demari'
darles sus muerras y los j?o:(os de las salinas, según
Privilegios de Aragón.
mueso, a., bocado; voz anticuada que usaron mucho en
otro tiempo los escritores castellanos, como puede verse
en nuestra Introducción. Entre ellos, el autor del libro
de Patronio 6 Conde Lucanor, en el capítulo IX, en
que se dice: j^ endere:^aron entrambos al león, e pará-
ronle tal á MUESos j^ á coces, que por fuerza se huvo á
encerrar en la casa donde salió: también muerdo.
mug^a, p., mojón, término ó límite, y no montón; cúmulo
ó acervo que interpreta Ducange, citando el libro VI de
las Observancias de Aragón,
muir, a., ordeñar.
muñido, n., emplazado; citado; obligado á comparecer en
juicio: si MUÑIDOS á concello no viniesen, paguen, etc.,
que dice Cuenca.
mureño, montón de piedras que resulta de la limpia de
un campo.
múr§ula, d., cierta criadilla de tierra de forma cónica.
museo, n., jefe de la cocina y la despensa del rey, según
se ve en las leyes palatinas de Jaime II de Mallorca.
música, n,, el conjunto de esquilas que se pone á los re-
baños.
mutafa, d., almotacén.
N
Nacerse, abrirse ó desunirse la tela por estar muy al
borde la costura.
nano, n., se dice fortuna del nano, con alusión á la que
ilusiona demasiado, aunque poco importante en sí mis-
ma: II n., el año de la nanita, frase con que se denota la
antigüedad de una cosa, como en Castilla se dice: el
año de cuarenta, y en Aragón el año uno ó el año ocho.
N 275
Berceo escribe: decit que lis faredes viudas á las nanas,
con lo cual parece indicar las jóvenes casadas. Juan Lo-
renzo de Segura dice: Retroxol que era fijo de mala
NANA, esto es, madre ó mujer; y en otra parte:
mas por toda la pérdida el rey greciano^
tanto dava por ella quanto por un nano.
nantarse, d., apresurarse.
narigotazos, juego de cartas entre muchachos, en que la
pena es recibir tantos golpes en la nariz con sus naipes^
cuantos son los tantos que se pierden.
natilla, d., natillas; composición cocida de harina, leche,
huevos y azúcar, hasta tomar alguna consistencia.
natizo, n., caloyo: || n., enatizo.
naturaleza, n., fidelidad que el subdito debe á su rey.
navada, n., nave de iglesia ú otro edificio: úsalo Blasco
de Lanuza.
navajo, n., balsa para el ganado.
navata, almadía; en tierra de Biescas.
navatero, almadiero.
navesar, d., esnavesar.
navija, n., plancha ó barra de acero, colocada al extremo
del árbol y como base del rodillo harinero, para que
éste no se desgaste en la rotación; pieza de hierro que
entra en el propalo; y sobre la cual descansa la muela
volandera o superior.
navijar, n., la hembra de la navija, abierta en la piedra
en donde encaja.
naya, d., galería, en palacio, iglesia, etc.
nazareno, n., se dice familiarmente del que está lleno de
sangre, polvo ó descompostura en su traje.
nebleros, molde para hacer las hostias.
negral, n., olivo que produce cierta clase particular de
aceitunas, completamente negras, queda fruto todos los
años, aunque es más sensible á los rigores del frío.
niéspola, a., fruto del níspero.
nietro, a., medida de dieciséis cántaros de vino.
niquitoso, d., dengoso; hombre que se emplea en menu-
dencias y reparos despreciables.
noble, a., título de honor que da el rey y que en iSgo
sustituyó al de rico-hombre.
276 O • •
no-cosa, d., nada; poca cosa.
nogajo, n., nuez que todavía no se ha formado.
notario de caja, a., notario del número de Zaragoza.
novalio, n., royal.
novillos (hacer), n., hacer pimienta, en sentido de no
concurrir á la escuela.
nublo (tocar á), reprender 6 recomendar una cosa, sin
éxito: viene á ser como predicar en desierto; y así se
dice: mandar á los niños que no hablen, es como tocar á
nublo.
nuera, n., se usa en el adagio bien guisa ó fríe mi nuera
con el pico de la aceitera, para denotar que no hay mé-
rito en las empresas cuando hay facilidad en los medios:
se usa en la frase entrar por el ojo de la nuera ^ como si
se dijera j?or el ojo derecho.
nuevas, n., hallamos que usa esta voz una antigua escri-
tura, relativa á los Amantes de Teruel, en la frase ájin
de nuevas, que significa al cabo de rato; á la postre; al
fin; después de todo, etc.
nuncio, n., pregonero; Alguacil de la Curia eclesiástica.
fÁ
Nafra ó ñafla, cardenal ó señal que deja alguna herida ó
golpe: en catalán antiguo, nafres, significaba heridas,
según Antonio BofaruU: en algunas partes, nafra, úl-
cera de bestia.
ñaña, enana: se aplica á cierta variedad de la rosa.
Obag'a, punto en donde da poco el sol.
oblata, n., hogaza.
Óbolo, véase miaja.
o 277
obrería, p., oficina para los negocios concernientes á la
fábrica de cualquiera iglesia ó comunidad.
obrero, n., uno de los primeros cargos en las Juntas de
parroquia.
ocheno, n., la octava parte: úsase, comúnmente, como
sustantivo.
ocho, n., pan de á libra.
olada, oleada, heces de aceite: la Academia lo incluye
como provincial, en sentido de buena cosecha.
oleaza, a., agua sucia, sobrante, después de sacado el
aceite de la pila.
oliva, p., aceituna.^
olivera, c, olivo; árbol.
Ólivillo, n., planta phillyrea angustifollia, descrita por
Asso.
oncejo, p., vencejo; ave.
onso, oso; en el Pirineo.
opuestos, n., las partes litigantes.
oraciones, a., precediendo romper las, como dice la
Academia, ó corromper las, como decimos nosotros,
significa interrumpir el discurso con alguna imperti-
nencia.
orache, viento fresco, cuando es excesivo; y especial-
mente cuando es estemporáneo.
ordinación, a., ordenanza.
ordio, ordeo, a., cebada.
oreja (pan de), n., especie de pan de flor, cuya forma se
parece á la del bonete.
orenza, tolva.
Orga, especie de pequeño yunque para soportar la dalla,
cuando se la afila á golpe de martillo.
orillo, n., orilla; canto ó extremo de cualquiera tela: en
Castilla sólo se refiere aquella palabra al canto del paño
que es de lana más basta y se conoce también con el
nombre de vendo.
ortariza, campiña ó huerta correspondiente á una pobla-
ción: en la donación que de la Iglesia de las Santas
Masas, hizo el rey al Obispo de Jaca en el siglo xi, dice
hoc donatibum fuit factum in illo ortariza (sic) de Za-
rago:{a; renombre (dice Martón) que suena cercanías ,
de esta ciudad.
278 R
orzayo, n., el que acompaña ó lleva en sus brazos á niños
de corta edad, como pudiera hacerlo la nodriza ó la ni-
ñera; úsase más en Navarra.
orzoyo, el pelo ó hebra de la seda para labrar el tercio-
pelo: en las Ordenanzas de los Torcederos de la seda,
lÓTijSe estableció que el examinando de maestro íor-
ciese una devanadera de orzoyo para terciopelos, otra
de sedilla para tramas de mantos y otra de pelos para
tafetanes.
OStático, n., rehén, según Ducange.
otilar, n., aullar el lobo: úsase esa voz en algunos pue-
blos del Somontano.
Otri, otrie, c, otro: en el Conde Lucanor se lee olvidan,
mucho aina lo que otri ha fecho por ellos: || d., hacien-
da de otri, ropa ajena.
ovejera, n., esquila que se pone en los rebaños á las ove-
jas.
ovitar, n., cortar; según se desprende de las Ordinacio-
nes de Abejeros^ i494i ^" donde se lee, que nadie puede
oviTAR ni ranear, nifaer leña.
Pabostre, n., preboste.
pabostría, n., prebostazgo.
pacentar, pacentar, a., apacentar.
pacería, salario de los sobrejunteros .
paciscente, n., pactante.
pachuchada, patochada; dicho ó hecho que no vale la
pena y que denota sandez ó tontería.
padolamento, n., género de peso, según Ducange, apo-
yado, en un documento de 1272.
padrastros, n., mastranzos.
pairo, muñeco 6 pelele que se pone al toro ó novillo, para
que cierre contra él: lo hemos oído con referencia á
Pina.
R 279
paja, con la frase, trabajar por la paja se denota, haber
hecho alguna cosa, con poca 6 ninguna utilidad: hay
quienes hacen con sus caballerías la faena de la trilla de
mies ajena, reservándose para sí, toda la paja.
paja-humo, se usa en la frase, dar á uno paja-humo y para
indicar que se le despide ó se le pone fuera de juego.
pajarilla, a., palomilla; insecto que destruye la cebada.
pajarolear, n., hacer vida alegre, ociosa y disipada: na-
cen de ahí algunos derivados, como pajaroleo y paja-
rotero: en CdiSÚWdi pajarear y pajarero.
pajuelas, hemos oído calificar así, á las viruelas locas ó
erupciones parecidas.
pajuz, pajuzo, a., paja medio podrida, desechada de las
eras y los pesebres.
pala, n., tira de tela en las camisas y otras prendas de
vestir.
palabrilla, n,, el bozo que se hace con un cabo del ramal,
para sujetar á las bestias ó impedirles que coman ó
muerdan.
paleta; n., el mancebo de albañil que maneja la llana y la
paleta: |1 a., media-paleta, el oficial de albañil que sale
de aprendiz y aun no gana gajes de mancebo: es tam-
bién muy usual la aplicación de esa frase, á todo oficia
ó profesión.
palo, línea ó hilada de sembrado, en donde éste se halla
distribuido en caballones.
pallada, n. , parvada.
pallaso, n., maceta ó tiesto: úsase en el Alto Aragón, así
como paellaso.
pan, n., Rosal dice que tomó los nombres de sus precios,
como en la Corona de Aragón las vuitenas, quaernas y
otras suertes de panes; se usa en la locución, pan de mi
alforja^ para manifestar que se ama la independencia,
lo cual recuerda el verso del Dante,
Oh come sa di sale il pane altrui!
pandereta, n., panderete.
panel, entrepaño; voz de carpintería: en hsincé^ panneau,
panes, d., trigo en hierba.
pañete, n., diminutivo de pan. Se conserva esa voz, en
la denominación vulgar de una de las iglesias memora-
280 R
bles de Zaragoza, la cual fué primitivamente, Palacio
real de los árabes, con el nombre de a:{uda; sirvió de
hospedaje á Alfonso I, cuando reconquistó la ciudad,
en i8 de Diciembre de i ii8; llamóse después San
Juan de Jerusalén; y hoy, y ya en tiempo de Blancas
(pag. 1 19 de sus ComentariosJ , se da á conocer común-
mente, con el título de San Juan de los Pañetes.
panfranguería, privilegio concedido al monasterio de
Santa Engracia, en 1643, que le autorizaba á tener una
panadería arrendable á los horneros, la cual se abrió en
efecto, en la calle de la Verónica y produjo quinientas
libras anuales.
panicero, n., el que tenía á su cuidado el servicio del pan
en la Gasa r Qah panicería, panadería. .
panichaza, en Borja y otros puntos, lo mismo que sopeta.
paniquesa, d., comadreja: |I n., niño ó niña de mucha
viveza y movilidad.
panizar, el campo ó tabla sembrado de maíz.
panizo, p., maíz. — Solían llamarle trigo de Indias, según
Martón, en su Historia de Santa Engracia.
panoUa, d., mazorca; panoja.
panso, n., paso; seco; consumido: se aplica á las frutas,
así como la voz pansado. En el Gapbreu del peaje que
se pagaba, en el puente de Luna, i/\.36, se dice, carga
de PANSAS un sueldo: en el Glosario del Memorial histó-
rico tomo V., se lee pansa, cosa extendida ó expuesta
al sol {depanderej; tipas pansas, pasas.
pantasma, n., fantasma: es voz vulgar que se usa tam-
bién metafóricamente. Lope de Rueda dice, hecho fan-
tasma ó bausán: Quevedo escribió el entremés del Ma-
rido pantasma.
¡paño!, exclamación de sorpresa: unas veces se usa solo
como interjección y otras en régimen, como sustantivo,
V. g., ¡el paño del hombre y qué miserable que es!
papahígo, aparato á manera degembudo, para coger higos
del árbol.
papelero, 'n., hazañero; finge-negocios.
paquetero, n., el contrabandista que introduce en Espa-
ña paquetes de contrabando, venciendo los Pirineos.
paradero, ra, n., compuerta ó tajadera, formada de ta-
blas portátiles.
P 281
paranza, la presa que se hace en el agua corriente, por
medio de compuertas, 6 de otra manera, para que, dis-
minuido el curso, se aumente el nivel: véase entibo.
parar, n., se llaman gastos de parar la mesa, los que ha
ocasionado el proceso de aprehensión, desde el apellido
hasta la reportación, y son de cuenta del que se opone
al aprehendiente, cuando obtiene sobre este la ventaja
del juicio: || n., disponer; preparar; y así se dice, parar
la mesa, en sentido de cubrirla con los manteles, ó como
dice la Academia, de ponerla: jj n., mullir, cuando se
habla de los colchones, cojines, etc.: || n., parar fuerte,
mantenerse en buena salud: en Navarra se usó pararse
mal, sentirse mal.
paraula, n., palabra: es voz anticuada, de las incluidas
por Blancas, en su índice.
parco, p., parce ó premio que dan algunos maestros,
principalmente, en la Escuela Pía, y que sirve para ob-
tener perdón de ciertos castigos.
pardina, a., despoblado, esto es, yermo ó sitio, que en
otro tiempo, tuvo población. Se halla incluido, por
primera vez, en la penúltima edición de la Academia: jl
n., prado: || patio. El canónigo Espés, en su Historia
(inédita) de la Seo, dice que D. Hodierna pendió á la
Seo en ii52 una pardina 6 patio para Hospital, y en
otra parte que el Hospital es hoy pardina (sin duda
por despoblado).
pareilia, n., matrimonio: voz usada en el fuero de So-
brarte, para designar los hijos legítimos, que allí se lla-
man, hijos de PAREILLA.
parejo, d., poco limpio en aderezar la comida: |I n., do-
tado de cierta desaprensión y que todo lo lleva por igual.
paricionero, n., pastor que se ajusta con el ganadero
para servirle durante la parición.
parihuelas, n., parihuela.
parizonar, n., parir el ganado.
parra (subirse á la), n., ofenderse; picarse de alguna alu-
sión.
parranda (de), n., de jolgorio; de gran diversión, ocio-
sidad ó pasatiempo.
parrón, n., vasija grande, para ordeñar la leche en las
cabrerías.
282 R
parte, n., con la expresión, ¿de qué -parte? se indica que
de ninguna manera^ y así se dice, ¿de qué parte he de
temerle?; ¿de qué parte ha de triunfar?
parvada, n., gran cantidad.
pasadas (Á todas), n., enajenación absoluta, sin condicio-
nes de retracto ü otras: es frase que se usa en oposición
con la de á carta de gracia.
pasamán, d., pasamano.
pasamanos, n., pasamano.
pasamiento, n., pase de cuentas: || n., pasar, en el senti-
do de la última acepción, que da á esta palabra la Aca-
demia.
pasio, p., pasión por la parte del Evangelio.
pasionero, a., el sacerdote destinado en el Hospital de
Zaragoza, á la asistencia espiritual de los enfermos.
pastarello, mejilla: en Acto público de i283, sobre apa-
rición de la Virgen de Magallón leemos, que no se le
despegaría la mano del pastarello.
pastas, en la Relación de las fiestas que se celebraron en
Zaragoza, con motivo de la concesión del rezo propio de
la Virgen del Pilar, dice Escuder, agnus benditos que
menos reverentemente se llaman pastas.
pastenco, n., la res que se echa al pasto: suele hacerse
la división de las que aun maman, en caloyos, témaseos
y pastencos, y á éstos se les llama también, corderos le-
chales.
patríense, compatricio. Martón dice, mt patríense Don
Vicencio Blasco de Lanuda; y, aunque esto no tanto pa
rece un aragonesismo, cuanto una manera particular del
autor, creemos que debe consignarse.
pastrón, n., bofetón ó puñada; voz familiar.
patera, n., enfermedad del ganado en las pezuñas.
patio, n., portal cubierto.
paúl, d., pradería común.
pavana, n., salida de pavana^ es expresión que significa
réplica intempestiva, insuficiente o grotesca: también,
porte inesperado; desenlace poco delicado en algún
asunto.
pasivo, d., pavía || d., tonto; lerdo.
peal, n., se usa en la frase, poner á uno como un peal,
R 28S
equivalente aponer á uno como un trapo^ pero es exten-
siva también á los malos tratamientos de obra.
pebre, p., pimienta; j?e¿re/e, guindilla fuerte.
pecina, d., riña; contienda; alboroto.
pecotoso, pecoso: pecoíoso, señal de hermoso; pro-
verbio.
peculio, d., peculio; voz anticuada.
pechas, la parte convexa ó más alta de la muela hari-
nera, ó sea la más próxima al centro.
pecho arriba, n., á repecho.
peder, n., peer.
pedrada, d., pedrea; apedreada.
pedregada, n., pedrea.
pedreña, d., pedernal.
peduco, n., calzado tosco, que se usa en las montañas.
peg^unta, pez: se lee muchas veces, en los Cabreos.
peirón, n., columna ú obelisco, que contiene alguna ima-
gen y que se halla, únicamente, á la entrada de las al-
deas: llámase también pairón.
peladizo, n., piel que cubre la carne de las frutas: la
gente vulgar dice, pelar:{0.
pela-cañas, viento fuerte y frío.
pelele, c, pobrete; falto de inteligencia y de fortuna:
simple, inútil, dice la Academia.
pelindusca, n., ramera; mujer de mala vida.
pelmuda, cambio de pelo ó pluma, en los cuadrúpedos ó
aves.
pelmudar, verificar la pelmuda.
pelón, escolar novato, que cursaba el primer año en la
Universidad.
peluchón, n., pelo crespo ó descompuesto: se dice tam-
bién del que lo lleva.
pella, c, el cogollo de la col.
pellejana, n., persona de malas prendas ó de mala vida:
las rameras fueron llamadas pellejas (según Rosal)
porque vestían pieles de cabra roja ó zorra entre los
pastores de Roma, y de ahí, verosímilmente, se ha de-
rivado esa palabra, muy usada en Aragón.
pellejero, n., entre ganaderos, el que se dedica á com-
prar pieles de desecho ó de reses mortecinas.
pelleta, p., pelleja; piel.
284 R
pellón, a., parte considerable de una cantidad: así se dice,
jra ha pagado un buen pellón; le ha entrado un buen
pellón con la dote de su esposa,
péname, a., pésame.
penar, d., pesarle á uno; arrepentirse.
pendijo, n., cualquier adorno pendiente, cuando se usa
solo por vanidad; como las borlas de un bastón, las
cruces de honor y los dijes de las señoras en el cuello,
las orejas ó brazos.
pendonear; n., disipar el tiempo; callejear; concurrir á
todo lo que sea distracción.
pendonero, n., haragán; vago; amigo de diversiones y
pasatiempos.
peneque, c, borracho.
peñones, n., edictos ó decretos del Rey, según Du-
cange.
peñas veras y grises, en una curiosa descripción de
Alvar García de Santa María se lee, que las damas lle-
vaban muy fermosas tocaduras é peñas de martas é
VEROS É grises, muy afeitadas que bien parecía que se
non afeitaran á lumbre de paja. No conviniendo al
caso la etimología de penna, en sentido de pluma, y
siendo insuficiente la significación académica de pena,
como adorno mujeril, compuesto de una cinta al cuello,
de la cual pendía alguna joya, aquel traje ó adorno se
explica ditícilmente y ya Blagcas no se lo explicó. Zuri-
ta dice, que á la coronación de Alfonso IV, los caba-
lleros iban con paños de oro y peñas veras, que era toda
la gentile:{a de aquel tiempo, y después, que con peñas
veras, ó armiños. El Canciller Ayala dice, que la reina
Leonor llevaba paños blancos con peñas grises, y la
reina María paños de jametes blancos con peñas veras é
grises. De todo esto deducimos, que peñas veras ¿gri-
ses significaba, pieles de armiño y marta, como ,cabos
de^aquellos ricos trajes recamados.
péñora, n., prisión: 11 n., multa ó pena.
peñorado, Espés copia un Privilegio de 27 de Mayo de
1299, P^'' ^^ ^^'^^ ^°^ peregrinos á la Virgen del Pilar,
710 eran peñorados ni marcados en su persona ni
bienes.
peñerar, n., prender; y así dice Cuenca, á los señores de
F» 285
vasallos no se les péñora ó prende: \\ n., multar; ape-
nar; dar ó tomar en prenda.
peoma, a., peonada; jornal: lo que un peón trabaja en
un día.
pera, fruta: la hay de bergamota, mala-cara ó de invier^
no, pera-pan, magdalena de buen cristiano y otras
muchas variedades, que no consignamos.
percazar, d., apercazar ó coger con dificultad.
perdig^ana, a., perdigón.
perdiguero,^ d., perdigón.^
perdura, pérdida: también se halla en las Colecciones
legislativas, perdúa.
perejil, se usa en la frase, perejil de todas las salsas,
para indicar, que uno se multiplica en todas partes.
perera, d., peral.
perhorrescencias, género de recurso, que tenían para
ante el Rey, los vasallos de los barones, contra éstos y
contra los jueces ordinarios del territorio, que les pare-
cían sospechosos: en las Cortes de Galatayud, celebra-
das en i5i5 por la reina Germana, los ricos hombres y
señores de vasallos, instaron contra ellos, según Argen-
sola, en sus Anales. Mayans explica también esta voz,
en su Vida de Antonio Agustín.
perindola, n., perinola.
perjudicioso, n., perjudicial.
pernada, n., predio rústico, según Ducange.
pernera, n., la parte del pantalón, que cubre cada pierna.
pero, n., esta conjunción adversativa, tiene alguna vez
oficios de partícula afirmativa, equivaliendo á sí; como
es fácil, pero muy fácil.
perola, n., cazo.
perolón, n., perol grande; vasija de cobre ú otro metal,
destinada á varios usos.
perpag:ar, n,, pagar completamente; voz anticuada.
perrera, n., berrinche.
perro, para indicar que uncr no hace falta en alguna
parte ó negocio, se dice, que como los perros en misa,
pescatero, n., pescadero; el que vende pescado.
peseta de pilares, columnaria ó de cinco reales.
petafío, n., persona ó cosa que sirve de estorbo: en Na-
varra se á\CQ petacho.
286 R
petate (liar el), disponerse á marchar; abandonar el
pueblo en que se vive.
petenar, d., retozar.
petrería, n., barreño; aguamanil: léese en Leges palatí-
nce Jac. 11^ Maj.
petrusos, terreno peñascoso que algunas veces da nom-
bre á la demarcación, p. ej., los Petrusos ^ entre Villa-
mayor y Perdiguera.
pez coca, n., jugo resinoso, un poco más grueso que la
pez ordinaria: sirve comúnmente, para la formación de
los barnices.
pezolada, d., tronera; persona de poco asiento y mal de-
porte.
pía, el travesano, zoquete, piedra ó cualquier objeto con
que se calzan las ruedas de un carro parado para que
no lo arrastren de pronto los animales que de él tiren:
II loseta para asegurar el banco en que descansan el ro-
dete y maquinaria de la muela harinera.
piar, se aplica al carro cuando se le pone alguna pía.
picachova, n., instrumento ó herramienta para demoler,
de que generalmente usan los albañiles, y se distingue,
en que el hierro tiene pico al un extremo y boca al otro.
picajoso, n., el que se pica ó resiente sin gran motivo y
con bastante frecuencia.
pica pelón, n., se usa en la frase, estar de pica pelón ^ en
equivalencia de estar contrapuntado.
picaporte, n., llavín con que se abre la puerta exterior
de las habitaciones.
picar, p., machacar; desmenuzar.
picoleta, n., pico de que usan los albañiles para demoler:
II n., taza con que se sirve el caldo ú otros líquidos á los
enfermos, qiie no pueden incorporarse en la cama.
picor, p., picazón; escozor.
picota, d., piquera: || n., wo saber ni picota, no saber piz-
ca; no conocer una jota; no tener noticia alguna de lo
que se trata. *
picotear, n., picar ó ir comiendo de poco en poco.
piculín, n., volatín; titerero, como otros dicen; buratín,
como hay quien escribe á la italiana.
pichón, c, palomino ó polluelo de paloma.
pie, d., medida para la aceituna: || n., hacer pies, empe
R 287
zar á sostenerse el niño, sobre ellos: en Castilla se dice
hacer piernas^ en otro sentido.
piedra, n., díjose, á piedra pei'dida, en equivalencia de
la expresión actual, á fuego graneado, como puede ver-
se en Zurita: hoy se dice, en significación, de apresura-
damente.— En un ms. atribuido á Larrea se lee, ex-
presiones descompuestas^ como las del común populacho
y gente de capay piedra.
pierde, n., pérdida, y así se dice, es calle que no tiene
pierde.
pigre, a., tardo; negligente ó desidioso; conforma, más
que el castellano pigrOy con la etimología latina. — Des-
aplicado ó poco aprovechado en la escuela.
pigota, enfermedad de la viruela.
pigtiela, n., echadiza; indirecta.
pigüesa, d., viruelas.
pilla, a., pillaje.
pilma, d., bizma: || d., trampa; deuda.
pilón, n., guarda-cantón; poste: I| n., columna en que se
exponían al público los miembros de los malhechores,
cuando estaba en uso, esa repugnante práctica: llamá-
base, ^í7d« de los cuartos.
pilotero, n., uno de los operarios, en las fábricas antiguas
de papel.
pimentón, p., pimiento.
pimienta (hacer), n., tomarse vacación.
pinada, pinar.
pinchar, c, punzar.
pinche, c, ayudante; marmitón de cocina.
pinchón, d., punzón.
pindonguera, pindonga ó mujer callejera: también se
usa en masculino y en la forma verbal.
pinetas, volteretas.
pinganetas, n., se usa en la frase, estar en pinganetaSy
que significa, estar en cuclillas; estar mal sentado ó aco-
modado; estar en peligro de caer: en Castilla, estar en
pinganitos es, hallarse en puestos elevados ó en buena
fortuna.
pingar, en la frase pingar las canales significa, caer el
agua pluvial en los tejados.
pingo, n., sustantivo con que suele designarse, al que es
288 P
demasiado suelto, haragán y desaseado: generalmente
se aplica á la mujer.
pinocha, d., panoja. En castellano, la hoja del pino.
pinochera, n., la hoja que cubre la panoja ó panocha.
pinta, n., clarión.
pintar, n., tallar; esculpir: así llaman los pastores, á los
adornos que hacen en la madera, con cualquiera instru-
mento cortante: || n., pintarla^ figurar; gobernar; darse
importancia.
pintear, empezar á llover ó gotear.
pinturrutear, n., pintorrear; pintarrajar.
piñerol, n., en Alcañiz, el pájaro loxia curvirostra.
piñonada, piñonate.
piñorar, c, sacar prendas, por algún adelanto que se ha
hecho: dícese Xámhién peñorar, y ambas son voces an-
ticuadas,
pipirijaina, n., se dice compañía de pipirijaina, á la tropa
de malos comediantes; y reunión de pipirijaina, á
la de poco pelo ó menor importancia de la que con-
conviene.
piquero, d., albañil; alarife.
piquete, n., esquila de poco volumen, que se pone en los
rebaños, á los borregos ó corderos de desvezo.
pirulo n., perinola pequeña y redonda, sin las iniciales,
ni por consiguiente las suertes, que tiene la perinola
común.
pisadera, n., se dice de la reja, colocada en la acera de
una calle, para dar ventilación y luz á algún sótano:
puede aplicarse en general, como adjetivo, á todo lo que
haya de ser pisado.
pisazo, n., pisada; pisotón; esta última palabra, todavía
no se halla admitida por la Academia.
pispajo, epíteto despectivo que viene á significar, inútil;
molesto; desmedrado.
pitañar, n., casa de mala especie: vivienda extraviada,
sospechosa y de pobre apariencia.
pitón, a., piedrezuela con que juegan los muchachos á los
cantillos.
pitos, juegos de muchachos con cinco bolitas de cristal,
piedra ú otra materia: diferente del juego de la taba,
que admite la Academia.
R 289
pitoste, petoste, hombre importuno desmañado y para
poco, que suele estorbar con su presencia.
piular; piarlos pollos recién nacidos 6 muy jóvenes.
pizarra, n., encerado para verificar operaciones matemá-
ticas ó de otra ciencia, á la vista de. muchos.
pizco, c, pellizco.
placer (Á), a., despacio; poco á poco.
plantar cara, hacer cara ó presentarse en ademán de re-
sistencia.
plantero, n., simiente: || tablar, destinado en la huerta, á
recibir semillas, hasta que de ellas nazcan las plantas y
tomen las creces suficientes, para ser remudadas á otra
tabla, en donde adquieran con desahogo, todo su desa-
rrollo.
planzón, d., estaca de olivo ú otro árbol.
platada, n.; el comestible contenido en un plato colmado.
plañir, sentir ó deplorar; pero con valor de escasear, excu-
sar, ahorrar, economizar: p. ej., no ha plañido ningún
gasto en la enfermedad de su padre; no se plañe él por
cien duros más ó menos. También se usa en la frase,
el que á un enemigo plañe^ en sus manos muere. En la
proposición del Rey D. Martín á las Cortes de Zarago-
za de 1 388, se lee, según el historiador Murillo, si ave:(
plañidos vuestros cuerpos por vuestros señores; cierto
podemos decir que non,
plebania, cierta jurisdicción eclesiástica, como laplebania
de Montalván .
plébano, cura párroco: la Academia lo incluye, como pro-
vincial.
plegadera, n., tablón que, colocado verticalmente ó de
canto y arrastrado por una ó dos caballerías, va amon-
tonando la mies en la era, dirigido por el labrador que
lo sujeta con una esteva.
pleg^ado (en), por junto; según el Glosario de Savall y
Penen.
pleg^ador, a., el que recoge limosna para alguna cofradía
ó comunidad.
pleg^ar, d., hacer la llega: j! n., concluir una cosa: quedar
uno sin esperanza; y en este sentido se dice, ya hemos
plegado: \\ recoger la parva, después de trillada, para es-
perar á aventarla: || congregar; recaudar.
19
290 R
pliega, n., llega.
pliegue, n., se dice ¡buen pliegue va á llevar ó á tener! y
en sentido de ¡buena vida, buen fin va tener!
pocear, d., sacar agua de un pozo con pozales ó cubos.
pocha, n., ave: 1| n., la bolsa que forma la camisa ú otra
prenda á la parte del pecho.
pochada, n., lo que se contiene dentro de esa cavidad.
pochO; c, pálido; descolorido: I| n.^ judias pochas, judías
desgranaderas.
poder, n., úsase en la frase es cosa que me puede, como
diciendo que me incomoda, que me saca de mi.
polpa, d., pulpa.
pollo, a., caballón ó margen á trechos, para que se de-
tenga el agua: Un., gargajo.
poUizo, va'stago de un árbol.
pontajero, n., el empleado á cuyo cargo estaba el cobro
del derecho de pontazgo.
pontarrón, n., aumentativo despectivo At puente: |l puente
poco notable ó ya muy mal parado: lo usa Martón.
porción, n., tablilla de chocolate de una onza ó de tres
cuartos.
porche, c, poste; soportal.
porgadero, a., harnero; cedazo; zaranda ó criba.
porgrsr, d., aechar.
pcrguesas, d., aechaduras 6 desperdicios, después de
aechado ó cribado el trigo.
porretón, n., ave que no ha salido del nido y permanece
todavía implume.
portadera, n., vasija de madera para transportar las uvas
de la caja al lagar.
portaleja, tabla de á pulgada: equivale i porta leña, que
la Academia define, la tabla que sirve para hacer puer-
tas.
portata, n., acción de llevar, conducir, custodiar, ins-
truir, tramitar, etc., y así se dice por la portata de
procesos, en un Tratado de los Oficios y Salarios de la
Corona.
portegado, n., pórtico de iglesia; voz local que por nues-
tra parte no hemos oído, pero nos ha sido comunicada
por persona competente.
posador, n., posadero; mesonero.
R 291
poso, c, parte gruesa de los líquidos que queda en el
fondo de la vasija.
postillería, n., postigo: así se desprende de una delara-
ción dada en i522 por la corte del Justicia, condenando
en 6o dineros á los que quiebren puerta ó postillería.
pote (color de), color quebrado ó bajo en el rostro.
potrear, n., molestar; aburrir; cansar; apurar á uno.
poya, carnicera ó peso de pan de tres libras: en español,
un derecho que se paga en el horno común.
pozal, c, cubo de pozo: || cargar ó llenar de agua alguna
vasija.
pozalear, d., revolver el agua de un pozo, subiendo y
bajando sin objeto los pozales.
precios, d., estimación del daño causado en los campos.
predicadera, a., pulpito.
pregueras, tributo cereal al Comendador de San Juan.
preconización, pregón; antic.
prendada, n., apenamiento ó intimación de alguna pena.
prendar, n., apenar ó intimar alguna pena.
presa, a., puchero de enfermo.
presco, melocotón. Entre los refranes de Hernán Nimez
se halla éste, quatro son le bone bocone: prigigo, Jigo,
/ongo, melone, ó sea cuatro son buenos bocados: prisco,
higo, hongo, melón.
presera, trampa para cazar: se halla usada en los Fueros.
presero, n., puchero de dos tazas de caldo.
presg^uardarse, apercibirse.
presquilla, duraznilla.
prestar, c, dar de sí; extenderse las telas: la Academia,
durante algunas ediciones, y desde luego en la de i832,
consideró esta voz como aragonesa.
prieto, p., mezquino; mísero; tacaño.
privilegios, n., leyes ó fueros políticos; código constitu-
cional de los aragoneses.
probar, c, catar.
probatina, n., prueba; ensayo; tentativa.
proceso de cambra, n., el que se hacía en lugar escondi-
do: se llamaba también de cámara y estaba prohibido
en Aragón.
procura, p., procuradoría.
procurador, a., se á'icQ procurador astricto, del obligado
292 R
á seguir ciertas causas, especialmente criminales; en las
cuales nunca se procedía de oficio en Aragón.
proñerta, n., servicio extraordinario concedido por el rei-
no al monarca, con el carácter de empréstito, según pue-
de verse en Asso, Economía Política (pág. 490): H pro-
mesa; oferta; ant.
promovedores, n., oficiales destinados á agitar los nego-
cios civiles y aun criminales y á suplir al Canciller ó
Vicecanciller en algunas funciones, siendo considerados
como Consejeros del Rey: eran en número de cuatro;
dos caballeros y dos doctores, todo según las Ordinacio-
nes de Pedro IV.
pronuncia, a., pronunciación ó publicación; ó acción y
efecto de publicar alguna cosa.
propalo, n., barra cilindrica de hierro, que encaja por un
extremo en el árbol y que termina por el otro en esqui-
na, para recibir el rodillo del molino harinero: || pieza
que encaja en el aboj y la navua, obrando de esta suerte
sobre la muela.
propiamente, verdaderamente; se usa de preferencia para
manifestar, con ese solo adverbio, la conformidad con lo
que otro expone ú opina.
propio (de), n., de intento; directamente; sin otro objeto:
p. ej., voy de propio d su casa para contárselo.
proposición, n., demanda de posesión en el juicio de
firma: || n., discurso del Trono al abrir las Cortes; Pro-
prositio Curiarum.
prou, bastante: catalán puro.
provisa, n., decreto de secuestro, que es la primera dili-
gencia en el juicio de aprehensión.
pruebo, prueba: se usa en las montañas de Jaca en frases
como esta: las cepas han hecho buen pruebo en ese te-
rreno.
pudir, d., heder.
pudor, d., hedor; hedentina.
puerta, n., en el jue^o'o de dominó, la ficha que por un ex-
tremo presenta un número, del cual van todos jugados
menos uno; y del que conserva éste en su poder se dice,
tener una puerta, pues por allí nadie sino él, puede ju-
gar: || n., salir por la puerta de los carros, salir vergon-
zosamente de una casa, de un establecimiento ó de un
R 293
negocio; en Castilla se dice, salir por la puerta de los
perros, por salir huyendo.
pues, tiene un aire aragonés equivalente á entonces; en
este caso; esto supuesto; y análogo al done francés: por
ejemplo, ¿qué había de hacer ^ pues?
pueyo, cabezo.
puga, p., púa.
pugnes, n., moneda que valía la cuarta parte de un dinero
en tiempo de Carlos V, según Juan Gutiérrez, citado
por el paleógrafo Merino.
pulgarillaS) n., castañuelas.
pulienda, n., cospillo. •
pulseras, n., la carga que se sobrepone á los costados de
cualquiera carro ó galera, atándosela con cuerdas fuera
de la escalera del carruaje: también toma aquel nombre,
la misma red de cuerdas en que se contiene la carga.
punchar, c, punzar.
punchazo, d., punzada.
punchón, d., punzón.
puntero, n., tripulante en los barcos del Canal Imperial,
cuya maniobra consiste en evitar que la embarcación
choque contra las márgenes, lo cual previene apoyando
en ella unos largos remos.
puntilloso, n., el que tiene mucho puntillo ó una suscep-
tibilidad exquisita. Aunque parece de etimología fran-
cesa, no debe ser sino un derivado áQ puntillo: la Aca-
demia diámiXQ puntoso y puntuoso.
puntuante, el destinado en la Universidad á dar puntos
f)ara los ejercicios ó á presidir los piques: en los Gestis
eemos también apuntuante.
punza, púa; espina.
puñazo, n., puñada; puñetazo (i).
(1) Tenemos á aquélla por tan castellana, como á estas dos palabras;
pero no hallándola en el Diccionario de la lengua, á pesar de ser el deri-
vado más próximo de la primitiva puño, y siendo, por otra parte, muy
frecuente en Aragón, nos hemos permitido incluirla como á algunas,
aunque muy pocas, que se hallan en este caso. En lo demás, nosotros no
hemos dado cabida á voces que la Academia califica de castellanas, por
más aire aragonés que les hayamos encontrado, sino que hemos trasla-
dado las que de entre ellas incluyó Peralta en su Ensayo, y aun esas,
marcadas, para conocimiento del lector, con la letra c.
294 Q
purna^ d., chispa: Un., tener malas purrias, tener malas
chanzas, ó mal genio, ó mal carácter, ó poco aguante.
puya, d., poya: H subir una pendiente: úsase en las mon-
tañas pirenaicas.
puyada, n., regreso, principalmente de los ganados tras-
humantes.
Oiuebrazas, d., herpes.
quejón, n., quejumbroso.
quemazo, n., quemadura.
quera, d., carcoma: |1 n., hombre pesado .
querar, d., carcomer.
querubina, n., cereza más fina que la común y de un co-
lor más bajo, que algunos llaman albar, y otros, por el
país en que es abundante, cere:{a de Mon:{ón,
quesada, n., pasta de requesón batido y mezclado con
huevos, azúcar y zumo o esencia de limón, cocido todo
en el horno á fuego lento.
quesillo, aceituna desmedrada y menuda.
questias, n., uno de los tributos que se exigían antigua-
mente en Aragón.
quiento, ta, n., ¡cómo! Se usa interrogativa y admirati-
vamente, significando el desprecio ó vituperio, y así se
dice: ¡quiento ha quedado este gabinete!; ¡quiento se ha
puesto el tiempo!; frases c^ue equivalen á cómo ha que-
dado (qué mal) este gabinete, etc.: es muy usado en
ciertas clases, pero generalmente no muy conocido: H n.,
se usa en la frase tal y quiento, equivalente á tal y cual.
En sus dos acepciones se usa con mucha frecuencia,
bajo la forma interrogativa.
quiñón, d., almenara: || d., turno para el riego.
quistias, cierto tributo: hallamos que lo cobraba el Du-
que de Medinaceli en algunos pueblos de Aragón.
295
Rabada, d., rabadilla: ü n., dar una rabada, separarse de
uno bruscamente y en ademán hostil; dar á la conver-
sación ó á la disputa un giro inesperado é insolente. En
sentido análogo, aunque más concreto, la Academia
usa rabotada,
rabal, n., arrabal.
rabático, n., género de pecha ó tributo que, con este
nombre, vemos en vanas escrituras de exenciones ó
franquicias.
rabatín, cristiano, en Valencia la árabe.
rabiojo, n., se dice, mirar de rabiojo, á la manera que
en Castilla mirar de reojo, 6 mirar de rabo 6 de rabillo
de ojo.
racimar, p., rebuscar; recoger los racimos que quedan
después de vendimiada una viña.
racimo, d., hijuela ó parte de una uva.
racional, a., oficial de la Casa real de Aragón, equivalen-
te á Contador mayor: || n., el empleado que examinaba,
en la Cofradía de Abegeros, las cuentas del Receptor.
racionero de mensa, n., el sacerdote que, desde la fun-
dación de una pieza eclesiástica, tiene derecho á cierta
parte, en los productos de los bienes y obligación de
celebración, coro, misa conventual, etc., como los de-
más capitulares.
radia, n., parece ser, suelta ó libre, en aquel pasaje de
un documento de Veruela, qui la agua lexare radia
que no la torne á la fila ond la prende y peyte, etc,
rader, n., raer.
radido, n., miserable; avaro; poco desprendido: en Gas-
tilla, raido, tiene muy otra significación.
raedor, c, rasero.
rafal rafalla, n., granja; casa ó predio en el campo.
rafe, p., alero de tejado: 1| n., extremidad de una cosa, y
así se dice, al rafe de la mesa^ de la cama, del papel.
296 R
rai, n., voz usada en algunos puntos de Aragón y Ca-
taluña, que unas veces significa, á bien, gracias que no
importa, y otras tienen más enérgica equivalencia,
como en Pedro rai que tiene fincas^ quien queda mal es
su hermano; yo rai poco importa^ lo que importa es mi
madre; la escalera rai, lo que quiero tener hecho es los
pisos.
raída, n., raja de melón de tierra.
rallado, n., se dice, rallado de viruelas^ por el que ha
quedado señalado de ellas en el rostro.
rallar las tripas, n., rallar, en la segunda acepción del
Diccionario de la lengua.
rallo, n., alcarraza.
rama, se usa en frases como esta: los domingos se iban'
todos en rama floja d la ciudad.
ramiello, n., zarzal; matorral; etc.
ramillo, a., dinerillo.
rampa, a., calambre.
rampaÚos, d., pimpollos.
ramulla, n., ramaje inútil: en castellano, ramiza y ra-
mojo.
ran, d., raíz: dícese, cortar al ran de tierray por cortar
á raíz.
rancura, n., queja; querella: voz antic.
rancho, n., esquiladero.
ranosa, n., la res baldada ó impedida de los remos.
rape (Á), n., superficialmente; á flor de tierra.
raro, n., enfermo; achaquiento; indispuesto; delicado.
ras, d., paño de tapicería: también se decía paños de ras,
y en plural races: en Zaragoza los hubo excelentes en
el Ayuntamiento, y los hay en la Seo y en San Pablo;
aquí sobre dibujos de Rafael de Urbino: viene de Ras ó
Arras, ciudad de la Picardía, en donde se fabricaban
los mejores W.
rasa, d., porción elevada de tierra de regadío, ó, mejor,
límite de dos campos desnivelados: Un., regacha prac-
(1) Pedro Fafur, en sus Andanzas ó viajes, dice de ella: es muy gentil
cibdat, e muy rica mayormente destos paños de paredes e toda tapeceria, e
Ímesto que ya en otras partes los labran, pero con todo eso, bien se paresce
a ventaja de lo que se face en Ras.
R 297
ticada á todo lo largo de las plantaciones de árboles,
principalmente en los paseos.^
rascañico, cantero ó trozo; aplicado al pan.
rasca-miajas, n., persona descontentadiza y de difícil
trato, que se inquieta por todo y que da importancia á
bagatelas: también se dice casca-miajas.
rasera, n., rasero. — Mor de Fuentes, que, aunque arago-
nés, era escritor afectadamente puro y hasta arcaico, si
bien en las traducciones que corren como suyas se des-
mienten muchas veces esas cualidades; en la Serafina
decía: medirlos por la rasera generaL
rasmear, n., se dice del objeto que araña, rasca ü ofende
al tacto con su aspereza: también se dice rasmeadura y
rasmea:{o; pero son palabras que sólo se usan en la con-
versación familiar.
rasmia, afición; diligencia; fuerza 6 voluntad para el tra-
bajo: II discreción; buen ingenio para negocios ordina-
rios de la vida: || roña ó malestar que resulta de alguna
enfermedad. — Es, como se ve, una palabra bastante in-
decisa.
raso, d., lleno; colmado (i): |1 d., desvergonzado, desen-
vuelto en el hablar, principalmente con aplicación á la
mujer: 1| n., escaso, ó, mejor, enteramente al justo; por
ejemplo: la tela ha venido rasa, para indicar que nada
ha sobrado: se aplica al que, y sobre todo, á lo que se
muestra sacudido, desenvuelto y demasiado franco en
hablar.
rasonera, vasija, á manera de fuente oblonga ó en forma
de barco, y generalmente de metal, á propósito para
servir á la mesa ciertos asados ó pescados .
raspa, c, escobajo de la uva: en algunas partes gajo de
uvas.
rastra, c, ristra 6 sarta.
rastras (Á), n., á la rastra.
rastro, n., matadero.
rayada, n., ráfaga de sol 6 de luz: Ij n., cantidad poco
(1) Es usual en los ff. de Navarra, uno de los cuales, contra los ladro-
nes de res que lleva campanilla, dice: que fagan implir la campaneta de
mierda de home, qcb sea rasa, e faga implir en la boca al ladrón.
298 R
abundante de líquido, que se vierte por el pico de la vi-
najera, ampolla, aceitera ú otra vasija semejante.
rayera, abeja reina ó maestra en pollo.
real, n., moneda imaginaria dé 32 maravedises: dícese
real ó real de plata. — Rosal hace diferencia de los reales
de su tiempo, diciendo que el de Portugal valía 40 ma-
ravedís menores, el de la Corona de Aragón 36 y el de
Castilla 34 y antes 33.
realtar, n., altar: se usa repetidamente en las Ordinacio»
nes de Pedro IV: en latín retroaltare,
rebadán, n., rabadán.
rebalva, n., ave del orden de los pájaros.
rebaño, multitud; montón: se dice rebaño de mujeres, de
pleitos, de melones, etc.
rebecar, d., pandear; inclinarse un árbol ó rama al peso
de la fruta.
reblar, d., titubear; retroceder; cejar: || d., hincar en la
madera la punta de un clavo, cuando sale otro.
rebol, n., lana ó vellón corto.
rebolería, n., casa en que se preparaban las pieles: |1
n., fábrica de velas de sebo. La Universidad tuvo situa-
das sus rentas algún tiempo, sobre el producto de car-
nicerías y rebolerias (^Gestis, 23).
rebotiga, p., trastienda.
rebuUar, n., reburujar.
rebullo, n., reburujón; rebujo.
rebuñoso, d., tomado de orín.
rebuscar, c, racimar.
rebutar, Urrea, en su celebrado Diálogo de la verdadera
honra militar, dice, que rebutar es no admitir duelo
por desprecio contra infames ó desiguales, y rehusar
no admitirlo por la ley ó por voluntad contra exceptua-
dos; V. g., letrados, religiosos 6 mujeres.
rebutido, lleno; ocupado por completo: por ejemplo,
este aposento está rebutido de muebles. Usa esta voz
J . M . Cuadrado en sus Recuerdos y Belle:{as de España.
rebutir, aglomerar objetos ó cosas aun inmateriales, en
alguna parte: p. ej., su discurso estaba rebutido de me-
táforas.
recachiruela, lumbago ó dolor de ríñones: así se lo he-
mos oído á un médico.
R 4 29t
recado (buen), d., mucho: la Academia parece admitir
esta significación, no tanto en las definiciones que da de
aquella voz, como en el refrán, buen recado tiene mi pa-
dre el día que no hurta,
recantillo, d., barda de tapia.
recardero, d., revendedor.
recentar, n., contar, según se lee en una Escritura de
principios del siglo xvii.
recibidor, d., sala de recibimiento: || d., oficio honorífico
de alguna encomienda: j| n., antesala.
recibir, testificar: se dice, recibir un testamento, un con-
trato, etc. y por reducirlo á instrumento público.
reciento, recinto, n., levadura.
recluido, n., incomunicado en la prisión.
recluimiento, reclusión.
recocho, agua madre, en el caldo del alumbre (Asso, 255).
recocina, a., cuarto contiguo á la cocina y para desahogo
de ella: no se halla en las primeras ediciones del Diccio-
nario de la Academia.
reconcomerse, n., dominar el sentimiento ó despecho, de
suerte que no aparezca en el semblante ni en las palabras.
recorte, n., en el juego de dominó, colocación inesperada
de ficha que presenta un punto, en que no se creía fuer-
te al jugador, el cual lo da algunas veces, no porque le
queden puntos como aquel, sino porque le ha de facili-
tar las fichas que le convienen: cuando el recorte se hace
tapando el que parecía ser su juego é inaugurando otro
por ambas puntas, entonces se dice vulgarmente, entre
jugadores, volverse inglés*
recursado, aquel contra quien se recurre.
rechichivado, d., guisado que se pasa de fuego.
redaño (echar el), trabajar á toda fatiga.
redija, rendija.
redolino, a., bola hueca que contiene la cédula que ha
de sortearse: turno para deshacer la aceituna.
redoncho, n., círculo; voz familiar.
refilón (de), n., de pronto; de pasada: por ejemplo, nos
hemos visto de rejfilón: la Academia admite esta frase,
pero solo en las ultimas ediciones, como sinónimo de al
soslayo.
refinaaera, refíneta, n., véase pirulo.
300 R
refirmar, apoyar una cosa sobre otra; significación que
nos parece diferente de la de asegurar o afianzar y que
trae ia Academia: Argensola dice en su tragedia Isabela:
Y para refirmar los pies soeces.
El oro servirá de nuestras cruces
Haciendo de él labradas estriberas.
refitolero, n., indiscreto; imprudente; curioso.
refrotar, n., frotar.
refrotón, restregón; encuentro; estregón ó refregón.
regacha, n., cauce angosto para el riego.
remachado, regacho, d., canal abierto por el agua de-
rrumbada de los montes: || en sentido de regata ó surco
de agua para el riego, se usa en la Gran Conquista de
Ultramar de Don Alonso el Sabio, publicada en i858
por Gayangos.
regata, picado más grueso que el cordoncillo en la muela,
para que circule el aire y se despida bien la harina.
regañado, se aplica al ojo habitualmente sanguinolento
por los bordes.
regidoratO; n., el cargo de regidor ó individuo del Regi-
miento ó Ayuntamiento.
regirar, n., estremecerse; sentir un movimiento convul-
sivo.
regirón, n., estremecimiento general en el cuerpo.
regla, n., listón de los que usan los albañiles y otros ope-
rarios para las alineaciones.
regostado, satisfecho; harto; material y moralmente ha-
blando.
regular, la frase j:?or un regular, que consideramos ara-
gonesa, equivale á la castellana por lo regular.
rehaz, n., derrama ó reparto proporcional entre los re-
gantes de un término, para los gastos extraordinarios de
roturas de acequias ú otros.
reinar, n., bailar la peonza, el trompo, la perinola, etc.
rejineta, caracolilla: lo hemos oído en Malón.
rejolado, n., pórtico de la Iglesia: se usa en algunas loca-
lidades.
rejuela, n., pasta freída en la sartén, y que tiene, aunque
remotamente, aquella forma.
relicto, sobreviviente.
R 301
relojeador, n., la persona muy curiosa y escudriñadora.
relojear, n., la acción ó la propensión á enterarse de lodo,
á observar cuanto hay en una casa ó concurrencia, etc.
remojón, sopa mojada en chocolate.
remolda, la faena de remoldar.
remoldar, n., cortar las ramas viciosas de los árboles.
remudar, n., sacar ciertas plantas del sementero v colo-
carlas en la disposición y á la distancia convenientes,
para que rindan el fruto.
remug;ar, a., rumiar.
remulg^ador, podador ó remoldador.
rendrija, n., rendija; hendrija: sobre ser familiar aquella
voz, la hemos visto usada en poesías inéditas.
reneg^ón, n., renegador.
repapo, n., Avellaneda, en su Quijote, dice al capí-
tulo IV, con que durmió aquella noche (Sancho) muy
de REPAPO.
reparar, d., operación que se hace con el pan.
repaso, n., la segunda prensada de la aceituna, que gene-
ralmente es para el dueño del molino, en pago de la
primera.
repicoteado, adornado ó excesivo de picos ú ondas.
replegar, recaudar; ant., forense: || alzarse con todo: por
ejemplo, antes de abandonar la casa, replegó con todo
lo que allí había en frutos y muebles.
reposte, a., despensa.
repostear, d., registrar con curiosidad reprensible.
repostero, n., disputador; temoso; aficionado á llevar á
todos la contraria.
reposten, n., respondón. Avellana dice, y es la mayor
parlera y reposto na que hay en todas las parlerías y
tierras de papagayos (cap. XXVI). Hemos oído mu-
chas veces esa palabra, usada hoy sin distinción de
clases.
reprenda, aprehensión; retención.
repropiar, d., resistir el freno: || d., repetir impertinente-
mente una misma respuesta.
repterio, n., reto; acusación; y así el Privilegio general
dice, (si alguno) será reptado de traición... sino querrá
el acusador estar en su repterio, no sia tenido el acu-
sado responder á otra demanda si le seráfeyta.
302 R
repuí, desecho; desperdicio: se aplica á cosas y personas:
en algunas partes rebut.
requeda, las últimas campanadas que se dan para marcar
si las anteriores eran primero, segundo ó tercer toque.
requedar, marcar cada toque al final de él.
requilorios, n., adornos ó accesorios en los objetos ma-
teriales y preámbulos, circunloquios, rodeos ó atavíos
en la conversación.
res, nada: también se dice no res, reduplicativamente.
Aunque forastera, incluimos esta voz por el uso cons-
tante que tiene en Aragón.
resacadores, n., los peritos que en las cacerías se desti-
nan á ojear y hacer mover de sus cados ó escondites á
los animales de caza.
resacar, n., la acción de dispersar y poner en carrera á
las piezas de caza.
resbalón (de), n., véase refilón, con cuya frase tiene
grande analogía.
respetudo, n., d ícese de la persona cuyo exterior inspira
respeto.
respigar, n., coger los desperdicios 6 restos de la cosecha:
en Castilla se limita á las mieses, obedeciendo á su
etimología: en Aragón se dice también de las olivas.
respingarse, n., alzarse ó ponerse de puntillas; esto es,
sobre las puntas de los pies.
respingo, n., en la frase dar ó pegar un respingo^ signi-
fica crecer muy aprisa en estatura ó en fortuna. Se dice
echar un respingo, por reprender á uno fuertemente.
respulero, respondón: también respollón.
restadura, n., punto que dan los sastres para asegurar
las carteras, bolsillos y otras piezas.
restil, d., resistero de sol.
restreg^ón, n., estregón.
restrojera, n., rastrojera.
retajo, n., retal; retazo: alguna vez se usa en sentido
figurado, para apodar á los niños de corta edad.
retastinarse, d., pasarse de fuego el guisado ó asado.
retavillo, n., instrumento de labranza, que consiste en
un palo terminado por un aro ó grande arco de círculo,
y sirve á los mismos fines que \dL plegadera,
retijar, n., rechinar; se dice de los dientes cuando se
R 303
aceran ó resienten por alguna impresión exterior del
tacto ó el oído.
retornarse, restablecerse.
revés, c, bofetón; sornavirón.
revisalsear, d., registrar; entrometerse.
revisalsero, d., curiosón; bachillero: la Academia se re-
fiere á sólo el género femenino y escribe rabisalsera,
revoltilla, n., suerte en el juego de pelota, que es cuando
en el saque ó resto se hace que la pelota toque en la
pared opuesta á la del juego.
revoltillo, véase charanga.
revoltina, d.^ motín; conmoción popular: tiene conexión
con el revoltillo castellano y con la trifulca arago-
nesa.
rey de zarza, n., ave del orden de los pájaros.
rezag;o, d., ganado endeble que se separa de los rebaños
y se conduce en un grupo, aunque perteneciendo á
varias clases.
riada, c, avenida de río. — Jovellanos prefiere arriada: la
Enciclopedia española cita como aragonés aquel vo-
cablo.
riba, a., ribazo; pendiente entre dos campos superior é
inferior.
ribetón, n., faja ó ribete más ancho del ordinario, el cual
usaban las mujeres en vestidos; sobre lo cual puso limi-
taciones la ley suntuaria de i553.
ricio, campo sembrado, con sólo las espigas que en él que-
daron, ya porque cayeron desgranadas, ya porque no se
cosecharon.
ricos-hombres, n., los personajes de la primera nobleza
de Aragón: unos se llamaron de naturale'{a y otros de
mesnada: de los primeros dice Blancas que procedían á
duodecim illis Senioribus qui in primo interregno Réi"
p'ublicce nostroe moderatores Juerunt. Ducange dice rici
homineSj proceres apud aragonenses quos alli vulgo
barones vocantur.
ridículo, n., bolsa de señora que solía usarse, como parte
del traje, para llevar, como en la escarcela antigua, los
útiles más precisos.
riedra, n., véase fianza.
rillO; n., cada uno de los tres cilindros de hierro, que se
304 R
colocan debajo de los tapiales, para sostenerlos y enla-
zarlos.
rinconera, se dice de la nuez, cuya carne es demasiado seca.
rinchar, contener el aliento.
riostra, d., aldaba.
ristolero, alegre; risueño.
roba, n,, arroba: se lee en las Ordinaciones de Zarago^^üf
con aplicación á la Agrimensura.
robadera, n., caja de madera, ó forrada de hierro, para
trasladar la tierra que se arroba.
robar, n., arrobar.
robel, d., lebrillo grande, en que se friega ó lava cual-
quier objeto, dentro de casa: lo mismo que lavado. Su-
primido por Peralta, en su segunda edición.
robellón, robellones, especie de hongos: en el sentido de
seta úsase en el Alto Aragón.
rocador, n., rocadero ó cucurucho, para sujetar el copo
á la rueca.
rocero, se dice, de la persona demasiado familiar, en el
trato con sus inferiores: || el que es aficionado á mujeres
ó á tratos ó placeres, que están por debajo de su con-
dición.
rociada, arremetida. — El analista Sayas á\cQ\ y aunque
hi:{0 briosamente su deber, fué el entuvion fantuvionj
de la ROCIADA tan recio, que le hicieron retirar con pér-
dida del marjeny del jfuertecillo.
roelero, rodelero: en Zaragoza los hubo ciudadanos, que
se distinguieron combatiendo el motín del hambre, en
fin del siglo xviii y que todavía lucieron, aunque en
corto número, en los Sitios contra los franceses.
reglaría, n., ruego; súplica; voz anticuada, usada con fre-
cnencia, en el Códice de los Privilegios de la Unión. —
La Diputación de Aragón, en documento dirigido al
Justicia sobre los Anales de Zurita^ é inserto en los
Progresos de la Historia de Dormer, emplea esa pala-
bra para indicar, que había recibido diferentes sú-plicas,
en favor de la reimpresión de aquella obra.
rolde, d., círculo: en Castilla, círculo ó grupo de gente: H
hacer el rolde, coger con redes, los barbos que van á
la orilla á desovar, según el historiador D. Nicolás
Sancho.
R 305
romana (correrse la), exagerar alguna cosa.
roncha, a., lonja de tocino, de carne y de algunos pesca-
dos; tajada en redondo.
rondalla, a., ronda de mozos.
róñelo, d., descarnado.
roñar, d., regañar. — En unas octavas que se escribieron
contra las conclusiones de Economía política, año 1785,
se lee,
aunque roñen los socios consumados
de la leonina Sociedad del día.
roñón, d., regañón.
roñoso, n., regañón; llorón.
ropador, n., ladrón en despoblado ó en cuadrilla: voz
anticuada.
ropería, n., robo en despoblado, según se desprende del
Códice de la Unión.
roquete, pieza de la lanza, fijada á lo que creemos, en el
borne ó extremo superior, para dar con ella en el con-
trario, pero sin herirle, lo cual sucedía en los torneos
y otros ejercicios caballerescos, en que las lanzas eran
jostradas, galantes ó botas. No hallamos esta voz en el
Diccionario de la Academia, pero sí en Argensola,
quien dice de un torneador de su tiempo, que llevaba
lanía plateada, no solamente el asta, sino el roquete y
gócete. El valenciano Arólas, en las Tranzaderas dice,
de Gonzalo de Cuadros, contra Don Alvaro de Luna,
El ROQUETE de la lan^a
abrió la vista ^ encontróle
en la frente y con pujanza
todo el casco quebrantóle (i).
rorig^ón, mendrugo de pan; raigón de muela.
íl) Después de escrito y preparado para la Prensa este artículo, hemos
visto comprobadas nuestras conjeturas con una explicación, que pode-
mos llamar oficial. En el catálogo de la Real Armería, escrito con rigu-
roso tecnicismo, figura á la cabeza, y después se repite con variantes
muchas veces, una lanza de torneo con roquete ó hierro de lanza de tres
puntas, siglo xv. Esto desaragonesiza esa palabra (y permítase ésta, á
quien tal baraja de ellas lleva entre manos), pero no nos decide á supri-
mirla, si bien ella y la de gócete confesamos que no pueden sostenerse
como aragonesas, por sólo usarlas nuestros autores y no usarlas la Aca-
20
306 R
rosada, c, escarcha.
rosa de perro, ababol, en puntos fronterizos á Navarra,
roscada, n., colada, según las Ordinaciones del Hospital
General de Ntra. Sra. de Gracia.
roscadero, d., cuévano para conducir las frutas y ver-
duras.
rosigar, n., roer poco á poco alguna cosa: H n., murmu-
rar por lo bajo, mascullando para sí alguna frase: 1| n.,
rosigar altares, pasar mucho tiempo de uno en otro
altar.
roya, d., rubia; planta: || c, enfermedad del trigo.
royal, n,, lo que tira á rubio: 1| n., especie de olivo, de
inferior calidad al negral, y que no da como éste, cose-
cha anual, ni la aceituna completamente negra.
royo, n., rubio; rojo; bermejo.
royuela, n., rubia.
royura, n., véase moradura.
roza (de), n., modo adverbial para designar á la persona
rocera ó que no tiene buena elección en sus compañías,
ni en sus gustos: aplícase con especialidad, á la mujer
que prodiga sin distinción sus favores, y así se expresa,
en unas décimas á Jusepa la Cun^a, daifa de toda roza
que ya dos veces estuvo en la casa de la Galera.
roza, el picado, hendidura ó istría que se hace en una
f)ared, para afirmar sobre ello, un tabique: algo indica
a Academia, en la palabra ro:[ar.
ruche, n., pollino.
ruejo, a., rodillo de molino: || n., comulgar á uno con
ruejos de molino, querer convencerle de una cosa in-
creíble.
ruello, a., rodillo de piedra para allanar las eras, antes
de trillar.
rufo, d., rozagante; vistoso; bien adornado.
rujada, a., rociada: se halla en la última edición, pero
no en la penúltima.
rujar, a., rociar: no se halla en las últimas ediciones.
demia, pues ésta ha padecido omisiones análogas en Armería, como
bordonasa, guarda-axila, brigantina 6 laudel, silla bridona, misericordia,
repujados, guardarrenes, etc. — Diremos para concluir, que roquete viene,
según algunos, de roque ó torre de ajedrez, y que los franceses le llaman
courtois rochéis.
S 307
ri^isida, a., golpe de lluvia: se halla en la penúltima edi-
ción, pero no en la última, aunque es más usual que
rujada: \\ n., reprensión agria.
rujial, rufián: se nos ha comunicado, como usada en Al-
partir.
rujiar, a., regar con agua.
rujiazo, n., rujiada, en ambos sentidos.
rupia, n., en el Códice de los Privilegios de la Unión se
lee, en Zarago:{a hanfeyto rupias e sufrien:{as en los
lugares é muytos maleficios é estregnimientos.
rusio, d., candente.
rusientar, poner candente una cosa, principalmente, un
utensilio de hierro.
rusiente, c, candente.
ruso, n., rusiente: || n., :{apatos rusos, los que se fabri-
caban más cerrados y consistentes que de ordinario: ve-
mos usada esa voz por escritores castellanos, pero no
por la Academia.
rustir, roer: se aplica especialmente á los ratones.
rustrir, lo mismo que rustir: en Asturias, tostar el pan
y mascarlo, cuando está tostado ó duro.
Sabanilla, c, pañuelo.
sabido, n., sustantivo con que se denota, el sueldo fijo
de que uno dispone: equivale, en cierto modo, á situa-
do, pero es más concreto: se usa en las expresiones, tie-
ne un buen sabido; tiene un sabido de 5 rs., como indi-
cando, que sin contar otras utilidades eventuales.
saboca, a., saboga; sábalo, pez.
saca, a., derecho de saca, retracto ó tanteo en favor de
los parientes.
sacadera, n., cuévano pec^ueño que se emplea, en las
operaciones de la vendimia.
sacafuegos, c, eslabón.
308 S
salceña, variedad de la uva.
salchucho, n., zancocho.
salmorrada, n., salmuera, que en Aragón se pronuncia
salmuerra.
salobre, n., planta: se da también ese nombre, á toda
planta salsuginosa.
salvado, se emplea en la frase, guardar en el arca del sal-
vado^ para denotar que aunque se afecte riqueza, no se po-
see, y aunque se tenga proposito de ahorrar, no se logrará.
salz, n., cierta especie de hierba.
samarugo, n., pez abdominal: |I n., persona arisca, imbé-
cil ó egoísta: || barbo pequeño, que suele vivir en las
balsas y generalmente, sirve de alimento á los barbos
mayores: i| torpe, obtuso y al mismo tiempo, con basta
apariencia exterior.
sampedrada, n., velada, ó mejor, aurora de San Pedro.
sang^artesa, n., lagartija.
san§rimís, n., muchacho desmedrado, ó de pocas carnes,
ó de corta estatura.
sanjuanada, n., velada de San Juan.
sansa, d., orujo de la oliva.
santoral, n., catálogo de santos, especialmente, en el Ca-
lendario: la Academia le da la interpretación de libro
de coro ó de sermones y vidas de santos: su verdadera
significación en esta última.
saque, n., se dice de uno que tiene buen saque ^ para de-
notar que es comedor ó bebedor.
saquera, c, aguja de coser sacos, como se dice también,
aguja espartera, y aguja de ensalmar.
sarda, n., ramaje bajo en el monte, como el de los tomi-
llos, asnallos, etc.
sargantana, d., lagartija: en Borja, sargantesa. — En un
Cancionero de Londres se leen estos versos, sacados de
un Alfabeto de disparates:
Sus aves á las manyanas
serán un par de sisones
y de cuatro sargantanas
le daremos los rinyones.
sarna, n., buena fortuna en el juego, ó suerte muy cons-
tante en cualquiera especulación: voz familiar.
S 309
sarnoso^ n., el ganancioso habitualmente, sobre todo en
el juego.
sarraixón, plantas.
sarrampión, d., sarampión.
sarria, n., esportón.
sarrio, c, cabra montes: |J n., gamuza: quizá del francés
Isard.
saso, d., tierra ligera.
sayonía, n., alguacilazgo: el Diccionario de la Academia
no usa esta voz, pero incluye como anticuada la primi-
tiva de sayón,
secano, n., se dice abogado de secano por el que no tiene
pleitos ó suficiencia.
secarral, n., secaral; sequeral; sequedal.
seco, n., en la frase dejar á uno seco significa dejarle
muerto en el acto, aunque esto, en verdad, no asegura-
remos que sea exclusivamente aragonés.
secén, n., madero que pasa de 3o palmos.
seg;allo, n., cabrito desvezado hasta llegar á primal; como
en el ganado lanar, lo es el borrego ó cordero desvezado.
seisén, seisena, moneda de plata de valor de medio real,
que eran seis dineros de Aragón. Dice la Academia en
la voz seisén: hacia 1777 hubo en Zarago:{a grande
perturbación económica, á causa do, las seisenas j^ ra-
millos que se mandaron recoger,
semejante, n., extremado en magnitud, en número, en
lujo, etc.; por ejemplo: ¡ha hecho semejante fortuna!;
¡ha venido con semejante ostentactón! ; ¡ha traído seme-
jante vestido!
semental, animal que se destina á cubrir á la hembra
de su especie, y se aplica, principalmente, á la raza ca-
ballar: la Academia no incluye esta voz, sino la de ga-
rañón, y aun así nosotros no incluimos de buen grado
esta palabra.
semo, hueco; fofo; sin jugo; raquítico: se dice, trigo semo,
piernas semas; ojos sernos; etc.
senabe, mostaza, según Glosario.
séniores, n., los que tenían jurisdicción, y este nombre
recibieron los ricos-hombres.
seno, n., pecho.
sense, n., tonto: es de uso local.
310 S
sentido (costar un), n., costar mucho.
señalero, n., alférez; portaestandarte; abanderado: en
documentos antiguos seny alero.
señar, a., hacer señas.
señeras, señas: el notario Beneded, en i283, escribía:
¡qué SEÑERAS tenía esa imagen!
seo, a., iglesia catedral: dícese la Seo, aunque muchísi-
mos autores escriben impropiamente Aseo; otros iSeUy y
antiguamente See, acercándose más á la etimología la-
tina sedes.
serna, cantera de piedra, según una donación hecha al
Monasterio de Veruela en los primeros tiempos de su
fundación.
serradizo, n., serrín.
serranía, n., se usa en la frase forense, sententia ad mo-
Jutn serranicPj la cual se pronunciaba brevísimamente
y sin gastos, previa sumisión de las partes.
serreta, n., cadenilla que se pone en la boca á los caba-
llos ú otros animales de monta, para refrenarlos.
serrones, n., planta chenopodium.
siete en rama, n., planta; tormentilla erecta.
signo, servicio (vasallos de); véase vasallos.
silletas, a., jamugas.
simoso, n., terreno flojo y que fácilmente se desprende,
por las filtraciones ú otras causas, dejando abiertas si-
mas ó concavidades.
síndico á tributar, n., el que tiene á su cargo en la mu-
nicipalidad, el cuidado de la alineación y denuncia de
los edificios.
singular, a., particular; individuo; vecino.
sinjusticia, n., injusticia: hemos oído muchas veces esa
voz (y á la gente rústica el barbarismo desinjusticiaj y
aunque no quiso usarla, probablemente, como tal sus-
tantivo. Hurtado de Mendoza, no deja de prestarse
á esa lectura aquel trozo del La^^arillo, que en una d«
sus ediciones hemos leído, mas con tanta gracia y do-
naire contaba el ciego mis haiañas^ que aunque yo es-
taba tan maltratado y llorando^ me parecía que hacía
SINJUSTICIA en no se las reir; y si bien ahí puede enten-
derse, me parecía que obraba sin justicia, pero no así
en la edición de Aribau (^Biblioteca de A A. españoles^,
S 311
en donde dice, me parecía que le hada injusticia en no
se las reír, y luego por nota, como variante, sin justi-
cia, cuya variante, con el le, aproxima mucho esta fra-
se, á la significación que habemos da*fio.
sinodal, n., se dice, del no muy competente testigo que
es llamado á declarar, sobre sucesos antiguos, en que
no se presenta como ocular ó de ciencia cierta.
siquiera, poco difiere de la significación á lo menos^ que
consigna la Academia; pero en el corte, hay cierto ara-
gonesismo, cuando se dice, el hijo llegó bueno; me ale-
gro siquiera»
sinfinidad, multitud, infinidad de cosas.
sirg^a, c, maroma.
sirria, n., excremento del ganado, etc.
sirrio, d., sirria; sirle.
sisa, n., sisón; ave.
sisallo, n., planta; salsola vermiculata.
sisardo, n., cuadrúpedo; capra rupicapra.
sitiada, d., junta de gobierno, en los establecimientos de
beneficencia.
sitiado, a., sitio; situado.
sitio, a., aniversario.
soba, d., cueva profunda, en dirección horizontal.
sobater, d., agitar líquidos.
sobirano, n., supremo: es de los vocablos que reúne en
su Índice Blancas.
sobrado, capataz de contrabandistas paqueteros.
sobre -acemilero, n., el oficial real que cuidaba de las
acémilas, así como de los carros, barcas y suministro de
cebada, cuando la corte se ponía en viaje.
sobre barato, muy barato.
sobre-bueno, n., excelente; exquisito.
sobre-cielo, n., toldo; lecho formado de telas vistosas, á
manera de pabellón, como se lee y explica en las Coro-
naciones de Blancas: dosel, como dice éste en su índice
de vocablos aragoneses: también es voz italiana, pero se
escribe sopracielo.
sobre cocinero, n., cada uno de los dos escuderos desti-
nados al servicio de la mesa del rey, los cuales habían
de ser caballeros.
sobrecogidas, circunscripciones territoriales, quizá bajo
312 S
el punto de vista tributario. Las Cortes de Tarazona de
1495 legislaron sobre esto, de lo cual escribió Zurita.
Expresa también el censo de población por fuegos, y así,
en aquel año la Sobrecogida ó sobrecullida de Zaragoza
tenía 3. 068 fuegos.
SObreciülidor, n., recaudador de más categoría que los
cullidores ó cobradores.
sobrejuntería n., era á manera de distrito ó departamen-
to, á lo menos en tiempo de las Uniones de Aragón, las
cuales nombraban dos conservadores, por cada sobre-
juntería ó sobre] untaría.
SObrejunteros, n., dependientes ó porteros. — Cuando la
Unión nombró al rey los oficiales de su casa, le dio so-
brejunteros de Alcañíz, Tarazona, Jaca, Sobrarbe y
Ribagorza, Transduerta y reino de Valencia. — Se dio
este nombre al Jefe de Junta ó Hermandad de distristo,
contra bandidos ó extranjeros sospechosos.
sofocación, sofoco, n., el acto de sofocarse ó de disgus-
tarse ó apasionarse vivamente.
sogueador, n., agrimensor.
soguear, a., medir con soga.
soguería, a., conjunto de sogas.
soguero, para indicar que uno desaprende ó se empeora,
se dice que anda hacia atrás como el soguero,
sol de caracoles, n., el de poca fuerza y color siniestro,
que generalmente sale durante la lluvia ó poco después
de ella, sin que haya escampado.
SOlanar, a., solana.
solape, n., entre carpinteros, la parte de una pieza que
monta ó apestaña sobre otra.
solar, la porción que queda de la parva trillada en la era,
por no ser fácil recogerla.
soldadera, n., ramera; en latín sol dataria. -—Incluida esta
palabra, por haberla leído en documentos aragoneses y
no en el Diccionario de la Academia, debemos sin em-
bargo advertir, que después la hemos visto usada en el
Concilio toledano de 1324.
solio (celebración de), n., reunión ó sesión solemne de
los cuatro brazos de las Cortes aragonesas, en que se
sancionaba lo acordado en común ó por medio de los
comisionados reunidos de cada brazo.
S 313
somardón, marrullero; reservado; egoísta; poco comuni-
cativo.
somarrarse, d., adherirse un guisado, á las paredes déla
vasija.
somera, jumenta, según un moderno Glosario: otros lo
aplican al burro y burra: es catalán puro.
somarro, n., carne asada.
somontano, n., el terreno colocado á la falda de alguna
cordillera, como el de Moncayo.
sondormir, n., dormir con sueño ligero.
sonsonear, susurrar (en Fonz).
sopa, n., se usa en la frase d sopas hechas, para indicar
que se ha llegado cuando todo estaba dispuesto ó con-
cluido.
sopapo, d., revés.
sopas, d sopas hechas, llegar cuando una cosa está ya
terminada.
sopero, n., especie de babero 6 pañizuelo que se pone á
los niños al pecho, en equivalencia de la servilleta.
SOpeta, episperma alar de la semilla de ciertos árboles ó
sea hojuela que cae con la flor en la primavera: || coger
con sopetas^ tomar á uno, como suele decirle, con el
hurto en la mano.
soportales, portales; galería que forman las fachadas de
una línea de calle ó plaza.
soslevantado, equivale á solevantado 6 soliviantado, que
ahora se usa mucho y que sin embargo no incluye la
Academia: en Ordinaciones de Pedro IV, el versículo
del salmo i3o, Domine non est exaltatum cor meum ñe-
que dati sunt oculi mei, se traduce, Señor, non se es sos-
levantado el mi coraron, nin los mis güellos ne se son
engullidos,
SOSmesos, n., vasallos; léese en muchos documentos y
es de los vocablos aragoneses reunidos por Blancas.
sostobar, sotobar, d., mullir.
sota, a., mujer deslenguada y sin vergüenza.
SOta-cemilero, n., empleado real, dependiente del sobre-
acemilero.
SOtera, una de las varias clases de azada, que se emplea
ordinariamente, en entrecavar: hay también sotero, so-
terico, etc.
314 T
sudadero, n., bache 6 cubierto en que se encierra el ga-
nado, para pasar desde él las reses al esquiladero: la
Academia lo incluye como provincial de Extremadura,
pero indicando ser el mismo esquiladero.
sudar, n., en las expresiones, sudar pe\ coca^ sudar el
quilo, significa, sudar copiosamente. — Se usa mucho la
frase: más vale sudar que estornudar,
sueldo, a., moneda imaginaria de ocho cuartos.
sufrienza, n., véase rupias.
sufrido, refrito ó muy frito.
sumsido, n., lo mermado y aun seco, por la acción del
calor ó la del tiempo.
sumsirse, n., encogerse; reducirse en volumen; general-
mente, se dice de los comestibles.
Superlevador, n., caplevador: lo interpreta el Glosario
del Memorial histórico español que publica la Acade-
mia de la Historia, en su tomo II.
suplicaciones, c, barquillos: se usa con preferencia en
Aragón y se ve empleada en las Ordinaciones de Pe-
dro IV.
surtida, salida, en sentido de acometida de los sitiados:
Sayas dijce, Leiva hace una surtida valerosa de Pavía.
surtir, salir en el sentido de esta frase, le surtió bien su
estratagema: \\ emprender un viaje; y algunas veces re-
tornar.
Susana, n., se usa en la írasQ^ subírsele á uno la susana
á la cabera, para denotar que ha montado en cólera ó
que toma una resolución extrema: en Castilla, susano es,
lo que esta á la parte superior: en Navarra lo próximo
ó cercano.
sustitución compendiosa, n., la que participa de la vul-
gar y fideicomisaria, que son las tres que en Aragón se
conocen.
Tabaco, para condenar el que un niño se suba á mayores
se dice, hasta las pulgas toman tabaco.
X 315
tabanque, n., poyo ó macizo levantado á la altura de una
vara, en las puertas de algunas tiendas, sobre todo en
las abacerías.
tabarda, n., tunda.
tabelario, n., atabalero; timpanista; voz anticuada: léese
también tabelerio, tabularlo y taburario.
tabla, n., fondos públicos, sobre todo municipales: || car-
nicería: la Academia dice, mesa de la carnicería: || ta-
bla de acordar^ cartel, llamando á enganches.
tablaje, peaje.
tablajero, a., cortador público de la carne: Ha., practi-
cante del Hospital: || n., caballero de los que tiraban al
tablado; juego que consistía, en arrojar la lanza contra
unas tablas, atravesadas en palos derechos ó cuairones,
ganando premio, el que hincaba la lanza en el tablado ó
el que lo pasaba de claro en claro, como puede verse en
las Coronaciones de Blancas, el cual cita las reglas da-
das para este juego, por t\ fuero de Huesca de 1247.
tablero, c, mostrador.
tabullo, n., se dice, del que es rechoncho, fornido y tor-
pe en sus movimientos: otros dicen tabollo.
taca, p., mancha.
tafarra, d., atarre.
tafetán, se dice, como un tafetán^ por dejar suave una
cosa, ó dejar muy amansado ó convencido á alguno.
tafuría, n., género de tributo: escribíase también tafu-
rería.
tag:arino, morisco de Aragón, según Cervantes.
tajadera, a., compuerta para detener ó desviar el agua.
tsyo, n., tarea ó trabajo abundante: || n., sitio donde se
ha de trabajar, y así se dice, acudir al tajo: \\ n., taja-
da: de ahí, tome F., ese es buen tafo.
ta§;án, n., el resto de tronco ó vastago que queda en la
vid, cuando se le ha arrancado una parte: es voz local.
tala, d., tara.
tala-ceboUas, n., insecto de los hemípteros.
talar, n., ensuciar la ropa y aun cualquiera otra cosa.
taleg^azo, d., costalada.
taleguera, n., ^cereza, de carne más dura que la ordinaria.
talla, a., tara ó tarja.
tallador, n., en una carta puebla^ concedida por los mon-
316 X
jes de Veruela, interviene el que desempeñaba ese cargo
ú oficio en el Monasterio, año i238.
tamborinazo, n., tamborilazo; tamborilada; caída; golpe.
tan y mientrec, entretanto ó mientras tanto; voz local.
tana, en la frase, hacer á uno la tana, por contrariarle,
dejarle burlado ó perjudicado.
tañar y tañar, curtir.
tanda, n., el arriendo de finca urbana , correspondiente á
seis meses, desde San Juan á Natividad ó viceversa.
tañerías, tañerías, n., tenerías. — Latassa usa, tañerías.
tangió, p., tanganillo; tángano.
taño, d., nudo en la madera.
tañado, n., boto sin pez, de que usan los pastores.
tañedero, n., zanja que se hace de árbol á árbol, cuando
se quiere regar éstos y no, todo el campo en que están
plantados.
tañerse, n., afeitarse; en algunas localidades.
tapa-conde, sencillo juego de niños, que consiste, en for-
mar una especie de tortilla de lodo y arrojarla con fuer-
za sobre el suelo, para que produzca una detonación.
tapara, a., alcaparra; alcaparrón.
tape, tapón; tapa.
tapia, n., se usa en la frase, sordo como una tapia^ para
ponderar la extremada sordera de alguien.
tapices de tierra, n., alfombras, según Blancas en su /«-
dice de vocablos aragoneses.
taquinerO; a., jugador de taba.
tardada, n., el fin de la tarde; el anochecer.
tardano, c, tardío. — Varía un poco déla significación de
tardío y siempre convienen las dos palabras; una para
expresar lo absoluto y otra lo relativo.
tarde, a., las primeras horas de la noche.
tarea, n., la de chocolate es, generalmente, la cantidad de
cuarenta y ocho libras, si bien puede ser mayor ó me-
nor. En Castilla, tarea ^ es la obra que ha deshacerse en
tiempo dado.
tarja, pieza de cobre de dos cuartos ó cuaderna: la Aca-
demia la admite como provincial.
tarquín, c, cieno en el fondo de las aguas estancadas.
tarrancazo, tarranco, tarrancho, d., garrancho.
tarrando, astilla pequeña de madera.
T 317
tartir, n., chistar; respirar: se usa casi siempre, con ne-
gación; p. ej., cayó al suelo sin tartir; le reprendió de
manera^ que le dejó sin tartir.
tarumba, n., se usa en las expresiones, volverse uno ta-
rumba j etc.^ para manifestar que se le ha confundido,
anonadado, mareado ó aturdido.
tastar, d., probar; gustar; catar.
tástara, a., hoja gruesa del salvado.
tastarín, cata del vino: se usa en la frase, dar tastarín á
la cuba.
taste, n., acción de probar una cosa, para conocer si gus-
ta ó está en sazón.
tastinado, n., requemado; socarrado: la Academia admi-
te la palabra tasto^ en sentido de mal sabor de las vian-
das pasadas ó revenidas.
tasturro, n., tostón, en la acepción quintade la Academia.
tato, a., el hermano menor. — Se da este nombre á cual-
quier niño, y también á las criadas ó nodrizas ó niñe-
ras, con relación á él.
teba, hacia; voz usada en Fonz, según D. Joaquín Moner.
teda y treda, tea.
teja de agua, n., la cuarta parte de una fila, como en
Navarra.
tejedera, n., insecto del orden de los hemípteros,
tejedor, tejedera.
tejillos, techo.
tejugo, n., tejón.
telada, n., se dice de varias personas, que son de una te-
lada, para denotar que pertenecen á una misma banda,
círculo ó pandilla, ó que conforman en gustos y opi-
niones.
telero, a., cada palo en las barandas de los carros ó ga-
leras.
tema, n., cuartilla de papel: es en este sentido, femenino.
templecillos, las cuñas ó zoquetes en que se templa el
aliviador^ en los antiguos molinos harineros.
tempranillo, n., fruto temprano: |I tempranilla, uva tem-
prana.
tenaja, n., tinaja: vemos usada aquella voz, en Castillejo,
edición de D. Ramón Fernández (que se supone ser
Estala).
318 T
tendero, n., el que tiene tienda de aceite y vinagre y de
algunos efectos comestibles y coníbustibles.
tenencia, n., seguridad ante el juez ó señor por enemigos
ó partes contendientes: voz anticuada.
tensino, habitante 6 natural del valle de Tena, en los Pi-
rineos.
tentón (Á), n., á tientas.
tercenal, a., fascal de treinta haces.
tercerol, n., el que se distingue, en la procesión de Vier-
nes Santo, por su túnica negra y su antifaz, que tam-
bién usan los Hermanos de la Sangre de Cristo, y sobre
todo los de la Orden tercera, de donde procede aquella
palabra.
terciar, c, dar la tercera reja á la tierra,
terminado, mirador, en el último alto de un edificio: úsa-
se en Teruel.
terna, n., el ancho de la tela; y así se dice, una sábana
de dos ternas; un vestido de seis ternas.
ternasco, d., recental.
ternices, d., gusanillo que produce la carne, cuando em-
pieza á podrirse.
terno, n., terna
terreta, n., el país ó la patria, á que uno se refiere, cuan-
do está ausente.
terretiemblo, n., terremoto. — En Murcia terretremo,
cuya palabra también se ve usada en las Ordinaciones
de Pedro IV. — D. Agustín Alcayde, historiador de los
Sitios de Zaragoza, refiriendo la explosión del almacén
de pólvora del Seminario dice: al estrépito y terre-
tiemblo, todos los habitantes salieron desjpavoridos á la
calle.
terrizo, n., lebrillo: la Academia admite ese como adje-
tivo equivalente á terreo.
teruelo, a., bolita en cuyo hueco, va el nombre ó número
de los que entran en suerte.
terzón, na, a., novillo de tres años.
terzones ó tarzones, los seis partidos en que estuvo di-
vidida la Val de Aran, territorio de siete leguas en cua-
dro, entre Gascuña y Benasque: así lo dice Zayas en
sus Anales, ySS.
tesa (regar á), regar, sin represar el agua.
T 319
testarrazo, n., trompazo; golpe; en Castilla, testarada^
golpe con la cabeza.
testarro, n., mueble ú objeto que, por estar viejo 6 in-
completo, no tiene utilidad alguna: || n., persona enfer-
miza 6 inútil que no está para ninguna empresa.
testifícata, a., testimonio legalizado por escribano, en
que se da fe de alguna cosa.
testinia, casco de madera de los guerreros francos.
tetar, n., mamar: en Castilla significa al contrario, dar
el pecho, lo mismo que atetar. — Raynouard cita estos
versos, tomados de un poema á la Magdalena:
Vi V enfant estar
á la costa de sa maire
é las tetinas tetar.
teti-cie§a, n., se dice de la oveja ú otra res, inútil de una
teta.
tiberio, n., bulla; escándalo; confusión; desorden.
tiemblo, n., rama de cierto árbol, á propósito para los
aros de los cuévanos.
tierra-blanca, n., la de sembradura, de cereales y toda la
que no es de arbolado.
tierra-moriega, a., la que perteneció á los moros.
tiforte, el propenso á molestar á los demás con imperti-
nencia.
timba, n., juguesca; comilona ó cualquiera diversión tu-
multuosa: hemos leído esa voz, en algún autor caste-
^ llano contemporáneo.
timbre, yelmo con cimera, según Blancas, en Coronado-
_ nes, pág. 90.
tintar, n., tomar tinta; mojar la pluma en tinta.
ting;lado, d., tablado que se arma alto y á la ligera.
tina, n., buena suerte, principalmente en el juego: voz
^ familiar, como su derivado tinoso.
tío, se usa en la frase, no hay tío páseme el río, para in-
dicar, que no valen excusas ó que no hay que esperar
perdón.
tiorba, n., vasija para recibir las aguas mayores y menores
_ de los enfermos, que no pueden incorporarse en la cama.
tipitear, n., andarse en dimes y diretes, barajarse de pa-
labras: poco usado.
320 T
tireta, a., tira de piel sobada, que sirve para ajustar al-
gunas prendas del traje.
titada, d., monería; acción afeminada; remedo imperti-
nente.
tito, n., sillico.
toba, n,, cueva rasgada entre peñascos: viene á significar,
lo que la voz soba del Diccionario de Peralta.
tobo, d., hueco; mullido.
tocaparte, n., la porción que corresponde á cada uno
de varios perceptores ó habientes-derecho: 1| n., d la
tocaparte, modo adverbial que significa áprorrota ó á
partes iguales, según los casos.
tocar, n., empezar á rastrear el galgo: en la frase tocar»
selaSf significa marcharse disimuladamente, por sor-
presa; tomar las de Villadiego.
tocata^ n., sonata: Un., tunda.
tocino, n., cerdo; puerco.
tochar, a., cerrar la puerta con un palo redondo.
tocho, a., cachiporra.
tocón, arbusto en San Juan de la Peña, aunque no puedo
asegurar si es, como en castellano, la parte del árbol
que queda en pie después de cortado.
tollaga. n., planta; erizo: llámase también toyaga.
tongada, c, capa de tierra: || d., paja alternada en fruto:
\\n., en una tongada^ de una vez.
toni, n., estúpido; tonto; insustancial.
tontín- tonteando, n., haciendo la desecha; afectando
bonhomia; obrando á lo simple. — Hay maneras pare-
cidas en otros verbos, como cojín- cojeando (después lo
he visto en una zarzuela, creo que de Serra), malin-
maleando, á cuyo aire hemos leído en francés clopin
clopant, cahin caha, etc.
tontina, tontera; tontuna; tontería.
tontón, n., aumentativo de tonto, que no incluye la Aca-
demia, y que leemos en las décimas contra el P. Isla
(véase asnadaj, en donde se dice:
que no es lo mismo, tontón,
que no es lo mismo, panarra,
satirizar á Navarra
que predicar á Aragón,
X 321
tontusco, n., despectivo de tonto.
toña, d., pan grande.
toñina, n., paliza; zurra; tunda. — La di una tollina feroj,
dice Serra en Lu\ y Sombra, voz que no trae el Diccio-
nario de la Academia de i832 y^ sí el de 1869.
topiquero, en los Hospitales civil y militar de Zaragoza
se llama así á los practicantes que aplican remedios ex-
teriores.
toquitear^ n., diminutivo ó atenuante de tocar y aunque á
veces tiene carácter de frecuentativo: también toquinear,
tormo, d., terrón de tierra ó azúcar.
tornsdlo, porción de tierra destinada á una especie de
plantas y que se riega aparte.
tornizo, n., castrón, mardano ó padre mal castrado.
torno, n., el que sirve en los carruajes para dificultar su
movimiento en las bajadas.
toro, toro de fuego, que aquí llaman de ronda, dice el
Dr. Antonio la Iglesia en una Relación de fiestas que
hizo Epila á su señor, el Conde de Aranda.
torre, p., quinta; granja; carmen; casa de recreo en el
campo. — En Carta-puebla de Ejea, 1 180, ya se decía et
illa TORRE de Escoron, non habel nisi sexjubottas,
torrero, colono ó encargado de una huerta ó granja.
torta cañada, n., panecillo.
tortera, n., vasija de barro en que se sirve la sopa, los asa-
dos y aun las verduras y otras viandas: en Castilla tiene
significación mucho más concreta.
torzalillo, n., torzal delgado; torzadillo.
toza, a., chueca ó trozo que queda á la raiz del tronco.
tozal, a., monte; collado; lugar algo eminente.
tozar, a., topar ó dar el carnero con la cabeza: || a,, por-
fiar neciamente.
tozolada, c, tozolón; golpe en la cabeza.
tozudo, c, testarudo; terco; obstinado; tenaz.
tozoludo, testarudo.
tozudear, porfiar demasiado y obstinarse testarudamente
en una cosa.
tragacantos, n., alquitira; tragacanta.
trallo, d., cuartón; rama gruesa de árbol.
trancada, a., trancazo.
tranco, n., se usa en la frase á trancos ó barrancos, que
n
322 X
significa lentamente, con trabajo, con dificultad; echan-
do mano de todo arbitrio.
tranza, a., trance ó remate en lo vendido á pública licita-
ción.
tranzar, a., rematar.
trapal, d., paño tendido al pie del olivo, para recoger en
él la aceituna que se arranca.
trapaleta, n., diminutivo de trápala: || n., persona que
charla demasiado.
trapera, n., herida, de más anchura que peligro.
trasca, d., pellejo grande de buey.
trascolar, d., trasegar.
trascón, d., pescuño ó cuña para apretar la reja, la este-
va y el dental.
trasmudar, a., trasegar.
traspontines, a., colchones: usa, entre otros, esta palabra
Fabio Gilmente, en sus Escarmientos de Jacinto.
tratadores, n., los diputados nombrados por cada brazo
para conferenciar entre sí y con el rey, sobre los puntos
allí tratados y que habían de recibir su aprobación y
sanción definitiva.
trasmudador, n., el que se dedica al oficio de trasegar.
trasmudar, a., trasegar.
trasnochar, n., hurtar.
traviesa, n., paradero de tablas, estacas, cañas, etc., para
contener ó desviar el agua.
trazas, n., sustantivo aplicado, siempre en plural, al ha-
zañero que es todo apariencias: úsase también en sus
diminutivos, trabillas y tracetas.
trazo, n., despojo de res perdida.
trecén, se dice del madero que tiene 26 palmos ó poco
más de longitud.
tremedal, d., páramo; montes despoblados.
tremoncillo, d., tomillo.
trena, d., trenza: || a., bollo ó pan de esa figura: 1| n., me^
ter en trena, sujetar á uno, reducirle á razón. — Ayala,
en el Rimado de Palacio, parece indicar adorno de
vestido, como faja, galón ó lazo, en los versos,
Pero si diese un panno de Melinas con sus trenas
Valerle ha piedat.
T 323
trencha, d., pretina.
trenque, n., postigo: así hemos visto explicada la etimo-
logía de la calle que conserva aquel nombre en Zarago-
za.— En Murcia, defensa ó reparo de los ríos.
trenzadera, a., cinta de hilo. — Para decir, ¡qué borra-
chera trae!, se dice, ¡qué tren:{adera! ó ¡qué alpargata!
treudero, n., lo que está sujeto al pago de algún treudo
ó canon.
treudo, n., pensión anual, de suyo irredimible, en reco-
nocimiento directo de una cosa dada en tributación ó
eníiteusis fCestis, lo). — La Academia, que en 1822 le
daba equivocadamente la significación de catastro, en
las últimas ediciones define mejor, aunque no del todo
bien, tributo ó canon enfitéutico.
treznar, a., atresnalar.
tría, n., huella ó carril que abren en los caminos las rue-
das de los carruajes.
triado, n., el camino que tiene trías: || n., camino muy
frecuentado: |I n., asunto ó materia que se han des-
envuelto muchas veces; y en este sentido es sinónimo de
trillado.
triar, n., formar carril ó tría: |I n., triarse, torcerse ó
agriarse algún plato de leche.
tribunal, n., el de los die^ y siete ^ formado del seno
de los cuatro brazos, juzgaba á los lugartenientes y cu-
riales.
tributación, a., enajenación de bienes raíces que trans-
fiere el dominio útil, pagándose por el directo, cierto
treudo: \\ d., reconocimiento de los límites concedidos á
la Mesta.
tributar, a., poner mojones en los límites señalados á la
Mesta.
tributo, a., catastro.
tricallón, palo unido á las cuerdas y al objeto que ha de
arrastrarse.
trifulca, n., gran bulla; diversión; contienda; inquietud ó
movimiento.
trincar, a., saltar; correr; dar muestras de contento.
tríng^ola, campanilla de cabestro: Ij d., campanilla de las
habitaciones, en Barbastro.
trinquis, trago: en^alemán, trinken, beber.
324 T
tripas, se usa en la frase, hombre de tripas para designar
al que es valiente en todo, y en la de hombre de malas
tripas^ para indicar al que es cruel ó vengativo.
triplica, a., réplica á la segunda contradicción de la parte
contraria.
triplicar, a., responder en juicio á la duplica ó segunda
contradicción.
triunfa, patata: aunque nosotros no hemos oído esta voz,
la incluimos, por ser el único aumento que, sobre la
primera edición del Diccionario Aragonés de Peralta,
hemos observado en la segunda, la cual se imprimió en
Palma en i853, si bien á nuestras manos no llegó, hasta
después de publicado por primera vez, este nuestro. —
Otros trunfa.
trompichón, d., perinola.
tronador, n., juguete de los muchachos, que consiste, en
un pliego de papel, cuyos pliegues se sueltan de pronto
y producen una detonación.
trónlirón, calavera: tronlironada, calaverada.
tronzado, n., cansado; tullido, á consecuencia de una
marcha penosa.
tronzarse, n., resentirse; fatigarse por el demasiado ejer-
cicio.
trubiano, en lenguaje jitanesco significa, aragonés, según
vemos en la Corona poética de A^ara, pág. 700.
truca, trueque.
trucar, d., golpear á la puerta: || cambiar: barbarismo
derivado de trocar,
truco (decir), n., úsase en la frase, como si dijeras truco
y en sus equivalentes, para indicar, que una persona no
consigue nada de otra: [| n., esquilón que se pone al ma-
cho cabrío de mejor apariencia, para que sirva, con los
que llevan los cañones, como guía del rebaño.
trujal, a., lagar.
trujaleta, a., vasija para recibir el vino del lagar á las
cubas.
truqueta, n., esquila ó truco de menor volumen, que sue-
le ponerse á algunas ovejas.
tuberas, túferas, d., especie de criadillas de tierra.
tullina, n., tunda; tollina.
tumbarro, n., en unas apasionada^ octavas contra las
U 325
Conclusiones de Economía política, sostenidas en lySS,
bajo los auspicios de la Sociedad aragonesa, se lee,
Genovesí el tumbar roj^ otros tales
en significación de mandria ú otra parecida.
turra, n., ave que frecuenta la laguna de Gallocanta y que
Asso llama desconocida.
turruntela, capricho repentino; propósito extravagante.
u
Ultramarino, n., del tronco materno: lo hemos visto usa-
do con alusión á los bienes, en lenguaje forense.
unidad, n., unión (fuero de la).
unido, n., el que firmaba ó se alistaba para sostener los
fueros, invocando el Privilegio de la unión.
unión, n., privilegio que consistía, en firmar los nobles,
y á veces la familia real y aun el rey, para permanecer
en estado de insurrección, hasta que, reunidas las Cor-
tes, se diese satisfacción al reino de las ofensas hechas á
los fueros: fué confirmado por Pedro III y Alfonso III
y abolido por Pedro IV.
universidades, además de las usuales acepciones, se halla
alguna vez en sentido de Ciudades; y la verdad es, que
el brazo de las Universidades se componía de represen-
tantes de los pueblos de voto en Cortes, que eran en ge-
neral Ciudades.
untada, n., rebanada de pan mojada en aceite, manteca
ú otra sustancia análoga.
untamiento, n., unción; vocablo declarado aragonés por
Blancas,
untura, manteca: se lee en el zaragozano Ebn Buclarix.
usajes, n., derecho consuetudinario, pero elevado á ley,
constitución, ordenanza, fuero ó privilegio.
usín, husín, nieve menuda, traída por el viento norte: su
uso en el Alto Aragón.
826 V
uva, a., racimo de uvas: || n., como una uva^ expresión con
que se denota la muchedumbre de personas ó de cosas
semejantes, agrupadas en poco espacio, como los granos
en la uva. || Uva de quiebra tinaja, variedad de las uvas
rojas, así como la argelina y otras. Uva canina, uva de
zorra ó raposa.
Vacario, vacuno.
vag^ar, n., se usa en la expresión, vagar te puede, para
significar la facilidad ó disposición para alguna cosa: [f
n., también se usa en frases como estas: j-a te vagará
jugar por la tarde; harto te vagará estudiar, cuando
entres en el colegio.
vago, a., erial; solar; vacío.
vaina de ciervo, cuerno de venado: úsase por Ebn Bu-
clarix, según informes.
vayillo, n., cacharro: la Academia define, como provin-
cial, bajillo, cuba ó tonel.
valenciano, ligero, versátil ó falso.- [| alegre ó chillón de
colorido.
valentor, n., valor, estimación ó precio; y así se dice, va-
lentor de un real; valentor de un alfiler.
valenza, n., parece significar, valentía, denuesto, riepto
ó desafío, á juzgar por las palabras de Cuenca que, re-
firiendo antiguos privilegios, dice, el pechero que hiciere
VALENZA á caballero^ no siendo pariente en cuarto gra-
do, pierda caballo y armas» Tiene alguna conexión con
la voz soberbia^ usada en t\ fuero de Sorauren (Nava-
rra), en donde dice, que ningún Señor les hiciere sober-
bia, esto es, agravio ó violencia.
valerse, n., tener valor alguna cosa, y así se dice, este año
se vale mucho el trigo.
valones, c, calzones.
vara, n., látigo; zurriago: se toma la parte por el todo.
varear, n., ahuecar; esponjar; mullir la lana de los colcho-
V 327
nes: || también se dice palear, y aunque ambas voces
están explicadas por la Academia, lo están de un moda
general.
vareador, n., el que tiene por oficio varear la lana.
varello, n., val pequeña.
irasallerío, n., derecho sobre los vasallos y condición de
los vasallos, ó sea vasallaje. — Soldamos de fe de
VASALLERio é de todo otro cualquiere deudo de que vas-
soy lio ó nutural deue, etc. (Códice de la UniónJ.
vasallos de parada, n., los que daban tributos persona-
les á los ricos-hombres: trata de ellos Cuenca, en su
obra de este título. Los había también, de contrato^ co»
lla^os^ etc.
vasallo de signo servicio, los collati tendelli (collazos)
ó adscriptos á la gleba, ó colonos adscripticibs, ó colo-
nos enfeudados, que, insurreccionados, y abolido ese
estado antes de 1436, quedaron vasallos de parada ó de
contrato: eran hasta divisibles en las herencias y sujetos
al derecho de vida y muerte, si bien se redimían cuando,
heredando ó viviendo fuera de los fondos alodiales W.
vasillos, n., ombligo de Venus; planta.
vaso de agua, n., llámase censo del vaso de agua, el
que consiste en el 5 "/^ del capital (antes el 10) por cada
enajenación; no pudiendo hacerse ésta, sin consenti-
miento del censualista.
vedado, laringe ó cavidad entre la glotis y la epiglotis.
vedalero, n., cada uno de los dos ministros, elegidos por
el Capítulo general de Ganaderos de Zaragoza, para
desempeñar las ejecuciones, embargos, visitas y otras
diligencias judiciales. En Navarra tenían el mismo nom-
bre los guardas de los campos; y hoy se conserva en
Agredas el de vidaleros.
veguer, a., juez ó alcalde de un partido ó territorio.
veía, p., toldo de tela burda y consistente: || n., especie
de quitasol de grandes dimensiones, que se fija en tie-
rra y sirve para preservarse de la intemperie, los ven-
dedores ó feriantes.
(1) De todo esto diserta largamente, con su habitual erudición y co-
rrecto lenguaje, el Sr. Lasala, en su Examen histórico foral.
328 V
veUutero, p., oficial que trabaja en seda.
vencejo, cuerda, generalmente de esparto, procedente de
vinculum. — Admitida esta palabra por la Academia,
como española, debiera omitirse aquí, según nuestro
sistema; pero la incluimos, fundados en que D. Floren-
cio Janer, al explicar y glosar aquel verso de Berceo,
aleáronlo de tierra con un duro vencejo , hace notar que
esta palabra, se conserva hoy en Aragón, lo cual indica,
que es fuera de aquí, una voz desaparecida.
vendeduría vendería.
vendema, d., vendimia.
vendería, a., puesto público ó tienda en donde se vende
alguna cosa.
venera, a., hilada de piedra ó ladrillo en las acequias, que
colocada de trecho en trecho, sirve de señal á los que
hacen las limpias.
ventano, n., ventanico ó ventanillo, según la Academia,
que sólo admite estos diminutivos, pero no su respec-
tiva voz radical.
vera, p., orilla.
verdad, se dice en sentido de eternidad ó de la otra vida,
pues hemos oído frases como ésta; le hallé inmóvil, sin
color, sin pulsos y creí que ya estaba en la verdad.
verdasco, verdusco, verduzco, d., látigo de cuero ó
rama de árbol.
verde, en plural significa los altalces, maíces, etc.; y así
se dice, aludiendo á ellos: este año han pintado mal los
verdes.
verde y seco, indica la totalidad de una fortuna ó una co-
lección; p. ej., derrochó todo lo que tenta^ verdey seco.
Beltrán de Born acusa á Alfonso II de Aragón, de arran-
car la Provenza á su hermano Sancho y dice,
Pucis ab cor du\
Quan n* acpres lo vert é V madur\
que Mr. Millot traduce así,
Apres en avoir tisé le vert et le sec,
lo cual parece indicar, que este modismo era también
francés.
vereda, n., cada uno de los nueve distritos, en que se di
V 829
vidía el reino de Aragón, para el efecto de hacer la
cuestación ordinaria, en favor del Hospital de Zarago-
za.— Se hacía y todavía se hace, en favor de las obras
del templo del Pilar de Zaragoza, suspendidas desde el
siglo pasado y en nuestros días reemprendidas con vigor.
veredero, el encargado de esa cuestación.
verg^anto, véase berganto: se escribe mejor con v, co-
rrespondiendo á su etimología.
verguer, verguero, a., alguacil de vara; macero.
verguizo, véase ramulla.
veta, d., trenzadera ó cinta de algodón: || d., hebra de hilo.
viaje, n., vez; y así se dice, este viaje no puede serviros:
es voz del vulgo y tiene, como se ve, bastante mas lati-
tud, que los significados de la Academia.
vías pastoriles, n., las señaladas, en general, para tras-
humar el ganado.
vicera, n., adula: úsase también en Navarra: en Castilla
bicerra^ es cabra montes y vecera^ hato de puercos ú
otros ganados que van á la vez; así como veceriay ma-
nada de ganado, por lo común porcuno, perteneciente
á un vecindario. — Vecero está usado por muchos, en-
tre otros por Berceo, en sentido de cosa que se hace
por turno ó persona que la hace.
vicios (dar), a., mimar.
vicioso, a., mimado; educado con demasiada libertad.
vidarria, n., hombrecillos; planta.
vieda, prohibición de saca de ganados, granos y otras
mercancías, fuera del reino: los diputados, en las Cor-
tes de Monzón de i528, pidieron hacerlas ellos, pero se
contestó que eso era regalía (Dormer).
villabarquín, berbiquí: es de uso general y exclusivo en
Aragón, adonde lo trajeron los franceses, en la inva-
sión de 1808 y por ello conserva un nombre, tan pare-
cido al de vilebrequiriy con que aquéllos le conocen.
villanos de parada, n., llamados de convención 6 conve-
nio, por el que hacían de servir á los infanzones, sin
poseer nada propio. Pestilente y miserable condición,
como dice el obispo Vidal de Canellas: eran adscriptos
á la gleba ó al terruño, y equivalían, según Ducange,
á los collati iendelli ó collaterii.
villero, n., pueblo de corto vecindario; tal vez sinónimo
330 V
de pillorrio, pero sin carácter despectivo, y probable-
mente, mayor que la aldea y aun el lugar, al cual pre-
cede en el Códice de los /f. de la Unión, en donde se
habla mucho de las ciudades; villas, villeros, é luga-
res de la jura de la dita unidat.
vinatera, ñ., insecto del orden coleóptero.
viñaruela, gramínea agreste, llena de sutiles púas.
viñuégalo, n., guarda de las huertas.
viola, a., violeta; alhelí.
violado, a., pensión que lleva al convento el que profesa:
II n., pensión que se asegura á uno por toda su vida,
mediante la cesión que éste hace de su hacienda ó parte
de ella. Las cuales tienen á violario ricoS'homesy meS'
naderos, dice un documento antiguo; sin duda, indi-
cando, que cuidaban de su conservación ó sustento.
vislay (al), n., de soslayo.
vistraer, d., desembolsar: |I d., sonsacar: || n., pagar ó sa-
tisfacer una cantidad: en este sentido, que es casi igual
al de desembolsar, usan de aquella palabra, las Ordi-
naciones de la Casa de Ganaderos de ¿aragoza, promul-
gadas en i8o5; á las cuales hemos acudido para com-
probar algunas palabras de ganadería, si bien allí no se
hallan, todas las de nuestro Diccionario.
viudedad, a., usufructo que sobre los bienes del cónyuge
finado goza el superviviente, mientras continúa en la
viudez.
vizalero, d., dulero.
voceador, n., pregonero. En algunas partes se le llama
también vocero, palabra con que por otra parte se de-
signó al abogado en Castilla y en Navarra.
volada, d., ráfaga de viento.
volandera, n., se dice de la firma común, por su mucha
generalidad, pues comprende todos los jueces y todos
los casos: || la firma volandera del Justicia tenía ejecu-
ción privilegiada.
votador, caja ó urna para recibir los votos. En los Gestis
de la Universidad hay un inventario de ornamentos y
joyas en 1698, en el cual consta un botador de plata.
vueltas, d., techo; bóveda.
vulcar, d., volcar.
vulturino, d., nasa de pieles para pescar.
S31
X
Xapurcar, a., revolver el agua ú otro líquido: dícese más
bien chapurcar.
xarro, a., véase jarro.
xía, a., chía; insignia de la magistratura: ant.
xinglar, a., gritar con regocijo.
Yaya, n., abuela: también es muy frecuente, sobre todo
entre los niños, designarla con el nombre de lola, que
no incluimos.
yerba, n., alfalfa: se toma el género por la especie.
yerba del pico, n., j^lanta.
yerba corxonera, hipérico.
yerba de pordioseros, n., planta.
yeso, a., usase la expresión lapar de y eso y y significa, cu-
brir de yeso una pared, bruñéndola con la paleta.
yunta, p., yugada.
Zabacequias, d., el que cuida de los turnos en el riego y
de multar á los que contravienen á los estatutos ú or-
denanzas.
332 Z
zabalmedina, n., zalmedina: lo hemos visto escrito de
esa manera, en algunos documentos manuscritos, y Du-
cange habla de él, usando además los nombres de {ahal-
mediría y salmedina y cephalmedina: en un Privilegio de
Pedro II, en favor de los Jurados de Zaragoza, se lee,
ca:{almedina.
zaborra, d., piedra pequeña: tiene alguna conexión con el
saburra latino y sorra español, que significan la arena
gruesa con que se lastraban las embarcaciones: || piedra
sin labrar.
zaborrero, d., albañil que trabaja con zaborras: I| d., poco
diestro en algún oficio.
zaborro, n., aljezón.
zaburrero, d., zaborrero.
zafareche, a., estanque.
zafariche, a., cantarera ó sitio donde se ponen los cán-
taros.
zaforas, zaforoso, n., persona desmañada, sucia ó
torpe.
zafrán, n., azafrán; así se lee en nuestros Fueros^ pero
en castellano sólo se usa, como licencia poética.
za§0, después: también :{aga. En acto público del no-
tario Beneded, i283, se lee, entraron en la Iglesia zago
de él; é los sus enemigos zaga del,
zag^ones, calzones de piel, que sólo cubren la parte ante-
rior: úsanlos los pastores. ^
zagueramente^ n., últimamente: también se dice la ^a-
güera ve:^^ cuya significación es aproximada á la de la
Academia.
zalacho, andrajo: se aplica despectivamente, á las per-
sonas y se dice también, poner á uno como un ^^a-
lacho.
zalear, d., manosear ó deslustrar alguna cosa,
zalmedina, a., en lo antiguo, alcalde ó magistrado con
jurisdicción civil y criminal: era Juez ordinario de Za-
ragoza y para el desempeño de su oficio, que era anual,
tenía un asesor. Algunos equiparan este cargo, al de
Censor en Roma: || d., era en lo antiguo el alcaide de
las cárceles; y hoy, aquel preso que por sus circunstan-
cias, es nombrado para cuidar del orden interior, en
Z 333
cada estancia: — viene de Cadi juez y Medina pobla-
ción (1). (Véase Nougués, AljaferíaJ.
zalmedinado, n., dignidad y oficio del zalmedina, en su
primera acepción.
zamarrazo, n., golpe con palo, correa etc.: || n., desgracia
que uno sufre en su salud, su carrera ó su fortuna; y
así se dice de uno que ha quedado cesante, hoy le ha
llegado el :{amarra:{0 ó ramalazo: también vemos usa-
da esa palabra, en unas quintillas, escritas con motivo
de las oposiciones verificadas en Zaragoza, para llenar
la vacante del catedrático P. Raulín.
zamueco, n., mostrenco; majadero; drope.
zancochar, d., guisar con poca limpieza; en Castilla sal-
cochar: II d., revolver, desgobernar.
zancocho, d., empandullo.
zang^uilón, n., muchacho desproporcionadamente alto: |1
n., joven inútil y ocioso.
zanquil, manquil, n., zurriburri.
zapatero, n., en algunos juegos, el que no hace tanto 6
baza.
zapo, n., sapo: || n., persona desmedrada, torpe ó desma-
ñada.— Rosal dice, que los antiguos llamaban ^apo, al
sapo y :{apico, al hombre chico.
zaporrotazo, zapotazo, d., trompazo; talegazo.
zapos-quedos, juego de muchachos.
zaque, n., cuero en que se saca agua de los pozos, según
el autor del Diálogo de las lenguas, quien cita esa pala-
bra como aragonesa, diferenciando su significación de
la de Castilla, en donde vale tanto, como cuero de vino.
zaranda, d., fritada.
zaragoci, cierta especie de ciruelas, que la Academia tra-
duce, Ccesaraugustanus: en rigor, esta palabra, pura-
mente española, no debiera incluirse aquí, como no he-
mos incluido en su lugar, la uva aragonesa.
zarcillo, a., arco de cuba.
(1) Briz Martínez dice, que de zahal señor y metina ciudad, y añade
que era el vice-señor, que sustituyó al Señor ó Juez ordinario, y que ese
cargo fué instituido en Huesca por Pedro I, á raiz de la reconquista de
esa ciudad, agraciando con él y con grandes heredamientos, á Lope For-
tuniones (Historia de San Juan de la Peña, libro IV, cap. XIV).
334 Z
zarfe, n., criado que se toma en común, por personas^
que viajan ó pasan algún tiempo, íuera de su casa.
zarpa, n., se usa en la frase, andar á :(arpa la greña, en
significación de andar á la greña.
zarpear, n., equivale aproximadamente, á manotear y
manosear: |I n., echar la zarpa.
zarrabullo, n., revoltijo; conjunto desordenado de cosas
y aun de ideas ó palabras; úsase también en el misma
sentido, el verbo :(arrabullar.
zarrapastro, n., zarrapastroso; zarrapastron.
zarrias, manchas espesas de lodo ú otra suciedad, en los
bordes del traje.
zavalachen, Juez mayor de judíos y moros: úsala dort
B. Foz.
zerigallo, d., pingajo: || d., joven indiscreto, que presu-
me y se entremete más de lo que debe.
ziza, avispa: úsase en Borja y otros puntos,
zoca, d., choca.
zofra, n., tributo que se imponía antiguamente, en ú
reino de Aragón: || n., hacer "{ofra, trabajar para el
común ó á vecinal, en obras de construcción.
zolle, azolle: se usa también, como término de compara-
ción, para pintar una habitación estrecha y lóbrega.
zoque, d., tarugo ó tronco de árbol, sobre el cual se cor-
tan las carnes: I| tajo; tajador: || n., cepo para la limos-
na, en tierra de Biescas.
zorina, gallina con manchas blancas, en fondo canela.
zorra, d., \orra de carne, piltrafa.
zorriar, n., el supuesto Avellaneda, autor aragonés, según
la opinión común, usa de este verbo, en varios lugares
de su Don Quijote, pero siempre en boca de Sancho.
Una vez dice, porque áfe que me zorrian j^¿i las tripas
de pura hambre {P. V., cap. IV); y otra, había puesto
la escudilla sobre las brasas, de manera que me iba
zurriando por el estómago abajo (cap. X). Ambas
frases se compadecen bastante, con las definiciones de
:{urriar y \urrir, sonar ó resonar bronca y desapacible-
mente alguna cosa
zote, c., ignorante, lerdo.
zucrería, d., confitería; se halla excluida de la última
edición de la Academia, sin la justa causa, con que se
335
ha omitido :(udena^ que estaba en la penúltima, indu-
dablemente, por error tipográfico.
zucrero, n., confitero.
zuda, n., castillo, según Ducange.
zunce, n., plegado en la tela.
zuncir, n., fruncir; plegar 6 recoger el borde de cualquie-
ra tela.
zuriza, n., persona chismosa y mal intencionada, que in-
dispone á unos con otros: tiene también, pero un poco
ampliada, la significación de la Academia: || se dice ser
un \uri:(a^ al que es travieso ó aturrullado y mañero.
zuro, d., corcho: el corazón de la panoja.
zurraco, d., bolsón de dinero, y en general dinero muy
escondido.
zurrumbre, hedor que se exhala de algunos animales ó
de sus desperdicios.
[NJ OTAS
Pág. 2, nota; Mahomad Rabadán. Que la raza expulsada en 1609 y 1611,
cultivaba con fruto la lengua y la literatura de Castilla, pruébanlo mu-
chos trabajos esjcritos en castellano, con caracteres árabes; el Poema de
José y el del morisco á quien dio cuna Rueda de Jalón. Sólo Allah sabe,
según afirma en el prólogo el autor, el cuidado que éste puso, buscando
escripturas y papeles en diversos partidos y riberas del reino, que ya por
miedo de la Inquisición estaban perdidas y ofuscadas, para la labor de su
compilación, hecha en verso llano y apacible, porque con mas suavidad y
gusto se caulleven en la memoria cosas tan dignas de ser tratadas y memo-
radas Discurso de la luz y descendencia y linaje claro de nuestro
CAUDILLO Y bienaventurado ANAVÍ (1) MuHAMAD, COMPUESTO Y ACOPILADO
POR EL SIERVO Y MAS NECESITADO DE SU PERDONANZA, MuHAMAD RaBADAN,
ARAGONÉS, NATURAL DE RUEDA DEL RIO DE XaLON, REPARTIDO EN OCHO HIS-
TORIAS, Y MAS LA DISTINCIÓN DE LA LINEA DE IZHÁQ, PATRÓN DEL PUEBLO DE
ISRAEL. Va ASIMESMO añadida la HISTORIA DEL JUICIO, Y LOS AYUNOS Y AZA-
LAES (2) DE LAS DOCE LUNAS DEL AÑO Y LOS NOMBRES DE ALLÁH EN ARÁBIGO,
Y SUS DECLARACIONES ALCHEMIADAS (3). FuÉ COMPUESTO EL AÑO DE 1603 DEL
NACIMIENTO DE ISA (4). Tal cs el poema, de una extensión de doce mil
versos, en romance. El tallado de éstos es, árabe y musulmán, á pesar del
tono que le dan las alusiones á la mitología de la patria de Homero y
Hesíodo que contienen; y sus quilates poéticos no son escasos, pues hay
en sus páginas trozos tan bellos, cual la descripción de la mañana de la
boda de Hexim.
Dos ejemplares existen del poema de Muhamad Rabadán: el uno lo
posee la Biblioteca Imperial de París, y el otro , el Museo Británico. A
D. Eugenio de Ochoa le debemos una descripción de la obra del vate de
(1) Profeta.
(2) Plural de azala, que significa oración.
(3) Escritas en aljamia ó lengua de cristianos.
(4) Iga es, Jesús.
22
338
Rueda, cuya descripción se lee en el Catálogo razonado de manuscritos
españoles, que dio A la estampa en 1844 el eminentísimo literato; á Mor-
gan, el haberlo vertido á la lengua de Milton, en prosa y con libertad,
aunque incompletamente; y el haberlo publicado á Gayangos, al que
tenemos que agradecer noticias individuales acerca del manuscrito del
morisco aragonés y de muchos aljamiados, y quien, continuador de la
gloria de Casiri y Conde, vale no menos que Dozy y ha prestado con su
traducción de Makkari á Schack, una de las plumas de nácar con que
éste escribió su peregrino libro.
He aquí el contenido del poema, según el sabio exprofesor de la Uni-
versidad de Madrid.
Canto primero, en que se dedica este libro á sólo AUah, criador de
toda cosa.
Canto segundo, en el cual se cuenta la criazón y formación del mundo,
hasta la caída de nuestros primeros padres.
Segunda historia: habla del engendramiento de Siz, segunda parte de
la Luz, y los que de él descendieron hasta Noli.
Canto tercero: trata del diluvio de Noh, y pasa á la varonía de ia Luz
hasta Bráhim, donde se cumplió la segunda edad del mundo.
Historia de Bráhim: comienza desde su nacimiento, y lo que le vino
con el Rey Namerud.
Segundo canto de la historia de Bráhim.
Tercera historia de ídein.
Canto cuarto de la historia de ídem.
Canto quinto de ídem: cuéntase en este canto la línea de Izhaq, patrón
de los judíos y cristianos, y el asiento del pueblo de Israel.
Historia cuarta del discurso de la luz de Muhamad.
Historia de Hexim, hijo de Abdulmunef y bisabuelo de nuestro anaví
Muhamad.
Segundo canto de la historia de Hexim: trata la conclusión de su ca-
samiento la noche que envió Hexim á su hermano Almutálib á visitar á
Zalma.
Canto cuarto de la historia de Hexim: trata su muerte y el nacimiento
de Jaibacanas.
Historia de Abdulmutalib, cuyo nombre se llama Jaibacanas, hijo de
Hexim.
Segundo canto de la historia de Abdulmutalib.
Canto tercero de ídem.
Canto cuarto de ídem.
Historia de Abdulinutalib, y del discurso de la luz de Muhamad.
Segundo canto de la historia de Abdulmutalib .
Historia de nuestro anaví Muhamad: trata su nacimiento.
Canto segundo de la declaración del honrado Alcorán, y las propieda-
des de nuestro anaví Muhamad.
Canto tercero: trata el subimiento de los cielos y ensalzamiento de los
cinco azalase.
339
Canto de la declaración de la azora (1) de Alhamdulillehi.
Canto de la muerte de nuestro anaví Muhamad.
Historia del espanto del día del juicio.
Canto segundo de la historia del día del juicio.
Canto de las lunas del año: cuéntanse los ayunos y días blancos y aza-
laes que se han de hacer, y las racas (2) en cada día.
Los nombres de Allah en arábigo y sus declaraciones alchemiadas, con
su rogaría al cabo.
El poema á que alude el Sr. Borao, es interesante y debiera figurar en
alguno de los tomos sucesivos de esta Biblioteca.
Pág. 3, nota; Diálogo de las Lenguas, obra del siglo de oro que se atri-
buye al protestante Juan de Yaldés.
«El uso de esta lengua (habla Valdés de la latina) así corrompida, duró
por toda España, según yo pienso, hasta que el rey Rodrigo, en el año
de setecientos diez y nueve, poco más ó menos, desastradamente la per-
dió cuando la conquistaron ciertos reyes moros que pasaron de África;
con la venida de los cuales se comenzó á hablar en España la lengua
arábiga excepto en Asturias, en Vizcaya y en Lepuzcua, y algunos luga-
res fuertes de Aragón y Cataluña, las cuales provincias los moros no pu-
dieron sojuzgar, y así allí se salvaron muchas gentes de los cristianos,
formando por amparo y defensión la aspereza de la tierra, adonde con-
servaron su religión, su libertad y su lengua».
<Marcio ¿cómo en Aragón y Navarra habiendo sido casi siempre rei-
nos de por sí, se habla la lengua castellana? Valdés.— l.a causa desto pienso
que sea, que, así como los cristianos que se recogieron en Asturias de-
bajo del rey D. Pelayo, ganando y conquistando á Castilla, conservaron
su lengua, así también los que se recogieron en algunos lugares fuertes
de los montes Pirineos, y debajo del rey D. Garci-.fimenez conquistando
á Aragón y Navarra, conservaron su lengua, aunque creo también lo
haya causado-la mucha comunicación que estas provincias han siempre
tenido en Castilla »
«Si me habéis de preguntar de las diversidades que hay en el hablar
castellano entre unas tierras y otras, será nunca acabar; porque como la
lengua castellana se hable, no solamente por toda Castilla, pero en el
reino de Aragón y en el de Murcia, con toda la Andalucía, y en Galicia,
Asturias y Navarra, y esto aun hasta gente vulgar, porque entre la gente
noble tanto bien se habla en todo el resto de España, cada provincia tiene
sus vocablos propios y sus maneras de decir
(1) Capítulo del Corán que empieza con las palabras Alhamdulillehi
(las loores á Dios).
(2) Genuflexiones.
340
«Hallareis también una h entre dos ee, como en leher, veher; pero desto
no curéis, porque es vicio de los aragoneses, lo cual no permite de nin-
guna manera la lengua castellana».
"Zaque lo mesmo es que odre ó cuero de vino; y á uno que está borra-
cho, decimos que está hecho un zaque. También he oido en la Mancha de
Aragón llamar zaques, á unos cueros hechos en cierta manera, con que
sacan agua de los pozos. Vocablo es que usa poco; yo no lo uso jamás».
A lo trascrito alude sin duda el Sr. Borao, en su Introducción filológico'
histórica y en el Vocabulario.
El Diálogo de la Lkngua, fué publicado por vez primera, por D. Gre-
gorio Mayans y Sisear en sus Orígenes de la Lengua, (pág. 1.a á la 178, t. II).
En Madrid publicólo D. Juan de Zúñiga y en 1860 lo reimprimió con una
carta de Alfonso Valdés por Apéndice, Lni pág. de Ilustraciones y 1048 no-
tas, D. Luis Usoz y Río (Madrid, Imprenta de Martín Alegría); cuya edi-
ción, de escaso número de ejemplares, circuló poco.
A la muerte de Usoz, acaecida el 17 de Septiembre de 1865, en cumpli-
miento de su última voluntad, pasaron éstos á la propiedad de la Socie-
dad Bíblica de Londres y de la Biblioteca Nacional de Madrid (1) del
mismo modo que la librería del docto español, y el resto de la tirada de
su obra los Reformistas.
En 1865, Boehmer, Profesor de la Universidad de Strasburgo, con el ob-
jeto de que sirviesen de lectura á los estudiantes que aprendieran el cas-
tellano, publicó en Halle (Sajonia) las dieciséis primeras páginas del
Diálogo de la Lengua, hasta las palabras inclusive si os queréis gobernar
por mí, haremos d' esta manera....; adornando dichas páginas con algu-
nas notas gramaticales. Últimamente, en 1873, la sociedad La Amistad Li-
brera, hizo una segunda edición de los Orígenes de Mayans, para la que
escribió un prólogo de pacotilla el ilustre Hartzenbusch y D. Eduardo
Mier, setenta y cuatro notas.
El manuscrito que sirvió á Mayans y Usoz es, el que posee la Biblioteca
Nacional, y tiene, la signatura X-236 (2). Consta de 94 hojas; una de ellas
en blanco; buena letra (al parecer de fines del siglo xvi) y excelente es-
tado de conservación. Fáltanle la 79 y la 83: esta última desde que lo uti-
lizó Maj'^ans. Indudablemente es copia del verdadero original, que per-
maneció oculto, por ser obra de un hereje. Según dice el erudito é infa-
tigable alicantino (3), es lá misma que perteneció al cronista aragonés
(1) En el artículo Juan de Valdés, inserto en la Nouvelle biographie ge-
nérale (t. 45, París, 1866), escrito por Nicolás Migel, profesor de la facultad
protestante de Montauban, léese que hay una edición del Diálogo de la
Lengua, 1858, en 8.o «Yo no he podido hallarla,— dice D. Fermín Caba-
llero, de quien tomo esta noticia,— ni la encuentro en otra parte.
(2) Mayans mandó sacar una copia del manuscrito, para su uso, y ésta
existe hoy entre sus papeles, en el Museo Británico.
(3) Págs. 179 y 180, t. II, Madrid, 1737.
341
Jerónimo de Zurita, comprada para la Biblioteca Real, siendo aquél Bi-
bliotecario. Cayó en poder del Conde de San Clemente, según se lee en el
cap. IV de los Progresos de la historia del reino de Aragón del Dr. Juan
Francisco Andrés de Ustarroz; fué añadida y publicada por Diego Joseph
Dormer, arcediano de Sobrarbe (1) y pasó después á una de las bibliote-
cas de Zaragoza, donde la adquirió en 1736 Nasarre, quien la ofreció á su
amigo Mayans para que la publicase y así lo hizo éste, al siguiente año.
El precioso manuscrito, rico diamante del Museo de Londres que sir-
vió á Mayans es, un tomo en 4.o que contiene entre varias cosas, el Diá-
logo de Valdés y un extracto del tratado de La Gaya Ciencia que escribió
el Marqués de Villena y envió al de Santillana, para introducir en Cas -
tilla Consistorios, de la índole de aquel de Barcelona, que mencionan,
como suceso importantísimo, Mariana y otros graves historiadores.
El Sr. Gayangos que lo ha visto, lo encuentra en un todo conforme con
el impreso; «con la misma falta de hoja ú hojas y sin más diferencia, que
la de haberse suprimido en alguno que otro lugar, una ó más palabras,
siempre que se trataba del Papa ó sus Cardenales», afirmándonos que el
ejemplar de Londres, más antiguo que los dos conservados en nuestra
Biblioteca Nacional, debió ser expurgado por algún Inquisidor ú otra
persona autorizada por el Santo Oficio.
De las ediciones citadas, la más correcta y más sabiamente dirigida,
es, la de Usoz. En ellla intitúlase la obra. Diálogo de la Lengua y no Diálogo
de las Lenguas, como escriben Mayans, Pidal, Mier, Hartzenbusch y
Borao, pues no refiriéndose el libro á más idioma que al castellano, es
más atinado el servirse del singular que del plural, para denominarlo.
Usoz no se atuvo, pues, á la ortografía del manuscrito guardado en la
Biblioteca Nacional. La edición dirigida por Maj'ans, es muj-^ descuidada
é inexacta, en muchos pasajes. En la actualidad ocúpase en preparar
una, que será esmeradísima, el ilustre Eduardo Boehmer, entusiasta del
inmortal amador de Julia Gonzaga.
Duda Borao acerca de la paternidad del Diálogo y tengo para mí que
es cosa averiguada.— El Diálogo de la Lengua, (que Borao dice ser de un
autor anónimo, participando de la creencia de Iriarte y Hartzenbusch),
obra admirabilísima, «por la natural sencillez de su estilo, por la pureza
de su dicción» y por caracterizarla estas prendas, perteneciendo á una
época de escolástica y trabajosa elocuencia; el Diálogo de la Lengua, que es
el espejo más limpio y que mejor retrata el estado de nuestro habla, en
los días del Emperador; el Diálogo de la Lengua, modelo de diálogo, en-
tretenido y agradable en todas sus páginas, en las que si hay errores,
abundan los pasajes ingeniosos y la erudición y resplandecen la razón
(1) Los vestigios de la librería manuscrita, de Jerónimo Zurita, nú-
mero 21 , Diálogo de las lenguas. Es obra muy curiosa y digna de ser dada
á la estampa, por contener muchas reglas para hablar la lengua espa-
ñola, á la perfección. Escribióse en tiempo del Emperador Carlos v , y
guarda este ms. el Conde de S. Clemente.
342
mis sana y el criterio niíís elevado; el Diálogo de la Lengua, pertenece al
primero que sostuvo en España la causa de la Reforma é intentó traer
las doctrinas de ésta, al país de los Alfonsos y Fernandos. El erudito Ra-
fael Floranes, en la pasada centuria, atribuyó aquel monumento litera-
rio á Juan de Vergara. D. Pedro J. Pidal descubrió su autor; y hoy es
tan sabido que lo fué el ilustre secretario del virrey de Ñapóles D. García
de Toledo, como que Rodrigo Caro produjo, la Canción á las Ruinas de
Itálica.
Amador de los Ríos, Usoz, D. Fermín Caballero y Boehmer, con razo-
nes históricas, con argumentos filológicos y con atinadísimas considera-
ciones han demostrado, que el Diálogo de la Lengua pertenece á Juan de
Valdés (1). Paréceme tan clara, dice el solitario de Barajas, la paternidad
de la obra y estoy convencido de cuanto se refiere á las controversias de
Chiaja, que me imagino seguir los pasos de Juan de Valdés y sus amif^os.
oir sus animados coloquios, presenciar sus giras por los jardines,
fundirme con ellos y admirar y abrazar á mi ilustre comprovinciano.
«Y no es ésta, continúa, una ilusión vana, destituida de razón, y sin otro
apoj'o que el espíritu de paisanaje: se funda mi entusiasmo en hechos
reales, en aseveraciones terminantes de contemporáneos del suceso, en
trabazón tal de coincidencias, que no cabe fingir; y en una tradición li-
teraria, que no se ha interrumpido con objeción alguna sensata». «Tengo
la satisfacción de decir muy alto que Juan de Valdés escribió el Diálogo
de la Lengua, seguro de que no habrá quien con razones lo desmienta».
El Sr. Menéndez Pelayo, á quien, como al Sr. Caballero, no se podrá
achacar de poco reflexivo y propenso á hacer gratuitas afirmaciones, es-
cribe á continuación de recordar los que aseguran ser J. de Valdés autor
de la obra tantas veces citada: «El que esté enterado de la vida que hizo
Valdés en Ñapóles, de sus solaces literarios y academias dominicales, y
haya leído el Diálogo de Mercurio, tendrá la evidencia moral, ya que no
la material, de este hecho; basta ver el cuadro para estampar al pie
el fécit (2).
Del lado de estas opiniones parecía inclinarse Ticknor y desde luego
se inclinó Gayangos, al traducir á éste, fundándose en indicios vehemen-
tes y en testimonios autorizados. El interlocutor principal en el Diálogo,
se llama Valdés: ha estado en Roma: ha vivido en Ñapóles y en otras po-
blaciones de Italia: es persona notable y de mucha autoridad: habla de
(1) Mayans, al publicar el Diálogo de la Lengua, aunque lo dio por
anónimo, debió sospechar acerca de su autor. D. Casiano Pellicer, en su
tratado histórico sobre el origen y progresos de la Comedia y del His-
trionismo en España, (t. I, ps. 14 y 15), dijo, que entendía ser el autor de
la obra, Alonso de Valdés, natural de Cuenca y discípulo de Pedro
Mártir de Angleria. D. Bartolomé J. Gallardo aceptó esta opinión, pero
luego convencióse de que era Juan el que había escrito el Diálogo. Quizá
influyese, la rotundidad con que el respetable Clemencin lo afirma, en
uno de sus comentos al Quijote (t. IV, p. 285), 1835.
(2) Lib. IV.— Cap. IV.— Tomo II.— Historia de los heterodoxos españoles.
343
Garcilaso de la Vega, como si existiese á la sazón: y el insigne conquense
conocía la Ciudad Santa; había vivido á orillas del azulado y transpa-
rente golfo partenopeo; era hombre sapientísimo y escritor de tal gerar-
quía, que es su obra una de las perlas de la prosa didáctica. Además no
medió un lustro, entre su muerte y la de Virgilio y Petrarca de Toledo.
Todo esto de un lado, las alusiones que abundan en el Diálogo, las per-
secuciones de que fué objeto y lo aseverado por Llórente y Clemencin,
inclinaron al Sr. Gaj^angos á creer de Juan Valdés el Diálogo de la Len-
gua, que es la opinión de la Academia Española, la cual lo ha incluido
en el catálogo de autoridades del idioma. Y nada más acertado; pues ni
el Maestro Fernán Pérez de Oliva; ni el correcto y de elocución fatigosa
Cervantes de Salazar; ni Pedro Mexía, tan plúmbeo como Erasmo; ni el
fes'' ~ médico del Duque de Gandía, Francisco de Villalobos; ni el hu-
mai. i Pedro de Rhúa; ni cuantos manejaron en el siglo xvi la difícil
forma literaria del diálogo; ninguno tuvo las dotes de Juan de Valdés, ni
produjo una obi-a del mérito de la suya, en la que, no obstante la poca
amenidad de un asunto de gramática, el interés no decae y la animación
y el movimiento están sostenidos. Y al dar por terminada esta nota, he
de consignar que merece el cariño de España, el sabio Dr. Boehmer, tan
conocedor de la vida y escritos del heterodoxo de Cuenca. Al Profesor de
lenguas romances de Strasburgo, debemos curiosas noticias biográficas
de Valdés y de varios tratados de éste, encontrados en la Imperial de
Viena, por el incansable investigador, que con sus vigilias, sostiene el
amor de sus compatriotas á la lengua de los Luises y Mariana, á la som-
bra de la calada aguja, que fué un día confidente de Goethe.
Pág. 17; 'maldiciendo la tierra de Aragón.— En 24 de Octubre de 1347,
celebró D. Pedro IV solio de despedida en Zaragoza, en el Monasterio de
Predicadores, en el que confirió la investidura de gobernador del reino
á su hermano D. Jaime; anuló el juramento prestado á su hija; remitió
al Justicia muchas causas pendientes; satisfizo todas las peticiones; dio
la razón que le movía á cerrar las Cortes; aseguró que volvería lo más
pronto posible á celebrar nuevas; declarando á instancias del jurado Ez-
pital que, por la prorrogación, no pudiese nunca seguir daño á los fue-
ros, leyes y libertades aragonesas.
Libre ya el rey de los de la Unión, devueltos á él los caballeros de los
rehenes y decidido á vencer á aquélla por la fuerza, resolvió D, Pedro
abandonar la ciudad, sin que se atreviesen á acompañarle los consejeros
nombrados por las Cortes, por temor de que los entregase al verdugo, no
bien llegaran á Cataluña. Salió el Ceremonioso precipitadamente de Za-
ragoza: al llegar á la barca del Gallego, miró esquivo á los que le acom-
pañaban y por separarse de ellos lo más pronto posible, ni esperar quiso
á que le pasaran una cabalgadura; durmió en Pina, donde recibió el ju-
ramento de algunos partidarios que le allegase D. Pedro de Luna; y des-
pués de concertar algunas medidas contra la Unión, prosiguió su viaje
hacia la tierra catalana. Al siguiente día, al ver destacarse, allá lejos.
344
entre la bruma del horizonte, á Fraga, prorrumpió en la exclamación, á
que alude el Sr. Borao:— Bendita seas, dijo, tierra poblada de leales, bendita
seas de Dios nuestro Señor, que nos ha permitido salir libres de esa tierra
traidora y rebelde, de Aragón. Mas como hay Dios, queme lo han de pagarr
bien caramente.
Pág. 20; Alfonso //.—Alfonso II, como D. Pedro el Católico, D. Jaime el
Conquistador, D. Pedro III y como antes el Conde Ramón Berenguer y
D.a Dulce, es, uno de los Mecenas de la gran familia de vates, que su-
cedió á Guillermo de Poitiers. No fué éste el Adán, por decirlo así, de los
trovadores, según se lee en libros muy apreciables. La poesía provenzal,
cuyas mantillas fueron de púrpura, á fuer de nacida en estancia pala-
ciega, tuvo intérpretes más antiguos que el Duque de Aquitania, con-
temporáneo del Cid.
Las gracias encantadoras del estilo de Guillermo, que fué un poeta, si
no profundo , fácil, gallardo, armonioso, suponen que recibió de sus an-
tepasados un arte. Además, él nos habla de la tensión, como siendo un
género ya conocido. Por esto la generalidad de los críticos sostienen, que
el licencioso Conde de Poitiers, que inspiró al Boccacio su desenfadado
Mazzeto di Lamporecchio, y que escribía, á la vez que canciones, la mú-
sica de ellas, de lo que tenemos un recuerdo en la tragedia de Santa Inés,
si es el primer trovador de quien quedan obras escritas, fué precedido
de numerosa legión de líricos, cuyas poesías se han perdido. Tampoco
es el primer trovador español Alfonso II: lo fué Berenguer de Palasol,
célebre por su hermosa figura, delicados modales, galantería exquisita,
por su destreza en el manejo de las armas y por la dulzura y sencillez
de su sentimental laúd. Bernardo de Palasol, nació en el Rosellón, en los
días del penúltimo Conde, Gaufredo III, ó bien sea en la época del cuarto
Ramón Berenguer, padre del D. Alfonso que trovó. Este monarca, nota-
ble por sus hazañas, por la felicidad que irradió sobre sus subditos, por
su diligencia, por su sagacidad, por su sabiduría, y no tanto por la vir-
tud que le supone el epíteto por que se le distingue, es el Augusto de la
poesía provenzal, pues tuvo ésta, en el reinado de él, un siglo de oro; y
es asimismo el David profano de ella, porque tensionó y cantó amores.
Casi todas sus tensiones se han perdido. Sólo se conserva una con Giraldo
de Borneil, á quien D. Alfonso amaba con mucha ternura; otra que Milá
supone pertenece al protector de Vidal y del Monge de Montaudon; y
una canción amorosa.
Pedro //.— Sólo comparable á los Médicis, por el carácter de sus pro-
tecciones, por la influencia que en su ánimo ejercía todo cultivador de
las letras y por su exquisita organización poética. Tan plenamente influ-
yeron en él los trovadores, que fué á Muret, porque así plugo á los sir-
ventesios de éstos.
Sus poesías se han perdido. Sospéchase sea suya, la parte del diálogo
que á él pertenece en una tensión mutilada, entre Giraldo y el héroe de
las Navas.
345
La protección de D. Pedro II á las letras, es de las más fecundas cono-
<;idas. No debiéramos otra cosa á su patrocinio, que el poema caballe-
resco de Jaufre. y bastaría para decirlo así.
B. Jaime /.—Protector de los sabios de su (lempo, fundador de Univer-
sidades, lo glorias En Jaume, tuvo tiempo para guerrear, para acaudalar
las letras catalanas con el oro y la púrpura de las orientales. Tan cari-
ñoso Mecenas de los trovadores fué, que los acogió en sus estados, al ver-
los sin patria. Quadrio, Zurita y algún otro, afirman sin probarlo, que el
ilustre Rey, fué trovador.
No se conserva poesía alguna de él, ni se sabe que la escribiese. Lo que
sí fué, literato doctísimo, gran legislador, gran historiador, gran cro-
nista. Su Chronica ó comentari, comprensiva de tots los fets et les graties
que Nostre Sennor li feu, es, uno de los tesoros más ricos de la centuria
del Campanile de Florencia y de la Divina Comedia, del Código Alfon-
sino, del Cementerio de Pisa y de las catedrales. «Escrita con suma natu-
ralidad y frescura, dice Amador de los Ríos de esta obra, ofrece al par,
el interés de un diario y la regularidad de una historia, esquivando á
menudo los excesivos pormenores: la narración, familiar casi siempre,
raya á veces en lo épico, é iniciado el Conquistador en el conocimiento de
las Sagradas Letras, salpícala con frecuencia, de oportunas máximas y
piadosos versículos, que acreditan su saber y su talento».
La Crónica de D. Jaime es el solio en que la lengua catalana, recibe la
jerarquía de literaria. Sencilla y pintoresca en su lenguaje, no desdeña
en algunas de sus páginas la gala y el primor de la retórica, acreditando
cuan bien conocía el monarca el idioma de Castilla, que hablaban mu-
chos de sus vasallos. Él cultivó, sin embargo, la lengua de la muche-
dumbre, «más semejante á la hablada en su niñez y como aquélla, no
ejercitada todavía en la prosa literaria». Se ha dudado sobre la autenti-
cidad de la Crónica de D. Jaime, lo cual parece imposible, pues como
dice el ilustre Rosseeuw Sainte Hilaire, basta leerla para convencerse de
lo contrario. Ninguno de los críticos que han hablado de los i^rovenza-
les, atribuye á D. Jaime, historia escrita en la lengua en que cantaron
los trovadores, sentados en el tronco de los laureles de Provenza ó en las
justas en que era dama, la espiritual Isaura. No se conoce prosa más an-
tigua que la de este libro, en Catuluña, donde merced á determinadas
condiciones políticas, llegó á constituir una literatura, lo cual quizá no
logró en su patria, la poesía segada en flor, en los maldecidos campos de
Muret.
D. Jaime fué además que autor de la Chronica, del libro de la Sauiesa.
Al compilarlo, «tuvo presentes los tratados del Bonium y los Ensenna-
mientos et castigos de Alexandre, traídos al habla vulgar, bajo los eleva-
dos auspicios de D. Alfonso X el Sabio». Y he aquí á dos reyes, siendo el
uno, el primer historiador vulgar de Castilla, y el otro el primer cronista
<le los catalanes, en antigüedad y mérito.
Pág. 21; Pedro III.— La única poesía de Pedro III que se conserva, es
23
346
el servcntesio escrito, cuando la Francia, con auxilio de la Iglesia, pre-
paró la invasión que tan desdichada fué para Felipe el Atrevido. Dícese
que al retirarse los franceses en derrota, el Leónidas de las Panizas com-
puso un canto de triunfo. La crítica no ha pronunciado todavía su vere-
dicto, acerca del contenido de verdad, de la afirmación anterior.
Y puesto que he hablado de uno de los reyes más grandes de toda la
historia, no puedo resistir á la tentación de trasladar aquí, el retrato
esculpido por un poeta sublime, en el bronce de sus inmortales ter-
cettos:
Quel che par si membruto
D' ogni valor portó cuita la corda.
El Infante D. Pedro.— En 1327, celebróse con verdadero fausto, la coro-
nación de Alfonso IV, en la que éste recibió de sí mismo y concedió á
muchos infanzones, la orden de caballería. Terminadas las ceremonias
religiosas cantáronse unas composiciones del Infante D. Pedro, por los
afamados juglares (que nombra el Sr. Borao); por En Romaset y En
Nouellet y también por En Comí, que era el mejor cantor de Cataluña. El
primero rfíf un sirventesio, explicativo en su sentencia, del sentido moral
de la corona, la poma y la verga, atributos de la potestad real, lucidos por
el monarca en aquel acto; el segundo dix en parlant setcens versos riniats
que 'I dit senyor Infant En Pere aiiia nouellament feyts e la tensó e 'I regí-
meni sove tot lo regiment que 'I dit senyor rey deu fer e la ordinació de la sua
corte et de tots los seus officials, a.xi en la dita corcom en totes les sues pro-
vincies; y el tercero cantó una cango novella. Según el Herodoto de Pera-
lada, el orden en que hiciéronse oir los cantores, una vez alzadas las
mesas, fué, En Comí precediendo á Nouallet y después de Romaset.
Las aludidas composiciones, escribiólas el virtuoso Conde de Riba-
gorza, con el ñn de dar útiles enseñanzas á su hermano y no por vana-
gloria suya, que harto sabida es la modestia del que, sepultado en el
luto del recuerdo de su esposa, en 1358, tomó el cordón sagrado de San
Francisco. La forma elegida por el Infante D. Pedro fué, la que caracte-
riza su edad y las obras todas que en ella produjo el ingenio, la forma
didáctica que era una necesidad de nuestra cultura, entonces, que la
poesía catalana, acaudalada con los tesoros del Libre de la Saviesa, tenía
por ejes, el sentimiento del honor y el patriotismo.
Moratín niega que En Romaset, En Comí y En Nouallet desempeñasen,
en la coronación de Alfonso IV, los oficios indicados, al asegurarnos, que
las obras del infante representáronse, cantaron y bailaron por D. Pedro y
por los ricos hombres, acompañados de algunos Juglares. Esta aseveración,
no razonada por el ilustre poeta, nació desmentida, pues Ramón de
Muntaner, testigo de vista de la coronación, que describe en su preciosa
crónica, define con claridad, el carácter de las composiciones cantadas
y recitadas. No pudieron ser representadas, porque no tenían formas
dramáticas.
347
Este pleito lo ha ganado á Moratín, el más grande de los historiadores
catalanes.
Pedro iV.— Titúlase Llibre de les ordinacions de la real Casa d' Aragó
fetas per lo rey, Enpere ters rey d' Aragó la obra á la cual debe el sobre-
nombre de Ceremonioso, y que, según se consigna en algunos M. SS.,
trata del regiment de tots los oficis de la siia cort. Dícenos el sabio Amador
de los Ríos, que de este libro extractóse el tratado de las Coronaciones,
que en el Códice de El Escorial sirve de apéndice, al de los días de Fer-
nando III, el Conquistador de Sevilla.
En la Biblioteca Escurialense consérvase, como oro en paño, una ver-
sión castellana del siglo xvi, dedicada al Príncipe D. Carlos, por su criado
Miguel Clemente. El del Puñal, fué no sólo dado á los estudios, sino que
pulsó, con delicadísima mano, el laúd y aspiró al lauro del historiador.
Sus Memorias son una autobiografía, caracterizada por la severa senci-
llez que distingue el Comentario del Conquistador de Mallorca; y en ellas
está admirablemente retratado el carácter de aquel monarca, que pa-
rece un anuncio de Fernando V. Lo que no encontraréis en las páginas
del Ceremonioso es, la ruda ingenuidad, la franqueza bellísima, que
cautivan en Mossén Diego Valera, en Gonzalo F. de Oviedo y en el Hero-
doto de Peralada, poeta á la vez de musa digna, generosa y varonil,
aguerrido soldado, Canciller y maestro racional en Galipoli, señor y al-
caide en Gerba, que, solitario en la alquería de Giluela, ciñendo ya mi-
litares laureles, tejió para sus sienes la corona de oliva de las artes de la
paz:— Ramón de Muntaner. La sinceridad de los libros de éste, no se
halla en la Crónica de D. Pedro; ni tampoco es la soberanía de la ver-
dad, tan plena en ésta como en aquéllos.
Sí; el celo de la verdad, no animaba de igual modo al pérfido y gran
rey, que al autor de la famosa presichanza á D. .Taime II y D. Alfonso,
en 1324. Mil ejemplos podrían citarse pai-a probarlo y entre ellos éste: —
la nota de impío lanzada sobre Alfonso X por Colmenares, en su Historia
de Segovia, y por Zurita, y aceptada por el P. Mariana y el P. Feijoo,
obra fué de D. Pedro IV, según ha demostrado el Marqués de Mondéjar,
y obra que ha amargado no poco los manes del más sabio de los reyes
de Castilla, ya vindicado de injustas é ignorantes acusaciones; en cuya
tarea han tenido no pequeña parte, Nicolás Antonio, Velázquez, Sar-
miento, Rodríguez de Castro y Amador de los Ríos.
Pero Miguel Carbonell, poeta y traductor ó imitador de la Danza ge-
neral de la Muerte, olvidado por el insigne Torres Amat en su Dicciona-
rio, en su obra Chroniques de Kspanya, incluyó la de D. Pedro el Cere-
monioso desnatui-alizándola. El distinguido literato D. Antonio BofaruU
lo ha demostrado así, en la introducción que precede á su Crónica del
rey de Aragón D. Pedro IV el Ceremonioso ó del Punyalet, escrita en lemo-
sín, mejor dicho en catalán, por el mismo monarca (Barcelona, 1850).
D. Pedro cultivó también el mirto de los trovadores. Sus versos, guar-
dados se hallan, en ese sancta-sanctorum, que éb llama Archivo de la
Corona de Aragón; y son peregrina muestra del sentido didáctico de la
348
poesía erudita de entonces, y testimonio de que el Rey, pertenecía ñ la
Escuela de Tolosa. Amat, Bouterwek y Latassa, nos dan cuenta de ellos
y asimismo de la carta dirigida por D. Pedro á su hijo D. Martín, remi-
tiéndole tres cables. D. Pi'óspero Bofarull dio á conocer las poesías del
Ceremonioso, en pliegos litografieos, en 1828, y más tarde publicáronse,
en la Colección de docninenios inéditos del Archivo, por uno de los biblió-
filos mñs doctos de España, ;'i quien tanta gratitud debe el renombre del
vate catalán y castellano y prosista latino, Carbonell.
De la decisión de D. Pedro el del Puñal, en pro del impulso de que
fueron partidarios el Vengador de Coradino, el Conquistador, y el héroe
de las Navas, mártir en Muret, tenemos la prueba más gallarda, en el
Diccionario de Rimas, que de su orden escribió Jaime March, cuyo ma-
nuscrito original, propiedad un día del hijo de aquel loco sublime, que
engarzó un mundo en la corona, en que ya lucía el sol, entre sus dia-
mantes, hállase entre lo que resta de la Biblioteca de Fernando Colón,
en la hermosa catedral sevillana. Léese en el Códice: — «esíe libro costó
ansi encuadernado doce dineros en Barcelona por Junio de Í336, y el du-
cado vale quinientos ochenta y ocho dineros.
JuanL— D. Jíúme e\ Conquistador innugnrii aquel período de más de
dos siglos, en que él escribe sus Memorias, con sencillez embelesadora
y con el sentido moral más elevado, el libro de la Sauiesa, que es la pá-
gina más hermosa, que nunca ha inspirado el corazón; en que Munta-
ner pulsa la lira para conseyllar son senyor en tot co que pusca de bé y cor-
ta su pluma, con el cuchillo ahnogávar, para recrearnos con originali-
dades, como la coronación de Alfonso IV y con su épica crónica, que es
un dechado de naturalidad y gracia; en que el erudito y circunspecto
Desclot produce las graves, sobrias é hidalgas páginas de las Conquestes
de Catalunya y sus monumentos históricos Marsilio y Puigpardines y el
Ceremonioso; en que viven Arnaldo de Vilanova y Raimundo Lulio; en
que Francisco Ximénez, el obispo de Elna, inmortalízase por su Chris-
tid, Martorell por Tirante el Blanco, Vidal de Besalú por la Dreita manera
de trovar, Mafre Ermengaut por el Breviari de Amor, Vidal de Caslelnou-
dary por su Guillermo de Barre, que conocemos por las vigilias de Pablo
Mayer; en que el Rabbi-Jahudáh-ben-Astruh extiende la influencia di-
dáctico-simbólica en Cataluña, con sus Farautes des Savis; y en que los
poetas se llaman Jaime Febrer, Domingo Mascó, x^nversó y Jaime March
que instituj'eron (á los dos últimos me refiero) en Barcelona, la Acade-
mia de los Juegos florales, bajo los auspicios de D. Juan I, tan amador
de la ciencia gaya ó gaudiosa. De este noble Coimstorio de la Gaya ciencia
fué mantenedor, en su primera restauración, el Marqués de Villena, uno
de los hombres más grandes de la historia de España; como que con
justicia ciñe la coi-ona de Minerva y la tejida por Apolo, con el laurel
de Dafnis. Se ha dicho, refiriéndose al Arte de trovar de este insigne ama-
dor de la poesía de Provenza, que D. Juan I solicitó permiso del monarca
francés, por medio de lína embajada solemne, para que dos naantene-
dores de la Academia de Tolosa, viniesen á Barcelona, á establecer un
349
Consistorio, á imagen y semejanza del de la ciudad, en cuj'o limpio cie-
lo, se cortaron las mantillas de seda de alguna de las literatui-as moder-
nas, y en la que los vates disputaban con alegría de corazón, la violeta de
oro. Ningún documento cita D. Enrique, en apoj'o de su afirmación so-
berana, y en los conocidos, incluso en el diploma dado por el Amador
de la gentileza á los poetas Anverso y Jaime March nombrándolos maes-
tros y defensores de la Gaya doctrina, no se menta la embajada. Mas sea
verdad ó no, lo que sí lo es, que en el ocaso del siglo xiv, protegido por
D. Juan I, establecióse en liarcelona un Consistorio, fiel remedo de aque-
lla Gaya conipanya de Trobadors de Tolosa, de la que fué iniciador y fun-
dador principal quizás, aquel Ramón de Vidal de líesalú que, como
nuestro buen Arcipreste de Hita, salpicó sus versos de picantes apólogos.
Alfonso II, el Casto!. Pedro el Católico!, Jaime el Conquistador!, Pedro
el Grande!, Pedro el Ceremonioso!, D. Juan I!; lie aquí seis monarcas
aragoneses, á los que deben gratitud el laúd de marfil que sonase en las
márgenes del río que da cuna, palacio y sepulcro íle diamante á la más
sentimental de las flores y el parlar gent de Tolosa, sirviéndome de la
frase de Cardinal. Sus nombres merecen ser recordados con cariño, en
Arles, donde quizás tuvo el dante una de sus visiones más sublimes y se
encontró la Venus que ha dado á conocer los celos á las de Milo y Me-
diéis; en Nimes que tiene, entre otros atractivos, el de su bellísimo colo-
seo; en la falda del Yantur; en las colinas poetizadas por tradiciones,
cual la de la Culebra-Hada y la Culebra de Oro; en la peña de Baus; en
las orillas del Carona y del Ródano que alumbra el sol de rosa, de topa-
cio y de púrpura, según las horas del día, que esmalta en Tolosa, las to-
rres de S. Saturnino ó las de la iglesia de la Daurade que sirve de tumba
á Godolín y á Clemencia y que alumbra todo ese país, de que es adora-
dor, un joven á quien el porvenir guarda la corona de gran poeta, que
obtendrá, perseverando en su propósito de inerecerla. Aludo á mi cari-
ñoso amigo Emilio Alfaro, que con pincel tan brioso, ha pintado la
muerte de D. Pedro II, en aquel Guadalete de la Historia de Provenza,
que se llama combate de Muret.
Pág. 38, Fuero de Calatayud.— Acredítanos la existencia de una pobla-
ción hebrea, en la margen más célebre del Jalón. Compruébanlo precio-
sos documentos, que Amador de los Ríos exhibe, en su monumental
Historia de los Judíos. Cenac de Monean, considera á Calatayud (Cálat-
al-Yehud) como de origen hebreo, significando su nombre, Castillo délos
Judíos. Los historiadores y geógrafos árabes, suponen mahometano á
Calaát Ayub 6 bien sea al Castillo de Ayub.
El Fuero que motiva esta nota, tiene deuda de agradecimiento, no me-
nor, que con el malogrado Sánchez Ruano y el de Salamanca, con don
V. Lafuente, uno de los hombres que más han ilustrado en este siglo,
el nombre de Aragón.
Pág. 76, Fr. Luis de Aliaga.— El más activo y discreto de los bibliófilos
350
modernos, D. Bartolomé J. Gallardo, juntando las poesías del maldicien-
te Villainediana, que se referían al antiguo Inquisidor, después de ha-
ber leído y releído el Quijote., sospechó que Aliaga pudiese ser el encu-
bierto Avellaneda. El amor propio de los doctos, venía picado desde el
siglo anterior y ya Pellicer, había desembrozado el camino, persiguien-
do la clave del enigma. La curiosidad quedó satisfecha muy luego. Don
Adolfo de Castro, ya eií 1848. pronunció el nombre del Confesor de Fe-
lipe III, como sinónimo de Avellaneda y atribuyó el descubrimiento, no
sin que Gallardo se agraviase, íx Cavaleri. Como D. Cayetano Rossell,
D. Aureliano Fernández Guerra, en su biografía del P. Aliaga dice y lo
razona, que el audaz que osó continuar el más original de los libros, fué
el famoso aragonés, que Quevedo juzgó y retrató de mano maestra y del
que nos dan noticias. Cabrera de Córdoba, Blasco de Lanuza, Ballester
y D. Ignacio Camón, á quien debemos unas Memorias literarias de Za-
ragoza .
Los eruditos más respetables, señalan hoy con seguridad, los pasajes
de Aliaga y de Cervantes, que explican y comprueban la observación ó
conjetura indicada.
Pág. lOG, nota; Cansos de la crozada contra 'Is erejes d' Albegés. — Mu-
cho se ha discutido, acerca de quién sea el autor de este poema, que
me atreveré á llamar carlovingio, por su ritmo y por su forma narrati-
va y descriptiva. Raynouard, dando crédito á lo que la canción dice, en
su comienzo, lo atribuye á Guilhen, un cler que fo en Navarra, á Tudela
noirit, pois vint á Montalbá.
Fauriel asegura, que el autor nació en la comarca meridional, exten-
dida entre el Pirineo y el Ródano; Campillo sostiene, que fué español;
Milá sospecha, que fué un tal Guillermo, trovador errante, hijo de Es-
paña, oriundo de Gascuña y establecido, en un barrio franco, de Tude-
la quizás; j' Pablo Meyer, ha pronunciado la última palabi-a en esta cues-
tión, probando, que la parte primera del poeiiía es obra de Guillermo de
Tudela, familiar del Conde Balduino; y que la segunda es obra de un
trovador tolosano incógnito,
Pág. 155, La Gran Conquista de Ultramar. — «El reverso de D. Alfonso
el Sabio fué D. Sancho el Bravo, su hijo. Sus dos nombres los califican.
Faltóle al padre, la bravura que al hijo le sobraba: hubiera hecho mu-
cha falta al hijo, una parte siquiera de la sabiduría del padre». Quéjase
con justicia, el insigne Amador de los Ríos, de que el no menos insigne
Lafuente, llame indocto, al fundador de la gloriosa Universidad de Al-
calá, siendo monumentales las producciones escritas por la pluma de
oro de Sancho IV ó traídas al habla de Castilla, por su mandato. Una de
éstas es, la Grand Conquista de Ultramar, que casi todos los historiadores
suponen publicada, con el nombre del más sabio y desventurado de los
Reyes. La Acadeinia de la Historia, en un Informe luminosísimo, la ad-
judicó al hijo de D.a Violante, de acuerdo con lo que se lee en los códi-
ces más viejos y en el manuscrito, que con solicitud se guarda, en la Bi-
351
blioteca Nacional y que es coetáneo, ó muj' poco posterior á D. Sancho.
Dada esta circunstancia; dado que en las páginas de D. Alfonso, no hay
alusión alguna á la citada obra y sí en el Libro de los Castigos; es innega-
ble, que fué familiar, antes de 1292, al rebelde sucesor del Conquistador
de Murcia, la Estoria de Ultramar, conocida después, por el título de
Grand Conquista; en cuyo trazado entraron muchas tradiciones romances-
cas de diversa índole, la Historia de Guillermo de Tiro, el Speculum de
Beauvais, del que S. Luis regaló un precioso ejemplar á D. Alfonso, la Cró-
nica turpina, declarada auténtica por Calixto II, según Tiraboschi, y tra-
ducida al francés, ya en tiempos de Felipe Augusto, por Miguel de Harnes.
Esto no obstante, hay en la obra originalidad, ya que no alteza histó-
rica, como Puimaigre ha demostrado. Original es el Caballero del Cisne
y en el Godofredo, son tan visibles las líneas y el contorno del que pin-
tara el Tasso, como lo sean, en el Giotto, los delineamientos del genio
rafaélico.
La Grand Conquista de Ultramar es una prueba del esplendor, á que
merced al sabio hijo de S. Fernando llegó la lengua, envíos días de Don
Sancho. Y para no manchar plagiándolas, las páginas que Amador de
los Ríos consagra á esta obra, en la suya monumental, las recomiendo
al lector.
Pág. 173, La Coronilla.— Esta despreciativa frase, inventada quizás por
algún émulo del Tanto monta, deseoso de que se olvidara que Aragón
trajo en sus nupcias con Castilla, pingüe dote de reinos y mares, no goza
ya del favor público. La unión de los dos reinos, es universalmente juz-
gada, como providencial.
Pág. 254, Coplas de Mingo Revulgo. — En favor de la paternidad de Ro-
drigo Cota, no son muy sólidas las razones alegadas; y la condición de
converso de éste, su fama de relapso y la acritud con que se trata en las
Coplas á los judíos, no hacen muy verosímil que el autor de ellas, sea el
personaje indicado. Así opinan críticos muy sesudos. No ha faltado quien
haya atribuido tan amarga composición, al Ennio español, Juan de
Mena. El Cronista y Secretario de cartas latinas de D. Juan II, murió
años antes de que aquélla fuese escrita. El P. Mariana, refiriéndose á
Hernando del Pulgar dice, «trovó unas coplas muy artificiosas que lla-
man de Mingo Revulgo, en que calla su nombre por el peligro que le co-
rriera, etc.» Sarmiento, aludiendo al Secretario de los Reyes Conquista-
dores de Granada, Comentarista de las Coplas, indica, que «sólo el poeta
se pudo comentar á sí mismo, con tanta claridad, y no otro alguno, y
sólo el comendador pudo haber compuesto aquellas coplas».
El Sr. Amador de los Ríos cree, que es un misterio, en la historia de
la Literatura, el nombre del autor, que con tal ingenio, satirizó la corte
corrompida de D. Enrique el Impotente y censuró á la España, que coa
punible mansedumbre, sufría los escándalos del trono.
352
He terminado mi tarea, que no ha sido otra, que la de
ordenar los vocablos, contenidos en la primera edición de
este Diccionario, teniendo á la vista un ejemplar impreso,
abundante en adiciones de letra del autor; y los contenidos
en un cuaderno, que encontróse entre los papeles de éste
y en cuya pi'imera hoja se lee, Apéndice para enriquecer la
segunda edición del Diccionario de voces aragonesas publi-
cado en 1859 por D. Jerónimo Borao. (Vocabulario; más de
mil voces de aumento). En la Introducción se han hecho las
adiciones y enmiendas que Borao apetecía y que dejó con-
signadas, en el aludido ejemplar impreso y en un manus-
crito, que la familia del eminente catedrático proporcio-
nase, á la Comisión encargada de la parte directiva de esta
Biblioteca.
En el Prólogo que precede á este libro, no pretendo ofre-
cer novedades. Ni cómo!
La filología crítica es una ciencia nueva, muy difícil en
todas partes y principalmente en nuestra atmósfera de vida:
el horizonte de sus indagaciones ha crecido: sus problemas
enlázanse, con los más altos de la filosofía y la historia: sus
estudios, de tendencias las más severas, rechazan las indó-
mitas fantasías. La filología crítica y la filología compara-
da, han enlazado de tal suerte la existencia espiritual de
las edades, que la lengua Eva, ya nos satisfacemos con que
lo sea la helénica, ni la latina, ni la Zend, ni la sánscrita,
ni la védica; y sus arrogancias son tales, que han osado as-
pirar á reconstruir los idiomas primitivos del Asia.
Laboriosas, con una laboriosidad incansable, ellas han
dado relieve material á las enseñanzas de la Metafísica, y
de la Filosofía de la historia; han recogido la semilla prime-
ra de las lenguas; viajan sin cesar por el mundo aryo, por
el semítico ó por el indo-germánico; si llegan á un sitio en
el que la erudición no se atreve á pasar adelante, toman la
razón por guía y tienden el cable de la hipótesis científica;
y renuncio á continuar, porque la enumeración de sus
merecimientos, sería interminable. Elevadas la filología y
la lingüística á la categoría de ciencias, nos han pagado
tan merecida honra, reconciliando la historia moderna Cun
la historia de la madre del hombre, de la que éramos hijos
de maldición por el exclusivismo greco-romano. Con la sin-
ceridad propia de mi carácter declaro, que mi cabeza no es
353
tan firme, que pueda contemplar esas alturas, sin sentir
vértigos. Gracias si tengo ingenio para comprender, el
grande de un Leipsius, de un Schvvartz, de un Bunsen, de
un Benfey, de un Gesenius, de un Furst; gracias si para
admirar el de indianistas como Pictet, Colebroock ó Raw-
lison; gracias si para saber que Julien, Max, MuUer y Enli-
cher han consagrado al estudio de la Gramática china, ho-
ras que nunca serán bastante bendecidas; gracias si para
pedir la palma de oro que merecen, los Lenormant, Dunc-
ker; Fick, Bournouf, Ovelacque, Glaire, Regnier, Littré,
Diez, Gayangos, Moreno Nieto, los filólogos en suma, que
han convertido en ciclo-maestro, el aun no cerrado de la
Edad Moderna.
Lo escaso y vulgar de mis estudios sólo me ha consenti-
do repetir, y no bien, antiguos juicios para refrescar anti-
guas impresiones.
Y al soltar la pluma y dar gracias á Dios, que me ha per-
mitido terminar mi faena, me pongo al amparo de ese ami-
go oculto que se llama público, benévolo á fuer de ilustra-
do, con los grandes deseos y la buena voluntad.
Zaragoza 29 de Diciembre de 1884.
F. S. Y G.
-^^^N^—
Colección de voces usadas en la Litera
AUTOR
D. Benito Coll y Altabas ^^^
A
Abarballado. Macollado. Se emplea esta voz para designar
el estado de los cereales, cuando después de sembrados y
nacidos arrojan numerosos hijuelos ó tallos.
Abarballar. Macollar.
Abocar. Es un sistema de renovar y perpetuar las viñas di-
ferente del de amugronar, aunque tienen mucha seme-
janza. Abocar, es soterrar toda la cepa vieja, dejando al
descubierto las puntas de dos ó más sarmientos, destina-
dos á formar nuevas cepas y cubrir faltas.
Abozo. Planta de la familia de las liliáceas, que crece en te-
rrenos pobres. En algunos países la utilizan para alimen-
to de los cerdos.
Abracamontes. Se dice asi á la persona que nunca se sacia
de adquirir tierra.
Abragonar. Abrahonar.
Abriojos. Planta: Abrojos.
Abrir ventana. Se usa esta dicción cuando empieza á clarear
ó rasgarse un nublado compacto.
Abunegar. Estrujar.
Abuquecer. El acto de cubrir el macho cabrio á la hembra.
Aoabacasas. Dilapidador, manirroto.
Acelgueta de monte. Planta: Beta mar itima.
Acierro. Pequeña porción de tierra que queda sin remover
por el arado, entre surco y surco, á consecuencia de la
(1) Premio en los Juegos Florales de Zaragoza (Certamen de 1901).
n* A
impericia del gañán ó inseguridad en la marcha de la
yunta.
Acó. Hoyo ó recipiente destinado á recibir el vino cuando
sale del lagar.
Acomodo. Significa esta voz, generalmente, matrimonio, y
en muchas ocasiones se aplica á las personas que lo van
á contraer. Así se dice: «Fulano es buen acomodo; pero
Mengana es mal acomodo» ^.
Acoplador. Cadena, cuerda ó correa que sirve para acoplar,
ó sea para unir las cabezas de dos muías, caballos ó bue-
yes, para que vayan iguales.
Acorronado. El que ha llevado á efecto la acción de acorro-
narse.
Acorronarse. Acercar la cabeza al regazo de otra persona
buscando calor, amparo ó cariño.
Acurrupirse. Encogerse.
Adobamelígos. Se dice á la persona exageradamente oficiosa
y entrometida que, sin ser solicitados sus servicios, toma
á empeño aliviar las penas y males ajenos.
Adotar. Dotar 2.
Aflamarse. Secarse la mies antes de la granazón á conse-
cuencia de vientos abrasadores ó calor excesivo.
Afrentacavadores. Hierba que se cría en abundancia en las
tierras de labor mal cultivadas.
Agrienco. Sabor ácido que tienen algunas cosas. H Se aplica
también esta voz al vino que empieza á agriarse.
Aguabcsante. Declive ó vertiente de una colina ó de un
monte.
Agualera. Rocío.
Aguas cordiales. Cocimiento de ñores de malva, malvavisco,
manzanilla ú otras hierbas medicinales.
Aguas mansas. Se dice así al hombre que, al parecer, es in-
ofensivo é incapaz de hacer daño á nadie y, sin embargo,
sabe hacer todo lo contrario, si se le obliga ó instiga.
Agullada. Aguijón empleado para hacer andar á los bueyes.
Ajaceite. Véase Ajolio en el Diccionario de Borao.
Ajesús. Abecedario. Este es el sentido de esta voz, como pue-
de verse en el siguiente cantar, muy común en los pue-
blos de la Litera:
Estudiante quise ser,
¡Se me puso en la cabeza!
Y no hi podido aprender
De la ajesús ni una letra.
(En Monzón se dice La Jesús).
Ajo de bruja. Especie de ajo silvestre.
A III*
Ajuela. Azuela, empleada por los carpinteros y carreteros.
Ajuelo. Azuela pequeña que llevan los gañanes para armar
y desarmar los arados y hacer algún ligero remiendo.
Ajuste. Convenio preliminar á los capítulos matrimoniales,
en el cual se estipulan los bienes que los contrayentes
han de aportar al matrimonio, y las bases por las que
ha de regirse la sociedad conyugal 3.
Alantar. Adelantar.
Aibergena. Berengena.
Albezones. Véase Abozo.
Alcaz. Véase Arcaz en el Diccionario de Borao.
Aldoba. Duela.
Aldredes. Adrede.
Aldula. Adula.
Aliga. Águila.
Aligóte. Buitre.
Almaempena. Se le dice asi á la persona que habitualmente
es distraída, indiferente á todo, é incapaz de impresio-
narse por nada.
Almendreral. Almendral.
Alumbraría. Luces de cirios y blandones empleadas en los
entierros.
Alzaría. Talla, alzada, elevación.
Allanapastíllos. Se dice á la persona que tiene afán de com-
poner todos los negocios ajenos.
A medías. Por mitad.
Amejorar. Mejorar.
Amejoras. Mejoras.
Amo. Gallo que, en un corral ó gallinero, se le destina á la
reproducción ó conservación de la especie.
Amolar. Fastidiar, importunar*.
Amollar. Cejar, ceder, amoldarse á hacer una cosa después
de haber opuesto resistencia.
Amoroso. Dadivoso, espléndido, generoso.
Andalogio. Nublado tenue.
Anglucla. Glotonería.
Anglucíón. Véase Anglucia.
Anglucloso. Glotón.
Ansera. Asa, argolla.
Antera. Margen ó línea plantada de olivos.
Antíparte. Aparte.
Anadíenza. Añadidura.
Apa. Se usa esta voz para excitar ó mandar que se levante
al que está sentado ó echado. En este sentido equivale á
la palabra castellana «arriba».
Aparatador. El que aparata.
IV" ÁK
Aparatan. Exagerar, ponderar excesivamente una cosa.
Aparatero. Véase Aparatador.
Apargatas de fuego. Se emplea esta frase para denotar la
urgencia ó prontitud con que debe hacerse una cosa, por
ejemplo: «Tu padre se está muriendo; ya puedes ir con
apargatas de fuego á llamar al cura y ai notario».
Apargateta. Juego que los niños hacen con sus respectivas
alpargatas.
Apeada. Llegada oportuna de una ocasión que se espera.
Apeadura. La primera tierra que se echa en el fondo déla
hoya para sujetar el pie del árbol que se planta. •
Apear. Colocar en el fondo de la hoya el pie del árbol ó ar-
busto que se va á plantar.
Apedregar. Apedrear.
Apechar. Apechugar. Tener ánimo para emprender una
cosa difícil.
Apollerar. Cobijar.
Aportellar. Atraer, reducir ó traer á camino á una persona
ó á un animal que tiene por costumbre huir.
Apreciador. El que aprecia ó tasa oficialmente el daño cau-
sado en fincas rústicas por personas ó caballerías. En
este sentido se usa esta voz en las «Actas del Ayunta-
miento de la villa de Binéfar», como se ve en la corres-
pondiente al día 24 de Febrero del año 1754.
Apretar fuego. Incendiar.
Arañuela. Enfermedad del olivo, producida por las larvas
del insecto Pspylia ó pulga del olivo, las cuales chupan
con predilección el jugo del árbol en las partes más tier-
nas de las ramas, promoviendo una extravasación de la
savia, viscosa al tacto y que parece una ligera capa de
algodón.
Arco de San Juan. Arco Iris.
Argados. Aparato hecho de mimbres y compuesto de cuatro
cestos apareados y unidos entre si. Se usa para transpor-
tar diferentes objetos, y muy especialmente para aca-
rrear agua poniendo un cántaro en cada cesto.
Aristero. Corte ó herida en la lengua y labios de las caba-
llerías, producido por las aristas de las espigas al comer
la paja.
Armilla. Abrazadera de hierro que sirve para sujetar el em-
palme de dos piezas de madera. Con esta significación se
emplea esta voz en las «Cuentas de Propios y Común de
la villa de Binéfar» del año 1798.
Armoil. Planta: Atriplex hortensis.
Arnal. Colmenar.
Arnero. Véase Arnal.
Arrastruzones. Se aplica á las personas y cosas que son lle-
vadas arrastro. || Vida de privación y pobreza que lleva
alguna persona.
Arroz. (Día de comer). Día de gran fiesta.
Arrugado. Mezquino, miserable.
Asolar. Desgajar, rajar.
Asenjadura. Matadura.
Asprb. Áspero.
Asprura. Aspereza.
Astroligo. Astrónomo.
Atablarse. Contratarse por un precio alzado para comer en
una fonda, posada ó casa de huéspedes.
Au. En marcha. H Los carreteros emplean esta palabra, re-
pitiéndola dos ó más veces seguidas, levantando mucho
la voz, para animar y unir el esfuerzo de las caballerías
que llevan el carro, cuando éste ha caído en un atollade-
ro ó tiene que vencer cualquier otro obstáculo que di-
ficulta la marcha.
Aucar. Motejar, zaherir ó ridiculizar á una persona que va
de paso.
Avellerol. Pájaro: Abejaruco, Merops apiaster.
Azurido. Se dice á quien muestra una inclinación extraor-
dinaria hacia una persona ó cosa.
Azurirse. Desvivirse por una persona ó cosa.
Babada. Barro que se forma en la superficie de la tierra
cuando viene el deshielo.
Bachillear. Fisgonear, entrometerse.
Bachoca. A pesar de hallarse esta voz en el Diccionario
de Borao, la incluyo en este vocabulario porque, en la
Litera y gran parte del Alto Aragón, tiene acepción dife-
rente. Aquí entendemos por bachoca la cápsula ó vaina
de todas las legumbres cultivadas ó silvestres. Como prue-
ba de ello citaré el refrán que dice: «Cuando la aliaga
ñorece, el hambre crece; y cuando bachoca, á todos toca».
Bachocar. Golpear con un palo las legumbres secas para
desprender los granos de sus vainas. (En Monzón se dice
Desbachocar).
Badallar. Bostezar.
VI* B
Badallo. Bostezo.
Bagaril. Véase Baga en el Diccionario de Borao.
Baje. Caballería.
Bajería. Servicio ó prestación de bagajes.
Baladrero. Baladren.
Baladronero. Véase Baladrero.
Balsa de olivas. Circuito ó redondel donde se muelen las
olivas. ''
Baliuestros. Despojos del pienso de paja que se da á las ca-
ballerías.
Baña. Cuerno convertido en alcuza, donde los pastores de-
positan el aceite de enebro para curar ciertas enferme-
dades propias del ganado lanar.
Bandado. Llanta.
Banzo. Bazo. || Bacera.
Barbillera. Correa estrecha que forma parte del cabestro y
que sirve para sujetarle á la cabeza, pasando por debajo
de la mandíbula inferior de la caballería.
Barboll. Se aplica esta voz á la persona que habla mucho,
pero sin orden ni concierto.
Barcina. Caja ó bacía de madera que se usa en los molii,
aceiteros para medir el pie de olivas.
Barfolla. Envoltura ó vaina seca de las legumbres despi
de desprendidos los granos. |I Hollejo de las uvas.
Barilla. Mandíbula inferior. Muchas veces se usa esta vo/
en plural teniendo el mismo significado.
Barra (Tener buena). Frase que se aplica á la persona V i
animal que come mucho.
Barracudo. Patituerto.
Barras. Disparador ó gatillo de las armas de fue;. '•. K-V: ■
tiene diferente acepción en el Diccionario de í-'
Barrastas. Cabeza ligera, calavera.
Barza. Zarza.
Barrosca. Raspa ó escobajo de la uva.
Batatero. Edificio ó aposento que tiene abiertas
de par en par.
Batallo. Badajo, lengua de una campana.
Bategar. Hacer surcos profundos alrededor de los olivos,
para detener cerca de éstos el agua pluvial.
Bayarte. Véase Balluarte en el Diccionario de Borao.
Bellugar. Mo^ drse, agitarse. || Aplicarse al trabajo ú oficio á
que uno se dedica. || Mostrar gran actividad en busca de
negocios.
Berra. Hembra, del cerdo, destinada á la reproducción.
Berro. Berraco.
Bezón. Hermano gemelo.
B vil*
Blsagre. Enfermedad gnmulosa, propia de los solípedos.
Blanquilla. Planta silvestre de la fannilia de las compuestas.
Se emplea para hacer las escobas burdas con que se ba-
rren las eras.
Sobón. Buho.
Bocatoba. Persona que no sabe guardar los secretos.
Bocazas. Fanfarrón.
Bochornera. Bochorno que sopla con insistencia y gran
fuerza.
Bogal. El que gustoso se presta á hacer cualquier servicio
ó trabajo. || Dadivoso.
Boguear. Deslindar, poner hitos para separar dos términos
ó dos heredades 5.
Boiras. Empleando esta voz en plural significa nubes. En
singular tiene la acepción que Borao le da en su Diccio-
nario.
Boja. Manga de hierro metida en el centro de la rueda de
un coche ó de un carro, y á la cual se ajusta el extremo
del eje.
Bolbegón. Montón de grano que hay en la era después de
aventada la parva; pero que aun no está bastante limpio
y necesita darlo de nuevo al aire antes de llevarlo al gra-
nero.
BoltOÓn. Montoncillo ó conjunto de cosas de una misma es-
pecie, dispuestas confusa ó desordenadamente.
Bolts (Perder el). Perder la cabeza, perder el juicio, vol-
verse loco.
Bolito de tierra. Juego de niños.
Bolomaga. Planta silvestre de la familia de las leguminosas:
Ononis procurrens.
Bolsota (Hacer). Recoger y guardar cuidadosamente los
ahorros ó economías.
Bomegar. El acto en virtud del cual la tierra, el suelo ú otra
cosa cualquiera, escupen ó sueltan el agua por estar ex-
cesivamente saturados.
Borohanco. Palo torcido y lleno de nudos y ramillas á me-
dio desgajar.
Bordizo. Retoño, especialmente el del olivo.
Borín. Persona inculta y de maneras toscas.
Borraza. Manta de cáñamo que se tiende debajo déla copa
del olivo para recoger el fruto. ^'
Bostrellada. Bofetada.
Bolear. Retozar.
Botico. Boto ó pellejo para poner vino ó aceite. En este
sentido está escrita en la condición 8 del «Arriendo del
Abasto de carnes de la villa de Binéfar», donde se lee:
24
VIII* o
« Que tendrá obligación el Arrendador de dar al Adnni-
nistrador del molino de aceite de esta villa, una cabruna
de macho para un botico de cabida de cuatro arrobas »
Botinchado. Hinchado. || Amostazado, amoscado.
Botón de gato. Una variedad de uva cuyos granos se aseme-
jan á los testículos del galo.
Bozar. Cegar, obturar ú obstruir algún conducto.
Bozaoalies. Se dice a la persona delgada y desmedrada pero
muy vanidosa en sus ademanes, y especialmente en la
manera de andar.
Bozo. Morral de hierro, correa ó cuerda que se pone á los
animales.
Bracera. Hierba silvestre de la familia de las compuestas.
Braguero. Tetas ó mamas (de las hembras de los animales)
cuando están llenas de leche; asi se dice: «Esta yegua tie-
ne pequeño el braguero. La cabra tiene un braguero
muy grande. A la vaca se le acaba de secar el braguero;
etc., etc.»
Bramar. Rebuznar.
Branquil. Umbral. || Poyo.
Brazo. Categoría ó clase con arreglo á los intereses ó bie-
nes que una persona posee. Así se dice en la Litera con
harta frecuencia: «Fulano es poco más ó menos de mi
brazo; para mi brazo hago más de Lo que puedo; me han
cargado la contribución más de lo que corresponde á mi
brazo; etc., etc. -
Brenca. Brizna.
Bribar. Podar árboles. || Escardar sembrados.
Brien. Mancha blanca y escamosa, en la piel, que tiene cier-
ta semejanza con el herpe.
Brocero. El que es poco delicado para comer.
Brullar. Resaltar, brillar.
Budilio. Intestino.
Bufar. Soplar.
Bufido. Soplo.
Buina Excremento de buey.
Bullón. Embudo de madera que se pone en los silos.
Burcear. Cornear.
Burina. Bureo.
Burnear. Remover, hacer avanzar ó retroceder sólo por un ex-
tremo ó costado, un sillar, bloque ó cualquier mole pesada.
Burniego. Persona de corto entendimiento y tenaz en el sos-
tenimiento de sus aberraciones.
Burriciego. Corto de vista, miope.
Burrofalso. Juego de niños.
Burzada. Cornada.
IX*
Cabañero. Borrico que va con las cabanas para transportar
el hato, ajuar, ó menaje de los pastores.
Cabarrudo. Hombre de corta inteligencia, pero muy obsti-
nado ó terco para defender su opinión.
Cabruna. Piel de cabra ó de macho cabrio. Véase la cláusu-
la 8.a del «Arriendo del Abasto de carnes de la villa de Bi-
néfar», copiada en la parte que nos interesa en la voz
BOTICO.
Cacinglo. Semicírculo ó asa de madera que va unido á un
extremo de la cincha, para que corra con más facilidad
la cuerda de ésta.
Cacherulo. El pañuelo que los hombres llevan liado á la
cabeza, en Aragón. Kii el Diccionario de Borao tiene esta
voz acepción difei'onle.
Cachilón. Ponedor ó lugar donde las gallinas ponen sus
huevos.
Cacholeta. Espacio comprendido entre las piernas, un poco
abiertas, cuando una persona está sentada.
Cadoiia. Hoyo ó pequeña cavidad abierta en roca viva para
recoger agua pluvial ó manantial.
Cagacierro. Escoria del carbón mineral quemado en las fra-
guas.
Cagaleta. Excremento algo duro y de forma más ó menos
redondeada, evacuado por ciertos animales como la ca-
bra, la oveja, el conejo, la rata, etc.
Cagalión. Cagajón.
Caganíu. El último pájai'o nacido en una pollada. || El últi-
mo hijo nacido en una familia numerosa. I| Hombre des-
medrado y raquítico.
Caguerrina. Cagalera.
Cagigal. Robledal.
Cagigar. Véase Cagigal.
Cagigo. Roble.
Calajera. Calaje, naveta.
Calcear. Cocear.
Calcilla. Media sin pie, que se sujeta por la parte inferior
mediante una trabilla que forma parte de la misma media.
Caliandra. Calandria.
Caltrizas. Aparato de mimbres muy parecido á los arga-
dos; pero con la diferencia de que sólo tiene dos cestos,
y por tanto son mucho más grandes. Las caltrizas tie-
nen igual aplicación que los argados si se exreptúa
transportar agua con cántaros.
Calz. Coz.
Calzada. Muro de poca elevación construido de piedra tos-
camente labrada, que sirve para impedir la entrada de
los ganados en los campos.
Calzar pocos puntos. Frase que se aplica á la persona de cor-
to entendimiento.
Camatón. Tiene esta voz en la Litera diferente sentido del
que Borao le da en su Diccionario. En esta comarca sig-
nifica la mitad ó tercera parte de un haz de leña, ó bien
pequeños montoncillos de leña de los cuales tomando dos
ó tres se forma un haz.
Cambrón. Clavo que tiene la cabeza formando un ángulo
recto. Esta voz se encuentra en las «Cuentas de Propios
y Común de la villa de Binéfar» correspondientes al
año 1798.
Campana (Tener). Esta frase se usa para significar la espe-
ranza que se tiene de recuperar ó salvar una cosa que
se creía perdida, ó de recobrar la salud la persona ó el
animal que estaba en peligro de muerte.
Campasolo. Persona que vive caprichosamente y sin suje-
ción á nadie.
Campo blanco. Tierra sin árboles destinada al cultivo de ce-
reales. Es igual que tierra blanca y tierra campa. Con
igual sentido se usa en las «Actas del Ayuntamiento de
la villa de Binéfar», como puede verse en la correspon-
diente al 20 de Noviembre de 1784.
Canalla. Muchachos. |I Hijos pequeños. Asi se dice: «La ca-
nalla juega sin que nunca se canse». «Fulano, toma estas
peras y dalas á tu canalla».
Canaula. Collar de madera del que pende la esquila ó cen-
cerro que^se pone á una res.
Canciones (Á truca de). Se usa esta frase para indicar la
baratura ó bajo precio por el que una persona ha logrado
adquirir alguna cosa.
Candeleta. Voltereta.
Candirse. Consumirse, aniquilarse poco á poco el cuerpo de
una persona ó de un animal, á consecuencia de una en-
fermedad larga.
Cantagailet. Hierba silvestre de la familia de las labiáceas.
Cantaral. Cantarera, vasar hecho exclusivamente para la
colocación de cántaros.
c xr
Cañuda. Espita, canuto ó llave de madera que se pone en las
cubas y toneles para dar salida al vino.
Caperuz. Moño de plumas que llevan algunas aves.
Caperuzada. Ave que lleva caperuz.
Capucear. Riña de dos personas ó de dos animales que van
por el suelo dando volteretas.
Caracola. Tuerca.
Carada. Reconvención áspera. ¡| Echar en cara una cosa.
Caraliot. Simple, tonto, corto de alcances.
Carambelo. Caramelo.
Carapuerto. Terreno sombrío y expuesto al Norte.
Carcañetas. Cuclillas.
Carmelar. Véase Carmenar en el Diccionario de Borao.
Carnicera. Peso de tres libras aragonesas. Se emplea espe-
cialmente para pesar carne y pescado.
Carnigüelo. Planta silvestre de la familia délas compuestas.
Las gentes pobres lo utilizan como ensalada.
Carnistolendas. Carnaval.
Carnistoltas. Persona estrambótica en su manera de hablar,
de obrar y de vestir.
Carnuz. Carroña. || Persona sucia y desaseada.
Carquiñol. Pasta compuesta de harina, huevos y almendra
picada y que después se le da una forma especial.
Carramatero. Carretero.
Carranca. Pájaro del tamaño de una tórtola.
Garrasquizo. Arbusto parecido á la carrasca, por sus hojas y
fruto. (En Monzón se dice así á los retoños de la encina,
y también á ésta cuando es pequeña).
Carráu. Carraca.
Carrerón. Senda.
Cascarrabias. Persona de carácter irascible.
Cataplasmero. Persona que teniendo poco mal se queja mu-
cho. II Se aplica también esta voz á la persona que, sin
tener verdadera necesidad, se hace aplicar parches, cata-
plasmas, vendajes, etc. Borao da á esta palabra significa-
ción diferente.
Catatricos. Trastos, baratijas.
Cebada. Avena.
Cebadlo. Campos sembrados de ordio y avena. Asi se dice:
«Este año los campos de trigo están buenos; pero, los de
cebadiOj flojos>.
Cegalleta. Guiño.
Cegalloso. Blando de ojos.
Celindrajos. Harapos hechos jirones. || Adornos superfluos
en los vestidos de las mujeres.
Oello. Llanta.
xii* o
Cencero. Véase Genero en el Diccionario de Boroo ^.
Cenoilet. Phinla silvestre que se cría en terrenos de mu-
cho fondo y húmedos. Los campesinos lo utilizan
como aperitivo, adobándolo antes con agua, vinagre
y sal.
Centella. Enfermedad que padece el trigo, consistente en
secarse las espigas antes de la granazón.
Centín. Moneda de oro: Centén.
Cepo. Cepa, vid.
Cercera. Cierzo que sopla con gran violencia.
Cercharse. Doblarse, viciarse, combarse las maderas.
Cereiío. Fuerte, duro, resistente. Esta voz se aplica á las per-
sonas, lo mismo que á los animales y cosas que reúnen
las indicadas condiciones.
Cerol. Balano.
Cerolico. Especie de ciruela pequeña '^.
Cerolla. Acerola.
Cerolla (Preto como una). Se aplica esta frase á la persona
tacaña, miserable.
Cetrll. Vasija de barro cocido para contener agua, y que se
diferencia de la jarra por tener sólo una asa, colocada en
la parte superior.
Cibadiilo. Enfei-medad que ataca á los corderos de leche
cuando están excesivamente gordos.
Cicoleta. Acequia de muy reducidas proporciones.
Cierro. Golpe que se da con un palo lanzándolo con fuerza.
En el Diccionario de Borao no tiene esta acepción.
Cincocientos. Quinientos
Cinglo de peña. Yacimiento de roca.
Cirigallo. Persona que pasa el tiempo yendo y viniendo de
un punto á otro sin hacer cosa de provecho.
Cisclón. Ciclan.
Citera. Aceitera, alcuza.
Civicón. Una parte del eje de los antiguos carros y galeras.
En este sentido se ve usada esta voz en las «Actas del
Ayuntamiento de la villa de Binéfar». Véase la corres-
pondiente al 29 de Septiembre de 1782.
Clapa. Mancha. || Peladura. Trozo de terreno donde no ha
nacido la semilla, ó se han muerto las plantas después
de nacidas.
Clapera. Bache.
Clavesillo. Estaquilla clavada en la parte central del yugo,
para colocar en ella la correa que sujeta el timón del
arado.
Clota. Hoya destinada á plantar algún árbol ó arbusto.
Clotar. Abrir ó clavar hoyas.
o xiir
Clugidor. Pójaro muy parecido al gorrión por su color y ta-
maño. Gorrión triguero, Emberiza miliaria.
Cochorro. Planta silvestre y de fruto espinoso.
Codeta de rata. Planta silvestre de la familia de las gramí-
neas y del género Alopecurus.
Coleta. Planta sivestre: Silene iujlata, colleja.
Collecas. Acción de llevar una persona á otra en las espal-
das á horcajadas.
Comprometido. El que ha dado palabra de casamiento.
Comuna. Servicio ó prestación vecinal.
Conco. Solterón.
Confrontanzas. Limites, linderos.
Confuíanse. Confabularse.
Congrena. Gangrena.
Congrenar. Gangrenar.
Conortarse. Conformarse.
Coralet. Guindilla. j| Persona de carácter irascible.
Corcollo. Gorgojo.
Corcomorlo Murmullo.
Corgallo. Colgajo.
Corita. Persona aplicada y económica en grado superlativo.
Cornillera. Argolla ó abrazadera, dentro de la cual gira la
parte superior del armazón de algunas puertas.
Cornudeta. Planta silvestre de la familia de las cruciferas,
que tiene la legumbre en forma de cuerno y terminada
en punta muy aguda. Crece en los campos sembrados de
cereales.
Coroneta. Planta de la familia de las cruciferas. Sus flores
son blancas y están reunidas en capitulo.
Corral vadibol. Corral descubierto en las casas de labranza.
Correoso. El hombre ó el animal que tiene aguante ó resis-
tencia para el trabajo.
Correrse la romana. Esta frase se aplica cuando una persona
miente ó exagera mucho lo que dice.
Corrotilla. Corregüela, Convolvulus arvensis.
Coscollo. Coscoja, Quercus coccifera.
Costalazo. Costalada.
Costera. Cuesta. En el Diccionario de la Real Academia tie-
ne acepciones diferentes.
Craba. Una de las variedades del caracol, que se la encuen-
tra en los terrenos de secano, especialmente en los que
están vestidos de sosas y sisallos.
Crabetas. Caballete sobre el cual se colocan los toneles.
Crebaza. Repliegue ó doblez que se hace en la piel de las
extremidades cuando está endurecida; frecuentemente
degenera en un corte ó llaga que produce un dolor in-
XlV v^
tenso. La crebaZa es muy común en ki gente de campo,
por el calzado tosco que usa y por las rudas faenas á que
se dedica.
Crencha. Es la línea divisoria entre el declive y la meseta de
un cerro, altozano, cordillera, etc.
Crepón. Rabadilla de las aves.
Crospis. Coscorrón.
Crosta. Costra. || Corteza de pan.
Crostón. Trozo ó canto de pan.
Cruce. Encrucijada.
Crudo. Véase Acierro.
Cuairón. Cuartón.
Cuartos (Acabarse los). Concluirse la paciencia.
Cubo. Lagar.
Cuca cebollera. Grillo real.
Cuca vinatera. Carraleja.
Cuco de luz. Luciérnaga.
Cucullada. Cogujada.
Cucuilet. Unión ó grupo apretado de las yemas de todos los
dedos de una mano.
Cucullo. Cogollo.
Cucut. Juego de niños, que consiste en ocultarse todos los
que en él toman parte, menos uno, que es el que tiene
que averiguar dónde están escondidos sus compañeros.
Cuchareta. Renacuajo sin branquias ni pies.
Cuchimandrero. Persona que pierde el tiempo hablando de
cosas sin importancia.
Cuchivache. Cuchitril.
Culodemaíasiento. Se aplica esta voz á la persona que no
quiere sujetarse á estar en un sitio ó punto determinado,
ó cambia con frecuencia y sin causa justificada de oficio
ú ocupación.
Curalotodo. Planta medicinal.
Curda. Borrachera.
Curripias. Diarrea. I| Miedo.
Curro. Espigón del quicial que se introduce en el quicio.
En este sentido se usa esta palabra en las «Cuentas de
Propios y Común de la villa de Binéfar» del año 1798.
XV*
CH
Chabeta. Clavija, pasador, claveta.
Chabela (Perder la). Perder el juicio, volverse loco.
Chatacharcos. Persona sucia que anda por los barros, y me-
tiéndose en los charcos los hace salir de madre.
Chafanegocios. Persona entrometida ú oficiosa que intervie-
Cne en todos los asuntos ajenos y hace abortar los nego-
cios en que tercia.
Chafandín. Persona de poco seso ó de ligereza reconocida.
Chafarnar. Aplastar.
Chapa. Moneda de cobre, con el busto de Fernando VII, y
cuyo valor era de dos cuartos.
Chapas. Juego de azar que se hace con dos monedas de este
nombre lanzándolas al aire, y según la disposición en
que quedan después de caer al suelo se gana ó se pierde.
Chapurquear. Manosear el agua sucia.
Chaquetazo. Véase Costalazo.
Charrador. Véase en el Diccionario de Borao Cliarraire 8.
Charro. Charla: Turdus viscivorus.
Chaval. Joven de pocos años, mozalbete. En este sentido se
usa esta voz en el siguiente cantar, que se oye con fre-
cuencia en los pueblos de esta tierra:
La calle Mayor de Fraga
Ya no la rondan chavales,
Porque la rondan los mozos
Con trabucos y puñales.
Chávala. Copa muy pequeña, ó media copa, en la que se
sirve anís ú otros licores.
Chavo. Ochavo ^.
Cherta (Es de). Se usa esta frase para designar que la per-
sona á quien se aplica es de malos antecedentes ó de per-
versas inclinaciones.
Chesenco. Aljezón.
Chico del Esquilador (Estar harto como el). Se emplea
esta frase para denotar que una persona ha comido con
exceso.
Chiooína. Achicoria.
Chilar. Chillar.
XVI* CH
Chilindrón. Guiso especial en el que entra por base el toma-
te fresco ^0.
Chimlnera. Chimenea. Esta voz se lee en las «Cuentas de
Propios y Común de la villa de Binéfar» del año 1798.
Chireta. Una especie de embutido que se hace con un pica-
dillo de carne, miga de pan y algunas especias. Se pone
luego esta mezcla en una bolsita hecha de tripa de vaca
y después se fríe en aceite.
Chirla. Pájaro del tamaño de un gorrión y de color pardo.
Chilla: Passer petronia.
Chirumen. Numen, ingenio.
Chobalera. Cada uno de los tarugos ó piezas de madera
sobre los que descansa una cuba ó tonel.
Choca. Parte del tronco desgajado de un árbol que se desti-
na al fuego.
Chocaciega. La parte del tronco soterrada y que también
se destina á la combustión.
Chola. Golpe dado en la cabeza con la palma de la mano.
Chollar. Esquilar.
Chordos. Infartos que salen en los lados del cuello cerca de
las orejas.
Chorlovit. Alcarabán: Charadrius cedicnemus.
Choto. Macho cabrío destinado á la reproducción.
Chuflaina. Dulzaina ^i.
Chuflar. Silbar 12.
Chuflet. Silbato, pito.
Chuflido. Silbido.
Chulo. Muchacho asalariado que se tiene en las casas de la-
branza para hacer las faenas más ínfimas. Esta voz se la
encuentra en muchas actas del Ayuntamiento de la villa
de Binéfar, pertenecientes al siglo XVIII, y también en el
volumen titulado; «Libro para Binéfar», año 1728, folio 154.
Chumear. Destilar, transpirar los toneles, vasijas y otros
objetos que contienen líquidos.
Chuminera. Chimenea.
Chupazo. Chupetazo, chupetón.
Chupido. Calado.
Chupir. Calar.
Churra. Ave de la familia de las gallináceas, de tamaño ma-
yor que la perdiz y de plumaje pardo salpicado de man-
chas negras.
Churro. Chorro, golpe de agua. || Pasta de harina y huevos
frita en aceite.
Currumpada. Chorretada.
Chuta. Lechuza.
XVII*
Dante (Al más). Mejor postor i^.
Dañado (Estar por dentro). Se oplica esta frase para de-
notar que una persona ó un animal padece una enferme-
dad larga y desconocida, que aniquila poco á poco la na-
turaleza de quien la sufre.
Dejarse tocar. Esta frase se usa para denotar que una cosa
puede adquirirse por un precio módico ó con cierta bara-
tura. Asi se dice: «^^Están caras las muías en la feria? —
Aun se dejan tocara.
Demba. Pequeño trozo de terreno contiguo á los pueblos y
que generalmente se dedica al cultivo de forrajes í*.
Dentegueras. Véase Dentera en el Diccionario de Borao.
Desbalejada. Se dice á la mujer desgarbada y que tiene mal
tipo.
Desbalejarse. Disiparse un nublado.
Desbezar. Limpiar cualquier conducto estrecho que esté
obstruido.
Descuarterizar. Descuartizar.
Desempedregar. Desempedrar.
Desenreligar. Desenredar.
Deslogadura. Dislocación de un hueso. Esta voz se la encuen-
tra en el contrato celebrado entre el Ayuntamiento de la
villa de Binéfar y el boticario Pedro Murillo, en el año
1735. El segundo pacto, copiado á la letra, dice: «Por cuan-
to los algebristas gastan trementina, polvos recetivos y
pez de Jaca, se obliga el dicho Pedro Murillo á dar dichas
especies para todas las roturas y deslogaduras que acon-
tecieren». Este documento se encuentra en el folio 156 del
«Libro para Binéfar».
Desiogar. Dislocar los huesos.
Desustanciada. Persona que ordinariamente habla ú obra
con ligereza.
Desyermar. Abrir ó roturar por primera vez un terreno in-
culto.
Diablo. Una especie de trillo consistente en tres ó cuatro
rodillos hechos de planchas de hierro dentadas, y que gi-
ran estando colocados en un bastidor.
Díjlendas. Voz pública; según de público se dice.
Dorondón. Escarcha.
XVIII*
Embarráu. Foja de nubes recias y compactas que aparece en
el cielo cerrando los últimos términos del horizonte.
Emboücar. Enredar. || Embrollar. 1| Embolismar.
Embrencar. Enredar, enmarañar y aplastar la mies en el
suelo antes de estar segada.
Embuñegar. Reburujar. || Hacer una cosa con precipitación
y desorden.
Embuñego. Reburujón, rebujo, || Cualquier cosa hecha con
desaliño.
Empanadón. Especie de empanada, en cuyo interior sólo se
ponen espinacas ü otras verduras. Esta voz se lee en el
«Arrendamiento de los hornos del Común de vecinos de
la villa de Binéfar», hecho en el año 1800. La priniera con-
dición que figura en este contrato, copiada á la letra, dice:
«Primeramente el Arrendador deberá cobrar de treinta
panes, tortas ó e/npanaclones, uno, por derecho llamado
de Puya » Esta escritura se encuentra en el legajo «Ac-
tas del Ayuntamiento de Binéfarí>, años de 1752 al 1800.
Empanchorrido. El hombre ó el animal que tiene el vientre
lleno de agua.
Empanduilar. Hacer una cosa aprisa y mal.
Empanduilo. Cualquier cosa que esté hecha aprisa y mal.
Empardar. Igualar.
Empardas (Estar en). Estar iguales.
Empañetar. Emparedar. |1 Oprimir ó apretar á alguna perso-
na contra una pared.
Empedregar. Empedrar.
Empochada. Cataplasma de salvado, vinagre y sal, que se
pone en las pezuñas de los animales.
Emprecipiar. Principiar, comenzar^
Emprecipío. Principio, comienzo.
Empreñar. Mortificar, fastidiar á alguno.
Emprio. Véase en el Diccionario de Borao Ademprio.
Enarcarse. Cortarse, perder la serenidad cuando se va á
hacer alguna cosa difícil ó peligrosa.
Encaicuñar. Meter en algún sitio varias cosas aprisa y sin
orden.
Encamada. Margen plantada de olivos.
E XIX*
Encamatonar. Hacer cnmatones.
Encantuciar. Encantusar, encantar.
Encapadura. Costra que se forma en la superficie de los
campos sembrados, á consecuencia de una pequeña llu-
via, impidiendo el nacimiento de la semilla.
Encendallo. Rama, hierba seca ó cualquier otro objeto pro-
pio para prender fuego.
Encielada (Boira). Se usa esta frase cuando la niebla está
muy alta y oculta el cielo.
Encolla. Grupo de dos ó más caballerías atadas la una en
el cuello de la otra.
Encollar. Formar ó hacer una ó más encellas.
Encortar. Especie de embrujamiento, en virtud del cual un
hechicero ó brujo impide, por medios sobrenaturales,
que algunos recién casados puedan hacer uso del ma-
trimonio. Esl.a superstición está tan arraigada en la ma-
yor parte de la provincia de Huesca, que apenas se cele-
bra una boda entre gentes sencillas é ignorantes sin que
se obligue á las novias á ponerse una moneda de plata
debajo de la planta del pie, al tiempo de ir á la iglesia,
para librarse del encortamiento por medio de tan singu-
lar amuleto.
Encubilarse. Encamarse la caza.
Enchervelido. Aterido.
Endlvinadera. La que adivina.
Endivinaila. Acertijo.
Endivinar. Adivinar.
Endrija. Rendija. Grieta.
Enfiláu. Especie de red burda que se emplea para conducir
paja.
Enflascar. Ensuciarse los pies ó las manos en alguna subs-
tancia blanda y asquerosa.
Enforcanadura. Punto de unión de las piernas. || Espacio
comprendido entre las piernas abiertas.
Enfurruñarse. Véase Enfurruscarse en el Diccionario de
Borao.
Engalla. Cada uno de los extremos salientes ó puntiagudos
del corte de una azada.
Enganapastor. Ave: Pastorcilla de las nieves. El Diccionario
de la Real Academia da este nombre al autillo.
Engarcholar. Encerrar. |1 Encarcelar.
Engatuzar. Engatusar.
Engolondrina. Golondrina.
Enguila. Anguila.
Enguilear. Sortear los obstáculos, orillar los entorpeci-
mientos.
XX* E
Enjordiga. Planta: Ortiga.
Enjualdrido. Persona que se apasiona por el juego.
Enlaminarse. Aficionarse á un manjar.
Enraberar. Atrasar un carro hasta que la parte de atrás ó
rabera loque en el punto que se desea.
Enramada. Conjunto de huesos descarnados y secos que, los
jóvenes despechados, ponen en las puertas de las casas
donde habitan las muchachas que no corresponden á sus
atenciones amorosas.
Enreblado. Acobardado. Tener los miembros entumecidos
por el frío.
Enrebladura. Acobardamiento. || Entumecimiento de los
miembros por el frío.
Enrejada. Herida en la pata de una caballería, producida
por la reja del arado.
Enrejadura. Véase Enrejada.
Enrestlr. Embestir.
Enrobinarse. Enmohecerse.
Ensisar. Acción en virtud de la cual las aguas torrenciales
depositan el limo y sedimento que arrastraron de los te-
rrenos más elevados.
Ensopegar. Hacer una cosa con oportunidad. || Cuajar ó lle-
gar á tener efecto una cosa en el momento crítico que se
desea.
Entema. Ojeriza, encono, mala voluntad.
Entimar. Denunciar ante el juez competente los daños cau-
sados por personas ó animales en la propiedad rústica.
Entrascarse. Atascarse.
Entretelas (Sacar las). Matar. || Asesinar. || Sacar las en-
trañas.
Entretenedera. |( Entretenimiento.
Envanarse. Combarse ó viciarse alguna cosa recta.
Erizón. Erizo.
Ermilla. Anillo ó asa de hierro.
Esbarbolar. Deshacer con el bieldo los haces de mies para
tender la parva.
Esbarbutido. Muchacho de inteligencia precoz y de carácter
abierto.
Esbarrar. Desbarrar, desviar. || Disparatar.
Esbarrero. Lo que va suelto. |1 Lo sobrante de un número ó
cuento.
Esbatullado. Atolondrado, ligero, poco reflexivo.
Esbellugar. Moverse con lentitud una persona ó animal que
ya se daba por muerto.
Esbelluzarse. Esponjarse, iniciarse el crecimiento de una
cosa.
E XXI*
EsbirlaJ. Sesgo, oblicuidad, torcimiento.
Esboldregarse. Deshacerse una cosa por defecto de cons-
trucción.
Esborregarse. Despeñarse una persona ó un animal produ-
ciéndose la muerte.
Esboterar. Desahogar el vientre después de una larga re-
tención de alimentos.
Esbravarse. Perder los líquidos espirituosos gran parte
de su fuerza y las sustancias olorosas su perfume ó
aroma.
Esbronce. Esfuerzo, sacudida, estremecimiento.
Esburciar. Divorciar.
Esburcio. Divorcio.
Escalado. Surco profundo abierto en la tierra por las aguas
torrenciales.
Escalar. Abrir profundos surcos en la tierra las aguas to-
rrenciales.
Escaldaoficios. Persona que empieza á aprender muchos
oficios y acaba por no saber ninguno.
Escalia. Escanda, escaíla.
Escamallarse. Cansarse y entumecerse las piernas después
de una marcha larga.
Escampilla. Palillo de diez ó doce centímetros de longitud,
terminado en punta por ambos extremos. || Juego propio
de niños.
Escampilla (Listo como una). Frase que se aplica al hom-
bre activo, diligente, pronto, ligero en el obrar.
Escamochear. Escatimar || Regatear.
Escampadero. Paraje amplio y despejado.
Escantillar. Romper el borde,' canto ó arista de alguna cosa.
El Diccionario de la Real Academia da otra acei)ción á
esta voz.
Escariado. Chupado, extenuado.
Escañar. Estrangular. |I Enflaquecer sin esperanza de reco-
brar la gordura. Borao le da otra acepción.
Escapulario (Pisarse el). Fi'ase que se aplica á la persona
presuntuosa.
Escarabachína. Cucaracha.
Escarabacho. Escarabajo; Escarabceus sacer.
Escarabacho pelotero. Escarabajo pelotero.
Escarcha. Quebraja, rendija grande en las rocas.
Escardalenca. Muchacha de precoz desarrollo físico acom-
pañado de movimientos airosos y formas esbeltas.
Escarramanchín. Véase Escarramanchones en e\ Dicciona-
rio de Borao.
Escarramar. Abrir, ensanchar las piernas.
XXII* E
Escarrazonar. Rebuscar en las vides, después de la vendi-
mia, los racimos perdidos.
Escaza. Cazo grande que se emplea en los molinos aceite-
ros para sacar el agua de la caldera cuando se ha de es-
caldar la pasta contenida en las capachas.
Esclacido. Chasquido.
Esclatar. Estallar.
Esclatido. Estallido.
Esclatero. Lo que está en paraje despejado y se ve con cla-
ridad.
Escoba de cabeceta. F*lanta de la familia de las compuestas:
Mirolonchus closii. El nombre de esta planta lo usa ó
admite como vulgar D. Francisco Lóseos en su obra titu-
lada: Serie imperfecta de las plantas aragonesas es-
pontáneas.
Escobizo. Planta: Osyris alba. Sirve para hacer escobas.
Lóseos admite esta voz entre los nombres vulgares de las
plantas descritas en su obra: Serie imperfecta de las plan-
tas aragonesas espontáneas.
Escobre. Escoplo.
Escolar. Acabar, apurar alguna cosa, y también, limpiar el
sitio ó lugar que la contiene.
Escorchoiín. Pájaro recién salido del huevo.
Escorporar. Limpiar con esmero.
Escorporado. Lo que está muy limpio.
Escortar. El corte que se hace á los naipes cuando se juega.
Escrismado. Persona de cortos alcances, de poco seso.
Escrúpol. Escrúpulo.
Escupirina. Saliva.
Escupírinazo. Salivazo.
Escurzón. Escorpión.
Escurrucío. Repulsa, reprimenda.
Escusero. Esta voz se usa para indicar que un hombre ó un
animal se marcha sigilosamente ó huye con cautela.
Esdologar. Dislocar los huesos.
Esfilorchar. Deshilachar.
Esflorear. Elegir ó sacar lo mejor de alguna cosa.
Esfurrear. Ahuyentar.
Esgalichado. Raquítico, desmedrado.
Esgallar. Desgajar.
Esgallinarse. Empezar á desarrollarse con vigor una perso-
na ó un animal de naturaleza antes pobre y enfermiza.
Esgarrañar. Arañar.
Esgarranazo. Arañazo.
Esgarrapar. Véase Esgarrañar.
Esgarrapazo. Véase Esgarranazo.
I
E xxiii*
Esgarrarropas. Pequeño reptil: Salamanquesa.
Esgarrincho. Desgarramiento de la piel.
Esgatuciarse. Pelearse.
Esgay. Desgay.
Esguitarráu. Se dice á quien no goza de perfecta salud.
Eslisadera. Lugar á propósito para resbalar.
Eslisar. Resbalar.
Eslisón. Resbalón.
Eslisazo. Véase Eslisón.
Esmatigar. Arrancar con la azada las malas hierbas de los
campos.
Esmerar. Fluir.
Esmolar. Amolar, afilar.
Esmuir. Cogerlas olivas con la mano, haciendo con ésta un
movimiento parecido al que se emplea para ordeñar.
Espadilla. Cada una de las piezas de madera que se ponen
en las ranuras ó hendiduras de los matracos para sujetar
la parte posterior de la viga ó prensa de aceite cuando se
cuelga la libra.
Espaldadura. Dislocación de algún miembro. |I Descomposi-
ción del mecanismo ó estructura de alguna cosa.
Espaldar. Dislocar. H Descomponer, trastornar, romper al-
guna cosa.
Espanzolla. Copo de estopa.
Espanzurrar. Despanzurrar.
Esparvero. Gavilán.
Espategar. Patalear.
Espeiurcio. Mujer despeinada, desaseada, desaliñada.
Espelletar. Despellejar.
Espellejadura. Erosión, rozadura en la piel.
Espentar. Empujar.
Espentear. Véase Espentar.
Espentón. Empujón.
Espigol. Espliego. Lóseos admite esta voz en el catálogo de
los nombres vulgares de las plantas descritas en la Serie
imperfecta de las plantas aragonesas espontáneas.
Espinaque. Espinaca. También da cabida Lóseos á esta voz
en su mentada obra.
Espinganet. Lugar muy estrecho é inclinado, por el que no
se puede pasar sin gran riesgo de caer.
Espinochar. Deshojar las panojas del maíz.
Espiraliar. Hacer, con una barrena delgada, un agujero en
una cuba ó tonel para dar salida al vino, y así probar si
está ó no sano el líquido.
Espolsa. Vapuleo.
Espolsar. Vapulear.
25
XXIV* E
Esporgar. Expurgar.
Espunchegar. Pinchar repetidas veces, mediando entre una
y otra pequeños intervalos.
Espuma. Chispa de fuego.
Esquichar. Rasgar.
Esquilla. Esquila.
Esquillón. Cencerro grande.
Estajante. Inquilino.
Estaiapizar. Estrellar á alguna persona, animal ó cosa, con-
tra una pared. || Despeñar.
Estalviar. Ahorrar, economizar.
Estameña (Calentar la). Pegar, zurrar, vapulear.
Estampidor. Piezas de madera que, en los molinos aceiteros,
sirven para sujetar las estanteras y los matrasos. Véo-use
estas dos últimas voces.
Estantera. Cada una de las piezas pareadas ó pies derechos
colocados á los lados de la prensa, y que sirven para que
ésta no se desvie.
Estarnar. Destrozar á golpes una cosa en varias partes ó
fragmentos.
Estarrancazo. Herida producida por un estarranco.
Estarranco. La parte de rama desgajada y seca que continúa
adherida al tronco principal.
Estarrocar. Desterronar.
Estijera. Tijera.
Estijereta. Insecto: Forfícula auricularia. Tijereta.
Estijeretazo. Tijeretada.
Estilla. Astilla.
Estirazo. Tronco horquillado, que lleva una asa de hierro
en el punto donde convergen los brazos y una barra de
madei^a que une los mismos en su parte más divergente,
formando así un triángulo más ó menos regular. Sobre
este aparato se colocan mampuestos, sillares ú otras co-
sas pesadas, que son transportados arrastro por una
yunta.
Estizonar. Golpear con la badila ó con la tenaza los troncos
encendidos, para desprender de ellos las brasas.
Estopizón. Estopón. || Copo formado con las borras ó despo-
jos del cáñamo.
Estorniliar. Destornillar. |1 Caída con quebrantamiento de
huesos.
Estosegar. Toser.
Estozar. Caída de cabeza, seguida casi siempre de la muerte.
Estozolar. Véase Estozar.
Estrafollador. Manirroto, dilapidador.
Estrafollar. Malversar, derrochar.
1=^ XXV
Estransido. Chupado, extenuado.
Estrebillo. Juego de niños.
Estrechapuertas. Estrujadura que se da á una persona ó á
un animal cerrando una puerta al tiempo de salir.
Estreudas. Véase Estreudes en el Diccionario de Borao.
Estribar. Esfuerzo contrario que hacen dos caballerías un-
cidas, probando ambas cuál puede arrastrar ó llevarse á
la otra. |1 Escasa harmonía que reina entre personas que
debieran trabajar y aspirar para conseguir un fin común.
Estrinque. Cadena de mucha resistencia que llevan los ca-
rreteros para sacar los carros cuando se atascan en ba-
ches profundos. Aunque en el Diccionario de la Real
Academia está incluida esta voz y su sinónima Estren-
que, es con significado diferente al que aquí se le da, si
bien es cierto que entre una y otra acepción hay alguna
semejanza.
Estripar. Destripar.
Estripaterruecos. Persona inculta. || Campesino.
Estroncar. Destroncar.
Estronciiinar. Machucar.
Esturdir. Perder el sentido á consecuencia de recibir un
fuerte golpe.
Esturdido. El que ha perdido el sentido por recibir un golpe.
Esturnell. Pájaro: Estornino.
Esturrufar. El acto por el que ciertos animales erizan el pelo
y algunas aves las plumas. || Enfurruñarse, amoscarse.
Esturrufado. El animal que se esturrufa. || El hombre que
se enfada, encoleriza, amostaza.
Esvalzarse. Derrumbarse, desplomarse una pared.
Esvanecerse. Desmayarse.
Esvinzarse. Herniarse.
Esyermar. Descuajar y roturar por primera vez un terreno
virgen.
Faba. Tonto, simple.
Faja. Almanta, trozo de tierra labrantía muy largo y estre-
cho. En este sentido es usada esta voz en el «Catastro de
la villa de Binéfar» perteneciente al siglo xvii.
Fajuelo. Sarmiento.
Falcada. Manojo de mies cortado con la hoz ^^
xxvr 1=^
Falcllla. Ave: Vencejo.
Faldareta. Faldcta.
Fana. Huera, vacia.
Farrada. Cubo de madera para sacar agua de un pozo.
Farranca. Piedra de rio, canto rodado.
Farrar. Poner la reja en el arado sujetándola con la esteva
y el trascón.
Fartanero. El que nunca se sacia comiendo, glotón.
Fastioso. Fastidioso, pesado, cargante.
Fateza. Fatuidad.
Fato. Fatuo.
Femero. Estercolero. Con este significado se lee la voz feme-
ro en el libro de «Actas del Ayuntamiento de la villa de
Binéfar». Véase la correspondiente al día 13 de Agosta
del año 1780.
Ferfet. Cigarra.
Ferúm. Mal olor que despiden algunos animales,
Ferrina!. Pequeño trozo de terreno contiguo á los pueblos y
que generalmente se dedica al cultivo de forrajes. La pa-
labra ferrinal se lee con frecuencia en el «Catastro de la
villa de Bincfar» perteneciente al siglo xvii.
Ferrinal. Véanse las voces Demba y Ferrinal. En el men-
tado «Catastro de la villa de Binéfar», perteneciente al
siglo XVII, también se lee la yozjerriñal.
Ficocho. Estaquilla clavada en la pared que sirve para atar
el ronzal de una caballería.
Figuereta (Subirse á la). Amostazarse, amoscarse.
Fila. Desarrollo, traza de alguna persona, animal ó planta.
Así se dice que lleva buena Jila un muchacho de precoz
desarrollo; un ternero raqui tico lleva mala fila; á un
árbol joven y vigoroso y á las mieses aventajadas se les
dice que llevan buena Jila^ etc., etc.
Filfa, Mentira.
Fita. Pequeño mojón que sirve para deslindar heredades.
La palabra ^/l¿a se lee en el «Libro del Ayuntamiento de
Binéfar» del año 1760. Véase el folio 57.
Fizar. Es el acto, en virtud del cual, ciertos animales des-
truyen el germen vegetativo de los granos ó semillas. Por
ejemplo: el grano de trigo que está comido por el gorgojo
se dice que está Ji:saclo; lo mismo se dice de cualesquiera
otras semillas que tienen los granos horadados por los
insectos ó gusanos. Borao da otra acepción á esta voz.
Fíoco. Fleco.
Fioronco. Divieso.
Fogaril. Hogar. El Diccionario de la Real Academia da otro
sentido á esta palabra.
v^ xxvir
Fogana. Ordinariamente se emplea este vocablo para desig-
nar el fogón que hay en los molinos aceiteros para ca-
lentar el agua destinada á escaldar la pasta de las olivas.
Folleta. Hoja de navaja separada del mango.
Forigón. Horquilla destinada á empujar ó meter la leña en
los hornos de pan cocer.
Forniguilla. Enfermedad que padecen los solípedos en la pe-
zuna.
Forniguilla (Tener). Se aplica esta frase á la persona de gran
actividad, y también al hombre nervioso que está siem-
pre en movimiento.
Fosíllo. Especie de cardo silvestre, provisto de fuertes es-
pinas.
Frau. Fraude.
Frechenco. Cerdo de seis ú ocho meses que se destina para
el cebo.
Frechínate. Véase en Borao Fritada.
Fresar. Moler la sal entre dos piedras. || Congeniar dos ó
más personas.
Frontal. Cada una de las piezas redondas que cierran los ex-
tremos de los barriles, toneles, cubas, etc. En el Diccio-
nario de la Real Academia tiene otras acepciones.
Fuineta. Escapatoria que los muchachos hacen para no asis-
tir á la escuela, y también la que hacen del hogar domés-
tico las personas que encuentran desavenencias y dis-
gustos en el seno de la familia.
Fultraque. Levita, gabán ó chaqueta muy larga.
Furro. Arisco, indómito, huraño.
Furtainés. Hucha de barro cocido, donde los muchachos de-
positan sus ahorros.
Galapatillo. Insecto de la familia de los hemipteros, que chu-
pa el jugo del trigo cuando aun está en la espiga sin sa-
zonar. Si las primaveras son cálidas y lluviosas, se repro-
duce el galapatillo con facilidad asombrosa y viene á ser
una verdadera plaga para las cosechas de cereales.
Galendrar. Columpiar.
Galocha. Bache.
Gangán. Estúpido.
XXVIII* o
Garchofa. Alcachofa.
Garchola. Encierro. || Cárcel.
Gargallo (Beber a). Levantar la jarra ó bota y dejar caer el
liquido en la boca sin que los labios toquen los referidos
vasos.
Garrabera. Una variedad de la zarzamora.
Garrabón. Fruto de la garrabera.
Garrapescalre. Ave: Flamenco.
Garraspera. Ronquera; aspereza en la garganta.
Garrero. Cayado.
Garrilargo. Hombre ó animal que tiene las piernas muy
largas y sin que guarden proporción con el resto del
cuerpo.
Garrispo. Mulo ó caballo que tiene por costumbre cocear.
II Vino que empieza á agriarse.
Gasto. Manutención. Asi se dice: «Juan hace buen gasto á
sus criados», en vez de les da bien de comer ó los man-
tiene bien. «Pedro no hace el gasto á sus jornaleros», en
lugar de decir no los mantiene ó no les da de comer en su
casa. En este sentido se encuentra usada esta voz en la
«Capitulación hecha entre el Ayuntamiento de Binéfar y
el maestro albañil Diego Roteta», en el año 1752, como se
ve en el «Libro para Binéfar», folio 153 vuelto. Archivo
municipal de la referida villa.
Gesa. Terreno de yeso.
Geta (Mas malo que). Frase empleada para denotar la per-
versidad de una persona.
Ginebro. Enebro. D. Francisco Lóseos admite esta voz entre
los nombres vulgares délas plantas descritas en su obra
Serie imperfecta de las plantas aragonesas espontáneas.
Ginestra. Planta: Genista. Esta voz, como la que antecede,
también es admitida entre los nombres vulgares de las
plantas comprendidas en su referida obra.
Ginestrai. Terreno donde abunda la Ginestra.
Glera. Álveo, cauce ó lecho de un río. El Diccionario de la
Real Academia da otro significado á esta voz.
Gleriza. Piedra de río, canto rodado, guija.
Goguera. Mona de Pascua, pastel.
Golfo. Bisagra de mucha resistencia que se emplea en puer-
tas grandes. Esta voz se lee en las «Cuentas de Propios y
Común de la villa de Binéfar», año de 1798. Archivo mu-
nicipal.
Gorrión de canalera. Hombre ladino, taimado.
Gotetas (Caer). Lloviznar.
Graba. Arena gruesa que contiene muchas piedrecillas ó
guijas.
o XXIX*
trabado. Hombre que tiene la cara picada de viruela.
Grabera. Mina ó lugar de donde se extrae la graba.
Gracia (Tener). Don sobrenatural que se atribuye á al-
guna persona para curar una ó varias enfermedades.
La gente ignorante y supersticiosa cree ciegamente que
quien nace en el día que la Iglesia celebra ia Conversión
de San Pablo, tiene gracia para curar.
Gralla. Grajo.
Gramar. Agramar.
Granulada. Erupción granulosa.
Grapa. Golpe que se da en la cabeza con la mano abierta.
El Diccionario de la Real Academia le da otras acep-
ciones.
Grec. Una de las muchas variedades de uvas.
Grenuz. Mujer despeinada y desaliñada.
Grillera. Lugar donde todos hablan y alborotan sin que na-
die se entienda. El Diccionario de la Real Academia da
otros sentidos á esta voz.
Grillen. Embrión ó germen de las plantas.
Grita. Pregón. En este sentido se ve usada esta voz en los
«Pactos con los que el Ayuntamiento de Binéfar arrienda
el abasto de carne». El pacto 6, copiado á la letra, dice:
«ítem: Que el arrendador deberá afianzar á satisfacción
«del Ayuntamiento y deberá otorgar la escritura corres-
«pondiente, satisfaciendo los drechos de la escritura y
«pagando al Ministro Corredor dos pesetas. Y habiendo
«precedido Carteles, vandos y diferentes gritas^ se tranzó
«y remató ante los SS. del Ayuntamiento á tres sueldos
«y seis dineros la libra Carnicera » Sesión del 25 de
Julio del año 1796. Borao da á la voz grita un sentido ex-
clusivamente forense.
Güego. Huevo.
Guía. Miembro viril, pene. || Miembro de la generación,
verga en los animales.
Guicha. Legumbre: Amosta.
Guichalada. Dentellada.
Guixeta. Planta de la familia de las leguminosas, muy pa-
recida á la veza. Lóseos admite esta voz entre los nom-
bres vulgares de las plantas que describe en su Serie
imperfecta.
Gulosa. Planta silvestre de la familia de las borragineas:
anchusa itálica.
Gusano (Matar el). Desayunarse. || Matar el hambre.
¡Hablara! Admiración y á la vez protesta y queja de lo que
dice otra persona; por ejemplo, Juan dice á Pedro, «En el
término improrrogable de tres horas, hará usted efectiva
el descubierto de 15.000 pesetas que ha resultado contra
usted en nuestro último balance». Y Pedro contesta:
€¡Hab¿ara, hombre! ¿No comprende usted, amigo Juan,,
que no es posible en tan corto tiempo hacer lo que usted
me pide?»
Hamugas. Aparato especial de madera que se pone sobre la
albarda para sujetar los haces de mies, leña, etc. cuando
se transportan á carga.
Hartaila. Hartazgo.
Hierretes. Instrumento de música que consiste en un trián-
gulo formado por una varilla de acero, en el que se toca
ó golpea acompasadamente con un palillo del mismo
metal.
Imposibles (Hacer los). Frase que se usa para indicar que
una persona tiene que agotar todos los medios para hacer
ó alcanzar alguna cosa.
Inclusa. Yunque. En este sentido se ve usada esta voz en
muchas de las capitulaciones ó contratos que el Ayun-
tamiento de Binéfar celebraba con los herreros en el
siglo XVIII, como puede verse en las Actas de 1752 hasta
el 1800. Archivo municipal de Binéfar.
Inte. Instante.
Intríngulis. Cosa complicada, enredo.
XXXI*
Jabrir. Labor de azada que se hace en las viñas para limpiar
de tierra el tronco y raíces superficiales de la cepa. Esta
labor precede siempre á la poda.
Jarmiento. Sarmiento.
Jarreta. Vasija de barro cocido para contener agua. Tiene
boca con rejilla en la parte superior; dos asas y una cánu-
la ó pico, para dar salida al liquido cuando se bebe.
Jóvenes (Hacer). Frase muy usada en todo el Alto Aragón,
para denotar que los padres casan á su heredero y tienen
al nuevo matrimonio en su compañía, trabajando todos
en beneficio de la casa común.
Justicia (Brazo de). Agente ó representante de la Autoridad.
Laminería. Golosina.
Lanternoso. El que padece alguna enfermedad en los ojos.
Lardada. Dolor intenso y de corta duración que se siente
en cualquiera parte del cuerpo.
Lembreno. Enjuto de carnes, delgado.
Lengua defuegOr Lengua viperina, mordaz.
Lenguaiarga. Persona que no sabe guardar los secretos que
se le confían.
Lenguatudo. Véase Lengualarga.
Leñazo. Varapalo.
Letrera. Hierba lechera.
Linajada. Linaje.
Litera. Comarca de la provincia de Huesca, que tiene por
límites: al N., el antiguo condado de Ribagorza; al O. y S.,
el Cinca, y al E., la Clamor Salada ó de Almacellas.
Locada. Pollada.
Loceta. Cazo pequeño.
Lueca. Clueca.
xxxii* IVI
Luna (Hacer una). Hurto de frutos que los hijos hacen á
sus padres, y las mujeres á sus maridos, para con el pro-
ducto de la venta de aquéllos atender á los gastos impre-
vistos.
Luquet. Tallo del cereal recién nacido. Borao da otro signi-
ficado á esta voz.
I_L
Llampugoso. Véase Lanternoso.
Llastón. Planta: Agropyrum pungens.
Llorazas. Llorón.
Llorigada. Conjunto de conejillos recién nacidos.
Lioriguera. Sitio ó lugar donde ha nacido la llorigada.
Llufa. Ventosidad.
M
Macot (Mas malo que). Esta frase se usa para denotar ó
ponderar la perversidad de una persona.
Magoiar. Magullar.
Magro. Jamón de cerdo.
Mal (Dar). Con esta dicción se da á entender la arraigada
superstición que hay entre la clase ignorante de que una
persona, por artes diabólicas, puede á su antojo disponer
de ciertas enfermedades y propinarlas á quien le plazca.
Así se dice: «A Juan le dio mal un hombre; á Pedro le dio
mal una mujer».
Malacara. Persona que tiene el semblante ceñudo.
Malafacha. Persona de aspecto repulsivo ó antipático.
Malalzado. Desaguisado. || Delito, crimen.
Mala pata (Tener). Tener mala suerte.
Malapécora. Persona que observa mala conducta.
Malapieza. Véase Malapécora.
Malapiga. Insecto: Cientopies.
Malaz. Enfermedad propia de las caballerías: Carbunco.
Malcomedor. El que come poco por falta de apetito. 1| Enfer-
medad: Cáncer.
IVI xxxiii*
Malfarchado. El que tiene mal tipo, el que es desgarbado.
Malgrano. Pústula maligna.
Malimponer. Sembrar la discordia entre personas unidas con
lazos de amistad ó parentesco.
Malpeinada. Véase Espelurcio.
Maltrazado. Véase Malfarchado.
Mambolla. Ampolla.
Mandalejo. Mandado, encargo.
Mandalejero. Persona que desempeña encargos y mandados.
Mañero. Palo que se emplea para golpear á los olivos á fln
de desprender el fruto. El Diccionario de la Real Acade-
mia le da otra acepción.
Mangada. Desviación pronta, revuelta rápida que se da en
una carrera ó corrida.
Mangrana. íJranada.
Mangranera. Granado. D. Francisco Lóseos admite mangra-
neva entre los nombres vulgares de las plantas que des-
cribe en su obra Serie imperfecta.
Manoquiila. Muñeca.
Mantornar. Dar la segunda reja á los campos de barbecho.
Manzanera. Manzano. Lóseos incluye esta voz entre los nom-
bres vulgares de las plantas descritas en la Serie imper-
fecta.
Maiíaneta. Alborada ó primera luz del día.
Marbaila. Hierba silvestre de la familia de las compuestas.
Margalio. Vallico. Lóseos incluye esta voz entre los nom-
bres vulgares de las plantas descritas en su Serie imper-
fecta.
Marinada. Viento de Levante ó venido del mar. El Dicciona-
rio de la Real Academia da á esta voz otro sentido.
Marrazo. Cuchilla de grandes dimensiones que sirve para
cortar la carne á golpe. En el Diccionario de la Real
Academia se le da acepción diferente.
Marrueco. Planta silvestre á la que se atribuyen propieda-
des medicinales.
Marramiáu (Ir X). Andar al mismo tiempo con las manos y
las rodillas.
Máselo. Macho.
Maseto. Cordero que se cría solo y con regalo.
Matraco. Campesino. || Persona de escasa cultura y de ade-
manes toscos.
Matrazo. Cada una de las piezas de madera ó pies derechos
que sirven para sujetar la parte posterior de la prensa ó
viga de los molinos aceiteros cuando se suspende ó cuel-
ga la libra. Esta voz se lee en el «Libro de Administra-
ción del Molino aceitero de la villa de Binéfar».
xxxiv* IVI
Matután. Gaznápiro.
Maular. Ladrar. |I Mayar.
Maulido. Ladrido. || Maullido.
Mee. Pájaro de tamaño menor que el del gorrión.
Meligo. Ombligo.
Meligo (Arrugarse el). Esta frase es sinónima de la pala-
bra cobardía, así como la de «no arrugarse el meligo'» es
sinónima de valor.
Menescal. Albéitar, veterinario.
Menudencias. Menudo de las aves. En el Diccionario de la
Real Academia tiene otro significado.
Mermasangre. Hierba silvestre que tiene la propiedad de
atemperar la sangre.
Mezclizo. Mestizo.
Michón. Pájaro.
Mielca. Mielga. Lóseos da cabida á esta voz en su renom-
brada obra Serie imperfecta.
Mielcón. Una variedad de la mielga.
Mientefuerte. Embustero.
Müorcha. Cometa. || Persona excesivamente alta.
Ministro Corredor. Alguacil del Ayuntamiento. Así se le de-
nomina á este funcionario en los «Libros del Ayuntamien-
to de la villa de Binéfar». Véanse las actas correspondien-
tes á los años de 1752 al 1800. Archivo municipal de Bi-
néfar.
MJojo- Grano ó pepita de la nuez, almendra y del hueso de
algunas frutas.
Misas de once (Fundar pocas). Esta frase se aplica á una
persona que está poco habituada á la economía y al tra-
bajo.
Misto. Fósforo, cerilla. El Diccionario de la Real Academia
le da un sentido más amplio.
Mochacón. Hombrón.
Mojadura. Rocío. En el Diccionario de la Real Academia se
le da otro sentido.
Mojete. Salsa.
Moiimento. Monumento, túmulo, altar ó aparato que se for-
ma en las iglesias el día de Jueves Santo.
Molumento. Véase Molimento. En la escritura de «Arren-
damiento de primicias de Ballovar», año 1768, se lee:
«Por el trabajo de parar y disparar el molumento, se pa-
gará una libra, 12 sueldos».
Molla (Agua). Agua blanda ó no potable.
Momagastro. Una variedad de la uva.
Mombolón. Insecto de la familia de los esfingidos: Sphix
Elpenor.
IVI XXXV*
Mombolonear. Hablar á media voz sin que se llegue á en-
tender lo que se dice. || Protestas que se hacen en voz
baja contra los mandatos ó amonestaciones de un su-
perior.
Monte redondo. Pardina ó grande extensión de terreno que
generalmente pertenece á un solo dueño.
Morelia. Hierba silvestre que crece en los terrenos sali-
trosos.
Morenillo. Aparato de madera que se pone dentro de la cho-,
colatera para batir el chocolate mientras se cuece.
Morerol. Ratón silvestre, musaraña.
Moridiza (Carne). Carne de las reses que mueren de enfer-
medad y se la destina al consumo público como si pro-
cediera de reses sanas.
Mórfuga. Atmósfera.
Morqueta. Alpechín.
Morra. Res lanar que padece la enfermedad llamada torneo
ó modorra.
Morralla. Especie de lazada que se hace, con el ramal del
cabestro, alrededor del morro de una caballería indómi-
ta, para sujetarla mejor.
Morralla (Duro de). Esta frase se aplica al hombre de ca-
rácter violento y poco flexible.
Morralleras. Suciedad que dejan los alimentos y las bebidas
alrededor de la boca cuando se toman sin la limpieza ó
pulcritud debidas.
Morrear. Sestear el ganado lanar.
Morrera. La punta más elevada de un cerro ó cabezo.
Morroño. Pedazo grande y más ó menos redondeado de al-
guna cosa. El Diccionario de la Real Academia le da otro
significado.
Mortalera. Mortandad.
Mosca de ganchet. Insecto de la familia de los múscidos y
cuyo nombre técnico es CEstrus' equi.
Moscalión. Tábano.
Mosta. Véase Amosta en el Diccionario áe Borao.
Mostrela. Comadreja.
Muergo. Enfermedad del trigo: Caries ó tizón.
Muestra. Flor del olivo.
Mugor. Aire enrarecido que se encuentra en los silos y la-
gares, especialmente en estos últimos cuando las uvas
pisadas están en el período de la fermentación tumul-
tuosa.
xxxvr
N
Nadón. Ánade ó pato silvestre.
Narices (Montarse las). Hemorragia nasal.
-Navada. Almadia.
Navatero. Los que hacen y guian las almadias.
Negrillón. Planta silvestre: Agrostema Githago.
Niervos (Acaballarse los). Relajación de nervios.
Noguero. Nogal.
Nuestro (El), Nuestra (La). Cuando la mujer usa la primera
de estas frases quiere decir «mi marido», y la segunda
dicción, en boca del marido, equivale á «mi mujerx>.
Olivera borde. Olivo silvestre, acebuche.
Olorar. Oler.
Olva. Polvillo 6 parte más menuda de la paja de los ce-
reales.
Oncecientos. Mil cien.
Ongina Angina.
Onso. Oso.
Oroiiegar. Ahogarse.
Osilio. Eje de hierro en cuyos extremos giran las ruedas de
los carruajes.
¡Ospo! Interjección: ¡Jopo!
Pa. Contracción de la voz para.
Paca. Paquete, bala ó fardo prensado de paja.
Pagentero. Pasto. Ij Lugar donde se encuentra el pasto.
Palanca. Pequeño puente movible consistente en una ó más
R xxxvii*
tablas tendidas sobre estrechas corrientes de agua. En el
Diccionario de la Real Academia tiene otra significación.
Palanqueta. Uno de tantos modos de cazar pájaros con liga.
Palear. Conllevar el carácter ó genio de una persona. ¡| Aco-
modarse, atemperarse con el sesgo que toman los acon-
tecimientos, asuntos ó negocios en los que una persona
tiene que intervenir.
Palera. Herida hecha á una caballería golpeándola con un
palo. II Cicatriz que resulta de la mentada herida.
Palometa. Palomilla que se cria en los graneros donde hay-
cebada. II Mariposa.
Paltruc. Persona de formas pesadas y modales toscos.
Pallarofa. Envolturas ó vainas secas de las legumbres.
Pan de falta. Es aquel que no reúne buenas condiciones por
defecto ó vicio de la masa.
Panchac. Panza, vientre.
Panicero. Se dice asi á quien es muy aficionado á comer pan.
Panleuestro. Hierba silvestre de la familia de las com-
puestas.
Panlnous. Tonto, simple.
Pantingana. Especie de langosta verde y de vientre muy
abultado.
Paparullas. Caricias, arrumacos.
Papeles. Todos los documentos en los que se tratan asuntos
de interés particular, y muy especialmente si están auto-
rizados por el Notario. Así son de uso muy frecuente las
frases siguientes: «Fulano se casó con Mengana; pero no
hicieron papeles (en lugar de capítulos matrimoniales)».
«Donde hay papeles callan barbas». Esta frase tal vez
deba su origen al principio foral aragonés Standum est
charlee.
Parcela. Una de las partes ó lotes en que está dividida una
pardina, monte vedado ó campo de muchísima extensión.
En el Diccionario de la Real Academia tiene esta voz otras
varias acepciones.
Parereta. Pequeña parada de tierra ú otro obstáculo que se
pone para desviar las pequeñas corrientes de agua.
Paret-foral. Pared maestra y más especialmente la exterior
ó que cierra uno de los costados de un edificio.
Parias. Membrana que envuelve al feto. El Diccionario de la
Real Academia le da otro sentido.
Parigual. Igual. Esta voz se emplea sólo cuando se trata de
la igualdad de las personas.
Parlaticado. Paralitico.
Partida. Cada una de las partes en que se divide un término
municipal, un vedado, una pardina. Esta palabra se en-
xxxviir F^
cuentra en cosi todas las escrituras de compraventa, per-
muta, cesión, donación, etc., de bienes raíces. En casi
todos los catastros de este país se lee la misma palabra
al precisarla situación de una finca determinada. || Pasa-
da, jugarreta.
Parrel. Una de las varias especies de uva.
Parruza. Parriza.
Pasayá. Voz usada por los carreteros para mandar á las ca-
ballerías que vayan hacia la derecha.
Pasearse el alma por el cuerpo. Frase que se aplica á la per-
sona indolente ó apática.
Pata (Estirar la). Morirse.
Pata (Tener mala). Ser desgraciado, tener mala estre-
lla.
Pataca. Pasta de harina, grasa y sangre de cerdo que luego
se cuece con agua. I| Mujer de formas pesadas.
Pauto. Pacto. Se lee esta voz en el «Libro para Binéfar», año
1754, folios 15 vuelto y 16. Archivo municipal de la citada
villa.
Pavías (Echar). Jactarse.
Pecho abajo. Ir hacia abajo, bajar una cuesta ó pendiente.
Pecho (Levantarse el). Estertor agónico.
Pederá. Estaca clavada en el suelo para sujetar por una pata
á la oveja que se resiste á amamantar á su cordero.
Pedo de monja. Cierta clase de bizcocho.
Pegalosiila. Hierba silvestre: Setaria verticillata.
Pena (Llevar la). Presentar la denuncia al Juzgado mu-
nicipal de la falta que se haya cometido en propiedad
rústica, por personas ó animales.
Pentinella. Hierba silvestre: Pimpinela.
Perbullir. Cocer primero con agua una cosa que después
se ha de guisar.
Percha. Palo muy largo y delgado que se emplea para hacer
caer las olivas, nueces, almendras y otros frutos, gol-
peando las ramas de los árboles. El Diccionario de la
Real Academia le da otras acepciones.
Perdigacho. Perdiz macho.
Perdua. Pérdida. ^
Permudar. El cambio anual que los animales hacen del pelo,
las aves de la pluma y las serpientes de la piel.
Perolo. Dado.
Perpalo. Barra ó palanca de hierro que se emplea para re-
mover objetos de mucho peso y especialmente grandes
piedras.
Perra (Tener). Pereza, desmadejamiento, sueño.
Perra capada (Salir la). Salir mal las cuentas. || Torcerse
R XXXIX*
la marcha de un negocio que al principio iba bien. || De-
fraudarse las esperanzas que uno alimenta.
Petacul. Fruto de la garrabera. || Persona de poca estatura.
Petar. Chasquear el látigo, la honda ó cualquier otro objeto
que produce chasquidos.
Retido. Chasquido.
Peto. Véase Petido.
Plazo. Pedazo. Esta voz se lee en la hermosa novela de don
Luis María López Allué, titulada Capuletos y Mónteseos,
página 218.
Picado. Picoso.
Picamorro (Beber A). Beber poniendo los labios en el pico
de la jarreta, cetril, porrón, etc.
Picapoll. Una de las varias especies de uva.
Picar. Cavar. Se lee esta voz en la página 122 de la novela Ca^
puletos y Mónteseos del Sr. López Allué. El Diccionario de la
Real Academia da otras acepciones á la palabra picar.
Pichar. Orinar.
Pichar la boira. Humedad que despide la niebla cuando está
baja y es muy densa.
Picharrada. Mearrada.
Pichella. Vasija de medio jarro de cabida. Se lee esta voz en
la «Cuenta de Propios y arbitrios de la villa de Binéfar»
correspondiente al año 1797. En dicho documento se
dice: € se emplean 100 hombres cada día (en la lim-
pieza de la balsa) á los que solamente se les daba un trago
á las diez y otro á las cuatro de la tarde, dando por cada
8 hombres dos medias ó Pichellas de vino que componen
6 cántaros, dos medias »
Pichoso. Se aplica esta voz á quien se orina sin darse cuenta
ó apercibirse.
Pigota. Viruela.
PIgotoso. Picoso.
PIjalto. Voz despreciativa con la que la clase ínfima de la
sociedad denomina al individuo de clases más elevadas.
Pinta. Ficha.
Pintar. Contar, apuntar, fichar.
Piño!. Cospillo.
Pirnia. Parche. Se lee esta voz en el «Libro para Binéfar»,
folio 16. Archivo municipal de la referida villa.
Pita. Enfado.
Pltoso. El que se enfada con frecuencia.
Pltoste. Véase Pitoso.
Pitral. Correa que, pasando por delante del pecho de una
caballería, se sujetan sus dos extremos en la silla ó
aparejo.
26
XL* R
Pitralera. Pecho de una caballería.
Piular. Piar.
Plañer. Compadecer, tener consideración.
Pleta. Cabana de pastores.
Pocacrisma. Persona de poco seso.
Pocachicha. Persona de pocas carnes.
Pocarropa. Descamisado.
Pocasustancla. Simple, tonto.
Pocofundamento. Persona de escaso criterio.
Pochaca. Bolsillo.
Pochaquear. Meter la mano en el bolsillo buscando alguna
cosa.
Podrecido. Pudrido, putrefacto.
Ponedor. Ponedero, nidal.
Pontentodo. Entremetido.
Porca. Cada una de las listas ó fajas, de nueve á doce ó ca-
torce pasos de anchura, en que se acostumbra dividir un
campo para sembrarlo con regularidad.
Porgador. Criba para ahechar el trigo.
Porgadoraire. Persona que tiene por oficio porgar ó ahe-
char.
Porguesas. Ahechaduras, despojos del trigo.
Porquear. Es el acto de dividir en percas un campo. || La
mala distribución que el sembrador ha hecho déla semi-
lia, hasta el extremo de conocerse las porcas aun mucho
tiempo después de nacido el sombrado.
Porquinate. Se dice á la persona sucia y desaseada.
Portalada. Portal de grandes dimensiones de algún edificio
público ó casa particular.
Portellada. Garganta ó paso estrecho que hay entre dos
colinas.
Pote. Trozo de piel destinado á envolver y conservar las
varillas impregnadas de liga que sirven para la caza de
pájaros.
Potinge. Potingue.
Potlngero. El aficionado á tomar potingues. || El que los
confecciona, y también el que manosea aguas y otros lí-
quidos sucios.
Pozo sin suelo. Persona que come sin saciarse nunca.
Preciadores. Véase Apreciadores. Se lee esta voz en el
acta del Ayuntamiento de Binéfar, correspondiente al
4 de Abril de 1785.
Presguardar. Resguardar. || Precaverse del daño ó riesgo
que nos amenaza.
Propiedad (Tener). Véase Tener gracia.
Prou. Bastante.
R XLl*
Pulsos. Sienes. En el Diccionario de la Real Academia tiene
otras acepciones.
Punchada. Punzada
Punchazo. Pinchazo.
Punchón. Punzón.
Puntarrón. Puentecillo tendido sobre alguna acequia ó
arroyo.
Puput. Abubilla.
Quinquilaire. Quinquillero, buhonero. López Allué pone en
boca de uno de los personajes de su novela Capuletos y
Mónteseos esta voz, como se ve en la página 214.
Rabanicia. Planta de la familia de las cruciferas: Raphanus
raphanistrum. Se la encuentra generalmente en los cam-
pos sembrados de cereales.
Rabosa. Raposa. || Se dice hacer rabosa cuando un carro se
atasca en un bache ó atolladero y no se puede sacar sin
un grande esfuerzo de las caballerías.
Raboso. Raposo. [| Hombre picaro, astuto, ladino.
Racoso. Hombre aplicado, trabajador, buscador de la vida,
Radedor. Rasero.
Ráfil. Alero de tejado.
Rafollada. Gran número, abundancia, muchedumbre.
Ramo. Cada uno de los brazos de un río, que se separa de
la corriente principal.
Ramos. Arboles dispuestos de una manera especial para ca-
zar pájaros con liga.
Rampona. Cosa menuda y despreciable.
Ranzonear. Perder el tiempo hablando ó haciendo cosas
inútiles.
Ranzonero. El que pierde el tiempo hablando de cosas fúti-
les ó yendo de un punto á otro sin hacer cosa de pro-
vecho.
XLll* R
Rascle. Especie de rnstrillo para recoger las espigas des-
pués de segadas. El Diccionario de la Real Academia le
da otra acepción.
Rata-paniquesa. Especie de rata silvestre; Myoxus nitella.
Vive ordinariamente en los árboles.
Rebaje. Rebaja, Se lee esta voz en la «Escritura de Arrenda-
miento de los bornes de la villa de Binéfar para el año
1800». Archivo municipal de dicho pueblo.
Rebaiiar. Dar vueltas una cosa rápidamente y sobre su pro-
pio eje, como lo hace la peonza, el trompo, etc., etc.
Rebordizo. Rechoncho.
Rebullido. Lo que ha hervido excesivamente. El Diccionario
de la Real Academia le da otra acepción.
Rebullir. Hervir una cosa más de lo necesario. El Dicciona-
rio de la Real Academia da á esta voz un significado dife-
rente.
Rebullón. Chichón. || Hinchazón producida por un golpe en
cualquier parte del cuerpo. 1| Reburujón, rebujo.
Rebun. Moho, orín.
Rebuscallo. Desperdicio, generalmente de leña.
Recachudo. Véase Rebordizo.
Recaiibarse. Recalentarse una cosa, fermentar.
Recatillo. Barda de tapia. || Cualquier moldura que sobre-
salga de una pared.
Recau. Potaje compuesto de judias, patatas y verdura. Es el
principal alimento de la gente campesina de la Litera.
Recomerse. Véase en el Diccionario de Borao Reconco-
merse.
Rechina. Caracolillo comestible de color blanquecino, y que
se encuentra en terreno de secano.
Rechitar. Retoñar.
Rechitón. Retoño.
Rechorchera. Véase en el Diccionario de Borao la palabra
Alifara.
Redol. Círculo.
Redolada. Contorno, comarca. Esta voz se lee también en la
obra de López Allué Capuletos y Mónteseos, página 56. El
Diccionario de la Real Academia le da otro significado.
Redolar. Rodar. || Caída dando tumbos.
Redolín. Turno. En este sentido se ve usada esta voz en el
«Libro de Administración del molino aceitero de la villa
de Binéfar».
Redolón. Tumbo, voltereta.
Referir. Comprobar, ajustar los pesos y medidas con los que
se tienen por legales.
Refítolear. Rebuscar, registrar, escudriñar.
R xLiir
Regal. La parte más baja de los terrenos, susceptible de rie-
go en época de grandes lluvias.
Reganchar. Doblar alguna cosa en forma de gancho. || Re-
torcer.
Regañadientes. Hacer una cosa á disgusto y refunfuñando.
Regañeras. Poner ios dientes á descubierto contrayendo los
labios. II Véase Dentera en el Diccionario de Borao.
Rejilla. Braserillo en forma de caja, cerrada en su parte su-
perior con una rejilla, sobre la cual se ponen los pies
para calentarlos.
Relojes. Planta silvestre de la familia délas geraniáceas:
Erodium ciconium. Lóseos incluye el nombre vulgar de
esta planta entre los que enumera en la lista de su Serie
imperfecta de las plantas aragonesas espontáneas.
Rem. Espacio que descubre una guadaña en cada mano ó
pasada.
Remojón. Rebanada de pan tostada y luego sumergida en
aceite.
Renueco. Renacuajo, j] Persona que de continuo refunfuña.
Repalmador. Vasar.
Repatán. Rabadán. También se lee esta voz en la novela de
López Allué Capuletos y Mónteseos, página 53.
Restojar. Sembrar sobre rastrojo.
Restojo. Rastrojo.
Retiro (Dar un). Tener cierto parecido algunas personas ó
cosas entre si. Con frecuencia se dice: «Pedro le da un re-
tiro á su padre en la manera de andar». «La cara de Feli-
pe le da un retiro á la de su abuelo». «Tal flor le da un
retiro á tal otra»; etc., etc.
Retorcigón. Retorcijón.
Retuno. Tuno en grado superlativo.
Reuto. Rédito.
Revenir. Reblandecerse una cosa. En el Diccionario de la
Real Academia no está incluida esta acepción.
Revolvino. Torbellino.
Ribla. Juego de muchachos.
Ribot. Una de las variedades de la uva.
Riscla. Pajuela de cáñamo.
Rodilera. Surco que abren en los caminos las ruedas de los
carros.
Rogall. Ruido que hace la garganta cuando se respira con
mucha dificultad.
Rompebancos sin estral. Hombre sin oficio, vago, desocu-
pado.
Rompido. Roto. |I Si esta voz se aplica á personas ó animales
significa herniado ó que padece de hernias. |j Si se refiere
XLIV* R
al terreno, equivale á quebrado. || Si al color, vale tanto
como caído, bajo.
Rompidura. Rotura. |i Hernia. En el primer sentido se lee en
la novela del Sr. López Allué Capuletos y Mónteseos, pá-
gina 312.
Rónico Viejo, raido, anticuado.
Ropa en la barca (Tener la). Se usa esta frase para indicar
que una persona está arruinada respecto de intereses, ó
próxima á la quiebra.
Rosera. Rosal.
Rosigaltares. Persona piadosa que pasa la mayor parte del
tiempo en la iglesia.
Rosigón. Mendrugo raído de pan. || Raíz de un diente ó mue-
la rotos.
Rostía. Véase en el Diccionario de Borao la palabra Riostra.
Rotar. Eructar. En el Diccionario de la Real Academia se da
á esta voz otra acepción.
Rotido. Eructo.
Roza. Hendidura ó ranura que se hace en la roca para cla-
var las cuñas cuando hay que cortar grandes bloques ó
trozos de piedra. En el Diccionario de la Real Academia
tiene esta voz otro significado.
Rozar. Hacer rozas. En el Diccionario de la Academia tam-
bién tiene otra acepción esta palabra.
Royal. Una de las muchas variedades de la uva. En el Dic-
cionario de Borao, aunque está comprendida esta voz, no
tiene la acepción que aquí se le da.
Ruca. Planta silvestre de la familia de las cruciferas. Lós-
eos incluye esta voz entre los nombres vulgares de las
plantas que describe en su obra Serie imperjecta.
Ruedabalsas. Insecto de la familia de los libelúlidos. Caba-
llito del diablo.
Ruello. Rodillo de piedra.
Rugió. Rocío.
Ruja. Picos pardos.
Rujador. Regadera.
Rulleta. Tórtola silvestre.
Rustido. Asado.
Rustir. Asar.
xlV
Sacarjos pies de las alforjas. Frase empleada para indicar
que una persona ha llevado á cabo una acción que, al
parecer, no estaba en consonancia con el carácter y apti-
tudes del que la llevó á cabo.
Sacatrapos. Se aplica esta voz á la persona que tiene habi-
lidad suficiente para sonsacar las intenciones que otra
persona oculta, ó los secretos que con cuidado guarda. ||
El Diccionario de la Real Academia da otro significado
á esta palabra.
Salado. Hierba silvestre que se encuentra en terrenos sali-
trosos; Barrilla.
Salagón. Arcilla en forma de roca.
Salceño. Una de las muchas variedades de uva.
Salinera. Cajita que acostumbra haber en las cocinas para
ponerla sal.
Salmorrejo. Salmorejo.
Salobrar. Terreno donde abunda el salobre.
Salobrenoo. Todo lo que tiene salobre. || Sabor salitroso.
Salsa. Planta silvestre.
Salto (Tener buen). Frase usada para denotar que una per-
sona tiene buen apetito ó costumbre de comer mucho.
Salzmiembre. Planta parecida al mimbre. Lóseos iucluye
esta voz entre los nombres vulgares de las plantas que
describe en su Serie imperfecta.
Sangonera. Sanguijuela. \\ Infarto venoso que padecen las
caballerías y del «íual fluye sangre.
Sanmlgueiada. Época ó tiempo que media entre la termina-
ción de la trilla y principio de la sementera. López Allué
pone en boca de uno de los personajes de su novela Ca-
puletos y Mónteseos esta voz, como se ve en la página 171.
Santocristo. Crucifijo.
Sapia. Savia. ¡I Sabor, gusto.
Sargantana. Mujer de carácter irascible y levantisco. En el
Diccionario de Borao no se da á esta voz el significado
que tiene en esta Colección.
Sarraiohón. Planta silvestre de la familia de las gramíneas.
Sarrajón. Véase Sarraichón.
Saso. Terreno elevado, meseta de un cerro, loma de una co-
XLVl* S
lina. En el Diccionario de Borao se le da á esta voz otro
significado.
Seguntes. Según.
Sendera. Red hecha con cuerda delgada, que se usa para
coger en ella los conejos cuando salen de los cados ó ma-
drigueras hostigados por el hurón.
Senigrec. Alholva: Trigonella Fenum grecuni.
Serva. Fruto del serval.
Servero. Hierba seca que se encuentra en los yermos y már-
genes, que sirve de pasto á los ganados.
Ses. Irritación del intestino recto con salida de un replie-
gue del mismo fuera del ano.
Sirvientes. Todas aquellas personas que, mediante una re-
muneración, prestan sus servicios á un ayuntamiento,
municipalidad ó vecindario, como son secretario, algua-
cil, campanero, guardas, pregonero, médico, cirujano,
etcétera, etc.; y en este sentido se usa esta voz con harta
frecuencia en las «Actas del Ayuntamiento de la villa de
Binéfar» pertenecientes al siglo xviii, como puede verse
en las correspondientes á los años 1728, 1735, 1753,1754,
1755, 1757, etc., etc.
Sisa. Sedimento que dejan las aguas torrenciales en las
grandes avenidas. En el Diccionario de la Real Academia
tiene esta voz otras acepciones.
Sisallar. Terreno donde abunda el sisallo.
Sisea. Planta acuática. Lóseos incluye esta voz entre los
nombres vulgares de las plantas de su Serie imperfecta.
Siseila. Paloma torcaz.
Sisot. Ave: Sisón, avutarda menor.
Sobraría. Caballería que pasa de dos años y no llega á los
treinta meses.
Sobrecedor. Rebosadero.
Sobrecer. Rebosar.
Sobrecimiento. Rebosamiento, rebosadura.
Sobreportal. Trozo de madero puesto sobre las jambas de
una puerta, ó de una ventana, para levantar ó cargar so-
bre él la pared ó muro donde se ha abierto la puerta ó
ventana ^^
Sofocón. Sofoco, acaloramiento.
Somordo. Sordo. Esta voz se usa únicamente cuando se
habla del ruido y del dolor físico. Así se dice que un ruido
ó un trueno es somordo cuando se oye confuso y lejano.
Un dolor es somordo cuando no es intenso ó agudo.
Soroil. Conjunto de campanillas sujetas á los cabestros ó
cabezadas de las caballerías.
Sosal. Terreno poblado de la planta llamada sosa.
X XLVII*
Sucarrar. Socarrar.
Sucarrín. Olor especial que despiden algunas substancias
cuando se queman, como lo ropa, el papel, el pelo, etc.
Sudera. Tela burda doblada en dos ó tres pliegues, y á ve-
ces almohadillada, que se pone sobre el lomo de una ca-
ballería antes de albardarla ó enjalmarla.
Sulsido. Consumido, encogido, mermado por la acción del
calor ó del tiempo. || Impacientado.
Sulsirse. Consumirse, contraerse, secarse por la acción del
calor ó del tiempo. || Impacientarse.
Sumancio. Mustio, marchito.
Sumarrar. Requemar ó dar más fuego del necesario á los ali-
mentos que se cuecen ó guisan.
Sumarrado. Requemado.
Surtido. Se aplica esta voz al hombre de carácter expansi-
vo, de genio abierto.
Tabella. Vaina ó envoltura de las legumbres.
Tacha. Tapón ó clavo de madera puesto en los toneles ó en
las cubas después que se han tachado.
Tachar. Abrir un agujero, con barrena muy delgada, en una
de las tablas de los toneles ó cubas, para dar salida al
vino ó liquido que contienen, y así poder apreciar si éste
se mantiene sano.
Tajoparejo (Á). Hacer ó llevar una cosa por igual, sin dis-
tinción.
Tajugo. Tejón.
Tallada. Camino ó senda que las liebres se abren con los
dientes en los sembrados para ir á sus cubiles.
Tamarlza. Arbusto: Tamarix GalUca, taray.
Tanganet. Juego: Tángano.
Tapiera. Cada una de las tablas que forman el cajón que
sirve para hacer tapias.
Tarantuela. Tarántula.
Tararana. Araña. || Telaraña.
Tarna. Fragmento, parte de una cosa destrozada, raja.
Tarrueco. Terrón.
Tartameco. Tartamudo.
Tastarrazo. Golpe dado con un palo.
XLVIIl* T
Tastet. Carne de cerdo picada y aderezada con especias y
sal, que luego se cuece para probar si está bien hecha
la mezcla antes de hacer los embutidos.
Tatarata. Posición inversa á la que tiene el hombre cuan-
do está derecho; es decir, la posición vertical que toma
una persona poniendo los pies en alto y teniendo la cabe-
za y manos apoyadas en el suelo.
Tejo. Quicio. En este sentido se ve usada esta voz en las
«Cuentas de Propios y Común de la villa de Binéfar», per-
tenecientes al año 1798.
Templado. Listo, diligente, pronto. 1| Avisado, inteligente,
sagaz. En el Diccionario de la Real Academia se le da
otras acepciones.
Tercear. Dar la tercera reja á la tierra, ó labrar por tercera
vez un barbecho.
Terrereta. Alondra: Alauda arvensis.
Tieda. Tea.
Tíñete. Pila de piedra que en los molinos aceiteros se des-
tina á recibir el aceite cuando sale de la prensa. En este
sentido se usa esta voz en el «Libro de Administración
del molino aceitero de la villa de Binéfari^.
Tina. Cobertizo.
Tión. Solterón. También se encuentra esta voz en la novela
de López Allué Capuletos y MontescoSy página 159.
Tirandas. Riendas.
Tirar la escritura. Otorgar ó hacer escritura de una cosa.
También se lee esta frase en Capuletos y Mónteseos del
Sr. López Allué, página 107.
Tiratrilio. Especie de balancín empleado para arrastrar los
trillos. En Capuletos y Mónteseos se lee esta voz en la pá-
gina 189.
Tita. Voz empleada para llamar á las gallinas.
Titina. Véase Tita.
Tocamanetas. Insecto. Mantis religiosa.
Tocateja (Á). Pagar al contado lo que se compra. En Capu-
letos y Mónteseos también se ve usada esta frase en la pá-
gina 107.
Tocino mal cenado. Frase que se aplica á quien es gruñidor
y descontentadizo.
Tocliazo. Cachiporrazo.
Toquinear. Manosear. En el Diccionario de Borao tiene esta
voz otra acepción.
Torcida. Torcedura, relajación de algún miembro. En el
Diccionario de la Real Academia tiene otro sentido.
Tornillo (Faltar un). Esta frase se aplica á la persona que
no tiene integras las facultades mentales.
T XLIX*
Torno. Molino aceitero. Calle del Torno se llama en documen-
tos oficiales de la villa de Binéfar á aquella en que está si-
tuado el Molino aceitero de cosecheros. Calle del Torno
se lee también en el azulejo correspondiente á la misma.
Tostar la badana. Paliza, vapuleo.
Totón. Coco ó fantasma para atemorizar á los niños.
Toz (Tirar á). Se dice de los bueyes que van uncidos por el
testuz.
Tozuelo. Cabeza. En el Diccionario de la Real Academia se
da á esta voz otro significado.
Trafegar. Perder alguna cosa.
Trafurcar. Trabucar, confundir, desordenar.
Tragín. Tráfago, gran movimiento en las operaciones ú ocu-
paciones á que uno de dedica.
Traglnar. Trafagar, traficar, dedicarse con ahinco á las ocu-
paciones ordinarias.
Traginero. El que tragina. || Arriero.
Trapal. Rasgón grande en las ropas y telas. || Herida de
grandes dimensiones.
Trapalandaina. Trapalón.
Trasmontana. Viento del Norte, ó que viene de los Pirineos.
Esta voz se lee en la interesante obra de D. Mariano de
Paño, titulada Puey Mon(;on viaje á la Meca, copla lvii,
página 123.
Tremit. Bullicio, ruido, gritería.
Trena (Meter en). Meter en cintura, sujetar, someter ú
obligar á uno á cumplir con sus deberes.
Trencapinol. Pájaro.
Trenque. Herida hecha en la cabeza á consecuencia de una
caida, ó por recibir un golpe. En el Diccionario de Borao
tiene acepción diferente.
Trentena. Caballería que tiene treinta meses. En Capuletos
y Mónteseos se lee treintena en la página 261.
Trenzadera. Borrachera. En los Diccionarios de Borao y de
la Real Academia tiene diferentes acepciones.
Trepuzar. Tropezar.
Trepuzón. Tropezón.
Tresimbarro. Juego de niños.
Trestucarse. Trastornarse la cabeza, volverse loco.
Trlnchón. Véase Trenque.
Trocolón. Coscorrón, golpe dado en la pared con la cabeza.
Trocolonazo. Véase Trocolón.
Tronlirón. Simple, bobo, sencillo.
Tronzador. Sierra de grandes dimensiones. En el Diccionario
de la Real Academia, aunque está incluida esta voz, no
tiene el significado que aquí se le da.
L* V
Truca. Trueque, cambio.
Trucador. Aldaba. En el Diccionario de la Real Academia
tiene otro sentido.
Trujar. Logar. || Dividir, por medio de tabiques, el interior
de un edificio en habitaciones ú otra clase de compar-
timientos.
Trunfa. Patata.
Tumbarse el vino. Enturbiarse, perder el color, torcerse.
Tuna. Mujer de vida licenciosa, prostituta.
Tuniza. Mujer perdida, corrida, abandonada.
Tunina. Tollina, paliza.
Turcazo. Paloma silvestre.
Turrumpero. Montón grande de tierr^.
u
Ubago. Paraje ó terreno sombrío por estar expuesto al
Norte.
libios. Correa muy ancha de piel de buey, que sirve para
sujetar al yugo el timón del arado.
Uchar. Ahuyentar. || Azuzar á los perros.
Uchamoscas. Aparato hecho de muchas tirillas de papel
atadas al extremo de un palo ó caña, y que sirve para
ahuyentar las moscas.
Uesique. Voz empleada por los carreteros para animar á las
caballerías. En Capuletos y Mónteseos se lee esta voz; pá-
gina 193.
Uesque Véase Uesique.
Ugero. Agujero.
Urmo. Olmo.
Vaciar. Evacuar el vientre.
Vaciba. Hembra estéril.
Vacibo. Toda clase de ganado lanar y cabrío que no se des-
tina á la reproducción.
Vacúm. Ganado vacuno.
Yacumen. Ganado vacuno. En este sentido se usa esta
V LI*
VOZ en la «Escritura de Arrendamiento del abasto de car-
nes para la villa de Binéfar» hecha en el año 1800.
Vaguearse. Moverse alguna cosa por no asentar bien en el
suelo. II Pequeño movimiento que hacen dos piezas en-
sambladas por falta de ajuste perfecto.
Valgua. Valor ó precio de una cosa.
Valí. Valle. Úsase siempre como femenino.
Vallón. Vallecito, vallejo.
Vanada. Vertiente de un tejado.
Vardiazcazo. Vardascazo.
Vardiazco. Vardasca.
Vaya (Dar la). Dar la razón ó una persona^ aunque no la
tenga, acomodándose de este modo á sus genialidades.
Vechiga. Vejiga.
Venáu. Sarmiento.
Ventar con la horca pajera. Frase usada para significar que
una persona tiene por costumbre jactarse de alguna cosa,
ó exagerar sus riquezas.
Veduguearse. Doblarse, cimbrearse una vara.
Vergueta (Caer en la). Caer una persona en el lazo, en el
ardid que se le tiende.
Vichelio. Triquina, trichina.
Vldaga. Hierba: Lolium tumulentum. ,
Vidaga (Mas malo que). Frase usada para significar la
maldad de una persona.
Vidáu. Conjunto de vides.
Vinada. Aguapié, aguachirle.
Vinagreta. Guiso especial en el que entra por base el vi-
nagre.
Vlnesí. Voz usada por los carreteros y gañanes para man-
dar á las caballerías que se desvíen ó marchen hacia la
izquierda.
Vinero. Viñedo. En este sentido se ve usada esta voz en el
«Libro para Binéfar», folio 56, Archivo municipal de
dicho villa. En el Diccionario de la Real Academia se le
da otro significado.
Viraga. Hierba: Lolium tumulentum. Lóseos admite esta voz
entre los nombres vulgares de su Serie imperfecta.
Virol. Uva que empieza á sazonar. El Diccionario de la Real
Academia da á este vocablo diferente significación del
que aquí tiene.
Vislelio. Véase Vichello.
Volandera. Ruedecilla de hierro que se pone como suple-
mento para ajustar los ejes á las ruedas, ó para evitar el
roce del eje con la madera.
Vrispa. Víspera.
LII*
Yaya. Abuela.
Yayo. Abuelo.
Yerbana. Planta de la familia de las cruciferas: Sinapis
arvensis. Abunda en los campos sembrados de cereales.
Yerba pegalosa. Planta silvestre. Lóseos admite este nombre
entre los vulgares de las plantas descritas en su Serie
imperfecta.
Yerba ratera. Ricino.
Yerba terrera. Planta silvestre.
Zafrarfa. Corva de la pierna.
Zafras. Persona desaseada, sucia.
Zaiapastrada. El barro, hormigón, amasijo ó cualquier otra
cosa blanda que, cogida con la mano, se lanza ó arroja
luego.
Zaiapastro. Cualquier cosa blanda y sucia. 1| Cualquier cosa
que está hecha toscamente y sin arte.
Zalapastrero. El que hace isalapastros.
Zancalleta. Zancadilla.
Zarzalloso. Ceceoso.
Zofra. Correa ancha y de gran resistencia que, pasando
sobre el sillón de la caballería, sirve para sostener las
varas de un carro. El Diccionario de la Real Academia da
otro significado á esta voz.
Zofrina. Viento fuerte acompañado de lluvia.
Zoile. Zahúrda.
Zoque. Zoquete de madera que, puesto en la máquina de un
carro, sirve para apretar y sujetar la rueda.
Zoqueta. Pezuña. Especie de guante de madera empleado
por los segadores. Con esta segunda acepción se ve usada
esta voz en Capuletos y Mónteseos, página 41.
Z Lili*
Zurret. Tarugo ó tapón de madera que se pone en el aguje-
ro de la espita en los toneles ó cubas.
Zurrullón. Zurrullo. 1| Excremento humano en forma de zu-
rrullo.
APÉNDICE
Aboticario. Boticario. Esta voz se ve usada en el «Libro para
Binéfar)>, folios 92 y 155 vuelto.
Agrá. Agria. Se lee esta palabla en la interesante obra del
erudito escritor D. Mariano de Paño, titulada Puey Mon-
dón viaje a la Meca, página 50. El Diccionario de la Real
Academia da á la palabra agrá otra acepción.
Airada. Aireada, golpe ó ráfaga de viento.
Alrera. Viento fuerte y seguido.
Alaiga. Hormiga aluda.
Apaño. Adobo, condimento. En este sentido se ve usada esta
voz en la novela de D. Luis María Allué, titulada Capule-
tos y Mónteseos, página 210. En los Diccionarios de la Real
Academia y de D. Jerónimo Borao se le da á esta palabra
diferentes acepciones de la que aquí tiene.
Arranque. Ultimo vaso de vino, ó última copa de licor que
toman las personas reunidas antes de soparse. Esta es la
significación que tiene en la obra de López Allué Capule-
tos y Mónteseos, página 230. El Diccionario de la Real
Academia le da otros significados.
Arrendante. Arrendador. Se lee esta voz en la «Escritura de
arriendo de los hornos de la villa de Binéfar, para el
año 1800».
Arrimado. Hombre encogido, vergonzoso.
Badanas. Hombre dejado, abandonado, desidioso.
Calentor. Calor.
Canabastra. Esqueleto.
Carranclear. Renquear. H Estado especial de salud en que
una persona tiene intervalos buenos y malos.
Carretera de Santiago. Via láctea.
Casamiento en casa. Pacto especial en cuya virtud, sí mué-
LIV*
re uno de los cónyuges dueño de una casa ó patrimonio;
concede al superviviente la facultad ó derecho de volver-
se á casar sobre los bienes del premuerto. En el Alto Ara-
gón se ve con frecuencia, en las capitulaciones matrimo-
niales, este original contrato, que tiende á evitar la desa-
parición ó disolución de los pequeños patrimonios. En
este sentido usa López Allué en Capuletos y Mónteseos,
página 278, la frase casamiento en casa.
Cinglazo. Golpe dado con una cuerda ó ramal.
Claredad. Claridad. En lo obra de Paño titulado Puey MonQon
viaje a la Meca, se lee esta voz en la copla XLI, pági-
na 76. Además, con frecuencia se oye en esta tierra el si-
guiente cantar:
Con el sol te escribo cartas,
Con la luna, daredades.
Con el lucero del alba,
Que te quiero, bien lo sabes.
Conversa. Palique.
Chanca. Muleta en la que se apoya el que está cojo.
Desjuñida. Rato que labra una yunta de bueyes ó muías sin
sacarles el yugo. Generalmente las desjuñidas son dos
cada día: la de la mañana y la de la tarde. Se dice que un
gañán ó una yunta tienen buena desjuñida. ó mala desjw-
ñida si labran mucho ó poco mientras aquélla dura.
Enclusa. Yunque. Se encuentra esta voz en la «Cuenta de
Propios y Común de la villa de Binéfar» correspondiente
al año 1798.
Engardajo. Flema, gargajo.
Enjumbrarse. Enjugarse una cosa.
Entívocar. Equivocar. En la novela Capuletos y Mónteseos,
página 304, se encuentra usada esta voz.
Escagarruciado. Desmedrado, raquítico, endeble.
Espestellar. Estrellar.
Esturdecer. Aturdir. Se lee esta voz en la obra del señor
Paño Puey Mongon viaje á la Meca, copla XLVI, pá-
gina 87.
Gotillera. Gotera.
Jadón. Azada muy ancha. En la página 122 de Capuletos y
Mónteseos se encuentra esta palabra.
Jambre. Cada una de las veces ó manos que el sembrador
pasa por una porca repartiendo la semilla.
Jarmentera. Lugar donde se ponen hacinados los sarmien-
tos y demás leña destinada á la combustión. López Allué
usa esta palabra en la página 172 de Capuletos y Món-
teseos.
I
LV*
Jolín. Revoltijo. En la misma novela Capuletos y Mónteseos^
página 132, se lee esta voz.
Juar. Jugar. Este vocablo se encuentra en la obra de D. Al-
berto Casañal Shakery, titulada Cuentos Baturros, pá-
gina 56.
Manda. Proposición, postura que se hace en una subasta
ó venta pública. En este sentido vemos la voz de referen-
cia en la novela Capuletos y Mónteseos, página 274. El Dic-
cionario de la Real Academia da otros significados á esta
palabra.
Revoltón. Armazón ó cimbra que los albañiles emplean para
hacer las vueltas ó techos. La Real Academia da otra
acepción á esta voz.
Serri. Excremento del ganado lanar y cabrio.
Tambonear. Sonido especial que producen el suelo y la pa-
red huecos cuando se les golpea.
Trola. Mentira. Casañal Shakery usa esta voz en la página
153 de sus Cuentos Baturros.
Turruntera. Genialidad, manía. Como la voz anterior, se en-
cuentra ésta también en la página 67 de los Cuentos Ba-
turros.
MOTAS
Después de escrita la anterior Colección de Voces
ARAGONESAS, he visto algunas de ellas usadas en documen-
tos oficiales pertenecientes al Archivo municipal de la villa
de Binéfar, y otras en libros de genuino sabor aragonés,
por lo que me ha parecido oportuno indicar el lugar donde
se leen.
1 Acomodo . Se encuentra en la página 274 de Capuletos y Mónteseos.
2 Adotar. Véase la página 274 de Capuletos y Mónteseos.
3 Ajuste. En la página 264 de Capuletos y Mónteseos se lee esta voz.
4 Amolar. Como los tres vocablos que anteceden, se encuentra éste
en la tantas veces mentada obra del Sr. López Allué, página 65.
5 Bogiiear . Se usa esta voz en el «Libro para Binéfar» folios 56 y 57.
6 Cencero . En la página 38 de Capuletos y Mónteseos se lee esta pa -
labra .
7 Corollco. CapuZefos y Monfescos, página 273.
8 Charrador. Capuletos y Mónteseos, página 275.
9 Chavo. Capuletos y Mónteseos, página 210.
10 Chtllndrón. Cuentos Baturros, página 158. La Real Academia da
27
Lvr
á esta voz otro significado del que tiene en esta Colección de.
Voces.
11 Chuflaina. Cuentos Baturros, página 135.
12 Chuflar. Cuentos Baturros, página 125.
13 Dante (Al más), Capuletos y Mónteseos, página 46.
14 Demba. Capuletos y Mónteseos, página 305.
15. Sobreportal. «Cuentas de Propios y Común de la villa de Biné-
far» correspondientes al año 1798.
Colección de voces de uso en Aragón
AUXOREIS
D. Luis V. López Puyóles
Y
D. José Valenzuela La Rosa^^^
Acelgueta de monte. Beta maritima: Planta muy abundante
en todo el Bajo Aragón.-— Frase empleada en Caspe.
Acerollera. Sorbus domestica: Planta que da frutos llamados
acerollas de palpar. — Peñarroya.
Acetillón. Azud pequeña. Muro formado por grandes piedras,
sin argamasa, para contener ó encauzar el agua de un
río y obtener fuerza para molinos ó elevación para riegos.
— Alborge.
Acosterao. Lugar accidentado con grandes cuestas por
donde se marcha con dificultad. — Escatrón.
Afaitar. Fastidiar. |1 Molestar.— En casi todos los pueblos de
Aragón y en Zaragoza inclusive.
Agostiar. Cultivar un campo sin descanso. || Hacer durante
el mes de Agosto las labores preparatorias para volver á
sembrar un campo cuya cosecha acaba de recogerse. —
Alagón, Pedrola, Tauste, etc.
Agramen. Hierba cuyas raíces se prolongan extraordina-
riamente formando nudos, y de cada uno nace una nueva
planta, siendo por esto muy temida de los labradores,
(1) Primera mención honorífica en los Juegos Florales de Zaragoza
(Certamen de 1901).
LVlll* A
pues dada su manera de reproducirse, la extirpación
es muy difícil, y llega á formar una red que mata todas
las plantas de cultivo. Centaurea scabiosa {!). — Alborge.
Aguatera. Rocío.— Cas/>e^ Alcorque, Asaila, etc.
Agüespar. Hospedar. — Escatrón, AÍforque, Alborge.
Alcao. Ahito. II Indigesto. — Alborge.
Albergena. Berenguena. — Caspe, Hijar, etc.
Aliagueta. AUjssum spinosum: Planta que crece sobre las
rocas calizas. — Montalbán.
Alicetes. Cimientos. — Cinco Olivas, Alforque, Caspe, etc.
Aligenciar. Darse prisa. || Activar un negocio. — Cinco Olivas,
Amallancar. Escardar. || Quitar malas hierbas de los campos
y dar á la vez una ligera labor al suelo. — Escatrón, Al-
borge, Caspe, etc.
Amedrentido, a. Asustado. || Perplejo. || Emocionado. || Co-
hibido.— Alborge, Sástago, etc.
Amedrentir. Asustar. || Imponer miedo. — En los mismos lu-
gares que la anterior.
Amochonar. Cazar con luz y haciendo ruido con cencerros y
otros instrumentos, asustando á la caza de modo que se
deje coger con la mano. — La Puebla de Hijar.
Andana. Cañizo colocado sobre dos estacas en forma de
aparador delante de una ventana, que sirve para secar
frutas al sol y otros usos semejantes. — Alborge.
Ansias. Náuseas. |1 Repugnancia. || Hemos oído esta palabra
usada en la acepción que se indica en muchos pueblos
de Cinco Villas, en los cuales es muy frecuente para de-
mostrar la repugnancia que causa una persona, decir:
«Me das ansias». — Tauste, Remolinos, etc.
Ansioso, a. Nauseabundo. || Repugnante. || Persona ó cosa
cuya presencia produce repulsión. — Se emplea en los
mismos lugares que la palabra anterior.
Antrujano. Trozo de terreno situado junto á las pari-
deras; en él duerme el ganado durante el buen tiempo.—
Caspe.
Apatusco. El tallo de la alcachofera. (Borao indica solamente
la acepción figurada de esta palabra). — Pedrola.
Aragador. Cadena de retranca que sirve para que la caba-
llería de varas haga fuerza hacia atrás en las cuestas ó
cuando es preciso que el carro retroceda. También paso
que se deja en los montes para el ganado. — Velilla, Es-
catrón.
Arrecachadera. Alondra. — Alborge, Caspe, La Puebla de
Hijar, etc.
Arreo (Al). Seguidamente. |j Sin descansar. — Hijar, La
Zaida, Alborge, Caspe, etc.
B LIX*
Aschete. Tope de madera y hierro en el que apoyan los
carpinteros la obra para cepillarla. — Alborge.
Atoque. Apoyos de madera ó piedra que se colocan en
las acequias para sostener las tajaderas. En el Diccio-
nario de Borao, se encuentra esta palabra, pero como si-
nónima de adorno, aliño. — Alborge.
Atrapaciarse. Proveerse de todo lo necesario para un asun-
to, contando con escasos medios, 1| Ir bien atrapaciao: Ir
bien vestido, pero sin lujo. — Zaragoza.
Aucar. Gritar. || Aullar desaforadamente burlándose de al-
guien. ¡I Abuchear. — Alborge, Sástago, etc.
Azotacristos. Kentrophilum lanatuní: Planta que se cria ge-
neralmente en lugares incultos y estériles y en las már-
genes de los campos.-^ Castellote, Calamocha, etc.
Babero. Bata que usan los niños.— Zaragoza.
Balija. Bachillera, murmuradora, alcahueta.— Aí/orgwe, Sás-
tago, etc.
Balijear. Murmurar, alcahuetear.— A í/or^we^ Sástago, etc.
Bamborotero. Alborotador, estrafalario. — Sástago, Cinco OH'
vas, etc.
Banduvilla. Red en forma de manga que se emplea en la
pesca.— Fuentes de Ebro.
Banzo. Bacera: Enfermedad del ganado. — Caspe, Hijar, etc.
Barba de choto. Scorzonera laciniata. \\ Zaragallas, farfallas.
— Epila.
Bardalear. Saltar los bardales que cercan un campo con ob-
jeto de apoderarse de los frutos ó destruirlos. || Robar fru-
ta.— Zaragoza.
Bardalero, a. El que se dedica á robar fruta asaltando los
campos. — Zaragoza.
Barfoila. Pinochera: Hoja que recubre la mazorca del maíz.
— Se emplea para jergones y otros usos.— Hijar, Esca-
trón, Alcañiz, etc.
Barrederas. Microlonchus clusii: Recibe esta planta el nom-
bre vulgar antedicho porque la usan en escobas para ba-
rrer las eras. — Calaceite.
Barrueco. Orzuelo: Grano en el ojo. — Esta acepción tiene al-
gún parecido con la que señala la Real Academia. Esta
dice que barrueco qs perla no redonda.— Alborge.
Bastardel. Montículo ó caballón de tierra^ hecha de propó-
sito alrededor de las simas que aparecen en las acequias
y campos, con objeto de que no se filtre y pierda el agua
del YiQgo. —Zaragoza (La Cartuja Baja).
Batebancos (Jota)— Jota que se canta á coro haciendo cada
individuo diferente voz, según su gusto y oído. Suele oir-
se después de los bailes, fiestas ó lifaras y en las rondas
de mozos. — Fuentes de Ebro.
Batir (La zapera). Emanciparse. Pasar de un mal estado
económico ó de salud á la abundancia ó á la robustez. —
Mosquerucla.
Betigueras. Humulus lúpulos: Hombrecillos. Planta que se
agarra á los árboles y tapias de los huertos.— Bor/a.
Beturraje. Verduras, hierbas, frutas. || Comida de escasa sus-
tancia.—A ¿¿o rg^e.
Beturragio. Lo mismo que la anterior.
B\es2L. Plumbago europaea: Planta que nace en las cercas, ho-
yos, muros y escombros. Se emplea machacada para embria-
gar á los peces cuando se cogen en abundancia. — Calanda.
Bocha conejera. Centaurea castellana: Planta que abunda en
las márgenes de las viñas. — Daroca. ;
Bochornera. Cilindros giratorios que en las barcas de sir-
ga tienen por objeto limitar las posiciones de éstas res-
pecto al cable ó sirga. En algunas barcas se sustituyen
estos cilindros por dos mástiles fijos colocados junto á la
sentina de proa. I| Cobertizo para el ganado. — Alborge,
Sástago.
Bolchacazo. Caída aparatosa. || Golpe recibido en todo el
cuerpo.— Zaragoza.
Bollonera. Orificio en la parte inferior de los cuencos y ti-
najas. En los toneles, el que está situado en la parte su-
perior.— Escatrón.
Bordizo. Olea europaea: Olivo. — Borja, Barroca.
Borrachueio. Cohete sin fuerza bastante para elevarse y que
una vez encendido salta por el suelo hasta estallar. — Za-
ragoza.
Borrazón. Rodilla: Paño de cocina. — Cantavieja.
Borroño. Contusión sin herida: Bollo. — Cantavieja.
Boterón. Cesto de mimbres que se coloca en las mangas
pesqueras como receptáculo de la pesca.— Sástago.
Branquil. Umbral formado por una gran piedra que suele
servir de banco. — Caspe.
Bufanal. Terreno arcilloso que contiene mucho mantillo y
detritus orgánicos que lo hacen muy fértil. — En casi todos
los pueblos del Bajo Aragón.
Burina. Escándalo. || Juerga.— Zaragoza.
Caballón. Unidad numérica equivalente á 10. — Cantavieja.
Caberla. Medida de cantidad y tiempo para riegos. Una cu-
bería vale por cuatro horas de agua; es decir, regar cua-
tro horas con toda el agua de que se disponga. (Se arrien-
da por cuatro cahíces de trigo anuales).— Fm^w^cs.
Cabezal. Cargo ó fajo de leña que se irae desde el monte
sobre la cabeza.— Calañas, Alagón, etc.
Cacera. Cacería. — Caspe.
Cachólo. Cualquier recipiente de forma semiesférica ó de
otra parecida y de pequeñas dimensiones. — Alforque,
Azaila, etc.
Cachuelo. Lo mismo que la anterior.
Cachurrera. Lappa minor: Lamparaza. Planta cuyos frutos
y periclinio se llaman aquí cachurros.—La Puebla de
Hijar,
Cachurro. Fruto y periclinio de la cachurrera, de forma es-
férica y rodeado de púas. — La Puebla de Hijar.
Cadila. Banco que se coloca á uno y otro lado del hogar.
— Albalate, Caspe, La Puebla de Hijar.
Cairrilaires. Hemos oído esta palabra en Teruel y otros
pueblos del Bajo Aragón empleada para designar á los
funcionarios todos que trabajan en la medida de las tie-
rras y en el planeamiento y estudio de carreteras.
Calcillas. Medias que se sujetan por la parte inferior con
una sencilla tira que pasa por debajo del pie, dejándolo
al descubierto. — En todo el Bajo Aragón y Cinco Villas.
Caideriz. Cadena para colgar calderos y otros recipientes
sobre el fuego. — Cinco Olivas, Velilla.
Calzorras. Pliegues y arrugas que forman las medias ó cal-
cetines cuando caen sobre el pie por falta de sujeción á
la pierna. (Como se ve, esta acepción dista bastante de la
que da la Real Academia). — Zaragoza.
Camandulón. Pesado. |1 Vago. |1 Hombre de aspecto zafio y tor-
pes movimientos.— Zaragoza.
Cancel. Aparador en un granero destinado para tener tras-
tos viejos. — Alborge.
Canaferra. Férula modijlora: Planta venenosa para el gana»
do lanar, según aseguran los pastores. — Alcañiz, Caspe.
Lxir c
Carambullar. Llenar con exceso un recipiente cualquiera.
"^Hijar, Alcañiz, etc.
Carriadera. Trozo de madera con dos agujeros que sirven
para enlazar ataduras y reemplazar á las poleas al efecta
de sujetar la carga de un carro. — Velilla de Ebro.
Carrucho. Cachurro. \\ «Llueven carruchos» se dice para in-
dicar que el día está caluroso y con un sol espléndido.
— Remolinos.
Cascar ia badana. Dar una gran paliza. — Zaragoza.
Casilicio. Casa grande de aspecto señorial. || Conjunto de
casas de espléndida apariencia. — Zaragoza.
Cazuelos. Se les llama asi á los naturales de Calatayud por
los vecinos de los pueblos inmediatos.
Cenaciio. Bolsa de piel ó de esteras dividida en dos compar-
timientos, destinados uno á la boteja y el otro á la bota y
demás provisiones. Esta bolsa se cuelga en una de las ba-
randillas del carro. — Alborge.
Cepurrio. Cualquier objeto grueso y deforme cuya finalidad
no se advierte á primera vista, — Zaragoza.
Cespede. Bruto, torpe, idiota. — La Puebla deHijar.
Climen. Clima. — Gelsa.
Cloclia. Esperadero para cazar perdices. — La Puebla de
Hijar.
Coca fullera. Torta de Navidad.— M¿ram¿)eL
Codeta. Simiente del Vallico (Lolium temolentum) que es
muy perjudicial para el ipan.— Huesca, Peñarroya.
Cogomasa. Agaricus vernus: Conocido como venenoso. — Pe-
ñarroya.
Competencia. Dicho ó copla burlesca que el zagal dice á cada
uno de los danzantes, sacando á relucir sus vicios ó de-
fectos.—TaMs^e.
Cortao. Bollo de masa de pan aderezado con aceite. — La
Puebla de Hijar.
Corrontida. Corrida. || De corrontida: Tomando corrida. —
Alborge.
Corrucar. Arrugar, comprimir una cosa, secarse. — Zaragoza.
Costerudo. Acosterado. Un cantar muy oído dice:
Rediez y qué güeñas mozas
Se crían en Escatrón.
Un lugar tan costerudo,
Y ellas ¡qué drechas que son!
Crabino. Macho cabrío. (En el pequeño Diccionario de voces
aragonesas, que Savall y Penen ponen al fin de su colec-
ción de Fueros, se encuentra esta palabra, no recogida
por Borao, y que hoy se emplea todavía en muchos pun-
tos).—Bor/a, Egea de los Caballeros, etc.
o LXIII*
Cuculladera. Mujer entrometida, manifecera. — Cinco Olivas.
Cucut. Cornudo. || Abubilla. — Velilla de Ebro, Alborge, etc.
Curruné. Amelanchier vulgaris: Arbolito eminentemente
medicinal. — Torrecilla, Castelserás.
Cucirón. Travesano que une las tablas de una puerta ó ven-
tana.— La Zaiday Alborge.
Chamizo. Lugar sucio y de repugnante aspecto. |j Reunión
de gentes de mala ropa y peor vida. (La Real Academia
dice que chamizo es tizón ó leño medio quemado). — Zara'
goza.
Charremenga. Charlatanería. |I Conversación vana y estéril.
Una copla popular dice:
Quince años de charremenga
Y ya guies que nos casemos;
Ten pacencia, Pascualica,
Que estas cosas quieren tiempo.
Teruel.
Chiclán. Jovenzano. || Mozo que no ha llegado á la edad vi-
ril.— Huesca, Barbastro, Uncastillo, Teruel, etc.
Chichorrería. Lugar destinado á la venta de los desperdicios
de vaca ó carnero. — Zaragoza.
Chichorrero, a. El que se dedica á la compra y venta de chi-
chorros. — Zaragoza.
Chichorro. Se da este nombre á todas las visceras de los ani-
males muertos. || Trozo de carne que cuelga. || Piltrafa. —
Zaragoza.
Chinceta. Cyperus pallescens: Planta de raíz fibrosa provista
de tubérculos muy r ñr os. ^Chipr ana.
Chipiar. Mojar con exceso. — Zaragoza.
Chorritón. Pingajo. || Trapo sucio. — Fortanete.
Chuflaina. Pito ó gaita pequeña. Generalmente se da este
nombre á los que usan los chicos y tocan sin arte ni con-
cierto.— Zaragoza.
Chupete. Estalactita. En las minas de sal de Remolinos se
les llama chupetes á las estalactitas allí formadas.
Churrión. Mancha en el vestido. || Lamparón: Gota que se
desprende dejando en alguna parte señal de su paso. —
Zaragoza.
LXIV*
Dandaloso, a. Hombre delicado, susceptible. || Persona en
extremo escrupulosa. — Remolinos, Tauste, Zaragoza, etc.
Dandalear. Dudar. 1| Presentar reparos é inconvenientes de
poca monta. H Acceder á regañadientes.— i2emoZ¿/ios, Taus-
te, Zaragoza, etc.
Deiantecama. Trozo de tela adornado con puntillas ó enca-
jes, que se coloca para orlar la cubierta de la cama y evi-
tar que se vean las patas. — Caspe, Alcañis, etc.
Descalzar un nido. Alcanzar un nido, cogerlo.— Albor ge. Es-
catrón, etc.
Dianque Me parece que — Caspe, Alcañiz, etc.
Enao ó l^nao. Azotea. 1| Corredor. || Mirador. — La Puebla de
Hijar.
Encachurrar. Tirar cachurros al pelo, donde se agarran con
fuerza, siendo muy difícil separarlos. Es una broma muy
frecuente en muchos pueblos. — La Puebla de Hijar.
Encociar. Poner la ropa en los cuencos para colarla.— Sás-
tago, Caspe, etc.
Endizcar. Inducir á la pendencia. — Zaragoza.
Endrija. Grieta. || Raja. — Zaragoza.
Enfalcar. Encuñar.— Zara^fo^:».
Enfundao. Entretenido. || Preocupado. || Caviloso. — Bástago.
Enjalmo. Trampa. || Deuda. || Chanchullo. — A¿¿)orí/e^ Cinco
Olivas, etc.
Enrebullar. Envolver descuidadamente, sin gracia. — Za-
ragoza.
Enreilgar. Enredar. H Hacer un lio. || Tener embargados los
miembros por algo que dificulta el movimiento. — Za-
ragoza.
Entabletar. Colocar la vajilla en los aparadores ó vasares.
—Alborge.
E LXV*
Entiva. Madero que se coloca para hacer el entivo. — Caspe,
Sástago, etc.
Entorroliar. Colocar torrollos. — Caspe, Escairón, etc.
Envericoles. En corderetas: A cotenas. — Alborge.
Enzurronar. Granar el trigo, la cebada y los demás cereales.
(El Diccionario de la Real Academia dice que encarroñar
es meter algo en el zurrón y también encerrar una cosa
en otra). — Caspe.
Erizo. Erinacea pungeus: Toyaga. Planta que se cría gene-
ralmente en las cumbres de los monies.^ Montalbán, Pe-
ñarroya.
Esbarfoliar. Quitar las bar/ollas á las mazorcas del maíz. ||
Espinochar. || Pelar la panoja. — Alcañiz, Hijar, etc.
Estabollar. Quitar la fruta de un árbol. || Batollar. || Sacudir
una rama para que caiga el ívulo.—Alcañi3, HiJar, etc.
Esbatuzadura. La acción de separar á palos el grano de la
planta; una vez ésta arrancada y seca, se le dan varias
tandas de palos hasta que suelta la semilla. — La Puebla
de Hijar, Alborge, etc.
Esbatuzar. Separar el grano de la mies á garrotazos. Rara
vez se obtiene así el trigo; pero las judías, garbanzos y
habas, siempre. — La Puebla de Hijar , Alborge, etc.
Esboldregao. Deshecho. || Desenvuelto. Se dice del fajo que
se deshace sin que tenga culpa la atadura. 1| Uno que vis-
te mal. II Desabrochado. || Llevar la ropa al desgaire. —
Caspe j La Puebla, etc.
Esboldregar. Deshacer. 1| Descomponer. |j Desenvolver. — Cas-
pe, La Puebla, etc.
Escabullido, a. Robusto, grueso desarrollado. — Alborge,
Escabullir. Engordar. || Robustecer. — Alborge.
Escachatormos. Despectivo de labrador. — Zaragoza,
Escaldar hogares. Ir de casa en casa con objeto de curiosear
y murmurar luego. — Remolinos.
Escalentida. Mujer de maneras é intenciones algún tanto li-
bres.— Alborge, Azaila, Alforque.
Escanalarse. Tener diarrea. — Caspe.
Escarbaculos. Rosa hispánica: Escaramujo. Planta que es
muy común en toda la provincia de Teruel. — Castelserás,
Escarbacho. Escarabajo. — Zaragoza.
Escarigüela. Lugar donde se depositan las caballerías muer-
tas sin enterrarlas. — Remolinos.
Escarramada. Distancia comprendida entre los dos pies de
una persona, cuando ensancha las piernas todo lo posi-
ble. Se usa como medida. — La Puebla de Hijar, Velilla.
Esclafada. Ventosidad silenciosa. — Alborge.
Esclafar. Amanecer. 1| Rayar el alba. (No hemos oído esta
Lxvr t-
palabra en la acepción de chafar^ quebrantar, como Bo-
rao asegura). — Alborge.
Esclarecido. Véase Escoscao.
Escobillar. Cepillarla ropa. — Caspe, Albor^ge, etc.
Esoobizos. Osyris alba: Guardalobo. Planta muy abundante
en las huertas de Torrero.— Zarat/o^a.
Escolitar. Dejaral contrario sin blanca en el juego. || Ga-
narle todo el dinero que lleva. — Zaragoza.
Esconjuro. Reprensión agria y dicha con gran energía. ||
Amenaza violenta é inesperada.— Zaragio^a.
Escopeteando. Hacer una cosa ó ejecutar una acción con
gran presteza. || Ir escopeteando á un sitio. || Ir corrienda
velozmente. — Zaragoza.
Escorquitar. Elegir. H Separar las cosas buenas de las
malas. 1| Limpiar. — La Zaida, Alborge, etc.
Escoscao, ada. Adjetivo que generalmente se aplica á los
niños guapos y robustos y también á los animales y cosas
de buen tamaño y lozanía. — Alforque, Velilla, Alborge.
Escullar. Verter la comida del puchero al plato. — Caspe,
Alborge.
Escullóse. Lo mismo que Esclarecido.
Escurrimiento. Ocurrencia. 1| Idea original. A veces, pensa-
miento extravagante. — Zaragoza.
Esgalichao. Se dice del que es alto y flaco. Desproporcionado
y sin gracia en las actitudes. — Zaragoza.
Esgallar. Desgarrar. || Separar una rama del tronco. — Tauste,
Remolinos, etc.
Esjualdrido ó Enjuandrido. Se dice de los niños que no pien-
san más que en jugar y que desprecian todo lo demás
por correr y divertirse á sus anchas.— Alforque, Velilla de
Ebro, etc.
Esmaliciar. Pensar mal de alguno ó de alguna cosa. — Za-
ragoza.
Espaicido. Desaparecido, oculto. — Zaragoza.
Espantazorras. Statice ovalifolia: Planta que se cría en
terrenos húmedos y salobres.— Alagón, Borja.
Espárrago de perro. Asparagus orobauche. — Daroca.
Espentolarse. Desesperarse. || Mostrarse irritado y furioso.
Cinco Olivas, Escatrón.
Espinochar. Esbatollar: Quitar las hojas que cubren la pa-
noja del maíz. — Zaragoza.
Esquilmo. Esquileo. — Caspe.
Estorbadura. Luxación. || Molestia en alguna parte del
cuerpo, — Hijar, La Puebla, Azaila, etc.
Estraidenco, a. Desmejorado. || Descolorido. |J Enfermizo. —
Velilla, Bástago, etc.
I
F" LXVII*
Estrucia. Habilidad. || Maña. — Escatrón, Gelsa.
Estuque Me parece que Creo yo Es mi opi-
nión, mi parecer.— Usada en multitud de pueblos y espe-
cialmente en todos los del Bajo Aragón.
Esventar. Arrojar una cosa olor insoportable. 1| Descom-
ponerse.— La Zaida, Alborge, Velilla, etc.
Expolsar. Sacudir el polvo.— Cantavieja.
Fainero. Hombre activo y emprendedor, de gran voluntad
. para el trabajo. || Mrt¿ /atriero; Vago ináoXeníe.—Tauste,
Egea, Alagón, Zaragoza^ etc.
Falcada. Cantidad de mies que el segador abarca con la
mano izquierda y corta de un golpe con la hoz. — Barbas^
tro, Graus, Jaca, Huesca, ele.
Falcillas. Adianthum capiUus veneris: Culantrillo. Planta
que se ve en los muros húmedos. — Hijar.
Falz. Hoz.— Se usa en los pueblos fronterizos al reino de
Valencia.
Faileta. Cucaracha. || Corredera. — Caspe, Teruel, etc.
Farinetes. Scorzonera glastifolia: Escorzonera. — Calaceite.
Felariz. Trencilla de lona ó algodón; generalmente se de-
signa con este nombre la que se emplea para atar las
alpargatas.— Se canta una copla que dice;
Eres un mocito vano
qiie se te puede decir:
«En las alpargatas llevas
diez varas de felariz*.
Teruel.
Fenazo. BrachypodLum ramosum: Lastón. Planta que se cría
junto á los peñascos.— Caspe.
Fenolio. Foeniculum vulgaris: Hinojo. Planta muy abundan-
te en casi todo Aragón.— Epila.
Festejar. Mantener relaciones amorosas. Asi se dice: «Fula-
no/es¿e/a con mengana». |! ¿Festejas con la misma ü qué?
(Frase irónica de moda en Zaragoza).
Fieltro. La collera ó mullido del yugo. — Albalate.
Filióla. Acequia pequeña derivada de la acequia madre. —
Caspe.
Fieja. Fraxinus excelsior: Fresno. — Miralbueno {Zaragoza).
LXVlll* O
Forcate (Labrar a). Arar con una sola caballería. — RemO"
linos.
Forigar. Hurgar. |1 Ir dudando sin acertar con lo que se bus-
ca. (Borao da á esta palabra la significación de agujereáis
pero no debe ser muy exacta, como puede apreciarse en
la frase «forígale para ver si bolliga», empleada en casi
todos los pueblos del Bajo Aragón.
Forigón. Palo provisto de un regatón de hierro en uno de
sus extremos y que sirve para remover el fuego y sepa-
rar la ceniza. (Borao dice que es sinónimo áe jabuco, pero
basta fijarse en el significado del verbo/ongar para com-
prender la verdadera acepción de la palabra expuesta), ¡i
Individuo sucio y huraño, — Al/orque.
Fortal. Sano. || Poco propenso á las enfermedades. — Caspe,
Hijar, AlcañiSf etc.
Fosco ó non fosco. Crepúsculo vespertino. || Entre dos luces^
— Sástago.
Frasnialadro. Centaurea polymorpha: Planta que se ve con
frecuencia en las viñas. — Encinacorva.
Fritada. Baile de jota con guitarra sola. — En todos los pueblos
del Bajo Aragón y en muchos del distrito de Cinco Villas.
Fumarriar. Fumar con exceso sin conseguir placer en ello.
— Zaragoza.
Fundracalo. Sima. || Hendidura. || Depresión del terreno. —
Alcañis, Hijar.
Furgar. Hurgar. j| Molestar. i| Incitar para que se realice una
acción. — Zaragoza.
Gabacha. Peonza ó galdrufa. — Calatayud.
Gallo. Gajo. Asi se dice: «Un gallo de nuez»; 4;un gallo de na-
ranja»,— Caspe, Alborge, etc.
Ganchera. Rigidez en los dedos, producida por el frío.— fíe-
molinos, Alagón, etc.
Ganchos. Horca de hierro que se emplea generalmente para
revolver el fiemo. — Zaragoza.
Garapatillo. Pieza de madera en que descansa el costado de
un carro, y que sirve para unirlo al eje. — Albalate.
Garranchada. Golpe habilidoso dado á un objeto cualquiera
para hacerlo retroceder. || En el juego de galdru/a, el gol-
I
H LXIX*
pe que se da con la peonza á las monedas ó piedras que
hay en el corro. — Zaragoza.
Ginestrera. Retama sphacrocarpa: Ginestra.— Caspe, Alca-
ñis, Alborge.
Glárima. Lágrima. || Cantidad insignificante de una cosa. —
Zaragoza.
Goltaileta. Voltereta, — Caspe, La Puebla de Hi/ar, Velillay
etcétera.
Gorrotillas. Convulvulus arcensis: Corregüela. Planta muy
vulgar en los campos y apetecida de varios animales ca-
seros.— Zaragoza.
Gradal. Sitio próximo á un rio, donde hay gran cantidad de
cantos rodados y de arena. — Gallur, Tauste, etc.
Güete. Coheie.^Zaragoza,
Güetes. Albardines. Los tallos de la planta Typha angustí/o-
lia, que después de calentados convenientemente, produ-
cen grandes estallidos al golpearlos contra la pared. —
Remolinos.
Guilindón. Toque de campanas por la muerte de un párvulo.
— Tarazona.
Gurrioias. Gorrotillas. || Corregüela.— Pe/iarrot/a.
Hierba caracolera. Parictaria dlffusa. Muy general en la
base y en la superficie de las paredes de los huertos. —
Alcañiz.
Hierba cloquera. Helianthemum montanum: Planta propia
de lugares elevados y cascajosos. — Valle de Canfranc.
Hierba ranera. Rubia tinctorum: Rubia. Se ve en las tapias y
minas de los huertos. — Castellote.
Hierba tora. Galium verum: Hierba sanjuanera. — Alborge.
Hierba zapera. Mentha rotundifolia: Uierha sana. Muy gene-
ral en las acequias y fosos. — Borja, Daroca.
Higote. Higo blanco. — La Puebla de Hijar.
Hoyeta ó Foyeta. Nuca. || Lugar donde se hallan las vérte-
bras cervicales. «Darle á uno en la hoyeta'», quiere decir
darle un golpe de muerte. — Remolinos, Tauste, etc.
Husillos. Chondrilla júncea: Xchicor'ms, dulces. Planta muy
abundante en las huertas y campos después de segados.
— Calamocha.
LXX*
I
¡Inde! Interjección admirativa. €¡Inde!, ¡pues no vas poco
majo!». — Tauste.
Indino, a. Malo, travieso. || El que tiene perversos instintos.
— Zaragoza,
Inte (En el). En el entretanto. H En el mismo instante.— En
todo el Bajo Aragón y en Zaragoza.
Intervalo. Obstáculo. || Estorbo que intercepta un camino ó
una senda. — Cinco Olivas.
Jabrir. Separar las tierras que el arado echa sobre las ce-
pas al arar los viñedos, formando un hoyo ó cuenca alre-
dedor de la planta. |1 Roturar. -^ Alcañiz, Hijar, Alborge,
etcétera.
Jartiilo. Azada que se maneja con una mano y se emplea,
por lo común, para sembrar á golpe. — Caspe.
Jiña. Montón de fajos. Cantavieja.
¡Jodinches! Interjección que denota asombro ó dolov.i— Rue-
da, Gelsa, etc.
¡Jolín! Interjección que expresa siempre admiración y ale-
gría. — Zaragoza.
Jollín. Bulla. j| Escándalo. |1 Jaleo. — Zaragoza.
Jota (Comida de). Se dice cuando la comida es extraordina-
ria y en general cuando no consiste en el cocido. — Za-
ragoza.
Jovenalla. Los jóvenes. |I La gente moza. — Caspe, Hijary
Escatrón, etc.
Juja. Hojarasca seca. Alborge.
IVI LXXI*
Limos. — Conferva rivularis: Planta muy común en fosos y
riachuelos. Usanla para pescar con anzuelo. — Castel-
serás.
Lodoño- Celtis australis: Latonero ó almez. Árbol cuya ma-
dera sirve para construir cayados, bastones, clavijas y
barandas de carro. — Riela, Calatayud.
Luna valenciana. La luna en cuarto creciente.— J?emo¿mos.
IVI
IWairalesas. Las dos jóvenes que durante el año recaudan y
administran las ofrendas en metálico que se dan á la Vir-
gen. — Brihuega, Graus, etc.
Majuelo (Partir el). Desasociarse. || Divorciarse. — Hijar,
Alborge, Castellote, etc.
Malotia. Enfermedad que no obliga á guardar cama. — Cas-
pe, Alborge.
Máselo. Macho. i| Todo animal masculino.— CasjQe.
Matachlcos. Albaricoques. — Zaragoza.
Mataparientes. Boletu's lutcus: Planta que en Peñarroya le
llaman Bolets de bestia. — Castelserás, Torrecilla.
Matapiojo. Crataegus monogyna. Planta muy común en los
vallados y matorrales de Tos montes. En algunos pueblos
le llaman Espino. —Peñarroya.
Matapulga. Sambucus ebulus: Sezgo. Planta que nace en los
escombros y lugares estériles. — Alcañix, Calanda.
Mata rabiosa. Véase Blesa.
Matucana. Mata ó caña que se coloca como señal en los cam-
pos labrados ó dispuestos para la siembra, con objeto de
que los pastores no entren en ellos con el ganado. || En-
gaño. II Ardid. — Caspe.
Matucanar. Colocar matucañas.— Caspe.
Meca. Hospicio. || Asilo de Beneficencia.— Zara^oí^a.
38
Mecoso, a. Asilado en el Hospicio.—Zaragfo^a.
Mélico. Ombligo. — Caspe, La Puebla de Hijar, Teruel, etc.
Mentironeras. Viburnum lantana: Planta que crece en lo^
setos y bosques de los valles inferiores. — Benasque.
Mojardones. Agaricus monserñones: Planta silvestre. — Bel
monte.
Monchaco. Muñeca. Bebé. También se le llama asi al mullida
que sirve para trabajar el encaje. — La Puebla de Hijar.
Monchón. Muñeco hecho con vestidos de hombre rellenos d<
paja ó hierba.— L<x Puebla de Hijar.
Mollar. Encallar. — Velüla de Ebro.
Morenillo. Molinillo de chocolatera.— Caspe, La Puebla, etc.
Mostachera. Sorbus aria: Mostajo. Planta que se cria en las
rocas de los barrancos.— Peñarro|/a.
Mostillo. Compota preparada á base de mosto de uvas ó
aguamiel, añadiéndose pan rallado, pulpa cocida de man-
zanas, gajos de nuez y algo de anís en rama, hasta que
toma una consistencia pastosa. || Individuo de poca pene-
tración y aspecto brusco y desagradable. — Zaragosa.
N
Negrillón. Semillas de la planta Agrostemma githayo, que
se ven muy á menudo sobre los montones de trigo. — Epi^
la, Montalbán.
Olivera (Jota). Jota que se canta comúnmente en los tajos
de las faenas agrícolas donde se reúnen varios trabajado-
res. Uno de ellos entona la copla y los demás contestan
con una nota tenida, como si fuese un eco.-^Fuentes de
Ebro.
Olla. Campo que forma una hondonada. — Caspe, La Puebla
de Hijar.
Orejetas. Helvella locunosa: Bonetes. Planta comestible.—
Caspe.
LXXlll*
¡Pacho! Interjección que denota desagrado, contrariedad y á
veces amenaza. ¡Pachotero mundo! — Caspe, Híjai^ Al-
cañís, etc.
Pairod (Sacar á). Recoger una pequeña cantidad de trigo
antes de la siega general con objeto de disfrutar un anti-
cipo de cosecha. — Caspe, Hijar, Alcañis, etc.
Palanca. Recua ó rebaño de muías ó caballos que se llevan
al ferial. — Caspe.
Palenque. Cuerda muy gruesa y larga que se emplea para
sujetar ó remolcar grandes pesos en las obras de azudes,
puertos de río y norias. — Alborge, Velilla de Ebro.
Palico de la gaita (El). Mandón. || El que se hace notar mar-
cadamente en todas partes. || El que gobierna á los que
están á su lado. «Fulano es el palico de la gaita en tal
pueblo», es el que allí manda, el que impone su voluntad.
— Zara gosa.
Panicaldos. Eryngium campestre: Cardo corredor. || Planta
que abunda en los campos estériles. — Miralbueno.
Parizón. La época de parir el ganado. — Zaragoza.
Páticas de rata. Clavaria pistillaria: Hongo comestible. —
Villarluengo.
Peirot. Hambre. Hay una copla que dice:
En Canfranc está Peirot,
mas aquí Maríadura
y en Cenarbe ya no masan
por falta de levadura.
(Nótese la analogía que existe entre esta palabra y la fra-
se citada «sacar á pairod»). — Valle de Canfranc.
Peines de bruja. ;Frutos verdes del Erodium petraeum, que
se emplean para cardar (relojes). — Alcañis.
Peleta. Cosa sucia, desordenada, revuelta. «Está la casa he-
cha una peleta*, significa que está sin limpiar ni arre-
glar.— Alborge.
Pella. Bola hecha con sangre de cerdo, harina y otras subs-
tancias.— (Aunque la Real Academia incluye esta palabra
en su Diccionario, nosotros no queremos prescindir de
ella, puesto que allí se extiende su significado á toda cla-
se de amasijos de forma esférica, mientras en Aragón
sólo se usa en la acepción dicha y en la que Borao indi-
ca).— La Puebla de Hijar.
LXXlV Q
Perdlgacho. Perdiz maclio. — Zaragoza.
Pericotiar. Enredar. |! Ir danzando de una parte á otra sin
fijarse en ninguna. || Curiosear. — Remolinos.
Pernallo. Rama gruesa de un árbol. — Alborge, Caspe.
Piayna. Una de las piezas del costillaje del casco de un pon-
tón. II Costilla del pontón.— Fuentes de Ebro.
Pioaespalda. Véase Escarbaculos. — Castelserás.
Picasarna. Ortigas. — La Puebla, de Hijar.
Picota. Véase Pique.— Zarajyo^a.
Picueta. Viruela. — Jaca.
Pijaitiar. Hacer el señorito. \\ Pasearse vestido con elegancia
afectada y presuntuosa. — En todos los pueblos del Bajo
Aragón.
Pijaito. Señorito. Equivale á gomoso, petimetre ó sietemesi-
no.—íJ/i todo el Bajo Aragón y en Zaragoza.
Pique. Picota. || Palo apuntado por sus dos extremos. El jue-
go del pique ó picota consiste en colocar ésta en el suelo
y luego hacerla saltar golpeando sobre una de sus pun-
tas.— La Puebla de Hijar.
Piquera. Herida contusa en la cabeza. — Escatrón, Cinco Oli-
vas.
Pleitina. Cuestión. || Pendencia. || Altercado de palabras grue-
sas.— Zaragoza.
Presquero. Melocotonero. — Caspe, Hijar, Alcañiz.
Pudia. Sabina. — Peñarroiia.
Punta. La parte superior de la planta del maíz. Es un pasto
que se le da al ganado y que éste come con gran fruición.
— En todo el distrito de Cinco Villas.
Punto pop auja. Frase que indica exactitud, minuciosidad.
«Contar algo punto por auja^», referirlo con todos los de-
talles.— Alborge, Escatrón, Casp)e.
Puyada. Red para pescar sabogas. — Alborge.
Quicar. Chocar un objeto con otro. Se emplea más general-^
mente para designar un juego de muchachos que consis-
te en tocar con una moneda á otra, colocada en el suelo
á cierta distancia. — Zaragoza.
Quimeratica. Mujer chismosa, amiga de cuentos y líos. — Al-
borge.
LXXV*
Raboso, a. Persorui pobre de facullades físicas, pero despier-
ta de entendimiento. || Hombre ducho en argucias, de con-
ducta solapada y ruin. — Tauste.
Rajar. Hablar mucho. «Raja como un descosido», se dice
del que habla con precipitación durante largo rato. —
Zaragoza.
Raspao. Torta de corteza dura, aderezada con aceite y azú-
car. — La Puebla de Hijar.
Rebolisero, a. Presumido. || DqvvocXvíxúov. — Tauste, Egea de
los Caballeros,
Rebordenco, a. Estéril. Planta improductiva. Recordamos
esta copla, modelo de galantería:
Festejas con un arguello
que me paice propiamente,
un panizo rebordenco
que no da ni aun la simiente.
Alcañiz, Teruel, Caspe.
Rebuscallar. Recoger rebuscallo. — Alborge.
Rebuscallo. Aslillitas y leña menuda para encender el fue-
go. — Alborge.
Recogedero. Lugar donde se reúnen las caballerías que com-
ponen la dula ó mcera. — Remolinos.
Redolar. Rodar. — Alborge.
Relielta. Reunión de personas sin objeto ni trascendencia,
nada más para hablar y pasar el rato. — Remolinos.
Refinallo. Cosa que se mueve rápidamente y con facilidad. —
Caspe, La Puebla de Hijar, Escatrón.
Refinaüos. Manojos que los niños hacen con los frutos del
Stipaa penuata y que tirados impetuosamente al aire con
las semillas hacia arriba, se revuelven en lo alto y bajan
dando vueltas en espiral hasta quedar sentado en tierra
el juguete con las aristas derechas. — Samper de Calanda.
Reganchada. Véase Garranchada. — Zaragoza.
Regírar. Registrar. (Borao dice que significa estremecerse,
sentir un movimiento convulsivo). — La Puebla de Hijar.
Reg!ote. Eructo. || Regüeldo. — Sástago, Alborge.
Relojes. Erodium ciconium: Planta que arrolla en espiral las
aristas del fruto maduro por un movimiento propio que
da origen al nombre de relojes. — Alcañiz.
LXXVl* R
Remenar. Remover. — La Puebla de Híjar, Caspe.
Remor. Murmullo. H Ruido leve. II «No hace remorí>, no se
le oye. — Zaragoza.
Rendibú. Sei'vilismo. I| Sumisión incondicional. || Adula-
ción. II «Hacer el rendibú'», humillarse con bajeza. — Al-
bor ge. Remolinos, Zaragoza.
Repindoneo. Retintín. |I «Hablar con mucho repindoneo^,
hablar con seííundas, con intención de molestar á algu-
no.— Tauste, Pedrola.
Repitor. Obsequio que hacen los padres de un niño, cuando
nace, á sus convecinos, y que consiste en arrojar higos,
orejones, confitura, trozos de pan y algunas veces cénti-
mos á la gente, que suele disputarse con gran alborozo
tales agasajos. — Velilla de Ebro.
Respinchador. Columpio. — La Puebla de Hijar.
Respinguel. Columpio. — Remolinos.
Retalínea. Conjunto numeroso de personas ó cosas que se
suceden una tras otra sin interrupción. — Zaragoza.
Retillar. Mirar con insistencia, con interés á una persona.
Se emplea como en otros puntos la palabra timarse. '■^
Alborge, Escatrón, etc.
Reuto. Renta. — Caspe, La Puebla de Hijar.
Reviscolada. Golpe de vista. || «Dar una reviscolada», dar
un vistazo, jj Giro dado sobre la marcha con donaire y li-
gereza.— Escatrón, Alborge.
Riglanderas. Anacyclus clavatus: Planta muy frecuente en-
tre los escombros.— Calaceite.
Ripa. Ribazo muy alto por el desnivel de los campos exis-
tentes á uno y otro lado. (Borao le llama riba, pero nos-
otros ripa hemos oído siempre á todos ios labradores de la
huerta de Zaragoza).
Rispo. Hombre de mal genio. — La Zaida, Alcañiz, etc.
Robellones. Agaricus deliciosus: Los robellones son comesti-
bles y muy conocidos por su color y aspecto. — Castel-
serás.
Rodada. Devastación de un monte ó bosque, jf «Hacer una
rodada», inutilizar un arbolado, cortándolo raso. — Bel-
monte.
Rompearados. Ononis procurrens: Planta bastante común en
los pastos de las bajas montañas — Peñarroya.
Roperacho. Mujeriego. — Alcañiz, Caspe, Teruel.
Rosar. Humedecer el trigo después de ahecharlo para bue
suelte mejor la harina cuando se muele.— La Puebal de
Hijar, Alborge.
Rosco. Roscón enorme que se fabrica para ser rifado el día
de un santo determinado en provecho de alguna cofradía
S LXXVII*
Ó asociación religiosa.— £J/i muchos pueblos del campo de
Cariñena.
Rosigo. Las ramas de olivo que se cortan en las limpiezas
ó remondas y que sirven de pasto al ganado. — Caspe, Hi'
jar, etc.
Rusoo. Ruscus aculeatus: Zaquemí. Planta muy abundante
en Castellote.
Saláus. Chenopodium fruticosum: Planta que abunda en te-
rrenos húmedos y salobres. — Borja, Alagan.
Salva. Designación que se hace de común acuerdo entre
ganaderos y Terratenientes, de los campos que han de
quedar para ricios, en los cuales no puede entrar á pas-
tar el ganado. — Sctstago.
Samugón. Cargante, pegajoso, pero poco locuaz. — Zaragoza.
Sanmigueiada. Época que comprende los últimos días del
mes de Septiembre, en la cual la gente labradora cumple
la mayor parte de los compromisos anuales. || «Hacer
sanmigueiada» significa liquidar todas las cuentas pen-
dientes.— En todo Aragón.
Sauquero. Sambucus nigra: Árbol que prende con suma fa-
cilidad aun á despacho de los labradores. Los muchachos
aprovechan sus varas para diferentes juguetes. — Samper
de Calanda.
Seladiz. Lo mismo que Felariz. En todos los pueblos de
Cinco Villas.
Selva. Carga de leña verde, destinada á ser quemada en un
horno. — Caspe.
Sementero. Campo sembrado de cereales. Época de sembrar-
los y acción de sembrar. (El Diccionario de la Real Aca-
demia dice que sementero es el saco ó costal en que se
lleva la simiente, acepción del todo desconocida en este
país). — Zaragoza.
Sentero. Asiento rústico. 1| Lugar á propósito para sentarse.
— Remolinos.
Señal. Cantidad insignificante de una cosa. «Un señal de
carne, de pan», etc. — Zaragoza.
Servilla. Bandeja con pie para vasos y copas de licor. — Sds-
tago.
Simen. Cal hidráulica. H Cemento.— Can¿ar¿e/a.
Sitio. Lugar situado generalmente junto á los caminos en
Lxxvm T
donde se depositan las substancias que después de fer-
mentadas sirven para abonar los campos. |! Femera. — La
Puebla de Hijar.
Sobatida. Cabeceo de un carro al caer la rueda en un bache.
— Alborge.
Soga de agua. Embalse que queda en una acequia después
de cerrar la tajadera.— «Regar con la soga», aprovechar
dicho embalse, dándole salida para regar. — Fuentes de
Ebro.
Sonajas. Colutea arborescens: Espantalobos. Nace muy fre-
cuentemente sobre los ribazos esta planta.— CaZanrfa.
Sorna. Calor sofocante, pegajoso. !| Intención disimulada de
zaherir al contrario. || Adulación irónica. — Zaragosa.
Sotana. Piedra cilindrica colocada en posición horizontal á
su base, sobre \(\ que gira el rollo en los molinos de acei-
te.— La Puebla de Hijar, Caspe, etc. *
Sucar. Untar. 1| Empai^íw.— Cantavieja.
Suco. Zumo. II Salsa. || Unto. || Pringue. || Aceite. — Can-
t avieja.
Sumanolarse. Amodorrarse. || Ponerse lacias ó mustias las
matas arrancadas. — Escatrón, Vetilla.
Tabilfa. Judia tierna. || Una vaina tierna con sus judias. —
Caspe, La Puebla, de Hijar.
Tarria. Baticola de albarda formada por un palo y dos
cuerdas. — Alborge.
Tejo. Cubo de hierro en una de cuyas caras tiene un agu-
jero cónico sobre el que se apoya el punto de la puerta,
sirviéndole de buje ó coginete. — Sástago, etc.
Tempanil. Pemil anterior del cerdo. — Caspe, La Puebla de
Hijar.
Temperativo. Temperamento. — Gelsa.
Teticas. Citinus Hipocistis: Doncellas. Planta cuyos ovarios
son comestibles. — Torrecilla, Castelserás.
TIeroo. Tieso, áspero, endurecido. — Zaragoza.
Tintirlnulo. Toque de campanas durante el media día que
anuncia la fiesta del día siguiente. — Remolinos.
Tión. Se designa con este nombre el hermano del padre
que permanece al servicio de la casa, sin casarse.— Bar-
bastro, Graus, Jaca, etc.
V LXXIX*
Tlratrillo. Palo que va sujeto al trillo y provisto de un
gancho al cual se enganchan las caballerías. — Remolinos.
Tiráu. Flaco. || Enclenque. || Macilento. — Alborge.
Tora. Mujer furiosa de genio endiablado y energías hom-
brunas.— Monsalbarba.
Torna. Parte del río en la que no hay corriente, ó ésta va
en sentido inverso á la normal. — Velilla de Ebro.
Torteta. Amasijo de forma aplastada, hecho con sangre de
cerdo y otras substancias. — Huesca.
Torrollo. Estaquilla de madera muy usada para asegurar
ensambladuras. — Escatrón.
Trajitancía. Faena complicada. || Movimiento desusado. —
Hijar, Alborge, etc.
Tramaladros. Centaurea áspera: Planta vulgarísima junto á
los caminos. — Epila, Hijar.
Tremparse. Excitarse. || Sentirse con vehementes deseos de
conseguir algo.—Geísa.
Tripe. Ultimo golpe que se da con la galdrufa á la piedra ó
moneda que hay en el corro. — Zaragoza.
Trola. Mentira. || Embuste. — Zaragoza.
Tronzador. Sierra de grandes dimensiones y sin armadura
de madera, que sirve para cortar árboles y troncos. —
Zaragosa.
Tronzar. Cortar con tronzador. — Zaragosa.
Tronzón. Pedazo de tronco aserrado por sus dos extremos. —
Zaragosa.
V
Val. Campo escalonado en un monte; cada escalón se llama
bancal.
Verballo. Juicio verbal. (Francisco F. Villegas, en su libro
titulado Por los Pirineos, apunta esta palabra — pura él
muy chocante — con una ortografía que no creemos ra-
cional. Escribe Berballo, en vez de Verballo como nos-
otros lo hacemos, suponiéndola derivada de verbal,. —
Valle de Canfranc.
Verdegambre blanco. Veratrum álbum: Eléboro blanco. Muy
común en el Moncayo. — Tiermas.
Vesura. La Comisión de la alfarda encargada de inspec-
cionar si las acequias están limpias. — Alborge.
LXXX* Z
Viborera. Echium vulgare: Vulgarísimo en los campos y
vinas. — Caspe.
Vizco. Viscu/n álbum: Planta que forma á veces entre los
pinos espesas enramadas. — Alcañis.
Vizcodas. Véase Matapiojo.— AZca/i7,s:.
Zago. Intestino. — Caspe.
Zafa. La parle cónico-cóncava de la superficie sobre la que
rueda la piedra de un molino oleario. — Caspe.
Zaica. Acequia. — Usada en casi todos los pueblos de Aragón,
Zapaticos y calzas. Lonicera caprifolium: Madreselva.—Ai-
cañiz-.
Zaragallas. Podospermun laciniatum: Farfallan. Abundan
todas sus variedades en las huertas del Bajo Aragón.—
Epila, Hijar.
Zarapita. Palabra que indica ausencia total de cosas y per-
sonas. II «Allí no quedó ni zarapita-», no quedó nada. «Na
dijo ni zarapita*, no dijo esta boca es mía. — Tauste, Un-
castillo.
Zarceta de rastrojos. Rubus coesius: Planta muy frecuente en
los bardales de las huertas.— Chiprana.
Zarracatralla. Muchedumbre ruin. || Canalla. || Multitud de
personas ó cosas de miserable aspecto. — Zaragoza.
Zaurín. Hombre activo, trabajador, incansable, que se le ve
en todas partes y siempre ocupado. — Zaragoza.
Zocollada. Globularia alypum: Planta que aprovecha como
buen combustible. — Caspe, Hijar.
Zoqueta. Vaina de madera en la cual los segadores introdu-
cen los dedos corazón, anular y meñique de la mano iz-
quierda para no cortarse con la hoz. «Barba de zoqueta»^
barba respingada y puntiaguda. — Zaragoza.
Zorra. Agrupación de racimos de accrollas veráes.^Forta-
nete.
Zueca. Cepa del árbol. — Zaragoza {La Cartuja Baja).
Zunzurronear. Murmurar. || Hablar entre dientes mal humo-
rado.— Zaragoza.
-^H^íífN^-
índice
Páginas.
Prólogo:
I. Homenaje á Aragón v
II. D. Jerónimo Borao xlviii
III. Diccionario de Voces Aragonesas lxxvi
Introducción:
1 1
II 81
Vocabulario 147
Notas • 337
Colección de voces usadas en la Litera !•
— — DE uso EN Aragón lvii^